domingo, 25 de junio de 2017

Sueños y Sombra, Borges y Jung


Por el Lic. Sergio Herchcovichz
                

No es la intención de este trabajo realizar un análisis literario acerca de la Obra de Jorge Luis Borges, ni sobre su vida personal; sino presentar al lector una serie de imágenes e ideas que aparecen en los escritos del autor y que se relacionan íntimamente, con algunos presupuestos, aportados por el psiquiatra y psicólogo suizo Carl G. Jung, acerca de lo que sucede en los seres humanos en general y en los poetas en particular.

Quién conozca o haya leído algunos o muchos de los escritos de Borges, habrá notado que ciertas temáticas, que preferiríamos denominar imágenes, se reiteran.

En esta oportunidad nos ocuparemos de algunas de ellas, el Sueño, la Sombra, el Laberinto y el Centro (o Sí Mismo en términos de Jung).

Carl G. Jung luego de tener una estrecha relación con Sigmund Freud como discípulo dentro del movimiento psicoanalítico, comenzó a desarrollar sus propias ideas, siendo algunas de ellas descubiertas en su experiencia terapéutica con sus pacientes y otras a través del contacto y conocimiento de su mundo interno.

Entre otras temáticas aportó las siguientes ideas:

La idea de Inconsciente Colectivo que caracterizó como: "una capa psíquica común a todos los humanos, formada en todos por representaciones similares (que se han concretado a lo largo de las edades en los mitos). No es este producto de experiencias individuales; es innato en nosotros, al igual que el cerebro diferenciado con el que venimos al mundo. Esto equivale simplemente a afirmar que nuestra estructura psíquica, del mismo modo que nuestra anatomía cerebral, lleva en sí las huellas filogenéticas de su lenta y constante edificación, que se ha extendido a lo largo de millones de años. Nacemos, en cierto modo, en un edificio inmemorial que nosotros resucitamos y que se apoya en cimientos milenarios. Hemos recorrido todas las etapas de la escala animal; nuestro cuerpo tiene numerosas supervivencias de ellas: el embrión humano presenta, por ejemplo, todavía branquias; tenemos toda una serie de órganos que no son sino recuerdos ancestrales; en nuestro plan de organización, estamos segmentados como gusanos, de los que poseemos también el sistema nervioso simpático. Así, llevamos en nosotros, en la estructura de nuestro cuerpo y de nuestro sistema nervioso, toda nuestra historia genealógica; ello es cierto también para nuestra alma, que revela asimismo las huellas de su pasado y de su devenir ancestral. Teóricamente, podríamos reconstruir la historia de la humanidad partiendo de nuestra complexión psíquica, pues todo lo que existió una vez está todavía presente y vivo en nosotros. El simpático es algo más que un recuerdo sentimental de una existencia paradisíaca: es un sistema que existe y vive en nosotros, que continúa viviendo, funcionando y trabajando, como lo hacía en tiempos inmemoriales. En la esfera psíquica, el inconsciente colectivo está constituido por un conjunto de supervivencias"

"…Contiene formas antiguas y universales de representación de la humanidad, son tanto sentimiento como pensamiento, son dueñas de algo así como una vida autónoma y por ende similar a almas parciales. Dichas imágenes o configuraciones son los denominados arquetipos. Los arquetipos son el resultado de la acumulación de las experiencias de idéntica naturaleza. Habitualmente se presentan proyectados en objetos, ideas, personas e imágenes en general."

Suelen manifestarse en sueños, fantasías, mitos, cuentos, leyendas y expresiones artísticas.

Dentro del extenso marco de ideas colectivas rescataremos, como mencionamos anteriormente, la imagen del Laberinto y del Centro o Mandala, y observaremos la importancia que los sueños ejercieron sobre Borges en su labor literaria.

Un primer ejemplo de lo mencionado lo encontraremos en el siguiente escrito de Borges denominado "Alguien sueña" Del cual extraemos el siguiente párrafo: "¿Qué habrá soñado el Tiempo hasta ahora, que es, como todos los ahoras, el ápice? Ha soñado la espada, cuyo mejor lugar es el verso. Ha soñado y labrado sentencia, que puede simular la sabiduría. Ha soñado la fe, ha soñado las atroces Cruzadas. Ha soñado a los griegos que descubrieron el diálogo y la duda…"

Y en su última línea sostiene: "…Ha soñado que Alguien lo sueña" O como nos revela en el poema Inferno, V, 129 "Otro libro hará que los hombres, sueños también, los sueñen."

Quizás estos escritos resumen en gran medida aquello que mencionábamos como Inconsciente Colectivo en Jung, un reservorio de ideas, imágenes, sentimientos etc., perteneciente a toda la humanidad, donde el mundo del sueño y el real se confunden y funden.

Los sueños representan para Jung la vía más directa de contacto con los Arquetipos, teniendo en cuenta que consideraba a los sueños como una autorrepresentación espontánea de la situación actual de lo inconsciente expresado de manera simbólica. Pero este modo de expresión no sólo sucede en los sueños, también en la obra de arte poética, donde el autor, dice Jung, tiene un modo visionario de crear, es decir el poeta es instrumento de las expresiones del Inconsciente Colectivo.

Una característica fundamental del Arquetipo es que éste, de algún modo, toma a la persona. Es decir, al pertenecer a un estrato irracional, su modo de expresión es abrupto, sorprendente y abarcativo. Jung señalaba "nosotros no tenemos a los Arquetipos, ellos nos tienen a nosotros" Por su parte Borges indica en el prólogo del libro "Los Conjurados" de 1985: "En este libro hay muchos sueños. Aclaro que son dones de la noche o, más precisamente, del alba, no ficciones deliberadas" Es decir, denota que sus textos son expresiones involuntarias, patrimonio de los sueños y la noche, en términos de Jung: productos del inconsciente. Pasemos a observar ahora la significación simbólica que posee, la imagen del laberinto y denotar cómo se expresa en Borges: En términos generales "el laberinto", es símbolo de un sistema de defensa que anuncia la presencia de algo precioso o sagrado. Tiene la función religiosa de defender contra los asaltos del mal. El centro que protege el laberinto está reservado al iniciado, aquel que a través de las pruebas de iniciación se ha mostrado digno de acceder a la revelación misteriosa. Una vez alcanza el centro, está como consagrado; introducido en los arcanos, está vinculado por el secreto. El laberinto conduce también al interior del sí mismo, hacia una suerte de santuario interior y oculto donde reside lo más misterioso de la persona humana.

Borges lo expresa del siguiente modo en un párrafo de su cuento "La casa de Asterión": "No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo" El cuento hace referencia al Laberinto de Creta y Asterión o Asterio, que es el nombre del Minotauro. O en el texto El Go (la cifra pag. 87) donde señala: "…agradezco a mis númenes esta revelación de un laberinto que nunca será mío" Númen es el nombre que otorga Jung al componente afectivo y emocional que transmite el arquetipo. El arquetipo no sólo es imagen, también es energía es decir emoción, su carácter numinoso. Esa emoción es la que traslada a Borges al laberinto interior. De igual manera en "El hilo de la fábula" (Los conjurados, pag. 57): "Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad"

Volviendo a la temática del sueño, mencionamos antes como las imágenes son transmisoras de lo más profundo de nuestro psiquísmo, Jung en referencia a la función que cumplen los sueños nos informa: "La función general de los sueños es intentar restablecer nuestro equilibrio psicológico. Eso es lo que llamo el papel complementario (o compensador) de los sueños en nuestra organización psíquica" Qué sucede al respecto en el poeta, siguiendo lo postulado, podríamos afirmar que si su producción es inconsciente, entonces es equivalente al Sueño y por lo tanto cumple la misma función. Ejemplifiquemos lo expuesto en el siguiente párrafo de una poesía de Borges denominada "El sueño":

"…La noche quiere que esta noche olvides tu nombre, tus mayores y tu sangre, cada palabra humana y cada lágrima, lo que pudo enseñarte la vigilia,…"

Jung además señala que el mundo de lo Inconsciente es como otra vida que vivimos, todo ser humano vive en dos mundos al mismo tiempo, el de la consciencia y el vasto mundo inconsciente. Borges por su lado nos señala este mismo aspecto al citar permanentemente la idea de ser soñado por alguien, como ya expusimos en "Alguien sueña" o también en el cuento "Las ruinas circulares" que culmina con la siguiente línea: "Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo"

El sueño nos conecta con la profundidad, con la eternidad universal inconsciente que nos atraviesa, con lo más íntimo y míticamente sagrado en "La escritura del Dios" Borges señalaba: "No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable y morirás antes de haber despertado realmente"

Otra temática frecuente en la obra de Borges es la imagen de la "Sombra", para Jung la "Sombra" es aquella área de nuestra personalidad que permanece oculta ante los ojos de la conciencia. El espacio personal que resguarda todo aquello que, por razones de adaptación, debimos ocultar al mundo En Borges encontramos al respecto la siguiente alusión en el poema "Son los ríos": "…Somos el vano río prefijado, rumbo a su mar. La Sombra lo ha cercado…"

También en el poema "La joven noche": "…Ya la sombra ha sellado los espejos que copian la ficción de las cosas…" Cuando Jung se refería a la "Sombra" como el componente inferior de la personalidad, destacaba que en ese aspecto quedaba oculto todo aquello que no era conveniente exponer en un momento dado de nuestra vida, o aquellos aspectos que no toleramos en nosotros mismos y que si reconocemos fácilmente en los demás.

Muchos sostienen que el tema de la sombra en Borges tiene relación con su ceguera, pero esto, si bien se observa en alguno de sus escritos, no tienen ese sentido en otros como los mencionados, donde refiere a la Sombra no como la oscuridad, sino como el reflejo de aquello que nos acontece en la vida y que no reconocemos en nosotros. Cuando Borges en su poema Elogio de la Sombra nos menciona:

"…Esta penumbra es lenta y no duele; fluye por un manso declive y se parece a la eternidad. Mis amigos no tienen cara, las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años, las esquinas pueden ser otras, no hay letras en las páginas de los libros. Todo esto debería atemorizarme, pero es una dulzura, un regreso…"

Se podría suponer que solo refiere a su penumbra personal, pero el lenguaje simbólico abarca mucho más que la noción exclusivamente personal y nos transporta al mundo universal, al "regreso" como leímos en Borges, un regreso al mundo interno, al mundo de las imágenes, al encuentro consigo mismo al de los arquetipos. Al igual que Edipo que luego de quedarse ciego, se convirtió en sabio, o al de su antecesor Tiresias quién le interpretó el oráculo que convirtió al mismo Edipo en rey, Borges se transforma en un transmisor de imágenes universales internas merced, quizás, a su ceguera. Por eso Carl G. Jung, propuso que el primer paso en el análisis sea atravesar la propia Sombra: "El encuentro con uno mismo, al principio, es el encuentro con la propia Sombra. La Sombra es un pasaje, una puerta estrecha y no hay forma de bajar al pozo profundo sin sufrir el dolor del angostamiento que implica cruzarla".

El poeta (Borges) cruza esa puerta estrecha a través de sus escritos y nos ayuda, a los lectores, a sentir ese pasaje que, nos aturde al comienzo, y nos libera después.

En relación a la creación literaria Jung nos decía: "Todo ser creativo es una dualidad y una síntesis de rasgos paradójicos. Por una parte es personal - humano, por otra constituye un proceso impersonal y creativo" "Como persona puede tener caprichos, deseos y fines propios, pero como artista en cambio es "hombre", en un sentido más elevado, un hombre colectivo, portador y conformador del alma inconsciente de la humanidad" "Como artista debe entenderse al poeta desde su acto creador."

De allí, que por último, analizaremos un símbolo de frecuente aparición en Borges, el símbolo del Centro o totalidad. Para ello primero explicaremos que significaciones puede tener este símbolo desde la óptica de Jung y atenderemos su manifestación en la obra Borgiana. Jung hizo referencia sobre la aparición frecuente en diferentes personas de una imagen de centralidad que prefirió conceptualizar como Mandala, atendiendo que esta figuración, representa en oriente, un instrumento de contemplación, meditación y de orden. Señaló que es observable sobre todo en los niños y en la esquizofrenia, o en cualquier etapa de desorden o caos interno. Al parecer el Mandala, como Símbolo del Sí mismo, promueve el equilibrio a partir de su orientación central. El Sí mismo para Jung es el centro del campo de toda la psique, una suerte de personalidad de orden interno que regula el equilibrio psíquico; además representa el arquetipo de la totalidad, que reúne características universales y ordenadoras.

¿Cómo se manifiesta este símbolo en Borges? En el poema "Blake" escribe:

"¿Dónde estará la rosa que en tu mano prodiga, sin saberlo, íntimos dones? No en el color, porque la flor es ciega, ni en la dulce fragancia inagotable, ni en el peso de un pétalo. Esas cosas son unos pocos y perdidos ecos. La rosa verdadera está muy lejos. Puede ser un pilar o una batalla o un firmamento de ángeles o un mundo infinito, secreto y necesario, o el júbilo de un dios que no veremos o un planeta de plata en otro cielo o un terrible arquetipo que no tiene la forma de la rosa."

El Símbolo de la rosa, es muy conocido en distintos pueblos y culturas como representación de la totalidad, equivalente a la flor de loto en oriente. En el poema "La trama": nos señala "Las dos son piezas de la trama que abarca el círculo sin principio ni fin…"

Esta analogía está relacionada con lo que los alquimistas denominaban la cuadratura del círculo, o el círculo en el cuadrado, o la representación de aquello que el filosofo alquimista Gerardus Dorneus postulaba como "Unus mundus" o mundo único, un mundo de pura potencia, donde está todo contenido, como en el cuento "El Aleph" donde Borges nos enfrenta con la siguiente escena:

"En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda… … vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo."

Allí como en "Las ruinas circulares" (op.cit.), o en "El espejo de tinta", todo el universo aparece concentrado en un punto, esfera, un breve espacio, una "trama" que implica volverse uno con el todo. O como en "La escritura del Dios": "…El éxtasis no repite sus símbolos; hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo…"

Ese tiempo... primordial, mítico, inconsciente, tiempo sin tiempo que nos involucra en el presente de nuestra consciencia, y que conecta al poeta, a través de su acto de creación con lo primigenio. A palabras de Jung "Ese volver a sumergirse en el estado primigenio de la Participation Mystique (Participación Mística, concepto de Levy - Bruhl) es el secreto de la creación artística y sus efectos, pues en este nivel de la vivencia ya no es el individuo quien experimenta, sino el pueblo, y ya no se trata allí del bienestar o del dolor del individuo, sino de la vida del pueblo"

Para finalizar cabe señalar que Borges nos invita, a través de su obra, a conectarnos con esa profundidad primitiva y humana cuando las estrellas de la noche nos lleven a sentir la inmensidad y el encuentro con nosotros mismos, como el propio autor nos enseña: "¿Quién serás esta noche en el oscuro sueño, del otro lado de su muro?"

Fuente : Centro Jung de Buenos Aires




viernes, 23 de junio de 2017

Abelardo Castillo: Noche con Borges




 11 de octubre de 1983

Este invierno, hará dos meses, volví a encontrarme con Borges. Mi Borges personal puede sintetizarse en tres o cuatro momentos separados por períodos de cinco o diez años.
El primero fue en 1960, cuando lo conocimos con Arnoldo Liberman en la Biblioteca Nacional; otro encuentro fue en un cine, con Egle y María Kodama. Egle nos obligó a darnos la mano, en la penumbra, sin que Borges tuviera la menor idea de por qué, ni con quién, estaba manteniendo tan inesperado contacto físico. Me preguntó si recordaba el Cantar de Fin, la parte aquella de las vigas ardiendo, y se puso a recitarlo en inglés, o en un idioma tremebundo que parecía inglés y sonaba como alemán. No abrí la boca. Nos separamos. Me agradeció el que hubiéramos mantenido una conversación tan interesante. Uno más, en la librería de Falbo, la vez que me dedicó los poemas y me dijo: “Los adjetivos póngalos usted”. En uno de esos encuentros, o en algún otro, reparó en mi apellido y dijo que debíamos ser parientes, porque Borges viene de burg, que antes de significar ciudad, o burgo, significó castillo, y que ésta también había sido una linda conversación.

El de este invierno fue en la casa de Ester de Izaguirre. Yo no tenía muchas ganas de ir. Ester me venía pidiendo que acompañara a Borges en la mesa, para una especie de diálogo o de entrevista, como cierre de las charlas y talleres de literatura que se dan en su casa. Sylvia, que fue alumna de Borges en la facultad, y que lo venera, insistía en que debíamos ir. La idea no terminaba de convencerme. Mi respeto y mi admiración por Borges son grandes, pero nuestras diferencias de todo tipo, también. Como sea, fuimos. Me tocó recibirlo, hecho que, por razones topográficas, sucedió en la cocina y fue bastante cómico. Pero antes quiero escribir lo que pasó en nuestro primer encuentro.


Lo conocí en 1960. La idea, que fue de Liberman, era hacerle una entrevista para El grillo de papel; entrevista, dicho sea de paso, que nunca se publicó.
Borges nos recibió en persona esa tarde; recuerdo perfectamente que no quiso grabar, porque desconfiaba “de esos misteriosos aparatos”. Era un salón grande, o me pareció a mí; en ciertos casos, uno magnifica los ámbitos y hasta a las personas, y todo le parece colosal. Una de las primeras cosas que dijo, fue: “Hay mucha luz aquí”, y cerró unas persianas. Borges ya era casi ciego; a partir de ese instante, la penumbra se abatió sobre los tres y estábamos en su mundo.

Esa tarde le preguntamos casi todo lo que puede preguntársele a un escritor como Borges, no sólo con referencia a la literatura. Habló sobre el peronismo, sobre Pablo Neruda, sobre el director de Cultura del gobierno de Frondizi, Blas González. En esa época, González había prohibido una representación de Bernard Shaw. Conociendo la admiración que Borges siente por Shaw, le preguntamos qué opinión le merecía que un director de Cultura hubiera censurado una pieza como Hombre y superhombre. Su respuesta fue: “Prescindiendo de las jerarquías, lo considero una estupidez”. Jerarquías significaba, humorísticamente, que de alguna manera él, Borges, era algo así como un subalterno de Blas González, ya que la Biblioteca pertenecía a la Nación y dependía de la Secretaría de Cultura.

Hablamos sobre Perón, al que Borges considera, y siempre consideró, una catástrofe nacional, sin alejarse mucho de mi propia opinión, aunque por razones tal vez opuestas. Para Borges, el peronismo fue un oprobio, y lo dijo esa tarde: “Nos levantábamos avergonzados cada mañana”, que es la frase que Espósito recuerda, de su profesor de Botánica, en el capítulo con el doctor Cantilo. Le pregunté si no cabría hacer una distinción entre lo que significaba el peronismo como movimiento popular, y la personalidad autoritaria y demagógica de Perón. Borges no tenía muchas ganas de entender y ya estaba un poco irritado. Habló del 17 de octubre del 45. Él juzgaba que había sido ficticio, que todo fue inventado, más o menos, supongo, como en el “Tema del traidor y del héroe”, como una gigantesca representación teatral. Me atreví a insinuar que nadie podía simular una cosa como el 17 de octubre; que la gente salió de verdad a la calle; que las mujeres, con sus hijos, cruzaron el puente Avellaneda. Borges dijo con inesperada violencia: “Como quieran, pero eso no tuvo nada que ver con Perón. Eso lo organizó Eva Duarte, que tenía muchos más cojones que Perón”. Textual.
Todo se normalizó, después, gracias a la literatura. Hablamos horas; pero sólo quiero recordar una respuesta sobre Sartre, una discusión, y que nos recitó a Neruda.

Le pregunté qué pensaba de Sartre.
—Bueno, caramba —dijo de inmediato, tartamudeante y sonriente—, yo no suelo pensar en Sartre.
La discusión fue sobre el truco. Borges le hace decir a un jugador imaginario, en Evaristo Carriego: “A ley de juego, todo está dicho: falta envido y truco, y si hay flor, ¡contraflor al resto!”. Le hice notar que eso era ilegal, que no se puede decir, que echar la falta envido equivale a negar la flor. Borges respondió: “¿Cómo que no se puede?; si yo lo escribí, se puede decir.” Insistí en que no. Borges dijo: “Vamos a preguntarle a Clemente, que tiene un truco más reciente”. No hizo falta. “¡Se puede!”, dijo de pronto. “Si uno todavía no ha visto las cartas, se puede, y si hay flor, vale”.
Liberman o yo le preguntamos qué opinaba de Neruda, y respondió de un modo tan sorprendente que sospeché que nos estaba tomando el pelo. Dijo que Neruda debía de ser un gran poeta, ya que tanta gente pensaba que era un gran poeta, porque a la larga, con los años, uno termina comprendiendo que la mayoría siempre tiene razón. Hoy, muchos años después, pienso que tal vez fue un eco de aquella famosa frase de Rubén Darío, que admiraba tanto, pero esa tarde sólo me pareció una tomadura de pelo. Momento en que Borges agregó: “¿Recuerdan aquel poema que dice: ‘Yo escribí sobre el tiempo y sobre el agua/ describí el luto y su metal morado/ escribí sobre el cielo y la manzana/ ahora escribo sobre Stalingrado’?”

Nos estaba recitando el Nuevo canto de amor a Stalingrado. O sea, conocía a Neruda tanto como para recitarlo de memoria, cosa que para Borges es la certidumbre del valor de los versos de un poeta.
Con este mismo Borges imprevisible, volví a encontrarme este invierno.

La casa de Ester de Izaguirre queda por Chacarita o Villa Crespo, en la calle Jufre. Se sube por una escalera lateral. Lo que antes se llamaba casa de altos y ahora PH. Para no entrar directamente en el living, donde habría unas treinta personas, a lo sumo, hay que hacer una curva y pasar por la cocina. 

Ahí estábamos con Borges. Él con un largo sobretodo oscuro, yo hablándole, no sé por qué, de la palabra felicidad y de la sucesión de los días y las noches. Cuando estábamos llegando a la mesa de la charla, lo primero que me dijo fue: “¿Dónde está el público?”, lo que era una manera de ir entrando en tema o una ironía. Hay que tener en cuenta que Borges venía de Estados Unidos, de disertar ante cientos de estudiantes. Me preguntó si había agua, sólo que lo preguntó así: “¿Hay H2O?”. Salvo una chica de la primera fila, la gente que lo esperaba no era especialista en literatura, más bien iba a ver, ni siquiera a oír, a una especie de fenómeno. La chica de la primera fila, que era, creo, María Rosa Lojo, casi sin esperar a que se sentara, le preguntó qué significaba para él la palabra símbolo. Borges dijo que en la antigüedad no había posadas; dijo que los antiguos partían un disco y le daban una de las mitades al forastero que había llegado a la casa, o al castillo. Muchos años después, si alguien volvía con ese fragmento de disco, aunque no fuera la misma persona —podía ser un hijo, un nieto, un amigo—, era recibido como un huésped que no se hubiera ido nunca de la casa. Ese disco partido era algo más que un objeto, significaba otra cosa, y ése era el origen de la palabra símbolo.

La gente le hacía preguntas, algunas insensatas, otras más o menos razonables, y él, como siempre, hablaba únicamente de lo que tenía ganas. Un rasgo asombroso de Borges, siendo ciego, es una cualidad de su memoria que podría llamarse visual. En algún momento comentó —o esto fue más tarde, cuando quedamos solos— que en los Estados Unidos había visitado una de las casas en que vivió Edgar Poe, y recordó que a la entrada, en una especie de jardín, había una alegoría con un cuervo dorado. ¿Me lo imaginaba?, un cuervo dorado. Un cuervo estridente que no tenía nada que ver con el cuervo luctuoso de Poe. Y se refería al color del pájaro como si lo hubiera visto. Habló de cine; habló de El gabinete del doctor Caligari y también de unos perros overos que aparecían en esa película. Volvió a llamarme la atención que reparara en el color de los perros; claro que esto, como el dorado del cuervo, debió contárselo María Kodama, pero lo raro es que él lo recordara como si los estuviera mirando. De sopetón, alguien del público, o de ese sector de Villa Crespo al que Borges llamó público, le preguntó con mucha descortesía —no era una pregunta, era casi una acusación—, cómo un hombre “con sus limitaciones” podía opinar sobre cine. No era una curiosidad inocente, era una interpelación cargada de insidia. En el mismo momento en que yo iba a intervenir —en toda esta charla hice un poco de campana neumática entre Borges y la gente—, antes de que yo pudiera emitir una palabra, Borges dijo a media voz: “Últimamente, además de ver muy mal, estoy oyendo muy poco”, y, como si no hubiera escuchado lo que le preguntaban, se volvió hacia el público y siguió imperturbable con su charla…
[…]
… [cuando por fin terminó] de firmar libros y se fue la gente, yo salí a la calle con la excusa de comprar cigarrillos porque tenía la cabeza hirviendo de la incomodidad y los nervios. Había estado haciendo todo el tiempo de pararrayos, evitándole las preguntas incómodas, traduciéndole las indescifrables, aclarando algunas cosas que a veces decía Borges como para nadie, en su particular murmullo. Cuando yo no estaba (me contó después Sylvia), se dio una pequeña escena lateral: Ester, con el sobre donde ponía los pagos de las charlas, que eran necesariamente modestos, y Borges, recibiéndolo con cierta torpeza o timidez o pudor. Hay que pensar, otra vez, en que venía de dar charlas en Inglaterra o Estados Unidos.
Ester acomodó después una pequeña mesa para cenar los cuatro junto a la ventana que da a la terraza. Fue entonces, en mi ausencia, cuando Borges le preguntó a Sylvia de dónde era yo, si era mendocino. Ella le dijo que no, que era de San Pedro, en la provincia de Buenos Aires.

Yo estaba entrando, cuando Borges desde la mesa me preguntó: “Así que usted es de San Pedro, y dígame: ¿qué piensa de Hormiga Negra?” Hormiga Negra, el famoso cuchillero o bandido de principios de siglo, de los pagos de San Nicolás, ciudad que está a unos cien kilómetros de San Pedro. 
En esa vaga geografía bonaerense que manejaba Borges, yo debía de ser, además, octogenario. Le dije que iba a contestarle del mismo modo que él me había contestado a mí, hacía veintitantos años, en la Biblioteca Nacional:

—Bueno, Borges, yo no suelo pensar en Hormiga Negra.
Le causó mucha gracia y quiso saber cuándo me había dicho algo parecido. Le conté lo de Sartre.
Hablamos de Rafael Barrett, de Baudelaire, de Leopoldo Lugones. Borges siente una gran admiración por Rafael Barrett. He visto una carta de cuando era muy joven, en la que le escribe a un amigo diciendo que había leído a un escritor que le parecía genial, Barrett, y le preguntaba quién era, de qué nacionalidad, qué libros había escrito. Mientras él tomaba sopa de arroz y yo fumaba, le conté que Barrett había dicho que los poemas de Lugones, como algunos países, eran pintorescos sólo por el borde. Dio una carcajada y quiso saber dónde estaba escrito eso; le dije que en Al margen. Borges había leído varios libros de Barrett y recordaba hasta el color de las tapas (“medio anaranjadas, con un cuadrado negro”) de las Obras Completas publicadas por Claridad. De Barrett saltamos a Lugones y de Lugones a Baudelaire. Ya había hablado de esto en la charla; repitió que no le gustaba Baudelaire, que él se había alejado de la poesía de Baudelaire. Lo dijo casi desdeñoso. Pero sin transición, por esos juegos de la memoria de Borges que es realmente inmediata —un nombre le provoca un recuerdo generalmente literario, en el sentido textual de la palabra, un recuerdo de palabras, no de situaciones ni de sentido—, se puso a recitar “Los faros”, en francés (“Rubens, fleuve d’oubli, jardin de la paresse”), y de golpe se interrumpió y dijo: “Bueno, no sé… O tal vez la poesía de Baudelaire se alejó de mí”. Algo parecido le pasó al referirse a García Lorca. Yo le había preguntado si conocía esa famosa anécdota, seguramente apócrifa pero muy divertida, acerca de que, oyendo el célebre “Responso” de Rubén Darío a Verlaine, al llegar al verso “que púberes canéforas te ofrenden el acanto”, Lorca parece que dijo: “Coño, que lo único que he entendido es que”. Borges se puso serio y dijo: “Pero, eso es una injusticia; el ‘Responso’ es un gran poema”. De inmediato se rió, se rió como a veces se ríe Borges, con una carcajada enorme, y dijo que esa frase era muy ingeniosa, pero que, a veces, por ser ingeniosos, podemos ser injustos. Yo no pude dejar de sentir, o no puedo dejar de sentir ahora, que Borges estaba pensando en él mismo, cuando declaró de Lorca que era un andaluz profesional y otros disparates que mejor no recordar. Hablando, antes o después, sobre las frases malévolas que ha dicho un escritor acerca de otro, intenté hacerle repetir aquella de Mark Twain sobre Jane Austen: que una biblioteca ya era buena por el hecho de no tener los libros de Jane Austen. Borges me corrigió en inglés y dijo:
—Vacía.
Lo que había dicho Mark Twain era que una biblioteca vacía ya era buena por el solo hecho de no tener los libros de Jane Austen.

Este encuentro empezó a eso de las ocho de la noche y terminó bastante después de la una de la madrugada. La charla con los invitados quedó registrada en dos casetes que desgrabaré, o no, algún día. De nuestra conversación a solas, me quedan unos fragmentos bastante audibles, otros irrecuperables, porque las pilas eran viejas y se fueron descargando.

Anoto dos cosas más.
Borges, según Ester, inusualmente contento, daba la impresión de no querer irse. Canturreó estrofas del Martín Fierro, imitando la voz de Ricardo Güiraldes y acompañándose con una guitarra ilusoria; le contó a Sylvia anécdotas de Macedonio Fernández, de Xul Solar, de Soto y Calvo, de no sé qué traductor intuitivo de Poe, que, casi sin saber inglés, entraba en una suerte de trance extático y sentía que las palabras de “Ulalume” llegaban a él. Al fin, se despidió.
Sylvia bajó con él hasta la calle. Mientras yo me quedaba arriba con Ester, los oí hablar y reír por la escalera. Frente a la puerta, me dijo Sylvia más tarde, había un taxi o un remisse. Nadie lo esperaba.
Todavía no alcanzo a entender cómo no se nos ocurrió acompañarlo. Hoy, mientras conversábamos sobre esto, volví a pensar lo mismo que esa noche: en la encubierta soledad que había detrás de esa alegría de Borges, en ese volver de madrugada, solo, a su casa.

En Abelardo Castillo, Diarios (1954-1991)
Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 2014
Foto: Sylvia Iparraguirre, Jorge Luis Borges y Abelardo Castillo

Fuente : Borges Todo el Año


martes, 20 de junio de 2017

Jorge Luis Borges, el anarquista libertario



  La filosofía política de Jorge Luis Borges. Escrito por Martín Krause. En este artículo Krause expone cuáles eran las ideas políticas de Borges, cuyo paradigma fue un anarquismo liberal de raíces spencerianas al cual llegó por las enseñanzas filosóficas de su padre y por su reflexión individual. Este anarquismo es lo que en la actualidad llamaríamos anarquismo libertario.

    Soy anarquista. Siempre he creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras, y de los estados. –JLB

    Ojalá merezcamos no tener gobierno, en ningún país del mundo. Acaso un mínimo de gobierno, un gobierno municipal, un gobierno de Spencer. -JLB

Borges y la política han dado mucho que hablar, pero la atención que sus opiniones en tal sentido generaran se han referido generalmente a la anécdota de aquél personaje que poca atención prestaba a las noticias diarias y que basaba buena parte de las mismas en criterios estéticos, y particularmente épicos: desde su admiración por los militares patrios y su lucha por la independencia y libertad argentinas hasta su afiliación al Partido Conservador porque sólo los caballeros se suman a las causas perdidas.

Sin embargo, y pese a que pueden encontrarse en su historia decisiones y opiniones políticas diversas, y hasta contrapuestas, es opinión de quien escribe que existe una clara filosofía política en Borges, la que se mantuvo durante el trascurso de su larga vida sin modificaciones y es intención de este artículo presentarla.

Libre albedrío e individualismo

Sorprendía a muchos el escepticismo de Borges sobre el libre albedrío, pero esto nunca significó que cayera por eso en las redes del determinismo. Su posición podría sintetizarse de la siguiente forma: el ser humano no existe fuera de las relaciones causa-efecto; está determinado pero le resulta imposible saber qué es lo que lo determina entre las innumerables causas existentes. En sus palabras: “Uno siente que el Universo responde a un dibujo. Las cosas no son absolutamente arbitrarias: hay cuatro estaciones, nuestra vida va pasando por etapas: nacimiento, niñez, juventud… Podrían ser indicios de que hay una trama, de que este mundo no es caótico sino laberíntico. Es como el libre albedrío. Posiblemente no exista, pero uno no puede pensar que en este momento no es libre ¿no?”[:ref 1:]

Y también: “…si me dicen que todo mi pasado ha sido fatal, ha sido obligatorio, no me importa; pero si me dicen que yo, en este momento, no puedo obrar con libertad, me desespero.”[:ref 2:]

Esta capacidad de accionar libremente lleva a Borges a lo que en las ciencias sociales se denomina individualismo metodológico, el cual descarta de plano la “hipóstasis” de ciertos conceptos, es decir hacer sujetos de existencia real a ideas tales como “la sociedad”, “el pueblo”, “la nación”, “la clase obrera” y otros: “… la muchedumbre es una entidad ficticia, lo que realmente existe es cada individuo.”[:ref 4:] , “yo creo que sólo existen los individuos: todo lo demás, las nacionalidades y las clases sociales son meras comodidades intelectuales.”[:ref 4:] , “Las masas son una entidad abstracta y posiblemente irreal. Suponer la existencia de la masa es como suponer que todas las personas cuyo nombre empieza con la letra “b” forman una sociedad.”[:ref 5:]

Inclusive tiene una página literaria específica sobre el tema, “Tú”[:ref 6:], que comienza “Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra. Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible. No menos imposible que sumar el olor de la lluvia y el sueño que anoche soñaste”.
este enfoque se extiende a su idea de “patria”, más venerada por Borges por la epopeya histórica que como concepto social. Así en la “Elegía de la Patria”[:ref 7:] culmina:

    Cifras rojas de los aniversarios,
    Pompas de mármol, arduos monumentos,
    Pompas de la palabra, parlamentos,
    Centenarios y sesquicentenarios,
    Son la ceniza apenas, la soflama
    De los vestigios de esa antigua llama


Patria, País, Estado

Borges tuvo muchas patrias, si bien nunca pensó en desprenderse de ésta, llevando la concepción individualista también a este campo. Le preguntan, “¿cuántas Argentinas hay? ¿Más de una?”, y contesta “Muchas, tantas como individuos. Los países son falsos, los individuos quizás no lo sean -si es que el individuo es el mismo al cabo de muchos años.” [:ref 8:]

Gustaba de “coleccionar” patrias (Argentina, Uruguay, Suiza, Inglaterra, entre otras) y descreía de las fronteras y los países: “Desdichadamente para los hombres, el planeta ha sido parcelado en países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de una mitología particular, de derechos, de agravios, de fronteras, de banderas, de escudos y de mapas. Mientras dure este arbitrario estado de cosas, serán inevitables las guerras.”[:ref 9:] “Soy un cosmopolita que atraviesa fronteras porque no le gustan” [:ref 10:]

El libre albedrío y el individualismo le permitían desplegar una preocupación ética, individualista, como no puede ser de otra forma, “…creo que si cada uno de nosotros pensara en ser un hombre ético, y tratara de serlo, ya habríamos hecho mucho; ya que al fin de todo, la suma de las conductas depende de cada individuo.” [:ref 11:]

Y al pretender buscar lo máximo de individuo y el mínimo de Estado, descreía profundamente de éste:

“El más urgente de los problemas de nuestra época (ya denunciado con profética lucidez por el casi olvidado Spencer) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo; en la lucha contra ese mal, cuyos nombres son comunismo y nazismo, el individualismo argentino, acaso inútil o perjudicial hasta ahora, encontrará justificación y deberes.” [:ref 12:]

“…se empieza por la idea de que el Estado debe dirigir todo; que es mejor que haya una corporación que dirija las cosas, y no que todo ‘quede abandonado al caos, o a circunstancias individuales’; y se llega al nazismo o al comunismo, claro. Toda idea empieza siendo una hermosa posibilidad, y luego, bueno, cuando envejece es usada para la tiranía, para la opresión.” [:ref 13:]

Sin dejar de ser optimista pensando que algún día ya no existirían más. Pregunta el personaje Eudoro Acevedo:

“¿Qué sucedió con los gobiernos? Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más completa que este resumen.” [:ref 14:]

Y dice Borges “… para mí el Estado es el enemigo común ahora; yo querría -eso lo he dicho muchas veces- un mínimo de Estado y un máximo de individuo. Pero, quizá sea preciso esperar… no sé si algunos decenios o algunos siglos -lo cual históricamente no es nada-, aunque yo, ciertamente no llegaré a ese mundo sin Estados. Para eso se necesitaría una humanidad ética, y además, una humanidad intelectualmente más fuerte de lo que es ahora, de lo que somos nosotros; ya que, sin duda, somos muy inmorales y muy poco inteligentes comparados con esos hombres del porvenir, por eso estoy de acuerdo con la frase: “Yo creo dogmáticamente en el progreso”. [:ref 15:]

“Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos.” [:ref 16:].

Política y democracia

El descreimiento del Estado no podía sino estar acompañando por una baja consideración de la política, algo que, tal vez no entonces, comparten muchos de los argentinos de hoy. Le dicen que no tiene una buena opinión de los políticos, contesta:

– “No. En primer lugar no son hombres éticos; son hombres que han contraído el hábito de mentir, el hábito de sobornar, el hábito de sonreír todo el tiempo, el hábito de quedar bien con todo el mundo, el hábito de la popularidad….

La profesión de los políticos es mentir. El caso de un rey es distinto; un rey es alguien que recibe ese destino, y luego debe cumplirlo. Un político no; un político debe fingir todo el tiempo, debe sonreír, simular cortesía, debe someterse melancólicamente a los cócteles, a los actos oficiales, a las fechas patrias.” [:ref 17:]

“Creo que ningún político puede ser una persona totalmente sincera. Un político está buscando siempre electores y dice lo que esperan que diga. En el caso de un discurso político los que opinan son los oyentes, más que el orador. El orador es una especie de espejo o eco de lo que los demás piensan. Si no es así, fracasa.” [:ref 18:]

“…yo diría que los políticos vendrían a ser los últimos plagiarios, los últimos discípulos de los escritores. Pero, generalmente con un siglo de atraso, o un poco más también, sí. Porque todo lo que se llama actualidad es realmente…. y, es un museo, usualmente arcaico. Ahora estamos todos embelesados con la democracia; bueno, todo eso nos lleva a Paine, a Jefferson, a aquello que pudo ser una pasión cuando Walt Whitman escribió sus Hojas de Hierba. Año de 1855. Todo eso es la actualidad; de modo que los políticos serían lectores atrasados, ¿no?, lectores anticuados, lectores de viejas bibliotecas…” [:ref 19:]

Su acendrado individualismo lo llevaba hasta dudar de la posibilidad de la representación, y de la misma democracia, pero no por promover las dictaduras o las monarquías siendo que pensaba que lo importante no eran los sistemas políticos sino los individuos y sus valores. Dice en El Libro de Arena,

“Twirl, cuya inteligencia era lúcida, observó que el Congreso presuponía un problema de índole filosófica. Planear una asamblea que representara a todos los hombres era como fijar el número exacto de los arquetipos platónicos, enigma que ha atareado durante siglos la perplejidad de los pensadores. Sugirió que, sin ir más lejos, don Alejandro Glencoe podía representar a los hacendados, pero también a los orientales y también a los grandes precursores y también a los hombres de barba roja y a los que están sentados en un sillón. Nora Erfjord era noruega. ¿Representaría a las secretarias, a las noruegas o simplemente a todas las mujeres hermosas? ¿Bastaba un ingeniero para representar a todos los ingenieros, incluso los de Nueva Zelanda?” [:ref 20:]

Y su opinión sobre la democracia es bien conocida: Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística.” [:ref 21:]

Volviendo a creer más en los individuos que en los gobiernos “Tengo la sospecha de que la forma de gobierno es muy poco importante, de que lo importante es el país. Vamos a suponer que hubiera una república en Inglaterra o que hubiera una monarquía en Suiza: no sé si cambiarían mucho las cosas; posiblemente no cambiarían nada. Porque la gente seguiría siendo la misma. De modo que no creo que una forma de gobierno determinada sea una especie de panacea. Quizá les demos demasiada importancia ahora a las formas de gobierno, y quizá sean más importantes los individuos” [:ref 22:]

Borges libertario

En sus propias palabras, Borges se consideraba un anarquista, si bien pacífico: “actualmente yo me definiría como un inofensivo anarquista; es decir, un hombre que quiere un mínimo de gobierno y un máximo de individuo.” [:ref 23:]

“Soy anarquista. Siempre ha creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras, y de los estados”. [:ref 24:]

Pero esa definición de “anarquista pacífico” era presentada para diferenciarse del anarquismo violento de fines del siglo XIX y principios del XX. En la actualidad su posición sería clasificada como de “libertario”, ya que el ideal de su admirado Spencer ha sido recreado en este siglo por Popper, Hayek, Nozick o Mises.

El diccionario define la anarquía como “falta de todo gobierno en un estado”, o “desorden, confusión, por ausencia o flaqueza de la autoridad pública”. Teniendo en cuenta esto, Borges no sería estrictamente “anarquista” si lo interpretamos (en su significado coloquial o vulgar) como la falta completa de normas y orden, sino un “libertario”, palabra que define actualmente a un rango amplio de posiciones que se extienden desde la preferencia por un estado mínimo hasta pequeñas agencias en competencia (esto último a fin de cuentas es la anarquía libertaria del anarcocapitalismo. N. del E.)

Dicha filosofía política pondría a Borges a contrapelo de la sociedad argentina, la que ante la bancarrota del Estado espera aun salvarse a través del mismo y de los políticos que lo manejan o de otros que puedan llegar. Sin embargo, Borges pensaba que el argentino es esencialmente individualista:

“El argentino hallaría su símbolo en el gaucho y no en el militar, porque el valor cifrado en aquel por las tradiciones orales no esta al servicio de una causa y es puro. El gaucho y el compadre son imaginados como rebeldes; el argentino a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano.” [:ref 25:]

Notas

[:nota 1:]Pilar Bravo & Mario Paoletti, Borges Verbal, (Buenos Aires: Emecé Editores, 1999), p. 179.

[:nota 2:]Pilar Bravo & Mario Paoletti, Borges Verbal, (Buenos Aires: Emecé Editores, 1999), p. 152.

[:nota 3:]Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari, En Diálogo I (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1985, p. 36.

[:nota 4:]Revista Siete Días. Buenos Aires, 23 de Abril de 1973, año VI, nº 310, págs. 55 a 59; en Mateo, Fernando, El Otro Borges (Buenos Aires: Editorial Equis, 1997)

[:nota 5:]Pilar Bravo & Mario Paoletti, Borges Verbal, (Buenos Aires: Emecé Editores, 1999), p. 126.

[:nota 6:]El Oro de los Tigres, Obras Completas, Tomo II (Buenos Aires, Emecé Editores), p. 489.

[:nota 7:]La Moneda de Hierro, Obras Completas, Tomo II (Buenos Aires, Emecé Editores), p. 129.

[:nota 8:]Revista Ambiente, Buenos Aires, Febrero de 1984. Espacio Editora, págs. 27 a 32; en Mateo, Fernando, El Otro Borges (Buenos Aires: Editorial Equis, 1997)

[:nota 9:]Pilar Bravo & Mario Paoletti, Borges Verbal, (Buenos Aires: Emecé Editores, 1999), p. 147.

[:nota 10:]La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, México, D.F., nº 8, Agosto de 19856, pág. 92; en Mateo, Fernando, El Otro Borges (Buenos Aires: Editorial Equis, 1997)

[:nota 11:]Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari, Reencuentro: Diálogos Inéditos (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1999, p. 157.

[:nota 12:]Jorge Luis Borges, “Nuestro pobre individualismo”, Obras Completas II (Emecé Editores; Barcelona, 1996), p. 37.

[:nota 13:]Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari, En Diálogo II (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1998, p. 207.

[:nota 14:]Jorge Luis Borges, El libro de Arena, Obras Completas, Tomo III, (Barcelona: Emecé Editores, 1996), p. 55.

[:nota 15:]Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari, En Diálogo I (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1998, p. 220.

[:nota 16:]Jorge Luis Borges, “El Informe de Brodie”, Obras Completas II (Barcelona: Emecé Editores, 1996), p. 399.

[:nota 17:]Roberto Alifano, El humor de Borges, (Buenos Aires: Ediciones Proa, 1995), p. 132-133.

[:nota 18:]Diálogos Borges-Sábato, compaginados por Orlando Barone (Buenos Aires: Emecé, 1976), p. 75.

[:nota 19:]Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari, En Diálogo II (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1998, p. 129.

[:nota 20:]Jorge Luis Borges, El libro de Arena, Obras Completas, Tomo III, (Barcelona: Emecé Editores, 1996), p. 24.

[:nota 21:]Jorge Luis Borges, “La moneda de hierro:, Obras Completas III (Barcelona, Emecé Editores, 1996), p.121

[:nota 22:]Sorrentino, Fernando, Siete conversaciones con Jorge Luis Borges (Buenos Aires: El Ateneo, 1996), p. 119.

[:nota 23:]Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari, En Diálogo I (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1985, p. 59.

[:nota 24:]Entrevista con Vicente Zito Lima, Revista Semana Gráfica, Buenos Aires, Editorial Abril 12 de Marzo de 1971, págs. 42 a 45; en Mateo, Fernando, El Otro Borges (Buenos Aires: Editorial Equis, 1997)

[:nota 25:]Jorge Luis Borges, “Evaristo Carriego”, Obras Completas I (Emecé Editores; Barcelona, 1996), p.

Fuente :  Austroanarquistas


En casa de Borges, un día de 1985



por Christian Ferrer

Éramos tres anarquistas a la puerta de la casa de Jorge Luis Borges, en la calle Maipú, año 1985. Conseguir la cita fue sencillo. Sólo consistió en buscar el número de teléfono en la guía correspondiente. Estaba. Luego fue cosa de hacer una llamada, ser atendido por una voz de mujer, probablemente Fanny, la señora que siempre trabajó allí, y preguntar por él. ¿Motivo? Solicitarle una entrevista para conversar exclusivamente sobre anarquismo. De inmediato Borges se puso al habla, algo sorprendido por los desusados interlocutores, pero ningún problema, muy contento de recibirnos, el tema le concernía, nos esperaba. Dos días después hicimos acto de presencia. Éramos Josefina Quesada, Juan Perelman y yo mismo.

El tiempo que siguió al final de la dictadura militar fue una buena época para las revistas. Los lectores se multiplicaban, sobraba entusiasmo, la calle Corrientes era campo orégano. Las había periodísticas y las había culturales, y ninguna revista obviaba manifestar las razones políticas que las propulsaban, es decir que todas eran razonables y demócratas. Había otras, más enfáticas, algunas de tradición izquierdista, y un porcentual pequeño, muy pequeño, de publicaciones jacobinas, satíricas y “contraculturales”. Una de tantas se llamaba Utopía.

Nada más ajeno a Borges que esta publicación anarquista, de las que pasan ignotas por la vida. Sus editores provenían de experiencias diversas y paralelas. Juan Perelman y Josefina Quesada habían sido integrantes de la revista surrealista Signo Ascendente, que ya salía durante de dictadura. Carlos Gioiosa, Juan Carlos Pujalte, Raúl Torres y yo mismo éramos anarquistas “con carnet”, literalmente, pues cotizábamos en “Oficios Varios” de la FORA, la vieja central sindical, y también estuvimos en los Grupos de Autogestión, cuyo subgrupo “Fife y Autogestión” daba la nota en las paredes de la Capital Federal mediante pintadas ingeniosas, faena que también cumplían otras cuadrillas recónditas que firmaban como “El Bolo Alimenticio” y “Los Vergara”. Otros dos miembros de la revista andaban sueltos, el sociólogo uruguayo Alfredo Errandonea y el librero Carlos “Gallego” Torres, redactor de La Protesta a comienzos de la década de 1960.
       
A Carlos “Cutral” Gioiosa y a mí el surrealismo nos importaba mucho. El hermano de Carlos había participado de El Hemofílico, una de esas revistas lanzadas y mordaces que sólo edita la gente irreductible. Dado que se imprimió en época de militares, su director, que respondía al misterioso seudónimo “Metzergenstein”, terminó en la cárcel de Villa Devoto. De Metzergenstein se decía que era propietario de un chiringuito móvil de venta de libros viejos, al cual apostaba por unos días en esquinas seleccionadas de la Recoleta, a la espera de alguna viuda reciente u otro familiar directo que quisieran desprenderse de la biblioteca del difunto a precio vil. Así fue que logró agenciarse una primera edición del Marques de Sade.

Se nos ocurrió hacer entrevistas. Dejar registro de experiencias de vida, intereses, influencias, simpatías libertarias. ¿Por qué no comenzar por Borges, que de tiempo en tiempo venía haciendo referencias al anarquismo? A veces decía de sí mismo que era un anarquista conservador, otras veces un conservador anarquista, y otras aún, anarquista a secas. Se conocían sus memorias de adolescencia, allá en Ginebra, Suiza, de cuando su padre (“filósofo anarquista en la línea de Spencer”) lo había llevado a pasear por la ciudad para mostrarle los cuarteles, las iglesias, las banderas y las carnicerías (los anarquistas eran mayormente vegetarianos), y le dijo que se fijara bien, porque en el futuro esas cosas iban a desaparecer y algún día él iba a poder decir que las había visto. En ese mismo relato autobiográfico Borges añadió este lamento: “Desgraciadamente, no se ha cumplido la profecía”. Repetiría la anécdota durante su encuentro con los miembros de Utopía.

Para no abundar en citas pertinentes basta con recordar que, ya de grande, había dicho a Joaquín Soler Serrano, el bien conocido periodista de la televisión española: “Soy anarquista. Siempre he creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras. Y de los estados”. En el prólogo a El informe de Brodie, su última ficción publicada, de 1970, incluyó este pronóstico: “Con el tiempo nos mereceremos que no haya gobiernos”. Borges era un “modesto anarquista” que creía en los individuos, no en el Estado. Tampoco era individualista, al revés que los compatriotas, que todo se lo reclaman al Estado sin disposición alguna de entregarle algo a cambio.

De quienes estuvimos con Borges, Josefina Quesada era pintora y vivía en Belgrano y Piedras, a metros del lugar de reunión del grupo editor. Había sido alumna de Juan Batlle Planas y era plenamente surrealista. Rememoro ahora sus collages. Para hacerlos compraba revistas de moda o bien catálogos de ropa en determinadas subastas de libros y publicaciones de otros tiempos. Recortaba con tijerita los modelitos o las figuras de señoritas bien vestidas y los disponía sobre fondos tenebrosos o encantados. En un rincón de su casa –la imagen se me conserva perenne– tenía unas vitrinas con botellones y probetas enormes de formas raras y caprichosas. Parecía un altar. Juan Perelman, el otro miembro de la revista, era filósofo y había llegado unos años atrás desde Bolivia. Un hombre culto. Muchas veces lo vi en compañía de un marinero desembarcado, ya de edad, alguna vez trotskista y decantado luego por ideas más libertarias.

Poco antes de la llamada telefónica, Carlos Gioiosa y yo habíamos intentado aproximarnos al escritor. La ocasión la proporcionó un encuentro de luminarias en el Teatro Coliseo. Borges estaba anunciado en la convocatoria, además de Mario Vargas Llosa y Octavio Paz. Según recuerdo, en esos días comenzó a editarse la versión argentina de la mexicana Vuelta, revista de Octavio Paz que pretendía aventar el ideario liberal por Buenos Aires, con resultados más bien módicos. A último momento Borges fue sustituido por José “Pepe” Bianco. No obstante se hizo presente entre el público del Coliseo, eminentemente gorila, demasiado para nosotros dos, que hicimos abandono del acto. Tampoco era el lugar para abordar a Borges, que había ingresado por el pasillo central junto a María Kodama, caminando de a pasitos. Recurrimos entonces al servicio telefónico.

No teníamos plena conciencia de la importancia de Borges. Si bien muchos la asumieron en su momento, ni de lejos fueron todos. Borges todavía era, en la década de 1980, un autor “discutido”, especialmente entre gente de izquierda y peronistas, prominentes en los ámbitos culturales y con quienes tratábamos a diario. A nosotros, sin embargo, sus declaraciones nos parecían menos los estertores de la antigua clase de literatos liberales y mucho más los pronunciamientos de una personalidad autárquica, por más que hubiera dado su venia al régimen vecino del general Pinochet no menos que al autóctono. De hecho, cuando algunos del grupo nuestro abrieron librerías en San Francisco Solano y en la calle Corrientes, les pusieron de nombre “El Aleph”. La cuestión es que el emblema de escritor políticamente asimilable por entonces era Ernesto Sábato, o bien Julio Cortázar. De allí en más la atribución no tendrá mayor relevancia y su ponderación quedará a cargo de departamentos universitarios específicos, los suplementos culturales de la semana, y las cucardas que de vez en cuando concede el Estado Nacional.

Nos aparecimos acarreando un aparato de grabación tipo mastodonte, incómodo de transportar. Después descubriríamos que el audio era defectuoso. Se escuchaba mal, como de lejos. La entrevista nos pareció mala, o insuficiente, o no se ajustaba a nuestras necesidades, y tampoco es que venerábamos el prestigio de Borges por sí mismo, de modo que no procedimos a la desgrabación, y el cassette fue pasando de mano en mano y al fin se perdió. Es por eso que cuento estas cosas como si visitara un patio olvidado de mi memoria. Sólo conservo algunos fogonazos.

La entrevista sucedió en el vestíbulo de su departamento, al lado de una sala con bibliotecas. Los libros no parecían modernos u actuales. Borges llegó caminando despacito, auxiliado por un secretario o ayudante o familiar. No daba la impresión de estar bien de salud. Se sentó junto a su acompañante en un sillón apto para dos personas. Lo primero que nos dijo fue un chiste privado: “Yo pensaba que la única anarquista viva en Argentina era Alicia Jurado”. Nos mencionó que alguna vez había disertado en una biblioteca anarquista de Avellaneda. Cierto: ese lugar todavía existe. Como en la semana previa había sucedido lo del Teatro Coliseo inquirimos su opinión sobre la obra de Vargas Llosa. Riéndose, respondió que conocía uno de sus libros, Pantaleón y las visitadoras, pero no lo había leído pues el título le pareció “infortunado”, caso similar al de La seducción de la hija del portero, de Mario “Pacho” O‘Donnell, por entonces secretario de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. Nos dijo algo socarronamente que todo el mundo sabía que a los encargados de edificios les fastidiaba sobremanera ser designados como porteros, “oficio de abridores de puertas”.

Lentamente fuimos aproximándolo al tema que nos importaba. Nos expresó su “extremo interés” por las ideas anarquistas aunque no por las que suponían ejercicio de la violencia. Dijo que los estados eran creaciones desventuradas, que necesariamente extinguían las libertades individuales. Su preocupación por la suerte del individuo no era abstracta, producto de alguna idea sobre la libertad que es lanzada al campo de batalla cultural. No. Nacido con el siglo XX, Borges era contemporáneo del ascenso de los estados totalitarios, y la gente fascista, comunista o meramente autoritaria le suscitaba repulsión personal y no sólo genérica. Había visto mucho y sabía lo que estaba pasando en China, en Cuba y en el orbe soviético. Además, como bien se sabe, consideraba que los peronistas eran más ciegos aún que él mismo.

Pero por más que lo orientáramos hacia las ideas ácratas la verdad es que Borges no parecía haber leído a los clásicos libertarios. De todos modos sus opiniones eran firmemente contrarias al ejercicio de la autoridad. Cuando ya nos parecía que nada especial diría sobre el tema, repentinamente enunció una frase que nunca olvidé. Dijo que el Estado iba a derrumbarse “cuando las personas dejaran de creer en él”. Era una verdad simple y contundente. Aún más, nos dijo que una vez sucedido ello, sería necesario colocar una placa al frente de cada uno de los antiguos edificios del gobierno. Esa placa contendría dos palabras: “NO CREER”.

Luego de pasada una hora de tiempo se hizo evidente el cansancio de Borges. Por momentos, largos momentos, hablaba él solamente, en una suerte de desvarío sobre un salpicado de temas, como si mantuviera un soliloquio consigo mismo o como si no hubiera nadie frente a él. Sobre el final, y antes de que su escolta nos hiciera una seña, mencionamos a Rimbaud. Hizo silencio, echó la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, dirigidos hacia arriba, como evocando, y comenzó a desgranar, en francés, los versos de  “El barco ebrio”. Lo escuchamos como a un decidor de sonidos mágicos, próximo pero alejado, en intimidad con la gracia, salvando para siempre ese día del año 1985.

(se agradece a Luis Diego Fernández:  http://ldflounge.blogspot.com.ar/)


Fuente : Anarquiacoronada

viernes, 16 de junio de 2017

El enigma irresuelto de Borges



Borges es el mayor escritor en español desde Cervantes (o desde Quevedo); su impacto, sin embargo, ha sido mucho más inmediato, y en un sentido preciso mucho más acusado". Uno de los textos del escritor español que componen Formas de ocultarse (Ediciones UDP), a modo de adelanto.

Por Javier Cercas.

Cuentan que en 1941, justo después de leer El jardín de senderos que se bifurcan –primera parte de lo que tres años más tarde sería Ficciones–, Alfonso Reyes declaró: “Por fin tenemos en Latinoamérica alguien comparable a Shakespeare y a Cervantes”. Llevaba razón: Borges es el mayor escritor en español desde Cervantes (o desde Quevedo); su impacto, sin embargo, ha sido mucho más inmediato, y en un sentido preciso mucho más acusado, al menos en nuestra lengua. Podría argumentarse, en efecto, que la literatura en español conoce hasta Borges dos grandes revoluciones: la primera protagonizada por Garcilaso de la Vega, que adaptó al castellano la música de Italia o de ciertos poetas de Italia (sobre todo Petrarca); y la segunda protagonizada por Rubén Darío, que adaptó al castellano la música del francés o de ciertos poetas simbolistas franceses (sobre todo Verlaine). Borges desencadena la tercera revolución, y lo hace en parte mediante un procedimiento análogo al de las dos anteriores: adaptando al castellano la música de ciertos prosistas ingleses laterales o al menos laterales para los ingleses (quizá sobre todo De Quincey, Stevenson, Chesterton y Kipling). El resultado es que, así como existe en la literatura de nuestra lengua un antes y un después de Garcilaso y de Rubén, porque fue imposible escribir en castellano después de ellos igual que antes de ellos, existe en nuestra literatura un antes y un después de Borges, porque, a menos que se quiera incurrir en la irrelevancia, es imposible escribir después de Borges como se escribía antes de Borges. Hay algo, sin embargo, que aleja a Borges de Garcilaso y Rubén y que vuelve acercarlo a Cervantes, y es que su influencia no ha quedado circunscrita al ámbito de nuestra lengua, sino que permea el de la entera literatura occidental; con una diferencia: Cervantes tardó siglo y medio en ser entendido con plenitud fuera del castellano –dentro de él apenas ha empezado a serlo hace un siglo–, mientras que la obra de muchos narradores fundamentales de nuestro tiempo no se entiende sin la obra de Borges. Por decirlo de una sola vez: si existe eso que suele llamarse posmodernidad –entendida como una reacción modernísima contra la modernidad–, Borges es su fundador.

“Tema del traidor y del héroe” no se publicó en la primera parte de Ficciones sino en la segunda, titulada “Artificios”, y es uno de los relatos más logrados de Borges, aparte de un relato característico del Borges más conocido e influyente (y, hechas las sumas y las restas, quizá el mejor). En apariencia no se trata de un relato sino de la síntesis de un relato: Borges no cuenta en él una historia; la resume, reduciéndola a su escueto argumento. El procedimiento equivale a una provocación: al emplearlo, 

Borges vindica implícitamente la trama, tan despreciada desde la segunda mitad del siglo XIX por la narrativa seria, que la consideraba un accesorio ornamental, un simple cebo sólo apto para atraer la curiosidad del lector plebeyo; no obstante, esa provocación le permite a Borges eludir las prolijidades del realismo, de las que abominaba por superfluas, y realizar el prodigio de contar en tres páginas una historia compleja e intrincada hasta el vértigo, que un novelista al uso contaría en trescientas (y que por fuerza malograría). Esta argucia funda en parte su obra narrativa. Hacia 1936, apenas un lustro antes de publicar Ficciones, Borges era un poeta y un ensayista que buscaba a tientas su camino de narrador ejercitándose “en falsear y tergiversar (...) ajenas historias”, como él mismo escribió mucho más tarde para justificar los experimentos schowbianos de Historia universal de la infamia, tratando de rebajarlos con una captatio benevolentiae típicamente borgiana; aquel año, sin embargo, halló lo que buscaba. Se tituló “El acercamiento a Almotásim” y, aunque lo publicó disfrazado de ensayo o de reseña en un libro de ensayos, se trataba en realidad de una ficción; no en vano era ficticia la novela a la vez policial y filosófica cuyo argumento resumía y comentaba: The Approach to Al-Mu’tasim, del abogado Mir Bahhadur Alí, de Bombay. Este fraude inédito le abre de golpe a Borges las puertas de su narrativa, donde la fantasía y la realidad, el relato y el ensayo, la crítica y la creación y lo policial y lo filosófico se fusionan con inextricable maestría.

Particularmente visible en “Tema del traidor y del héroe” resulta, según anuncia su doble apelación inicial a Chesterton y Leibniz, la mezcla de lo policial y lo filosófico, tan común después de Borges como insólita antes de él, pese a que en germen se hallara presente en el iniciador del género policial: Edgar Allan Poe. Como en “El acercamiento a Almotásim”, como en cualquier relato policial, todo en “Tema del traidor y del héroe” gira en torno a un enigma; sobre ese enigma (o más bien sobre la búsqueda de una solución a ese enigma) convergen temas, ideas, obsesiones y usos a los que Borges recurrirá una y otra vez en sus relatos, ensayos y poemas, y que infatigablemente reformulará en un continuo tejer y destejer que hace de él un escritor siempre idéntico a sí mismo y a la vez siempre distinto: el tema del doble, que recorre de punta a punta su obra como una obsesión nuclear y un principio estructural, y el del heroísmo (y su contraparte o su doble: la traición), inseparable de sus vindicaciones antimodernas, simultáneas y complementarias de la épica como género literario y del coraje como virtud suprema y exenta, emancipada de cualquier servidumbre política o histórica; las referencias cultas que proponen guiños o bromas o indicios del filólogo juguetón que siempre hubo en Borges, o las alusiones eruditas que persiguen injertar el relato en una determinada tradición literaria o filosófica, remitiendo a obras o autores en los que se ha inspirado y que a menudo contienen claves escondidas no quizá para la cabal comprensión del texto, pero sí al menos para la expansión de su significado; el uso repetido de intuiciones filosóficas de antigua y noble raigambre –la del tiempo cíclico o eterno retorno, vinculada a la de la transmigración de las almas– como piezas cardinales del mecanismo narrativo del relato. Y todo ello puesto al servicio de una visión del mundo pétreamente descreída, según la cual la realidad es una gran ficción colectiva y la historia una farsa tramada con el fin de ocultar la verdad y proteger o fomentar intereses espurios, protagonizada por patéticas marionetas ignorantes de su condición de marionetas.*

Pocos relatos ilustran el usus scribendi y el pensamiento borgianos con tanta elocuencia como “Tema del traidor y del héroe”. Borges narra en él la historia sintetizada y conjetural de Fergus Kilpatrick, romántico héroe frustrado de la frustrada independencia decimonónica irlandesa, muerto a principios de siglo justo antes de encabezar una rebelión contra los ingleses, pero sobre todo narra la historia paralela y subsidiaria de su bisnieto Ryan, que cien años después proyecta una biografía de su antepasado e indaga en las extrañas circunstancias de su muerte. Esa indagación, esa búsqueda, constituye el hilo conductor del relato, y de ahí su diseño de relato policial; o más bien de relato policial que se transmuta en relato antipolicial: porque, a diferencia de lo que ocurre en el relato policial clásico, en “Tema del traidor y del héroe” el enigma, o por lo menos el enigma culminante, no se resuelve. En este aspecto “Tema del traidor y del héroe” vuelve a conectar con “El acercamiento a Almotásim” (y, por ahí, con otros textos de Borges). Este relato inaugural refiere, como se recordará, la historia de un estudiante de Bombay que busca a un hombre llamado Almotásim; después de largos años e innumerables peripecias, el estudiante lo encuentra o cree encontrarlo en una casa, detrás de una cortina, pero el relato concluye justo cuando el estudiante descorre la cortina y avanza hacia Almotásim, de forma que la respuesta a la pregunta del relato (¿quién es Almotásim y por qué lo busca el estudiante?) acaba siendo que no hay respuesta; o si se prefiere: acaba siendo la propia búsqueda de una respuesta, la propia pregunta, el propio relato; es decir: acaba siendo una respuesta ambigua, equívoca, poliédrica y contradictoria, esencialmente irónica.

De forma muy semejante opera el “Tema del traidor y del héroe”, sólo que aquí la operación es, si cabe, más compleja o sofisticada. A diferencia de lo que ocurre en el relato policial clásico, también de lo que ocurre en “El acercamiento a Almotásim”, en “Tema del traidor y del héroe” no hay un enigma sino dos, uno que se resuelve y otro que no se resuelve, y el decisivo no es el que se resuelve sino el que no se resuelve; a diferencia de lo que ocurre en el relato policial clásico y en “El acercamiento a Almotásim”, en “Tema del traidor y del héroe” hay dos preguntas fundamentales, no una sola, y la segunda, que también es la más importante, no está al principio sino al final, aunque su efecto impregna de forma retrospectiva el relato entero. Éste responde no sin sombras pero con claridad suficiente a la primera pregunta: Kilpatrick, según descubre su bisnieto un siglo después de su muerte, no fue asesinado por sus enemigos ingleses sino por sus amigos irlandeses, por sus propios camaradas de conspiración, quienes en vísperas del levantamiento armado descubrieron que era un traidor y, antes de ajusticiarlo, le ayudaron a perpetuar su leyenda heroica y a redimir de algún modo su ignominia permitiéndole interpretar el papel de protagonista asesinado en la populosa representación dramática que su más antiguo lugarteniente, el escritor James Alexander Nolan, redactó y dirigió para enmascarar su ejecución convirtiéndola en carburante de la causa de la libertad de Irlanda. Pero, como digo, hay una segunda pregunta, todavía más relevante que la anterior, que queda sin respuesta: ¿por qué, una vez que ha descubierto la ingrata verdad sobre su bisabuelo, Ryan “resuelve silenciar su descubrimiento” y publicar un libro “dedicado a la gloria del héroe”? Es cierto que Ryan sospecha que Nolan ideó y dispuso su obra multitudinaria de tal modo que alguien, en un incierto futuro, pudiera desentrañar lo ocurrido, y que por tanto él, como Kilpatrick, está de algún modo representando un papel escrito por Nolan, un papel que incluye su respaldo determinante a una falsificación histórica; ahora bien: ¿por qué no se rebela contra ella? ¿Por qué Ryan no hace público su hallazgo asombroso y en cambio contribuye dócilmente a prolongar la patraña? Cabría proponer distintas respuestas a esa pregunta (Ryan lo hace para preservar el buen nombre de su estirpe, digamos, por pura lealtad a su antepasado, para no aniquilar su honor póstumo; o lo hace, digamos, por razones patrióticas: Ryan escribe en 1924, en una Irlanda devastada por tres años de guerra contra Inglaterra y otros dos de guerra civil, y se siente incapaz de destruir con la verdad una de las leyendas que sostiene el edificio recién erigido con sangre de la patria por fin emancipada); lo cierto, sin embargo, es que Borges no ofrece ninguna respuesta: también aquí la respuesta es la propia búsqueda de una respuesta, la propia pregunta, el propio relato; aquí también la respuesta es una respuesta ambigua, contradictoria, equívoca, poliédrica, esencialmente irónica: un punto ciego través del cual, sin embargo, el relato ve, una oscuridad a través de la cual ilumina, un silencio a través del cual se vuelve elocuente, porque gracias a él Borges dice cuanto tiene que decir en el texto sobre la condición paradójica y misteriosa de los hombres, del mundo y de la historia. No es en absoluto anecdótico notar que Borges añadió ese punto ciego a última hora, en un párrafo final que mejora el relato volviéndolo irreductiblemente borgiano: esa indeterminación decisiva delata el papel nuclear que Borges reserva en su literatura al lector, a cuyas manos entrega el significado último del texto (aunque su significado último sea precisamente su falta de un significado último, al menos de un último significado claro, nítido y taxativo); ese gesto de abandonarnos en el borde mismo de la respuesta definitiva nos coloca en el meollo de la concepción borgiana del hecho estético, entendido como la “inminencia de una revelación, que no se produce”, según escribe en “La muralla y los libros”; esa incertidumbre concluyente refleja su radical escepticismo no sólo respecto de los hombres y la historia, sino respecto de la propia verdad: no respecto de la existencia misma de la verdad, como suele decirse trivializando su pensamiento, sino de la posibilidad de encontrarla. Esa ignorancia es la sabiduría de Borges.



* Esta cosmovisión explica el interés de Borges por el tema de la conspiración, tan presente en “Tema del traidor y del héroe” como en otros grandes relatos, de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” a “El Congreso”, pasando por “La secta del Fénix”; su interés es singular. En 1864, en Apuntes del subsuelo, Dostoievski escribió: “Sobre la historia universal se puede decir cualquier cosa, todo cuanto se le ocurra a la imaginación más desvariada. Lo único que no puede decirse es que sea racional”. Es verdad, pero es una verdad insoportable, espantosa, así que los hombres hacemos cuanto podemos por ocultarla, dotando a la historia de una racionalidad inventada. Nada más fácil. Treinta y cuatro años antes de que Dostoievski denunciara la irracionalidad de la historia, Hegel observó al principio de sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal: “A quien mire el mundo de modo racional, el mundo le mirará de modo racional”. Llevada al extremo, esta voluntariosa racionalidad conduce a la paranoia: a pesar de las innumerables teorías de la conspiración suscitadas por el magnicidio de John Fitzgerald Kennedy, los historiadores más solventes concluyen que lo más probable es que Lee Harvey Oswald actuara por su cuenta y riesgo; los norteamericanos, sin embargo, no consiguen resignarse al absurdo de que un hombre solo –y encima un hombre tan absurdo e insignificante como Oswald– cambiara la historia de su país, así que, para que el mundo no deje de mirarlos de forma racional, urden teorías según las cuales detrás de Oswald estaban la mafia, la CIA, los castristas, los anticastristas, Lyndon B. Johnson, qué sé yo. Borges sabe que Dostoievski tiene razón, pero a veces parece dársela a Hegel; no es así: lo que hace es complacerse en jugar con la desvalida urgencia humana de dar sentido al sinsentido de la historia. El instrumento privilegiado de ese juego es la conspiración.

 El presente texto fue escrito para una muestra sobre Borges organizada por la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Pertenece a Formas de ocultarse, de Javier Cercas, con edición de Leila Guerriero, publicado por Ediciones Universidad Diego Portales. -Chile

Fuente : Eterna Cadencia