sábado, 10 de septiembre de 2022

Sale de su letargo el manuscrito de la novela que Borges nunca escribió

  

Un texto que el autor argentino “abandonó” se exhibe al público por primera vez en América Latina y fuera del ámbito académico; se trata de “Los Rivero”, de 1950, conocido en una edición de lujo sesenta años después

 

27 de agosto de 2022

Gisela Antonuccio

PARA LA NACION

 

Detalle del texto de puño y letra de Borges, escrito sobre un cuaderno escolar; el manuscrito de "Los Rivero", adquirido por la Universidad de Texas, se exhibe por primera vez al público en México

 

Ciudad de México.- El olvido llegó mucho antes, hacia 1950. Jorge Luis Borges trabajaba en Los Rivero cuando acaso lo asaltó el miedo. Llevaba una vida escapando al género de la novela. Ahora, tal vez, se había acercado peligrosamente a ella.

 

El “padre de todos los cuentos” vislumbró que ese relato de caligrafía imposible exponía los signos de una flaqueza. Aturdido por la señal, dejó el manuscrito. Así lo conjeturó el catedrático Julio Ortega, de Brown University, al identificar en 1999 el texto en el Harry Ransom Center de la Universidad de Texas, Austin. Borges quizás abandonó ese texto “porque el relato le exigía una extensión mayor de lo que él hubiera querido”.

 

Durante cuatro décadas el texto habitó los márgenes del sueño, donde las ruinas de la memoria consiguen a veces aplastar algunos horrores. Tras su hallazgo, María Kodama, viuda del escritor, había expresado de manera tajante: “Jamás Borges intentó escribir una novela. Ni en pesadillas”.

 

Entonces el texto regresó al destierro, que duró otra década. Pero en 2010 apareció en una edición de lujo, con patrocinio de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, con sede en Buenos Aires, que preside Kodama. Y llegó luego otra década de olvido hasta que el manuscrito despertó de su letargo hace algunas semanas: de forma parcial, se exhibe por primera vez en América Latina, en el Museo de Arte Moderno de Ciudad de México. LA NACION consultó a Kodama por el posible derrotero de este manuscrito hasta el Ransom Center, institución que cedió ahora a préstamo su primera página para la muestra. Tras un breve silencio, la albacea concluyó: “No lo recuerdo. Hay tantos manuscritos”.

 

Borges y García Márquez: un diálogo inesperado

 

La primera página del manuscrito de Los Rivero se puede ver hasta octubre en la exposición Gabriel García Márquez: La creación de un escritor global, con curaduría del investigador y académico español Álvaro Santana-Acuña, que reúne el archivo personal de Gabo. Durante la pandemia este conjuntó se mostró en Texas y esta es la primera vez que sale de allí. El texto en cuestión lleva el nombre de Jorge Luis Borges anotado por su madre Leonor en el margen superior. La caligrafía diminuta y apretada en hoja de cuaderno escolar está exhibida a pasos de la reproducción de “La casa de los Buendía”, escrito por Gabo también en 1950. Aquel fue el germen de Cien años de soledad.

 

Santana-Acuña explica a LA NACION el porqué de ese diálogo curatorial. “Pudo haber sido su novela. Las características de la historia nos inclinan a pensar que podía ser algo más que un cuento”, dice, a sabiendas de que Borges desdeñaba de la novela. En los ‘50 “era un escritor que todavía no tenía su obra completa: ¿Pudo haber sido una novela corta? Lo que sí parece es que no iba a tener la estructura de un cuento”, continúa, sorprendido por el patrón de semejanzas entre ambos manuscritos. “Es muy interesante ver las conexiones que tanto Borges como García Márquez tienen en mente: una saga familiar”. Borges con el coronel Rivero, García Márquez con el coronel Buendía. Continúa: “Ambas familias tienen un pasado militar y nostalgia por un tiempo. También por una historia que les ha dejado de lado.

 

Cuando el coronel Buendía pierde todas las batallas, no se le reconoce lo que él hizo por Colombia. En el caso del coronel Rivero, también la familia guarda una lanza como reliquia del acto heroico que hizo Rivero en Venezuela, que permitió liberar una buena parte del territorio. Entonces, está también esa idea de escribir la historia desde el punto de vista de los vencidos, aquellos derrotados o que acabaron ignorados por la memoria histórica”.

 

La descripción de las casas es otro punto en común. “El Nobel de Literatura describe el interior de la casa y la degradación como el polvo de la historia sobre las cosas. También Borges describe en el manuscrito el interior de la casa donde están las reliquias, casi como de otro tiempo”, agrega. Santana-Acuña remarca la adquisición legítima y de buena fe del manuscrito por parte del Ransom Center. Por ello, cree, se trata de un texto que “Kodama nunca reclamó”.

El académico eligió dos “escoltas” para acompañar a Los Rivero detrás de esa vitrina, El Quijote, de Miguel de Cervantes (“que Borges idolatraba”), y Las mil y una noches, “dos referentes que también lo son para García Márquez. Por eso están aquí”.

 

Maestría para borrar huellas

 

“Es cierto que es poderosa la influencia de Borges en Gabo, así como la admiración de éste por aquél. Pero Gabo es un maestro en borrar huellas; no caiga usted en la trampa”, advierte Julio Ortega en un cruce de correos con LA NACION. Borges y el Nobel, “en efecto, nunca se conocieron. Aunque Borges supo de Cien años de soledad. Cuando le pregunté por esa novela, me respondió: ‘Me dicen que es una novela que dura cien años’”. Gabo, en cambio -recuerda el catedrático-, “era fanático de Borges; se sabía párrafos enteros”.

 

Ortega escribió La Comedia Literaria. Memoria Global de la Literatura Latinoamericana (Universidad Católica del Perú y Cátedra Alfonso Reyes del TEC de Monterrey, 2019), libro fundamental sobre la efervescencia de las letras del siglo XX en la región, nutrida por su gran amistad con los autores del boom, como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Manuel Puig, Margo Glantz, Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo o Julio Cortázar. LA NACION lo invitó a reconstruir el tiempo en que identificó Los Rivero. Elegante, prefirió las añoranzas (“no tiene ningún mérito que yo haya tenido acceso a textos inéditos y fragmentarios de Borges”). Evocó, “para resumir un tema extenso y complejo”, su edición crítica del manuscrito de “El Aleph”, en la Biblioteca Nacional de Madrid, “naturalmente con autorización de María”. A ambos los conoció cuando era profesor en Texas (“ella lo llevaba del brazo y él discurría feliz”). “Recuerdo cada página del manuscrito de ‘El Aleph’ -dice-, pero he olvidado el de Los Rivero. Me pareció incompleto. O sea, abandonado”.

 

Enigmas sin responder

 

Sobre Los Rivero, Ortega dijo años atrás: “Lo más probable es que este texto fuera a parar al Centro Ransom de manos de un amigo o traductor de Borges, o quizá lo vendiera uno de sus sobrinos a un anticuario y el Centro lo acabó comprando”.

 

El 7 de abril de 1999, el HRC de la Universidad de Texas anunció la adquisición de “la mayor colección de papeles” que pertenecieron a Jorge Luis Borges, considerándolo el “mayor escritor de América Latina del siglo XX”. El lote estaba formado por 400 piezas, que incluían cuatro libretas personales de notas, un manuscrito inédito de cuatro páginas, el primer borrador de Emma Zunz y cartas a los poetas Ricardo Molinari y Ulyses Petit de Murat. En el comunicado oficial no se menciona a qué entidad, coleccionista o particular le compraron el tesoro. Consultados por LA NACION, diferentes especialistas en la obra del escritor argentino tampoco supieron precisar cómo Los Rivero llegó al prestigioso centro de documentación de Estados Unidos.

 

Ortega firmó la nota introductoria de la edición limitada de Los Rivero, que Del Centro Editores presentó en mayo de 2010 en Madrid, en conmemoración del Bicentenario de la Revolución de Mayo. Está ilustrada por el artista argentino Carlos Alonso. Como toda edición de lujo -en este caso de cien ejemplares numerados, cubierta estampada a mano y estuche artesanal- pareció una obra capaz de hacer frente a toda amenaza de olvido. Desde mucho antes, sin embargo, el texto parece signado por un destino sobrenatural; resurge de tanto en tanto, como si lo hiciera para recordar el origen de su propio sueño.

 

 Además: ¿de qué trata Los Rivero?

 

El relato cuenta “el punto de vista de los descendientes de uno de los héroes de la Independencia argentina”, el coronel Rivero, “que luchó en varios frentes de Sudamérica”. El texto comienza así: Hacia 1905, la cancel de hierro forjado había cedido su lugar a una puerta de madera y cristales y bajo el llamador de bronce había un timbre eléctrico, ahora, pero en general la casa de los Rivero (...) correspondía con suficiente rigor al arquetipo de casa vieja del barrio Sur, y el espectro del coronel Clemente Rivero (que murió, desterrado, en Montevideo, dos meses antes del pronunciamiento de Urquiza) lo habría identificado sin mayor dificultad.

 

Fuente: La Nación

https://www.lanacion.com.ar/cultura/sale-de-su-letargo-el-manuscrito-de-la-novela-que-borges-nunca-escribio-nid27082022/

 

“Ser colombiano es un acto de fe”: cuando Jorge Luis Borges estuvo en Colombia

Juan Camilo Rincón es el autor de "Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia". (Diseño a partir de imágenes: Jesús Avilés/Infobae).
 

El escritor argentino, que habría cumplido 123 años esta semana, visitó el país andino en tres ocasiones. Existe un libro que habla sobre ello, escrito por el periodista colombiano Juan Camilo Rincón

 

Por Santiago Díaz Benavides

 

25 de Agosto de 2022

 

Cada 24 de agosto se conmemora el natalicio de Jorge Luis Borges, y además se celebra ‘El Día del Lector’ en varios países de habla hispana. El escritor argentino es una de las figuras más importantes de la literatura universal y con cada años que pasa, sus lectores aumentan y el estudio de sus obras se diversifica.

 

Borges es considerado como el responsable de abrir las puertas para toda una generación de escritores latinoamericanos que triunfó en Europa y el mundo entero. De hecho, no habríamos dado con Julio Cortázar si este no lo hubiese descubierto en primera instancia, si no le hubiese dado la oportunidad de publicar sus primeros relatos. Sin Borges no habría José Donoso, ni Ricardo Piglia, ni Alberto Mangel; no existiría Gabriel García Márquez, ni Mario Vargas Llosa. Por Borges existió un ‘Boom’ Latinoamericano, por Borges existe hoy como la conocemos la literatura de nuestro continente.

 

Su influencia es innegable. Marcó a toda una generación y aún hoy es leído como un referente, estudiado y debatido. No se ganó el Premio Nobel de Literatura porque la vida no lo quiso así, pero debió haberlo obtenido porque el autor de El hacedor es y será siempre una de las grandes voces de la literatura universal en toda su historia.

 

    Visitó Colombia en tres ocasiones. Lo hizo en 1963, en 1965 y en 1978. Conocía y admiraba los versos de José Asunción Silva y exaltaba la narrativa de Jorge Isaacs con su María (1867). Fue cercano a Juan Gustavo Cobo Borda y Álvaro Castaño Castillo, quien lo entrevistó en varias ocasiones. Mantuvo correspondencia con Jorge Gaitán Durán durante varios años y escribió uno de sus relatos pensando en un personaje colombiano.

 

No se tiene muy presente que fue declarado ciudadano meritorio por parte de la Alcaldía de Bogotá, en el año 1978, y que recibió las llaves de la ciudad. Hay muchas cosas que la gente no conoce, pero que el escritor y periodista bogotano Juan Camilo Rincón se ha dedicado a rememorar en su libro Ser colombiano es un acto de fe. Historia de Jorge Luis Borges y Colombia.

 

En este libro, el autor bogotano, que también ha escrito sobre Cortázar y las relaciones entre la literatura mexicana y la colombiana, le permite a los lectores acompañar a Borges durante su paso por Colombia, ir de la mano con él y vivir de cerca la época y la historia. El lector podrá encontrar en estas páginas un buen número de anécdotas y datos que develan el profundo cariño que Borges llegó a tomarle a nuestro país.

 

Al respecto de estos episodios, y en el marco de la conmemoración del natalicio del escritor argentino, Rincón conversó con Infobae y habló de lo que significó para Borges haber visitado Colombia en esos años.

 

— ¿Qué caracterizó las visitas de Borges al país?

 

— Es importante resaltar que la primera visita de Borges tuvo un interesante antecedente. El autor ya tenía a Colombia en su radar, pues en 1937 había publicado un artículo en la revista argentina El Hogar, titulado «Vindicación de la “María” de Jorge Isaacs». A esto se suma su relación con dos revistas colombianas, que desde la década del cincuenta venían publicando textos suyos: Cromos con “La escritura del dios” en 1954, y Mito con un texto de Pedro Gómez Valderrama, de 1957, sobre los seres imaginarios de Borges. A raíz de esto, el Comité de Dirección de la revista hizo algunas gestiones que desembocaron en esa primera visita en diciembre de 1963. Como abrebocas, Mito hizo un especial en el mes de noviembre sobre el autor, a quien además incluyó como integrante del Comité Patrocinador. El especial presentó reseñas sobre su obra hechas por intelectuales como Rafael Gutiérrez Girardot, Pedro Gómez Valderrama, Marta Mosquera y Hernando Téllez. Las visitas de Borges nacieron de invitaciones que le hicieron entidades públicas como secretarías de educación y alcaldías, e instituciones privadas como la revista Mito. Hizo recorridos por universidades, teatros, alcaldías, bibliotecas y emisoras de Bogotá, Cartagena, Barranquilla, Medellín y Cali, recitando sus textos y dando conferencias sobre sus temas favoritos: Lugones, la poesía gauchesca, la creación de lo fantástico. También hizo constantes referencias a su lectura y gusto por autores como José Eustasio Rivera, José Asunción Silva, Guillermo Valencia y León de Greiff.

 

— ¿Quién lo acompañó entonces?

 

— En las dos primeras visitas vino con su madre, Leonor Acevedo; en la tercera lo hizo acompañado por María Kodama. En las tres ocasiones fue recibido y acompañado por personalidades de la política y la cultura como Ramón de Zubiría; la artista colombo-uruguaya Martha Traba; la cantante mexicana Chavela Vargas; los fundadores de la HJCK, Álvaro Castaño y Gloria Valencia; Jorge Valencia Jaramillo; Hernando Durán Dussán; Gloria Zea, entonces directora de Colcultura; el poeta y ensayista Juan Gustavo Cobo Borda; Hernando Valencia Goelkel; Roberto Burgos Cantor; Félix Turbay; Gustavo Tatis Guerra, entre muchos otros.

Retrato de Jorge Luis Borges por Grete Stern. Wikimedia Commons

Retrato de Jorge Luis Borges por Grete Stern. Wikimedia Commons

 

— ¿Cuál fue la impresión que se llevó? Al final termina hablando sobre el país en uno de sus relatos

 

— Excepto por la anécdota de la discusión de Borges con un colombiano que se jactó al afirmar que el nuestro era el único país donde se hablaba el español de España, idea que el autor criticó, siempre tuvo una impresión muy positiva del país. Así se lo hizo saber a sus grandes amigos Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo cuando regresó a Buenos Aires después del primer viaje a Colombia: “Gente muy irónica y civilizada (...). Y no tienen la superstición nacional que se encuentra en el Uruguay y, según creo, en el Brasil. No, los colombianos son muy civilizados. Conocen el Martín Fierro; conocen a Lugones; a Güiraldes...”. En uno de sus poemas dijo: “Oh destino de Borges, / haber navegado por los diversos mares del mundo / o por el único y solitario mar de nombres diversos, / haber sido una parte de Edimburgo, de Zurich, de las dos Córdobas, de Colombia y de Texas” (El otro, el mismo, 1969). A Modesto Montecchia le dijo que Colombia era uno de los países más agradables que había conocido, pues su gente culta le parecía “realmente admirable. Yo pensé que podía ser fácilmente (si me admiten, claro está) amigo íntimo de muchos de ellos…”. También expresó su deseo de conocer a fondo la narrativa colombiana, “primero por su importancia y luego por el sentido amor que le tengo a este país”. También está el cuento “Ulrica” incluído en El libro de arena (1975), cuyo protagonista es un profesor colombiano, para quien tener esta nacionalidad “es un acto de fe”. Estos son solo algunos ejemplos del afecto que profesó por el país en numerosas ocasiones.

 

— ¿Qué significó su presencia en esos años?

 

— Sus visitas fueron de enorme importancia para la cultura y la literatura del país, pues aunque en la de 1963, por ejemplo, Borges no era tan conocido por el público colombiano en general, ya era ampliamente reconocido por los círculos culturales e intelectuales colombianos. Tanto, que la Universidad de los Andes le otorgó un doctorado honoris causa; la emisora HJCK lo invitó a grabar la lectura en voz alta de sus poemas; todos los medios registraron su visita, reseñaron y analizaron su obra, y lo entrevistaron para luego publicar extensos artículos; en 1977 el alcalde Bernardo Gaitán Mahecha expidió un decreto para otorgarle la Orden Civil al Mérito Ciudad de Bogotá; y en 1978, cuando por fin pudo venir a recibir el reconocimiento, se le dieron las llaves de Medellín, evento en el que, emocionado, dijo: “... estoy añorando esta tarde en que estoy con ustedes, en que me siento en tierra de Colombia; en donde me siento rodeado por la cóncava hospitalidad y generosidad de todos ustedes. Muchas gracias, digo esto a cada uno de ustedes, no a todos, a cada uno de ustedes, singularmente. No puedo hablar… Estoy muy conmovido...”.

 

— ¿Cómo se le leía entonces y cómo se le lee hoy? ¿Sigue vigente y con la misma fuerza?

 

— Se le sentía como el gran argentino universal, al que “… leyéndolo y releyéndolo, aprenderán a dar al cuento colombiano un rumbo más interesante que el del reservado costumbrismo que nos tiene todavía encadenados al siglo diecinueve, superficial y bonachón, racionalista y verboso (…). Creo que Borges es el cuentista más grande de América, puede redimirnos del caos” dijo en su momento Ebel Botero en el Magazín Dominical de El Espectador. Hoy sigue vigente, especialmente en su ensayística, su mirada literaria aguda y cáustica, su inteligente humor ácido pero, sobre todo, por su vasto conocimiento que nunca pierde fuerza. Se le lee como ese que rescató a los gauchos, los payadores y los cuchilleros, que reivindicó la traducción como enigma y, en fin, como el gran sabedor de la literatura universal.

 

Fuente: Infobae

https://www.infobae.com/leamos/2022/08/25/ser-colombiano-es-un-acto-de-fe-cuando-jorge-luis-borges-estuvo-en-colombia/

 

 

Daniel Balderston, tras los manuscritos y textos privados de Borges

             Foto: Diego Diaz

En "El método Borges" (Editorial Ampersand) y "Lo marginal es lo más bello. Borges en sus manuscritos" (Eudeba), sus dos últimos libros, el investigador estadounidense llevó adelante un trabajo de crítica genética con los originales del gran autor argentino.

 

28/08/2022

Por: María Eugenia Villalon

Una vez más, el crítico, docente e investigador norteamericano Daniel Balderston estuvo en Buenos Aires para hablar del tema que lo atrapó hace más de cuatro décadas: la escritura de Borges. 

 

Como director del Borges Center y la revista Variaciones Borges de la Universidad de Pittsburgh, llevó adelante un trabajo de crítica genética con los manuscritos de este célebre autor que nunca aprendió a escribir a máquina.

 

El resultado es lo que considera el trabajo más importante de su carrera. Se trata del análisis de los principales manuscritos borgeanos reunidos en El método Borges, que publicó en nuestro país la editorial Ampersand, y su continuación, Lo marginal es lo más bello. Borges en sus manuscritos, recién publicado por Eudeba. Este último incluye cuadernos nuevos y es el producto del trabajo de un grupo de investigadores de varias partes del mundo que él coordinó.

 

-Según contás en El método Borges, sus manuscritos están bastante desperdigados. ¿Cómo es posible que al día de hoy el “archivo Borges” sea una tarea pendiente?

 

-Porque en vida de Borges los manuscritos se dispersaron, él no estaba demasiado interesado en conservar sus archivos, se deshacía de cosas. Pero también se nota en sus notas donde cuenta que regalaba sus manuscritos, muchas veces, a la gente a la que iban dedicados los textos. No me voy a meter en cuestiones de política patrimonial, pero sí podría decir que ha habido cosas que han llegado a venderse en las últimas décadas, cuando ya era una celebridad. Y el problema ahí es el valor. El manuscrito de un texto muy menor, desconocido, “Cuentos del Turkestán”, se vendió recientemente en París en una subasta por 10.000 euros. Entonces, cuando sus textos mayores pueden venderse por cientos de miles de dólares, hacer una recolección de las cosas que vayan apareciendo en el mercado es una tarea que sobrepasa las posibilidades individuales o colectivas.

 

-¿Qué pasó con los manuscritos de El tamaño de mi esperanza y de Inquisiciones, los libros de los que se arrepintió y que no incluyó en sus Obras completas?

 

-Sobreviven distintas versiones de parte de estos libros. El manuscrito de “La nadería de la personalidad” está en la biblioteca de mi universidad y otros textos de esta época están en manos de coleccionistas particulares. En el libro analizo dos manuscritos muy interesantes de principios de los años ‘20, “Judería” y “Trincheras” que él guardó y fue corrigiendo e incluso, poniéndoles fechas adicionales a esos poemas, cuando le cambia el nombre “Judería” por “Judengasse” en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, con plena conciencia de lo que estaba pasando. Es decir, en algunos casos él mismo guardaba y retocaba sus textos y esos materiales son absolutamente fascinantes.

 

-Fue un descubrimiento para mí enterarme de la existencia de Pierre Menard y que además fuera el autor de un libro de grafología. Me pareció que era algo en lo que había que detenerse.

 

-Existió y era un médico que había publicado artículos en revistas surrealistas sobre temas muy diversos, que quería aplicar el método grafológico al psicoanálisis y estuvo en contacto con Freud en Viena. Todo un personaje.

 

-A partir de los manuscritos en los que trabajaste, escritos en imprenta y con esa letra minúscula, en cuadernos escolares, ¿qué dice su caligrafía de su literatura?

 

-Lo primero que se puede ver en esos manuscritos es algo que planteó el crítico argentino Norman Di Giovanni. Él dijo que lo que se ve en esa letra de imprenta es la falta de escolaridad en el sistema educativo argentino ya que pasó su infancia y adolescencia en Ginebra, donde nunca se recibió de bachiller. Y en el sistema escolar es muy importante la letra cursiva. Creo que Borges se fue encerrando en su propio proceso de escritura, que esa letra microscópica solo servía para él mismo. Esos primeros borradores son, obviamente, para él. Los segundos borradores, pasados en limpio, están en una letra más grande, legible y con menos alternativas, es decir, que las segundas o terceras versiones se escribieron ya para llevar a la redacción de un diario o una revista. Los primeros borradores con múltiples opciones son característicos de sus borradores iniciales.

 

-Esta elección deliberada por la manuscritura, ¿tiene que ver con su modo de pensar, de elaborar sus textos de modo espacial, sin plan, sin esquemas?

 

-Él dice que la literatura consiste en borradores, que no hay texto definitivo. Entonces, las características que vamos viendo en sus cuadernos son consistentes con esa idea. La descripción de los cuadernos de Pierre Menard, con su “letra de insecto, papel cuadriculado y peculiares símbolos geométricos”, nos habla de sus propios textos, caóticos y enmarañados.

 

-El análisis de su forma de composición nos muestra que la obra de Borges es una obra abierta, en proceso, ya desde los inicios. ¿Borges se adelantó 30 años a las formulaciones de Barthes, del posestructuralismo?

 

-Yo diría que solo escribió un libro como tal, que es Evaristo Carriego. Todo lo demás son misceláneas, fragmentos que se retoman, reaparecen más tarde. Aún los libros iniciales son menos homogéneos de lo que declaran ser. Y sí, se adelantó incluso a la intertextualidad, que es un concepto que Kristeva saca de Bajtín, que lo estaba planteando en la Unión Soviética pero, obviamente, no había ningún contacto entre ellos. Es un teórico de vanguardia y un escritor muy radical, por cierto. No es un escritor que se aferre a las expectativas genéricas. Pensemos en lo que hace con el cuento policial. El escribe mucho sobre las leyes del género. En “Los laberintos policiales y Chesterton” dice: las seis reglas del policial son éstas y después las viola todas, como en “El jardín de senderos que se bifurcan”, “Emma Zunz”, “La muerte y la brújula”, “La forma de la espada” y antes en “Hombre de la esquina rosada”. El único cuento policial clásico es “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”, donde los detectives amateurs, después del crimen, lo reconstruyen proponiendo dos hipótesis.

 

-Siguiendo con su anacronismo: ¿Borges fue el primer crítico de Kafka?

 

-Bueno, llegó a ver los textos de Kafka publicados en revistas alemanas en los años 16, 17 y 18. Su relación con el universo Kafka ya se nota en sus textos de los 20, cuando Kafka vivía pero todavía no era Kafka.

 

-Otro de los lugares donde escribía eran los libros de su biblioteca. ¿La biblioteca personal, más que soporte bibliográfico era una extensión de su obra?

 

-Hay excesivas bibliotecas en Borges, hay libros que le prestan, otros que regala, hay anotaciones de él en libros de sus amigos. Y sí, esas notas escritas en los libros tienen mucho que ver con las fichas bibliográficas de los cuadernos que venimos estudiando en los últimos dos años con un equipo de Mar del Plata y varios investigadores de todas partes del mundo, pero no tenemos acceso a la totalidad de los cuadernos ni de los libros anotados.

 

-Pensando en su disputa con el nacionalismo y su postulación de la literatura como libre juego de la imaginación, ¿Borges tuvo continuadores?

 

-Nacionalismo cultural hay mucho en la obra de él hasta cierto punto. Sin duda, cuando habla de eso en “El escritor argentino y la tradición” en 1951, lo que hay es una autocrítica de sus posiciones de décadas anteriores. Él es muy consciente de haber contribuido a ciertas ideas alrededor de lo nacional, con el culto a lo criollo y se muestra arrepentido de ciertas posiciones. Cuando habla ahí de “La muerte y la brújula” como un mejor acercamiento a la ciudad de Buenos Aires de los años ‘20, queda muy claro que estaba haciendo una autocrítica personal, pero también podemos decir, una crítica que tenía que ver con la coyuntura del peronismo. En “El fin”, el cuento donde hace mucha investigación sobre el Martín Fierro y la pulpería, uno de los textos consultados es una novela de Enrique Amorim, de donde saca la palabra “catre”, una referencia muy específica de la concepción por parte de los pulperos con mujeres de la zona, de hijos bastardos. Pero también está contando un diálogo entre Fierro y Moreno en relación a un diálogo de las sagas islandesas que había citado extensamente en Antiguas literaturas germánicas, escrito con Delia Ingenieros en 1951. O sea que está escribiendo un final posible para la vida Martín Fierro desde las técnicas narrativas de la saga islandesa.

 

-¿De quién fue el error en la cita sobre la ausencia de camellos en el Corán, de Gibbon o de Borges?

 

-Gibbon, en Decadencia y caída del Imperio Romano, en el tomo quinto, dice que Mahoma prefería la leche de vaca a la leche de camella pero no dice que no hay camellos en el Corán y Borges, brillantemente, inventa eso. Es un error, porque muchos, después, han encontrado camellos en el Corán pero, ese salto imaginativo es una referencia muy específica que él saca de contexto para su propio uso. Es una idea brillante, aunque no sea exacta, la ausencia del color local para crear un texto que tiene que ver con las circunstancias de su producción.

 

-¿Existe algún escritor en el mundo con una obra importante, con ese nivel de erudición?

 

-Fernando Pessoa, aunque un poco a la inversa. Porque Borges publica sus textos al poco tiempo de haberlos escrito, en cambio Pessoa no publica la mayor parte de su obra en vida.

 

Borges en su laberinto escrito a mano

 

La historia de los manuscritos de Borges parece salida de un cuento borgeano. En ellos abundan descripciones de manuscritos que son una descripción de los suyos propios, en un juego de espejos que no hace más que replicar, en su forma, la idea de infinito. Algo que se puede comprobar en el manuscrito de “El jardín de senderos que se bifurcan” al que le faltan dos páginas, como ocurre con el escrito por Yu Tsun, el protagonista del cuento.

 

Y este trabajo permite ver el origen de las citas y alusiones de gran parte de la obra de Borges, echando por tierra la teoría que sostenía que lo suyo era pura erudición inventada y exhibiendo el uso estratégico que hacía de las citas.

 

Pero también permite ver el proceso compositivo de Borges: un armado de red de citas de su propia obra, de lecturas, de fuentes (los rastros que deja en sus trabajos) y de variantes que le dan cohesión a una obra hecha de fragmentos. Borges publicó más de 2.700 textos que no eran otra cosa que fragmentos provisorios de un todo, ya que la reescritura incesante, para él, era el texto ideal.

 

Una escritura sin esquemas, en progreso, que se iba armando a medida que se sumaban las variantes para crear, como la define Balderston, una escritura de la incertidumbre.

 

Fuente: Tiempo Argentino

https://www.tiempoar.com.ar/cultura/daniel-balderston-tras-los-manuscritos-y-textos-privados-de-borges/

 

domingo, 28 de agosto de 2022

La aguda estrategia de Borges para escapar de su destino de escritor marginal

El crítico argentino Julio Premat publicó “Borges: la reinvención de la literatura”. Asegura que el autor de “El Aleph” se proclamó heredero de la literatura universal como si se adelantara a la globalización.

 

Por Daniel Mecca

24 de Agosto de 2022

 

La conversación por whatsapp dura dos días. Julio Premat (1958) responde desde París, donde vive desde 1976 —”¿te suena esa fecha?”, escribe— y donde enseña literatura hispanoamericana en la Université París 8. Nos reúne la publicación de su nuevo libro, Borges: la reinvención de la literatura (Paidós, 2022), un muy lúcido ensayo sobre el autor de Ficciones, de cuyo nacimiento se cumplen este miércoles 123 años. El aniversario es, a la vez, el motivo por el que cada 24 de agosto se celebra en la Argentina el Día del Lector.

 

“Me di el gusto de poder escribir ‘mi’ Borges, que es lo que todo crítico especialista de literatura argentina sueña con hacer (…). Simbólicamente, publicar un libro sobre Borges es una especie de jalón”, dice Premat en diálogo con Infobae Leamos. Originalmente, en una versión abreviada, el libro fue una presentación sobre Borges para el público francés y estadounidense (se publicó ya en inglés y en francés). Ahora, para la versión castellana, amplió el conjunto. La borgeó.

 

“Tengo que salir, o sea que no podré contestarte durante un par de horas. Genial el intercambio, por suerte no soy yo el que tiene que escribir un artículo a partir de esto”, bromeará en un momento Julio Premat, miembro senior del Institut Universitaire de France. Porque de esto se trata: de un intercambio, de una conversación bifurcada, sobre cómo se lee a Borges en Francia; sobre Borges, Julio Cortázar y el lugar de París en la literatura nacional; cómo enseñar Borges a los jóvenes; Borges, Aira y la vanguardia; con qué cuentos empezar a leer a Borges; o bien un diálogo sobre el Borges mesiánico, el que iba por todo. Y sí, ahí vamos.

 

—En 1936, Borges publica “Historia de la eternidad” que, como señalás en el libro, marca una cifra de aquel “mesianismo” del escritor. Escribís: “Imagínense: un joven argentino se dispone, nada menos, que a escribir una historia de la eternidad”. ¿Cómo se articula aquel Borges con el de su etapa consagratoria, quien pedía que lo olvidaran, a él y a su literatura? ¿Será ese intento de desaparición del yo (“quiero el olvido” como programa) el contrapunto necesario para volverse clásico y, por tanto, reafirmar ese mesianismo fundador en él?

 

—Algo de eso hay. De hecho, resulta contraintuitivo hablar del mesianismo de Borges, porque tenemos todos en mente los gestos, las teorizaciones, las sentencias, que profieren la anulación del yo y la “nadería de la personalidad”. Y sin embargo, los gestos de ambición totalizadora y mesiánica son espectaculares (hacer una historia de la eternidad, fundar Buenos Aires, inventar un mundo diferente al nuestro, entero, etc.). Puede considerarse todo esto como una simple ambivalencia (exceso de modestia simétrico al exceso de ambición). Pienso, sin embargo, que se trata más bien de un dispositivo, de querer lograr ser un gran escritor y ocupar un lugar central a partir de la reescritura, la lectura, la modestia. Es decir, algo del tipo del pensamiento paradójico como forma de afirmar (una cosa y la otra al mismo tiempo), lo que es una característica de lo que puede hacer la literatura. Es decir, ser original proponiendo reescrituras de lo ya escrito, fundar mundos desde la modestia programática. Y, como decís, ser un clásico desde una petición de olvido.

 

—Esta marca que mencionás -la retórica construida del Borges modesto- parece acompañada por la imagen visual del Borges ya viejo, con la vista curva y el bastón. En cambio, no suele circular la imagen del Borges de la juventud, mesiánico y polemista. Da la impresión de que hay una maniobra de Borges en esto, pero me pregunto si también “la industria borgeana” no gestiona y reafirma esa imagen del Borges fuera del tiempo como estrategia industrial literaria.

 

—Sin lugar a dudas en la construcción de esa imagen hay un intercambio entre Borges y lo que poco a poco se fue definiendo como una “industria borgeana”, que siguió funcionando sola después de su muerte. Borges inventó una manera de ser gran escritor, opuesta a la que intentó (Leopoldo) Lugones y logró Victor Hugo, que se corresponde con una expectativa, con un lugar inteligible para las sociedades contemporáneas: una necesidad de sabiduría, de erudición, que no pasa por el alarde heroico sino por la duda, el interrogante, la desconfianza ante las categorías rígidas (como el nacionalismo). Todo eso lo encarnó con fuerza en su vejez, también como manera de ocultar los arranques subversivos de su juventud, aunque la mirada iconoclasta sobre el mundo siguió vigente, de alguna manera, después. A Borges se le hacían preguntas sobre todo, como si en él residiera la posibilidad de atribuirle un sentido y un valor a cualquier cosa, y no sólo a la literatura. Dicho esto, hay matices según los países: en Argentina ocupó el lugar, ansiosamente esperado, del Gran Escritor, y al hacerlo marcó duraderamente la literatura en ese país, que es mucho más especulativa y filosófica que la de otras naciones latinoamericanas. En cambio, en Europa o en Estados Unidos, la dimensión innovadora fue siempre más visible: se lo utilizó para darle legitimidad a las revoluciones teóricas de los sesenta en Francia o para imaginarlo como un precursor de internet y la literatura del copiar-pegar que postulan algunos vanguardistas actuales norteamericanos.

 

—De hecho, en las primeras páginas del libro observás que “a Borges se lo lee como a un clásico” y citás la categoría que el propio Borges señala de los clásicos, la de “misteriosa lealtad”. Y asociaba este último término a lo mesiánico y a la imagen “religiosa” que hay sobre Borges en Argentina, como si fuera una estampita. ¿Ves esta mirada religiosa sobre el autor, ligada a ese imaginario de “inaccesible” o “difícil”?

 

—En todo caso, es interesante el valor agregado que produce una imagen social. Borges es difícil (por eso es muy lindo enseñarlo, porque los estudiantes poco a poco van entendiendo), pero se lo respeta igual, su valor no se discute: leer a Borges trae cierto capital social, te sitúa de alguna manera en una jerarquía. De allí la “misteriosa lealtad”, que él mismo quiso suscitar, pero sin engañarse sobre las categorías. No es un valor absoluto, ahistórico y eterno, sino circunstancial. Él mismo criticó de manera velada a algunos clásicos, como Shakespeare o Cervantes, y frontal a otros, como Goethe o Gracián. Pero, al mismo tiempo, es un escritor que ha podido “resistir” a varios cambios de modas y a varios protocolos de lectura. Cambia su sentido cuando cambia la época, pero sigue activo, mientras que otros “grandes” latinoamericanos han envejecido estruendosamente (pienso en Carlos Fuentes o en Mario Vargas Llosa).

 

—Un paréntesis: ¿cómo creés que envejeció Julio Cortázar -otro escritor del podio nacional- frente a un Borges que se lee cada vez más como clásico?

 

—Me leés los pensamientos, porque cuando hice “click” para mandar el mensaje pensé que debería haber mencionado a Cortázar. Muy evidentemente, Cortázar es uno de los mejores escritores argentinos, pero hay una vertiente de su obra (la existencialista y comprometida) que se ha vuelto mucho menos interesante con el tiempo, porque se ve en ella un acercamiento digamos adolescente e ingenuo. Pienso en Rayuela, en el Libro de Manuel, por ejemplo. Pero es también un buen ejemplo de una literatura “difícil” (sobre todo Rayuela) que apasionó a los lectores por ciertos valores agregados de rebeldía, juego y juvenilismo. Y a pesar de la escasa influencia que tuvo en la literatura argentina posterior, los lectores siguen siéndole fieles: Cortázar es el escritor amigo, cómplice. Sus cuentos, o muchos de ellos, siguen siendo muy eficaces, creo.

 

—Si Cortázar es el escritor “amigo, cómplice”, ¿qué sería Borges ante los lectores?

 

—El escritor inteligente, el que nos hace sentir inteligentes y cultos, e incluso, para volver a lo de antes, de sentirnos a todos nosotros, los argentinos, inteligentes y cultos. Esa imagen compensa o contradice otras, claro.

 

—Justamente en el libro hacés hincapié en Borges como un inventor y transformador del pasado (“Una narración cronológica sobre Borges sería entonces un despropósito”, marcás). Quizás Cortázar quedó demasiado asociado al siglo XX, sea por la imagen del escritor comprometido, por el jazz en sus textos o su dadaísmo y Borges -al manipular el pasado-, a todos los tiempos.

 

—Sí, claro, y a pesar de las referencias surrealistas de Cortázar, Borges es mucho más ambiguo, resiste mucho más a interpretaciones cerradas. Cortázar se inscribe muy fuertemente en los sesenta, tanto latinoamericanos como europeos (desde Cuba a mayo del 68), mientras que Borges toma distancia, sobre todo a partir de los cuarenta, y se inscribe de manera distanciada y paradójica en su presente: es actual, es argentino, pero desde la ambigüedad y el anacronismo. Aira dice, despectivamente, que el mejor Cortázar es un mal Borges: es injusto, pero cierto que lo mejor de Cortázar es lo inquietante, turbio y polisémico de sus primeros cuentos.

 

—Es como decir que no podrían existir cuentos de Cortázar como “Continuidad de los parques” sin la aparición primero del cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” (publicado en “Ficciones”), lo cual también es engañoso porque Borges toma a su vez esas ideas, por ejemplo, de Lewis Carroll.

 

—Sí, por supuesto, pero la operación de Cortázar con la literatura fantástica es mucho más fuerte y tradicional: actualiza, traslada, traduce, los grandes textos y temas de lo fantástico europeo. Mientras que, además de ciertos préstamos temáticos (como el tema del doble o de la imaginación que transforma lo real), Borges hace un uso más distanciado de la irrupción de lo insólito que implica lo fantástico: ante todo, la presentación de un razonamiento lógico, basado en discursos prestigiosos como la ciencia, la filosofía, la historia, para introducir allí lo impensable, lo desbaratador. En vez de volver un muerto o de aparecer un doble, en Borges se destruye el sistema mismo de comprensión del mundo que cimienta nuestra percepción cotidiana.

 

—Dedicás páginas a analizar el cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, que es un escritor francés imaginario pero no parisino, lo cual es todo un hecho programático que Borges le dé el estatuto de “reiventar la literatura” (haciendo juego con el título de tu libro) a un escritor de los márgenes. Borges crea su literatura enciclopédica desde un país como Argentina, como si también se reformulara el gran debate del siglo XIX de la identidad nacional tras la independencia de España.

 

—Borges era totalmente ajeno al esnobismo por París (aunque no ajeno a todo esnobismo) y mantuvo una relación ambivalente con la literatura francesa. Evidentemente, inventar a un escritor francés de las “orillas” es a su manera un gesto irrespetuoso. El tema de la “identidad” que mencionás es, en él, fundamental. Considera que la única manera de no ser un escritor con “identidad” argentina, y por lo tanto menor o periférico, es reivindicar, como lo hace, una herencia universal, adelantándose a la globalización actual. Pero la definición de la tradición argentina como heredera de la tradición universal no es un cosmopolitismo trasnochado (como la de algunos escritores decimonónicos argentinos), sino una manera de insertar Argentina al lado, si no en el centro, de las más nobles tradiciones occidentales. Desdeña el debate de la identidad para propugnar una libertad, que es la libertad de estar a la altura de los grandes escritores europeos o estadounidenses.

 

— En ese sentido, ¿”Pierre Menard…” podría leerse -entre las muchas lecturas que hay del cuento- como una cifra no solo de la literatura de Borges, sino un planteo programático de hacer universal la literatura nacional?

 

—Totalmente. Lo de Borges no es redefinir lo argentino para confrontarse a lo universal, sino operar con lo universal para darle un lugar a lo argentino. Por eso los tan curiosos cuentos que mezclan la tradición gauchesca o el espacio pampeano decimonónico con problemáticas y personajes salidos de las más grandes tradiciones europeas (“Funes el memorioso”, por ejemplo, o “Historia del guerrero y la cautiva”). Hacer una especie de autorretrato paródico bajo la forma de un escritor menor francés que intenta reescribir el Quijote va, como lo sugerís, en ese sentido: redefine lo nacional incorporándolo a lo europeo.

 

—Comentabas que hay matices de cómo se lee a Borges según los países: ¿cómo se lo está leyendo ahora en París? ¿Notás cambios respecto a las primeras lecturas que se hicieron allí de él, tomando en cuenta que fue en Francia donde se hizo la primera gran traducción europea suya en 1951?

 

—Borges ha sido, de alguna manera, integrado a la percepción de la literatura que tienen los franceses (y hay pocos escritores en esa situación). Muchos escritores lo citan como referencias evidentes, o sea que forma parte del horizonte de escritura contemporánea aquí, y hay muchos lectores de él. La especulación también forma parte de la tradición francesa.

 

—En otro de los tramos del ensayo destacás “la modificación de su juventud (de Borges) para volverse compatible con el proyecto literario del escritor y con el relato”, sobre la base de elegir por ejemplo no reeditar ensayos de la juventud o bien modificar poemas. ¿Cuál sería a tu entender una buena forma de aproximar a Borges a las nuevas generaciones de lectores?

 

—Como siempre, y para cada generación, me parece importante bajar del pedestal y sacar del mármol a los grandes escritores que las instituciones tienden a fosilizar y de alguna medida a volver ilegibles, si leer implica una puesta en duda de certezas y una experiencia íntima de apropiación. Hay que ver al gran sabio enciclopédico como una construcción y acentuar la mirada original, iconoclasta, sobre el mundo que tuvo. Lo enseño a menudo a estudiantes franceses y funciona muy bien a condición de ritualizar el saber y la referencia erudita no como valores opresivos sino como juegos subversivos. Por eso me gustó la tapa que imaginó la gente de Paidós, con su leve ironía y su aspecto colorinche (casi psicodélico o queer).

 

—En 2021 publicaste “¿Qué será la vanguardia? Utopías y nostalgias en la literatura contemporánea”, editado por Beatriz Viterbo. ¿De qué manera Borges es vanguardia en esta literatura contemporánea? ¿Sigue siendo correcto hablar de vanguardia en Borges?

 

—Sin duda, varios aspectos de la obra de Borges tienen que ver con posturas vanguardistas: la idea de la polémica, la ambición fundadora, la irreverencia por las categorías establecidas, el interés por la forma que linda con el que se puede tener por el procedimiento. Su uso irrespetuoso del pasado coincide hoy con ciertas posiciones de autores que retoman ecos vanguardistas. Esos escritores tienden, por otro lado, a leer a Borges como vanguardista, por ejemplo Pablo Katchadjian y su célebre Aleph engordado.

 

—Pienso en Aira publicando más de 100 novelas y esquivo a las entrevistas y Borges, “el cuentista”, autor clásico sin novela, gestor de sí mismo en la comunicación masiva en los medios. Y, sin embargo, lo duchampiano está en Aira y Borges, produciendo ambos un programa conceptual. ¿Qué rastros de Borges encontrás en Aira?

 

—Me parece que las marcas borgeanas en Aira son muchas, a pesar de las diferencias, lo mismo sucede por otro lado con Borges/Saer (N. de la R.: Premat fue coordinador de Borradores inéditos, cuatro tomos de manuscritos de Juan José Saer). El primer texto escrito de Aira es una parodia del uso de la filosofía por Borges en el marco pampeano (Las ovejas). También, en sus comienzos, pasa por la escritura de un diccionario enciclopédico, obsesionado por la totalidad y el juicio (Diccionario de autores latinoamericanos), pero sobre todo es marcante, creo, la importancia de su figura de autor, entre modesto y dudoso, tanto como su concepción del sentido, el uso de la paradoja, el rechazo constante por el sentido unívoco, el gusto por la ambigüedad. Además de cierta atracción por lo que podríamos llamar, no muy rigurosamente, la literatura de imaginación, derivada de lo fantástico.

 

—Cerramos acá: ¿qué libro recomendás para empezar a leer a Borges?

 

—Más que el primer libro, de lo que se trataría es del primer texto, hasta tal punto cada cuento o cada ensayo es un mundo en sí mismo. La experiencia pedagógica me confirma que “Las ruinas circulares”, “El Sur”, “Tema del traidor y del héroe” de Ficciones, “Historia del guerrero y la cautiva” de El Aleph y “La muralla y los libros” de Otras inquisiciones funcionan bien. Otro consejo de lectura, pero ya en términos más exigentes, es alternar cuentos de Ficciones y El Aleph con los ensayos de Otras inquisiciones.

 

Quién es Julio Premat

 

Nació en Buenos Aires en 1958. Es doctor en Literatura por la Université de Paris III - Sorbonne Nouvelle y es catedrático de literatura hispanoamericana en París, donde vive desde 1976.

 

Dirige el grupo de investigación Literaturas Contemporáneas del Río de la Plata. Ha publicado ensayos sobre las obras de autores como Haroldo Conti, Antonio Di Benedetto, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti y Leopoldo Lugones, entre otros.

 

Es autor de La dicha de Saturno. Escritura y melancolía en la obra de Juan José Saer, Héroes sin atributos. Figuras de autor en la literatura argentina, Érase esta vez. Relatos de comienzo, ¿Qué será la vanguardia? Utopías y nostalgias en la literatura contemporánea y Borges: la reinvención de la literatura.

 

Fuente: Infobae

https://www.infobae.com/leamos/2022/08/24/la-aguda-estrategia-de-borges-para-escapar-de-su-destino-de-escritor-marginal/