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jueves, 11 de septiembre de 2014

Saramago y el laberinto




Por: Juan Botía

Si me dijeran que es absurdo hablar
así de quien nunca existió,
 respondería que tampoco tengo pruebas
de que Lisboa haya existido alguna vez,
o lo que yo escribo, o cualquier cosa,
sea la que fuere.

Pessoa


El 23 de marzo del año 2000, el diario italiano Corriere Della Sera publicó un artículo titulado ‘Saramago, en el laberinto de Borges’, un texto que recogía la noticia de una conferencia que Saramago dio en la Universidad de Bérgamo, en Lombardía, y cuyo tema era Jorge Luis Borges. La noticia también ofrecía, en italiano, una breve transcripción de algunas partes de la conferencia.

Al parecer, la primera vez que Saramago dio esa conferencia, cuyo título es ‘Algunas pruebas de la existencia real de Herbert Quain’, fue para rendir homenaje a la memoria de Jorge Luis Borges en 1999, año del centenario de nacimiento del autor argentino, como consta en los registros de una fundación que lleva su nombre. Del mismo año data la circulación de unas preciosas monedas conmemorativas.

En todo caso, la conferencia generó cierto revuelo entre los entendidos de Borges. Prosigo a intentar explicar la razón: Herbert Quain es el nombre de un escritor mencionado en el relato Examen de la obra de Herbert Quain, que está incluido en el volumen Ficciones, publicado por Jorge Luis Borges en 1944. En el relato, Borges cuenta que Quain ha muerto, y que es autor, entre otros títulos, de un libro llamado The God of the Labyrinth, pero no ofrece demasiados detalles.

En la literatura de Borges es natural que referencias a nombres, lugares, momentos y personas se disuelvan sin horizonte entre realidad y ficción. En el relato Pierre Menard, autor del Quijote (también incluido en Ficciones) por ejemplo, el protagonista es un poeta ficticio, antiguo amigo de Paul Valéry y autor de una monografía sobre George Boole, entre otras cosas. Se supone, por lo mismo, que Herbert Quain también fue una invención, uno de los cordiales engaños del poeta.

Sin embargo, ¿podría ser un error asumir que los personajes ‘creados’ por Borges son, en efecto, una invención, por el sólo hecho de que no haya evidencia concreta sobre su existencia? Quizá Saramago se hizo una pregunta simular.

En la conferencia ‘Algunas pruebas de la existencia real de Herbert Quain’, publicada originalmente en portugués, Saramago busca demostrar, a través de cierta lógica, que el autor de The God of the Labyrinth, en efecto existió, y se apoya con fragmentos de una novela titulada El año de la muerte de Ricardo Reis, cuyo autor es el mismo José Saramago. La primera escena de esta novela sucede en Río de Janeiro, y trata sobre el regreso a Portugal de Ricardo Reis, que es un heterónimo de Fernando Pessoa, debido a un telegrama enviado por Álvaro de Campos, que es un heterónimo de Fernando Pessoa, en el que se anuncia la muerte de Fernando Pessoa, sigiloso poeta portugués. En el libro, Ricardo Reis es poseedor de un ejemplar de The God of the Labyrinth, de Herbert Quain, que extrajo de la biblioteca de un vapor inglés llamado Highland Brigade.

Saramago afirma que la existencia del libro de Quain en su novela es prueba suficiente de la existencia del escritor, puesto que Ricardo Reis tuvo el libro, así fuera en mitad de una historia ilusoria.

“Demos tiempo al tiempo, esperemos que las pasiones se calmen. La verdad acabará por triunfar”.

Por supuesto, estamos frente a un ejercicio literario perfecto, que reúne el ingenio de dos inteligencias sin límite: dos hombres con suficiente brillo en sus vidas como para tener no sólo cosas en común en sus vidas, sino también en sus literaturas. Jorge Luis Borges, argentino con ancestros portugueses, nunca recibió el premio Nobel, lo cual acentuó su inmortalidad en la ingrata e infinita memoria de los hombres. Se casó dos veces; la última con una mujer oriental, 38 años menor que él, con quien vivió hasta sus últimos días. Murió a los 83 años en Ginebra, completamente ciego. José Saramago, portugués cuyo padre trabajó como policía en Argentina, recibió el premio Nobel en 1998, lo cual acentuó su inmortalidad en la ingrata e infinita memoria de los hombres. Se casó dos veces; la última con una mujer ibérica, 28 años menor que él, con quien vivió hasta sus últimos días. Murió a los 87 años en Lanzarote, después de dormir una noche tranquila. Escribió una novela en la que, eventualmente, todos van, vamos quedando, completamente ciegos.

Nota: el texto original de la conferencia ‘Algumas provas da existência real de Herbert Quain’ está disponible en el portal de la Fundación José Saramago, y puede ser consultado públicamente. Esta traducción no es oficial, y no busca más que la difusión en lengua castellana del contenido mencionado.



Fuente : El Espectador

sábado, 2 de noviembre de 2013

Borges, Saramago y el juego de las coincidencias



 Los ancestros paternos de Borges, producto de una típica mezcla argentina criollo-europea, eran ciertamente portugueses. Podría decirse entonces, que la coincidencia con José Saramago, empezaron y terminaron en esta unidad de sangre. Ideológica y socialmente los separaba un mar profundo de diferencias. Sin embargo, Saramago llamó a Borges “el último de los gigantes literarios” y lo incluyó en su “familia del espíritu”, a la par de Camões, Cervantes, Kafka y Gogol.

Jorge Argüello / Embajador argentino en Portugal  

Buscar definiciones generales sobre figuras universales como Jorge Luis Borges (1899-1986) o José Saramago (1922-2010) conllevan a menudo el riesgo de incurrir en estereotipos rápidos, una audacia que se vuelve temeraria si el abordaje se hace con el limitado prisma de la política. Si fuera por eso, si fuera por tomar en cuenta cómo estos dos genios literarios veían la realidad política, de modo tan antagónico; si fuera por evaluar cómo interpretaba ideológicamente cada uno el compromiso social y su relación con el poder, entonces podría decirse que las coincidencias entre Saramago y Borges empezaron y terminaron, casi, en la poca o mucha sangre portuguesa que corría por sus venas.

Los ancestros paternos de Borges, producto de una típica mezcla argentina criollo-europea, eran ciertamente portugueses. Su bisabuelo había partido hacia el Río de la Plata desde Moncorvo, en Tras Os Montes, Alto Duero. En los años 20, el joven escritor vivió unos años en España y cruzó a Portugal en busca de su familia, pero en la  guía telefónica “había tantos Borges que era como si no existiese ninguno. Tenía cinco páginas de parientes. El infinito y el cero se asemejan. No podía telefonear a cinco páginas de personas y preguntar: ‘Dígame una cosa: ¿en su familia hubo un capitán llamado Borges, que embarcó para Brasil a fines del siglo XVIII o principios del siglo XIX?".

En 1984, dos años antes de morir, el autor de Ficciones visitó Lisboa pero su fatiga de anciano le impidió llegar hasta aquél pueblo para cerrar el círculo que había abierto su bisabuelo Francisco Borges. Entonces, se declaró conmovido de pisar tierra portuguesa, aunque sobre el asunto ya lo había dicho casi todo en un poema que había escrito mucho antes, Los Borges (1960): “Nada o muy poco sé de mis mayores / portugueses, los Borges: vaga gente / que prosigue en mi carne, oscuramente, / sus hábitos, rigores y temores. / Tenues como si nunca hubieran sido / y ajenos a los trámites del arte, / indescifrablemente forman parte / del tiempo, de la tierra y del olvido / Mejor así, cumplida la faena / son Portugal, son la famosa gente / que forzó las murallas del Oriente / y se dio al mar y al otro mar de arena”. Así las cosas, que Borges (eterno candidato al Nobel de Literatura) y Saramago (el sí, Nobel en 1998) hayan vivido y escrito a lo largo del mismo siglo, que se hayan leído, influido y hasta comentado mutuamente, bien pudo haber sido fruto de un azar temporal, el mismo que cruzó a tantos intelectuales de la época. ¿Entonces?

En un texto borgiano (La muerte y la brújula, 1944), un empecinado investigador responde a la reconstrucción del policía sobre lo que ha sucedido: “Posible, pero no interesante. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis”. Pues bien. Habilitados por el propio autor a buscar otras hipótesis y más interesantes, propongamos una: Borges y Saramago tuvieron en común más de lo que puede creer un lector desprevenido de noticias generales.

Como lectores aficionados y agradecidos, sabemos del aprecio de Borges y de Saramago por los “heterónimos”, esos autores de fantasía detrás de los cuales algunos escritores gustan jugar con textos apócrifos. El argentino lo había hecho ya en 1936 atribuyendo a un abogado indio de éxito en Gran Bretaña, Mir Bahadur Alí, la novela policial El acercamiento a Amotasim. Muchos entusiastas hurgaron en librerías de Londres pero todo era una invención borgiana.

El antecedente vale porque Borges lo repitió en Examen de la obra de Herbert Quain (1941), a quien le atribuye, entre otras novelas, The God of the Labyrinth. Y vale todavía más porque cuatro décadas después es Saramago quien publica El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), en honor a otro heterónimo, el de un grande de la literatura portuguesa y mundial: Fernando Pessoa. En esa obra, el médico portugués Ricardo Reis, residente en Brasil, se embarca en 1936 hacia Lisboa convocado por telegrama por Alvaro de Campos (también heterónimo) con motivo de la muerte de Pessoa. En el camarote del buque, halla un libro abierto. ¿Cuál? ¡“The God of the Labyrinth”, de Herbert Quain! Saramago llegaría a preguntarse poco antes de su muerte por qué no había sido Borges el autor de las andadas de Ricardo Reis, con lo natural que le hubiera sido. Iremos más allá.

En tren de mantener el ánimo tan literario como profundo, digamos también que la mirada que ambos tenían sobre la muerte los acercaba con una fuerza inusitada. Decía el Borges anciano y ciego: “Más allá de algunos temores de índole religiosa, tengo la certidumbre de que voy a morir enteramente. Es un gran consuelo, que da mucha fuerza a un hombre. El saber que es efímero. La idea de ser duradero es horrible, realmente. La inmortalidad sería un castigo. El Cielo, si durara mucho, sería el Infierno. El sufrimiento es efímero, el placer también. Está bien que sea así, si no sería muy tedioso todo”.
Saramago, en Las Intermitencias de la muerte (2005), uno de sus últimos escritos, se dedicó exactamente al mismo asunto, y con similares conclusiones. ¿Cómo sería un país donde la gente deja de morirse de un día para otro? Allí también plantea los terribles dilemas de una vejez eterna y las contradicciones de las religiones incapaces de concebir semejante alternativa. Flor de coincidencia, dirían en Buenos Aires.

En favor de nuestra hipótesis, en 2008, en Arco do Cego (la referencia a la ceguera tampoco debería ser casualidad), Saramago asistió a la inauguración de una escultura dedicada a Borges. El monumento “es sencillo, evocativo, mucho mejor que un busto o una estatua ante la que nos cansaríamos buscándole semejanzas”, escribió luego en sus cuadernos. Allí, Saramago llamó a Borges “el último de los gigantes literarios” y, días después, lo incluyó en su “familia del espíritu”, a la par de Camões, Cervantes, Kafka y Gogol, entre otros pocos. Al argentino, el autor portugués le atribuyó el descubrimiento de la literatura virtual, “esa literatura suya que parece haberse desprendido de la realidad para revelar mejor sus invisibles misterios. Hay mundos que existen a partir del momento en el que él los creó". Ese mismo año, en Lanzarote, Saramago había aludido al “castigo de las máscaras” que padecen los grandes escritores, que tienen que soportar la imagen que el resto se fabrica sobre ellos y con la que tienen que convivir, aunque no sea auténtica. “Llevan esa cruz como una máscara que no pueden arrancarse”. Máscaras que muestran diferente lo que, probablemente, no es tal.

Saramago tenía también su propia hipótesis respecto de Borges y coincide bastante con la nuestra respecto de ambos: “Es un autor difícil de leer… En la segunda, la tercera o la cuarta lectura, uno se da cuenta de que lo que podía parecer una historia relativamente plana, tiene diferentes lecturas y aunque sea entre líneas hay algo para leer y es algo que no se encuentra fácilmente”. Visto que ambos coincidieron en afiliarse a coincidentes ideas de la muerte, ahora que ya no están, todo parece haber quedado como debía. “Yo, que me imaginaba el paraíso bajo la especie de una biblioteca", escribió Borges.

Entonces, ahí se estarán viendo, porque si es más lo que los une que lo que los puede separar, esa coincidencia pasa por los libros, y por cómo hacerlos únicos y geniales creando nuevos mundos que nos invitan a visitar para salvar el propio. Al menos, esa es nuestra modesta hipótesis.

Fuente : Arca digital

 

domingo, 20 de junio de 2010

Examen de la obra de Herbert Quain - Borges, Saramago y la increible carta de Pedro Pou



Pedro Pou se convirtió esta semana -a la que quizá termine recordando como la más importante de su gestión- en adalid de los cultores de Borges. Su cruzada literaria tuvo dos aspectos: uno público y, si se quiere, ligeramente baladí (adjetivo que lo hace feliz y que adoptó como propio a partir de leerlo en «Ficciones»), que consistió en presentar la moneda de dos pesos acuñada con la efigie del Gran Ciego. Es obvio que quiere ser más literato que titular del Banco Central.




El otro aspecto, en cambio, es secreto, y una circunstancia fortuita lo impulsó a hacer partícipe del misterio al Premio Nobel de Literatuta José Saramago, quien pasó esta semana por Buenos Aires para dictar una conferencia en los actos del centenario. Pou, en esa carta, intenta convencer al sabio portugués de que las criaturas imaginarias de Borges quizá no lo sean tanto, hasta el punto de que él -Pou- tiene pruebas irrefutables sobre la existencia real de Herbert Quain, uno de los muchos escritores fantásticos que surgieron de la imaginación borgeana. En su cuento «Examen de la obra de Herbert Quain», Borges había creado uno de los muchos escritores apócrifos de los que está poblada su literatura. Pierre Menard fue otro de los más famosos. Saramago (contaba después en un restorán, rodeado por amigos y cofrades literarios) no podía salir de su asombro. Al llegar al hotel, cansado por el trajín de la conferencia y de los muchos libros que debió firmar en El Ateneo, encontró debajo de la puerta, con membrete del Banco Central de la República Argentina, la carta con la revelación. Para un comunista parece impensable que un hombre de las finanzas también se dedique a los libros.

Existe, dice Pou, «un registro contable del ex Banco Argentino Lusitano que, como usted sabe, abrió sus puertas en Turdera a principios de siglo y que luego se convirtió en el Banco Popular de Turdera. En el Banco Central se guardan documentos y éste, del que le envío fotocopia, lo he atesorado con pasión insana. Es una transferencia que Pessoa hizo a nombre de Ricardo Reís a favor de Jerry Corrigan, con cargo de cancelar una deuda que Pessoa mantenía con Herbert Quain».

¿Por qué eligió Pou a Saramago como destinatario del arcano? Sencillamente, porque su conferencia se había denominado «Algunas pruebas de la existencia real de Herbert Quain», lógicamente en plan fantástico. Nunca pudo haber adivinado Saramago, pese a su frondosa inventiva, que con ese título había acertado en el corazón del misterio que durante tanto tiempo atesoró Pou en soledad y que ahora, al fin, se iba a hacer público.

Pero no fue así: anónimo, en medio de los respetuosos escuchas, Pou comprobó que el venerable portugués sólo seguía el juego de Borges; hablaba de Herbert Quain como de un mero personaje imaginario que había escrito obras no menos irreales.

Ya era demasiado: al retirarse de la conferencia, Pon se sintió en la obligación de reordenar ese universo fantástico y desengañar a Saramago: su documento no sólo refutaba el carácter imaginario de Quain, sino también involucraba a Pessoa y a Reis.

«Yo no sé -dijo más tarde Saramago- si este señor Pou quiso remedar a Borges, hacerme una broma o se cree en serio todo esto y ha ingresado decididamente al mundo de lo fantástico. Me dicen que ha tenido que ver con una moneda con la cara de Borges que tiene en la contracara algo tan elemental y obvio como un laberinto. Pero eso no importa. Si tienen gente así - sonrió-, yo creo que la Argentina tiene posibilidades.» Hay proximidades de gremio más fuertes que la ideología.




Este es el texto de la carta que dirigió Pedro Pou a José Saramago, en la que sostiene que Herbert Quain, escritor inventado por Jorge Luis Borges, existió realmente.

Estimado José:

Tuve el enorme placer de escuchar la conferencia que diera ayer en la Fundación Borges, donde me enteré de que compartimos -además de la admiración por la obra de Kafka, Pessoa y Borges- un, tal vez insano, interés por saber si verdaderamente Herbert Quain existió. Me gustó mucho conocer esos datos irrefutables que usted aportó, en particular el nombre del bibliotecario del Highland Brigade (¿no leparece que tal vez rastreando su familia podamos encontrar ese recibo del libro que Ricardo Reis tomó prestado y nunca devolvió, y que ésta sería otra prueba irrefutable?).

Agradecido, quiero compartir con usted un documento que creo que es único y que ratifica su tesis sobre la existencia de Herbert Quain y le permitirá ser aun más enfático a la hora de transmitir esta convicción a quienes (vaya a saber por qué motivos o intereses) aún dudan de su existencia. Se trata de un registro contable del ex BancoArgentino Lusitano que, como usted sabe, abrió sus puertas en Turdera, Provincia de Buenos Aires, en 1911 o 12, y llegó a ser uno de los bancos más importantes de la Argentina hasta su compra por el que ahora es el Banco Popular de Turdera. En los archivos del Banco Central se guarda toda la documentación de los movimientos de divisas desde 1910 a 1945 y de 1948 a 1966. Existe un documento, que hasta ahora he atesorado con pasión insana, y que quiero compartir con usted (le adjuntofotocopia), de una transferencia que Fernando Pessoa hace a nombre de Ricardo Reis a favor de un tal Jerry Corrigan, con cargo a cancelar una deuda que Pessoa mantenía precisamente con Herbert Quain.

Quedo a su disposición por si usted quiere consultar la documentación original -celosamente guardada en la bóveda de este banco que asi, sumando este antecedente a los tantos otros que usted nos aportara en el día de ayer, damos por terminada esta estéril discusión sobre la existencia o no de quien en vida fuera el autor de una obra que merece ser recordada y releída permanentemente como es «God of the Labyrinth». (Desdichado destino el de Quain, que comparte con Homero y Shakespeare, aunque a fuerza de ser sincero, debo decir que su obra no alcanza el nivel de algunos pasajes de la Odisea o de Macbeth).

Aprovecho su atención para referirme a su visión de Borges y el Laberinto. Coincido con usted en que hay en él una mirada filosófica (yo agregaría que también religiosa), mirada que, tal vez la belleza deslumbrante de su literatura se ha encargado de ocultar. (Como dice Romano Guardini, tanto Platón como Homero exponen un gran pensamiento religioso, pero el talento filosófico del primero poético del segundo lo enmascaran, lo ocultan).

Pero no coincido totalmente con su visión de la que ha sido la ceguera de Borges lo ha llevado a percibir el mundo como un laberinto y a recrear los mundos interiores, infinitos mundos de imágenes a través de la pa'labra. ¿Qué son esos mundos interiores que Borges crea y recrea? ¿Son realidades virtuales desvinculadas de este mundo sensible o, por el contrario, son el mundo real que nosotros no alcanzamos a ver mientras que lo que suponemos real es lo verdaderamente virtual? Con el debido respeto, me inclino por esta segunda hipótesis y hay abundantes testimonios en este sentido en su obra.

Como creo que hoy parte de BuenosAires y no quiero dejar de aportarle esta valiosa evidencia de la existencia de Herbert Quain, no abundo en este argumento (aunque como usted intuirá, la verdadera razón es que me resultaría difícil polemizar como simple amigo de Borges -y desde que leí «Su Evangelio», también de Saramago- con quien ha fatigado las letras con tantos aciertos).

Si me permite una sugerencia, que creo puede ayudarnos a buscar la verdad sobre un tema tan importante, tal vez pueda usted releer algunas poesías de «Fervor de Buenos Aires», escritas por Borges a los 24 años, donde creo que encontrará (como encontró el mismo Borges) prefigurada su obra. Leer «El truco» (con un tema que reelabora en «Nueva refutación del Tiempo. Otras Inquisiciones», 1952), «Final de año», «Inscripción en un sepulcro» y tantas otras son entrar de lleno en uno de los temas que intentará abarcar su obra: el inasible tiempo; estos temas que vuelven en «Luna de Enfrente» (1925), encontramos el mismo tema en «Manuscrito Hallado en un Libro de Joseph Conrad» o «Jactancia de Quietud».

Con gran afecto y admiración

Pedro Pou

Buenos Aires 1999

Aquel almuerzo de 1999 con José Saramago



Había estado de visita en Brasil y partía hacia Italia, con un breve alto de apenas un par de días en su casa de la isla de Lanzarote. Así, a las corridas, era la vida del escritor portugués José Saramago aquel lunes 23 de agosto de 1999. Así, corriendo, vivía desde que había obtenido el premio Nobel de Literatura a fines del año anterior. Su vida se había transformado en una rutina de actividades que le impedía trabajar en su nueva novela. Eran poco más de las 13.30 de aquel lunes en Buenos Aires y llovía como si no fuera a parar nunca más.

La espalda del último Premio Nobel se recortaba contra la vidriera del paquetísimo restaurante Lola, en Recoleta. Saramago esperaba a cinco periodistas para almorzar: esa era la última de las actividades previstas antes de que volviera a su casa de Lanzarote. ¿Por qué cinco, por qué esos cinco? Saramago despejó las dudas:
“Bueno, son los únicos que me tuvieron en cuenta al visitar Argentina antes de ganar ningún premio. Creo que me quieren por lo que escribo. Les debo un almuerzo”.

Después supe que, mientras viajábamos hacia ese almuerzo, los cinco periodistas pensábamos en otra de las frases de Saramago. “Va a parar, va a parar. Aunque el tiempo nunca tuvo demasiado en cuenta las lealtades con los escritores, por más Nobel que sean”, había dicho tres días atrás, en la Fundación Borges, donde dio una conferencia sobre el centenario del autor de Ficciones. Recordábamos, los cinco, a aquel Saramago que también se refería a la lluvia que, de tanto en tanto, caía y sigue cayendo en Lisboa: “Ya se sabe que los portugueses tenemos fama de melancólicos, sobre todo cuando llueve”.



Era el último día de Saramago en Buenos Aires. Ya había pasado la conferencia de prensa, su discurso sobre Borges, su breve intervención en el programa Hora clave (“jamás tuve que esperar tanto para diez minutos”, dijo después Saramago, tratando de evitar la sonrisa). Sólo le quedaba esa “deuda” del almuerzo, preparar las valijas y tomar el avión. Después, como venía haciendo desde octubre de 1998, luego de unos días en su casa, seguiría su recorrido por el mundo: Italia, Francia, Mozambique, una larga lista de etcéteras. Podría haber estado cansado, harto, de mal humor por un presente que lo alejaba a futuro de la escritura. Pero Saramago estaba aquel mediodía de agosto de 1999 como recién levantado, dispuesto, contento.

Y, con un poco de vergüenza, comprobamos que él había sido el primero en llegar. Que era él quien esperaba a los invitados allí, en Lola, como un parroquiano más. Pocos comensales comprendían que en la mesa de al
lado estaba el Premio Nobel de Literatura. Sí giraron todas las cabezas de Lola cuando salió, acompañado de dos personas, un personaje de aquel año: Gustavo Béliz. Ese anonimato de lunes en Recoleta de Saramago
era una pequeña tregua. El viernes, cuando se había sumado al homenaje por los cien años del nacimiento de Borges, la larga cola de saramagoadictos frente a la puerta de la Fundación demostraba que las paredes no eran de goma. Al día siguiente volvió a repetirse el gentío en el Museo de Bellas Artes, donde más de seiscientas personas (y otro tanto que se quedó afuera) se agolparon para escucharlo. Y el domingo, los paseantes de Florida pudieron ver una larga hilera de quienes pugnaban por un autógrafo suyo en el local porteño de El Ateneo. Fueron tres horas, de 17.30 a 20.30, momento en el cual la librería cerró sus puertas para que el Nobel portugués pudiera masajear, tranquilo, su brazo.

Los que estaban a su lado no podían comprender de dónde sacaba Saramago una dedicatoria distinta para cada lector. “Es mucho el amor que me demuestra la gente –dijo Saramago aquella tarde–. Es raro. No sé por qué quieren a alguien que, como yo, parece pregonar el pesimismo”. Pero lo mejor sucedió cuando el escritor salió de la librería: un chico de la calle –de ocho, nueve años, esa edad imprecisa de los chicos de la calle– le alcanzó un papelito arrugado para hacérselo firmar. Después de recibido, el pibe salió corriendo, trofeo en mano, con la misma sonrisa que se dibujaba en la cara de Saramago.

Aquel lunes de agosto, después de hojear durante quince minutos el menú (“siempre tengo el mismo problema: las cartas de platos en la Argentina parecen novelas”), el autor de Memorial del convento quedó atrapado en el capítulo pescados. “Estaría bien un lenguado, pero es que hay con tantas salsas que se me embarullan”. Cuando le comentamos que en Lanzarote debía comer bastante pescado, Saramago dejó la lista de lado y se confió: “Es cierto, pero es que aquí, cuando uno pide carne, le traen casi una vaca, y yo no como tanto, dejo siempre más de la mitad, y eso es una pena”.

De todos modos, pidió costillas de cerdo con puré de manzanas. Y syrah. Y agua mineral sin gas que nadie probó.

“Desde octubre tengo una novela parada allá, en Lanzarote –contó–. No puedo escribir mientras viajo, necesito mi casa, mis cosas. Mi entorno, diríamos. Dentro de poco se cumplirá un año de abstinencia escritural. Hay, por supuesto, papelitos con algunas notas, otros con bocetos, pero de la novela, La caverna o La cueva, como se termine llamando, nada. Quedó allá, en mi casa”.



Con la intención idiota de darle ánimos, los cinco le planteamos que la próxima entrega del premio Nobel le devolvería la tranquilidad. Que sería otro el que comenzaría a viajar y a dejar sus escritos lejos. “No –dijo Saramago–, es cierto que el próximo Nobel tendrá sus obligaciones, pero yo voy a seguir teniendo las mías. Así que supongo que la novela seguirá descansando, aunque espero que no tanto como hasta ahora. Por lo general, tardo entre ocho y diez meses en escribir una novela; ésta me llevará un poco más”. Y a las obligaciones (“viajes, charlas, amistades y hasta algunos congresos a los que me invitan sin que yo sepa nada sobre el tema, sólo porque creen prestigioso que asista a un encuentro de fisioterapia o radiología”, rió Saramago) también se les sumaría su infinita generosidad con quienes llegaran hasta la legendaria casa de Lanzarote.

Como para demostrarlo, Saramago contó una anécdota: “Una mañana llegó una pareja (ella de Israel, él de Suiza) a los que mi esposa hizo pasar, ya que venían para conocerme. Se quedaron tanto, que se hizo la hora del almuerzo. ‘Yo carne de cerdo no como’, dijo ella. Y justo ese día había, cosa poco común en casa, cerdo. Tuve que preparar de apuro otra comida, ya ni me acuerdo qué era, supongo algo que guardábamos para la noche en la heladera”.

Nos costaba bastante comprender que el Nobel no lo había modificado, pero la realidad estaba ahí: Saramago seguía igual. Sencillo, afectuoso, de una complejidad simple.

“Un poco más alto –bromeó cuando se lo hicimos saber–, pero, en realidad, a mi edad ya se empieza a ir para abajo, a decrecer. Estoy, eso sí, un poco más delgado: es que uno se pone nervioso, duerme menos y come mal. No porque la comida sea mala, todo lo contrario, sino porque en las mesas siempre hay invitados y uno tiene que hablar. Al menos eso esperan los invitados que haga uno. Y la comida se enfría”. Aunque después de la frase todos nos esforzamos en dejarlo comer, un poco avergonzados, Saramago rió de nuevo por nuestro esfuerzo y dejó intacta una de las dos costillas que le trajeron: “Lo dicho, sólo que en lugar de una vaca trajeron casi un cerdo entero. Me da mucha pena dejarlo, pero aquí no están mis perros”. Saramago se enfrascó aquel lunes de agosto de hace casi once años en una extraña y cautivante teoría sobre la mente canina, tan extraña y cautivante como cualquiera de sus novelas: “Los perros, al volver, me saltarán encima y me lamerán por dos o tres minutos. Pero luego vendrá la recriminación: me ignorarán, me tirarán mordiscones, me mirarán de reojo y un tanto ofendidos. Es que los perros no reconocen el tiempo. Para ellos, una ausencia de un día es similar a la de un año: sufren lo mismo. En ellos, el sentimiento de soledad pesa más que el sentido del tiempo”.




Afuera seguía lloviendo. Era de suponer que en algún momento iba a parar. Como siempre ocurrió y como siempre seguirá ocurriendo. Después del café, después de contarnos la increíble historia del por entonces presidente del Banco Central y sus desvaríos sobre Pessoa (Ver Carta en nota Aparte), ya en la puerta del restaurante, los cinco periodistas le propusimos, como despedida, otra despedida: la del fin de año que, en aquel 1999, parecía casi casi el fin del mundo. “Creo que decidí no apurarme. Festejaré el comienzo de 2000, un festejo numeral, ya que cambian todos los números del año, y en 2001, como corresponde, festejaré el inicio del milenio”, dijo guareciéndose debajo del toldito de Lola. Y ahí, Saramago, el autor de Memorial del convento, de El evangelio según Jesucristo, de Ensayo sobre la ceguera, el premio Nobel de Literatura 1998, debajo del toldito de Lola, sonrió nuevamente y dijo “pero antes, por favor, déjenme llegar a Lanzarote”.

Fuente : El Argentino, Miguel Russo, 19-06-2010

José Saramago rinde homenaje a Jorge Luis Borges, el "último gigante literario"



El escritor y Premio Nobel de Literatura José Saramago asistió hoy en los jardines del Arco do Cego, en Lisboa, a la inauguración de la escultura del argentino Jorge Luis Borges, al que calificó de "el último gigante literario" del que se puede hablar, ya que "hay mundos que existen a partir del momento en el que él los creó".

La escultura de Borges, con el que la Casa de América Latina conmemora su décimo aniversario en Lisboa, está situada muy cerca de la casa de Saramago en la capital portuguesa, por eso, dijo el Nóbel, "talvez venga con Pilar al jardín para sentarme en el banco y estar cerca de él".



Saramago destacó que Borges es "un gran escritor y humanista" que "descubrió la literatura virtual". Un concepto que el autor luso reconoció que le es difícil de explicar, pero que se aplica a la prosa y a la poesía en la medida en que "hay mundos que existen a partir del momento en que Borges los creó", por tanto -dijo- es "el último gigante literario del que se puede hablar".

En el homenaje estaban presentes, además de Saramago con su esposa Pilar del Río, la viuda de Borges y presidenta de la Fundación del escritor argentino, María Kodama, que consideró esta iniciativa "realmente maravillosa y emocionante" y calificó a Saramago y a su mujer como "ángeles providenciales".



Borges, que nació en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899, decía que la palabra portuguesa "saudade" y la inglesa "uncanny" las llevaba en la sangre porque representaban dos países relacionados a su ascendencia, y decía que "no era posible explicarlas intelectualmente. Había que sentirlas como el alma y el cuerpo", recordó la viuda de Borges.

En el acto también estaba el autor de la escultura, Federico Brook, el alcalde de Lisboa, Antonio Costa, y el secretario general de la Casa de América Latina, Mario Quartim Graça.

EL ESPÍRITU DEL HOMBRE

Este homenaje a Borges, que se realiza en el ámbito de las conmemoraciones de los diez años de la Casa de América Latina en Lisboa, tiene como objetivo "incentivar a los lisboetas a profundizar su conocimiento sobre uno de los grandes legados literarios del siglo XX", explicó Quartim Graça.

La escultura que hoy fue inaugurada es obra del autor Federico Brook, que explicó que la obra, compuesta por la mano del escritor argentino en bronce dorado y sobre ella una nube de mármol, representa "el espíritu del hombre. Cambia siempre, nunca es igual, y eso es la esencia del hombre". Brook comentó que debido a su gusto por las nubes, Borges creó en 1985 un poema que le dedicó. La obra escultórica también incluye el poema 'Los Borges' en el que relata la ascendencia portuguesa del escritor.
Fuente : Europapress.es 12/12/2008



Borges

Por José Saramago

María Kodama regresó a Portugal, esta vez para asistir a la inauguración de un monumento a Jorge Luis Borges. Había bastante público en el Jardín del Arco del Ciego, donde el memorial fue implantado. Una banda filarmónica tocó el himno de Argentina y también, no el himno nacional portugués, sino el himno de María da Fonte, expresión musical de la revolución a la que se le dio ese nombre allá por los anos 1846-47 y que todavía hoy sigue siendo tocado en ceremonias civiles y militares. El monumento es simple, un bloque vertical de granito de la mejor calidad en el que se abre un vano donde una mano dorada, molde directo de la mano derecha de Jorge Luis Borges, sostiene una pluma. Es sencillo, evocativo, mucho mejor que un busto o una estatua ante la que nos cansaríamos buscándole semejanzas. Improvisé unas cuantas palabras sobre el autor de Ficciones, a quien continúo considerando el inventor de la literatura virtual, esa literatura suya que parece haberse desprendido de la realidad para revelar mejor sus invisibles misterios. Fue un buen principio de tarde. Y María Kodama estaba feliz.

Fuente : El Cuaderno de Saramago
15 de diciembre de 2008

Saramago develó que un personaje de Borges vivió


Fernando Pessoa tiene relación con la revelación del misterio

Mediante una serie de paradojas literarias, el Nobel de Literatura portugués legitimó la existencia de un personaje del autor de El Aleph. Se trata de Herbert Quain, del célebre relato El jardín de los senderos que se bifurcan.

Milán – El premio Nobel de Literatura portugués, José Saramago, se sumergió en los laberintos del escritor argentino Jorge Luis Borges para intentar desentrañar el misterio acerca de uno de sus personajes: Herbet Quain. El autor de El Evangelio según Jesucristo concluyó que no se trató sólo de una ficción sino que existió en la realidad.

En un texto publicado hoy por el diario italiano Corriere della Sera (ver columna completa en su edición original), el escritor portugués asegura que Herbert Quain –que según escribió Borges en su cuento “El jardín de los senderos que se bifurcan” murió en la ciudad de Roscommon y fue autor de varios libros, entre ellos The God of the Labyrinth– existió en la realidad.

Si bien no existen huellas digitales, cartas o fotos del protagonista del relato, Saramago concluye que “a fines de 1935, es decir, dos años después de la publicación de The God of the Labyrinth, un ejemplar de este libro, al menos un ejemplar, formaba parte de la biblioteca de una nave inglesa llamada Highland Brigada”.

“Lo tomó en préstamo –agrega– un poeta portugués, Ricardo Reis, embarcado en Río de Janeiro, y de quien curiosamente, durante muchos años, se dijo también que no había existido”. Reis es, a su vez, uno de los más conocidos heterónimos del poeta portugués Fernando Pessoa, y protagonista del libro de Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis.

“No es necesario haber estudiado lógica intuicionista –dice el autor de Memorial del convento– para comprender que dos proposiciones contradictorias no pueden ser, ambas, falsas. “¿Cómo se aplica esto a Ricardo Reis y Herbert Quain? Aceptando, aunque con un recurso a la paradoja, que si uno de ellos es auténtico, puede serlo también el otro”.

El escritor sostiene que la “prueba” que encontró acerca de la vida de Quain radica en la “existencia material del libro” y explica: “Cuando desembarcó en Lisboa, el poeta Ricardo Reis, por olvido, no devuelve The God of the Labyrinth a la biblioteca (...). Digamos entonces que la existencia material del libro está demostrada por el hecho de que, en primer lugar, Ricardo Reis lo encontró y, en segundo lugar, lo lleva consigo al hotel”.

Finalmente, el escritor portugués se “asombra mucho de que Borges no haya escrito, por ejemplo, El año de la muerte de Ricardo Reis”, es decir, su propia obra. Y concluye: “Si Borges fue capaz de convertirse en Pierre Ménard y Herbert Quain, está claro que para él hubiera sido un juego de niños dar vida a Ricardo Reis. Tal vez no lo hizo justamente porque no era tan fácil”.

El texto de Saramago publicado por el Corriere della Sera pertenece a una serie de conferencias durante un convenio internacional sobre Borges, realizado por la Universidad de Bérgamo, reunidas en el volumen Reencuentros con Borges. Per speculum in oenigmate, a cargo de Fabio Rodríguez Amaya.

Fuente: Télam
23.05.2007