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sábado, 13 de junio de 2026

Julian Barnes decidió ser escritor el día en que escuchó a Borges en la Universidad de Oxford


“Al finalizar el encuentro, pensé: vale la pena serlo”, decía el joven británico, a sus 25 años; hoy, a los ochenta, ganó el premio Princesa de Asturias por su obra extraordinaria

 

Daniel Gigena

 

En 1971, cuando tenía veinticinco años y se desempeñaba como lexicógrafo, el británico Julian Barnes -flamante Premio Princesa de Asturias de las Letras- presenció una conferencia de Jorge Luis Borges en la Universidad de Oxford, cuando se le entregó un doctorado honoris causa. En esa ocasión, decidió convertirse en escritor. “Al finalizar el encuentro, pensé: si esto es ser un escritor, vale la pena serlo”, se dijo.

 

En aquel entonces, Barnes trabajaba para el prestigioso Oxford English Dictionary. “Por la noche, Borges ofreció algo que no puede llamarse, exactamente, una conferencia o una lectura o un seminario, sino una suerte de audiencia papal informal –describió en un artículo publicado en 1996, a diez años de la muerte de Borges, en Clarín–. Yo ya había estado frente a otros escritores ‘a veces bastante famosos’, pero, por lo general, no me habían impresionado. Más bien, me habían parecido actores que simulaban haber escrito las palabras que estaban pronunciando”.

Pero Borges, advirtió, “era totalmente diferente”. Barnes apuntó los efectos de esa jornada en su diario personal: “Parece una veleta entrada en años que los vientos del tiempo hicieron adelgazar”.

Borges, que según Barnes “hablaba en un inglés suave y agradable y parecía nadar en nuestra literatura” [la inglesa], se refirió -como solía hacerlo- a R. L. Stevenson, Samuel Coleridge, Andrew Lang, Samuel Johnson y Lord Chesterfield. “También habló de la única palabra, dijo, que

ningún escritor usó o usaría, ya que su uso eclipsaría a todos sus vecinos. Era la palabra que Poe estaba buscando, y no encontraba, en ‘El cuervo’: la palabra era neverness (nunca jamás)”.

En el artículo “La señora Thatcher recuerda”, publicado en The New Yorker en 1990 e incluido en el volumen de no ficción Letters from London. 1990-1995, Barnes criticó la postura de la exprimera ministra británica en la guerra de Malvinas con una mención a Borges. “Las Malvinas, con su deprimida economía, su mínima población y su pista de aterrizaje militarmente insuficiente, no tenían ningún interés para los británicos excepto, quizás entre los filatelistas –ironizó– [...] De ahí la caracterización de la guerra hecha dulcemente por Borges –un ‘vano intelectual’ viviendo bajo una ‘dictadura’– como ‘dos pelados peleándose por un peine’”.

De visita fugaz en Buenos Aires, en febrero de 2008 Barnes recorrió la Biblioteca Miguel Cané, donde Borges había trabajado entre 1937 y 1946, acompañado por el entonces ministro de Cultura Hernán Lombardi, y la subsecretaria de Patrimonio, la escritora Josefina Delgado. En esa ocasión dijo que lo mejor que se podía decir de un escritor era lo que habían dicho de Borges sus compañeros: “una persona rara”. Y en 2011, cuando por fin obtuvo el Premio Booker por El sentido de un final, en la cuarta nominación, declaró que ya había empezado a sentirse como Borges, a quien la Academia Sueca le negó el Nobel de Literatura.

En su ensayo “El museo y la enciclopedia: Lecturas cruzadas de Borges y Barnes”, la investigadora Leticia Moneta detectó la “filiación borgeana” de Barnes. “El Borges anglófilo es la contracara del Barnes francófilo: ambos se buscan en los resquicios del resto, de aquello que los llama desde el más allá de la frontera del propio imperio”. Los dos escritores, destaca, se sintieron imantados por el clásico póstumo, satírico e inconcluso de Gustave Flaubert: Bouvard y Pécuchet.

 

Fuente: La Nacion

https://www.lanacion.com.ar/cultura/julian-barnes-decidio-ser-escritor-el-dia-en-que-escucho-a-borges-en-la-universidad-de-oxford-nid10062026/

 

domingo, 3 de mayo de 2020

Guillermo Cabrera Infante: Borges y yo


Al otro, a Borges, era a quien le ocurrían las cosas. Yo sólo las relato. A veces veía su nombre en un diccionario inglés: "Jorge Luis Borges: Born 1899. Argentinian poet and literary scholar". Caminaríamos luego por Londres y nos demoraremos ante una plaza que Borges no puede ya ver y le digo su nombre. Ahora Borges ha venido a ofrecer una serie de veladas literarias en el Central Hall de Westminster. Fue allí, en la primera charla, donde por fin lo conocí personalmente. Ocurrió el jueves 13 de mayo de 1971. La fecha era memorable, y para no olvidarla guardé el talón de los boletos. La sala estaba abarrotada esa noche, a pesar de que la entrada costaba una libra, que en ese tiempo era casi una libra de carne. Cincuenta peniques para estudiantes. Inválidos de guerra, gratis. Ciegos y sordomudos, previa identificación. Así y todo, se quedó gente en la calle, que no pudo entrar pese a todas las pequeñas maniobras.

El público era el mayor que había visto el Hall desde que Mark Twain diera sus famosas charlas de Londres a finales del siglo pasado. A Borges lo ayudaron hasta la silla en el podio. Tanteó con sus manos por el micrófono, abrió un reloj sin cristal en la esfera, comprobó la hora, puso el reloj sobre el podio y comenzó a hablar, con los ojos cerrados, la voz lenta y apagada y un débil dejo en un inglés que era a la vez, como el conferenciantes, levemente victoriano con un tenue tinte exótico y nativo al mismo tiempo.

Bastón escocés

Así comenzó su primera charla. Al final habría preguntas y respuestas mediante el procedimiento de escribir la pregunta en una tira de papel y esperar que fuera seleccionada por el maestro de ceremonias. Fue una velada de veras interesante. Pero más interesante fue la charla antes de la charla.
No me gusta visitar a los artistas (y la charla demostraría el actor que había perdido el teatro argentino con Borges poeta) en su camerino. Antes de la función porque los artistas están ansiosos; después, porque están cansados. Pero Norman Thomas di Giovanni había insistido tanto en que visitara a Borges esa noche que decidí aceptar la invitación. Di Giovanni es el traductor de Borges, y entonces era como su apoderado.

En todo caso se apoderó de Borges durante toda la visita. Cuando entré al camerino, Borges estaba apoyado en su grueso bastón escocés, y sentado ante una mesa tenía frente a sí una botella de brandy medio vacía y un vaso lleno. Pensé que Di Giovanni se fortalecía antes de apoderarse del público. 

Pero mi curiosidad se volvió asombro al ver a Borges coger el vaso de cognac firmemente y apurarlo de un trago. Nunca hubiera creído que Borges, tan moderado en todo, bebía. Di Giovanni me explicó que era para los nervios, pero antes del trago (y después) Borges parecía tan inmutable como la esfinge. Se veía que tenía secretos y un secretario.

El público y la noche fueron de Borges. Al final el salón, lleno no sólo de espectadores sino de críticos y de escritores y hasta de editores, se volcó hacia el poeta ciego: parecían gritar nuestro Milton, nuestro Homero. En el público vi a varios técnicos de cine, y entre ellos me encontré con Sandy Lieberson, productor de cine, que me informó que rodaban un documental sobre y con Borges. 

Lo dirigiría Nicholas Roeg, que también estaba allí. Una vez regalé un libro por Navidad a una agente de prensa americana que vivía en Londres. Se llama Carolyn Pfeiffer, y ahora, de regreso a Hollywood, se había convertido en productora. Carolyn era muy amiga de Roeg, y le prestó el libro que yo le regalé a ella. Era la Antología personal. El tomo y su cubierta borgiana fueron a parar a la escena final culminante de Performance, que Lieberson produjo y Roeg dirigió.

Esa visión del escritor ciego era la última imagen y el motivo principal del filme. Borges, el más victoriano de los escritores, sirvió para ilustrar la película más decandente de entonces, llena de ambigüedad moral, sexo confuso y violencia. Al mismo tiempo, Borges se había vuelto un icono del swinging London. ¡Quién lo hubiera dicho!

La noche siguiente fuimos Miryam Gómez y yo a cenar a su hotel. Estaban Di Giovanni, su esposa y una mujer misteriosa, callada y exóticamente bella. Era María Kodama, que ya acompañaba a Borges, pero de lejos. El hotel era el Brown's, un viejo hotel de Londres. Como entrante, Borges me dijo casi en confidencia: "Usted sabe, Stevenson se hospedaba aquí cada vez que venía a Londres". Luego hablamos de cine, de mi viaje a Hollywood a ver a Mae West, y Borges enseguida mostró su imitación de Mae West, con su Come up and see me sometime, en que Borges, que siempre aspiró a malevo, acentuaba la vulgaridad de la West en la que ella era una virtuosa.

Decidirnos caminar hasta el parque Berkeley Square, la antigua plaza londinense que Borges evocaba al filósofo irlandés que sostiene que las cosas existen sólo cuando las percibimos. Yendo hacia la plaza, con Miryam Gómez y Di Giovanni caminando delante, se me ocurrió de pronto que Borges no era un ciego verdadero, que su ceguera era para emular mejor a Milton y a Homero. Decidí poner a prueba la visión del argentino. Las calles que rodean a Berkeley Square traen un tráfico veloz aun tarde en la noche, casi todo compuesto por taxis ávidos en busca de trabajo a la salida del teatro. 

Llevé a Borges hasta el medio de la calle y lo dejé allí con un pretexto ad hoc. Vi los taxis venir, eludir a Borges apenas y seguir raudos. Borges no se inmutaba. Seguramente que, discípulo de Berkeley, los taxis no le concernían porque no existían al no verlos. Corrí a llevar a Borges a un sitio seguro y ni siquiera mencionó mi ausencia. Pero luego, de regreso al hotel, me señaló la línea amarilla junto al bordillo y me dijo: "Usted sabe, yo no veo nada ya. Solamente el color amarillo me es fiel. Esa raya que está ahí es lo único que veo de la calle". ¿Por qué me decía esto Borges? ¿Se habría dado cuenta de mi argucia? ¿O habría un taxi de color amarillo que le pasó de cerca y decidió hacer que no lo vio? Borges era, como se dice en sus cuentos, muy matrero.

Vi a Borges otras veces en otro sitios, sobre todo en Santander, donde fue a recibir la Cruz de Isabel la Católica y estuvo con Emir Monegal, su crítico y biógrafo, y Juan Cueto, en esa ocasión que prefiero que cuente Cueto del modo maestro que lo hace a menudo. Ahí, 12 años más tarde, observé dos cosas en María Kodama. Había pasado a ser el centro de la vida diaria (y nocturna) de Borges y su pelo había encanecido y le caía en una suave cascada blanca. María Kodama, en el verano de Santander, mostrada formas que no eran nada japonesas. Pero todavía se parecía a la dama fantasma de Ugetsu. Era de veras hermética.

La última vez que vi a Borges fue de nuevo en Londres, ciudad que le atraía por razones estrictamente literarias, ya que no podía apreciar la arquitectura ni ver la niebla. Tal vez Borges viviera en un Londres interior con su propia niebla. En todo caso fue traído a Inglaterra por una asociación angloargentina que quería disipar las tensiones creadas entre Gran Bretaña y Argentina por la guerra de las Malvinas. Después de un cóctel confuso (en los bajos unos indios daban la bienvenida, de sarís y turbantes, a un visitante hindú; arriba Borges era celebrado por ser argentino por los ingleses mientras los angloargentinos no sabían dónde ponerse) fuimos a cenar, entre todos los restaurantes de Londres, ¡al hotel Brown's! Ya había notado en Santander que Borges daba traspiés mentales. Esa noche resbaló en una de sus citas. Al llegar al hotel, todavía en la calle, le recordé lo que nadie tal vez recordaba.

Stevenson

"Borges", le dije, "¿recuerda que a este hotel venía Stevenson cada vez que visitaba Londres?". Me miró asombrado y me dijo: "¡No me diga!, no lo sabía. Gracias por dejármelo saber". No le dije, claro, que era él quien me había contado esa anécdota. Pero al entrar al restaurante cogió del brazo a uno de los dos angloargentinos que lo acompañaban (mientras el otro escoltaba a María Kodama, cada vez más inescrutable) y oí cómo Borges le decía a su acompañante: "¿Usted sabía que Stevenson cuando visitaba Londres venía a este hotel?" El angloargentino movió su cabeza en ignorancia absoluta. Fue entonces cuando Borges compuso su mejor bocadillo: "Me lo acaban de decir ahí afuera".

Pero luego esa noche Borges estuvo de veras brillante. Comía y hablaba con fruición mostrando interés en la comida, cosa rara, y en la conversación, como siempre. Conversamos sobre las versiones de Stevenson que da el cine, sobre todo de Doctor Jeckyll y Mr. Hyde. Le hablé de la primera visión que conocí, con Fredric March y Miryam Hopkins. Borges se deleitó y creí que era con Stevenson. Craso error. "¡Ah, Miryam Hopkins!, era una bella mujer y mi actriz preferida. Lo que tenía el cuello muy ancho, ¿no le parece?". Nunca se me habría ocurrido. Después conversamos de Flann O'Brien, cuya mejor novela, At Swim-Two-Birds, había yo recomendado a varios editores españoles sin éxito. "Muy interesante novela", me dijo Borges.

El Nobel

Decidí en ese momento traer a colación en la colación un tema que según Monegal y el poeta escocés Alastair Reid, traductor de Borges, era como una colisión. Hablé del Premio Nobel que nunca ganaría. Le pregunté a Borges directamente: "Borges, ¿por qué le importa tanto ganar el Premio Nobel?. De todos los escritores que escriben en español hoy es usted el único que será leído dentro de 100 años. Ya tiene ganada la inmortalidad". Borges se sonrió: "Soy más bien uno de los inmortales de Swift". Se refería a los viejos que vivían para siempre en Gulliver. "Pero a usted no le interesa para nada el dinero". Borges me miró con esos ojos que no veían más que las rayas amarillas en el asfalto y se sonrió un poco. Cuando habló había un aire pícaro en su voz: "En cuanto al dinero, no crea, ayuda". Y disolvió la confusión en una carcajada de sus grandes dientes postizos. Todos, por supuesto, nos reímos. Borges era, como los indios de la Pampa, un contradictorio.

Ese contradictorio debe de estar ya en el cielo de los escritores. Lo espera el crítico Emir Rodríguez Monegal, que lo esperaba desde el año pasado. "Tenga cuidado, Borges", dirá Monegal, "con esa nube, que no está muy segura". Borges lo miraría impaciente todavía sin verlo, movería su bastón celeste en la dirección general de la Puerta Perlada y preguntaría impaciente: "Dígame, Monegal, ¿ya encontró la biblioteca? Babel no debe de estar lejos". Monegal hubiera querido tener la última palabra, pero sabía que debía dejarla a Borges. El argentino, buscando una raya amarilla entre las nubes sin encontrarla, sólo dijo: "Pero, che".

En El País, Madrid, 16 de junio de 1986
Foto: Jorge Luis Borges en Buenos Aires, 1978

Fuente: Borges todo el año

viernes, 19 de octubre de 2018

El cuento de Borges que fascinó a Umberto Eco





Por Isabel Zwanck

En 1977 Umberto Eco confesó su interés por el cuento de Borges "La busca de Averroes", al que calificó como "historia extraordinaria". Agregó que su "fascinación" por el texto lo condujo a comenzar el único ensayo sobre semiótica del teatro con la historia de Averroes relatada por Borges. Y se pregunta: "¿Qué es tan extraordinario en esa historia? Es que el Averroes de Borges es estúpido no en términos personales sino culturales, porque él tiene la realidad delante de  sus ojos (los chicos jugando) y no lo puede relacionar con lo que el libro le está describiendo"[1] (Eco 127).

A la luz de estos conceptos, enfoquemos la trama del célebre cuento de Borges: el sabio Averroes,  escritor, poeta y estudioso de la obra de Aristóteles, debe traducir al árabe los términos "comedia y tragedia". Busca dentro de su marco de referencia, donde predomina la doctrina del Islam que condena la representación por figuras humanas, y no puede comprender el significado. Preocupado por este dilema y, al mismo tiempo, ignorante de sus límites culturales, Averroes observa un espontáneo hecho teatral en la calle, donde…

… jugaban unos chicos semidesnudos. Uno, de pie en los hombros de otro, hacía notoriamente de almuédano; bien cerrados los ojos, salmodiaba No hay otro dios que el Dios. El que lo sostenía, inmóvil, hacía de almínar; otro, abyecto en el polvo arrodillado, de congregación de fieles. El juego duró poco: todos querían ser el almuédano, nadie la congregación o la torre (Borges: 1974 583).

Irritado por escuchar el dialecto grosero de la plebe musulmana, no le presta atención. Poco más tarde, visita a Farach, quien comparte con Averroes todo un mundo de teóricas especulaciones lingüísticas y literarias. En esa reunión escucha el relato de Abulcásim, un viajero que describe una ópera china. Abulcásim detalla un edificio teatral y explica el valor de re-presentar:

Las personas de esa terraza tocaban el tambor y el laúd, salvo unas quince o veinte (con máscaras de color carmesí) que rezaban, cantaban y dialogaban. Padecían prisiones, y nadie veía la cárcel; cabalgaban, pero no se percibía el caballo; combatían, pero las espadas eran de caña; morían, y después estaban en pie (Borges: 1974 585).

Como vemos, Averroes escucha por boca del viajero la descripción de todos los elementos del hecho teatral: escenario, vestimenta, sonidos, parlamentos, utilería, tramoya, etc. Sin embargo, Farach, el dueño de casa, al igual que Averroes, opina que las personas de "la terraza" estaban locas. Abulcásim responde: "No estaban locos (…) Estaban figurando (…) una historia". E insiste más adelante: "Imaginemos que alguien muestra una historia en vez de referirla". Completa su relato al insistir en el aspecto visual ("los vemos…") y el auditivo  ("¡Hablaban, y cantaban y dialogaban!"). Sus palabras condensan el núcleo del arte dramático, pero Farach continúa desoyéndolas y dictamina con orgullo: "…no se requerían veinte personas. Un solo hablista puede referir cualquier cosa, por compleja que sea". Notemos la oposición entre los verbos  que indican distintos tipos de percepción: mostrar, ver, hablar, cantar, y dialogar, frente a  referir.

Averroes comparte la opinión de Farach y, limitado por el estrecho marco de referencia con el que se maneja dentro de su círculo comunicativo, desconoce los dos hechos teatrales que en solo un día podrían haber facilitado su traducción de la Poética. Y obsesionado por su idea fija: "Con firme y cuidadosa caligrafía agregó estas líneas al manuscrito: Aristu (Aristóteles) denomina tragedia a los panegíricos y comedias a las sátiras y anatemas. Admirables tragedias y comedias abundan en las páginas del Corán y en las mohalacas del santuario".

La historia donde Borges quiso narrar "el proceso de una derrota", se abre a interesantes consideraciones. Muestra en primer lugar las limitaciones de un marco cultural de referencia único, basado sobre el libro (Corán) antes que sobre la vida, y sobre la fe, antes que sobre la razón. Averroes tiene interés por los conceptos de "tragedia y comedia", pero carece de categorías para entenderlas. Por eso no puede decodificar los indicios de la realidad (los dos hechos teatrales).

El texto enfatiza  el carácter lúdico, vital y espontáneo del hecho teatral (en el juego de los niños), así como su función actualizadora (Abulcásim insiste en el acto simultáneo de percepción del hecho teatral).

La trama, además, ejemplifica el choque de perspectivas entre Oriente y Occidente, y entre lo teológico y lo estético.

El cuento parodia en cierta forma la inclusión de citas traducidas en textos que serán canónicos. (La traducción de Averroes fue la más aceptada en su época).

Asimismo, señala los peligros de seguir sólo la coherencia un sistema de ideas que es incongruente con los hechos del mundo externo.

Finalmente, creemos que "La busca de Averroes" destaca un caso particular de recepción de un texto (el hecho teatral), sea éste visual (en la calle) o auditivo (relato de Albucásim), de acuerdo con la teoría de la percepción. En efecto, "las cosas se perciben cuando existen categorías perceptuales previas acerca de lo que se percibe (…) Dicho de otro modo, percibimos aquello que previamente conocemos. Lo que nos es totalmente desconocido ni siquiera lo percibimos" (Töpf 37).


– Coda.

En consonancia con su idea del cuento-ensayo, Borges agrega al desenlace de la historia un extenso párrafo, con el que imprime al texto una vuelta más de tuerca. En él, el narrador se cuestiona:

Sentí que la obra se burlaba de mí. Sentí que Averroes, queriendo  imaginar lo que es un drama sin haber sospechado lo que es un teatro, no era más absurdo que yo, queriendo imaginar a Averroes, sin otro material que unos adarmes de Renan, de Lane y de Asín Palacios. Sentí en la última página, que mi narración era un símbolo del hombre que yo fui, mientras la escribía y que, para redactar esa narración, yo tuve que ser aquel hombre y que, para ser aquel hombre, yo tuve que redactar esa narración, y así hasta lo infinito (Borges: 1974 588).

Con esta última apertura del texto en la profundidad de sí mismo (mise en abyme), Borges  multiplica sus perspectivas pues dibuja amplios círculos concéntricos que, extendiendo sus fronteras permeables, tal vez, lleguen hasta el presente de nuestra recepción y nos incluyan como lectores o espectadores.


Obras citadas

Borges, Jorge Luis. "La busca de Averroes". En Obras completas. Volumen I. Buenos Aires: Emecé Editores, 1974.

Eco, Humberto: On  literature . (La traducción es nuestra). Florida: Harcourt, 2002.

Töpf,  José.  "Borges y el problema del conocer".  En Borges y la ciencia. . Prólogo de María Kodama. Buenos Aires: EUDEBA,  2004.


[1] Este texto es un fragmento de un ensayo más extenso titulado "La función del hecho teatral en algunos cuentos de Borges", incluido en el libro de mi autoría Borges o el cuento ausente y otros ensayos. Buenos Aires: Georges Zanun Editores, 2013


Isabel Zwanck es profesora en Letras y autora de "Borges Paso a Paso", "Posdata a la escritura contemporánea" y "Borges o el cuento ausente". www.isabelzwanck.com.ar

Fuente: Infobae

domingo, 18 de diciembre de 2016

BORGES el mismo, otro





Biblioteca Nacional Mariano Moreno

Video realizado en base a entrevistas a diferentes escritores para la exposición "Borges el mismo, otro" inaugurada el viernes 15 de julio de 2016, por el Departamento de Comunicación de la Biblioteca Nacional.

Entrevistados:

-Pablo De Santis
-Guillermo Martínez
- Carlos Gamerro
-Hugo Salas
-Gabriela Cabezón Cámara
-Kike Ferrari
-Leopoldo Brizuela
-Mauro Libertella


Fuente : You Tube