domingo, 11 de noviembre de 2018

Borges, en Boedo. Los años más grises, los más luminosos



Con 37 años y diez libros publicados, Jorge Luis Borges comenzó a trabajar en la Biblioteca Municipal Miguel Cané como auxiliar primero, en 1937. La ficha del Registro Personal de la Administración, que lleva su firma con letra minúscula, consigna “Sí” en el ítem “Lee y escribe”. También, que el nuevo empleado sabe inglés, francés y alemán. El italiano lo aprendió durante los viajes en un tranvía “atestado” desde la avenida Las Heras hasta Boedo, leyendo una edición bilingüe inglés-italiano de la Divina comedia. En esos nueve años, hasta que renunció en 1946, Borges escribió los cuentos de Ficciones, esos que lo convirtieron en una figura mayor de la literatura del siglo XX.

“En el trabajo, los demás no se interesaban sino por las carreras de caballos, los partidos de fútbol y los chistes obscenos. Irónicamente, por ese entonces, yo era un escritor conocido, excepto en la biblioteca. Recuerdo una oportunidad en que un compañero señaló en una enciclopedia el nombre de un tal Jorge Luis Borges, hecho que lo dejó asombrado al comprobar la coincidencia de nuestros nombres y fechas de nacimiento”, cuenta en su autobiografía.

Borges trabajó en la Biblioteca Cané hasta 1946 cuando renunció porque decidieron “ascenderlo” a “inspector de aves de corral” (cargo del que no quedó registro).

Aunque recordaba ese período con ciertas ambigüedades (en la autobiografía lo definió como de “profunda infelicidad”, pero en una entrevista con el español Joaquín Soler Serrano dijo que tenía una “deuda de gratitud” con la biblioteca), lo cierto es que en esos años nació el verdadero cuentista. El puesto le permitía leer en soledad y pergeñar el maravilloso universo de sus ficciones. En esa época escribió “Pierre Menard, autor del Quijote” y “La biblioteca de Babel”.

Pero el Borges que aparecía en la enciclopedia (y que sus compañeros municipales no conocían) ya había publicado tres libros de poemas (Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente y Cuaderno San Martín), cinco de ensayo (Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos, Discusión y el breve “Las Kenningar”), uno de relatos (Historia universal de la infamia), además de la biografía de Evaristo Carriego.

Ahora, la Dirección General del Libro, Bibliotecas y Promoción de la Lectura del ministerio de Cultura porteño rinde homenaje a Borges con una muestra permanente en la biblioteca de Boedo, que reabre el jueves 8 luego de seis meses de obra. El edificio de dos plantas, ubicado en Carlos Calvo 4319, fue sede central de las bibliotecas municipales. Su acervo bibliográfico está integrado por más de 32 mil volúmenes.

La refacción permitió incorporar una sala de literatura infantil y una audiovisual, un auditorio, 50 puestos de lectura, ocho computadoras de consulta pública y las salas Borges Lector, Borges Autor y El cuarto de Borges. Se conservó, afortunadamente, el mobiliario de madera original (bibliotecas, escritorios, ficheros) y se rescató una guillotina de hierro, con la que se cortaba el papel para las fichas, y un montacargas que conecta con el depósito del subsuelo.

Atraídos por conocer el lugar de trabajo de Borges durante sus años de invención más intensa, la Biblioteca Cané fue visitada por los premios Nobel Mario Vargas Llosa y Orhan Pamuk, además de Julian Barnes, Paul Auster y Fernando Savater. La inauguración del espacio permanente, con curaduría de Pablo Gianera, le dará formalidad a las visitas de vecinos y turistas, ya que a partir de este mes habrá visitas guiadas y charlas. Como adelantó a la nacion Javier Martínez, director de la red de bibliotecas públicas porteñas, el proyecto se basa en tres ejes: la relación académica con instituciones internacionales, un programa de actividades gratuitas para todo público y recorridos para extranjeros.

“Es muy importante rescatar el patrimonio cultural de la vida de Borges, uno de los máximos exponentes de nuestra cultura a nivel mundial. Hacer del homenaje y revisión de su vida un espacio vivo, gestante de futuro y cultura para vecinos y quienes nos visitan, es fundamental para nuestra visión de ciudad”, declaró el ministro de Cultura porteño Enrique Avogadro, quien participará del acto inaugural el jueves, a las 14.30, junto con Martínez y María Kodama.

Madrina del espacio Borges, Kodama aportó fotos del libro Atlas, que se exhiben en la planta baja, y un testimonio con anécdotas de aquellos años, que se proyectará en la sala audiovisual. “Su tarea era hacer fichas de libros. Borges trabajaba seriamente y completaba muchas fichas por día. Un día uno de sus compañeros le dijo que no hiciera tantas. ‘No podés trabajar así porque nos va a hundir a todos. Tenés que hacer menos fichas’. Entonces, cuando terminaba de catalogar, Borges subía a la terraza a escribir. Allí escribió ‘Las ruinas circulares’”, cuenta Kodama en el video. Y recuerda que leyó el cuento a los diez años y que la asombró la frase “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”. “No sabía quién era el autor. Era un libro para adultos que yo sacaba de arriba de la biblioteca cuando mi abuela dormía la siesta. Quedé fascinada. Mucho tiempo después, Borges me contó que escribió el cuento en una semana y que nunca más pudo escribir algo con ese nivel de intensidad”.

Gran parte de los magistrales relatos de Borges que cambiaron la literatura del siglo XX fueron escritos en esa época. “Lo más importante es que en esos años nace Borges como escritor de ficción. De esos años provienen, entre otros, ‘Pierre Menard, autor del Quijote’, ‘La biblioteca de Babel’, ‘La muerte y la brújula’, cuentos que integrarán Ficciones”, se lee en la cronología. Ese libro, que reúne los cuentos de “El jardín de senderos que se bifurcan” y “Artificios”, se publicó en 1944; Borges todavía era auxiliar de la biblioteca.

A diferencia de su período en la Biblioteca Nacional, cuando fue retratado por Sara Facio, no quedaron registros fotográficos de su paso por la Cané. Es por eso que las fotos seleccionadas para la exhibición son las que le tomó posteriormente Facio.

En la sala Borges Autor se exhiben ejemplares de la revista Sur: entre ellos, el n°56 (de mayo de 1939), con la primera publicación de “Pierre Menard, autor del Quijote”, y el n°59 (de agosto de 1939) con “La biblioteca total”, ensayo que originó “La biblioteca de Babel”. También, primeras ediciones que pertenecen al fondo de la red de bibliotecas públicas porteñas: Historia universal de la infamia, El jardín de senderos que se bifurcan y Seis problemas para don Isidro Parodi, de H. Bustos Domecq (seudónimo de Borges y Adolfo Bioy Casares).

En la sala Borges Lector se muestran los títulos que mandó a comprar para la biblioteca (Anatomía de la melancolía, de Robert Burton, y The Journal of a Tour to the Hebrides with Samuel Johnson, de James Boswell) y los que leyó allí en sus horas libres, como Historia de la República Argentina, de Vicente Fidel López.

En el cuarto que recrea su lugar de lectura y escritura hay un escritorio y una lámpara; en esa sala se escucha, en loop, el sonido de una estilográfica al escribir sobre el papel. En una vitrina se destaca la ficha municipal con el legajo número 57.323.

En 1946, con el ascenso de Juan Domingo Perón, termina su etapa en la Cané. En “Las memorias de Borges” cuenta: “Se me honró con la noticia de que había sido ‘ascendido’, fuera de la biblioteca, a la inspección de aves y conejos en los mercados públicos. Me presenté a la Municipalidad a fin de averiguar qué había ocurrido. ‘Vea usted –dije– resulta más bien extraño que entre tantos empleados como hay en la biblioteca haya sido precisamente yo el elegido para este puesto’. ‘Bien –respondió el empleado–, usted estaba de parte de los Aliados, ¿qué esperaba?’. Su argumento no admitía réplica alguna; al día siguiente presenté mi renuncia”.

Fuente: La Nación, Natalia Blanc


Fuente: Diario de Cultura

viernes, 26 de octubre de 2018

La palabra de Borges, en China




 Primera traducción a esa lengua de los diálogos con Osvaldo Ferrari. Editadas por primera vez en 1986, estas famosas conversaciones se convirtieron con el paso del tiempo en ineludible referencia cultural.


Uno de los libros fundamentales para conocer más cabalmente la obra de Jorge Luis Borges, sus “Diálogos” con el escritor Osvaldo Ferrari, acaba de publicarse en su primera traducción al chino. Aquellas conversaciones se difundieron originalmente en Radio Municipal (la recordada LS10, cuya llegada era muy importante en los 80), y tuvieron una primera difusión gráfica en el diario “Tiempo Argentino” de aquellos años. Más tarde, se editaron en libros de enorme éxito con los títulos de “Borges en Diálogo” (1985), “Libro de Diálogos” (1986) y “Diálogos últimos” (1987), y posteriormente hubo un cuarto, “Reencuentro”, que recogía todos los inéditos que no habían sido difundidos por radio ni publicados en diario.

“El primer editor fue Grijalbo”, recuerda Ferrari, también poeta y periodista, en diálogo con este diario. “Ya el segundo título tuvo un prólogo, muy sentido, del propio Borges. En 1998, Sudamericana los reeditó en dos volúmenes, de 45 diálogos cada uno, y al año siguiente, que coincidía con el centenario de Borges, apareció el volumen de inéditos, que tiene 28 diálogos”. Acerca de la publicación reciente en la China, Ferrari recuerda: “Estos diálogos, que fueron siempre fuente en Congresos, Universidades y otros centros de estudio, aparecieron rápidamente traducidos al italiano (Bompiani los reedita regularmente en un cofrecito de cuatro libros), francés (en la Suiza francesa son un best seller permanente), alemán, portugués, polaco y ruso.

En inglés, curiosamente, su traducción fue tardía: recién aparecieron en 2014 con el sello de una editorial con base en Calcuta, y sedes en Londres y Nueva York. Justamente, la aparición en inglés, que fue comentada por la New York Review of Books, que reprodujo además un diálogo completo, produjo que llegara a la China, país que desde entonces se propuso traducirlos. Y lo ha hecho bien, es decir, en una versión directa del español al chino, y no a través de la versión inglesa. Borges mismo me había dicho, en una de las conversaciones poco antes de morir, que uno de sus sueños era conocer China y la India”.

Si bien Borges ha escrito y disertado sobre varios de los tópicos que trata con Ferrari, en estos diálogos también aborda temas que nunca en su vida había hablado en público. “La consigna que teníamos”, recuerda el autor a este diario “era que yo no le hablara de antemano sobre cuál sería el tema de ese día. Sólo al encender el grabador lo sabía, de forma tal que todo fuera espontáneo. Él se abrió conmigo, se mostró tal cual era, hizo confidencias muy valiosas. Recuerdo ahora que en única oportunidad me pidió hablar de un tema específico, ya que siempre era yo quien se lo proponía. Esa vez me dijo, ‘Ferrari, hablemos un momento de una hazaña del hombre que hoy está casi olvidada, y fue una de las cosas más grandes que hizo el hombre, la llegada a la Luna”.

Ferrari prefiere evitar, a esta altura, referirse al problema judicial que le dio una involuntaria notoriedad durante años. Pocos meses después de la muerte de Borges (la edición original de los Diálogos se inició con él en vida, y concluyó después de su fallecimiento), María Kodama le hizo un juicio en el cual quería declarar nula la cesión de derechos que su esposo le había hecho en vida a Ferrari. El caso duró una década, y terminó en la Corte Suprema, que falló en favor de Ferrari.

Los tigres, los laberintos y las armas; la identidad de los argentinos; la literatura, el amor; el grupo Florida, el grupo Boedo y la revista Sur; la mitologías y el budismo; el humor; Estados Unidos, Quevedo, Macedonio Fernández, Victoria Ocampo y Edgar Allan Poe; la causalidad; el desierto; la luna y la política son algunos de los asuntos con los que Borges dialogó con su entrevistador: “Como todos mis libros, acaso como todos los libros, éste se escribió solo. Ferrari y yo procuramos que nuestras palabras fluyeran, a través de nosotros o quizá a pesar de nosotros”.
Fuente: Ámbito Financiero.

Fuente: Canal 13 San Juan

lunes, 22 de octubre de 2018

William Gibson: Una invitación (Introducción a "Labyrinths" de J. L. Borges)


Leí por primera vez Labyrinths de Jorge Luis Borges en una butaca tapizada de un brocado suave, verde lechuga, estampada con hojas que no eran ellas mismas distintas a la lechuga, aunque también fueran como nubes, o tal vez conejos. La recuerdo como un ambiente en y de sí mismo, habiéndola conocido desde mi primera infancia. Era el único lugar más o menos seguro en una habitación que recuerdo como ominosamente formal y adulta, una habitación dominada por grandes muebles oscuros que pertenecían a la familia de mi madre. Uno de ésos era un escritorio demasiado alto, con una estantería encima que tenía dos puertas largas y sólidas y la débil reputación de haber pertenecido al héroe revolucionario Francis Marion. Sus cajones inferiores olían espantosa y químicamente a tiempo, y dentro de ellos había, plegados, unos rollos de papel con los muertos del condado en la Gran Guerra.

Ahora sé que yo creía, sin querer admitirlo demasiado, que ese escritorio estaba embrujado.

Descubrí a Borges en una de las más liberales antologías de ciencia ficción, que había incluido su cuento “Las ruinas circulares”. Eso me intrigó lo suficiente y busqué Labyrinths, que, imagino, debió haber sido bastante difícil de encontrar, aunque ya no recuerdo esas dificultades. Recuerdo, sin embargo, la sensación, a la vez compleja y, de forma misteriosa, simple, producida por mi primera lectura de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, sentado en aquella butaca verde.





Si el concepto de software hubiera estado a mi alcance, imagino que me habría sentido como si estuviera instalando algo que aumentara de manera exponencial lo que un día se llamaría ancho de banda, aunque ancho de banda de qué me era imposible saberlo. Esta sublime y cósmicamente cómica fábula sobre información pura (id est, lo ficticio puro) que gradual e implacable se infiltra en lo cotidiano hasta consumirlo, abrió algo que nunca ha sido cerrado dentro de mí.

O sin mí, tal vez, como entendí hambriento y deleitado, mientras los borgianos corredores de espejos se abrían a mi alrededor en todas direcciones. Décadas más tarde, ahora, entiendo la palabra meme, hasta donde puedo entenderla, en términos del mensaje viral de Tlön, su vector inicial, unas pocas páginas misteriosamente sobrantes en un volumen por demás ordinario en apariencia de una enciclopedia para nada estelar.

Las obras que recordamos toda la vida haber leído por primera vez son verdaderos hitos, pero Labyrinths fue uno profundamente singular, para mí, y creo que lo sabía entonces, en mi primera adolescencia. Me fue demostrado esa tarde. Probado. Porque, al tiempo en que había terminado con “Tlön” (aunque uno nunca termina con “Tlön”, ni, de hecho, con ningún cuento de Borges) y había atravesado “El jardín de senderos que se bifurcan” y me había maravillado, con los ojos saltados, con “Pierre Menard, autor del Quijote”, descubrí que había dejado de temer cualquier influencia que pudiera habitar en el imponente escritorio de Francis Marion.

Borges, esta voz elegante y misteriosa, a quien desde el primer instante había aceptado como el más bienvenido de los tíos; este habitante de un lugar mítico llamado Buenos Aires, había de algún modo disuelto en gran parte mi superstición infantil. Había estirado paradigmas básicos tan sin esfuerzo, parecía, como otro caballero podría inclinar su sombrero y guiñar, y yo había sentido una cierta crudeza, una cierta necedad caer.

Me senté, cambiado, en la silla verde, y contemplé un mundo distinto, uno cuyos apuntalamientos me habían sido revelados de una vez infinitamente más misteriosos e interesantes de lo que había podido imaginar.

Cuando dejé esa habitación, me llevé a Borges conmigo, y mi vida ha sido mejor por eso, mucho mejor.

Si aún no has conocido al caballero, sólo puedo urgirte a que lo hagas. Con humildad, no puedo tener otra función, aquí al frente de esta ahora venerable colección de ficciones incomparables, que actuar, breve por piedad, como una suerte de mayordomo. No soy un erudito en Borges, ni, en verdad, ningún tipo de erudito, pero estoy honrado (aunque también avergonzado, sintiéndome indigno) de invitarte.

Por favor.

Muchas tardes, décadas, después de mi propia introducción a Borges, me encontré en Barcelona, a fines de un diciembre, en un festival que celebraba su vida y su obra. Los eventos del festival tenían como escenario una enorme fortaleza o castillo reutilizado, una estructura que imaginé había descansado polvorienta y silenciosa durante los años que parecieron siglos de mando terrible de Francisco Franco, pero que ahora, gracias al confiado y enérgico resurgimiento de la cultura catalana y a las enormes sumas de capital de la Unión Europea, zumbaba y brillaba como el tubo de una aspiradora dentro de un relicario del siglo XIII.

Una tarde, solo, me fui a la busca de una rumoreada muestra de manuscritos y otra miscelánea borgiana, en un hall de un piso superior. Encontrando esto, descubrí que esos objetos eran mostrados tras un vidrio, pero un vidrio tratado de tal forma que se acercara al efecto del comienzo de su glaucoma. Estas reliquias eran visibles sólo estrechamente, y en una forma que imponía una danza dolorosa y molesta en la cabeza si se debían estudiar de cerca. Recuerdo la peculiar, infantil pendiente, de izquierda a derecha, de su letra en una página manuscrita, y la delicadeza de una miniatura laqueada en rojo de una jaula de pájaros china, regalo de un poeta amigo.

Salí caminando, entonces, después de haber sido invitado para encontrarme más tarde en un bar en La Rambla con Alberto Manguel, la única persona a mi alcance que había conocido a Borges. Manguel, cuando lo había visto por primera vez, una década antes, me dijo que él mismo había hablado con un hombre que había conocido a Franz Kafka. ¿Y qué tenía para decir esa persona de Kafka?, pregunté. Que Kafka, me había contado Manguel, sabía todo lo que se podía saber sobre el café. Pero no pude recordar entonces si Manguel tenía alguna información de ese tipo para compartir sobre Borges, y me propuse preguntarle cuando nos viéramos.

Caminando a través de la Plaça Catalunya descubrí un reciente monumento a una figura catalana, mártir de la guerra civil. Este monumento era grave y terrible, chocante. Un vuelo monolítico de escaleras de granito inclinadas de manera poco natural, imposible, hacia delante sobre sí mismas, sobre la horizontal. Una negación de lo que las escaleras y el vuelo y una vida son aspiración. Me paré cerca, temblando, para intentar descifrar la inscripción. Sin poder hacerlo, caminé hacia La Rambla. Allí me encontré con Manguel y sus amigos. Y en el curso de una discusión sobre su nueva posición en el país, en Francia, olvidé hablarle de Borges.


Unos días después, en mi casa en Vancouver, me senté a la computadora y vi la transmisión en vivo de una cámara de video puesta en algún sitio alto de un edificio, con vista a la Plaça Catalunya. Y en mi pantalla estaba ese terrible monumento, las escaleras de granito, rotadas de manera imposible, mudo símbolo de negación.

Y parado a su lado había un hombre vestido con un abrigo marrón, no muy distinto al que yo había usado cuando intentaba descifrar la inscripción.

Me estimulaban, en ese momento, tecnologías que Borges, nuestro tío heresiarca, con sus doctrinas del tiempo circular, sus tigres invisibles, sus paradojas, sus cuchilleros y espejos y ocasos, no había necesitado. Y en ese momento, como sabrás pronto si sos lo suficientemente venturoso como para ignorar la extrañeza de nuestro encuentro aquí y entrar a lo que te espera, supe, una vez más, que estaba en el laberinto.


Traducción Francisco Alvez Francese [FB]
Jorge Luis Borges: Labyrinths Selected Stories Other Writings
Donald A. Yates (Editor), James E. Irby (Editor),
William Gibson (Introduction), André Maurois (Contributor)
New Directions, 2007

Fuente: Borges Todo el Año

Fotos
William Gibson por Frederic Poirot
taken during the Spook Country promotional tour in San Francisco, California, 2007
Monumento a Francesc Macià, Barcelona, España
Foto original color de Caio Graco Machado


Nota de Oye Borges

William Ford Gibson III, (Conway, Carolina del Sur; 17 de marzo de 1948) es un escritor de ciencia ficción estadounidense-canadiense, considerado el padre del cyberpunk.

Gibson es conocido sobre todo por su novela Neuromante (1984), precursora del género cyberpunk y ganadora de los premios Hugo y Nébula. También es el popularizador del término ciberespacio para denominar el espacio virtual creado por las redes informáticas. Junto con sus continuaciones Conde Cero (1986) y Mona Lisa acelerada (1988) forman lo que se ha denominado la Trilogía del Sprawl (o del ensanche).

domingo, 21 de octubre de 2018

La Cábala en la Visión Teórica de Borges




 
Marcin Kazmierczak
Universitat Abat Oliba CEU

 Caminos de la «iniciación».

A pesar de una evaluación negativa de Gershom Scholem [1] , considerado por Borges la más alta autoridad en cuanto a los conocimientos de la cábala, y que al mismo tiempo, explica a Borges durante sus viajes a Israel las complicaciones del universo cabalístico, M. R. Barnatán, al igual que varios otros críticos, emprende la tarea de buscar las huellas del pensamiento cabalístico en la escritura de Borges. El crítico considera conveniente recordar el punto de partida, un artículo publicado por Borges en una revista ilustrada argentina en 1931 titulado Una vindicación de la cábala [2] . A lo largo de este artículo, el autor argentino recuerda a Bacon, John Donne, Gibbon o Tennyson, pero sin apoyarse en ninguno de los tres libros cabalistas fundamentales: el Sefer Bahir, Sefer Yetsira y Sefer ha Zohar. Esta falta de puntos de referencia más sólidos parece corroborar la posición de G. Scholem, según la cual, la aproximación borgiana a la cábala carece de profundidad alguna. Sin embargo, M. R. Barnatán intenta efectuar una defensa del autor argentino alegando los derechos y el carácter específico de una aproximación sobre todo literaria y mucho menos científica. [3]

Es un hecho indiscutible, puesto que el mismo Borges lo admite expresamente [4] , que su primero y, quizá, más importante contacto con las ideas de la cábala tuvo lugar ya en Ginebra cuando a la edad de diecisiete años leyó por primera vez la recién escrita (1915) novela de Gustav Meyrink: Der Golem. Sin embargo, en las líneas siguientes del mismo artículo de M. R. Barnatán, el crítico cita una confesión de Borges que indica todavía otras fuentes de su interés por la cábala:

            Las nociones de Cábala me llegaron, en primer término, por la versión de la Divina Comedia que hizo Longfellow, en la que hay dos o tres páginas sobre la Cábala. Luego leí un libro de Trachtenberg sobre supersticiones hebreas, donde se habla del Golem -al cual yo he dedicado un poema, quizá el mejor poema que yo he escrito-. [5]

Al investigar las fuentes del interés borgiano por la cábala, hay que admitir finalmente que quien le suministra los datos más precisos acerca del tema fue el mencionado conocedor del asunto, G. Scholem. El mismo Borges lo confirma en otra entrevista periodística:

            Kafka y yo compartimos el mismo fervor por Swenderborg, y por William Blake, y sobre todo por la cábala. Kafka, que no conocía el hebreo a la perfección, estudió la cábala en traducciones. Y fue el profesor Scholem en Jerusalén, quien me ayudó a comprenderla mejor. Él me explicó cosas que sin duda son elementales pero que yo no comprendía durante mi solitaria tentativa de descifrarla. [6]

La visión sefirótica de la literatura y la cuestión de la paternidad literaria.

Uno de los conceptos cabalísticos que sirvieron a Borges como modelo para su propia aproximación es la visión que tiene la cábala de la paternidad literaria. Según afirma G. Scholem no conocemos ni siquiera los nombres de los autores de una mayoría aplastante de los libros cabalísticos. En cambio, los que conocemos, en la mayoría de los casos, no pasan de ser tan sólo los nombres no acompañados siquiera de nota biográfica alguna. Esta actitud anónima de los cabalistas hacia la cuestión de la paternidad literaria fue la fuente de la inspiración para un recurso que también se puede encontrar en una serie de escritos de Borges, a saber, la pseudoepigrafía. Según sostiene M. Satz en su prólogo a la edición castellana de Sefer ha-Bahir «La utilización de nombres apócrifos, la atribución de afiladas sentencias a viejos maestros es un recurso tradicional no sólo en el ámbito hebreo: a Plinio o Lucrecio los siglos les fueron agregando libros con los que jamás soñaron» [7] . Pero, aunque el uso de este recurso no fuera un dominio exclusivamente cabalístico, no cabe duda de que en la escritura cabalística se convierte en un elemento clásico y común casi en la totalidad de los escritos. Sin embargo, el ejemplo más espléndido es, sin duda, el mismo Zohar. En la introducción de El Zohar C. Giol escribe: «Generalmente [El Zohar] es atribuido a Rabbi Mošé Šem Tov de León, cabalista del siglo XIII que vivió los últimos años de su vida en Ávila y que murió en 1305. Él mismo afirma en el Zohar que copió sus enseñanzas de Rabbi Simón ben Yohay. Por otra parte, tras la muerte de Rabbi Mošé, su viuda y su hija afirman que no hubo tal manuscrito y que la obra se debe enteramente a él» [8] . Al analizar la actitud de los cabalistas hacia la cuestión de la paternidad literaria, aparte del recurso de la pseudoepigrafía, hay que mencionar también la afición de los místicos judíos a citar obras apócrifas que nunca existieron o que no existieron sino en la imaginación (quizá como un proyecto literario) de los mismos escritores. J. Alazraki, que participó en el curso del mismo profesor Scholem en la Universidad de Jerusalén sobre el misticismo judío, escribe en su ensayo Borges and the Kabbalah: «The whole Zohar is full of bogus references to imaginary writings which have caused even serious students to postulate the existence of lost sources» [9] . También a Borges le llamó la atención este recurso, hecho sobre el cual testimonian muchos escritos suyos. 

La confusión a la que llevó a sus lectores Moisés de León a través de sus referencias ficticias [10] ha tenido su efecto equivalente en el caso de los lectores de Borges. Recordemos algunos ejemplos de la pseudoepigrafía presentes en Borges. Uno de los más evidentes aparece en Tres versiones de Judas, donde Borges atribuye la controvertida idea de la fusión de las figuras del mesías y del traidor Judas a Nils Runeberg, que hubiera expuesto sus intuiciones audaces en su libro Kristus och Judas y en su obra mayor Den hemilge Fräslaren. Otro ejemplo mencionado ya anteriormente en este trabajo son los libros del ficticio Herbert Quain: The God of the Labyrinth, April March, The Secret Mirror, Statements. No se puede olvidar tampoco el Volumen XI de First Ecyclopedia of Tlön, que no sólo suministra al autor una referencia apócrifa que justifica la construcción del relato, sino también, constituye el contenido mismo del relato. Si El Zohar es una transcripción de un libro antiguo del Rabi Simón ben Yohay, el relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius es una transcripción de aquel tomo de la Enciclopedia del Tlön. Merece la pena añadir que la eficacia de la aplicación de este recurso tal y como lo utiliza Borges, llega a equivaler a la del maestro Moisés de León. «In this respect –ironiza J. Alzraki- we cannot help recalling that some of Borges’ naive readers have also made diligent attempts to obtain «the first detective novel to be written by a native of Bombay City», Mir Bahadur Ali’s The Approach to al-Mu’tasim whose summary Borges offers in the story» [11] .

Aparte de las razones psicológicas e históricas alegadas por G. Scholem, quizá se pueda hablar también de razones doctrinales que inspiran a los cabalistas el pavor y la aversión frente a la atribución de rasgos personales a su obra, en el sentido del reconocimiento y declaración de la paternidad literaria. Se trata de la doctrina que tanta sorpresa había causado a Borges y de la cual se habló en el comienzo de este apartado, es decir, la idea del ru’ah ha kodesh, el Espíritu Santo, como el único autor de la Escritura Sagrada. Recordemos que la cábala no tiene intención alguna de crear nueva religión o literatura. Al contrario, es un método especulativo de la interpretación profunda del texto clásico, (la Biblia) de un «canon» fijo e intachable, al igual que el mundo de los arquetipos en la visión platónica. Para el cabalista La Biblia es el «arquetipo» de toda la palabra escrita y de toda la búsqueda mística. Por lo tanto, los escritos cabalísticos, como una extensión de la Biblia, también son obra, aunque de una manera indirecta, del Espíritu Santo. Recordemos que Borges llegó a plantearse, aunque con un tono inminentemente irónico, la cuestión de haber entrado en la literatura «por obra del Espíritu Santo». Esta afinidad entre la aproximación cabalística y la de Borges lleva a dos conclusiones diferentes.

Panteísmo literario.

Primero, indica la fe en la idea de un panteísmo literario, presente en diversos escritos de Borges, como por ejemplo La flor de Coleridge (OCII pp. 17-19) o Tlön, Uqbar, Orbis Tertius [12] . Segundo, revela la astucia de los cabalistas, que supieron esconder su tendencia transgresora bajo la capa de un aparente apego absoluto a la tradición. Si la autolimitación a la tradición ortodoxa fuera sincera, realmente se limitarían a manejar los verdaderos libros bíblicos y no tendrían necesidad de inventar los apócrifos, más afines a las ideas que quieren presentar y para las cuales necesitan un apoyo clásico o, más bien, pseudoclásico. Cosa parecida sucede con Borges, quien en repetidas ocasiones confiesa descreer totalmente de la novedad literaria, quien identifica la creación literaria con la lectura, y quien, por otro lado, cita las obras que no han existido nunca, que para existir han tenido que ser inventadas por él. Así pues, la tensión entre lo tradicional y lo innovador o, en otras palabras, la existencia de lo nuevo en el corazón de lo clásico sometido a una nueva lectura, constituyen otro elemento afín entre la aproximación literaria y mística de los cabalistas y de Borges. G. Scholem menciona este fenómeno al analizar varios momentos del desarrollo del pensamiento cabalístico, uno de los cuales es la doctrina de Isaac Luria, «le système le plus influent du dernier Kabbalisme, quoique le plus difficile. Presque toutes les questions importantes et les principales thèses du système de Luria sont nouvelles, on peut même dire étonnamment nouvelles ; cependant elles furent acceptées partout comme la vrai Kabbale, c’est-à-dire comme la sagesse traditionnelle. Il n’y eut personne pour y faire objection.» [13] Del mismo modo, otro autor apócrifo de Borges, Pierre Menard, aunque parte de la base del precursor (según la terminología de H. Bloom) que, para él, es el Quijote de Cervantes, llega a la conclusión de que la nueva versión (lectura-escritura) es incomparablemente más rica que la anterior. Por eso afirma Borges que las literaturas no difieren tanto por los textos sino por la manera de ser leídas. [14] 

De este modo llegamos a la conclusión de que un recurso más, importantísimo en la aproximación literaria de Borges, que es el papel eminente del lector, también, de algún modo, se asemeja a la aproximación cabalística. Recordemos que para Borges el papel del lector llega a ser predominante en comparación con el del escritor y hasta del mismo texto, puesto que es el lector quien da la última y definitiva forma al “comunicado” es decir a la obra literaria. También el cabalista, aunque parta del “eterno comunicado” escrito por el “eterno escritor” luego no vacila en emprender su propia lectura, aparentemente sometida a la tradición pero en el fondo enormemente independiente e innovadora, por no decir transgresora, como podría parecer desde las posiciones ortodoxas.

77 significados o el emanantismo literario.

La importancia fundamental de la lectura para la especulación cabalística se revela también en la actitud frente a los acontecimientos históricos descritos en la Biblia, la cual sugiere la posibilidad de una doble lectura. Cedamos la voz una vez más al verdadero experto, G. Scholem:

            Les aspects historiques de la religion ont une signification pour le mystique principalement comme des symboles d’actes qu’il conçoit comme séparés du temps, ou qui se répètent constamment dans l’âme de tout homme. Ainsi l’exode d’Égypte, l’événement fondamental de notre histoire, ne peut pas, selon le mystique, s’être passé seulement une fois et en une seule place; il doit correspondre a un événement qui a lieu en nous mêmes, la fuite d’une Égypte intérieure dans laquelle nous sommes tous des esclaves. Ainsi conçu, l’exode d’Égypte cesse d’être l’objet de l’enseignement et acquiert la dignité d’une expérience réligieuse immédiate [15] .

No hace falta añadir que nos encontramos aquí con el recurso de la alegoría y que este recurso es uno de los fundamentales en la poética de los relatos de Borges. [16]

Sin embargo, la cuestión de la «lectura profunda» va todavía mucho más allá del concepto clásico de la alegoría. [17] La posibilidad de una lectura creativa en la visión cabalística no sólo no se limita a una sola interpretación alegórica obligatoria (como postulaba Dante) sino que asegura que cada versículo bíblico tiene 77 significados. Si tomamos en cuenta que para los hebreos la cifra 77 representa la infinidad, se entenderá mejor la convicción borgiana de que el factor determinante del carácter de una literatura es más bien la lectura que la escritura. Esta afirmación de Borges inspira a J. Alazraki la asociación de la visión borgiana de la literatura como la relectura de un texto panteísta, un texto-pleroma, un texto primordial, con la visión cabalística de la historia de la literatura propuesta por H. Bloom. [18] El concepto de layerdness o feuilleté del discurso literario sin duda es muy afín a la aproximación cabalística y, como es el caso de Bloom, brota directamente de ella. De modo que la metáfora cabalística de los 77 significados contrapuesta a la visión de dos significados postulada por Dante corresponde perfectamente al modelo propuesto por Barthes de la cebolla (onion) contrapuesto a una fruta con hueso (a kind of fruit with a kernel). El descubrimiento de la presencia de este modelo de la escritura en la obra de Borges sin duda constituye otra corroboración de que su decidida apuesta por el crecimiento y, finalmente, preponderancia del papel del lector también es un recurso de algún modo cabalístico.

La cábala y la causalidad invertida.

La idea de la inversión cronológica de la causa y efecto constituye otro elemento de la visión borgiana que también se presta a un análisis cabalístico. Según afirma Mario Satz en su introducción al Sefer ha-Bahir «La característica más relevante del Libro de la Claridad es su frecuente descontextualización de los pasajes bíblicos, rasgo de uso habitual en la Kábala pues la reversibilidad del sentido es paralela a la reversibilidad misma de la Escritura. Job explica y corrobora los infortunios de Jesús, que aún no ha nacido.» [19] Este procedimiento de la inversión cronológica no se escapa a la atención de H. Bloom, que detecta su existencia particularmente explícita en la obra de Cordovero. El crítico recuerda que, en la doctrina de Cordovero, el cuarto behinah (la emanación posterior de cada sefirah) es el aspecto que capacita a su precursor (el sefirah anterior) para emanar el siguiente sefirah. En otras palabras, una de las condiciones indispensables de la emanación y uno de los motores de ella está en el sefirah emanado y no en él que emana. He aquí la conclusión lógica a la que llega H. Bloom a raíz de esta visión de Cordovero: «This extraordinary formulation ascribes a power in the supposed cause to the supposed effect; indeed it pragmatically all but reverses cause and effect.» [20] En cuanto a la aplicación borgiana de este concepto, es posible encontrarlo tanto en su visión general de la literatura como en su transformación literaria de esta idea efectuada en los relatos fantásticos. En el ensayo Kafka y sus precursores Borges asegura que existe una analogía innegable entre la paradoja de Zenon y la obra de Kafka. De modo que «la forma de este ilustre problema [la carrera de Aquiles y la tortuga] es, exactamente, la de El castillo, y el móvil y la flecha y Aquiles son los primeros personajes kafkianos de la literatura» [21] . Sin embargo, para que pudiéramos darnos cuenta de que el primer paradigma de Kafka está cifrado en la antigua paradoja del Estoico, es necesario tener el conocimiento de los dos y, al asociarlos, crear el vínculo de influencia, que, en la percepción del lector, se crea más bien en el sentido contrario a la cronología. Porque si bien es cierto que cronológicamente la influencia se extiende desde Zenón hacia Kafka, también es cierto que la lectura de Kafka, que rige la asociación con Zenón, va en la dirección opuesta, invirtiendo de este modo el proceso de la influencia. La misma regla aplica Borges a los demás «precursores» de Kafka, entre otros, a Robert Browning: «En cada uno de estos textos está la idiosincrasia de Kafka, en grado mayor o menor, pero si Kafka no hubiera escrito, no la percibiríamos ; vale decir, no existiría. El poema «Fears and Scruples» de Robert Browning profetiza la obra de Kafka, pero nuestra lectura de Kafka afina y desvía sensiblemente nuestra lectura del poema» [22] . Así es que, a través de nuestra lectura, clasificamos y modificamos los textos anteriores, invirtiendo los zinzor (canales) en el mundo sefirótico de la literatura panteísta. Por consiguiente, en la conclusión final de este ensayo Borges afirma de una manera contundente «El hecho es que cada escritor crea a sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro» [23] .

Así pues, la relación primitiva bilateral (entre el autor y el lector) se convierte en un auténtico “Jardín de los senderos que se bifurcan” (relación reversible entre diversas (re)escrituras y (re)lecturas). Quizá esta visión puede llevar a una posible interpretación del relato que lleva este mismo título paralela a la sugerida por el mismo Borges, según quien el relato es una metáfora del tiempo pero que, al parecer, también podría servir como una dramatización artística del proceso de la creación literaria. Por consiguiente un texto individual, materialmente separado de los demás (recordemos que material significa artificial o incluso falso, según los criterios de este mundo especulativo e idealista) no es sino un tramo del laberinto y su existencia solo tiene sentido precisamente dentro de este laberinto. Separarlo de la totalidad sería comparable al acto de arrancar una rama de un árbol. Como una rama arrancada deja de trasmitir la savia de la cual ella misma se alimenta, se seca y desaparece, un texto recortado artificialmente de la cadena del proceso literario pierde sentido o, por lo menos, una gran parte del significado o significados, preprogramados por los textos anteriores y añadidos por las interpretaciones posteriores.

Por otro lado, según se ha mencionado antes, Borges no limita su aplicación del concepto de la causalidad invertida exclusivamente a la teoría de la literatura. Recuérdese los relatos Examen de la obra de Herbert Quain y La otra muerte en los que también aparece un juego de inversión cronológica. Como recordamos, el mismo título de la obra apócrifa, April March, del escritor ficticio Herbert Quain, constituye un juego de palabras que, de una manera ingeniosa, expone la idea de una marcha atrás (desde abril hacia marzo). Un efecto parecido está descrito en La otra muerte, donde la imaginación del protagonista, fortificada por un deseo poderoso, le permite transformar su pasado infame en un pasado heroico, acabando por trasladar su muerte a una batalla sucedida varias décadas antes. Aparte de sugerir la posibilidad de una reivindicación de la aplicación borgiana de este recurso a la influencia cabalística pero también filosófica (Platón y Bradley), este descubrimiento lleva a otra conclusión particularmente importante para una evaluación global de las influencias filosóficas y místicas en Borges. Se trata de la convicción de que contrariamente a lo que afirma Borges en algunas entrevistas su selección de las mencionadas fuentes no es puramente casual y no se rige exclusivamente por las preferencias estéticas de un literato descreído de las ideas filosóficas o religiosas. Por el contrario, al analizar su predilección de explorar en exclusiva las fuentes idealistas (budismo a través de Schopenhauer, Platón, los neoplatónicos, los gnósticos cristianos, la kábala, etc.) es posible llegar a la conclusión de que la selección de las fuentes se rige por una clara clave ideológica cuyo paradigma es una actitud antinaturalista y antimetafísica, que se manifiesta, en primer lugar, a través del rechazo de la materia y del sujeto, pero que se extiende al rechazo de cualquier ente real, bien sea material, bien sea espiritual.  

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[1] "Scholem (...) no cree que las influencias cabalísticas en Borges sean profundas. En una entrevista que mantuvimos hace unos años en Jerusalén me decía: " (Barnatán, M. R. Conocer Borges y su obra. Barcelona, Dopesa, 1978, p. 54). Todas las citas de Borges provienen de la siguiente edición: J. L. Borges, Obras completas, Emecé, Barcelona, 1997, en IV volúmenes. En las notas siguientes, para referirse a esta edición se utilizará la siguiente abreviación: OCI para el primer volumes; OCII para el segundo, etc.  

[2] En la Discusión, OCI pp. 209-212.

[3] Tesis con la que difícilmente se puede estar de acuerdo, visto el carácter por lo menos semicientífico o popularizador de muchos de sus ensayos. Por otro lado y a pesar del carácter superficial de la exposición del tema presente en este ensayo, no se puede negar el acierto con el cual (quizá sobre todo intuitivamente) Borges explora ciertos elementos pertenecientes a la cábala en la construcción de algunos relatos. Hay que decir también que su conocimiento de la cábala va en aumento a lo largo de los años de su creación literaria, debido a su continuo interés por el tema y, como afirma él mismo, gracias a las entrevistas con G. Scholem. Fruto visible de este crecimiento del conocimiento cabalístico es otro ensayo consagrado al tema: "La cábala" (en Siete noches (1980), J. L. Borges, OCIII, pp. 267-275), en el cual la exposición parece notablemente más sustentada por el conocimiento de las mencionadas fuentes básicas de la cábala e incomparablemente más matizada.

[4] Por ejemplo en sus conversaciones con R. Alifano. Véase Alifano, R.   Conversaciones con Borges.  Buenos Aires, Atlántida (Madrid, Debate, 1986), 1985, pp. 191-196.

[5] Barnatán, M. R., op. cit. p. 55. En la misma entrevista indicaba Borges también otros libros sobre la cábala, que él había leído, "a Waite, Sérouya, el artículo de la Enciclopedia Británica y a Adolphe Franck." Buscando otras referencias un poco más antiguas, se han de tener en cuenta los años españoles de Borges, en 1919, 1920 y 1923, época en que visitó frecuentemente a su maestro Rafael Cansinos Assens, el cual, por su descendencia judía y por su preocupación por el tema, le proporcionó algunos conocimientos que despertaron su curiosidad. También hay que tener en cuenta su amistad con un compañero de estudios judío del liceo de Ginebra, Maurice Abramowitz y con otro amigo judío de la época, Simón Jichilinski, citado por vez primera en su obra El otro que abre El libro de arena.

[6] Ibid. p. 56. El subrayado es mío.

[7] El Libro de la claridad, Sefer ha-Bahir (1992), Ediciones Obelisco, Barcelona, p. 6.

[8] El Zohar, El Libro del esplendor, (trad. C. Giol), Obelisco, Barcelona, 1996, p. 22. Para más detalles sobre la cuestión de la paternidad literaria del Zohar véase G. Scholem: Les grands courants de la mystique juive, Ed. Payot, Paris, 1968, (Trad. M.-M. Davy), pp. 172-220.

[9] Alazraki, J. Borges and the Kabbalah, Cambridge University Press, Melbourne, 1988, p. 28.

[10] Entre los libros inexistentes citados en El Zohar hay que enumerar por ejemplo El Libro de Adán, El Libro de Enoch, El Libro del Rey Salomón, El libro de Rav Hammuna Sava, etc. Véase J. Alazraki: Borges and the Kabbalah, op. cit. p. 28.

[11] J. Alazraki: Borges and the Kabbalah, op. cit. p. 28.

[12] Recuérdese que en el planeta Tlön no existe el concepto de plagio puesto que el sujeto de la creación es uno y eterno.

[13] Scholem, G.: Les grands courants..., op. cit. p. 34.

[14] Nota sobre (hacia) Bernard Shaw, OCII p. 125.

[15] G. Scholem.: Les grands courants..., op. cit. p. 32.

[16] Recuérdese que en la introducción al relato El Sur el mismo autor sugiere la posibilidad de una lectura alegórica. Muchos de los relatos aparentemente localistas en el fondo son representaciones alegóricas de la ideas filosóficas favoritas de Borges.

[17] Según Dante (Vita Nuova) la lectura alegórica es única, hay que descubrirla tal y como la había cifrado el autor, sin que el lector tuviera la mínima libertad de interpretación o de una lectura creativa.

[18] También R. Barthes propone una visión semejante de una obra literaria: ‘The problem of style can only be treated by reference to what I shall refer to as layerdness (feuilleté) of the discourse.’ Citado por Alazraki, J. Borges and the Kabbalah , op. cit. p. 8.

[19] Sefer ha-Bahir, El Zohar, Obelisco, Barcelona, 1996, op. cit. p. 9. En el mismo lugar M. Satz alega la siguiente cita del libro de Graves y Patai: Los Mitos Hebreos, (Buenos Aires, 1969): “Adán ve a todas las futuras generaciones de la humanidad colgando de su cuerpo gigantesco; Isaac estudia la Ley Mosaica (revelada diez generaciones después) en la academia de Sem, quien vivió diez generaciones antes que él. En realidad, en el protagonista del mito hebreo no sólo influyen profundamente los hechos, palabras y pensamientos de sus antepasados, y se da cuenta de su profundo efecto en el destino de sus descendientes, sino que influyen en él tanto el comportamiento de sus herederos como el de sus ancestros.” (Ibid. pp. 9-10)

[20] H. Bloom, BLOOM, H. Kabbalah and Criticism, The Seabury Press, New York, 1975, p. 69. Para corroborar su tesis H. Bloom aporta en el mismo lugar una cita de G. Scholem referente a la imagen de los canales (channels – zinzor) de influencia de los diferentes sefirot. Lo sorprendente es que la influencia que se desarrolla entre diferentes sefirot no es idéntica a la dirección de la emanación: “Such channels are paths of reciprocal influence between different sefirot. This process is not a one-way influx from cause to effect; it also operates from effect to cause.” (Citado por H. Bloom, ibid. p. 70)

[21] En Otras Inquisiciones, OCII p. 88.

[22] Ibid. p. 89.

[23] Ibid. pp. 89-90.

Fuente: Hottopos