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viernes, 2 de septiembre de 2011
Borges Superstar: En su 112° cumpleaños, fue estrella en las redes sociales
Google cambió su logo habitual por uno que aludía al escritor. Es el primer argentino que ocupa ese lugar. Además, su nombre estuvo entre los temas que más aparecieron en el día, en Twitter.
Borges lo hizo. Lleva un cuarto de siglo bajo tierra, pero igual logró que el nombre de un argentino distinto al de Lionel Messi o Diego Maradona diera la vuelta al mundo. No fue cualquier día: ayer se cumplieron 112 años del nacimiento del autor. Ayer, también, Google, Twitter y Facebook multiplicaron exponencialmente las referencias al escritor más universal de la historia de la literatura argentina.
El gigante Google le dedicó por primera vez a un argentino su característico Doodle , el ícono que decora el logo del buscador y sitio web más visitado de Internet. La ilustración pudo verse en los más de treinta dominios del buscador, en distintos países. Charles Chaplin, Pablo Picasso o Leonardo Da Vinci, entre otros, son algunos de las personalidades históricas que accedieron – como Borges – al privilegio de un doodle global.
En la imagen en cuestión, entonces, se apreciaba a un anciano Borges, de traje y con bastón, que contemplaba un paisaje futurista y laberíntico, desde la ventana de una habitación llena de libros. Al fondo, por supuesto se leía bien grande el nombre de Google. La ilustradora estadounidense Sophia Foster-Dimino, de sólo 23 años, fue la encargada de dibujar al Borges de Google. “Imagino que Borges está mirando el mundo ficticio que creó con su escritura”, explicó por mail a Clarín . La artista, que vive en California, señaló que quiso retratar tópicos clásicos de la obra de Borges, como, bibliotecas, laberintos y la arquitectura de los sueños . “Representan ideas más profundas, como el paso del tiempo y la naturaleza de la realidad”, agregó Foster–Dimino, que reconoció que antes de este trabajo sólo había leído el cuento “La biblioteca de Babel”. “Ahora es uno de mis autores favoritos. Ha sido un honor para mí homenajearlo en su día”, terminó.
Con un simple click sobre el dibujo de Foster, Google producía una búsqueda relacionada con Borges. Ese detalle colaboró para que los usuarios ingresaran 12 veces más que lo normal (millones de veces) su nombre en el buscador. América latina lidera históricamente por amplio margen el ránking de consultas por región sobre Borges. Los usuarios en Argentina están a la cabeza, seguidos por los situados en Colombia, Uruguay y México. Sin embargo, la novedad del Doodle empujó a que en esta última semana Australia fuera el país con más consultas sobre el autor, seguido por Argentina, España, Italia, Francia y Gran Bretaña.
YouTube – que también es de Google – se sumó al festejo: ayer apareció un video que reproduce y explica el doodle y da nociones básicas sobre la obra del autor.
Normalmente, los términos con que más se busca a Borges son “ borges poema ”, “ biografía de borges ”. Paradójicamente en el quinto lugar aparece un ignoto “ josé luis borges ” y en el décimo “ Instantes ”, el título de un poema erróneamente atribuido a Borges.
El furor por el escritor argentino se trasladó a las redes sociales. En Twitter, se convirtió en Trending Topic – uno de los temas del día más citados por los usuarios – en Argentina y a nivel global. Otra vez, América latina lideró la cantidad de menciones, aunque España no se quedó atrás. De todos modos hubo una buena cantidad de tweets en lugares tan remotos como Alaska, Ghana, Tanzania, Indonesia, Dubai, India y Oslo.
La popularidad de Borges también creció en Facebook. Miles de usuarios cambiaron su foto de perfil por la del escritor mientras que un falso perfil de Borges recibió cientos de felicitaciones.
En las redes sociales muchos recordaron que hace 10 días María Kodama dijo en un Congreso en Santander que Borges jamás habría utilizado nuevas tecnologías – por los mensajes de texto y las redes sociales – porque deforman el lenguaje. Esas tecnologías, ayer lo homenajearon como nunca.
Fuente : Revista Ñ
Guido Carelli Lynch
Jueves 25 de agosto de 2011
http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/borges-twitter-redes-sociales_0_542345964.html
Video : Fuente Google
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La televisión Anuncia la muerte de Borges 1986 :
La televisión argentina anuncia la muerte de Jorge Luis Borges en 1986
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jueves, 4 de agosto de 2011
Borges en la librería de Alberto Casares
Foto Julio Giustozzi 1985
El 27 de noviembre de 1985, un día antes de que el escritor se fuera a Europa para no volver más, la librería de Alberto Casares organizó una exposición de primeras ediciones de su obra. Se exponía la colección de José Gilardoni. Borges estuvo presente en dicho evento.
Revista Somos 4 de diciembre de 1985
Oye Borges Librería de Alberto Casares : Picar Aqui
Veinte y seis años después Alberto Casares expone en su librería una serie de primeras ediciones, libros raros y agotados, como homenaje a Jorge Luís Borges a 25 años de su muerte.
Galería de Imágenes
Alberto Casares y José Gilardoni 2011 - Foto Julio Giustozzi
Foto Julio Giustozzi
miércoles, 27 de julio de 2011
Borges en Caracas

Entrevista de Tomás Eloy Martínez
A 25 años de la muerte de Borges, un texto de Tomás Eloy Martínez para recordarlo.
En una reveladora entrevista de 1979, Borges dijo que "todo escritor deja dos obras: una, la escrita; otra, la imagen que queda de él [...] Quizás a la larga la imagen del hombre borre la obra". La misma idea se despliega, de modo más sesgado, en los ensayos sobre Whitman, Wilde, Chesterton y Hawthorne publicados en Discusión y en Otras inquisiciones . La tesis central de la "Nota sobre Walt Whitman" incluida en Discusión es que la crítica tiende a identificar erróneamente al autor de un texto con el personaje creado por esos textos. Subraya que los autores construyen un personaje y que muchas veces son conocidos sólo a través de esa representación, de esa imagen virtual. Lo que se lee, con frecuencia, no son los textos de un autor sino el personaje construido por esos textos.
El equívoco se abate ahora también sobre el propio Borges. Los estrépitos del centenario han desencadenado sobre los lectores un alud de ensayos, exégesis, conversaciones, recuerdos personales, anécdotas vanas y hasta la reedición de obras que Borges -a pesar de su tolerancia a veces excesiva con los deseos de los otros- había prohibido reproducir. Por paradójico que parezca, la inmensa fama de Borges está impidiendo leer al inmenso Borges. Lo que se lee ahora es, ante todo, el personaje que él dejó tras de sí: ese anciano sabio y ciego que tenía respuestas para todas las preguntas del mundo y que vagaba entre los laberintos de una biblioteca inaccesible a sus ojos.
En 1961, poco después de haber recibido el premio Formentor, Victoria Ocampo le pidió a Borges que eligiera los textos que, a su juicio, lo representaban mejor. El breve volumen, de 200 páginas, fue publicado ese mismo año por la editorial Sur con un título explícito, Antología personal . En el escueto prólogo, Borges declara, con raro énfasis: "Mis preferencias han dictado este libro. Quiero ser juzgado por él, justificado o reprobado por él".
El orden de los textos no es el cronológico, sino -como Borges apunta- el de "simpatías y diferencias". Casi todos los cuentos obvios están allí: "La muerte y la brújula", "El Sur", "Funes el memorioso", "El Aleph", "La busca de Averroes", "Las ruinas circulares", "El fin", aunque faltan al menos tres igualmente obvios: "Pierre Menard, autor del Quijote", "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" y "El jardín de senderos que se bifurcan". Entre los poemas, es llamativa la ausencia de "Fundación mitológica de Buenos Aires", cuyo "apócrifo color local" Borges no podía entonces "recordar sin rubor". Una segunda antología personal, entregada a Emecé en 1968, condescendió a cubrir esas voluntarias omisiones.
Dos décadas más tarde, en otra selección encomendada por la editorial Celtia, Borges eligió los mismos poemas, los mismos ensayos, los mismos cuentos de la primera antología -con pocas variaciones-, pero añadió una larga sección miscelánea de discursos, conferencias y apuntes de circunstancias, que tornan más llamativa la ausencia de dos textos esenciales: "Borges y yo" y "Nueva refutación del tiempo".
Un hombre nunca es -como el río de Heráclito- el mismo hombre al día siguiente, pero Borges se mantuvo, como pocos, fiel a los temas y los tonos de sus textos de madurez, los de la década del 40. Su obsesión era entonces -y lo fue hasta el final- la eternidad, la repetición infinita de los hechos y de las cosas bajo otras formas y con otros nombres.
Cuando empecé a leerlo, en la adolescencia, lo que me deslumbraba en Borges eran los infinitos movimientos de la identidad, en los que había algunos ecos de Poe. Sentíamos que, por primera vez desde el Siglo de Oro, la lengua castellana encontraba en los austeros textos de aquel argentino la grandeza que habían disipado los escritores regionalistas. Sentíamos que, a través de Borges, el lenguaje argentino adquiría una densidad y una intensidad capaz de expresar también todo el universo.
Cierta vez, en una clase de griego, el profesor me sorprendió leyendo "La muerte y la brújula" y me reprendió delante de todos.
-Para qué pierde el tiempo con un autor argentino -dijo- en vez de leer a Tucídides.
(En aquella época estudiábamos a Tucídides.)
-Sucede que éste es mejor -le repliqué, convencido.
Para los adolescentes de los años 50 Borges era, además, un escritor secreto, de culto. Creíamos que uno sólo de sus relatos o de sus poemas -el "Poema de los dones", por ejemplo, o el conmovedor "Límites"- equivalían a toda la literatura. Hace pocos meses, un profesor de Rutgers, que había leído un solo cuento de Borges - "La busca de Averroes", en traducción al inglés-, me dijo que esas pocas páginas habrían bastado para que le dieran el Nobel. Leer a Borges sin que ese placer sea enturbiado por el personaje Borges es algo que parece estar vedado ahora a los argentinos.
Frecuenté a Borges en los años 60 -a veces acompañándolo a cruzar la calle y caminando con él un par de cuadras- y durante esa década y las dos siguientes, fui incorporando a la Antología personal de 1961 unos pocos textos que me parecían invalorables. Añadí "La intrusa", "El Evangelio según Marcos", "El libro de arena", "Juan López y John Ward", las conferencias sobre la ceguera y sobre la Cábala que están en Siete noches . El único libro que me llevé al exilio fue El libro de arena y durante cuatro meses no leí otra cosa que sus trece cuentos, interminablemente. Creo que en esas escuetas páginas y en las de sus antologías personales de 1961 y 1968 cabe todo lo que Borges fue y lo que seguirá siendo.
Las dos últimas veces que vi a Borges ya no era Borges sino su gloria. Primero fue en Venezuela, hacia 1979. Entró silencioso, modesto, en el Ateneo de Caracas y, cuando los reflectores se volvieron hacia él abrumándolo, la gente lo coronó con una ovación de diez minutos. Un escritor venezolano que estaba a mi lado me codeó y dijo: "Míralo bien. Es Homero, es Dante, es toda la literatura". Cinco años más tarde, volví a encontrarlo en la Universidad George Mason, en Virginia, donde miles de estudiantes lo oyeron de pie, en devoto silencio. Le oí decir entonces que dictaba prólogos y poemas en los aviones y que el aplauso de los hombres era una forma inmerecida de felicidad. En esas dos ocasiones me inquietó verificar, sin embargo, que muchos de los que aclamaban a Borges no habían leído jamás a Borges. Algunos suponían que era el autor del Ulises y que su elegante inglés había sido aprendido en el Trinity College de Dublin. Otros, más certeros, lo confundían con Cervantes.
Tal vez no haya mejor homenaje a Borges que olvidar los artículos de circunstancias escritos en el apuro de las redacciones y los libros de juventud que descartó de sus obras completas, y volver a leer los textos por los que él prefirió ser juzgado. De todo autor siempre quedan sólo unas pocas páginas, algunas imágenes, una estrofa imprescindible, una trama que otros reproducen sin saber que es ajena. Borges perdura en esas líneas inmortales y no en el personaje trivial que han ido construyendo los años.
Fuente : Fundación Tomás Eloy Martínez
Martes, 14 de junio de 2011
http://www.facebook.com/note.php?note_id=193029834077715
Articulo citado de :
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=214669
sábado, 23 de julio de 2011
Borges en Laberintos Cubanos
Paginas Escogidas de J L Borges, junto a libros locales, en el Mercadillo de Libros de La Habana
Fue en el primaveral 16 de setiembre de 1985, es decir, veinticinco años atrás, cuando Buenos Aires recibió al genial escritor cubano Roberto Fernández Retamar, quien era portador de una delicada misión: entrevistar a Jorge Luis Borges para ponerlo en conocimiento de que en Cuba habían decidido editar una antología con parte de su producción (poemas, cuentos y ensayos). Se necesitaba el acuerdo del escritor argentino, sobre todo porque algunas de las creaciones que los cubanos querían incorporar al futuro volumen no figuraban en sus Obras completas, dado que el autor no había autorizado su inclusión en estas últimas.
Como era de dominio público, Borges no manifestaba simpatía alguna por la Revolución Cubana y… finalmente, Fernández Retamar venía con el encargo de hacerle un sensible pedido: que cediera sus derechos de autor en esa puntual edición, porque como consecuencia del bloqueo norteamericano, la editora cubana no disponía de suficientes divisas, por lo que no estaba en condiciones de abonar los honorarios que legalmente le correspondían.
El caso es que Retamar llegó a la Editorial Hyspamérica, donde lo aguardaba su director, el generoso e inteligente Jorge Lebedev, quien había dirigido la colección personal de Borges con la colaboración de María Kodama. Ambos se habían comprometido a gestionar la entrevista.
Retamar y Lebedev toman entonces contacto telefónico con Kodama, y momentos después llegaba la voz de ella con la tan ansiada respuesta:
–Sí… dice Borges que puede venir ahora.
Posteriormente escribiría Fernández Retamar:
El viaje demandó sólo algunos minutos, que me parecieron demasiados. Hasta que al fin me encontré frente al número 994 de la calle Maipú. En el sexto piso, la propia María Kodama me abrió la puerta. Me sentí impresionado por su belleza y la austeridad del piso.
Al entrar, Borges le pregunta:
– ¿Qué edad tiene?
– Cincuenta y cinco años –responde Retamar.
–Pero si es un pibe, che… Yo tengo ochenta y seis.
–Sí, pero yo vivo en el tiempo y usted ya está en la eternidad, que ha historiado, así como también ha refutado al tiempo –puntualiza Retamar.
–Tampoco Borges es sucesivo.
–En todo caso, de mis cincuenta y cinco años, he pasado unos cuarenta leyéndolo a usted.
–Me excuso… –dice Borges.
Los dos intercambian opiniones sobre el Martín Fierro, sobre su autor y otros escritores latinoamericanos.
Retamar le comenta que en su juventud ya lo leía en un barrio orillero llamado La Víbora, y ante la pregunta de Borges: ¿Dónde está ese barrio?, Retamar contesta:
–Queda en La Habana, capital de un país llamado Cuba, cuyo régimen político yo sé que usted no aprecia demasiado… Pero ni siquiera eso puede impedir que usted tenga allí millares de lectores, millares de admiradores.
Borges le hace un reclamo:
–Hay textos que usted no puede poner en su selección –y menciona tres títulos, uno de ellos, “El hombre de la esquina rosada”.
Pero el autor cede al fin, y ese cuento estará en el volumen cubano.
Y así se llega al momento más espinoso de la entrevista, cuando Retamar le plantea el tema de los derechos de autor:
–Lo que no podemos es enviarle dólares.
El escritor argentino acepta las condiciones con una definición muy borgeana:
–A mí no me interesa el dinero.
Breve, contundente y satisfactoria contestación.
La tarde se había hecho noche y cubría con su oscuro manto a la Reina del Plata. Roberto Fernández Retamar se despedía con el compromiso de entregarle a Borges en persona varios ejemplares de la antología cubana de sus obras.
Poco tiempo después, fallecía en Ginebra Jorge Luis Borges, y aquel volumen se publicaba en Cuba con un éxito inusitado. La destacada pintora argentina Hilda Heller, que en aquel momento vivía en la isla, me relató a su regreso que “en sólo tres días se agotó la antología de Borges en las múltiples librerías cubanas”.
Fernández Retamar no pudo cumplir con la promesa de entregar el libro en manos de su autor. Él mismo había escrito el prólogo (lo que enriqueció la antología), en el que incluyó este final:
Cuando falleció Miguel de Unamuno, Borges redacta una sentencia con la que quiero terminar por parecerme justa en ambos casos: “El primer escritor de nuestro idioma acaba de morir”.
Fuente : "Borges en laberintos cubanos".
La revista del Centro Cultural de la Cooperación
Enero / Abril 2011, n° 11
http://www.centrocultural.coop/revista/articulo/200/.
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domingo, 17 de julio de 2011
Annette Flynn: “Quedé deslumbrada con Borges desde el primer cuento”

Docente de la Universidad de Dublín a su paso por Buenos Aires indaga sobre la preocupación metafísica y religiosa de Jorge Luis Borges, al cumplirse 25 años de su muerte.
La tesis de doctorado de esta especialista en literatura latinoamericana durante sus años de Edimburgo, en Escocia, llevó por título: Time, self and the absolute in Borges (El tiempo, la identidad y lo absoluto en Borges). El director fue el profesor Edwin Williamson, autor de una de las más completas biografías del escritor argentino. Y es Jorge Luis Borges ahora el centro de su libro sobre “la búsqueda de Dios en esa obra” (que comenta Lucas Adur en este mismo número) y una de las figuras de estudio en sus cátedras de grado y posgrado en la University College Dublin, en Irlanda. Gracias al programa Erasmus, en sus cursos tiene numerosos alumnos de Alemania, Francia, Italia, Polonia y España, además de los irlandeses y norteamericanos. Annette Haas de Flynn nació en el sur de Alemania y estudió en Escocia. Coautora en diccionarios temáticos multilingüísticos, trabajó también como lexicógrafa para algunas editoriales. Habla un perfecto castellano, fluido y rico de matices, baila tango y se dice enamorada de la ciudad de Buenos Aires, donde no pierde oportunidad para conocer barrios o lugares citados en la obra borgiana.
–¿Cómo se dio tu encuentro con la lengua castellana?
–De chica, estando con mis padres de vacaciones en España, para poder comunicarme con otros de mi edad en el camping. Comencé por mi cuenta, con un pequeño diccionario y aprendiendo de memoria canciones populares. Después tuve ocasión de estudiarlo en el bachillerato y a los 16 años realicé otro viaje a España con una profesora y varias compañeras. Enseguida se despertó mi interés por algunos autores como Camilo José Cela. Después vinieron versiones simplificadas de El Quijote y El lazarillo de Tormes. Viviendo luego en Escocia, di clases nocturnas de alemán y español al personal de una destilería de whisky que mantenía estrechas relaciones con España porque los barriles de jerez se usan para madurar esa bebida. En la Universidad de Edimburgo estudié lenguas romances y literatura española y latinoamericana. Cada lugar y cada experiencia dejan un rastro: en Escocia decían que mi hablar dejaba entrever que era alemana, en Dublín me llaman la escocesa, en España dicen que hablo como una argentina.
–¿Y cómo fue el encuentro con Jorge Luis Borges?
–Aconteció en el segundo año de la carrera de letras hispánicas. Leímos Ficciones y El aleph. Quedé deslumbrada desde el primer cuento. Y si bien entendía poco de todo ese mundo, nació en mí un gran deseo de querer entrar más y más en la obra. Me dije “Borges es para leer y para permanecer en él”.
–¿Cómo aparece tu desconcertante interés por lo filosófico y lo teológico en un autor netamente literario?
–Sucedió a lo largo del doctorado. Mi primera certeza sobre Borges era que debía leerlo con profundidad filosófica y metafísica. Él ponía de relieve grandes temas, como el tiempo o la identidad. También encontré su literatura muy vinculada a la presencia-ausencia-búsqueda de lo absoluto. En realidad, la faceta de lo espiritual-religioso se me ofreció en una intensa lectura de la obra; no fue una decisión, una tesis o una intuición. Partí de la percepción de cuán significativa era la constante de los temas filosóficos en el gran autor argentino. El tema de Dios está en la obra de Borges, pero jamás se me ocurriría leerlo sólo desde ese aspecto; sería muy reductivo para un autor tan grande. Lo que sí vale la pena observar es que su preocupación religiosa es un aspecto permanente y duradero, a través de los años y los géneros. En los ensayos se permite el rigor intelectual que lo acerca a algunos filósofos, en lo religioso se avecina al panteísmo, recurre a místicos como Angelus Silesius o a filósofos como Arthur Schopenhauer, si bien va más allá de su idealismo para postular lo irreal de las apariencias. Para Borges toda certidumbre se desvanece. Supera a los solipsistas: lo único real es la propia capacidad mental. En cambio, en el caso de Nietzsche, Borges suaviza el concepto del eterno retorno.
–¿Qué tradiciones religiosas eran las que más le interesaban?
–Prácticamente todas: budismo, shinto, kábala, cristianismo, el sufismo del Islam y el panteísmo. Queda afuera el hinduismo. En cada una de estas tradiciones hay elementos que le resultan atractivos y otros que lo dejan insatisfecho. Acaso el panteísmo es el que le resulta más interesante porque no aparece el tema de un Dios personal. El budismo lo atrae, pero el concepto de la nada le resulta muy difícil. A pesar de negar el yo, esa nada le causa inquietud. Encontró tarde la tradición shinto, que lo atrajo por su espiritualidad positiva. Pero lo deja intranquilo la cuestión de la muerte y de la vida después de la muerte. Hacia el final, mientras visitaba los templos de Kyoto, escribe el magnífico poema “Cristo en la cruz”, que se publicará después en Los conjurados. El cristianismo es la tradición más cercana a su sensibilidad y a su cultura, pero la que más combate. La trinidad le resulta monstruosa. La figura de Dios en los cuentos y en las poesías es austera y lejana cuando no cruel, indiferente o castigadora. Se trata de un Dios estático, sin los atributos de la compasión y el amor. Es un Dios que acecha en las grietas. Y sin embargo lo hace desde dentro de nuestro propio ser. Es una presencia amenazante e inherente a la persona.
–¿Y la figura del Cristo?
–Muchas veces contrasta con la figura de Dios, sobre todo el Cristo de la poesía de madurez, que reaparece en su humanidad y su sufrimiento. El que dice: “Yo quise jugar con Mis hijos./ Estuve entre ellos con asombro y ternura”. Es también una voz que castiga: “Que otro, no el que ahora es su amanuense,/ escriba el poema”. La voz de Cristo interpolada por la del poeta habla de frustración por no haber cumplido, no haber escrito el poema. En 1960, en El hacedor, aparece “Lucas, XXIII”, donde el poeta ofrece una visión profundamente cristiana de la fe. El ladrón bueno se dirige a Cristo y se entrega. Y remata Borges con ese “Oh, amigos…” donde se acerca a algo tan central del cristianismo como el pecado y la redención. Ciertamente la culminación de esta relación se da en “Cristo en la cruz”. Ese final, lejos de una afirmación de ateísmo, indiferencia o rechazo es, como diría el teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, la pregunta clave. Una promesa frente a la irresolución de la propia búsqueda. Esa búsqueda continua, persistente e insistente a pesar de las frustraciones demuestra que la preocupación en Borges es auténtica. Del Cristo que no encuentra, dice: “No lo veo/ y seguiré buscándolo hasta el día/ último de mis pasos por la tierra”.
–¿Qué otro autor te interesa de la misma manera?
–João Guimarães Rosa. El escritor minero y el narrador argentino son dos autores universales, deslumbrantes, dos intelectos profundamente curiosos, dos artistas que se ocupan de los grandes temas, si bien entre ellos hay marcadas diferencias. En Borges hay algo más abierto e irresuelto. En Guimarães, una búsqueda más cumplida. Pero el
brasileño no tiene ensayos, sólo los estudios sobre poesía y lengua incluidos como prólogos o dentro de sus ficciones. Detalle muy borgeano. Para ambos la cuestión de la lengua es central. Borges tiene una enorme capacidad para mostrar de manera minimalista cuestiones profundas, capaces de abrir mundos. Guimarães agrega a esa precisión un elemento lingüístico creativo: palabras muy poéticas sobre la belleza o la ternura tomadas de distintas raíces.
Fuente : Revista Criterio Nº 2372
Poirier, José María
Julio 2011
martes, 28 de junio de 2011
Borges y los spaghettis
Borges en Quito
Mi mano sintiendo la herida en su cabeza, la causa de su ceguera, al apoyarla con suavidad para ayudarle a ingresar al automóvil que lo esperaba en las afueras del Hotel Colón en Quito. Una hendidura suave y larga. Siento nuevamente como se me estremeció el alma. Fue como haber tenido la oportunidad de rozar el infinito de sus pensamientos, acariciar el Aleph o introducirme en sus laberintos de espejos.
Eduardo Polo Senior, director para Círculo de Lectores en América Latina, había organizado un encuentro de escritores hispanoamericanos en Quito. En la lista de invitados figuraban, entre otros, Jorge Luis Borges, Ángel Rama, Álvaro Mutis, Luis Goytisolo. María Elvira Bonilla daba sus primeros pasos en el mundo editorial, el poeta Juan Luis Panero coordinaba el aérea internacional y yo el nacional organizando los concursos de cuentos escritos por niños, el Gran Libro de Colombia y la colección de escritores colombianos.
Por cosas del destino el poeta Panero y yo fuimos los seleccionados para acompañar a Borges a todas partes en su periplo quiteño. Dos momentos me impactaron fuertemente, y permanecen vivos en mi mente. Una tarde, bajando en el ascensor hacia la calle, un grupo de mamertos había bloqueado la entrada al Hotel en una manifestación contra Borges por sus supuestas ideas de derecha. Le pregunté si no le daba miedo enfrentarse con esa banda de desadaptados vociferantes. Me contesto con lentitud: “¿Miedo? No. Lo único que nos mata es la vida”.
Una noche en el comedor del Colón, sentados Borges, María Kodama, Panero y yo, el maestro pidió spaghettis bolognesa. María Kodama lo increpó con una rudeza ordinaria que me paralizó: “Pero Borges, ¿por qué pedís pasta si sabes que no la podés ver? Pedí otra cosa”. Borges se colgó la enorme servilleta en el cuello y enrolló sus spaghettis con una delicadeza y perfección de artista, sin que ni una gota de la salsa cayera en la mesa. Conversó sobre literatura, autores, poesía con Panero. Observé hipnotizada cómo le brillaba la mirada azul cuando le entusiasmaba un tema dirigiéndola exactamente hacia los ojos de su interlocutor, mientras yo hervía de la ira contra la Kodama, arribista, burda, tirana. Sobra decir que no probé bocado.
Tres días acompañando al maestro. Tres días que quedaron grabados en el alma y en el tacto: su cabeza entrecana, la hendidura de la herida, el ascensor, los spaghettis, la enorme servilleta y esa mirada azul y transparente.
Hace ya 25 años su cuerpo reposa en la fría e impersonal Ginebra. Kodama se regodea con la herencia, los derechos de autor y la fama. Ya no tiene a quién increpar. Al morir Borges, ella dejó de existir. Borges siguió intacto. Sus palabras y su pensamiento en la inmortalidad.
Retomo unas frases, seleccionadas por la BBC en su aniversario:
“Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos”.
“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.
“He cometido el peor pecado que un hombre puede cometer. No he sido feliz”.
Fuente : El Espectador.com
Aura Lucía Mera
28 de junio de 2011
martes, 21 de junio de 2011
El mexicano que trajo a Borges a México

Miguel Capistrán, hechizado por la trayectoria del escritor argentino, logró que éste viniera al país en 1973
Miguel Capistrán Lagunes (Córdoba, 1939) tenía un gran sueño: traer a Jorge Luis Borges a México. Y lo logró en 1973, cuando el afamado escritor argentino descendió del avión sostenido de su brazo, sin poder distinguir ni ser perturbado por los flashes de las cámaras de los periodistas que fueron a recibirlo, ya estaba ciego.
Un día como hoy hace 25 años murió el autor de El Aleph. Aunque no recibió el Premio Nobel, su maestría literaria ha trascendido la humanidad, configurando un personaje soñado.
El cordobés Miguel Capistrán, investigador, escritor y miembro fundador del Grupo La Capilla, hechizado no sólo por conocer a Jorge Luis Borges, sino por el propósito más universal de traerlo hasta tierras mexicanas, viajó a Argentina en 1971.
“Me llamó tanto la atención (Borges) y yo le encontraba a él muchas cosas que a mí siempre me gustaron de la literatura: Las hadas y ‘Las mil y una noches’. Y Borges siempre fue un apasionado de eso”, recuerda Capistrán en su residencia de Ciudad de México.

En su primera visita al país sudamericano, Capistrán recuerda que pudo conseguir, gracias a una amiga, el teléfono de la Biblioteca Nacional de Argentina donde Borges trabajaba como director.
Marcó ese número algo nervioso. Pensó que le respondería la secretaria. Grande fue su sorpresa cuando al otro lado del auricular se hizo la voz del poeta. “Yo ni sabía ni qué decirle en ese momento”.
Capistrán pudo pasear con Borges por las calles de Buenos Aires. Iban juntos a la biblioteca. Hablaban sobre Alfonso Reyes (1889-1959), escritor mexicano al que Borges admiraba y a quien incluso llamaba ‘maestro’.
El cordobés pudo más que conversar, aclara, oír a Borges hablando sobre literatura: “Era la persona más sencilla del mundo, más agradable, conversador. Casi no podía meter uno nada en la plática, y con ¡una cultura impresionante!... ¡y una memoria!”.
Capistrán le planteaba a Borges la posibilidad de viajar a México, pero una y otra vez la respuesta era que viaje tan largo le extenuaba al escritor. Fue hasta el año de 1973 cuando Miguel Capistrán cumplió su añorada empresa. Trabajaba en aquella época para el programa de televisión “Encuentro”, en Televisa, y se le hizo la invitación, además: se le acababa de dar al autor de “Ficciones” el Premio Alfonso Reyes.

Borges estuvo seis días en el país. Regresaría una segunda vez en 1978, también por la invitación y las diligencias de Miguel Capistrán, un hombre entregado a la obsesión noble de regalar a los mexicanos la cercanía con un hombre excepcional.
Capistrán posee todavía otras historias que lo colocan como un propulsor importante para la cultura de su ciudad y de su país.
Fuente : El Mundo de Córdoba
Martes, 14 Junio 2011
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domingo, 19 de junio de 2011
La muerte de Borges, por Héctor Bianciotti

Cuando fui a verlo en el mes de abril, Borges estaba en el hospital cantonal, en cama, y sin embargo, al oírlo, cualquiera hubiera dicho que se hallaba en uno de los cafés de Saint-Germain-des-Prés que tanto le gustaba frecuentar. Si su sapiencia siempre me había impresionado, la tarde en que fui a verlo al hospital permanece como ejemplar en mi memoria, por su sencillez, por esa lección que parecía venir de los antiguos, del fondo de los siglos. Yo pensaba como él, aceptaba que nadie escapa a las leyes y a las pautas que rigen este mundo, que nuestro destino es luchar como si el mundo fuese un proyecto y nosotros sus obreros.
Si tuviera que describir brevemente la sapiencia que emanaba de él durante esas horas pasadas en su compañía, diría que consistía, ese día, en su capacidad de ignorar la enfermedad, de no aludir a ella, de vivir con dulzura, llenando su tiempo, que se había vuelto tan lento, con lo que todavía le quedaba por empezar, o por terminar; el porvenir ya no le concernía, no invadía el presente, donde ayer es todavía y mañana, ya.
Se parecía en eso a lo que tardíamente pude constatar en mi madre: ni añoranza del pasado, ni esperanza o miedo hacia el porvenir, sino una humilde atención al instante. Y la costumbre de imponerse una conducta que no suscitara la preocupación en el testigo, o su compasión: cada compromiso, como si fuese el primero y el único.
Borges trabajaba en un guión sobre Venecia, que le habían encargado, y en el prefacio a la edición de su obra en la Pléiade, que terminaría un mes más tarde, tres semanas antes de su muerte. Recitaba poemas, entre ellos una pieza de Cocteau, para comentarme que el poeta había logrado encontrar una palabra que rimaba con "sífilis", volviendo así aceptable esa palabra que la poesía no ha previsto. Nos hizo reír cuando le trajeron la cena, tres purés cuyos colores nos pidió que le describiéramos, comparándolos con la insipidez común a los tres. E imaginó un paté de conejo en su propia piel, o un fénix cocinado en su propia ceniza.

Ignoro si estos fragmentos de recuerdos, estas migajas, pueden sugerir lo que fue ese rato. A Borges le gustaba reír, aunque a menudo no reía de manera evidente, hasta cuando su risa, siempre dispuesta, ya se había extinguido para decir algo que la provocaba a su vez en el interlocutor.
Estas imágenes, como en el caso de Guibert, me parecen preciosas si no se pierden de vista las circunstancias, la muerte, que él sabía inminente. ¿Se preparaba para entrar en la muerte como se entra, conforme lo deseaba, en una fiesta, o quería permanecer fiel a uno de sus últimos poemas, en memoria del amigo ginebrino que acababa de morir?
María lo incitó a levantarse, era necesario que caminase, que se paseara. Mientras cruzábamos el umbral de la habitación y entrábamos en el vasto, interminable corredor, salió tomándonos del brazo, declamando, con esa voz que le ahuecaba el pecho, buscando la férrea música del idioma sajón, el pasaje de la "Batalla de Maldon" en el que un joven soldado que ha ido a cazar, al oír de repente el llamado de su jefe, deja que el bienamado halcón vuele de su mano hacia el bosque, y él entra en la batalla.
Nos sentamos en el fondo del corredor, en la rotonda, bajo la claraboya que a esa hora de la tarde irradiaba una feroz luminosidad química. Borges advirtió su intensidad: "Ahora ya no veo más que ese horrible color violeta". Largo tiempo le había sido fiel el amarillo; al comienzo de la ceguera, distinguía el verde del azul.
Temeroso siempre de expresarme con imprecisión delante de él, de proferir trivialidades -que él cazaba al vuelo, no sin agregar, según su costumbre, esa interrogación monosilábica de cortesía, al final de una frase: "¿No?"-, debí de preguntarle algo sobre las literaturas antiguas que él amaba. Sin responder a mi pregunta, empezó a recitar, escandiendo párrafos rimados en los que creí reconocer sonidos ingleses. "Es horrible, ¿no?" Se trataba de la traducción de la Odisea perpetrada por el prerrafaelista William Morris, que pretendía extirpar del inglés todas las palabras de origen latino.
Sólo por el placer de oírlo repetir una de las frases de él que prefiero, le pregunté por qué había aprendido de memoria algo horrible. "La fealdad es tan memorable como la belleza", contestó, con un tono casi alegre.
* * *
Cuando llegamos a la callejuela sin nombre y nos detuvimos frente a la puerta sin número, comprendí por qué María había tomado la precaución de citarme en el hotel. Quince días antes, Marguerite Yourcenar había viajado a Ginebra para visitar a Borges. En espera de que la compañía de teléfonos instalara uno en su nueva pero última morada, él todavía estaba en el hotel. Le había hablado a Marguerite del departamento, pidiéndole que fuera a verlo y luego se lo describiera minuciosamente. El guardaba la llave, la tenía en el bolsillo de la bata. Exactamente un año más tarde, en el mes de junio, Marguerite Yourcenar me contará eso, en el transcurso de la única verdadera entrevista que tendremos -y no olvidó añadir que omitió mencionar el vasto espejo que, al abrir la puerta, se alzaba frente al visitante y se prolongaba a derecha e izquierda creando un pasillo: ¿cómo se hubiera atrevido ella a aludir a ese mundo de reflejos inciertos, cuando tantas páginas del poeta hablan del horror que desde la infancia ese mundo le provocaba?
* * *
Una sucesión de habitaciones vacías pero lujosas, a juzgar por los revestimientos de roble. El silencio que parecía reinar en el departamento súbitamente se rompió al abrir la puerta: lamentos que parecían vagidos. En su cama -tan angosta como la que usaba en Buenos Aires, la de toda su vida-, sin duda Borges tenía una pesadilla. Pero María le tomó la mano: "Borges, ya estamos aquí", y de inmediato cesó su desolada queja, los rasgos distendidos, los labios entre la sonrisa y la palabra. No volvería a mostrar señales de angustia, apenas de una ansiedad intermitente, un temblor brusco y ligero, como cuando soñamos.
Nosotros permanecimos atentos al menor signo, al mínimo gesto.
"Nosotros" éramos María, uno de los dos médicos que lo habían atendido en el hospital cantonal, la enfermera de día -su lectora en francés-, yo y, más tarde, la enfermera alemana. El médico, sentado al borde del lecho, la mano sobre la rodilla de Borges. Sin duda, uno muere menos solo cuando una mano tranquila y que reconocemos nos toca.

Sobre la mesita baja, junto a la cama, dos libros: una selección de cartas de Voltaire y los Fragmentos de Novalis, que le leía la enfermera de noche, la alemana. Al pie de la cama, que tocaba a la pared, una estrecha ventana contrastaba con el revestimiento de madera, reciente, cuidado. Era el 13 de junio. Hacía calor. El sol se ponía tarde. Un haz de rayos de sol se derramó sobre el lecho, iluminando el hueco en que éste se encastraba, y luego a nuestro pequeño grupo. Borges sacudió el índice sin mover la mano, como quien espanta una mosca. La sábana blanca resplandeció largo rato, pero el tiempo se llevaba consigo la luz, como quien retira un velo. Borges tenía la chaqueta del pijama, que era de color gris perla, desabrochada hasta el tercer botón. Su cuello, alisado por la posición de la cabeza, echada hacia atrás, era ancho y hasta poderoso.
En esta residencia de la ciudad vieja, donde él quería que tuviera lugar la cita con la muerte, el destino le había reservado un lugar tranquilo donde retirarse cuya pequeña ventana debía de crear un vínculo con las casas de antaño, allá lejos -un vínculo para que él muriese un poco en su casa, donde la mecedora de su madre se había inmovilizado muchos años atrás-. Puesto que no podía morir en esa Buenos Aires que, a su entender, ya no existía, quería que el gran encuentro ocurriese allí, en el barrio ginebrino donde él había despertado a la ciencia vagabunda de la literatura.

Sus médicos, que se habían convertido en sus amigos, hablaban de su alegría cuando se encontró por fin en la casa que había elegido. Había pasado el día exultante, con una euforia por momentos convulsiva, y repentinamente se alejaba, inmerso en una suerte de beatitud. ¿Había abandonado ya el universo de las palabras, donde todo ocurría para él? Estaba tranquilo, la gravedad y la dulzura pintadas en el rostro, una mano sobre el pecho, abismado en sí mismo, sustraído al tiempo -¿cara a cara con esos espacios infinitos que aterraban a Pascal?
Hay en la espera de la muerte un no sé qué de fin del mundo. Próximo a la fuente de las lágrimas, el testigo tropieza con sus propios límites, y llega a tener la sensación de hallarse en el lugar del moribundo.
En otro cantón de la Confederación, Joyce. La balsa de la noche avanzaba. Llegábamos al centro de la noche, la noche que respiraba a grandes bocanadas.
Siglos habían transcurrido cuando una luz grisácea tiñó la pequeña ventana. Una luz opaca, glauca, que viraba al amarillo. Y el sol. Adormecido en la sustancia de la muerte, el espíritu resucitaba entre la vigilia y el sueño. De pronto, un rayo de luz atravesó el vidrio, disipando un poco la penumbra. Y vi el pie de Borges que, fuera de la sábana, apuntaba con el dedo gordo hacia el techo. Ese pie que, como a él le gustaba decir, había "fatigado las calles". La desnudez del pie, tan íntima, que evocaba las palabras del poeta: "De sus pies sube entonces en él la muerte azul". De cuando en cuando, Sócrates, glorioso u oscuro, vuelve a morir sobre la Tierra. Cuántas veces habremos oído a Borges recordar que Sócrates no quiso prodigar adioses patéticos a sus amigos, a la hora de la cicuta, sino conversar con ellos tranquilamente, seguir pensando. ¿No había comentado, en el umbral mismo de la muerte, que el placer y el dolor son inseparables, puesto que si las cadenas le pesaban en la prisión, acarreando una forma de dolor, una vez que se las quitaron experimentó un feliz alivio?
También Borges, en su cama del hospital, no había hablado sino de literatura, toda una tarde. La enfermera empezó a friccionarle el pie -el pie que se ponía azul; la sangre carecía de impulso para subir hasta el corazón. Yo había convencido a María de que descansara un rato. Ahora era necesario llamarla. No tuve tiempo de dar un paso: María estaba en el vano de la puerta.
Se sentó a la cabecera de Borges, su mano en las suyas. Moví mi silla un poco hacia atrás. Yo no había advertido movimiento alguno, y sin embargo la cabeza de Borges se inclinaba ahora hacia ella.
Entre las cosas que nos ocurren, algunas son demasiado grandes para ser tan sólo un acontecimiento. El suelo de la realidad no las soporta, el espíritu las rechaza.
Borges murió muy lentamente y en silencio, como un reloj de arena que se vacía.
Era el 14 de junio, un sábado. Mi reloj marcaba las siete y cuarenta y siete.
Nunca le confesé que escribía. Está bien así.
Extracto de Héctor Bianciotti, Como la huella del pájaro en el aire (Editorial Tusquets, 2001) publicado por La Nación , Buenos Aires, 2001
Fuente : Ignoria – Biblioteca Hogar
http://bibliotecaignoria.blogspot.com/2007/03/la-muerte-de-borges-por-hctor.html
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25 años sin Borges: las anécdotas inéditas de Esteban Peicovich

El escritor y columnista de Perfil.com recuerda vivencias desconocidas
Jorge Lusi Borges y Esteban Peicovich, a inicios de los 80. Peicovich le realizó numerosas entrevistas al autor de "El Aleph" entre 1980 y 1986.
Esteban Peicovich, columnista de Perfil.com, es de los escritores que más conoce la vida y -sobre todo- la obra de Jorge Luis Borges. A 25 años de la muerte del gran hombre argentino de las letras, el autor de El palabrista Borges, visto y Oído recordó para este portal inéditas anécdotas que denotan cómo era el complejo pensamiento y la peculiar forma de ser del célebre “palabrista” que falleció el 14 de junio de 1986 a los 86 años.
Anecdotario. “Nos vimos muchas veces, cuando lo entrevisté en Barcelona, Buenos Aires, Marrakesh o Madrid cuando recibió el Premio Cervantes en 1979. En la capital española recuerdo que en la cena de gala, los mozos le preguntaron a María Kodama cuál era la comida preferida del premiado. “A mí me gusta la comida seca, no mojada”, repetía él. Por eso comía todos los días arroz. Entonces María pidió una paella. Así fue como llegados los postres, una periodista de la Televisión Española se le acercó a Borges y le pidió una sola respuesta: “¿Qué le pareció la paella, señor Borges?”. Y el galardonado contestó: “Me parece que está bien porque cada arroz ha mantenido su individualidad”
Nuestro eminente “doctor en ojos” Enrique Malbrán, que operó tres veces a Borges, me contó que un día, no bien llegar, le relató un hecho que al propio médico le pareció creado para la ocasión. “Usted no sabe, Malbrán, lo que me pasó esta tarde. Estaba a punto de cruzar la avenida Córdoba cuando un hombre me tomó del brazo y se ofreció ayudarme a cruzar. Lo hicimos, agradecí y ¿sabe que me respondió? Me dijo: “No, gracias a usted, señor. Yo también soy ciego”.
“Camino a Machu Picchu, en Perú, y tras cinco horas de tren de trocha angosta desde Cuzco, tuve que llevarlo en brazos por la altura. Él se había anudado un pañuelo al cuello y boqueaba como pez en la arena. María Kodama temía que Borges se muriera por falta de oxígeno. Por fin lo tendí sobre un sofá del lobby del Hotel Internacional para que lo asistieran. De un grupo de turistas alemanes uno lo reconoció. “Here is Borges”, empezó a gritar. Y claro, en segundos quince alemanes se abalanzaron a fotografiarlo desde todos los ángulos. Parecía una parodia de El entierro del Conde de Orgaz”.

El “palabrista”. “Además de maestro único en distintos géneros literarios, Borges es un palabrista mayor. Un Mozart de la palabra. De un vivir nuevo e inocente cada día. Por eso creo que Borges es un niño que murió a los 86 años. El primer niño que murió a los 86 años. Lo conocí a los 25 míos en la Biblioteca Nacional, al ir a invitarlo a dar una conferencia sobre Almafuerte, en Berisso, mi pueblo, donde lo presenté. “¿Berisso? ¿Ese pueblo existe?” dudó. Ya en los sesenta lo entrevisté para Clarín y hubo otras más, en los ochenta, en Madrid, Barcelona, Marrakesh. Con ellas y el acopio de lo más singular que el Borges oral dejaba en diarios y radios europeas estructuré El palabrista, cuya primera edición apareció en Madrid, en 1980. Quiero aclarar que nunca fui amigo de Borges, como informó un diario de Bogotá a propósito de la 5ta. edición del libro en Colombia. Es un error grueso. Macedonio era amigo de él, los grandes lo eran. Yo sólo fui un escriba que por corresponsal viajero pude coincidir con él y entrevistarlo. ¿Qué es lo que más valoro de su persona? Sin dudas, su virtud mayor: la de vivir lejos del hábito, de la matadora repetición de la costumbre. Le sorprendía la admiración que generaba y solía responder: “No sé por qué me valoran. Lo único que yo hago es ver asombro donde los demás ven costumbre”.
Su pensamiento. “No, no era gorila ni de derecha. “Si bien un conservador en las formas y respecto de su pertenencia social, las ideas más profundas de Borges eran las de un ácrata, las de un anarquista sublime que sin poner bombas en un plano real, las sembraba con su imaginario. Borges reelaboró antiguos mitos de Occidente y de Oriente, nos propuso un destino universal a una sociedad sin cultura precolombina y también indagó como pocos en nuestras poéticas de campo y barrio. De Ascasubi y Carriego. Entretejió con prosa exquisita los temas de allá y de acá hasta replicar en ambiente gauchesco el asesinato de Julio César por Marco Antonio”.
Destino literario si los hay, Borges vivió más allá de la sordidez del día a día. Aún ciego, “veía” el mundo como era, y también “a su manera”. Es una de esas grandes y raras flores que da la especie. Como Kafka. Como Beckett. Testigo literario de una sociedad variada y rara como la nuestra, nos castigó en lo imbécil y nos representó en lo genial. Y en lo utópico. Nunca olvido lo más agudo que dijo sobre nuestra política: “Tal vez llegue un tiempo en el que merezcamos no tener gobierno”.
Fuente : Perfil
Esteban Peicovich
18 de junio de 2011
A Borges le gustaban los mapas

En la dilatada obra de Jorge Luis Borges, muerto hace 25 años, los mapas y sus misterios son un tema recurrente. Aquí se ensaya una mínima cartografía
Debo a la conjunción de un libro y un calendario el motivo de esta nota. El libro, ricamente empastado y con 36 láminas desplegables, se llama interrogativamente Atlas. ¿Cómo llevar el mundo a cuestas?; el calendario afea notoriamente el escritorio donde trazo estas líneas y tiene puesta una marca en la fecha 14 de junio. Un día como ése, hace 25 años, murió en Ginebra el escritor Jorge Luis Borges.
No pretendo hablar sobre el enciclopédico autor (no soy el indicado para hacerlo). Me consuela saber que en torno a esa fecha los especialistas se ocuparán no sólo de su obra sino también de su vida. Se dirá, sin duda, que como buen porteño era o jugaba a ser cosmopolita; que sus páginas están invadidas por tigres y laberintos; que era un gran lector y que estaba ciego. Y, por supuesto, que nunca le dieron el Premio Nobel. Lo que yo quiero es apenas llamar la atención sobre un mínimo asunto de su vasta geografía literaria: a Borges le gustaban los mapas.
Son muchos los pasajes de su obra en los que se puede encontrar referencias a mapas, cartografías o atlas. (Incluso, en 1984, dos años antes de su muerte, dio a la imprenta un volumen titulado así: Atlas.) Esas referencias, en general, forman parte de complejas tramas y suelen operar como mecanismos para hacerlas aún más complejas. Con un afán meramente indicativo, pasemos pues, ligera y desordenadamente, las páginas de su obra como quien hojea un atlas y se detiene aquí o allá en una lámina que llama a la curiosidad.
En uno de sus más famosos textos titulado “Borges y yo”, que integra esa agradable silva de varia lección como el mismo califica a El hacedor, el autor declara melancólicamente su amor por los mapas. “Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson”.

En “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, una ficción sobre una enciclopedia imaginaria que abre el libro El jardín de los senderos que se bifurcan de 1941, de inicio, el propio Borges y Adolfo Bioy Casares (de pronto los amigos en la realidad son los personajes del cuento) buscan información sobre un país llamado Uqbar que aparece en un tomo de una enciclopedia que a la larga se sabrá que es apócrifa. En busca de Uqbar fatigan en vano los atlas de Justus Perthes, “los escrupulosos índices cartográficos de la Erdkunde de Ritter” y en los anaqueles de la Biblioteca Nacional revisan “atlas, catálogos, anuarios de sociedades geográficas, memorias de viajeros e historiadores”. El resultado de su pesquisa es nulo: “nadie había estado nunca en Uqbar”. Si un país no figura en los mapas, simplemente, no existe. Aunque en el cuento las cosas acaban siendo mucho más complicadas.

Así, digámoslo simplificando en extremo las cosas, los mapas y el conjunto de mapas que integra un atlas, son en primer término un objeto de conocimiento. Ese conocimiento (cuyas complejidades se debaten en la correspondencia o no del territorio con el mapa, es decir, de la realidad con su representación), sin embargo, puede ser inútil. Una fábula, también incluida en El hacedor, lo manifiesta. Vale la pena citarla in extenso: “En aquel imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al uso de la cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era inútil y no sin piedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas”.
Milagros. Pero el mapa puede contener también atributos secretos. En el cuento “El milagro secreto”, que transcurre en Praga en 1939, Jaromir Hladik, un escritor judío, es detenido por el ejército invasor alemán y, por su inocultable judaísmo, condenado a muerte. Burocráticamente, su ejecución es fijada diez días después de su detención. Hladik cada noche de su prisión padece el tormento adelantado de su muerte. Es autor de una tragedia en verso inconclusa.
En su desdicha siente que la escritura es lo único que puede justificarlo. En sus insomnios pide a Dios que le sea concedido el tiempo para concluir su obra. La víspera de su esperada ejecución, queda dormido. “Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del Clementinum. Un bibliotecario con gafas negras le preguntó: ¿Qué buscas? Hladik le replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo: Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego buscándola. Se quitó las gafas y Hadlik vio los ojos que estaban muertos.

Un lector entró a devolver un atlas. Este atlas es inútil, dijo, y se lo dio a Hladik. Éste lo abrió al azar. Vio un mapa de la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las mínimas letras. Una voz ubicua le dijo: El tiempo de tu labor te ha sido otorgado”. Muchas cosas podrían decirse sobre este pasaje escrito por Borges. (¡Un bibliotecario ciego!) Para lo que importa aquí, baste anotar que ese atlas también contiene el nombre secreto de Dios.
Otro salto puede llevarnos al epílogo de El hacedor. Allí, de algún modo, Borges ensaya una justificación de su propia escritura: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”. Escribir es dibujar el mundo; dibujar el mundo es trazar su mapa.
Atlas. Debo referirme ahora al libro anunciado en el primer párrafo de esta nota: Atlas. ¿Cómo llevar el mundo a cuestas? Este volumen es, en rigor, el catálogo de la exposición del mismo nombre (que acaba de presentarse en Museo Reina Sofía de Madrid) preparada por el filósofo e historiador del arte Georges Didi-Huberman. Éste, en las primeras 200 páginas, ensaya una riquísima teoría sobre el atlas. En ella confluyen el insólito Atlas Mnemosyne que a finales de los años 20 soñó y ejecuto en parte Abby Warburg y las ideas del coleccionista llamado Walter Benjamin.
No es éste el lugar (ni yo, por supuesto, el indicado) para intentar siquiera un resumen. Baste con enumerar algunas de las ideas iniciales.
Un atlas no está hecho de páginas en el sentido habitual de la palabra sino de láminas, de tablas, en las están dispuestas imágenes. No es un libro de lectura que se comienza y se acaba (como una novela o un tratado) sino un objeto que se recorre en busca de un dato preciso, pero una vez conseguido éste, se sigue, como paseando, por sus innumerables bifurcaciones. Una de sus magias es, entonces, que es un libro de saber pero también de placer.
Didi-Huberman dirá que un atlas constituye una forma visual del saber y una forma sabia de ver. El atlas introduce en el saber de manera inseparable una dimensión sensible. (Las consecuencias epistemológicas de este hecho son radicales, pero ése es un asunto para los doctos.)

Los atlas son tradicionalmente geográficos, pero desde la antigüedad han cifrado, en láminas que son frecuentemente objetos bellos, todas las esferas del saber: la zoología y la botánica, la genealogía de los dioses y de los hombres, la anatomía humana, los conocimientos celestes, el arte… Pero el atlas nunca encierra un conocimiento definitivo, basta un nuevo objeto dispuesto en la tabla o en la mesa para que todo se ordene otra vez. Y ese reordenamiento no sólo es espacial sino, de una manera muy poderosa, temporal: el atlas reordena el tiempo, pues hace convivir en una misma superficie el pasado, el presente y los múltiples futuros que quedan abiertos. El atlas es un objeto de conocimiento, pero de conocimiento nómada, es decir, en permanente desplazamiento.
Borges. Pero, para cerrar, es hora de volver a Borges. Hemos visto algunos de sus mapas; es tiempo de echar una mirada, como sugiere Didi-Huberman, a los atlas o las “mesas” borgianos.
En muchos pasajes de su obra, Borges construye objetos imposibles. Imposibles en el sentido en que dispone en un mismo plano (una larga frase o una enumeración “caótica” tan típica de su prosa) cosas que ni espacial ni temporalmente podrían relacionarse, pero que al hacerlo postulan una nueva forma de inteligibilidad del mundo. El cuento “El Aleph” es el ejemplo acabado. En una diminuta esfera tornasolada escondida en las escaleras de una casa, Borges ve el “espacio cósmico si disminución de tamaña”: “Vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de los granos arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré… vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkamar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano…”. A esta altura, ya nada cuesta decir que el Aleph que es una lámina de un atlas imposible. Los ejemplos abundan: el Zahir es también otra “mesa” borgeana; lo es la enciclopedia china que fascinó al Foucault de Las palabras y las cosas; también la memoria de Funes que a él mismo le parece “un vaciadero de basuras”. En el cuento “El informe de Broodie”, el lenguaje de los yahoos, un pueblo “primitivo”, contiene palabras como ésta: nrz, que “sugiere la dispersión o las manchas: puede significar el cielo estrellado, un leopardo, una bandada de aves, la viruela, lo salpicado, el acto de desparramar o la fuga que sigue a la derrota”.
A Borges le gustaban los mapas. En tardes como ésta, a 25 años de su muerte, uno puede entregarse a la relectura de sus páginas. Quién sabe si ese paciente laberinto traza a la larga la imagen de nuestra propia cara.
Fuente : La Razon - Bolivia
Rubén Vargas
19 de junio de 2011
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Borges y los Mapas
Jorge Luis Borges: 25 años 25

No, no es fácil escribir sobre Jorge Luis Borges. El pasado martes, 14 de junio, se cumplieron los 25 años de la muerte de escritor en Ginebra y por este motivo se convocaron decenas de proyectos editoriales, de homenajes, María Kodama actuando de nuevo como señora de la casa y dueña del secreto, de actos. En Casa de América de Madrid hubo la semana pasada un homenaje a su figura y en Buenos Aires acaba de inaugurarse una exposición inmensa bajo el título de Historia de un universo escrito donde, entre otras cosas, se detallan las relaciones y la influencia que el escritor, sobre todo el Borges joven, tuvo en la creación de un paisaje legendario que rindiera justicia a la ciudad de Buenos Aires… quiero decir, ¿cómo no escribir algo sobre uno de los escritores más trascendentes en español del siglo XX y qué, además, pasa por ser uno de los de cabecera, de esos que se releen cada vez más a menudo y en intervalos de tiempo menores? Y sin embargo, la cosa no es fácil porque me temo que hay pocas cosas nuevas que decir de él que merezcan la pena y, sobre todo, porque la avalancha de cosas dichas han amenazado con sepultar su obra de la manera más perversa en que una obra puede ser sepultada: morir de tal éxito que nadie se enfrente a ella de una manera directa sino mediatizada por los miles de interpretaciones sobre la misma, interpretaciones tan variadas y sutiles como tontas y extravagantes. De ello sobran ejemplos, y la extensión de las figuras que han confesado contraer una deuda con Borges son, por su importancia, un tanto sorprendentes, de Jacques Derrida o Gilles Deleuze a Humberto Eco pasando por Michel Foucault, Ilya Prigogine, Paul Auster o André Maurois, que prologó aquel tomazo de New Directions, Laberynth, que recogía cuentos del escritor argentino y que en la ultima edición ha ido cambiado por William Gibson, el escritor ciberpunk, y todo ello por no hablar de nuestros escritores, de Julio Cortázar a Osvaldo Soriano, de Adolfo Bioy Casares a Roberto Bolaño o Julio Ramón Ribeyro… la nómina amenaza con parecer infinita. No, no es fácil.

Hace 25 años le enterraron en el cementerio de Pleinpalais, en Ginebra, en una tumba situada a la derecha de un ciprés donde siete guerreros sajones, que lucharon contra los vikingos en torno a la defensa de un monasterio, se enfrentan a una muerte cierta, una bella metáfora que Borges creía tomado de La balada de Maldon y que resume, a su modo un tanto inacabado pero veraz, la toma de postura del escritor ante la muerte y el coraje para llevar el tránsito con gallardía. A partir de entonces, el mundo, que ya reconoció sobradamente a Borges pareció hacerse cada vez más borgiano. Lejos quedaban los tiempos en que el escritor adquirió cierta fama porque aparecía un cartel con su retrato en Performance, aquella película interpretada por Mick Jagger y que supuso la entrada de Borges en el mundo de la cultura de masas anglosajona y del espectáculo, a partir de ahí el aislamiento horaciano se convirtió en un carrusel de viajes, conferencias, entrevistas y premios que aprovechó con urgencia de viejo. Desde entonces, cada vez más, la literatura, el modo de enfrentarse a la realidad, comenzó a girar en torno a la metáfora del mundo que había inventado en su soledad de Buenos Aires y filósofos, semióticos y científicos comenzaron a rastrear conceptos, intuiciones y hasta profecías en sus relatos. Lo de ser el gran maestro ejemplar de la intertextualidad, ese gran prado donde pastan profesores de toda condición en el abrevadero de la teoría literaria, ya queda un poco lejos, por repetido. Ahora muchos ven en La biblioteca de Babel ciertas paradojas inherentes a la teoría de conjuntos, en El idioma analítico de John Wilkins, relato preferido por ciertos lingüistas y neurólogos, afirmaciones semejantes a las teorías fractales, sistemas de numeración en Funes el memorioso, todo ello en una suerte de metáforas neutras de problemas científicos, aunque parece ser que El jardín de senderos que se bifurcan, y esto parece un relato borgiano dentro de otro relato, resolvió sin que el autor tuviera la más mínima idea del problema, una cuestión de la física cuántica que no se había resuelto hasta que Hugh Everett III escribió su tesis doctoral, Relative State Formulation of Quantum Mechanics, y que más tarde popularizó Bryce DeWitt en La interpretación de los muchos mundos de la mecánica cuántica. Borges como demiurgo ciego, como mediador entre las correspondencias de las disciplinas artísticas y científicas: la imagen no puede ser más nítida en cuanto al modo de valorar al escritor en el mundo de la posmodernidad, en el mundo de la cita textual, del pastiche, de cierto idealismo conceptual que huye de una voluntad aristotélica que ya no nos seduce… Borges, también, como precursor de la Webb, en esto anda Umberto Eco, realizando una correspondencia entre los cuentos de Borges y esa Internet donde abundan en mezcla feliz blogs, You Tube y Wikipedia alzándose como la representación virtual de ciertas ideas contenidas en La Biblioteca de Babel y en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius y que ya estaba presente en la idea del Libro Total de Stéphane Mallarmé, que Borges admiraba.

El mundo se ha hecho un poco borgiano, como se hizo kafkiano mucho antes, y dantesco mucho antes también. Eso nos habla de la capacidad del arte para reflejar el imaginario colectivo de una época. Creo que hay tantos Borges como representaciones del mundo porque los laberintos de Borges son nuestros laberintos, los de nuestra mente. Muchos imaginan geometrías fractales leyéndole, o teoremas casi proféticos por no estar ni siquiera planteados; otros, en cambio, siguen adorando el paisaje mítico que dejó de la capital argentina en Evaristo Carriego o en Fervor de Buenos Aires, la exposición inaugurada en aquella ciudad abunda en ello, y a la desilusión de comprobar la desaparición de la casa de Tucumán, en el número 840, se refugian en lo que queda aún, que es bastante, en un perfume hallado en Palermo, en Corrientes, en La Boca y en las imágenes rotundas, sutiles de lugares como la Recoleta o la Plaza de San Martín.
Ahora, a los 25 años de su muerte, el reto es poder seguir leyéndole de la manera que nos parece casi inocente en que lo leíamos hace treinta y cinco. Para esto Borges también tuvo respuesta. En la metáfora de Pierre Ménard, autor del Qujote.
Fuente : cuartopoder – España
19 de junio de 2011
Borges no ha muerto

Se agigantó, creció inmensa e intensamente y sigue aumentando su prestigio: las fervorosas respuestas de sus lectores en el mundo entero lo confirman. Hasta podríamos hablar de una "borgesmanía", una adicción, una devoción casi sacrosanta.
¡Cuántos homenajes aquí y en todo el mundo! ¡Cuántas conmemoraciones! Dicen que el 14 de junio de 1986, Jorge Luis Borges murió en Ginebra. Dicen que se fue de este mundo, calladamente, y que no está más.
Es cierto que desde entonces no lo volvimos a ver caminando por las calles de esta ciudad de Buenos Aires, sobre todo por las que están próximas a la Plaza San Martín.
No lo vimos más en compañía de su bastón, ni en la confitería Saint James de la esquina porteña de Córdoba y Maipú (que no soportó su ausencia y desapareció también), ni en la librería La Ciudad de la hoy solitaria Galería del Este, ni apoltronado en su famoso sofá del departamento de la calle Maipú 994, en un sexto piso.
No, no lo vimos más por esos lares, ni lo oímos más pidiéndole a los extranjeros que le recitaran el Padrenuestro en su idioma, cuanto más exótico, mejor (él lo conocía, de memoria, hasta en islandés antiguo). Su estampa de señor mayor, de aspecto cuidado y pasos trémulos, titubeantes por la ceguera, siempre apoyado en algún brazo amigo o amado, hace rato que no los vemos más.
Pero ¿quién dijo que realmente ha fallecido?
No, no lo creemos así. Al contrario, creemos que es el escritor más vivo de los escritores muertos. Al menos, de los del siglo pasado, y, al menos de esta zona del mundo. Y, la verdad es que la zona de influencia en que Borges sigue vivito y coleando se extiende mucho más lejos y abarca una cantidad muy grande de países en todos los continentes.
Eso lo saben bien los críticos, los exégetas, los estudiosos de la literatura universal de nuestro tiempo.
Nosotros lo vemos y escuchamos muy a menudo, con su sonrisa, su leve tartamudeo, sus ironías y la agudeza de su pensamiento cuando encendemos la pantalla de nuestro televisor, en algún fragmento de sus conferencias o respondiendo las preguntas de distintos entrevistadores internacionales que tuvieron la fortuna de tenerlo sentado frente a frente y hacerle las preguntas habidas y por haber.
Está ahí, hoy, en el año 2011, delante de nuestros ojos. ¿Cómo que se ha muerto?
Alberto Girri aseguraba que tras la muerte de un escritor se cierne sobre él un manto de olvido que, en su opinión, duraba unos 20 años.
Borges rompe todas las reglas o es la gran excepción a esa regla.
El Borges-escritor está más vivo que nunca. Nos parece que se ha convertido en un caso único. Porque, además, se ha vuelto un creador incuestionable, indiscutible. ¿Quién va a cuestionar hoy día su genio? Todavía, en su propio país, se podrán recordar algunos viejos enconos, ligados a su ideología, a sus preferencias literarias, a algunos prejuicios personales. Pero ¿qué ser humano puede ser aceptado por todos? Lo importante es que Borges, con sus defectos y virtudes, fue un buscador incesante y desesperado de la ética y una persona esencialmente libre.
Pero, claro, todo eso tiene que ver con su persona y, para muchos, puede ser anecdótico. Su literatura es la que lo supera ampliamente, convirtiéndolo en un monstruo sagrado. Podrá gustar más o menos, pero nadie puede negar su magia, su fascinación, su inteligencia, su metafísica y su profundidad.
La discusión acerca de la coherencia entre personalidad y obra es una vieja discusión donde no se ha llegado a ningún acuerdo. Hay quienes sólo consideran relevante la trascendencia del trabajo, como lo único perdurable y acaso perpetuo; otros, no pueden separar el trabajo del hombre.
Y, posiblemente, ambos tengan razón desde su punto de vista cuando esgriman sus argumentos. Pero, en el caso de Borges, hasta estas discusiones parecen hoy estar de más.
Porque la vigencia creciente de su obra habla de un fenómeno que podríamos llamar "metaliterario", algo realmente excepcional. Los estudios de todo tipo que se han hecho, se hacen y se seguirán haciendo sobre sus textos hablan de un autor vivo, originalísimo, siempre actual, es decir, eterno.
En 1982, ya Susan Sontag dijo en un reportaje: "Hoy no existe ningún escritor viviente que importe más a otros escritores que Borges". Y a diez años de la muerte de éste, en una carta imaginaria, dirigida a él, Sontag le confesaba a Borges: "Todavía seguimos aprendiendo de usted, lo seguimos imitando. Usted seguirá siendo nuestro modelo y nuestro héroe".
Resulta interesante buscar algunas ideas de Borges acerca de su propia muerte, sabiendo de su agnosticismo, reiteradas veces declarado.
Ya a la edad de 50 años, en el poema Límites manifestaba: La muerte me desgasta, incesante. Es apasionante revisar, sobre todo, sus poemas de la última década, empezando por The thing I am (del libro Historia de la noche, 1977) donde sostiene: Soy a veces la dicha inmerecida. / Soy el que sabe que no es más que un eco, / El que quiere morir enteramente.
En El Ángel (del libro La cifra, 1981) hace la siguiente invocación: Señor, que al cabo de mis días en la Tierra / yo no deshonre al Ángel.
Para leer luego esos significativos versos del poema que da nombre al libro, donde expresa esta idea: Yo sé que alguien, un día / podrá decirte verdaderamente: No volverás a ver la clara luna, / Has agotado ya la inalterable / suma de veces que te da el destino / (…) Vivimos descubriendo y olvidando / esa dulce costumbre de la noche. / Hay que mirarla bien. Puede ser la última.
Hay un poema conmovedor de su último libro, Los conjurados, escrito un año antes de su partida, que tituló Piedras y Chile, referido a esa esquina de Buenos Aires por donde tantas veces había andado: Los reveses / de la suerte no cuentan. Ya son parte / de esa dócil arcilla, mi pasado. (…) Sólo me queda la ceniza. Nada. / Absuelto de las máscaras que he sido, / seré en la muerte mi total olvido.
¡Cuánto se equivocó en esta manifestación de modestia! Nada más ajeno a su literatura y a su persona que el olvido.
En una de sus charlas, encaró directamente el tema de su propia muerte, diciendo: Me parece que debo morirme, y pronto. (…) Quizá cuando llegue el momento de la muerte, me mostraré muy cobarde. Aunque, en general, yo habré visto varias agonías al cabo de 84 años. (…) Y bueno, la muerte sería un viaje, desde luego superior a los siete viajes de Simbad. Sería un viaje mucho más grande, ¿no?
En una entrevista que le hiciéramos en su casa, a fines de los años 70, nos confesaba acerca de ese gran misterio: Yo estoy listo para morir en cualquier momento. Si usted me dijera que voy a morir en media hora, yo le contestaría: "Qué alivio, qué simplificación, terminar con todo y sobre todo terminar con Borges que me tiene cansado". Y más adelante, nos respondería con contundencia: Yo espero que mi muerte sea definitiva.
Dicen que Borges murió el 14 de junio de 1986, a la edad de casi 87 años en Ginebra, tras padecer un cáncer de hígado.
En sus propias palabras, esa sería "la muerte del cuerpo". Nosotros creemos que, en realidad, los muertos no mueren nunca, por lo menos en nuestros recuerdos. Y, en el caso de un escritor de la talla de Borges, además de las remembranzas que son más que vívidas para los que tuvimos la dicha de conocerlo, sus textos traducidos a tantos idiomas lo hacen universal e inmortal.
María Kodama sólo festeja la fecha de su cumpleaños, cada 24 de agosto, que es una manera de celebrar un nacimiento perenne, una vida sin final.
Dijeron e insistieron en que Borges murió el 14 de junio de 1986. Nosotros no le hacemos caso a esos rumores. Creemos que Borges no murió nunca.
Fuente : La Gaceta -Tucuman
Alina Diaconú
19 de junio de 2011
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