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martes, 29 de diciembre de 2020

LA FILOSOFÍA POLÍTICA DE JORGE LUIS BORGES


 por Martín Krause

 Borges y la política han dado mucho que hablar, pero la atención que sus opiniones en tal sentido generaran se han referido generalmente a la anécdota de aquél personaje que poca atención prestaba a las noticias diarias y que basaba buena parte de las mismas en criterios estéticos, y particularmente épicos: desde su admiración por los militares patrios y su lucha por la independencia y libertad argentinas hasta su afiliación al Partido Conservador porque sólo los caballeros se suman a las causas perdidas.

Sin embargo, y pese a que pueden encontrarse en su historia decisiones y opiniones políticas diversas, y hasta contrapuestas, es opinión de quien escribe que existe una clara filosofía política en Borges, la que se mantuvo durante el trascurso de su larga vida sin modificaciones y es intención de este artículo presentarla.

 

Libre albedrío e individualismo

Sorprendía a muchos el escepticismo de Borges sobre el libre albedrío, pero esto nunca significó que cayera por eso en las redes del determinismo. Su posición podría sintetizarse de la siguiente forma: el ser humano no existe fuera de las relaciones causa-efecto; está determinado pero le resulta imposible saber qué es lo que lo determina entre las innumerables causas existentes. En sus palabras: «Uno siente que el Universo responde a un dibujo. Las cosas no son absolutamente arbitrarias: hay cuatro estaciones, nuestra vida va pasando por etapas: nacimiento, niñez, juventud… Podrían ser indicios de que hay una trama, de que este mundo no es caótico sino laberíntico. Es como el libre albedrío. Posiblemente no exista, pero uno no puede pensar que en este momento no es libre ¿no?» [1]

Y también: «…si me dicen que todo mi pasado ha sido fatal, ha sido obligatorio, no me importa; pero si me dicen que yo, en este momento, no puedo obrar con libertad, me desespero.» [2]

Esta capacidad de accionar libremente lleva a Borges a lo que en las ciencias sociales se denomina individualismo metodológico, el cual descarta de plano la «hipóstasis» de ciertos conceptos, es decir hacer sujetos de existencia real a ideas tales como «la sociedad», «el pueblo», «la nación», «la clase obrera» y otros: «… la muchedumbre es una entidad ficticia, lo que realmente existe es cada individuo.» [4] , «yo creo que sólo existen los individuos: todo lo demás, las nacionalidades y las clases sociales son meras comodidades intelectuales.» [4], «Las masas son una entidad abstracta y posiblemente irreal. Suponer la existencia de la masa es como suponer que todas las personas cuyo nombre empieza con la letra «b» forman una sociedad.» [5]

Inclusive tiene una página literaria específica sobre el tema, «Tú» [6], que comienza «Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra. Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible. No menos imposible que sumar el olor de la lluvia y el sueño que anoche soñaste».

Este enfoque se extiende a su idea de «patria», más venerada por Borges por la epopeya histórica que como concepto social. Así en la «Elegía de la Patria» [7] culmina:

 

Patria, País, Estado

Borges tuvo muchas patrias, si bien nunca pensó en desprenderse de ésta, llevando la concepción individualista también a este campo. Le preguntan, «¿cuántas Argentinas hay? ¿Más de una?», y contesta «Muchas, tantas como individuos. Los países son falsos, los individuos quizás no lo sean -si es que el individuo es el mismo al cabo de muchos años.» [8]

Gustaba de «coleccionar» patrias (Argentina, Uruguay, Suiza, Inglaterra, entre otras) y descreía de las fronteras y los países: «Desdichadamente para los hombres, el planeta ha sido parcelado en países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de una mitología particular, de derechos, de agravios, de fronteras, de banderas, de escudos y de mapas. Mientras dure este arbitrario estado de cosas, serán inevitables las guerras.» [9] «Soy un cosmopolita que atraviesa fronteras porque no le gustan» [10]

El libre albedrío y el individualismo le permitían desplegar una preocupación ética, individualista, como no puede ser de otra forma, «…creo que si cada uno de nosotros pensara en ser un hombre ético, y tratara de serlo, ya habríamos hecho mucho; ya que al fin de todo, la suma de las conductas depende de cada individuo.» [11]

Y al pretender buscar lo máximo de individuo y el mínimo de Estado, descreía profundamente de éste:

«El más urgente de los problemas de nuestra época (ya denunciado con profética lucidez por el casi olvidado Spencer) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo; en la lucha contra ese mal, cuyos nombres son comunismo y nazismo, el individualismo argentino, acaso inútil o perjudicial hasta ahora, encontrará justificación y deberes.» [12]

«…se empieza por la idea de que el Estado debe dirigir todo; que es mejor que haya una corporación que dirija las cosas, y no que todo ‘quede abandonado al caos, o a circunstancias individuales’; y se llega al nazismo o al comunismo, claro. Toda idea empieza siendo una hermosa posibilidad, y luego, bueno, cuando envejece es usada para la tiranía, para la opresión.» [13]

Sin dejar de ser optimista pensando que algún día ya no existirían más. Pregunta el personaje Eudoro Acevedo:

«¿Qué sucedió con los gobiernos? Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más completa que este resumen.» [14]

Y dice Borges «… para mí el Estado es el enemigo común ahora; yo querría — eso lo he dicho muchas veces — un mínimo de Estado y un máximo de individuo. Pero, quizá sea preciso esperar… no sé si algunos decenios o algunos siglos — lo cual históricamente no es nada — , aunque yo, ciertamente no llegaré a ese mundo sin Estados. Para eso se necesitaría una humanidad ética, y además, una humanidad intelectualmente más fuerte de lo que es ahora, de lo que somos nosotros; ya que, sin duda, somos muy inmorales y muy poco inteligentes comparados con esos hombres del porvenir, por eso estoy de acuerdo con la frase: Yo creo dogmáticamente en el progreso». [15]

«Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos.» [16]

 

Política y democracia

El descreimiento del Estado no podía sino estar acompañando por una baja consideración de la política, algo que, tal vez no entonces, comparten muchos de los argentinos de hoy. Le dicen que no tiene una buena opinión de los políticos, contesta:

— «No. En primer lugar no son hombres éticos; son hombres que han contraído el hábito de mentir, el hábito de sobornar, el hábito de sonreír todo el tiempo, el hábito de quedar bien con todo el mundo, el hábito de la popularidad… La profesión de los políticos es mentir. El caso de un rey es distinto; un rey es alguien que recibe ese destino, y luego debe cumplirlo. Un político no; un político debe fingir todo el tiempo, debe sonreír, simular cortesía, debe someterse melancólicamente a los cócteles, a los actos oficiales, a las fechas patrias.» [17]

«Creo que ningún político puede ser una persona totalmente sincera. Un político está buscando siempre electores y dice lo que esperan que diga. En el caso de un discurso político los que opinan son los oyentes, más que el orador. El orador es una especie de espejo o eco de lo que los demás piensan. Si no es así, fracasa.» [18]

«…yo diría que los políticos vendrían a ser los últimos plagiarios, los últimos discípulos de los escritores. Pero, generalmente con un siglo de atraso, o un poco más también, sí. Porque todo lo que se llama actualidad es realmente…. y, es un museo, usualmente arcaico. Ahora estamos todos embelesados con la democracia; bueno, todo eso nos lleva a Paine, a Jefferson, a aquello que pudo ser una pasión cuando Walt Whitman escribió sus Hojas de Hierba. Año de 1855. Todo eso es la actualidad; de modo que los políticos serían lectores atrasados, ¿no?, lectores anticuados, lectores de viejas bibliotecas…» [19]

Su acendrado individualismo lo llevaba hasta dudar de la posibilidad de la representación, y de la misma democracia, pero no por promover las dictaduras o las monarquías siendo que pensaba que lo importante no eran los sistemas políticos sino los individuos y sus valores. Dice en El Libro de Arena

«Twirl, cuya inteligencia era lúcida, observó que el Congreso presuponía un problema de índole filosófica. Planear una asamblea que representara a todos los hombres era como fijar el número exacto de los arquetipos platónicos, enigma que ha atareado durante siglos la perplejidad de los pensadores. Sugirió que, sin ir más lejos, don Alejandro Glencoe podía representar a los hacendados, pero también a los orientales y también a los grandes precursores y también a los hombres de barba roja y a los que están sentados en un sillón. Nora Erfjord era noruega. ¿Representaría a las secretarias, a las noruegas o simplemente a todas las mujeres hermosas? ¿Bastaba un ingeniero para representar a todos los ingenieros, incluso los de Nueva Zelanda?» [20]

Y su opinión sobre la democracia es bien conocida: «Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística.» [21]

Volviendo a creer más en los individuos que en los gobiernos «Tengo la sospecha de que la forma de gobierno es muy poco importante, de que lo importante es el país. Vamos a suponer que hubiera una república en Inglaterra o que hubiera una monarquía en Suiza: no sé si cambiarían mucho las cosas; posiblemente no cambiarían nada. Porque la gente seguiría siendo la misma. De modo que no creo que una forma de gobierno determinada sea una especie de panacea. Quizá les demos demasiada importancia ahora a las formas de gobierno, y quizá sean más importantes los individuos» [22]

Borges libertario

En sus propias palabras, Borges se consideraba un anarquista, si bien pacífico: «actualmente yo me definiría como un inofensivo anarquista; es decir, un hombre que quiere un mínimo de gobierno y un máximo de individuo.» [23]

«Soy anarquista. Siempre ha creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras, y de los estados». [24]

Pero esa definición de «anarquista pacífico» era presentada para diferenciarse del anarquismo violento de fines del siglo XIX y principios del XX. En la actualidad su posición sería clasificada como de «libertario», ya que el ideal de su admirado Spencer ha sido recreado en este siglo por Popper, Hayek, Nozick o Mises.

El diccionario define la anarquía como «falta de todo gobierno en un estado», o «desorden, confusión, por ausencia o flaqueza de la autoridad pública». Teniendo en cuenta esto, Borges no sería estrictamente «anarquista» si lo interpretamos como la falta completa de normas y orden, sino un «libertario», palabra que define actualmente a un rango amplio de posiciones que se extienden desde la preferencia por un estado mínimo hasta pequeñas agencias en competencia.

Dicha filosofía política pondría a Borges a contrapelo de la sociedad argentina, la que ante la bancarrota del Estado espera aun salvarse a través del mismo y de los políticos que lo manejan o de otros que puedan llegar. Sin embargo, Borges pensaba que el argentino es esencialmente individualista:

«El argentino hallaría su símbolo en el gaucho y no en el militar, porque el valor cifrado en aquel por las tradiciones orales no esta al servicio de una causa y es puro. El gaucho y el compadre son imaginados como rebeldes; el argentino a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano.» [25]

Bibliografía

[1] Pilar Bravo & Mario Paoletti. Borges Verbal (Buenos Aires: Emecé Editores, 1999), p. 179.

[2] Pilar Bravo & Mario Paoletti. Borges Verbal (Buenos Aires: Emecé Editores, 1999), p. 152.

[3] Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari. En Diálogo I (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1985, p. 36.

[4] Revista Siete Días. Buenos Aires, 23 de Abril de 1973, año VI, nº 310, págs. 55 a 59; en Mateo, Fernando. El Otro Borges (Buenos Aires: Editorial Equis, 1997).

[5] Pilar Bravo & Mario Paoletti. Borges Verbal (Buenos Aires: Emecé Editores, 1999), p. 126.

[6] El Oro de los Tigres, Obras Completas, Tomo II (Buenos Aires, Emecé Editores), p. 489.

[7] La Moneda de Hierro, Obras Completas, Tomo II (Buenos Aires, Emecé Editores), p. 129.

[8] Revista Ambiente, Buenos Aires, Febrero de 1984. Espacio Editora, págs. 27 a 32; en Mateo, Fernando. El Otro Borges (Buenos Aires: Editorial Equis, 1997)

[9] Pilar Bravo & Mario Paoletti. Borges Verbal (Buenos Aires: Emecé Editores, 1999), p. 147.

[10] La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, México, D.F., nº 8, Agosto de 19856, pág. 92; en Mateo, Fernando. El Otro Borges (Buenos Aires: Editorial Equis, 1997)

[11] Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari. Reencuentro: Diálogos Inéditos (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1999, p. 157.

[12] Jorge Luis Borges. Nuestro pobre individualismo, Obras Completas II (Emecé Editores; Barcelona, 1996), p. 37.

[13] Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari. En Diálogo II (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1998, p. 207.

[14] Jorge Luis Borges. El libro de Arena, Obras Completas, Tomo III, (Barcelona: Emecé Editores, 1996), p. 55.

[15] Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari. En Diálogo I (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1998, p. 220.

[16] Jorge Luis Borges. El Informe de Brodie, Obras Completas II (Barcelona: Emecé Editores, 1996), p. 399.

domingo, 1 de abril de 2018

Breve reflexión sobre Borges y la política


Su genealogía permite establecer un paralelismo con lo que se denomina “el culto del coraje”, en referencia a los compadritos y al arrabal

Antonio Ramón Gutiérrez

Demás está decir que Jorge Luis Borges fue y sigue siendo el genial escritor que renovó de modo notable la literatura contemporánea. No se escribe igual después de Borges. Tuvo en su ascendencia familiar antepasados militares como el coronel Isidoro Suárez, bisabuelo materno, héroe de la batalla de Junín y del Ejército de los Andes, que luchó bajo las órdenes de San Martín y Simón Bolívar, a su abuelo paterno, el coronel Francisco Borges Lafinur, comandante del fuerte de Junín, casado con Ann Frances (Fanny) Haslam, inglesa, partidario de Mitre, héroe de la guerra del Paraguay, que muriera fusilado en 1874 luego de la batalla de La Verde en la provincia de Buenos Aires y a su abuelo materno Isidoro Acevedo Laprida de quien dice: “se batió cuando Buenos Aires lo quiso/ en Cepeda, en Pavón y en la playa de los Corrales” (“Cuaderno San Martín”, 1929).

Estos militares fueron objeto de admiración y de poemas por parte del escritor. Recordemos el poema “Alusión a la muerte del Coronel Francisco Borges” en su libro “El hacedor”, de 1960, o “Página para recordar al Coronel Suárez, vencedor en Junín”, en “El otro, el mismo”, de 1964 y “Coronel Suárez” en “La moneda de hierro”, de 1976, entre otros. Esa genealogía familiar lo llevó a idealizar (marcado a la vez por su condición creadora) lo que para él representaba el ser militar: el heroísmo, la valentía, el patriotismo, valores que en su literatura se traducen en el símbolo de la espada, importante al igual que otros símbolos como los espejos, los laberintos, etc., y que permite establecer un paralelismo con lo que se denomina “el culto del coraje”, en referencia a los compadritos y al arrabal. De su devenir político sabemos que adhirió al comienzo, en su etapa ultraísta, al socialismo, como lo demuestran algunos poemas a la revolución rusa. Luego simpatizó con el radicalismo y el yrigoyenismo.

Fue, como muchos intelectuales de su época, antiperonista. Se dice que tenía la ligera sospecha de que en su destitución del cargo de la Biblioteca Almagro y su posterior traslado como inspector de aves al Mercado Central (nombramiento burlesco que, por supuesto, Borges no aceptó) había intervenido personalmente el General Juan Domingo Perón. Adhirió al golpe de Estado del 55 y a la “Revolución libertadora”, etapa en que es nombrado profesor de literatura inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, director de la Biblioteca Nacional, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) y recibe el premio nacional de literatura. Pero esa adhesión nunca fue acompañada de una militancia política ni de una pertenencia partidaria ni logra desmerecer, desde luego, el valor de su fecunda obra literaria reconocida mundialmente.

En realidad la única política verdadera de Borges fue la de la literatura. Desarrolló una política hacia las letras, lugar donde puso todo su deseo, su empeño y su afán. Podríamos agregar inclusive que extendió, como sucede con muchos artistas, su visión ficcional a la realidad misma vista desde una óptica literaria: Pensemos, por ejemplo en Proust, quien se propuso una tarea imposible, encerrado en su habitación, escribir no una obra literaria sino la vida misma, en esa gran novela “En busca del tiempo perdido”, donde los personajes no son estáticos, sino que cambian, evolucionan, viven y sufren en las páginas, envejecen, se reencuentran con los años (en “ Le temps retrouvè”-“El tiempo recuperado”-, el último de los tomos de la novela) y advierten que el tiempo ha pasado, que ya no son los mismos que en la juventud.

Todo, o casi todo, estaba en Borges remitido, de algún modo, a la literatura. En su “Poema de los dones”, del libro “El otro, el mismo”, ya ciego, expresa: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche/ (…) “yo que me figuraba el Paraíso/ bajo la especie de una biblioteca” (…). Y hasta la ironía, el humor y las anécdotas encuentran siempre una ocasión literaria. Cuando luego del mundial de fútbol del 78, en plena dictadura militar, en el que la Selección Nacional sale campeona del mundo, un periodista le pregunta que opinaba del técnico César Luis Menotti.

Borges le responde: “Menotti, Menotti, me suena. Pero le confieso que he pasado leyendo y releyendo a los clásicos, no conozco a los autores contemporáneos”. Los vaivenes políticos de Borges, limitados a declaraciones, firmas de documentos u ocasionales opiniones periodísticas, quizá pueden ser entendidos a partir de su procedencia social y de su particular historia personal (historia que, en su imaginación de escritor, es tramitada en alguna medida a través de su universo literario e inclusive de su encierro creativo).

El gran escritor e intelectual cubano, Roberto Fernández Retamar, admirador de Borges (no obstante las claras diferencias ideológicas entre ambos), lo define en su libro “Calibán”, de 1971, como: “Un hombre patéticamente fiel a su clase” y un escritor colonial (recordemos que Borges había firmado un documento a favor de la invasión norteamericana a Playa Girón, acontecimiento que constituyó la victoria cubana, y por el pedido de muerte para el filósofo y escritor francés Régis Debray).

También le había dedicado su traducción de “Hojas de Hierba” de Walt Whitman, al presidente Nixon de los Estados Unidos. Luego Roberto Fernández Retamar, en su libro “Fervor de la Argentina”, de 1993, suaviza su crítica y emprende una mirada mucho más comprensiva hacia el autor de “Ficciones”. Sabemos que en 1976, ya producido el golpe de estado e instalada la dictadura militar, Borges, en el prólogo de su libro “La Moneda de hierro”, escribe “en mi recobrado país”.

Pero también sabemos que años después, ya en democracia, concurrió a una de las sesiones del juicio a las Juntas Militares y que en ese acto se le presenta una realidad que desconocía, o mejor dicho, se le presentifica lo real imposible de ser simbolizado. El encuentro con lo real, la tyché. Aquel hombre que fantasmáticamente había concebido, ayudado por su imaginación literaria, a los militares bajo el ideal de sus heroicos antepasados que participaron en las guerras de la independencia bajo las órdenes de San Martín y Bolívar, no podía entender ahora cómo podían existir militares capaces de matar y desaparecer a sus propios compatriotas y cometer los horrores que se narraban en la sala.

Los militares sentados en el banquillo no eran ni la sombra de aquellos héroes familiares. Recordemos los versos de “La noche cíclica” (“El otro, el mismo”): “De mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez…/ Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas,/ Las repúblicas, los caballos y las mañanas,/ Las felices victorias, las muertes militares.” (…). Incapaz de soportar los testimonios hasta el final, se retiró horrorizado del recinto, creyendo haber estado en el infierno. Y no se sale del mismo modo luego de haber estado en el infierno. Algo había caído para siempre de su universo de libros y ficciones.

Borges atinó entonces a escribir una declaración de repudio a los represores, un texto tan alejado de aquellas otras declaraciones vertidas en tantas otras oportunidades. Ese hecho constituyó seguramente, aunque a edad ya avanzada, un cambio, una bisagra, en la subjetividad del escritor, acto que debe ser valorado.

Fuente: El Intra.com.ar  -  Salta

domingo, 29 de enero de 2017

Conversaciones en el laberinto - 3. Borges y la política




"Conversaciones en el laberinto" es una coproducción de Canal Acequia con Canal Encuentro. El programa propone conocer y explorar en la literatura de Jorge Luis Borges de la mano de la escritora Claudia Piñeiro mediante entrevistas a reconocidos escritores argentinos como Liliana Bodoc, Jorge Aulicino, Carlos Gamerro, Guillermo Martínez, Gonzalo Aguilar, Vlady Kociancich, Juan Sasturain y Martin Kohan.

El ciclo, de 8 capítulos de media hora va en busca de las huellas de Jorge Luis Borges en la finca Los Álamos, ubicada en San Rafael, Mendoza, donde el escritor pasó varios veranos. En este sitio emblemático vivió Susana Bombal, la escritora que transformó la estancia en un refugio de poetas y artistas en los años ´40.

Fuente : You Tube

Trump, la muralla y el español




 Por Ilan Stavans - 26 de enero de 2017


AMHERST, Massachusetts — En un ensayo emblemático titulado La muralla y los libros, el escritor argentino Jorge Luis Borges escribió acerca de Shih Huang Ti (también conocido como Qin Shi Huang), el emperador chino que de 220-206 a. C. construyó la Muralla China original. Borges señala que el mismo emperador que implementó el proyecto también prohibió que hubiera libros en su imperio. Su intención era clara: el objetivo de la muralla era defender a su pueblo de incursiones enemigas, y quemar toda la literatura significaba que todo recuerdo del pasado debía borrarse. Para Shih Huang Ti, la historia comenzaba con él mismo.

En los últimos días, Donald Trump parece cada vez más un emperador. La decisión de su gobierno de eliminar la sección en español del sitio web de la Casa Blanca es un ataque flagrante en contra de un aspecto fundamental de los Estados Unidos de hoy en día y un acto que no puede ser desligado del muro que ha ordenado levantar a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos.

Después de todo, la cultura estadounidense es multilingüe. En las últimas décadas, el español sin duda ha sido la lengua más significativa dentro de esa pluralidad. Es el segundo idioma más usado en este país, con aproximadamente 38 millones de hablantes, y el quinto en el contexto del mundo hispano (después de México, Colombia, España y Argentina). Es tal su ubicuidad que llamarlo extranjero ya no parece lógico.

Trump es nefastamente monolingüe. Barack Obama entretiene con cierta fluidez el indonesio y George W. Bush, el español. Bill Clinton entiende el alemán. Mientras más atrás se vea, más políglotas han sido los líderes de este país: Franklin D. Roosevelt hablaba francés y alemán, igual que su tío Teddy. La lista de presidentes estadounidesnses con conocimientos de griego y latín es sustancial. También está Jefferson, quien tenía fluidez en griego y latín, además del italiano, el francés y el español. Un modelo a seguir. O quizá una especie en peligro de extinción.

Trump no está solo entre los más limitados de su clase. También parece ser alérgico a las lenguas extranjeras, en especial al español. La lista de usos incorrectos de palabras durante la campaña presidencial es infame, e incluye expresiones como “bad hombres”.

Cuando se le cuestionó al respecto, Sean Spicer, el secretario de prensa de Trump, un hombre que tampoco es famoso por su sutileza, anunció que la desaparición de la página en español es temporal y aseveró que ya hay técnicos que trabajan en la actualización del contenido. “Llevará un poco más de tiempo”, añadió.
Aunque se espera que esto sea cierto, la simple decisión de eliminar lo que se desplegaba durante el gobierno de Obama manda una señal clara. No hace falta decir que esta es la misma estratagema utilizada en contra del Obamacare: primero liquidar y luego… ¡ya veremos! En otras palabras, hay que descartar lo que está en uso para empezar de cero, en los propios términos, como si el pasado no tuviera importancia.

Durante el gobierno de Obama, la Casa Blanca también tenía un blog en español. De hecho, el mismo presidente Obama tuiteó en español el 13 de enero: “Gracias por todo. Mi último pedido es el mismo que el primero. Que creas, no en mi capacidad de crear cambio, sino en la tuya”.

Por supuesto, las lenguas pueden progresar aun en circunstancias adversas. El español ya es una fuerza económica dominante en Estados Unidos. Es el idioma más aprendido en los campus universitarios. Asimismo, los latinos son la única minoría en la historia que ha tenido dos cadenas de televisión completamente desarrolladas en su propia lengua inmigrante: Univisión y Telemundo. La radio en español tiene una enorme influencia en términos políticos, con más estaciones en Estados Unidos que en toda América Central. A nivel corporativo, se proyecta que el poder adquisitivo de los latinos en 2017 será de 1,7 billones de dólares.

Trump debería saber todo esto. A fin de cuentas, dice haber reunido al gabinete con el coeficiente intelectual más alto de todos los tiempos. Sin embargo, finge ignorancia: a tal grado desprecia a los latinos. En su equipo no hay un solo latino prominente. Casi nunca habla de América Latina como parte de sus planes geopolíticos, excepto cuando menciona a México, al que considera un nido de delincuentes de los que es preciso protegerse con una muralla.

Tengo la impresión de que el esfuerzo por suprimir al español y amurallar a su país tendrá el efecto contrario: cada vez se considerará más de oposición. Debemos aprender de los movimientos de resistencia que se organizaron durante las dictaduras en América Latina en varios momentos del siglo XX. Fue a través de la canción de protesta, del acto de contar cuentos, de la poesía de tono político que la población mantuvo su cordura en momentos difíciles, es decir, a través del lenguaje. Gracias a Trump, el español en Estados Unidos hoy es parte de la resistencia.

Para decirlo con toda franqueza: frente a Trump, Richard Nixon ya parece un hombre bueno, con todo y su paranoia. A menudo se repite que fue Nixon quien “inventó” a los hispanos, cuando en 1970 se usó por primera vez el término en un formato para el censo. Casi medio siglo después, Trump parece intentar borrarlo.

La Casa Blanca debe reinstalar de inmediato el enlace “En Español” que instauró el gobierno de Obama. Debe también incluir otras lenguas de inmigrantes en la página web del gobierno. Como el resto del mundo sabe, el monolingüismo implica una visión corta.

Acabar con la historia y construir murallas, como argumenta apropiadamente Borges en su ensayo, son tareas comunes a los emperadores.

Ilan Stavans es el editor de Restless Books y es profesor de Cultura Latina y Latinoamericana en el Amherst College. Su traducción al espánglish de "El principito", de Antoine de Saint Exupéry (Edición Tintenfass), acaba de publicarse.

Fuente : New York Times