viernes, 12 de enero de 2018

Por qué la obra de Borges trascenderá incluso al premio Nobel




El debate con respecto a la razón por la que la Academia Sueca nunca le concedió el el galardón literario llegó a su fin. ¿Es menos importante su legado por no contar con el premio o sólo es una anécdota?

Por Martín Hadis

El períodico Svenska Dagbladet informó ayer que la Academia Sueca "desclasificó" el informe acerca de la decisión de a quién otorgar el premio nobel de literatura de 1967. Al parecer ese año, en el que resultó ganador Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges fue rechazado porque el presidente del Comité, Anders Osterling, argumentó que el autor de El Aleph le parecía "demasiado exclusivo o artificial".

Muchas veces me han preguntado sobre esta cuestión. De hecho la pregunta sobre Borges y el nobel se ha convertido en lo que se dice "un clásico": casi no hay diálogo en el que participe sobre Borges en el que no surja: ¿Por qué no le dieron el Nobel a Jorge Luis Borges?

Mi respuesta es invariablemente la siguiente: lo que realmente ocurrió no fue que no le dieran el Premio Nobel a Borges. Lo que realmente ocurrió fue que no le dieron Borges al Premio Nobel.

Me explicaré:

La antigua civilización sumeria que inventó la escritura floreció hace aproximadamente 5000 años en la región de Oriente Medio conocida como Mesopotamia, entre las planicies aluviales de los ríos Éufrates y Tigris.
Ahora bien: ¿cuál es, exactamente, el número de academias o comités de la civilización sumeria que la mayoría de nosotros podría enumerar de memoria? Exactamente cero. Y sin embargo seguimos leyendo la antigua épica de Gilgamesh.

No solo eso: esa antigua obra literaria que narra las sucesivas aventuras que el rey Gilgamesh atraviesa en su vana búsqueda de la inmortalidad ha sido traducida a decenas y decenas de idiomas. Solo por citar algunos: inglés, alemán, holandés, polaco, chino, japonés, estoniano, y … ¡hasta klingon!

Las antiguas academias sumerias realmente existían. Se llamaban "edubbas", nombre que significa "casa de las tablillas", por las tablillas de barro en que se inscribían entonces con los curiosos caracteres cuneiformes. Estas academias eran lugares de estudio, debate, aprendizaje y acopio de textos. Las había de distintas clases, con diferentes rubros y énfasis. Una, identificada en Nippur, fue llamada "Casa F" por sus descubridores modernos. Contenía cientos de tablillas inscriptas, todas hechas pedazos. En Ur se encontró otra que los arqueólogos denominaron simplemente: "Casa 7". Cuesta pensar lo implacable que resultó el paso del tiempo para esas instituciones: ni siquiera sabemos cómo se llamaban. No han sobrevivido siquiera sus nombres.

¿Qué quiero decir con todo esto? Que dentro de 5000 años seguramente seguiremos leyendo a Borges – acaso en idiomas que hoy aún no existen. Y para entonces, dudo que nadie pueda citar el nombre de una sola academia de nuestro mundo actual, que para entonces se habrá convertido en una antigüedad remota. Esta no es una observación a favor ni en contra de Borges, ni a favor ni en contra de ningún país o comité en particular. Es la mera comprobación de un hecho histórico: las grandes obras literarias suelen sobrevivir a sus creadores, y aún a las civilizaciones y lenguajes que les dieron origen. Todo parece que indicar la obra de Borges sobrevivirá al paso de los siglos. No sería tan optimista con respecto a ningún comité actual.

Vale recordar aquí también que de la Inglaterra sajona han llegado hasta nuestros días más poemas que edificios.

Fuente: Infobae

El Automático: un café convertido en nostalgia


Este tinteadero era el de más pedigrí en Bogotá. 70 años después, sigue dando que hablar.

 En el local donde funcionó el café El Automático se encuentra hoy el restaurante Amarillo.
Foto :Abel Cárdenas / EL TIEMPO

Por: Óscar Domínguez Giraldo

Dicho sin mucha originalidad, el hombre es él y los cafés que frecuenta para darle de comer a la palabra. En el ADN de todo café está la institución colombiana del tinto. El hombre de la calle ha tenido desde siempre el café por escenario, “ágora o garito”.

Alrededor del bebestible originario de Etiopía que llegó al país por la vía de las parsimoniosas carabelas, ha transcurrido buena parte de la historia de la parroquia. Más de una conspiración tuvo origen en sus relajados predios. Entre los de su especie, El Automático bogotano, una nostalgia con olor a café, es el que tiene más pedigrí. Sigue dando que hablar a los setenta años de vida y leyenda que cumple en 2018. Cuando nació no se conocía “coca ni morfina”. La gente se miraba a la cara, no a la pantalla de su iPhone.

Echar paja, despotricar, comer prójimo es uno de los grandes rituales nacionales que se practican en el café, para muchos el mejor cuarto de la casa. En su interior sucede todo lo que no pasa tejas adentro. “Van al café para estar en el café”, sintetizó el cronista Julio Camba, al escribir sobre los sitios que frecuentaba en España. A la historia le gusta repetirse en otras latitudes.

Sobre la metafísica de esos sitios de encuentro, el escritor Jorge Regueros Peralta dejó dicho que en los cafés “se analizaban las nuevas obras, los poemas nuevos, las obras de arte novísimas y se establecía una frontera crítica, un cambio de criterios sincero”.

Para la poeta manizaleña —nada de poetisa, exige ella— Marujita Vieira, quien sigue cumpliendo años el 24 de diciembre, los cafés fueron espacios para “el intercambio y la comunicación de figuras literarias del siglo XX”. La esposa del poeta Vivas, otro habitué de El Automático, fue una de las que pasaron por encima de la norma dictada a las mujeres por la escritora venezolana Teresa de la Parra sobre la forma de conducirse entre los hombres: “Ser bella y callar”.

La primera en desobedecer fue la escritora Emilia Pardo Umaña. Lucy Tejada, Cecilia de Gómez, Cecilia de Ibáñez, Sofía Imber, también venezolana, fueron otras audacias femeninas que se instalaron en ese sancta sanctorum del macho alfa que fue durante años el legendario Automático.
Vivir en el café

“Duermen en su casa pero viven en el café”, decía una de las meseras al biografiar al cliente VIP del celebérrimo parche por el que pasó el matutino, el vespertino y el nocturno de la palabrería criolla. La frase la puede haber dicho Pina, o Carmen, o Edelmira o la ‘Negra’, para mencionar solo cuatro de las famosas meseras que atendían a una variopinta bohemia intelectual de tinto y/o aguardiente en el local de la avenida Jiménez n.° 5-28. Las meseras eran tan necesarias como el agua y la luz. En ese lugar funciona hoy el restaurante Amarillo. Nada en su escenografía recuerda al viejo café. Revistas de moda que airean las vanidades de la gente del gajo de arriba les alborotan la libido a los comensales con los pectorales de Sofía Vergara. Otros pechos inspiraron estos versos de León de Greiff, el cliente más famoso de El Automático: “Esa mujer es una urna, llena de místico perfume...”.

Curioso el fenómeno: De Greiff y El Automático han terminado siendo sinónimos, van de la mano como los puntos de la diéresis. Hasta el Nobel Gabriel García Márquez recuerda en sus memorias su paso por el café cuando Bogotá era un aguacero perpetuo y la gente vivía debajo de un paraguas.

El fabulista se había conocido con el panida en el café El Molino, cuando empezaba a figurar duro como narrador. El Espectador se encargó de darlo a conocer. Al principio, el futuro Nobel, tímido de profesión, se hacía lejos de sus colegas de letras. No se sentía con ropita para hablarles de tú a tú.

El Bogotazo del 9 de abril lo alejó a sombrerazos de la nevera (el célebre café es posterior al Bogotazo). Cuando regresó, cuenta Gabo que “el maestro se había mudado con sus bártulos y su corte de amigos al café El Automático, donde nos hicimos amigos de libros, y me enseñó a mover sin arte ni fortuna las piezas del ajedrez”. Cierto, los dos, estuvieron lejos de ser virtuosos en el juego que protege Caissa.

Entre sus múltiples características, El Automático fue sitio de encuentro de ajedrecistas desde 1972. Su dueño más famoso, el paisa Fernando Jaramillo Botero, era presidente de la liga de Cundinamarca a pesar de que no distinguía entre un haikú y un alfil. Fotos hay que muestran al maestro Boris de Greiff enfrentado a Daniel Arango, con el tiempo y algunos mates ministro de Educación. En la foto publicada en Jaque al olvido, uno de los tantos libros que nos dejó Boris, su taita sigue atento la partida, “la alta pipa” en su boca, como una prótesis. (También reproduce una partida del fundador de EL TIEMPO, Alfonso Villegas Restrepo).
El Automático

Sus principales clientes eran personajes de la cultura. En la foto, Boris de Greiff juega contra Daniel Arango. Observan León de Greiff y Hjalmar, otro de sus hijos.
Foto:

Tomada del libro 'Jaque al olvido'
Ducho en cafés

El histórico café era una especie de ONU en la que estaba representado el país. Empezando por su propietario en épocas de vacas gordas, Jaramillo Botero, uno de los quince hijos de Raimundo y Evelia, de La Ceja, Antioquia, quien antes de recalar en Bogotá hizo escalas en Medellín y Manizales. Terminó su andadura en 1971 en Girardot, adonde se retiró enfermo al final de sus días. Antes de coleccionar cafés, Jaramillo Botero —lo cuenta el cronista mayor Felipe González— se había dedicado en Manizales a otros menesteres menos poéticos, como fabricar fulminantes para escopetas de cacería, palillos de dientes, muebles...
Todo pasaba en el Centro

Jaramillo Botero desembarcó en la plaza bogotana en 1938. Tenía 25 años. “En la carrera Séptima todos nos encontrábamos con todos... transitaban las gentes humildes y las gentes importantes”, diría el poeta Fernando Arbeláez, uno de la logia automática. Jaramillo, insigne todero, sacó tiempo para enamorarse de Lina Botero, tolimense. El tsunami de amor fue tal que a los siete días se casaron.

Amigo de la cháchara, pronto se volvió parroquiano del café El Félixerre. Terminó comprándolo. Lo mismo hizo con el Mahoma, el Polo, el Luis XV, el Gato Negro.
Al insólito coleccionista de cafés lo esperaba El Automático, antes restaurante La Fortaleza, fundado por el piloto Benjamín Méndez Rey. En un primer cambio de propietarios fue rebautizado El Automático, porque la nueva administración, un matrimonio belga, tenía en mente convertirlo en una especie de autoservicio.
La importancia de un veto

El panida León de Greiff era cliente de El Automático, pero no gozaba de la simpatía del matrimonio que lo había comprado. Jaramillo Botero conoció del veto y lo compró con todo y su famoso mezanine habilitado en 1952 como galería de arte para que conocidos y anónimos colgaran sus cuadros y donde los nadaístas dieron una conferencia en cabeza de Gonzalo Arango, su creador y descreador, quien llegó con una caja de embolar de la que sacó el texto escrito en papel higiénico.

Conocidos pintores eran Marco Ospina, Ignacio Gómez Jaramillo, los Tejada, Obregón, Grau, Ramírez Villamizar, Fernando Botero. El joven Ómar Rayo (importado de Roldanillo, Valle) debutó con su “bejuquismo”. Y, como para todos había, los anónimos pintores que no contaban con el aval de Marta Traba se peleaban las paredes: Marco Ospina, Montaña, Sabogal, Rojas Herazo, Alfredo Soto.

El amigo de Gabo, el barranquillero Orlando Rivera, Figurita, fue el que puso la primera piedra a la naciente galería. Jaramillo lo rescató del vecindario, en el parque Santander. En reciprocidad, Rivera rebautizó a su mecenas como “Fernando-Automático”.

El galerista por accidente nunca se dio ínfulas de crítico. Los cuadros le gustaban porque sí. O no le gustaban. La crítica rebuscada se la dejaba a los intelectuales puros o impuros, que mojaban el ego con aguardiente del Estado, como escribió Pedro Restrepo Peláez, otro parroquiano cuando no andaba por México o los Estados Unidos.
Las grandes ligas

En Colombia todo está segmentado por estratos (hoy numerados en 1, 2. 3...), hasta los cafés. No todo el mundo podía sentarse a la mesa de mimados por las musas, como Jorge Zalamea, recién desempacado de Europa, De Greiff, Alberto Ángel Montoya, Guillermo Payán Archer, Gómez Jaramillo, Gaitán Durán, el capitán Juan Lozano (sí, el del soneto a la catedral de Colonia), Hernando Téllez. ¡Ah! Y había dos Téllez: el gran escritor, autor del tal vez mejor cuento colombiano, Espuma y nada más, y Hernando Téllez Blanco, lagarto que asistía a los cocteles como si fuera el otro.

Luis Vidales, el comunista de Suenan timbres, tío del poeta Roca, llegó de Calarcá a tirar línea marxista en su mesa. El periodista Juan Roca Lemus, Rubayata, taita de Juan Manuel, apacentaba su propio rebaño. Periodistas de EL TIEMPO y El Espectador, diarios vecinos de El Automático, caían como golondrinas a airear la lengua y a pescar alguna chiva suelta. El fallecido Rogelio Echavarría, de Santa Rosa “sobre oro edificada”, como la llamaba su paisano Barba Jacob, pulía los versos de El transeúnte.

El Loco Gonzalo Castellanos, venido de Málaga, Santander, intentaba entrevistar a la estrella del establecimiento. El nonagenario preguntaba, De Greiff callaba. El ‘Gorila’ Iáder Giraldo entapetaba el negocio con los vales que firmaba como si fuera una de sus famosas crónicas políticas en El Espectador.

La secta de los piedracielistas, liderada por Carranza y Carlos Martín (profesor de Gabo), tenía su república independiente en una de las mesas. Los “Nuevos” decían presente con los mencionados Zalamea y Vidales. Que no falten los “cuadernícolas”. El entonces tímido poeta Fernando Arbeláez, de esta corriente, le cazaba peleas con seudónimo al dueño del patio, León de Greiff. Luego, en reconocimiento a su talento, sería admitido en el festín de los hermanos mayores.
Anónimos con mesa propia

En uno de sus libros, editado por la Universidad Jorge Tadeo Lozano, cuenta el periodista Carlos J. Villar Borda, otro asiduo, que “al maestro León lo trataba todo el mundo con enorme respeto. Era silencioso y abstraído, fumaba cigarrillos prendidos de una larga boquilla y prefería las mesas en donde no había intelectuales, porque odiaba las conversaciones presuntuosas de estos últimos”.

Concurrían otros asistentes sin mayores nexos con las musas: “Al café, sigue Villar, hermano de Leopoldo, columnista de EL TIEMPO, asistían personas que tenían oficios menores, como el de vender libros, o estanterías o pólizas de seguros, o simplemente que estaban sin empleo y de alguna manera se sentían atraídos o hacían amistad con los contertulios intelectuales”. Costeños y cachacos hacían rancho aparte para desatrasarse de nostalgias y sentirse como en casa.

La cofradía de los hípicos tenía gurú propio: ‘el Mago’ Guillermo Dávila. El viernes, Dávila y su tribu hípica vivían su warholiano cuarto de hora de fama. Era explicable: a dos días de las carreras en el hipódromo de Techo, los parroquianos de El Automático tentaban la suerte, que se expresaba a través del 5 y 6.

El bumangués Dávila —linotipista y colega de García Márquez en la fugaz empresa de fundar en Cartagena el periódico más pequeño del mundo, Comprimido— y su séquito de locutores, comentaristas, preparadores y jinetes compartían sus conocimientos con quienes soñaban con ponerle fin a su “flaca bolsa de irónica aritmética”, dicha en la jerga del panida León.

Entre los vinculados a la hípica estaban Germán García y García, Jorge Torres Lozano, Manuel Escobar, Santiago Munévar, Alfonso Zuluaga, Francelino Murcia.

Donde hay poesía hay emboladores y, desde luego, loteros. También ellos formaban parte del paisaje con el mensaje de la buena fortuna escrito en quinticos de lotería.

Los estudiantes tenían nicho propio. García Márquez lo cuenta: “Al mediodía regresábamos al centro de la ciudad y nos íbamos a los cafés, donde todos estudiábamos. Si vivías en una pensión, no había lugar para trabajar. Los dueños de los cafés dejaban a los estudiantes apoderarse de un rincón, igual que a los clientes asiduos”.

Poco gastaban. El dueño, el paisa Jaramillo, se iba haciendo rico en vales de los intelectuales que finalmente no pagaban la cuenta. De todas formas, no tenía problemas de chequera. Era generoso por amor al arte.
Los cafés no mueren

Como todo tiene su tiempo bajo el sol, al mecenas Jaramillo Botero le fue llegando el ocaso. Una enfermedad lo obligó a retirarse a Girardot, en busca de mejores aires. Hizo valer el paisanaje y le vendió la niña de sus ojos a otro paisa de Jericó, coterráneo de la madre Laura, Enrique Sánchez, diminuto, imaginativo. Le tocó el trasteo de El Automático a un local cercano al parque Santander, donde funciona actualmente la cafetería Glück. Ningún cachivache recuerda tampoco la célebre cofradía de los automáticos.

Sánchez había hecho su primaria en cafés del centro donde despachaba como empleado en la Droguería Granada, recuerda Daniel Samper Pizano. Recetaba y les recitaba poemas a los achacosos. Un método curativo tan infalible. Uno de sus clientes fugaces fue un tal Jorge Luis Borges. De regreso a su Buenos Aires querido, Borges, eterno candidato al Nobel de literatura, cliente fugaz de El Automático por invitación de Sánchez, elogió a Bogotá, “en donde hasta los boticarios recitan poesía o hablan de Quevedo”. Sánchez, además del remedio, alivió a Borges con un extenso poema de Francisco Luis Bernárdez. El asesinato de Sánchez selló la suerte de El Automático.

Sobrevive con el mismo nombre un lánguido café en la calle 18 n.° 7-41. La tarde que visité el local, su dueño, Hernando Betancur, admitió que aparte de la reproducción de una foto de De Greiff con el fondo de una caricatura que le hizo Merino, no quedan huellas del viejo plante. Pero la leyenda continúa.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ GIRALDO
Especial para EL TIEMPO
Exdirector de Colprensa

Fuente: El Tiempo  -  Bogota

miércoles, 10 de enero de 2018

Revelan las razones por las que Jorge Luis Borges nunca ganó el premio Nobel



 
La Academia Sueca desclasificó informes de 1967, año en que el escritor argentino estuvo más cerca que nunca de quedarse con el galardón.


"Es una antigua tradición escandinava: me nominan para el premio y se lo dan a otro. Ya todo eso es una especie de rito". La frase, pronunciada por Jorge Luis Borges en una entrevista de 1979, resume bien su esquiva relación con el Premio Nobel: pese a ser uno de los máximos exponentes de la literatura en el siglo 20, el escritor argentino nunca fue galardonado.

Ahora, a partir de la desclasificación de viejos archivos de la Academia Sueca, que desde 1901 elige todos los años a un ganador, se puede empezar a entender por qué Borges jamás recibió el premio.

Al parecer, 1967 fue el año en que el autor de El Aleph estuvo más cerca de ser elegido. Aunque fue uno de los candidatos "serios" (de 70 nominados en total), el galardón de ese año quedó en manos del guatemalteco Miguel Ángel Asturias.

Según recoge el diario sueco Svenska Dagbladet en base a documentos de la Academia que se mantuvieron en secreto por más de 50 años, el presidente del Comité del premio, Anders Osterling, rechazó entonces al argentino con un argumento tan breve como determinante: "Es demasiado exclusivo o artificial en su ingenioso arte en miniatura".

Hasta su muerte en 1986, el nombre de Borges siempre se mantuvo en las listas de candidatos al Nobel, pero nunca lo reconocieron. Siempre circuló la versión de que los reiterados rechazos de la Academia tuvieron más que ver con la política que con la literatura. De hecho, muchas fuentes lo atribuyeron durante años a la visita que hizo en 1976 (en plena dictadura chilena) al general Augusto Pinochet, a quien incluso le dedicó algunos elogios.

A eso se habría sumado la crítica que formuló a la obra del poeta sueco Artur Lundkvist, quien más tarde fuera nombrado secretario permanente de la Academia. Fue precisamente Lundkvist, experto en literatura latinoamericana y responsable de la introducción de la obra de Borges en su país, quien confirmó esa sospecha en una entrevista: "La sociedad sueca no puede premiar a alguien con esos antecedentes (por la visita a Pinochet)".


Incluso María Kodama, viuda del escritor, declaró en 2016, que "todo el mundo sabe que fue una cuestión política". Y aclaró que "él no fue invitado por Pinochet, sino por la Universidad de Chile": "La gente es muy perversa, porque cuando un hombre como él recibe un doctorado, es protocolo que vaya el presidente del país".
Fuente: Clarin

domingo, 7 de enero de 2018

La primera muerte de Borges



Rogelio Ramos Signes - Escritor.

Como es ampliamente sabido, Jorge Luis Borges falleció el 14 de junio de 1986 en Suiza, en la ciudad de Ginebra. Pero el periodismo (verdadero periodismo de anticipación) registró una muerte anterior, que data de fines de 1957.

Estando en Nueva York, Ulyses Petit de Murat se enteró de que en París había muerto su querido amigo Jorge Luis Borges. La noticia, difundida por Le Figaro y luego reproducida por Time, no pareció inquietarlo; algo le decía que allí había un error, y decidió escribirle.

La carta de Petit, sumamente sarcástica, expresaba su perplejidad. La elección de las palabras resultaba llamativa, pero escondía el deseo de que la noticia fuese falsa:

“Fui de México a Nueva York y allí -mi muy querido Georgie- me enteré, por un telegrama de Francia que publicó Time, de tu muerte. Como sé lo exagerada que es la gente, no lo creí; de lo contrario no te hubiera escrito, porque no mantengo, por lo general, correspondencia con los ectoplasmas. Lo hago en primer término para desearte lo mejor del mundo a ti y a Leonorcita en el año que se aproxima, y en segundo término para que unas líneas tuyas me ratifiquen la seguridad de tu permanencia en forma rotunda. Un abrazo de Ulyses Petit de Murat. México, 1957.”

No menos sarcástica fue la carta que pocos días después recibió Petit:

“Querido Ulyses: Aquí estoy vivito y coleando a pesar de Le Figaro. La noticia no era falsa, sino (como siempre ocurre en tales casos) prematura y profética. Mientras tanto mis mejores deseos y los de mi madre por un gran 1958 para ti y los tuyos. Un abrazo de Jorge Luis Borges.”

Por entonces Borges ya estaba casi ciego, y había dictado la breve carta a su madre, doña Leonor Acevedo, manteniendo todo su corrosivo humor.

Esta imaginativa broma en dos tiempos (y los dos igualmente brillantes) forma parte del extenso anecdotario sobre Borges. La situación tal vez fue real y, si lo fue, las cartas pueden conservarse, revoloteando irreverentemente sobre un tema tan solemne como es la muerte.

En 1915, con la Primera Guerra Mundial asolando Europa, escribió Sigmund Freud: “Mostramos una patente inclinación a prescindir de la muerte, a eliminarla de la vida; en el fondo, nadie cree en su propia muerte. En lo inconsciente todos nosotros estamos convencidos de nuestra inmortalidad”.

Pensar en la muerte (particularmente en la nuestra) nos rodea de un cierto desgano; los proyectos que nos movilizaban terminan perdiendo sentido; tememos por nosotros y nos tornamos abruptamente creyentes; tememos por los demás y sólo se nos ocurre pensar en un seguro de vida (en un “seguro de muerte”, según Gómez de la Serna); pretendemos “limpiar” nuestra biografía, lo que nos sume en la duda de si hay un más allá y nos confirma en la creencia de un estricto acá. Es que la muerte es cosa irreversible, sucede una sola vez en la vida (hacia el final, exactamente) y si queremos prepararnos para recibirla, sólo nos cabe vivir la vida y hacernos a la idea de que algo vendrá a cerrarla, que la atará y que la envolverá como para regalo; en un estuche diferente. Así de vulgar y así de simple.

La muerte es algo tan unificante que esa promiscuidad nos asusta. Allí es donde toma mayor sentido el ajedrecístico proverbio italiano que dice que “una vez terminado el juego, el rey y el peón vuelven a la misma caja”. Todo se nivela y ese triunfo pleno de la democracia nos aterroriza y conmueve.

“Ante el muerto mismo adoptamos una actitud singular -escribió Freud- como de admiración a alguien que ha llevado a cabo algo muy difícil. Le eximimos de toda crítica; le perdonamos, eventualmente, todas sus faltas. La consideración al muerto está para nosotros por encima de la verdad.”

Ya Platón señaló que la filosofía es una meditación de la muerte. Estudiar la muerte, como problema, es estudiar la realidad de todo lo que cesa; eso involucra, irremediablemente, la pena. La relación entre el ser y la muerte mueve hilos importantes en un análisis descarnado sobre el sentido de la vida.

Vida vivida

Santayana dijo que “una buena manera de probar el calibre de una filosofía es preguntar lo que piensa acerca de la muerte”. Y sabemos que, sea cual sea la respuesta de la filosofía analizada, la muerte es el final, es el no va más, y su idea sólo tolera la solemnidad, a veces la tristeza. Por eso sigue siendo llamativa a través de los años la correspondencia que sobre el tema se enviaron Petit de Murat y Borges.

Y pertenece a Borges, justamente, aquello repetido tantas veces de “La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”; aunque no sabemos si pensaba así en 1957 cuando Le Figaro predijo su partida con veintinueve años de anticipación.

Si la muerte es algo inevitable, si cuando alguien muere siempre hay otro alguien que dice “así es la vida”, una vez superada la angustia a la que llevan los recuerdos deberíamos tomarla con naturalidad. Porque la muerte es eso: ir perdiendo la vieja costumbre de vivir.

Siempre me pareció particularmente imaginativa una notita publicada en un periódico francés en 1954. Ésta expresaba: “Se ruega a los lectores que no dirijan más cartas a la sección titulada La vida es bella, sin duda. Su autor ha muerto”. Pero siempre hubo alguien que trató de convencerme de que el humor que encerraba esa frase era totalmente involuntario.

Fuente: La Gaceta  -  Tucumán