domingo, 16 de septiembre de 2018

Borges y los bosones




Borges propuso varias teorías del todo. El universo puede ser, por ejemplo, un laberinto.

Por: Thierry Ways

Alguna vez, por algún motivo específico, quise conocer Ginebra. Pero, ahora que un azar me había traído hasta acá, no recordaba el motivo, ni siquiera el hecho de haberla querido conocer. Como tantas veces en la vida, cuando uno por fin obtiene lo que quería, ya no recuerda para qué lo quería o por qué.

Fue mi esposa quien, involuntariamente, hizo que lo recordara, al mencionar en una conversación que aquí está enterrado Borges. La tumba de Borges, en efecto: era eso lo que, hacía años, había querido visitar. Lo que había olvidado.

A la tumba de Borges se llega en tranvía y luego a través de un jardín de senderos que no se bifurcan, sino que son simétricos y rectilíneos, como corresponde a un camposanto suizo. La única bifurcación que existe en el Cimetière de Plainpalais es entre el más allá y el más acá.

Siguiendo por el sendero del más acá se llega al sitio donde descansa el escritor. Está marcado por una lápida de piedra tallada, en cuyo frente hay siete guerreros ancestrales con sus armas en alto y una inscripción en inglés antiguo, “…and ne forhtedon ná”, que en castellano significa: “…y que no temieran”. Es un verso de un viejo poema anglosajón. Si hemos de encarar la muerte, parece decirnos, que sea sin miedo, enarbolando las espadas.

Tal vez no haya mejor lugar para haber enterrado a Borges que cerca del sitio en donde, por medio de heroicos esfuerzos, se intenta explicar el universo. Él también quiso explicarlo.

 Al día siguiente fui a satisfacer una curiosidad más reciente: conocer la sede de la Organización Europea para la Investigación Nuclear, el Cern, por sus siglas en francés. Allí, científicos de todas las nacionalidades hurgan en las entrañas de la materia, valiéndose para ello del colisionador de partículas más grande del mundo: un aro de 27 km enterrado a cien metros bajo tierra en la frontera entre Francia y Suiza. Es la máquina más colosal jamás construida por la humanidad. Su propósito es estudiar las partículas elementales que componen el universo: quarks, neutrinos, bosones, electrones, etc. En 2012, el Cern halló una partícula que podría ser el ‘bosón de Higgs’, una pieza tan fundamental en nuestro modelo del cosmos que la prensa lo llamó (para horror de los físicos) ‘la partícula de Dios’.

 


Tal vez no haya mejor lugar para haber enterrado a Borges que cerca del sitio en donde, por medio de heroicos esfuerzos, se intenta explicar el universo. Él también quiso explicarlo. Pero, a diferencia de los físicos, que persiguen una escurridiza ‘teoría del todo’ que reduzca todo lo conocido a un conjunto de ecuaciones y constantes, Borges propuso no una, sino varias teorías del todo. El universo puede ser, por ejemplo, un laberinto. Una biblioteca. Un mapa. O, mi teoría preferida, una lotería.

Solo que, entonces, ni Borges agotaría el asunto, pues tendríamos que plantear, y explicar, un universo mayor aún, el universo que pudiera contener los universos de Borges. ¿Será ese el universo de los investigadores del Cern?

Alguna vez leí en un libro de física teórica cuyo nombre y autor he olvidado (también) que una de las cosas más desconcertantes de la física moderna es que parecería que Dios nos estuviera mamando gallo. Un teórico, por medio de ecuaciones impenetrables, postulaba la existencia –no, la necesidad– de alguna partícula exótica. Luego, años después, investigadores descubrían la susodicha partícula en un laboratorio. ¿Son así de clarividentes los teóricos? ¿O –como sugería el autor, entre la broma y el espanto– estará Dios jugando con nosotros, dejando que confirmemos con nuestros instrumentos cuanta teoría disparatada sale de nuestra imaginación?

Se me antoja que al maestro no le desagradaría encontrarse en el más allá con una deidad así, traviesa y sutil, dada a crear un cosmos de juguete y sembrado de sorpresas, como huevos de Pascua, para consolar a los hombres en su pequeñez. Quizá el universo sí sea borgesiano, después de todo.

Fuente: El Tiempo

Testimonio: Borges en la radio HJCK - Bogotá - Colombia - 1963





Te veremos volver, HJCK

El 15 de septiembre de 1950 se fundó la emisora HJCK. A pesar de que hace 13 años solo mantiene su señal en vivo a través de la web, una de las piedras angulares de la cultura en Colombia está por volver.

Por: Camila Builes

Las escaleras de madera rechinan. En vez de dos golpes secos se escuchan tres: dos pasos y el impacto de un bastón. Por las escaleras del edificio de la calle 17, en Bogotá, sube con dificultad Jorge Luis Borges, detrás de él, como un guardaespaldas, va Álvaro Castaño. Es 1963 y está a un mes de terminar, Castaño ha logrado que Borges recite en la HJCK. Borges, envuelto en la penumbra de su ceguera, no puede leer los versos escritos en el libro que acaban de ponerle en sus manos. Castaño le propone que recite Soneto a Buenos Aires, piensa que el argentino se lo sabe de memoria.

Casi nadie habla, al principio por la sorpresa de tener a Borges en la emisora y después porque en el aire flota una sensación de pena por el nerviosismo del escritor argentino. “No se preocupe”, se anima a decirle Castaño. Borges voltea su rostro hacia la voz y comienza a recitar el poema: “Y la ciudad, ahora, es como un plano / De mis humillaciones y fracasos; / Desde esa puerta he visto los ocasos / Y ante ese mármol he aguardado en vano”. Una tras otra, las palabras que salen de sus labios parecen arrebatar del cielo pedazos de luz y ponerlos en esa sala, el desasosiego que había en el estudio desaparece. Castaño sigue cauteloso la intervención para recordarle cualquier palabra, cualquier frase olvidada. Entonces pasa. Borges se calla de repente, aprieta el bastón con ambas manos y le da un golpecito a la mesa: olvidó la parte que seguía.

Castaño busca los ojos de Borges, pero solo encuentra una cabeza gacha, hace un esfuerzo inútil por acudir a su memoria y recordar el pasaje que sigue, pero él también lo ha olvidado. Sale corriendo de la cabina y llama a una de sus amigas adicta a la obra del argentino, una amiga que, como él, se jactaba de saber de memoria los poemas de Borges. Ella también lo ha olvidado. Parece un hechizo, piensa Castaño, y cuando cuelga el teléfono ve a Borges salir del estudio, bajar por las escaleras y desaparecer de la mano de su asistente. La grabación sigue rodando: se escuchan pasos alejándose, como caminando a un abismo y luego el silencio.

Solo bastó que Jorge Luis Borges dejara la emisora para que Castaño recordara: “Aquí la tarde cenicienta espera / El fruto que le debe la mañana; /Aquí mi sombra en la no menos vana/ Sombra final se perderá, ligera”.

Ese momento quedó grabado en el casete número 24. Uno de los tesoros mejor guardados por Álvaro Castaño, que inmortalizó a la emisora HJCK como una de las piedras angulares de la cultura en Colombia. El lugar que logró registrar las voces más importantes del siglo pasado, desde Baldomero Sanín Cano, hasta Cobo Borda. Desde Jorge Zalamea, hasta García Márquez. Desde José Emilio Pacheco, hasta María Mercedes Carranza.

Una aventura que comenzaron el 15 de septiembre de 1950 Eduardo Caballero Calderón, Hernando y Alfonso Martínez Rueda, Alfonso Peñaranda, Gonzalo Rueda Caro y Álvaro Castaño; y que, pese a todos los pronósticos, lograron mantener con vida durante medio siglo. El mismo Álvaro Castaño, que murió en 2016 con 96 años, recordaba cómo un publicista que contrataron para diseñar la imagen de la emisora intentó persuadirlos: “La publicidad es una cosa muy seria, es una etapa del proceso industrial; una técnica que requiere conocimientos en mercadeo, en investigación de la opinión pública, en análisis de medios. ¿Ustedes saben qué cosa es el mercadeo? ¿Saben qué es el survey?”. Castaño y sus compañeros entendían lo que el publicista decía, pero no les importó para nada la mercadotecnia. Si en ese entonces se hubieran dejado impresionar por el survey y el mercadeo, la HJCK no habría nacido siquiera.

Sin embargo, con el traslado vertiginoso de los medios a la web y una pérdida importante de patrocinadores, la HJCK no supo mantenerse en pie al comenzar el nuevo siglo. El 21 de noviembre de 2005, apoyado junto a la mesa de control de la cabina, Álvaro Castaño preguntó: “¿Salimos? ¿Ya estamos solo en Internet?”. Esa fue la despedida a 55 años al aire en la frecuencia 89.9 FM, la que fue la emisora cultural más importante y antigua del país daba un paso al lado y migraba todo su contenido al ciberespacio.

Durante 10 años, la HJCK sobrevivió en la web a través de sus archivos y nada, ni las vicisitudes de los primeros años, ni las incitaciones de los anunciadores que patrocinarían otro tipo de música, ni el desaliento de ver pasar los meses y los años convencieron a la familia Castaño de terminar con la marca, de silenciarla.

Luego de que en 2016 Caracol Televisión negociara con los Castaño la administración de esta frecuencia, donde ahora opera Blu Radio, la HJCK.com solo mantiene su señal en vivo de música clásica. Pero las cosas van a cambiar, más pronto que tarde. Hay una esperanza de ver volver a la HJCK, su imperio, su nombre y su fuego.


Fuente: Blu Radio
https://www.bluradio.com/cultura/te-veremos-volver-hjck-190573-ie412

Pourquoi un 7 x 7 à l’Hotel Matignon?




par Fernando Arrabal

Le mystère de Matignon?: L’hôtel de Matignon; mieux: l’hôtel Matignon, est situé 57 rue Varenne  Paris 75007 Depuis 1935 c’est la résidence officielle du chef du gouvernement français  ou Premier ministre. Hôtel particulier du XVIIIe siècle ayant appartenu à différentes familles et célébrités, avant d’être confisqué puis racheté par l’État français en 1922. Le ...

Le mystère de Matignon?:

L’hôtel de Matignon; mieux: l’hôtel Matignon, est situé 57 rue Varenne  Paris 75007

Depuis 1935 c’est la résidence officielle du chef du gouvernement français  ou Premier ministre.

Hôtel particulier du XVIIIe siècle ayant appartenu à différentes familles  et célébrités, avant d’être confisqué puis racheté par l’État français en 1922.

Le bâtiment comporte à l’arrière un parc de trois hectares. Dans le langage courant il est souvent désigné par « Matignon ».

Mais pourquoi un échiquier IMPOSSIBLE  de 7 x 7  cases (à la place du 8×8 orthodoxe)?

 « BORGES »…en français:

– Et à propos de mémoire dans votre récit « Pierre Ménard auteur du Quichotte » vous  (« JORGE LUIS BORGES ») citez comme faisant partie de l’oeuvre visible de cet écrivain «un article technique  sur la possibilité d’enrichir  les échecs en éliminant l’un des pions de la tour. Ménard propose, recommande, discute et finit par repousser cette innovation.   Imaginons la partie  sans le pion « a » (ou « h ») de  chacun des adversaires. Le premier coup serait : 1. TxTa8. Et le deuxième: les noirs  abandonnent! Qu’a-t-il voulu dire? Est-ce une énigme ou une erreur provoquée par   votre (sa) mémoire?
Je me suis aussitôt souvenu qu’en 1935 avec Bioy Casares  nous avions pensé écrire un roman à la première personne dont le narrateur se laisserait aller  à des contradictions qui  permettraient à un  très petit nombre de lecteurs de deviner une réalité  atroce ou banale.

BORGES …en espagnol:

– Y a propósito de memoria en su relato « Pierre Menard, autor de El Quijote » usted (« JORGE LUIS BORGES ») cita como pieza de la obra visible de este escritor « un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por rechazar esa innovación ». Imaginemos la partida sin el peón « a » (o « h ») de cada uno de los contendientes. La primera jugada sería: 1. TxTa8. Y la segunda: las negras abandonan! ¿Qué ha querido decir? ¿Es un enigma o un error provocado por su memoria?
Recordé en el acto que con Bioy Casares, en 1935 habíamos pensado escribir una novela  en primera persona cuyo narrador incurriera en contradicciones que permitirían a un reducidísimo número de lectores la adivinación de una realidad atroz o banal.

EL TRIUNFO DE UN ARRIBISTA
(Segundo y último relato inédito y apócrifo de Jorge Luis Borges escrito por  Fernando Arrabal)

En el colegio Calvino de Ginebra, donde estudié el bachillerato, comprendí que los fanatismos que más debemos temer son aquellos que pueden confundirse con la tolerancia. Durante aquellos cuatro años en los cuales viví a la luz de la hoguera que quemó vivo al médico Miguel Servet en 1553 sentí un aborrecimiento por Calvino, el verdugo, tan irracional como la pasión que concebí por su víctima, Servet. Setenta años después, pero aún con estelas de aquella dicotomía de adolescente en mi mente, conocí a la investigadora del Instituto, Sophie Kelly. Tenía escasamente 35 años; era flaca, pálida, indiferente, trémula y disciplinada. No se daba con nadie; pensaba que la Historia había seguido un proceso esencialmente fútil y que el mundo era un reflejo lateral y perdido de la célula que examinaba en su microscopio.

Georges Maréchal  era un triste compadrito desembarcado en el Instituto en 1960 sin más virtud que la infatuación de su arribismo. Nadie sin embargo le acusó nunca de soberbia ni de misantropía, y menos aún de locura, cuando, fiel a su maniaca voluntad de prosperar, le vieron en 20 años pasar de recadero a director, Que este advenedizo internado en los laberintos de la administración pudiera recibir el Premio Nobel parecía de antemano imposible. Toda su vida fue un fraude. No fue ni un traidor ni un parásito, sino un funcionario que sin haber pegado nunca su ojo a la lente de un microscopio se convirtió en un falso experto en biología.

 Cuando se supo que había aparecido un virus que destruía las células necesarias a la inmunidad del organismo humano, todos los institutos del mundo trataron, en mil y una noches secretas, de localizar aquel escondido agente más mortífero que la navaja o el combate contra el tigre.

 George Maréchal confió a Sophie Kelly la misión de hallar este virus. Intuyó en ella una indiferencia que parecía regida por el azar y que hacía de su investigación un insípido y laborioso juego en el cual el triunfo sólo sería una chispa surgida de un fuego fatuo.

La investigación biológica se hacía en un número indefinido y tal vez infinito de institutos diseminados por el mundo. Todos comunicaban entre sí por angostos sistemas de información concertados con una máquina cercada por una baranda en la cual se encontraba la memoria. Cada instituto disponía además de un horno que incineraba todos los desperdicios y que comunicaba con una alta chimenea, que algunos imaginaban tan solitaria en el paisaje como si les señalara el destino.

Hacía varios siglos el grupo de sabios y alquimistas (nombre con los cuales se conocía entonces a los investigadores) que formaban la Secta del Ardor afirmó que toda las formas de vida y de enfermedad se hallaban irremediablemente en las infinitas probetas que poblaban los laboratorios de los monasterios. Los sabios de la secta sabían que su trabajo era eterno y quizás atroz: pronto vieron que cuando encontraban la probeta capaz de combatir definitivamente una enfermedad, ésta era suplantada por otra peor. Previeron así el destino de la peste, el tifus, el cólera, la tuberculosis, el cáncer… Creían que Rueda Fortuna disponía de un laberinto de laberintos que abarcaba no sólo el presente y el pasado, sino el porvenir,y 7y7 y 24x24h. Aquellas creencias fueron olvidadas. No obstante, George Maréchal mandó quemar en el incinerador del Instituto todos los restos escritos de la secta por estimarlos pesimistas y disolventes.

George Maréchal  administraba su Instituto sin buscar la verdad y ni siquiera la verosimilitud; sólo quería triunfar. Juzgaba que el éxito social era una rama de la ciencia ficción y que los investigadores encerrados en sus laboratorios como Sophie Kelly  -con los que no tenía contacto apenas- buscaban infatigablemente sin saber que la Ciencia es la escritura que han creado los dioses menores para entenderse con los diablos.

Antes de que llegara al Instituto Sophie Kelly, unos investigadores inspirados por el surrealismo y Trotsky pero que paradójicamente se consideraban sucesores de la antigua Secta del Ardor afirmaron que el hombre había sido forjado por el azar y que todo cuerpo vivo, desde la célula del corazón hasta el bacilo de Koch, estaba formado por los mismos elementos (carbono, nitrógeno, oxígeno e hidrógeno) combinados infinitamente. También aseguraron que, desde el más microscópico virus hasta la célula humana, todo cuerpo disponía de su propia sabiduría. Esta sabiduría decían que estaba encerrada en un laberinto en forma de escalera de caracol. Escalera creada por infinitos peldaños cuya materia esta formada por cuatro únicas bases (A, T, C y G: ademina, tinina, citosina y guanina) perversamente repetidas. La singular manera con la cual cada ser vivo combinaba estas cuatro bases lo llamaron el código genético. Profesaron que no había dos códigos genéticos idénticos y arbitrariamente llamaron al conjunto gigantesco de todos los códigos genéticos conocidos el Repertorio.

La idea sorprendente de Sophie Kelly  para hallar el virus responsable de la epidemia fue la de abandonar la investigación pura y la observación microscópica a fin de consultar el Repertorio. A George Maréchal, que se oponía a este método, Sophie Kelly  le escribió que no había problema científico cuya elocuente solución no existiera en el Repertorio.

Abandonando su laboratorio de virología, Sophie Kelly , como una peregrina, salió a la búsqueda del código en el infinito Repertorio, sabiendo que el azar es más luminoso que la ciencia.

Fue en una noche iluminada por el resplandor de unos fuegos artificiales cuando Sophie Kelly  descubrió el virus en las páginas VAL del Repertorio. Cuando George Maréchal  se hubo asegurado que no había comunicado a nadie su descubrimiento, la estranguló y luego arrojó su cuerpo y sus notas (tras copiarlas) al incinerador del Instituto.

Un año después, un telegrama anunció a George Maréchal  que había ganado el Premio Nobel por su descubrimiento del virus. Tuvo la impresión de que le anunciaban que era otro. Y que quizás Sophie Kelly era de algún modo él mismo. Pero a aquella desaforada esperanza sucedió una depresión excesiva que detuvo su corazón.

El final de esta historia ya sólo es referible en parábola, puesto que sucede en el paraíso. Cabe afirmar que George Maréchal conversó con Dios, pero Éste tampoco se interesa en la ciencia que le tomó por Sophie Kelly. De la misma manera, cuatro siglos antes, para la insondable divinidad, Calvino (1) y Servet (el inquisidor y su víctima) formaban un solo ser.


1). Hace 32 años (en 2018) que se ocultó  Jorge Luis Borges ; sus restos reposan en el cementerio Plain Palais, de Ginebra, junto a los de Calvino. Se eligió el lugar a causa de un árbol.


LE TRIOMPHE  D’UN ARRIVISTE

 Deuxième (« et dernier »;  bien sûr) récit inédit et apocryphe de Jorge Luis Borges écrit par Fernando Arrabal.

 Au collège Calvin de Genève où j’ai étudié, j’ai compris que les fanatismes les plus à craindre sont ceux qui peuvent être confondus avec la tolérance. Durant ces quatre ans pendant lesquels j’ai vécu à la lueur des brasiers qui brûlèrent vif le médecin Michel Servet en 1553 j’ai éprouvé de la haine pour Calvin, le bourreau, aussi irrationnelle que la passion ressentie pour sa victime, Servet. Soixante-dix ans plus tard, mais encore dans le sillage de cette dichotomie d’adolescence dans mon esprit, j’ai connu la chercheuse  de l’Institut, Sophie Kelly Quentin. Elle avait à peine trente-cinq ans ; elle était maigre, pâle, indifférente, tremblante et disciplinée. Elle ne se livrait à personne ; elle pensait que l’Histoire avait suivi un processus essentiellement futile et que le monde était un reflet négligeable et perdu de la cellule qu’elle examinait au microscope.



Georges Maréchal  était un triste fanfaron qui avait débarqué à l’Institut en 1960 sans autre vertu que la fatuité de son arrivisme. Cependant personne ne l’avez jamais accusé d’être orgueilleux ou misanthrope, et encore moins d’être fou, lorsque, fidèle  à sa volonté maniaque de réussite, on le vit en vingt ans passer de garçon de courses à directeur. Que ce parvenu profondément engagé dans les labyrinthes de l’administration pût recevoir le prix Nobel paraissait d’avance impossible. Toute sa vie avait été une tricherie. Il n’avait été ni un traître ni un parasite, mais un fonctionnaire qui,  sans avoir jamais collé son oeil au verre d’un microscope, était devenu un faux expert en biologie. Quand on sut qu’un virus détruisait les cellules nécessaires à l’immunité de l’organisme humain, les instituts du monde entier tentèrent, pendant mille et une nuits secrètes, de localiser cet agent caché plus mortifère que le couteau ou le combat avec le tigre.

Georges Maréchal confia à Sophie Kelly la mission  de trouver ce virus. Il pressentit en elle une indifférence qui semblait régie par le hasard et qui faisait de sa recherche un jeu insipide et laborieux dans lequel la réussite ne serait qu’une étincelle jaillie d’un feu  follet .



La recherche scientifique se faisait dans un nombre indéfini et peut-être infini d’instituts éparpillés dans le monde. Tous communiquaient entre eux par d’étroits systèmes d’information en accord avec une machine entourée par une véranda et dans laquelle se trouvait la mémoire. Chaque institut disposait en outre d’un four qui incinérait tous les déchets et communiquait avec l’extérieur par une haute cheminée, que certains imaginaient aussi solitaire dans le paysage que si elle était désignée par le destin.

 Ily a plusieurs siècles le groupe de savants et d’ « alchimistes »  (nom sous lequel on connaissait alors les chercheurs) qui formaient  la « secte de l’Ardeur » affirma que toutes les formes de vie et de maladie se trouvaient fatalement dans les innombrables éprouvettes qui envahissaient les laboratoires des monastères. Les savants de la secte savaient que leur travail était éternel et peut-être atroce ; bientôt ils constatèrent  que lorsqu’ils trouvaient l’éprouvette capable de combattre définitivement une maladie, celle-ci était supplantée par une autre pire. Ils purent ainsi  prévoir le destin de la peste, du  typhus, du choléra, de la tuberculose, du cancer… Ils croyaient que la « Roue de Fortune » disposait d’un labyrinthe de labyrinthes qui embrassait non seulement le présent et le passé, mais bientôt aussi l’avenir. Ces croyances furent oubliées. Cependant Georges Maréchal donna l’ordre de brûler dans l’incinérateur de l’Institut tout ce qui restait des écrits de la secte , les estimant pessimistes et  corrosifs.

 Georges Maréchal administrait son Institut sans rechercher la vérité ni même la vraisemblance ; il voulait seulement réussir. Il jugeait que le succès social était une branche de la science-fiction et que les chercheurs enfermés dans leurs laboratoires  comme Sophie Kelly  – avec qui il n’avait presque aucun contact – œuvraient inlassablement sans savoir que la science est l’écriture qu’ont créée les dieux mineurs pour s’entendre avec les diables.

Avant l’arrivée de Sophie Kelly à l’Institut, quelques chercheurs inspirés par le surréalisme et Troski mais qui, paradoxalement, se considéraient comme les successeurs  de l’ancienne « secte de l’Ardeur », affirmèrent que l’homme avait été créé par le hasard et que tout corps vivant, depuis la cellule du cœur jusqu’au bacille de Koch, était constitué des mêmes éléments : carbone, nitrogène, oxygène et hydrogène, en des combinaisons infinies. De même ils assurèrent que depuis le plus microscopique virus jusqu’à la cellule humaine, tout corps disposait d’un savoir propre. Ce savoir disait qu’il était enfermé dans un labyrinthe en forme d’escalier en colimaçon. Escalier constitué par une infinité de marches dont la matière n’était formée que par quatre bases nucléiques (a-t-c-g : adénine, thymine, cytosine et guanine) perversement répétées… La façon particulière dont chaque être vivant combinait ces quatre bases, ils la nommèrent code génétique. Ils professèrent qu’il n’y avait pas deux codes génétiques identiques et arbitrairement ils nommèrent le gigantesque ensemble de tous les codes génétiques le Répertoire.

L’idée surprenante de Sophie Kelly pour trouver le virus responsable de l’épidémie  fut d’abandonner la recherche pure et l’observation au microscope afin de consulter le Répertoire. À Georges  Maréchal qui s’opposait à cette méthode, Sophie Kelly écrivit qu’il n’existait pas de problème scientifique dont on ne puisse trouver l’éloquente solution dans l’infini Répertoire, sachant que le hasard est plus éclairant que la  science.

Ce fut au cours d’une nuit illuminée par l’éclat de feux d’artifice que Sophie Kelly découvrit le virus dans les pages « VAL » du Répertoire. Quand Georges Maréchal se fut assuré qu’elle n’avait communiqué à personne sa découverte, il l’étrangla puis jeta son corps et ses notes (après les avoir recopiées) dans l’incinérateur de l’Institut.

Un an plus tard, un télégramme lui apprit qu’on lui décernait le prix Nobel pour sa découverte du virus. Il eut l’impression qu’on lui annonçait qu’il était quelqu’un d’autre. Et que peut-être Sophie Kelly était lui-même, en quelque sorte. Mais à cet immense espoir succéda une trop violente dépression qui provoqua un arrêt du cœur.

La fin de ce récit  ne peut être rapportée qu’en parabole, car elle se déroule au paradis. On peut affirmer que Georges Maréchal s’entretint avec Dieu, mais Celui-ci s’intéresse si peu à la science qu’il le prit pour Sophie Kelly. De même, quatre siècles auparavant, pour l’insondable divinité, Calvin[1] et Servet (l’inquisiteur et sa victime) ne formèrent-ils qu’un seul être ?

Fernando Arrabal


[1] Il y a trente-deux ans que Jorge Luis Borges s’est occulté (en 1986) ; ses restes reposent au cimetière Plain Palais à Genève, près de ceux de Calvin. L’endroit a été choisi à cause d’un arbre.