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domingo, 5 de marzo de 2023

El "Falso problema de Ugolino" de Borges, el Gato de Schrödinger y los universos paralelos de Everett


En sus "Nueve ensayos dantescos", Borges dedica un capítulo a: "El falso problema de Ugolino".

 

Por Vicente Aboites

 

En sus "Nueve ensayos dantescos", Borges dedica un capítulo a: "El falso problema de Ugolino". En él analiza el famoso verso setenta y cinco del canto penúltimo del Infierno de Dante partiendo de la conjetura de que hay una confusión entre el arte y la realidad.

 

En este artículo primeramente recordaré en qué consiste la tragedia de Ugolino de Pisa, mostrando la conclusión de Borges de que se trata de un falso problema. Posteriormente señalaré que hay un paralelo entre la solución de Borges al problema de Ugolino y la paradoja del Gato de Schödinger. Finalmente, a partir de la teoría de los universos paralelos de Everett, se presenta una interpretación a la solución de Borges sobre el problema de Ugolino.

 

Primeramente, podemos complementar el dramatismo de la narración de Dante y de sus muchos comentadores, con la profunda impresión estética que produce la contemplación de la escultura, "Ugolino", realizada por Jean-Baptiste Carpeaux en la década de 1860, o también con la escultura, "Ugolino y sus hijos", realizada por Auguste Rodin veinte años más tarde, en la década de 1880. En estas obras se muestra a Ugolino della Gherardesca rodeado de sus hijos, algunos muertos, a punto de cometer canibalismo. En la escultura de Carpeaux se ve a Ugolino mordiendo sus dedos en desesperación rodeado por sus hijos exánimes, mientras que en la escultura de Rodin se exhibe a Ugolino de rodillas sobre los cuerpos de sus hijos muertos, su cara con la boca abierta mirando en desesperación habiendo perdido todo sentido de dignidad humana. Rodin transmite el sentido de humillación y la naturaleza salvaje de la historia de Ugolino. Solo una persona rústica e insensible no podría conmoverse ante el dramatismo de estas obras.

 

Ugolino fue encarcelado junto con sus hijos, por el arzobispo Ruggieri degli Ubaldini en la "Torre del hambre" en Pisa en 1289.  El arzobispo ordenó a sus soldados tirar las llaves de la prisión de Ugolino al río Arno para descartar cualquier posibilidad de que pudieran ser librados. Fueron sentenciados a morir de hambre. Tomado de Dante, Borges describe lo ocurrido en la celda donde Ugolino fue encerrado con sus hijos del modo siguiente: "Ugolino movido por el dolor se muerde las manos; los hijos creen que lo hace por hambre y le ofrecen su carne, que él engendró. Entre el quinto y el sexto día los ve, uno a uno, morir.  Después se queda ciego y habla con sus muertos y llora y los palpa en la sombra; después el hambre pudo más que el dolor".

 

Estas últimas palabras de Dante son las más importantes y la clave del problema, las repito; "después el hambre pudo más que el dolor". ¿Qué significan? Borges señala que algunos comentadores como Rambaldi de Imola, hace notar que; "el hambre rindió a quien tanto dolor no pudo vencer y matar", mientras que Francesco Torraca apunta que; "se ha fantaseado que Ugolino acabó por alimentarse de la carne de sus hijos, conjetura contraria a la naturaleza y a la historia" y considera inútil la controversia, por su parte Bianchi nota que: "Otros entienden que Ugolino comió la carne de sus hijos, interpretación improbable pero que no es lícito descartar".

 

Borges observa que: "El problema histórico de si Ugolino della Gherardesca, ejerció en los primeros días de febrero de 1289 el canibalismo es, evidentemente, insoluble". La respuesta que Borges propone se basa en distinguir el Ugolino del Infierno de Dante -el Ugolino que es una creación literaria- del Ugolino histórico. Por tanto, a la pregunta: ¿Quiso Dante que pensáramos que Ugolino comió la carne de sus hijos? Borges responde: "Dante no ha querido que lo pensemos, pero sí que lo sospechemos.  La incertidumbre es parte de su designio". Con magistral lucidez Borges declara: "Ugolino devora y no devora los amados cadáveres". Esto de modo parecido al gato de Schrödinger que simultáneamente se encuentra vivo y muerto.

 

Como sabemos, Erwin Schrödinger plantea un experimento mental que describe uno de los resultados más contraintuitivos de la mecánica cuántica. Este experimento consta de una caja cerrada y opaca que contiene un gato en su interior, una botella de gas venenoso y un dispositivo que puede emitir una partícula radiactiva con una probabilidad del 50% de desintegrarse en un tiempo dado, de manera que si la partícula se desintegra, el veneno se libera y el gato muere, en caso contrario el gato está vivo. A la pregunta de si el gato está vivo o muerto solo podemos responder diciendo que el gato está simultáneamente vivo y muerto. 

 

La descripción del sistema está dada por su función cuántica de onda la cual será el resultado de la superposición de los estados "vivo" y "muerto".  Por otra parte, resulta fascinante que en la interpretación de la mecánica cuántica de los universos paralelos, o muchos mundos, de Hugh Everett, el gato está vivo y muerto a la vez pero en ramas diferentes del universo: ambas son reales, pero incapaces de interactuar entre sí.

 

Realizando una inverosímil pero lúdica fantasía literaria, podemos ver que la afirmación de Borges en el sentido de que: "Ugolino devora y no devora los amados cadáveres", no es del todo irracional. En un universo Ugolino devoró a sus hijos y sigue en el infierno imaginado por Dante. En otro universo Ugolino falleció de hambre al lado de los cadáveres intactos de sus hijos. En ambos universos el arzobispo Ruggieri degli Ubaldini seguirá en el infierno hasta el fin de la eternidad.

 

Fuente: Am.com – México

https://www.am.com.mx/opinion/2020/9/26/el-falso-problema-de-ugolino-de-borges-el-gato-de-schrdinger-los-universos-paralelos-de-everett-413119.html

 

domingo, 31 de octubre de 2021

Borges, los devotos de Dante Alighieri y el Palacio Barolo

 

Roberto Alifano

 

Se cumplen los setecientos años de la muerte del poeta Dante Alighieri y, como bien se sabe, Jorge Luis Borges fue uno de los devoto y estudiosos de la Divina Comedia. Retenía en su prodigiosa memoria infinidad de cantos y podía pasar horas enteras comentando pasajes del Infierno, el Purgatorio o el Paraíso. Desde muy joven frecuentó la obra de Dante Alighieri y mantuvo con ella un íntimo trato; según lo confesó, fue la lectura casi excluyente de la que se supo acompañar en los ciudadanos viajes, que realizaba a diario cuando trabajaba en el modesto cargo de auxiliar tercero de una modesta biblioteca municipal del barrio de Almagro, de la que fue cesanteado por el Peronismo y humillado con el ignominioso cargo de “inspector de aves, conejos y huevos”.

 

Los temas esenciales que dominan las páginas de Borges son suficientemente conocidos. Abarcan los espejos, el tiempo, los laberintos, el coraje, los tigres, la mitología y los sueños; también algunas veces lo exaltó el amor, algo inherente a todo genuino poeta. De manera que no fue ajeno a la poesía amatoria. Curioso incorregible, a quien sólo le interesaba una cosa: todo; además del prodigioso escritor, Borges fue un lector pertinaz y hedonista que nos devolvió, enriquecido por su genio, a los autores que lo deslumbraron.

 

“Yo vivía en Palermo -recordó ante mí una mañana- y en el tranvía 76 que me llevaba hasta el barrio de Almagro, ubicado en la otra punta de Buenos Aires, aprovechaba para leer todas las ediciones que descubría de la Comedia”.

 

Con el correr de los años, Borges se fue interiorizando como pocos en ese espléndido universo imaginado por el poeta florentino; no sólo en la magnitud de la obra, sino también en su azarosa existencia. Nueve ensayos dantescos, se titula el volumen que reúne sus conferencias y diálogos pronunciados en distintas épocas, y bien corroboran esas originales jornadas.

 

En la Década del ‘60, acompañando a Borges y a su entrañable amigo Carlos Mastronardi, llegué hasta una oficina del Palacio Barolo donde un grupo de devotos y estudiosos de Dante Alighieri, se reunían secretamente para leer y estudiar su Divina Comedia. El enjundioso traductor don Enrique Martorelli Francia, Norberto Silvetti Paz, Ariel Canzani D. y el pintor José María Mieravilla, lo encabezaban. Era una fiesta estar allí.

 

Recuerdo que un bochornoso mediodía de diciembre, que amenazaba con tormenta, almorcé con Borges en un restaurante cercano a la Plaza del Congreso. Cuando salimos a la calle me propuso hacer un alto en el Palacio Barolo para rememorar el sitio de esos encantadores amigos, ya dispersados. Al llegar a la Avenida de Mayo, la contenida lluvia que amenazaba desde la mañana se desató con un fuertísimo viento del norte y las nubes negras no tardaron en cubrir el cielo. Los truenos rebotaron contra las vidrieras de los comercios, estremeciéndonos.

 

“Quizá convenga protegernos -sugirió Borges, aferrándose de mi brazo-. ¿Falta mucho para llegar?

 

Caían las primeras gotas y le propuse hacer un pequeño esfuerzo.

 

“Nos queda menos de media cuadra; con un poco de suerte llegamos antes de que empiece la lluvia -alenté.

 

Así lo hicimos. El vendaval fue piadoso con nosotros, nos permitió llegar, pero apenas entramos en la galería del Palacio Barolo, el agua se precipitó con tal intensidad que en pocos minutos cubrió la vereda. Debido al impedimento de su ceguera, como siempre lo hacía cada vez que visitábamos el lugar, Borges me pidió que le leyera las inscripciones en latín que hay en las arcadas de los techos. El portero, con cara de sabueso y expresión de poco amigo, los codos apoyados en el mostrador de entrada, nos miró como bichos raros por encima de sus lentes, con ojos inquisidores.

 

“¿Los puedo ayudar? -preguntó, intentado ser amable- ¿A qué oficina van?

 

“No, no vamos a ninguna oficina -me excusé-, sólo queremos, si usted nos permite, resguardarnos de la lluvia.

 

El agua torrencial hizo que otra gente entrara para protegerse y el sabueso no nos prestó más atención.

 

“El poeta Carlos Mastronardi vivía en un hotel de esta avenida, a pocas cuadras de aquí, y cada tanto visitábamos también a un amigo abogado que tenía su despacho creo en el octavo piso -recordó Borges-. En este edificio se encuentran las oficinas del “Círculo Dante”.

 

“Se encontraban, Borges -me resigné-. Eso fue en otros tiempos.

 

“¡Caa-ram-ba cómo desaparecen las cosas gratas -se resignó también él-. De manera que ya no existe más la secta de los devotos de Dante.

 

“No. Algunos ya murieron y otros se han dispersado.

 

Siempre propenso a ilustrar a sus interlocutores, el autor de “El Aleph”, comentó:

 

“Esta construcción se hizo en épocas de bonanza económica, en los años veinte, cuando la Argentina era el granero del mundo.

 

“Tengo entendido que hasta fines de 1930 este fue el edificio más alto de Buenos Aires -agregué-. Y lo que podemos llamar el primer rascacielos de nuestra América.

 

“Sí -asintió Borges-, superó en altura al edificio de la galería Güemes, que está en la calle Florida. El Palacio Barolo no sólo fue el más alto de Buenos Aires, sino de toda Sudamérica. Eso fue hasta 1938, cuando construyeron el Kavanagh, que está ubicado cerca de mi casa, en la plaza San Martín. El Palacio Barolo tiene cien metros de altura por los cien cantos de la Divina Comedia. Yo recuerdo que cuando era muchacho si una persona pasaba el metro ochenta, decíamos: “fulano es más alto que el Barolo”. Resulta curioso que se lo haya construido con la simbología de la obra de Dante y que toda la estructura observe una correspondencia casi exacta con algunos cantos; por ejemplo, se divide en tres partes: infierno, purgatorio y paraíso. En la cúpula están representados los “Nueve Coros Celestiales” y tiene veintidós pisos, igual que las estrofas de la Comedia.

 

“¿Usted seguramente conoció a Mario Palanti, el arquitecto que lo diseñó y se encargó de la construcción? -pregunté-. Fue amigo de Victoria Ocampo y de los Bioy. Palanti fue otro devoto de Dante.

 

“Sí, eso lo sabía. Yo lo conocí, pero no fuimos amigos, es una pena -se lamentó Borges-. Era una persona muy agradable, y muy talentosa también. No tuve la oportunidad de ser amigo de Palanti, pero me hubiera gustado. Alguien me dijo, creo que Victoria Ocampo, que era un erudito del poeta florentino. Él visitaba a los Bioy muy seguido. ¿Y usted lo conoció?

 

“No. Yo recuerdo haberlo visto de lejos -dije-; pero nunca conversé con él. También fue amigo de la familia Vasena y del doctor Bioy, el padre de Adolfito, que fue quien lo ayudó para instalarse en Buenos Aires. Palanti era italiano, de Milán y, al parecer, le fue muy bien aquí. Construyó muchos edificios en esta ciudad y algunas bóvedas en el cementerio de la Recoleta. Las malas lenguas dicen que se apropió en Ravena de las cenizas de Dante y las ocultó aquí.

 

“¡Bue-ee-no! -exclamó Borges-. La gente tiende a lo descomunal. Es una exageración, me parece. ¡Cómo se le ocurre que van a estar aquí las cenizas de Dante!

 

“Palanti también pasó por Montevideo, donde diseñó otro edificio similar -comenté-, el Palacio Salvo.

 

“Sí, ese edificio está ubicado en la avenida 18 de julio -respondió Borges, buen conocedor de esa ciudad, que de joven había frecuentado gracias a sus parientes, los Haedo-. Pero no es tan alto como éste, creo que tiene cinco metros menos. Palanti llamó a las dos construcciones “Las columnas de Hércules del Río de la Plata”. Se decía que ambos edificios, con sus faros iluminados, podían dialogar entre ellos por sobre el río. Cuando pelearon los boxeadores Firpo y Dempsey en los Estados Unidos, la cúpula del Barolo estaba preparada para comunicar con sus luces el triunfo de Firpo, al que apodaban “el toro salvaje de las pampas”. Si ganaba nuestro compatriota se encenderían las luces verdes; si perdía, las rojas. Cuando se supo que Dempsey había caído fuera del ring se prendieron las verdes, pero se apagaron en seguida porque a Firpo lo durmieron en el segundo round. Imagínese la decepción… De la gente, digo, porque como usted sabe a mí nunca me interesaron demasiado los deportes. Bueno, Firpo perdió y al parecer aquel propósito de celebración quedó trunco.

 

“¿Usted me dijo que en el Palacio Salvo de Montevideo vivían algunos amigos suyos?

 

“Sí, allí vive una poeta muy famosa… Tiene un libro que se llama Nocturnos -recordó Borges, entrecerrando los ojos y levantando la cabeza, como haciendo memoria-. ¿Cómo es el nombre de esa poetisa? ¿A ver si usted se acuerda?

 

“Idea Villariño -respondí de inmediato, y agregué-: Una excelente poeta y también compositora de música.

 

“Sí, sí, es una gran artista -asintió-. De joven era muy bella. Yo conocí a su padre, que también fue poeta. Mi amigo Pedro Leandro Ipuche me lo presentó. También eran amigos de Fernán Silva Valdés.

 

“Los poetas del llamado “nativismo uruguayo” -completé.

 

“Sí, sí. Ese movimiento tuvo algunos atisbos de vanguardia -me ilustró Borges-. Se oponía al Modernismo utilizando palabras sencillas y profesionalmente criollas tratando de dar continuidad a la Literatura gauchesca. Mi libro, El tamaño de mi esperanza, que ahora me parece un verdadero disparate, está en parte inspirado por esa corriente. Yo trataba de imponer entre nosotros una forma de decir bien argentina, un disparatado estilo bien criollo. Creo que fracasé.

 

Borges se sonrió moviendo la cabeza con un gesto de desagrado. Y cambiando de tema, me propuso.

 

“¿Ah, ver, qué dicen las otras inscripciones? Léamelas.

 

Le alcancé a leer sólo una: “Omnis pulcritudinis forma unitas est”, que está en la entrada.

 

“¡Qué linda frase!: La forma es la unidad de la belleza -interrumpió, traduciendo-. Hay otra que dice: Ut portes nomen eius coram gentibus, o sea Para que lleve su nombre ante los gentiles, que está tomada de la Biblia.

 

“¡Efectivamente, dice así! -corroboré-. ¡Qué memoria asombrosa la suya!

 

Un señor mayor, vestido de manera impecable, se acercó para saludar a Borges y ofrecernos su ayuda, mientras el portero, escoba en manos, hacía esfuerzos para sacar el agua que ya entraba al edificio.

 

“La lluvia se vino con todo -dije por decir algo, y volví a nuestro diálogo-. Cuentan que el arquitecto Mario Palanti viajó a Buenos Aires con el propósito de construir un templo en el hemisferio austral, nombrado por Dante en el canto XXVI de la Comedia, donde Ulises y sus amigos, después de cruzar el Estrecho de Gibraltar y atravesar el Océano, navegando hacia el sur, descubren el Purgatorio.

 

I’ mi volsi a man destra, e puosi mente

 

a l’altro polo, e vidi quattro stelle

 

non viste mai fuor ch’a la prima gente… (*)

 

“Sí, eso dicen algunos estudiosos -aceptó Borges-. Palanti, eso me lo confirmó Victoria Ocampo, era un devoto lector de la Divina Comedia y el edificio está trazado, como le dije, según una precisa simbología. Más que un templo o un sitio para oficinas iba ser la futura tumba de Dante en Buenos Aires; ese, tengo entendido, era el verdadero propósito. Pero de ahí a que lo sea -agregó Borges sonriendo-. La persona que financió la construcción fue un millonario italiano, que le dio su nombre, don Luigi Barolo, se llamaba; también lector de Dante.

 

“En cierta forma usted está aceptando que el edificio pudo estar destinado para ser la tumba del poeta en Buenos Aires -me asombré-. ¿Cómo es eso?

 

“Se creía que el continente europeo, después de la Primera Guerra Mundial, marchaba hacia la destrucción total. La idea era salvar las cenizas de Dante, que se supone están Ravena (al menos eso se cree) y traerlas a la Argentina para depositarlas en este edificio. Ese pronóstico falló, a pesar de las guerras Europa sigue en pie y la reliquia quedó allá; eso sigo suponiendo…

 

“¿O sea que usted también tiene sus dudas? -comenté-. Quizá las cenizas de Dante están aquí, en Buenos Aires y no en Ravena.

 

“¡Cáa-ram-ba! -exclamó Borges-. Parece que dejó de llover. ¿Por qué no nos vamos?

 

Sospecho que el Palacio Barolo, un verdadero símbolo de Buenos Aires, se encuentra incluido en los circuitos turísticos de Buenos Aires. De todas maneras, me aventuro a proponer esta evocación como un estímulo para visitarlo.

 

Fuente: Indicador Politico

https://indicadorpolitico.com.mx/?p=11747

 

sábado, 27 de marzo de 2021

Paralelos históricos: El verso que Borges copió de “La Divina Comedia”


 En su célebre “Poema conjetural”, el escritor argentino escribe “huyendo a pie y ensangrentando el llano”, palabras textuales a las que usó Dante Alighieri, el poeta italiano de cuya muerte se cumplen 700 años.

  

Ignacio Di Tullio

Corría el año 1938 cuando Jorge Luis Borges se cruzó con la Divina Comedia. Por ese entonces, trabajaba como “hemerotecario auxiliar” en la Biblioteca Miguel Cané, ubicada en Boedo, barrio que él prefería llamar “Almagro Sur”. Como en ese entonces vivía en Recoleta, el autor de El Aleph hacía dos largos viajes para llegar a su lugar de trabajo. Fue en esa biblioteca donde encontró una edición bilingüe –italiano e inglés– del poema de Dante Alighieri.

 

Borges lo leía en el tranvía, a la ida y a la vuelta: sabía que quien conoce el idioma español posee, de algún modo, el italiano. Por eso en determinado momento de la lectura, abandonó la versión en inglés y siguió en la lengua de Dante. Más adelante, después de revisar distintas ediciones del libro, llega a una maravillosa conclusión: para él, la Comedia podía leerse casi sin saber italiano.

 

La admiración que Borges sentía por Alighieri era superior. “La Divina Comedia constituye para mí una de las experiencias literarias más vívidas que me ha sido deparada en el curso de una vida dedicada a la literatura”, declara a Fernando Sorrentino en el libro Siete conversaciones con Borges.

Una escultura de 1865 del poeta italiano Dante Alighieri, en Piazza Santa Croce, Florencia. Foto AFP/ Vincenzo PINTO

 

Una escultura de 1865 del poeta italiano Dante Alighieri, en Piazza Santa Croce, Florencia. Foto AFP/ Vincenzo PINTO

 

Prueba de ello son los Nueve ensayos Dantescos, una recopilación de textos originalmente publicados en diarios, donde realiza una mirada lúcida de los episodios del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso que más lo impactaron.

 

Pero el “Sumo poeta florentino” también aparece en su poesía, enriqueciéndola a través de un personaje, Bonconte de Montefeltro, aquél Capitán del Purgatorio. En uno de sus textos más reconocidos, el Poema conjetural, Borges imagina los últimos pensamientos de un antepasado distante, Francisco Narciso de Laprida.

 

El Doctor Laprida se había establecido en 1827 en Mendoza con su familia, escapando de la persecución de Facundo Quiroga. Declarada la guerra entre unitarios y federales, Laprida se alineó a los primeros, quienes fueron derrotados el 22 de septiembre por el General José Félix Aldao. El comandante del escuadrón, al reconocer a Laprida entre el grupo de los detenidos, lo hizo enterrar vivo hasta el cuello e hizo pasar un tropel de caballos sobre su cabeza.

Jorge Aulicino, poeta y traductor de "La divina comedia", de Dante Alighieri. Foto Hernán Rojas

 

Jorge Aulicino, poeta y traductor de "La divina comedia", de Dante Alighieri. Foto Hernán Rojas

 

En los primeros versos del poema se lee: “Zumban las balas en la tarde última./ Hay viento y hay cenizas en el viento,/ se dispersan el día y la batalla/ deforme, y la victoria es de los otros./ Vencen los bárbaros, los gauchos vencen./ Yo, que estudié las leyes y los cánones,/ yo, Francisco Narciso de Laprida,/ cuya voz declaró la independencia/ de estas crueles provincias, derrotado,/ de sangre y de sudor manchado el rostro”.

 

Pero más adelante, Borges escribe: “Como aquel capitán del Purgatorio/ que, huyendo a pie y ensangrentando el llano, / fue cegado y tumbado por la muerte/donde un oscuro río pierde el nombre,/ así habré de caer”.

 

Para el poeta y traductor Jorge Aulicino, quien en 2015 publicó en la editorial Edhasa su versión completa de la obra de Dante, “Borges invita a leer la Divina Comedia, aunque quizás no todos acepten la invitación. El poema permite leer la historia del asesinato de Laprida. Pero detrás del verso del Capitán del Purgatorio que ‘huye a pie ensangrentando el llano’, hay en la Comedia una historia paralela que potencia el tono épico de la propia muerte de Laprida. Montefeltro, quien muere en el quinto Canto del Purgatorio, es un General o caudillo de uno de los dos bandos en que se disputaba el poder en el Norte de Italia en aquella época. El cadáver de Montefeltro jamás se encontró, que es lo que sucede, de acuerdo a algunas versiones, con el cadáver de Laprida. Y es allí donde empieza a desaparecer un cuerpo”.

 

Si bien Borges, en cierto modo, anuncia que se trata de una cita de Dante al referirse a “un Capitán del Purgatorio”, toma textualmente el verso siguiente. En italiano se lee fuggendo a piede esanguinando il piano, que en 2015 Aulicino traduce como “huyendo a pie y enrojeciendo el llano”. “No creo que todo el mundo se dé cuenta de que la cita del verso de Dante es textual, palabra por palabra”, señala el poeta y traductor.

 

Tal es el caso de los grandes poetas, las lecturas de Borges enriquecieron su obra. “Yo había leído mucho antes el Poema conjetural que el Infierno de Dante. Y cuando vi quién era el capitán que corría ensangrentando el llano el poema adquirió otra densidad”, subraya Aulicino.

 

Fuente: Clarin

https://www.clarin.com/cultura/-huyendo-pie-ensangrentando-llano-borges-copio-verso-divina-comedia-_0_qt5cKKaji.html

 

lunes, 2 de julio de 2018

'La Divina Comedia', de Dante Alighieri, en 'El Aleph', de Jorge Luis Borges




 
La trama

Borges, a la vez autor, narrador y protagonista del cuento, se presenta como un escritor enamorado platónicamente de Beatriz, una joven ya fallecida que nunca le correspondió.

Una vez al año, en un ritual casi sagrado, el protagonista visita la casa de la difunta, donde vive Carlos Argentino Daneri, primo hermano de Beatriz, un aspirante a escritor famoso, mediocre, irritante, presuntuoso y recargado en sus formas, que rivaliza con Borges tanto en el terreno literario como en el sentimental.

Un buen día, una desesperada llamada telefónica de Daneri sorprende a Borges; la casa iba a ser demolida. La preocupación de Daneri no era tanto por la desaparición de la vivienda como por la pérdida de un increíble objeto que se encontraba en el sótano, un Aleph que había descubierto de niño.

Es así como el genio de Borges enfrenta al lector con la imposible visión del infinito, materializada en un minúsculo Big Bang, una diminuta esfera donde confluyen todos los espacios, todos los tiempos, todas las cosas, todas las posibilidades y todos los puntos de vista de todo lo habido y por haber. Una idea tan compleja que no puede ser abarcada por la razón, porque sobrepasa sus límites. Lo interminable, el infinito, el universo, la eternidad... conceptos que chocan con las limitaciones del hombre mortal. Casi al final del libro, Borges define al Aleph:

« […] la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al disco de mi historia no parece casual. Para la Cábala, esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes» (2001:70).


Las cuestiones filosóficas de La Divina Comedia en El Aleph

Para entender la nada azarosa composición de la estructura de El Aleph y de sus personajes, es menester saber que, en 1937, Borges tendría su primer contacto con La Divina Comedia de Dante Alighieri. Sería a bordo del tranvía que lo llevaría a su trabajo de bibliotecario en el barrio bonaerense de Almagro. Borges confesaría en su Siete noches:

«El azar (salvo que no hay azar, salvo que lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad) me hizo encontrar tres pequeños volúmenes en la Librería Mitchell, hoy desaparecida, que me trae tantos recuerdos. Esos tres volúmenes (yo debería haber traído uno como talismán, ahora) eran los tomos del Infierno, del Purgatorio y del Paraíso, vertidos al inglés por Carlyle» (1989:208).

El escritor quedaría tan fascinado ante el genio de Dante Alighieri, que este último se convertiría en su maestro y musa. Su escritura a partir de entonces, al igual que lo hiciera aquella del poeta medieval setecientos años antes, trataría cuestiones de tintes tan filosóficos como la comunicación, la belleza y el existencialismo. Borges admiraría los versos dantianos porque, entre otras cosas, su significado iría mucho más allá de la mera literalidad. Las copiosas metáforas dantianas empleadas para relatar sucesos cotidianos y resaltar las limitaciones del hombre despertarían su fascinación. Dichas falencias humanas serían plasmadas en El Aleph: «La verdad no penetra en un entendimiento rebelde» (2001:63), explica Borges. En el caso de Dante, este hace siempre referencia a la geometría euclídea con el fin de poner de manifiesto la incapacidad de la mente humana para comprender cuestiones metafísicas y teoremas demostrables tan simples como el de que todo triángulo es rectángulo si está inscrito en una semicircunferencia:  

«Non ò parlato sì che tu non pòsse / Ben vedér ch’ei fu re, che chièse senno / Acciò che re sufficiènte fosse; / Non per sapér lo numero in che ènno / Li motor’ di quassù, o se necèsse / Con contingènte mai necèsse fenno; / Non, si èst dare primum mòtum èsse, / O se del mèzzo cerchio far si puòte / Triangol si ch’un rètto non avesse» (1896:319).

Sería la impecable arquitectura poético-narrativa de Dante la que cambiaría el curso de la obra de un joven Borges que hasta ese momento habría despreciado el género narrativo. Nacería así, un autor reflexivo, intimista, de lectura más alegórico-moral que literal. Y sería en El Aleph donde se haría evidente que esa pérdida de ingenuidad se debería al hecho de haber quedado atrapado en las reflexiones filosóficas dantianas. Descubriría, de la mano del autor florentino, la narrativa de múltiples interpretaciones, caja de pandora susceptible de ser disfrutada de manera distinta con cada nueva lectura, desde la superficial y cristalina, pero no menos bella, hasta la más profunda y enrevesada; adecuada tanto para neófitos literarios como para eruditos. A partir de ese momento y hasta el fin de sus días, Borges se debatiría entre la necesidad de la lectura ingenua por el placer de leer y la necesidad de escudriñar hasta el último recoveco literario:

«Quiero solamente insistir sobre el hecho de que nadie tiene derecho a privarse de esa felicidad, la Commedia, de leerla de un modo ingenuo. Después vendrán los comentarios, el deseo de saber qué significa cada alusión mitológica, ver cómo Dante tomó un gran verso de Virgilio y acaso lo mejoró traduciéndolo. Al principio debemos leer el libro con fe de niño, abandonarnos a él; después nos acompañara hasta el fin. A mí me ha acompaöado durante tantos años, y sé que apenas lo abra mañana encontraré cosas que no he encontrado hasta ahora. Sé que ese libro irá más allá de mi vigilia y de nuestras vigilias» (1989:220).             

Ambas facetas, la de lector ingenuo y la de lector estudioso, se reflejarían a todas luces en cada uno de sus libros posteriores, pero sería El Aleph el que se convertiría en paradigma universal de la interpretación de múltiples lecturas.

Los conceptos de visión y sueño, reiterados a lo largo de toda La Divina Comedia, dejarían en Borges una huella perenne que señalaría su obra venidera: «Tanto èra pièn di sonno in su quel punto / Che la verace via abbandonai» (1896:1). «Ce sont, chez Dante, des formes de son rêve naissant, à peine détachées de celui qui les rêve» (1987:89). En la representación de los sueños descubriría, gracias a Dante, tres lecturas posibles: una psicológica, una literaria y una filosófica. Borges suscribiría así la concepción onírica dantiana, sosteniendo que los sueños tienen parte de vigilia pero, sobre todo, que toda vigilia es un sueño. En cuanto al arte de hacer verosímil lo imposible si, en su periplo por el infierno, el purgatorio y el paraíso, Dante habla con lo muertos, Borges también sabría narrar lo fantástico con maestría, emulando al escritor florentino en el empleo de imágenes oníricas y visiones.

Borges descubriría en La Divina Comedia el recurso de autor-protagonista y transportaría dicho patrón a su El Aleph; solo que él escogería únicamente un narrador en primera persona, mientras que el italiano lo haría en primera y también en tercera persona a través de la figura de Virgilio. La tríada Dante-autor, Dante-narrador y Dante-personaje permitiría al florentino desdoblarse o aunarse a conveniencia del flujo narrativo para poder indagar más profundamente en el alma humana, estrategia que retomaría Borges en su El Aleph: «Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges». Gracias a la combinación de esta mise en abyme con la alusión a personajes históricos como Homero, Hesíodo, Paul Fort, Carlo Goldoni y Michael Drayton, Borges consigue difuminar el límite entre lo real y lo ficticio, al igual que lo hiciera Dante escogiendo, como personajes de Comedia, a ilustres personajes coetáneos. El marco espacio-temporal escogido por Borges para su El Aleph también se corresponde a la época en que está escrito. Concretamente, transcurre en el Buenos Aires que va de 1929 a 1943.

En cuanto a los rasgos de La Divina Comedia con los que Borges no comulgó, se encuentran dos elementos clave: la renuncia a la belleza visual -aunque sí manteniendo la belleza de los versos- en favor de imágenes grotescas por el mero afán de la alegorización: «Le désir ardent de créer des allégories amène Dante à des inventions d'une beauté contestable» (1987:97); y el problema de la doctrina teológica que redime o condena al ser humano según este sea creyente o no. Borges no cree en Dios, a diferencia de la concepción dantiana: «La notion panthéiste d'un Dieu qui est aussi l'univers, d'un Dieu qui est chacune de ses créatures, est peut-être une hérésie et une erreur si ous l'apliquons à la realité» (1987:31).


Los personajes de La Divina Comedia en El Aleph

En el Canto Cuarto de La Divina Comedia, Dante se encuentra con las almas de ilustres pensadores de la antigüedad: «Mi fur mostrati gli spiriti magni» (1896:16) que están en el infierno porque las olvida Beatriz -«Elles sont en Enfer car Béatrice les oublie» (1987:89).- Beatriz Portinari y Beatriz Elena Viterbo comparten muchos más rasgos, aparte de su nombre de pila. Cada una es descrita en las obras por sendos protagonistas como: hermosa, fría, orgullosa, generosa, instructora, de carácter, de origen italiano, musa y amor platónico del protagonista, la una casada y la otra que «siempre se había distraído con Álvaro» (2001:60), poeta primo segundo de Borges en la vida real -«[…] vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino» (2001:68)-.

Ambas fallecidas a causa de una terrible enfermedad en la flor de la juventud, la una por la peste negra y la otra por un cáncer en el pecho: «Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía […] vi un cáncer en el pecho» (2001:51,67).

Las dos se presentan como redentoras de los protagonistas, a quienes nunca amaron con un amor romántico, pero sí con un amor caritativo. Al ver que, tras sus defunciones, los protagonistas vagan sin rumbo, la una hace descender a Dante a los infiernos para enseñarle el mundo de los muertos  «Io son Beatrice che ti faccio andare» (1896:6), mientras que la otra hace bajar a Borges al sótano de su casa para mostrarle la eternidad: «Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz» (2001:64). Hasta el momento de la revelación, los dos protagonistas se muestran escépticos por naturaleza. Además de exhortarlos a una redención individual, ambas los guían hacia una posibilidad de redención colectiva, incitándolos a un proyecto de sociedad en armonía.

Dante descubre, mirando en los ojos de su Beatriz, las mismas respuestas que Borges encuentra en su Aleph con forma de globo ocular. Al principio de El Paraíso, Beatriz está mirando de frente al muy cercano y flamante sol: «Quando Beatrice in sul sinistro fianco / Vidi rivòlta, a riguardar nel sole […] Beatrice tutta nell’etèrne ruòte / Fissa con gli occhi stava” (1896:270), imagen visual que retomaría Borges al describir el fulgor enceguecedor de su Aleph:

« […] el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos […] una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor, [de tan sólo dos o tres centímetros de diámetro, que encerraba todo el espacio cósmico, todas las cosas, vistas desde todos los puntos, de forma simultánea pero sin interponerse, [...] ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo» (2001:62).

Ambos submundos ponen de manifiesto que, solo quien haya sido capaz de zanjar las limitaciones humanas de percepción encontrará respuestas. En ambas obras se consigue que el lector reflexione sobre «l'état des âmes apreès la mort et, allégoriquement, l'homme qui, par ses merites ou ses demerites, s'attire les peines ou les recompenses divines» (1987:29). Suspiros de duelo convierten tanto al noble castillo dantiano como a la casa de la calle Garay borgiana en lugares espantosos. Clara imagen acústica de la desesperanza de los finados pensadores de la antigüedad «A Dio spiacènti ed a’ nemici sui» (1896:10) y del desconsolado Borges:

«[…] comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero no yo, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza pero también sin humillación» (2001:51-52).  

Beatriz Viterbo es prima del antagonista de Borges, Carlos Argentino Daneri, apellido compuesto por una apócope de Dante y una aféresis de Alighieri. Al igual que Dante, Daneri también es de origen italiano: «A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él» (2001:53). Daneri representa a un poeta mediocre al que Borges observa desde la soberbia y el desdén:

«Otras muchas estrofas me leyó […] Nada memorable había en ellas; ni siquiera las juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar […] La dicción oral de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces transmitir esa extravagancia al poema. Una sola vez en mi vida he tenido ocasión de examinar los quince mil dodecasilabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografia, la historia militar y monástica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable pero limitado es enos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino […] Y qué me dices de ese hallazgo, blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado sombríos los tintes del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo del alma de incurable y negra melancolía» (2001:56-58).

El extravagante escritor consigue dejar al descubierto la vulnerabilidad de Borges cuando le muestra el Aleph que ha tenido escondido en el sótano durante toda su vida. La posdata deja entrever el resentimiento del autor por habérsele negado el Nobel de Literatura en varias ocasiones:

«Posdata del primero de marzo de 1943. A los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la longitud del considerable poema y lanzó al mercado una selección de «trozos argentinos»». Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura. El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero, al doctor Mario Bonfanti; increíblemente, mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el Aleph) se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz» (2001:69-70). 

Borges elogia en Siete noches la concisa definición de los personajes de Dante y la capacidad de recoger sus vidas en un segundo, en un sueño:

«Una novela contemporánea requiere quinientas o seiscientas páginas para hacernos conocer a alguien, si es que lo conocemos. A Dante le basta un solo momento. En ese momento el personaje está definido para siempre. Dante busca ese momento central inconscientemente. Yo he querido hacer lo mismo en muchos cuentos y he sido admirado por ese hallazgo, que es el hallazgo de Dante en la Edad Media, el de presentar un momento como cifra de una vida» (1989:213).

Analizando los personajes de El Aleph, se puede inferir que Beatriz, Daneri y el Aleph son el algodón de tres hilos narrativos entretejidos: la veneración que Borges siente por la recién fallecida, su amor platónico, Beatriz Viterbo; la rivalidad amorosa y literaria que siente Borges por Carlos Argentino Daneri; y el Aleph, como lugar que lo abarca todo, enfrentamiento metafísico-filosófico del ser humano con la eternidad.


Vigencia de El Aleph en el sXXI

Si pensamos en los avances tecnológicos que hemos disfrutado y padecido durante las últimas décadas, nos damos cuenta de que nos estamos volviendo más temerarios, que hemos superado el miedo a bajar al sótano, escondrijo del fantástico Aleph de Borges. Ya no lo vemos. ¿Dónde ha ido? El Aleph de la era de internet está en la pantalla táctil del móvil de última generación, de la Tablet y del ordenador. Hoy el punto donde confluyen todos los puntos de vista de todas las cosas habidas y por haber se llama internet. Está en cada uno de nosotros luchar para que la infoxicación de nuestros días no nos robe la capacidad de asombro a nosotros ni a nuestros hijos.

Si apelamos a la física nuclear, sus teorías también describen mundos de múltiples dimensiones que unifican todas las fuerzas de la naturaleza y que no pueden ser demostradas. Desde la primera teoría de campo unificado de 1831, muchas más han sido propuestas hasta nuestros días, incluyendo la de Einstein. Tampoco es difícil relacionar el Aleph con las teorías de supercuerdas. Partiendo del bosón de Higgs, partícula elemental propuesta en 1964, hoy podemos ver reflejado el Aleph incluso en los aceleradores de partículas del CERN.


Conclusión


Este trabajo ha escogido analizar El Aleph de Jorge Luis Borges y La Divina Comedia de Dante Alighieri poniendo de manifiesto que, tanto una como la otra, pueden ser consultadas desde una perspectiva psicológica, una literaria y una filosófica. Según se ha podido comprobar, ambas obras enfatizan una filosofía existencialista, basándose en la incapacidad del ser humano de enfrentarse a la eternidad. Abrevando en el retruécano, la ironía y la erudición, puede afirmarse, sin temor a equivocarse, que se trata de dos hitos, dos objetos de culto, dos monumentos de la literatura universal y de la literatura fantástica en particular.


Fuentes

 
Alighieri, Dante. La Divina Commèdia, Editore-Libraio della Real Casa, Milano, 1896.

Borges, Jorge Luis. El Aleph. Buenos Aires: Emecé, 1998.

Borges, Jorge Luis. Neuf essais sur Dante. Mayenne: Éditions Gallimard 1987.

Borges, Jorge Luis. Obras completas. Tomo III. Siete Noches: La Divina Comedia (207-220).  Barcelona: Emecé, 1989.

Borges, Jorge Luis. Siete Noches. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1980.

Borges, Jorge Luis. Otras inquisiciones. Buenos Aires: Emecé, 1960.

Borges, Jorge Luis; Silvina Ocampo; Adolfo Bioy Casares. Antología de la literatura fantástica. Barcelona: Edhasa, 1981.

Ortega, Julio; del Río Parra, Elena. El Aleph de Jorge Luis Borges. México, D.F.: El Colegio de México, Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios, 2001.

Palacios Asín, Miguel. La escatología musulmana en La Divina Comedia. Madrid: Hiperión, 1984

Televisión Española. A Fondo: "Entrevista a Jorge Luis Borges (1976)". [en línea] https://www.youtube.com/watch?v=2gu9l_TqS8I  [Consultado 11/8/2016].

Villarrubia, Marisol. «Jorge Luis Borges, ¿lector ingenuo o estudioso de la Commedia?» [en línea] Centro Virtual Cervantes, Universidad de Alcalá, Actas XXXVIII (AEPE). https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/aepe/pdf/congreso_38/congreso_38_14.pdf [Consultado 12/1/2017].

Fuente: Corina Cescato