lunes, 25 de octubre de 2010

Borges y Kafka se unen en edición ilustrada tipográficamente



Incluye "La metamorfosis" y tres textos del autor de "El Aleph".
gracias a un libro ilustrado tipográficamente, publicado por la editorial española Nórdica.


Imagen"Kafka Borges" es un objeto libro que sólo tendrá 999 ejemplares, un raro ejemplar artístico y experimental, ilustrado por la argentina Verónica Moretta y que incluye, además de "La metamorfosis", "La casa de Asterión", "Un sueño"y "El
laberinto", de Borges.

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Moretta explicó que la idea de ilustrar de manera poco convencional a estos dos autores juntos se le ocurrió por semejanzas, porque Borges había traducido en 1938 "La metamorfosis" de Kafka, y en numerosas ocasiones mostró su admiración por el autor checo.

Aseguró que todos los relatos incluidos en el libro han sido respetados en su totalidad.

"Cada palabra, cada signo de puntuación, están ubicados siguiendo fielmente el escrito original. Como ejemplo, 'El laberinto', de Borges; vemos cómo el autor va construyendo oración tras oración repitiendo exactamente las palabras de la primera en la segunda, y así sucesivamente hasta el final", sostuvo.

Con una ilustración cercana a la corriente de vanguardia denominada "el letrismo", el libro es un objeto y un canto a la letra y a lo visual.



Ilustrador: Verónica Moretta
Traductor: Ángeles Camargo
Tamaño: 22 x 22 cm.
Encuadernación: Cartoné
Páginas: 224
ISBN: 978-84-92683-22-2

Prólogo de Miguel Vitagliano:

No estamos ante ilustraciones sino en medio de lecturas que proponen un recorrido posible, y en tiempo presente. Ensayos visuales de una experiencia en acto. Invitaciones que, por momentos, toman la forma de caligramas, como en ciertas «o» y en los párrafos convertidos en muros inclinados, como si todo lo que parece quieto estuviera también en movimiento. Aun así, tengo para mí que estamos ante una serie de mapas que nos conducen al mundo de Kafka y Borges en un sueño nuevo.

«Kafka es el gran escritor clásico de nuestro atormentado y extraño siglo. »
Jorge Luis Borges

Fuente : Editorial Nordica España

sábado, 23 de octubre de 2010

Vargas Llosa, entrevista a J L Borgesen Paris en 1963


En 1963, en París, Mario Vargas Llosa, en aquel entonces toda una promesa de las
letras peruanas, tuvo la ocasión de entrevistar a uno de sus ídolos: el escritor
argentino Jorge Luis Borges.


-Discúlpeme usted, Jorge Luis Borges, pero lo único que se me ocurre para comenzar esta entrevista es una pregunta convencional: ¿cuál es la razón de su visita a Francia?

-Fui invitado a dos congresos por el Congreso por la Libertad de la Cultura, en Berlín. Fui invitado también por la Deutsche Regierum, por el gobierno alemán, y luego mi gira continuó y estuve en Holanda, en la ciudad de Amsterdam, que tenía muchas ganas de conocer. Luego mi secretaria María Esther Vázquez y yo seguimos por Inglaterra, Escocia, Suecia, Dinamarca y ahora estoy en París. El sábado iremos a Madrid , donde permaneceremos una semana. Luego, volveremos a la patria. Todo esto habrá durado poco más de dos meses.

-Tengo entendido que asistió al Coloquio que se ha celebrado recientemente en Berlín entre escritores alemanesy latinoamericanos. ¿Quiere darme su impresión de este encuentro?

-Bueno, este encuentro fue agradable en el sentido de que pude conversar con muchos colegas míos. Pero en cuanto a los resultados de esos congresos, creo que son puramente negativos. Y, además, parece que nuestra época nos obliga a ello, yo tuve que expresar mi sorpresa -no exenta de melancolía -, de que en una reunión de escritores se hablara tan poco de literatura y tanto de política, un tema que es más bien, bueno, digamos tedioso. Pero, desde luego, agradezco haber sido invitado a ese congreso, ya que para un hombre sin mayores posibilidades económicas como yo, esto me ha permitido conocer países que no conocía, llevar en mi memoria muchas imágenes inolvidables de ciudades de distintos países. Pero, en general, creo que los congresos literarios vienen a ser como una forma de turismo, ¿no?, lo cual, desde luego, no es del todo desagradable.

-En los últimos años, su obra ha alcanzado una audiencia excepcional aquí, en Francia. La "Historia universal de la infamia" y la "Historia de la eternidad" se han publicado en libros de bolsillo, y se han vendido millares de ejemplares en pocas semanas. Además de "L'Herne", otras dos revistas literarias preparan números especiales dedicados a su obra. Y ya vio usted que en el Instituto de Altos Estudios de América Latina tuvieron que colocar parlantes hasta en la calle, para las personas que no pudieron entrar el auditorio a escuchar su conferencia. ¿Qué impresión le ha causado todo esto?

-Una impresión de sorpresa. Una gran sorpresa. Imagínese, yo soy un hombre de 65 años, y he publicado muchos libros, pero al principio esos libros fueron escritos para mí, y para un pequeño grupo de amigos. Recuerdo mi sorpresa y mi alegría cuando supe, hace muchos años, que de mi libro "Historia de la e ternidad" se habían vendido en un año hasta 37 ejemplares. Yo hubiera querido agradecer personalmente a cada uno de los compradores, o presentarle mis excusas. También es verdad que 37 compradores son imaginables, es decir son 37 personas que tienen rasgos personales, y biografía, domicilio, estado civil, etc. En cambio, sí uno llega a vender mil o dos mil ejemplares, ya eso es tan abstracto que es como si uno no hubiera vendido ninguno. Ahora, el hecho es que en Francia han sido extraordinariamente generosos, generosos hasta la injusticia conmigo. Una publicación como "L'Herne", por ejemplo, es algo que me ha colmado de gratitud y al mismo tiempo me ha abrumado un poco. Me he sentido indigno de una atención tan inteligente, tan perspicaz, tan minuciosa y, le repito, tan generosa conmigo. Veo que en Francia hay mucha gente que conoce mi "obra" (uso esta palabra entre comillas) mucho mejor que yo. A veces, y en estos días, me han hecho preguntas sobre tal o cual personaje: ¿por qué John Vincent Moon vaciló antes de contestar? Y luego, al cabo de un rato, he recapacitado y me he dado cuenta que John Vincent Moon es protagonista de un cuento mío y he tenido que inventar una respuesta cualquiera para no confesar que me he olvidado totalmente del cuento y que no sé exactamente las razones de tal o cual circunstancia. Todo eso me alegra y, al mismo tiempo, me produce como un ligero y agradable vértigo.

-¿Qué ha significado en su formación la cultura francesa?; ¿algún escritor francés ha ejercido una influencia decisiva en usted?

-Bueno, desde luego. Yo hice todo mi bachillerato en Ginebra, durante la primera guerra mundial. Es decir que durante muchos años, el francés fue, no diré el idioma en el que yo soñaba o en el que sacaba cuentas, porque nunca llegué a tanto, pero sí un idioma cotidiano para mí. Y, desde luego la cultura francesa ha influido en mí,
como ha influido en la cultura de todos los americanos del Sur, quizá más que en la cultura de los españoles. Pero hay algunos autores que yo quisiera destacar especialmente y esos autores son Montaigne, Flaubert -quizá Flaubert más que ningún otro -, y luego un autor personalmente desagradable a través de lo que uno puede
juzgar por sus libros, pero la verdad es que trataba de ser desagradable y lo consiguió: Leon Blo y. Sobre todo me interesa en Leon Bloy esa idea suya, esa idea que ya los cabalistas y el místico sueco Swedenborg tuvieron pero que sin duda él sacó de sí mismo, la idea del universo como una suerte de escritura, como una criptografía de la divinidad. Y en cuanto a la poesía, creo que usted me encontrará bastante "pompier", bastante "vieux jouer",rococó, porque mis preferencias en lo que se refiere a poesía francesa siguen siendo la Chanson de Roland, la obra de Hugo, la obra de Verlaine, y -pero ya en un plano menor- la obra de poetas como Paul-Jean Toulet, el de las "Contrerimes". Pero hay sin duda muchos autores que no nombro que han influido en mí. Es posible que en algún poema mío haya algún eco de la voz de ciertos poemas épicos de Apollinaire, eso no me sorprendería. Pero si tuviera que elegir un autor (aunque no hay absolutamente ninguna razón para elegir un autor y descartar los otros), ese autor francés sería siempre Flaubert.

-Se suele distinguir dos Flaubert: el realista de "Madame Bovary" y "La educación sentimental", y el de las grandes construcciones históricas, "Salambó" y "La tentación de San Antonio". ¿Cuál de los dos prefiere?

-Bueno, creo que tendría que referirme a un tercer Flaubert, que es un poco los dos que usted ha citado. Creo que uno de los libros que yo he leído y releído más en mi vida es el inconcluso "Bouvard y Pecuchet". Pero estoy muy orgulloso, porque en mi biblioteca, en Buenos Aires, tengo una 'editio princeps' de Salambó y otra de la Tentación. He conseguido eso en Buenos Aires y aquí me dicen que se trata de libros inhallables, ¿no? Y en Buenos Aires no sé qué feliz azar me ha puesto esos libros entre las manos. Y me conmueve pensar que yo estoy viendo exactamente lo que Flaubert vio alguna vez, esa primera edición que siempre emociona tanto a un autor.

-Usted ha escrito poemas, cuentos y ensayo. ¿Tiene predilección por alguno de esos géneros?

-Ahora, al término de al carrera literaria, tengo la impresión que he cultivado un solo género: la poesía. Salvo que mi poesía se ha expresado muchas veces en prosa y no en verso. Pero como hace unos diez años que he perdido la vista, y a mí me gusta mucho vigilar, revisar lo que escribo, ahora me he vuelto a las formas regulares del verso. Ya que un soneto, por ejemplo, puede componerse en la calle, en el subterráneo, paseando por los corredores de la Biblioteca Nacional, y la rima tiene una virtud mnemónica que usted conoce. Es decir, uno puede trabajar y pulir un soneto mentalmente y luego, cuando el soneto está más o menos maduro, entonces lo dicto, dejo pasar unos diez o doce días y luego lo retomo, lo modifico lo corrijo hasta que llega un momento en que ese soneto ya puede publicarse sin mayor deshonra para el autor.

-Para terminar, le voy a hacer otra pregunta convencional: si tuviera que pasar el resto de sus días en una isla desierta con cinco libros, ¿cuáles elegiría?

-Es una pregunta difícil, porque cinco es poco o es demasiado. Además, no sé si se trata de cinco libros o de cinco volúmenes.

-Digamos, cinco volúmenes.

-¿Cinco volúmenes? Bueno, yo creo que llevaría la "Historia de la Declinación y Caída del lmperio Romano" de Gibbons. No creo que llevaría ninguna novela, sino más bien un libro de historia. Bueno, vamos a suponer que eso sea en una edición de dos volúmenes. Luego, me gustaría llevar algún libro que yo no comprendiera del todo, para poder leerlo y releerlo, digamos la "Introducción a la Filosofía de las Matemáticas" de Russell, o algún libro de Henri Poincaré. Me gustaría llevar eso también. Ya tenemos tres volúmenes. Luego, podría llevar un volumen cualquiera, elegido el azar, de una enciclopedia. Ahí ya podría haber muchas lecturas. Sobre todo, no de una enciclopedia actual, porque las enciclopedias actuales son libros de consulta, sino de una enciclopedia publicada hacia 1910 o 1911, algún volumen de Brockhaus, o de Mayer, o de la Enciclopedia Británica, es decir cuando las enciclopedias eran todavía libros de lectura. Tenemos cuatro. Y luego, para el último, voy a hacer una trampa, voy a llevar un libro que es una biblioteca, es decir llevaría la Biblia. Y en cuanto a la poesía, que está ausente de este catálogo, eso me obligaría a encargarme yo, y entonces no leería versos. Además, mí memoria está tan poblada de versos que creo que no necesito libros. Yo mismo soy una especie de antología de muchas literaturas. Yo, que recuerdo mal las circunstancias de mi propia vida, puedo decirle indefinidamente y tediosamente versos en latín, en español, en inglés, en inglés antiguo, en francés, en italiano, en portugués. No sé si he contestado bien a su pregunta.

-Sí, muy bien, Jorge Luis Borges. Muchas gracias.

viernes, 22 de octubre de 2010

Québec en toutes lettres , un festival dedicado a Borges en Canada


Québec, Borges, tango Laberintos, espejos, fronteras, límites, el infinito, el tiempo. En un festival de literatura dedicado a Jorge Luis Borges no hay sólo charlas orientadas a su obra, sino que se abordan temáticas que exceden a la literatura. Eso está sucediendo en Québec en la primera edición del Québec en toutes lettres , un festival dedicado a Borges y en el que la ciudad de Buenos Aires es la invitada especial.

Hay de todo: desde conferencias de científicos, actividades de creación literaria a través de la red social Twitter (“twitteratura”), hasta propuestas para chicos (recrearon en un parque el Libro de los seres imaginarios ). También estuvo El Atlas de Borge s, la muestra con fotos del escritor y de María Kodama por el mundo, que se expuso en 11 sedes de la ciudad.




“ Québec se enamoró de Borges y su obra todavía inspira a lectores y escritores ”, dijo en la apertura Gilles Pellerin, uno de los directores del festival. “Los que ya conocían a Borges van a disfrutar de este festival. Los que lo conozcan a partir de ahora, van a disfrutar de la compañía de Borges durante toda su vida”, coincidió el ministro de Cultura de la Ciudad, Hernán Lombardi. Como parte de la folletería que se entregaba en las diversas sedes, se recomendaban las obras más accesibles para entrar al mundo Borges: Ficciones, El Aleph y El informe de Brodie .

Pero, ¿cuál es el vínculo real entre esta fría ciudad, que se dispone para recibir los 25 bajo cero que llegan cada invierno, y la Buenos Aires de Borges? “No tenemos en Québec una placa que dice Borges escribió aquí tal obra , pero la Buenos Aires de la que habla Borges se parece por momentos a Québec. La Buenos Aires de principios de siglo tiene cosas que se vivieron aquí muchos años antes. Así que compartimos más cosas de lo que podría creerse. Eso hace que un escritor se convierta en parte de tu universo, que sea algo tuyo, por más que haya nacido en un país tan lejano”, analiza Dominique Garon, codirectora del festival. “Lovecraft escribió sobre Québec y supongo que tendrá sus fans en Buenos Aires”, agrega Garon.

Como parte de la delegación argentina viajaron también los campeones mundiales de tango, Inés Bogado y Sebastián Jiménez. Fuera de la pista, es Bogado (30 años recién cumplidos) la voz de la pareja. Cuenta los próximos compromisos del dúo (bailarán en Europa y Asia) y Jiménez, apenas en su primer viaje, la mira con ojos entusiasmados por todo lo que tienen por delante. Cuando suena la música, Jiménez deja de ser el chico que todavía está en la secundaria y se convierte en varón. Dosifica fuerza y suavidad, y ahora es él quien lleva a Inés por la pista y por el mundo. Además de bailar en la inauguración, participaron en otras tres jornadas, incluida una clase de baile para la gente.

Las actividades seguirán hasta el domingo. Desde entonces, el mundo de Borges será, para muchos canadienses, algo todavía más cercano

Fuente : Clarin 22-10-2010
Diego Gedes - Quebec

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Gilles Pellerin, conseiller littéraire pour le nouveau festival Québec en toutes lettres, parle de Jorge Luis Borges

Québec en toutes lettres

Québec en toutes lettres est un nouvel événement littéraire thématique présenté dans la ville de Québec par L’Institut Canadien de Québec, en étroite collaboration avec de nombreux partenaires du milieu. Il propose chaque automne au grand public des audaces, des découvertes, des défis d’écriture et de lecture, une densité de manifestations littéraires placées sous le signe de la curiosité et de l’inusité.

Québec en toutes lettres répond au besoin du milieu littéraire de Québec qui désire depuis longtemps un événement d’envergure à l’automne. Il permet d’offrir une vitrine aux différents intervenants du milieu littéraire, de donner un tremplin à la relève littéraire, de positionner la ville de Québec comme capitale littéraire, de concrétiser le jumelage entre les villes de Paris et de Québec, tout en matérialisant l’une des orientations de la Maison de la littérature qui vise à augmenter l’impact de la littérature dans la société, à montrer qu’il est possible à ceux qui œuvrent en littérature, ou qui choisiront de le faire, de se réaliser à Québec.

Chacune des éditions met en lumière un auteur ou une auteure d’envergure qui a su innover en littérature et dont l’œuvre est susceptible d’inspirer de nouvelles générations d’auteurs et de lecteurs. Chaque édition est unique puisqu’elle est imprégnée de l’œuvre de l’auteur choisi.



La première présentation a lieu du 14 au 24 octobre 2010 et porte sur l’écrivain Jorge Luis Borges à l’occasion du bicentenaire de l’indépendance de l’Argentine.

Cet événement a fait l’objet d’une annonce lors de Québec horizon culture en février 2009 et est accompagné d’un financement de la Ville de Québec à la hauteur de 250 000 $ par année sur trois ans. Québec en toutes lettres s’inscrit dans le plan d’action de Québec horizon culture dont la première orientation vise à soutenir la vitalité de la chaine culturelle. La création d’un festival littéraire a pour objectif de positionner Québec comme capitale littéraire, de contribuer à la vitalité culturelle de Québec et à sa visibilité nationale et internationale.

L’Institut Canadien a une entente de partenariat avec la Mairie de Paris et son festival Paris en toutes lettres.


Qui est Jorge Luis Borges?

Que voulez-vous que je vous dise de moi ?
Je ne sais même pas la date de ma mort.

Jorge Luis Borges (1899-1986)
Pour sa première édition, le festival met en évidence l’écrivain argentin Jorge Luis Borges, à l’occasion du 200e anniversaire de l’indépendance de l’Argentine.

Né en 1899 en Argentine, Jorge Luis Borges est une des plus grandes figures de la littérature du 20e siècle. Il a créé une œuvre magistrale, traduite en de nombreuses langues, composée de nouvelles fantastiques, de poèmes, de récits, de chansons...

Lecteur passionné, Borges a occupé un poste dans une bibliothèque municipale avant de devenir directeur de la Bibliothèque nationale de Buenos Aires. Borges a enseigné à la faculté de Lettres de Buenos Aires, occupé la chaire de poésie de l'université de Harvard et donné des conférences un peu partout à travers le monde.

Borges est décédé à Genève le 14 juin 1986.

Que d’autres se vantent des pages qu’ils ont écrites;
Moi je suis fier de celles que j’ai lues.

Le premier conte écrit par Borges remonte à ses sept ans, La visière fatale, un récit farfelu inspiré de Don Quichotte. À neuf ans, il traduit Le prince heureux d’Oscar Wilde. Lecteur précoce, c’est du côté de la littérature de langue anglaise que ses premiers élans le portent, en raison de la bibliothèque de son père, dont la mère était d’origine britannique, et qui comptait plusieurs milliers de volumes. C’est ainsi qu’ayant lu et aimé une traduction anglaise de Don Quichotte, il estima ensuite l’original espagnol comme une mauvaise traduction !

Si on me demandait ce qui a compté le plus dans ma vie,
je répondrais : la bibliothèque de mon père.
Il m'arrive de penser qu'en fait
je ne suis jamais sorti de cette bibliothèque.

À l’adolescence, Borges et sa famille partent pour l’Europe et y sont retenus par la Grande Guerre. Il fera sa scolarité en français à Genève, où il apprendra aussi l’allemand et le latin. Si les débuts intellectuels de Borges se font en Espagne, il ne tarde pas, une fois de retour à Buenos Aires, à s’engager entièrement dans la vie littéraire argentine, c’est-à-dire à la création de revues éphémères, à l’écriture et à la traduction de livres, ainsi qu’à ces conversations littéraires qui ont fait la renommée des cafés de Buenos Aires. Il s’implique auprès de groupes d’auteurs émergents désireux de constituer une littérature autonome et moderne et commence à se constituer une réputation d’écrivain.

Cette période de 1921 à 1930 fut pour moi une époque d’intense activité,
peut-être en grande partie vaine et irréfléchie.

De retour en Argentine, Borges publie d’abord un recueil de poèmes en hommage à sa ville natale, Ferveur de Buenos Aires (1923).Il collabore à diverses revues à titre de critique et livre un premier recueil de nouvelles, le genre qui fera sa célébrité, Histoire universelle de l'infamie. Il écrit aussi des paroles de milongas qui seront mises plus tard en musique par Astor Piazzolla. Ce n’est qu’en 1937 qu’il obtient un premier poste régulier dans une bibliothèque, n’ayant auparavant qu’exercé que de petits emplois dans l’édition. Il demeurera en poste pendant neuf ans, où le peu de travail réel à accomplir lui permet de lire et d’écrire à sa guise. C’est durant cette période qu’il écrira les nouvelles qui seront réunies plus tard en recueils intitulés Fictions (1944) et L’Aleph (1949). Son œuvre personnelle se construit à partir de celle de ses prédécesseurs, d’Homère à Lugones : « Tout grand esprit crée ses précurseurs », dira-t-il à ce propos.

Par une ironie du sort, j'étais alors un écrivain assez connu
– sauf à la bibliothèque.
Je me souviens qu'un de mes collègues releva un jour
dans une encyclopédie le nom de Jorge Luis Borges,
ce qui le fit s'étonner de l'identité de nos noms
et de nos dates de naissance.

À la prise de pouvoir par Juan Peron en 1946, on l’affecte à « l’inspection des lapins et de la volaille sur les marchés publics », afin de le ridiculiser. Il se lance alors dans la carrière de professeur de littérature anglaise et américaine et il entreprend une série de conférences, en plus de devenir en 1950, président de la Société argentine des Écrivains, opposée à la dictature. C’est aussi à cette époque qu’il écrit, en collaboration avec son ami Adolfo Bioy Casares, des récits policiers parodiques signés Bustos Domecq et des scénarios de films. Ce n’est qu’en 1955, à la chute de la dictature, qu’on répare l’outrage fait en 1946, en le nommant directeur de la Bibliothèque nationale, mais sa vue n’ayant cessé de baisser depuis 1927, il est désormais aveugle.

Dans mon poème, je parle de l’ironie splendide de Dieu
qui m’accordait à la fois 800 000 livres à lire et la cécité.

Il y a déjà quelques générations que la cécité frappe sa famille. Lecteur insatiable, Borges retient les services de gens, parmi lesquels l’écrivain Alberto Manguel , alors jeune homme, qui lui feront la lecture à voix haute et rédigeront ce qu’il leur dicte. La couleur qui résistera à la progression de sa maladie est le jaune, ce qui n’est pas fortuit quand on considère la passion que l’écrivain portait aux tigres. Le titre d’un de ses recueils est significatif à cet égard : L’or des tigres.

Des années 1960 jusqu’à sa mort, la publication et la traduction de ses œuvres d’abord en France, puis aux États-Unis, lui assurent un rayonnement international et étendent sa reconnaissance hors de l’Amérique latine. Il reçoit de nombreux prix internationaux, devient citoyen d’honneur à plusieurs reprises et docteur honoris causa d’universités prestigieuses dont Columbia, Oxford, Michigan et la Sorbonne. Sa portée universelle aura trouvé son public.

Avec l’âge, j’ai appris à me résigner à être Borges.

À la fin de ses jours, il réalise avec María Kodama, sa compagne des dernières années, l’Atlas, un livre de photos et de textes dans lequel les lieux réels sont conçus comme un second degré de la littérature. Il l’épousera finalement en 1986, l’année de sa mort.


Mon seul but aujourd’hui c’est la paix,
le plaisir de penser, l’amitié et
– mais je suis peut-être là trop ambitieux –
un certain besoin d’aimer et d’être aimé.

L’UNIVERS BORGÉSIEN

L’univers littéraire de Borges se compose d’une multitude de thèmes : l’Argentine, l’érudition, le labyrinthe, le bestiaire, le mythe, le fantastique, le vertige, le leurre, les contraintes de création, le possible et l’impossible, la science, les langages, le fini et l’infini, le duel, le double, le miroir, le rêve, l’énigme…

Les thèmes abordés par Borges sont universels et susceptibles de toucher chacun de nous, mais le traitement dont il fait usage pour trouver une vérité est fantastique, étrange et plausible à la fois.

Le labyrinthe, c’est le lieu créé par Dédale pour emmurer le Minotaure, c’est aussi la ville qui croît de façon chaotique en engouffrant d’anciens quartiers, dont son cher Viejo Palermo, c’est l’existence humaine, une succession d’embranchements, de choix et de hasards qui forment un chemin incompréhensible, c’est aussi le temps qui passe, sur lequel on ne peut revenir qu’en pensée, en mémoire, et qui pourtant est toujours là. Le labyrinthe, c’est la bibliothèque ultime, l’ensemble des connaissances humaines qui s’entrelacent et se répondent sans jamais donner une vérité unique. Le labyrinthe, c’est en somme la réalité et la vie même.

Le labyrinthe est le symbole évident, inévitable, de la perplexité.
Toute ma vie, je n'ai cessé d'être perplexe devant l'univers,
perplexe devant le problème philosophique pour moi essentiel :
le problème du temps et de l'identité.

Le rêve, c’est le possible accès à un autre univers, à une couche de la réalité que nous ne pouvons connaître autrement qu’en dormant. L’humain passe près de la moitié de sa vie endormi, par un étrange processus de veille et de sommeil. Notre existence réelle n’est peut-être pas celle où nous sommes éveillés, mais celle où nous possédons la faculté de choisir, d’intervenir, de voler ou de nous métamorphoser : le rêve. Et lorsque nous nous éveillons, peut-être sommes-nous en train de vivre le rêve d’un endormi.

La nuit, lorsque nous rêvons, nous sommes l’acteur,
l’auteur, le spectateur et le théâtre. Nous sommes tout.

Et dans l’œuvre miroir de Borges, multiplier les mondes, produire la réalité, représenter d’autres possibilités est un exercice courant qui n’arrive pas, malgré l’ampleur de son œuvre, à épuiser toutes les alternatives que comporte le monde réel. La réalité elle-même devient une œuvre de fiction.

Les miroirs et la copulation étaient abominables
parce qu’ils multipliaient le nombre des hommes.

BORGES, LE LECTEUR PASSIONNÉ

Borges lisait beaucoup : des encyclopédies, des romans policiers, des ouvrages scientifiques, des contes, des livres sur la mythologie et la philosophie, etc.

Si je devais vivre sur une île déserte,
j’emporterais une encyclopédie.

Borges vous suggère :
Alice au pays des merveilles de Lewis Carroll (1832-1898)
Le livre de la jungle et autres écrits de Rudyard Kipling (1865-1936)
Don Quichotte de Miguel de Cervantes (1547-1616)
Les mille et une nuits, contes arabes
Les aventures d’Huckleberry Finn et autres écrits de Mark Twain (1835-1910)
L’île au trésor de Robert Louis Stevenson (1850-1894)
Les premiers hommes sur la lune de H.G. Wells (1866-1946)
Les œuvres de : Dante (1265-1321), Charles Dickens (1812-1870), Edgar Allan Poe (1809-1849), William Shakespeare (1564-1616) et Oscar Wilde (1854-1900).
En philosophie : le volontariste Schopenhauer (1788-1860), l’évêque idéaliste Berkeley (1685-1753) ou encore le mystique Swedenborg (1688-1772).
Des contes de tous les pays… et votre encyclopédie préférée !

(Tous ces titres sont disponibles dans le Réseau des bibliothèques de la Ville de Québec et plusieurs chez votre libraire préféré.)

Fuente : Festival Québec en toutes lettres
Québec - Canada

jueves, 21 de octubre de 2010

Macedonio Fernández, Borges y el ultraísmo



I
Aunque nacido en 1874 e integrante de la generación del 900, Macedonio Fernández esperó hasta 1924 (cuando ya habían muerto o dejado de interesar muchos de sus coetáneos) para incorporarse al mundo de la letra impresa. Siete años menor que Roberto J. Payró, del mismo año que Lugones y unos quince mayor que Güiraldes y Banchs, cuando empezó a colaborar en las revistas de los jóvenes ultraístas, pareció un recienvenido –como él mismo quiso llamarse–. Al descubrirlo el clan ultraísta realizaba la ambición de todo grupo revolucionario que se estime: el hallazgo de un precursor, la veloz invención de una genealogía. Macedonio Fernández pareció precursor del criollismo, de la antiretórica (o neoretórica) ultraísta, del paladeo de la metáfora, de la paradoja metafísica, con que el grupo se lanzó a la arena literaria aventando los últimos restos del modernismo y escandalizando a los burocráticos epígonos. Macedonio resultó un preservado e intacto testigo de la gesta modernista que en largo silencio hubiera madurado los elementos para su demolición total. Mientras Payró y Lugones hacían su obra (o si se prefieren ejemplos de esta orilla: mientras Rodó y Julio Herrera y Reissig hacían la suya), él pareció haber elaborado, en olvidadas casas de pensión bonaerenses, entre papeles desordenados y una guitarra, envuelto en incontados sacos de lana, a espaldas de su generación, el instrumento intelectual y poético con que superarla.

Por atractiva que parezca tal imagen de precursor, no alcanza para definir la figura entera de este creador singular. Macedonio no sólo fue precursor del ultraísmo –como se creyó en 1925–. Fue (sobre todo) precursor de sí mismo. La larga gestación serviría para crear, también, una obra única, una obra que sólo pudo divulgar en el clima, propicio para él, del ultraísmo. En este sentido, su callada vigilia, su apasionada ensoñación de tantos años, dieron paso a este precursor de sí mismo.

Quizá valga la pena examinar, con algún detalle, el caso de Macedonio Fernández tal como se ofrece a la perspectiva, quizá también deformante, de 1952, año de su muerte.


II

... hablar de precursores es suponer que Dios es todavía un frangollón de almas y no acierta con la versión definitiva desde el comienzo...
J. L. BORGES: El idioma de los argentinos (1928)

El nombre de Macedonio Fernández aparece con frecuencia al pie de trabajos publicados en las dos principales revistas del ultraísmo: Martín Fierro (1924-1927) que dirigía Evar Méndez, y Proa (1924-1925) que dirigían Güiraldes y Borges con Alfredo Brandán Caraffa y Pablo Rojas Paz. Muchas de estas colaboraciones fueron más tarde recogidas en su segundo libro, Papeles de Recienvenido (1930). Pero otras no menos importantes y que lo muestran más directamente ligado al movimiento del grupo, las que en sus infinitas oscilaciones registran impecablemente la vida de una generación, yacen todavía en las páginas en ambas revistas y de allí será necesario exhumarlas.

La vinculación de Macedonio con el movimiento se manifiesta de diversas maneras. La más espontánea es ese reconocimiento de una identidad de propósitos y actitudes, esa cualidad inequívoca (y por qué no incómoda) de precursor que los jóvenes se apresuraron a descubrirle. En su número doble correspondiente a enero 24, 1925, Martín Fierro recoge bajo este título y epígrafe unas Páginas olvidadas:

MACEDONIO FERNANDEZ ¿UN PRECURSOR DEL ULTRAISMO?

Hace veinte años –época en que se cultivaba una poesía brillante, ruidosa, elocuente–, publicaba Macedonio Fernández en el "Martín Fierro" de Alberto Ghiraldo, las composiciones "Tarde" y "Suave encantamiento". Reproducimos ésta, acaso anticipación de Borges, González Lanuza, Norah Lange, Francisco Piñero, nuestros ultraístas.



Verso libre, desdeñoso del ritmo silábico y la rima, pero grandemente eufónico. Poesía pura, recóndita, de acento misterioso. Hasta la casi ausencia de puntuación que caracteriza a los nuevos. Pero, sobre todo, el amor a la imagen, en el gusto particular de los ultraístas. He aquí la composición aludida, que se publicó el 14 de noviembre de 1904 en "Martín Fierro", y que se cierra con un par de versos admirables, de esos que largo tiempo hacen soñar.

SUAVE ENCANTAMIENTO

Profundos y plenos
Cual dos graciosas y pequeñas inmensidades
Moran tus ojos en tu rostro
Como dueños;
Y cuando en su fondo
Veo jugar y ascender
La llama de un alma radiosa
Parece que la mañana se incorpora
Luminosa, allá entre mar y cielo,
Sobre la línea que soñando se mece
Entre los dos azules imperios,
La línea en que nuestro corazón se detiene
Para que sus esperanzas la acaricien
Y la bese nuestra mirada;
Cuando nuestro ser contempla
Enjugando sus lágrimas
Y, silenciosamente,
Se abre a todas las brisas de la Vida;
Cuando miramos
Las cenizas de los días que fueron
Flotando en el Pasado
Como en el fondo del camino
El polvo de nuestras peregrinaciones.
Ojos que se abren como las mañanas
Y que cerrándose dejan caer la tarde.

Pero no sólo los jóvenes aparecen preocupados por mostrar la relación o el parentesco espiritual. Él mismo se deja seducir por la semejanza de gustos y se explaya a sus anchas; y colabora con algo más que su firma. Interviene también en los actos, tan numerosos, con que la nueva generación ocupa la república literaria y la atención de los lectores. Es uno de los primeros en explicitar, sin retaceos, la admiración por Ricardo Güiraldes, que habría de crear dentro del ultraísmo su popular novela Don Segundo Sombra (1926). Así se manifiesta en una carta que le publica la revista Proa en su número 11 (junio de 1925); así se transparenta en uno de sus elaborados Brindis que le dedicara en ocasión del banquete organizado por la revista Martín Fierro para festejar el éxito de Don Segundo; así lo enuncian las palabras que le dedica incidentalmente en una página de su No toda es vigilia la de los ojos abiertos (1928), ya muerto el amigo.

También colabora Macedonio –con un medido artículo– en el homenaje a Ramón Gómez de la Serna que preparó la misma revista en 1925, cuando su frustrada visita a Buenos Aires. De allí es la rotunda afirmación: Es para mí la figura más fuerte en el arte literario contemporáneo. Su inventiva, la suma de sus realizaciones, exceden a toda otra de nuestros tiempos. También supera la proporción de piezas de perfección en el conjunto de su trabajo a la de toda otra obra individual del presente. En estas dos devociones Macedonio no sólo acompañaba a los jóvenes sino que cooperaba con ellos en la lucha por imponer valores que el ambiente parecía reacio a aceptar(1).

Esa su adhesión a la política literaria de los jóvenes ultraístas, por más explicitada o voceada que fuese, no excluye (es claro) la necesaria distancia con que este hombre independiente de todo grupo y que supo soslayar el invasor floripondio y la imaginería modernista, enjuicia los esfuerzos de estos alborotadores noveles. En una nota de su tan densa lucubración No toda es vigilia la de los ojos abiertos hay una delicada burla a la retórica ultraísta, un reconocimiento lúcido de sus clisés más obvios. Hoy no hay lírica francesa (dice) sin un "voyage", "bajo otros cielos extranjeros", "remoto país", y también se llora por "alas mecánicas", "hélices", "espirales hendientes", "humo de inmensas capitales", "puertos delirantes de viajes", "marinos de no estar en ninguna parte", "músicos de bar en humo y alcohol y el marino que fuma y duerme". Metáforas todas, que aunque adjudicadas a la lírica francesa de entonces, eran lugares poéticos comunes en que naufragaron tantos que se creyeron poetas. Y en otro texto –que cita Ramón en su excelente estudio– Macedonio, con su acostumbrado tono zumbón, afirma esa relación con los ultraístas y comunica su verdadera opinión de todo el asunto: Por culpa de la juventud artística de Buenos Aires, que conocí hace cuatro años, estoy abismado en un problema de estética. Me desvalijaron por aquel entonces con tanta prolijidad e inmenso provecho de mi estética pasatista que hasta la fecha no he podido recuperar una ignorancia igual... (2).



III

Macedonio Fernández era para él (Borges) un mito. Entendía todo. Tenía la verdad de todas las cosas.
ESTELA CANTO, citando una declaración de J. L. B. (1949).

Pero eso no es todo. La vinculación de Macedonio con el ultraísmo disimula una vinculación más permanente y fecunda: su influencia sobre Jorge Luis Borges. Algún ultraísta de la primera hora la simplificó en estos términos: Borges era (según él) el Platón inconfeso de Macedonio Fernández (3). Quizá no sea justa la frase (el adjetivo, tan borgiano, es falso, como se verá), pero por encima de su torpeza dibuja inmediatamente una relación ya prestigiada por la historia. Borges fue (en realidad) el confeso, el voceado Platón de este nuevo Sócrates. Lo había heredado de su padre, novelista e íntimo amigo de Macedonio, y con su lenta, persuasiva dialéctica, lo acercó al círculo ultraísta, lo impuso a la consideración de los jóvenes, lo convirtió en autor édito.



Si se rastrean los libros del primer período de Borges (el que después del criollismo y la ruptura ultraísta concluye hacia 1930) el nombre de Macedonio aparece mencionado oportunamente. En su primer libro de poemas, Fervor de Buenos Aires (1923), hay uno titulado La plaza San Martín que tiene esta dedicatoria: A Macedonio Fernández, espectador apasionado de Buenos Aires. Estas palabras y aquel poema exhumado por los redactores de Martín Fierro colocan a Macedonio en los orígenes mismos de la temática –y hasta de la sensibilidad– del Borges ultraísta con su sencilla mitología porteña: el suburbio, la esquina rosada, la tarde con sus ponientes, el amor entrañable a la vieja ciudad patricia.

En su obra de ensayista el mismo Borges confirma esta aproximación. En algún lugar de Inquisiciones (1925) reconoce la contribución de Macedonio a la poetización de Buenos Aires y califica su Recienvenido de genial y soslayado. En la misma obra hay huellas de la influencia macedónica; quizá la más reveladora sea una de las Advertencias con que cierra el libro. Dice allí: "La Nadería de la Personalidad" y "La Encrucijada de Berkeley" –los dos escritos metafísicos que este volumen incluye– fueron pensados a la vera de claras discusiones con Macedonio Fernández. Y como los textos que cita en esa nota anticipan, desde temprana fecha, la intuición metafísica del idealismo borgiano que habría de madurar en Historia de la Eternidad (1936) para explicitarse en Nueva Refutación del Tiempo (1947), las palabras de reconocimiento adquieren un valor más alto. A esta nueva luz, Macedonio aparece no sólo como precursor de una modalidad, en sí pasajera, de Borges; aparece también como el guía de sus meditaciones primeras, como el orientador de su idealismo solipsista.

No concluyen aquí los testimonios de esta vinculación. Hacia 1926, en un audaz balance de la literatura argentina que importa (no la oficial, no la revelada por la infatigable erudición de Ricardo Rojas) sitúa Borges a Macedonio entre Carriego y Güiraldes como los tres nombres que ("juzgo sinceramente", escribe) son infaltables en un rol del primer cuarto del siglo. (En esa lista heterodoxa aparecen preteridos nadie menos que Groussac, Lugones, Ingenieros y Enrique Banchs, "gente de una época, no de una estirpe". Ya se sabe que Borges habría de rectificar –o quizá sea más justo decir: madurar– algunos de esos decretos juveniles.) (4)

Ante estos testimonios no parecerá extraño, pues, que al ser entrevistado por Estela Canto en ocasión del 25º aniversario de la fundación de Martín Fierro, Borges no vacilara en declarar que, en aquel entonces, Macedonio tenía, para él, categoría de mito: Entendía todo. Tenía la verdad de todas las cosas (5).

Desde la perspectiva de 1952 parece claro que Macedonio fue para Borges lo que, mutatis mutandis, Mallarmé para Paul Valéry: un Maestro y sobre todo, un ejemplo de pureza literaria. La comparación no debe rebasar, sin embargo, estas precisiones. Ya que el argentino, a diferencia del sutil Mallarmé, no quiso (no supo) ser un chef d'école. Prefirió la soledad, la obra escrita a contramano y en el anonimato, la publicación ocasional u obligada y que nada concluye (es frecuente el hábito de cerrar un artículo con un continuará), la actitud iconoclasta hasta para consigo mismo. Mallarmé, en cambio, izó una nueva retórica por caminos no explorados y, a su manera oblicua, fue más dogmático que el mismísimo père Hugo o que el calumniado Boileau. Estas diferencias (si no hubiera otras) bastarían para invalidar cualquier intento de simetría, de devociones paralelizadas.

Pero tampoco supo Borges reproducir la actitud reverente de Valéry, la entrega que la propia política literaria francesa facilita. Una última (o primera) circunstancia hace imposible toda superposición de actitudes. Borges, como creador, como meditador, es incomparable con su maestro. (Y en esto quizá se repita la relación Sócrates-Platón que burlescamente alguien acuñara.) La aparente escasez de la producción borgiana, su brevedad, no significan sino una reacción contra las normas literarias corrientes, en tanto que esas mismas características en su maestro ocultan una auténtica, una invencible incapacidad de organizar, de estructurar en forma poética o analítica, sus creaciones, sus intuiciones (6). De aquí que la obra de Macedonio sea más importante por los estímulos que suscita, por la inquietud que moviliza (y por eso sus constantes solicitaciones a la colaboración del lector) (7) que por los resultados últimos. Además, su obra es inseparable del hombre, de su anécdota, de su leyenda. En tanto que la de Borges subsiste sola y acabada, casi imposible de retoque, y con una convicción de impersonalidad (de monstruosa objetividad para algunos) que equivale a obra del tiempo, no del hombre –como si no se pudiera ver también detrás de tanta ficción pesadillesca, de tanta invención crítica, de tanta felicidad estilística, un creador insomne.

No es este el lugar más oportuno para dilatar un paralelo impertinente. Baste dejar señalado, por ahora, esa vinculación Macedonio Fernández-Jorge Luis Borges que, al fin y al cabo, es la que sostiene, invisible, esa otra más publicitada: Macedonio Fernández-ultraísmo. Al cerrar este capítulo quizá no sea superfluo invocar también –ya que ha quedado registrado para la posterioridad– el testimonio del propio precursor. En un epígrafe a uno de sus cuentos, Cirugía psíquica de extirpación, publicado en 1941, afirma con generosidad: Nací porteño y en un año muy 1874. Todavía no, pero muy poco después empecé a ser citado por Jorge Luis Borges, con tan poca timidez de encomios que por el terrible riesgo a que se expuso con esta vehemencia comencé a ser yo el autor de lo mejor que él había producido. Fui un talento de facto, por arrollamiento, por usurpación de la obra de él. Qué injusticia, querido Jorge Luis, poeta del "Truco", de "El general Quiroga va al muere en coche", verdadero maestro de aquella hora (8).



IV

Macedonio, detrás de un cigarrillo y en tren afable de semidiós acriollado, sabe inventar entre dos amargos un mundo y desinflarlo en seguidita...
J. L. BORGES: El tamaño de mi esperanza (1926).

¿Y la obra misma? ¿Y la creación que justificará (o no) a este hombre? Cabe, por ahora, en cuatro títulos: No toda es vigilia la de los ojos abiertos (1928), Papeles de Recienvenido (1930), Una novela que comienza (1941), Continuación de la Nada (1944, publicada como segunda parte de Papeles). Aunque parezca arriesgado pronunciarse sobre una cantidad tan limitada de evidencia, la misma naturaleza fragmentaria de la creación de Macedonio Fernández autoriza un balance preliminar (9).

La posición filosófica de la que parte –y que es raíz de toda su obra– está expuesta con tolerable claridad en su primer libro, colección heterogénea de textos vinculados por una idéntica preocupación: la naturaleza última del Mundo. Unas declaraciones aforísticas liminares sitúan al lector en el verdadero clima de esta obra: A cosas de nuestra alma vigilia llama sueños. Pero hay de ésta también un despertar que la hace ensueño: la crítica del yo, la Mística. Y más abajo, agrega: Vigilia, no lo eres todo. Hay lo más despierto que tú: la mística.

El punto de partida de esta especulación es la existencia de una única Sensibilidad (con mayúscula, como le gusta escribir), la misma en que acontece el Ensueño y la Vigilia. En un pasaje asegura con vehemencia: ... sólo "es" lo que se siente y sólo se siente en el mundo lo que tú sientes ahora, y de ese sentir no se puede caer, no hay ningún reborde del Ser por donde caer a la nada. El propósito de esta obra (que parece pensada a espaldas de Kierkegaard y Heidegger) es poner en evidencia y comentar aquellos momentos de la experiencia cotidiana en que es imposible saber si algo aconteció en el Ensueño o en la Vigilia (que llamamos Realidad). Estamos solos en nuestro cuarto en las quietas horas de la siesta y recostados en un sillón; se abre una puerta, entra una persona que ejecuta alguna acción (por ejemplo, revisa furtivamente el ropero) o entra un pájaro por una ventana abierta; se van. Cuando nos levantamos no podemos saber si esa persona (ese pájaro) entró en la Vigilia o en el Ensueño. Macedonio (que expone detenida y repetidamente el ejemplo) llega a comentar: Y si por un momento dudo si algo fue sueño, ¿qué importa que después verifique que no lo es, si ese solo momento de duda es prueba de que en sí mismo, por nitidez, intensidad, complejidad, variedad, el ensueño es intrínsecamente el mismo ser, el mismo estado de la vigilia? Esta convicción, bastante difícil de comunicar a un realista, lo hacer afirmar luego: ...los estados de vigilia son, en su mayor porción, más débiles y menos emocionantes que los del ensueño (que casi siempre son acompañados de angustias, terrores o alegrías profundas, en tanto que el cotidiano vivir es en su casi totalidad lánguido y débil, inimportante)... Y unas páginas más adelante, corroborará esta visión tan peculiar del mundo –esta confesión de su propia naturaleza, no de la naturaleza del mundo–, con esta pregunta elaborada: ¿Qué hay en esta vigilia, casi toda hecha de olvidos (muerte brusca del contenido psíquico reciente), inconciencias (actividades sin contenido o ingreso psíquico), ensueños (con gestos, acciones, imágenes y emociones vivaces) y recordar, prever y combinar imágenes (proyectar), en que nada nos viene actualmente de afuera, y, en fin, de efectivo estar despierto (cuyo tejido es el mismo que el del ensueño) que la caracterice? Todo lo cual si no convence al lector como descripción fidedigna de la Vigilia (su vigilia) sirve en cambio para describir la vigilia de este meditador solitario, de este metafísico de vocación mística.

La doctrina (si cabe llamarla así) desemboca en un solipsismo de raíz mística, cuya motivación psicológica inmediata quizá pueda encontrarse en la ausencia de Ella (Elena Bellamuerte), la compañera que desapareció en 1917, su esposa, Da. Elena de Obieta. Una página de este libro muestra al escritor, solo de Ella, sin compañía de la Compañera, con una ausencia en todas mis horas y con mi existir cifrado en conocer el misterio del existir, para saber si "su lado" será otra vez mi cercanía, y seré a su lado, como la ausencia de Ella, ahora a mi lado es siempre.

Una existencia tan dedicada al Ensueño, una Vigilia que deliberadamente se concibe sin los atributos de la conciencia lúcida, alimentó el gusto por la ficción novelesca, por la evasión en el Sueño urdido por otro, que le permite asegurar: ...seguíamos y seguimos leyendo novelas y cuentos y nos embebecemos en ellas un día entero; son nuestra realidad intensa de un día. De aquí su declarado interés por la Estética de la Novela, de aquí sus curiosos intentos de fabulación que han sido recogidos en Papeles de Recienvenido y en Una novela que comienza, y que revelan una sensibilidad excepcional. Con esos textos erráticos, informes, ilustra Macedonio esa vocación de Ensueño, ese deseo de amueblar una realidad mediocre y repetida, con que combate sus ausencias de espectador apasionado de Buenos Aires y la otra ausencia, la irrecuperable, la de Ella.



V

Macedonio Fernández es un admirable criollo que desde el pórtico de su escondida estancia es el que más ha influido en las letras dignas de leerse pues lo que él encontró es el estilo de lo argentino, fue como el hallazgo de la arquitectura manuelina para Portugal.
RAMON GOMEZ DE LA SERNA: Prólogo a Papeles de Recienvenido (1944).

El humorismo de Macedonio (la única forma de su creación que ha logrado cierta fama) está enraizado en esa posición místico-metafísica, se nutre de ella, la confirma. Ya en No toda es vigilia la de los ojos abiertos (libro que no aspira a la risa) se encuentra algún pasaje en que ensaya su humorismo; por ejemplo, aquel en que señala que él ha monopolizado toda la metafísica de su barrio o aquel otro en que asegura (invirtiendo deliberadamente las afirmaciones de todo expositor): Debo declarar que es difícil mi serenidad ante el problema y deseo que el lector tome con desprestigio mis asertos de crítica de la causalidad y les exija un extremo de indubitabilidad.

Tales recursos permitirían afirmar que el mecanismo humorístico de Macedonio consiste en la inversión incondicional de términos (procedimiento que, según Borges ha indicado, no despreciaron ni Quevedo ni Bernard Shaw) (10). Pero esto sería simplificar demasiado un recurso que Macedonio ha perfeccionado con delicadeza y constancia. Si se examinan detenidamente sus textos humorísticos se advierte que la inversión no es sino una de las formas en que se expresa una actitud esencial: El Chiste nace del Absurdo creído y se alimenta de la continuidad en el mismo Absurdo. Su finalidad es, según él mismo ha escrito, provocar un caos mental momentáneo en otro.

El fundamento psicológico está expresado en estos términos: ¿Cuál es el efecto conciencial, para nosotros genuinamente artístico, que produce el humorismo conceptual? Que el Absurdo, o milagro de irracionalidad, creído por un momento, libere al espíritu del hombre, por un instante, de la dogmática abrumadora de una ley universal de la racionalidad. Asoma aquí la misma pasión negadora que se alzaba contra la Realidad legislada o Vigilia, contra la ley de Causalidad, en su libro de especulación metafísica.

No es difícil encontrar ejemplos prácticos de la aplicación de este principio en su obra y particularmente en Papeles de Recienvenido. Quizá la muestra más memorable sea aquel diálogo sobre la faltancia que se inicia:

A.- Fueron tantos los que faltaron que si falta uno más no cabe.
B.- ¿Y cuál fue el que faltó último?
A.- Recuerdo que faltaron en parejas el que faltó último y el que faltó más.

Toda una especulación teórica subyace a estos ejercicios. En un trabajo titulado Para una teoría de la Humorística y con acopio de citas de Lipps, Bergson y Freud, expuso Macedonio una posición original que cabe sintetizar con esta fórmula suya: Lo cómico es: 1) emoción, 2) placentera, 3) inesperada, 4) nacida: a) de percepción súbita de un trámite o acto cualquiera sin daño de impulso hedonístico, no el malvado pero sí el enteramente egoístico sin maldad que se equivoca por prudencia excesiva o ilusión imposible; b) o de la creencia súbita en un absurdo. Y unas líneas más abajo, señaló su preferencia por esta última forma diciendo: ...sólo hay Belarte de Ilógica o Humorismo en el caso del chiste conceptual, o sea de absurdo mental creído; lo demás es risa de los sucesos, mera comicidad. (11)

Pero estas palabras, estas fórmulas, estos ejemplos aludidos sólo configuran lo que podría llamarse la vertiente metafísica de su humorismo. Hay otra, no menos importante. La vertiente del criollismo.

Instalado en su Buenos Aires, atento a sus costumbres y usos, registrador de las variaciones que a su textura patricia aportaban los aluviones inmigratorios, censor del idioma y de la mitología que la propia ciudad iba creando, Macedonio pudo recoger aquellos rasgos permanentes, aquellas constantes del alma porteña y pudo fijarlas en sus páginas bajo la máscara del criollismo. La haraganería y el desorden, el rodeo y las disculpas, el gusto por farolear y la novelería de lo superficial, las instituciones nacionales (a saber: la siesta, los brindis, las inauguraciones de monumentos, los latosos de esquina que sujetan a sus víctimas por las solapas), la cachada y la viveza, la retórica que contaminara hasta las acciones más triviales del ciudadano, todos esos rasgos, en fin, con los que podría configurarse un tratado del porteño, y que él en vez de sistematizar prefirió recoger, con sus infinitas variantes, con sus improvisaciones a veces geniales, en páginas breves y desiguales, de ingenio chispeante y permanente don verbal. Macedonio descubrió una mitología que después de explotada por los ultraístas habría de caer en manos venales, para convertirse, hoy, en pieza de museo popular, irreconocible y desfigurada por las involuntarias parodias. ¿Qué habrá pensado de esa profusión de revistas semanales que abarataron sus observaciones y que en definitiva sólo consiguen fomentar la guaranguería que parecen censurar? Probablemente nada; probablemente habrá pasado de largo sin verlas. Al fin y a cabo, ellas pertenecen a un Buenos Aires que él no reconocería, a un mundo que hacía mucho había dejado de ser suyo.



VI

Un raro que se salteó Darío –lo definió alguien cierta vez–. Y es ya bastante decir. En una literatura como la rioplatense que inevitablemente tiende a la retórica y al manual, a la incipiente y ya mohosa Academia, al fatigoso rumiar de autoridades y de clásicos criollos anotados, una postura literaria como la de Macedonio sólo merecía ese calificativo: raro. Y sin embargo, tras esa auténtica nonchalance, ese desdén publicitario, esa pasión iconoclasta, se esconde la única actitud literaria posible. Cuando Macedonio niega la literatura oficial, lo que hace es dar todo su apoyo a la Literatura. En realidad, lo que hace es ir a buscar la Literatura donde la habían dejado arrumbada los epígonos de su generación modernista: en el Ensueño auténtico, vivido por sí mismo, no por procuración versallesca u oriental; en la esencia de un Buenos Aires que se esconde bajo los avances del otro modernismo, el del progreso a lo Chicago. Como todo intento radical, éste de Macedonio padece de desproporción y acaba por engendrar una retórica: la del antiretoricismo. Después de 1930, Macedonio parece no advertir que ya se han desvanecido completamente los prestigios del Modernismo; parece no advertir que entonces era el momento de la creación en los nuevos moldes, el esfuerzo por la disciplina fecunda, y sigue atado, hasta este 1952 de su muerte, al instrumento de demolición, ya anacrónico, sigue creando su obra informe, monstruosa, desmedida y –por qué no repetirlo– única en las letras rioplatenses."

1 El Brindis dedicado a Ricardo Güiraldes fue publicado en Martín Fierro (2ª. época, año III, Nº 36, Buenos Aires, diciembre 12, 1926); el artículo sobre Ramón, en la misma revista (2ª. época, año II, Nº 19, julio 18, 1925). No han sido recogidos aún en volumen. Volver

2 La primera versión del estudio de Ramón sobre Macedonio Fernández se publicó en la revista Sur (año VII, Nº 28, Buenos Aires, enero de 1937). Una segunda, ampliada, fue recogida por los Retratos Contemporáneos de su autor (Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1941). La tercera, aumentada, sirvió de prólogo a la reedición de Papeles de Recienvenido (Buenos Aires, Editorial Losada, 1944). Volver

3 La frase es de Pedro Juan Vignale. La cita Ulises Petit de Murat en Jorge Luis Borges y la revolución literaria de Martín Fierro (Correo Literario, Buenos Aires, enero 15, 1944). Volver

4 Este balance de literatura argentina está publicado, bajo el título de El tamaño de mi esperanza, en el volumen homónimo (Buenos Aires, Editorial Proa, 1926). Volver

5 La entrevista fue publicada, con el horrible título de: Güiraldes fue la cantárida de Florida, afirma Mastronardi, en Nueva Gaceta (Buenos Aires, noviembre 7, 1949). Sobre la tumba de Macedonio, pronunció Borges un hermoso discurso en que exaltaba su figura y reconocía su deuda: Yo por aquellos años lo imité, hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la literatura. Quienes lo precedieron pueden resplandecer en la historia, pero eran borradores de Macedonio, versiones imperfectas y previas. No imitar ese canon hubiera sido una negligencia increíble. (Cf. Sur, Nº 209-10, Buenos Aires, marzo-abril 1952.) Volver

6 Es frecuente encontrar en los escritos de Macedonio Fernández la confesión de esa incapacidad de organización. En No toda es vigilia asegura: Publico un borrador…; en Papeles advierte al lector: Déjeseme prometer para algún día el trabajo coherente y sistemático sobre Comicidad, Chiste y Humorismo. El material y la doctrina casi están; faltan la disciplina y el orden, virtudes a veces útiles e importantes y que la economía mental del lector estima altamente. Hay más ejemplos, pero estos bastan. Volver

7 Son frecuentes, también, esas solicitaciones. Copio una, de Papeles: Las omisiones y languideces son fiadoras de que yo descanso sabiendo con qué lector trabajo: uno de los raros lectores que por estas abstrusas páginas andarán. Volver

8 El cuento ha sido publicado en la revista Sur (año X, Nº 84, Buenos Aires, setiembre, 1941). No ha sido aún recogido en volumen. Volver

9 Macedonio (se asegura) ha dejado numerosa obra inédita; algunos cálculos hacen llegar la cifra a mil páginas. La publicación de esos inéditos permitirá, seguramente, una visión más precisa del autor. Sobre su metafísica ha escrito un trabajo, incoherente, Raúl Scalabrini Ortiz: Macedonio Fernández, nuestro primer metafísico (Nosotros, año XXIII, Nº 228, Buenos Aires, mayo 1928). Volver

10 La referencia se encuentra en Historia de la Eternidad (Buenos Aires, Viau y Zona, 1936, p. 117). Volver

11 Este trabajo de Macedonio Fernández, publicado originariamente en la Revista de Indias, ha sido incorporado a la 2ª. edición de Papeles de Recienvenido. Volver

Fuente : Emir Rodríguez Monegal
Revista Número, nº 19, abril-junio 1952

Palabras de Borges ante la tumba de Macedonio Fernández


Macedonio Fernández, 1874-1952

Un filósofo, un poeta y un novelista mueren en Macedonio Fernández, y esos términos, aplicados a él, recobran un sentido que no suelen tener en esta república.

Filósofo es, entre nosotros, el hombre versado en la historia de la filosofía, en la cronología de los debates y en las bifurcaciones de las escuelas; poeta es el hombre que ha aprendido las reglas de la métrica (o que las infringe, ostentosamente) y que sabe, también, que puede versificar su melancolía, pero no su envidia o su gula, aunque tales pasiones sean fundamentales en él; novelista es el artesano que nos propone cuatro o cinco personas (cuatro o cinco nombres) y los hace convivir, dormir, despertarse, almorzar y tomar el té hasta llenar el número exigido de páginas. A Macedonio, en cambio, como a los hindúes, las circunstancias y las fechas de la filosofía: no le importaron, pero si la filosofía. Fue filósofo, porque anhelaba saber quiénes somos (si es que alguien somos) y qué o quién es el universo. Fue poeta, porque sintió que la poesía es el procedimiento más fiel para transcribir la realidad. Macedonio, pienso, pudo haber escrito un Quijote cuyo protagonista diera con aventuras reales más portentosas que las que le prometieron sus libros. Fue novelista, porque sintió que cada yo es único, como lo es cada rostro, aunque razones metafísicas lo indujeron a negar el yo. Metafísicas o de índole emocional, porque he sospechado que negó el yo para ocultarlo de la muerte, para que, no existiendo, fuera inaccesible a la muerte.

Toda su vida, Macedonio, por amor de la vida, fue temeroso de la muerte, salvo (me dicen) en las últimas horas, en que halló su coraje y la esperó con tranquila curiosidad.

Intimos amigos de Macedonio fueron José Ingenieros, Ignacio del Mazo, Carlos Mendiondo, Julio Molina Vedia, Arturo Múscari y mi padre; hacia 1921, de vuelta de Suiza y de España, heredé esa amistad. La República Argentina me pareció un territorio insípido, que no era, ya, la pintoresca barbarie y que aún no era la cultura, pero hablé un par de veces con Macedonio y comprendí que ese hombre gris que, en una mediocre pensión del barrio de los Tribunales, descubría los problemas eternos como si fuera Tales de Mileto o Parménides, podía reemplazar infinitamente los siglos y los reinos de Europa. Yo pasaba los días leyendo a Mauthner o elaborando áridos y avaros poemas de la secta, de la equivocación, ultraísta; la certidumbre de que el sábado, en una confitería del Once, oiríamos a Macedonio explicar qué ausencia o qué ilusión es el yo, bastaba, lo recuerdo muy bien, para justificar las semanas. En el decurso de una vida ya larga, no hubo conversación que me impresionara como la de Macedonio Fernández, y he conocido a Alberto Gerchunoff y a Rafael Cansinos Assens. Se habla de la irreverencia de Macedonio. Este pensaba que la plenitud del ser esta aquí, ahora, en cada individuo, venerar lo lejano le parecía desdeñar o ignorar la divinidad inmediata; de ese recelo procedieron sus burlas contra viejas cosas ilustres.



Los historiadores de la mística judía hablan de un tipo de maestro, el Zaddik, cuya doctrina de la Ley es menos importante que el hecho de que él mismo es la Ley. Algo de Zaddik hubo en Macedonio. Yo por aquellos años lo imité, hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la literatura. Quienes lo precedieron pueden resplandecer en la historia, pero eran borradores de Macedonio, versiones imperfectas y previas. No imitar ese canon hubiera sido una negligencia increíble.

Las mejores posibilidades de lo argentino —la lucidez, la modestia, la cortesía, la íntima pasión, la amistad genial— se realizaron en Macedonio Fernández, acaso con mayor plenitud que en otros contemporáneos famosos. Macedonio era criollo, con naturalidad y aun con inocencia, y precisamente por serlo, pudo bromear (como Estanislao del Campo, a quien tanto quería) sobre el gaucho y decir que éste era un entretenimiento para los caballos de las estancias.

Antes de ser escritas, las bromas y las especulaciones de Macedonio fueron orales. Yo he conocido la dicha de verlas surgir, al azar del diálogo, con una espontaneidad que acaso no guardan en la página escrita.

Definir a Macedonio Fernández parece una empresa imposible; es como definir el rojo en términos de otro color; entiendo que el epíteto genial, por lo que afirma y lo que excluye, es quizá el más preciso que puede hallarse. Macedonio perdurara en su obra y como centro de una cariñosa mitología. Una de las felicidades de mi vida es haber sido amigo de Macedonio, es haberlo visto vivir.

Marzo-abril de 1952

miércoles, 20 de octubre de 2010

Librería Borgeana en Medellín - Librería Palinuro Medellín Colombia



Luis Alberto Arango Puerta dice que ama los libros y que por ellos navega con placer. En la Librería Palinuro atiende este hombre que con cariño habla con sus clientes y le da cabida a nuevos autores que buscan que su trabajo literario pueda conocerse.



En la Librería Palinuro este hombre habla con amor de sus pasiones.
La literatura, la música y las tertulias hacen parte de sus historias.
Un personaje jovial y entusiasta para conversar tintiando.

No fue que el azar, la suerte o la casualidad de ese 15 de abril de 1947 se confabularan. Ese día los planetas tampoco se alinearon de forma extraña y mucho menos hubo un hecho histórico que marcara el futuro de Luis Alberto Arango Puerta.

Los verdaderos 'conspiretas' para que este administrador de empresas fuera un enamorado de la música colombiana, la brasileña, el jazz y la literatura fueron Oscar Arango y Lucía Puerta, sus padres.

Las armoniosas tonadas de la guitarra de su padre le aguzaron el oído mientras que de su madre heredó el gusto por las letras, las artes y la literatura.

El maraquero, como lo conocen sus amigos porque imitaba a los maraqueros de los tríos, es jovial, entusiasta y místico en todo lo que hace.

El librero

En la Librería Palinuro, ubicada entre Córdoba y Perú, en el centro de la ciudad, Luis Alberto está rodeado por más de 5.000 ejemplares de literatura.



De muchos habla con propiedad, y de los que no conoce, por mero gusto, investiga para hacer una tertulia con cada uno de los clientes que a diario abarrotan el acogedor lugar.

El disquero

Boleros y porros fueron el común denominador de su infancia y siendo adolescente, de la mano de Aldemar Betancur, en el Colombo Americano, se engomó por el jazz.

Después de Brasil llegó la bossa nova otra picadura de la que no ha sanado y que disfruta como si fuera la primera vez que escuchara.

Y cuando creía que ya sabía lo suficiente de música, Luis Alberto se enganchó a Sonolux y Sony Music, compañías donde aprendió más de jazz y música brasileña, ritmos que logró compilar en una gran colección personal con artistas como Billie Holliday, Fitzgerald Ella, Louis Armstrong, Antonio Carlos Jobin, entre muchos otros.

"El tabernícolo"

Fue en 1985 cuando Luis abrió en el centro la taberna Diógenes, el lugar más "cuquita" para escuchar jazz, bossa nova y tertuliar con los amigos.

Aunque ya no es de su propiedad, el hombre entre cano, de mirada tranquila y sonrisa generosa, recuerda con cariño la época dorada de la taberna que aún conserva su esencia.

Por todo ese universo de historias alrededor de la literatura, la música y las tertulias, sus amigos lo dejaron "el tabernícolo, el disquero y el librero".



Ya sabe, si quiere hablar de este y otros temas vaya a Palinuro a degustar de un tinto conversado con Luis Alberto.

Fuente : El Colombiano .Com
Gustavo Gallo Machado




Traiciones de la memoria



Hay algo muy especial en la escritura de Héctor Abad Faciolince que convierte todo lo que trata en algo interesante, en un texto que uno no se puede saltar, con lee siempre con el placer de saber que está disfrutando de un momento especial de la lectura. Donde Abad consiguió ese estado de gracia que ahora ya parece poseerle fue en su libro memorable El olvido que seremos (Seix Barral), sobre el asesinato de su padre, en Medellín, víctima del terror de ultraderecha que azota Colombia y la sigue amedrentando. Ese libro era una reconstrucción magnífica, conmovedora, del instante en que el padre de Héctor cae bajo las balas; el hijo se acerca al suceso con el temor tembloroso que alimenta el pudor, y alcanza alturas narrativas que sólo puede marcar un poeta. El título respondía a un verso supuestamente de Jorge Luis Borges que el padre llevaba en el bolsillo de la chaqueta cuando fue acribillado. El olvido que seremos. Alguien explicó en diversos artículos y otras intervenciones que el poema no era de Borges, sino apócrifo; yo recuerdo que estaba en La Gomera, hace dos años, cuando supe de la polémica por el propio Héctor, que estaba verdaderamente atribulado porque en algún momento pensó que, en efecto, le había atribuido al poeta argentino algo que no era suyo. Como Abad Faciolince tiene un enorme aprecio por la fidelidad de los datos y de la narrativa que trabaja desde que es un chico se dedicó a buscar y recorrió medio mundo para hacer una pesquisa universal acerca del origen del poema, hasta que halló la verdad verdadera: era de Borges, éste lo pensó, lo dictó, lo corrigió. El destino del poema es difícil de hallar, como una novela de misterio que se desenvuelve como un caramelo raro, y aquí está, el objeto mismo, en una edición que ha hecho ahora Alfaguara y que acabo de comprar en Cartagena de Indias.

Fuente El Pais.Com
06 febrero, 2010



Borges en Polinuro

En esta increíble librería Borgeana de Medellín se pueden encontrar los rastros del paso de J L Borges por Medellín en 1963 donde dicto una conferencia en el Paraninfo de la Universidad da Antioquia y en 1978 donde dialogo con los presente en el auditorio de la Biblioteca publica Piloto de Medellín.



Dice Héctor Abad Faciolince : Tengo, con tres amigos, una librería de viejo en Medellín. Se llama Palinuro y es un cuchitril que está en el centro. Los socios somos el cómico Valencia, que hace reír una piedra, el bohemio Obregón, un clon de Valle Inclán que bebe de noche y duerme de día, alias El Maraquero, que es el administrador, un calvo redimido del alcohol por los libros, pero tan miope que no ve nada a un metro de distancia, y yo, que escribo cuentos sin parar, para mantener a mis hijos.




Galeria Fotográfica





















viernes, 1 de octubre de 2010

Encuentran un verso y varias anotaciones inéditas de Borges



En la Biblioteca Nacional La aparición de versos inéditos de un joven Jorge Luis Borges fechados en 1923, el mismo año de la publicación de su primer poemario Fervor de Buenos Aires , son nada más que la punta del iceberg de un descubrimiento infinitamente más trascendente.




Este “ejercicio poético” del primer Borges no debería correr el foco del hallazgo de los investigadores de la Biblioteca Nacional, Laura Rosato y Germán Alvarez. Juntos rastrearon y estudiaron más de mil títulos con anotaciones de Borges , que el autor donó en 1973 y que permanecían perdidos y sin catalogar en la Biblioteca.




Se trata de una colección de casi mil títulos que Borges donó a la biblioteca en 1973 y que permanecía descatalogado desde el 11 de octubre de 1973, el día en que un Borges ya agotado por el cerco kafkiano de la gestión admistrativa y la presión de un nuevo gobierno peronista, que pedía su cabeza, se jubiló como director de la Biblioteca Nacional. Antes de irse –con un escribano presente– retiró todos sus libros de su despacho.

El dato no es menor. En 1971 un empleado administrativo, acaso para forzar la renunciar de Borges, acusó al autor de Ficciones de sustraer libros del patrimonio de la biblioteca. El día que se retiró de la gestión, Borges donó mil libros que consideraba “prescindibles para él y necesarios para la institución que dejaba con pesar”, después de 18 años de gestión. Al instante, pasaron al olvido hasta 1992, cuando aparecieron algunos de los textos.




Desde entonces y con intermitencias por la turbulenta vida institucional del país y de la Biblioteca, la investigación continuó hasta saldarse en Borges, libros y lecturas , el libro de Rosato y Alvarez. El texto es un compendio de las lecturas de Borges, desde la Divina Comedia hasta Schopenhauer, que permite aventurar cómo Borges pensaba en la escritura mientras leía. “Es un calado negativo de la obra, que permite apreciar cómo Borges se apropiaba de las lecturas para reescribirla ”, explica Rosato a Clarín . El catálogo rastrea las anotaciones de Borges y las relaciona con la obra editada. Así, en la misma página de un libro del alemán Christian Wilhelm Franz Walch, Borges escribe el 11 de diciembre de 1923 el ejercicio poético –como lo define Rosato– que encabeza esta nota y, también, un índice tentativo de Inquisiciones , que publicaría en 1925. “En alguien que reescribía tanto podríamos dudar de la noción de inédito”, termina Rosato, que no quiere tapar con la “aparición” de estos versos la noticia más importante. Por primera vez, la Biblioteca Nacional tiene una colección de libros anotados por Borges. Los títulos están disponibles para los investigadores, que ya no tienen que lidiar con coleccionistas para estudiar a Borges. Son de todos.

Fuente : Clarin - 01/10/10
Guido Carelli Lynch