sábado, 20 de julio de 2019

JORGE LUIS BORGES: EDITOR DE INFINITOS


Entre 1983 y 1985, Jorge Luis Borges lanzó las colecciones Biblioteca de Babel y Biblioteca Personal, 110 volúmenes cuya selección, que incluye autores como Wilde, Kafka, Poe, Chesterton, Quevedo, Rulfo y Cortázar, trazó una guía de lectura imprescindible y abrió, de paso, un camino para entender el universo borgeano, siempre regido por los libros. Aquí, Adolfo Castañón delinea la otra cara de Borges: el editor.

Adolfo Castañón

A los setenta y cinco años de edad mi padre murió el 11 de julio de 1991; eran las 10:30 de la mañana, y se iniciaba un eclipse total de sol. Yo estaba solo en la casa y, después de comprobar su muerte, salí al jardín, enmudecido, casi paralizado por el estupor. Vi cómo las sombras caían sobre las sombras y la luz turbia del eclipse les infundía una ondulante vitalidad.

Mientras las veía sin ver, volvieron a mi memoria las últimas palabras de aquel hombre que se había resignado a ser abogado y profesor de derecho Constitucional pero a quien en realidad sólo le interesaba leer y releer, adquirir libros, acomodarlos, subrayarlos, regalarlos, compartirlos. Las palabras finales de ese lector que se llamaba como el de la voz —Jesús Castañón— expresaron el deseo de oír un cuento pues ya no podía leer. Le propuse varias opciones. Él recordó que yo había hecho grabar para un programa de radio educativa el cuento de Jorge Luis Borges titulado “El jardín de senderos que se bifurcan”, y me pidió que pusiera aquella edición doméstica. Así lo hice. El cuento en cuestión no es corto y al ver a mi padre recostado, respirando casi inmóvil, pensé que se había dormido. Al concluir la cinta, me acerqué. “¿Ya te dormiste?”, le dije. Me contestó que no, que había oído completo el relato casi inverosímil que por cierto leyó varias veces en su vida. No llegué a terminar de preguntarle al anciano que moriría quince horas después qué le había parecido la historia de un muerto que regresa del trasmundo. Cuando lo oí decir las últimas palabras que salieron de su voz ronca y apagada: —“Tiene razón Borges. En un mundo, yo moriré mañana; en otro ni siquiera habré nacido; en otro más moriré antes de cumplir veinte años; en otro yo no seré tu padre sino tu hijo…”. Me asombró su lucidez y me sigue maravillando su declaración, que atesoro como testamento difícil de traicionar, y que hoy digo en público, después de tres lustros, para intentar encaminarme, bajo los auspicios de mi padre y del propio Jorge Luis Borges, hacia el tema que nos convoca.

Esas palabras terminales han sido una especie de iniciación, un dictado ritual que no he dejado de repetirme desde que salí al jardín de aquella casa a ver cómo la luz indócil del eclipse despertaba de su letargo al animal pululante de las sombras.

En un mundo paralelo, no tan remoto, Jorge Luis Borges no es el nombre de un poeta sino de un editor. Borges, poeta-editor.

En la casa evocada líneas atrás, la biblioteca estaba animada por los libros de la serie El Séptimo Círculo. John Dickson Carr, Elisabeth Eastman, Eden Phillpoots, Dorothy Sayers, Leo Perutz eran presencias asiduas en el ámbito donde los padres intercambiaban lecturas como si fuesen besos. Algunas de esas letras compartidas se filtraban, vueltas a contar, hacia los hijos —mi hermana y yo—. El Maestro del Juicio Final —título de la novela del escritor nacido en Praga, Leo Perutz— fue una de las fórmulas cabalísticas que poblaron nuestra infancia. El lema “El séptimo círculo” recorría el aire de la casa mucho antes de que aprendiéramos a leer y escondía bajo su sombra dantesca la inocente travesura de identificar las buenas letras entre las letras más comerciales. Tardamos años en comprender el significado de las tres palabras, y por supuesto leímos novelas policiacas antes de conocer a Dante. El nombre de Jorge Luis Borges junto con el de Adolfo Bioy Casares, empezó a aflorar por las paredes de la casa como co-director de la serie editada por el sello Emecé, es decir como editor, mucho antes de que yo fuese consciente de su realidad como poeta y escritor. Al volver los ojos de la mente hacia adentro y hacia atrás, debo admitir que ese no fue el único caso y antes de “descubrir” a Borges, yo, mi hermana, mis escasos amigos ya habíamos sido descubiertos por la Antología de la literatura fantástica preparada por él, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. (Llamarme, además de Jesús, Adolfo, me hizo sentir algo próximo de aquellos legendarios amigos.)

Ya habíamos sido tocados por El libro del cielo y el infierno, preparado por ellos al alimón —voz de origen taurino—. Cuando empecé a leer mejor y por así decir con una intención didáctica, es decir, discipular, los libros Borges no eran escasos. De un lado estaban los escritos por él —Ficciones, El Aleph, La moneda de hierro, La rosa profunda, para citar algunos; del otro, los volúmenes que él había editado y firmado —por razones que entonces se me hacían un poco difusas— en colaboración con otros autores y sobre todo con otras autoras: Antiguas literaturas germánicas, Qué es el budismo, El Martín Fierro, Seis problemas para don Isidro Parodi…

Instintivamente yo sabía que esos libros en colaboración traían a Jorge Luis Borges —y algo más: “la amistad genial, la convivencia…”—. Esos libros numerosos realzan la insondable maravilla de su universo literario y editorial.


Entre los años 1983 y 1985, el poeta-editor lanzó dos colecciones paralelas: la Biblioteca de Babel, editada por Franco María Ricci y la Biblioteca Personal, elegida en colaboración con María Kodama y coordinada para el sello Hyspamérica por Jorge Lebedev. Ambas series representan la culminación de Borges como editor. Desde luego, no son iguales. Comparten algunos autores, y tienen en común una estética, una idea del arte, del quehacer poético, narrativo y literario. En ellas, desemboca la pasión de Borges como editor, bibliófilo y amigo de los que aman los libros. La Biblioteca de Babel, elegida y prologada de memoria por él para responder a la invitación del editor italiano Franco María Ricci, consta de 30 volúmenes, todos inscritos en la órbita de la narrativa. Los libros de esta Biblioteca de Babel miden veintitrés por doce centímetros, y tienen un grosor variable de entre uno y dos centímetros, y van encuadernados en cartulina gris.

A su vez, la Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges consta de 80 volúmenes y en su catálogo conviven la narración, la poesía, las memorias y testimonios, el teatro, los tratados eruditos o los libros de índole religiosa. Cada libro mide veinte por trece centímetros, tiene un grosor variable de alrededor de dos centímetros, tapa dura de color negro. Entre las dos bibliotecas hay coincidencias: Oscar Wilde, Franz Kafka, William Beckford, Giovanni Papini, Edgar Allan Poe, Voltaire, Robert Louis Stevenson, G.K. Chesterton, quienes son como la médula espinal de esas dos columnas vertebrales. Ningún libro escrito por Borges se incluye en la Biblioteca Personal, pero la Biblioteca de Babel presenta el título Veinticinco de agosto de 1983. En ambas, la presencia de la letra hispanoamericana resulta significativa. Entre los 30 títulos de la Biblioteca de Babel aparece una selección de Cuentos argentinos y El amigo de la muerte de Pedro Antonio de Alarcón. Entre los 80 de la Biblioteca Personal figuran Juan Rulfo, Julio Cortázar, Manuel Mújica Lainez, Ezequiel Martínez Estrada, Fray Luis de León y Quevedo. Estos nombres sugieren un mapa y un método, para señalar, desde el punto de vista de Borges y Kodama, ciertos senderos críticos hacia las letras escritas en castellano. La propuesta de las dos bibliotecas es complementaria y enfoca lo que está en juego desde un ángulo editorial.

Antropólogos como Lewis Mumford han llamado la atención sobre un hecho: el desarrollo de las ciudades está íntimamente ligado a la forma en que en ellas se disponen basuras y muertos. La historia de las bibliotecas va de la mano con la historia de su destrucción por diversas razones. La creación supone procesos de olvido y soslayamiento, enunciación y acentuación específicas. Las dos bibliotecas distan de ser totales y más bien adelantan y deslindan un canon literario o cultural abarcador, fundado no en razones sentimentales o tribales, sino estéticas y hedonistas. La razón de ello estriba en que, para invocar una voz latina, no hay nada más serio que el propio placer (res severa est verum gaudium) y, entre todos los de la vida, el más alto es el juego y la experiencia intelectual. Las dos bibliotecas dibujan un espacio lúdico pero también de sobrevivencia y alientan la continuidad de la experiencia de lo legible como gaya ciencia.

No es esta la ocasión de hacer un retrato cabal del editor que fue Borges, pero su obra se desdobla en el otro cuerpo de sus traducciones, antologías, compilaciones y libros en colaboración. Ese desdoblamiento no es inocuo y, entre su obra y ese otro sistema paralelo aflora una red de vasos comunicantes, organización inteligente que lleva por ejemplo de Walt Whitman al narrador que interpela a Carlos Argentino Danieri en El Aleph. Es menos obvio que todo ello a su vez se duplica y se dibuja un tetragrama y a su vez un octaedro. En tal geometría transparente impone un ejercicio de literatura comparada y Borges adentro un álgebra de por lo menos cuatro términos:

1) Las obras aludidas o citadas por Borges en los textos suscritos directamente por su persona;
2) Las obras traducidas al castellano por él mismo (Orlando de Virginia Woolf);
3) Las obras escritas o dictadas y realizadas en colaboración con algún amigo o amiga (Atlas con María Kodama);
4) Las ediciones o prólogos individuales;
5) Las series (aquí se inscribirían las bibliotecas mencionadas) que se presentan como un conjunto;
6) Los textos suscritos por nombres apócrifos;
7) Los textos “imaginarios” escritos sobre obras reales;
8) Las numerosas entrevistas que —¿no hay otra expresión posible?— Borges se dejaba hacer por un entrevistador identificable pero que cobraba gradual realidad literaria a medida que iba siendo tocado mentalmente por el Hacedor llamado Borges.

Este arte combinatoria de cuatro dimensiones puede parecer controvertible; no lo es, y el hecho complejo y elusivo de su acción editorial es como una fiesta, faceta substancial de su poliédrico quehacer poético e inabarcable Atlas mental. Aprovecho para decir cuánto me reduce el valor, la fuerza de este lector inquieto que, ciego, recorrió el mundo cabalmente en compañía de Kodama, como si hubiese practicado la perentoria sentencia del profeta Jeremías: “Recorrerás la tierra a lo largo y a lo ancho”.

Esa compulsiva pasión errante del poeta ¿no tiene que ver con la fidelidad al aire que fluye dentro y fuera de la torre de Babel? ¿No estaría intentando Borges en sus viajes reconocer los cimientos de la torre para hacer más fácil la residencia en la tierra? ¿O esa pasión geográfica, ese fervor por el mito de sus signos y lugares son un efecto de la vehemencia que quiere apurar el tiempo acariciando el sueño de lo ubicuo y de la eternidad?

Vuelvo a las geometrías conceptuales: si hay dos bibliotecas paralelas —la implícita en sus obras y la suscrita en colaboración— y la explícita editorialmente tangible en los diversos proyectos que animó, entre los cuales sobresalen la Biblioteca de Babel y la Biblioteca Personal se impone la existencia de una perspectiva: una visión superior que las atraviesa, para amparar el razonamiento en la sombra de la etimología griega de la palabra perspectiva: ver a través.

Esa visión bifocal infunde a la obra de Borges una condición singular y la abriga en un sistema espiral, es decir incalculable. No es que su obra invoque o hable de Babel y del océano. Ella misma se yergue como torre y como mar, hecho y explicación, historia e historiografía de sí misma. “El arte sucede” —como dice Borges citando a Whistler—, el infinito es hecho literario. Las mil y una noches y la obra de Borges lo documentan.

Es como si en su obra se agotaran las variedades de la experiencia poética en un ensimismamiento abismal donde saltan en pedazos el principio de identidad textual y cada signo del alfabeto fuese un caracol en cuyo fondo se escucha el mar.

El espejo enfrentado a otro sugiere la idea de infinito. El tema de la Torre de Babel confrontado al del libro legendario Las mil y una noches apunta hacia el concepto de lo incalculable. El espejo, la torre de Babel, las mil y una noches son entidades que se funden en Borges, y en su impulso de exaltar y a la vez cautivar, es decir encantar lo infinito.

Pero ésta no es una categoría plenamente intelectual; se da en Jorge Luis Borges con un peso y una gravedad de índole dolorosamente física: ¿cómo deletrear el infinito? En cierto modo, diría un lector suyo, se enuncia cada vez que alguien repite de memoria un poema conocido o salvado por la tradición. La madre de Borges le decía que cuando él recitaba un poema de Schiller, lo hacía con la voz de su padre, muerto en 1938. Sé que, cuando repito el poema que Antonio Machado dedicó a un olmo seco, que a mi padre le gustaba recordar, él pervive en mí.

Hay otro hecho singular: las dos bibliotecas que aventuró Borges hace 30 años fueron concebidas cuando había perdido casi totalmente la vista. Aunque cada una configura una biblioteca, el poeta-editor hizo sus prólogos y sus planes editoriales de memoria, ángulo que ha de inscribirse en la esfera de la oralidad. No es el Jorge Luis Borges de los años treinta y cuarenta, milagroso creador de páginas perfectas celebrado por Alejandro Rossi quien, en la plenitud de su vigor varonil, concibe Ficciones. Es el santo conversador.

Paul Bénichou, gran historiador de la literatura francesa, conoció a Borges, en 1945, en Buenos Aires, cuando daba clases en el recién fundado Instituto Francés en Argentina. No sólo simpatizó con él. Le profesó una admiración militante y apasionada y al volver a Francia, algunos años después, publicó en revistas en los años cincuenta, tres artículos poco conocidos. Además luego diversos textos suyos, incluidos en la edición de La Pleiade.

En abril de 1995, poco antes de morir, redactó un post scriptum en el que estableció un paralelo entre la autobiografía metafísica de Stephane Mallarmé y su sueño de un libro total, y la idea de la biblioteca babélica que acompañó a Borges desde Otras inquisiciones.

“La multiplicidad infinita de las cosas y la indecisión de su sentido” representan en Borges el doble desafío del universo al hombre, que intenta responder tanto como puede qué son la doble obsesión de las cuentas o trucos con armas desesperadas de su inteligencia, impropias, una y otra, en ese doble combate, para darle la victoria. Esta situación surge de una crítica de la literatura, que es el punto de partida al parecer del pensamiento de Jorge Luis Borges.

Esa crítica a la literatura se da contra la literatura concebida como expresión, según la teoría sostenida por Benedetto Croce. En vez de expresión, Borges buscará la alusión o la mención.

Desde luego, estas propuestas no pueden ser ajenas a la tarea de Borges propende a la fundación de una cultura alternativa, inspirada según Paul Bénichou en el ultrarromanticismo, extremismo del pensamiento y del deseo donde el escritor, editor y poeta aspiran a desterrar el azar de la vida, como sucede en Mallarmé, figura tan familiar a Jorge Luis Borges.

Habría que preguntarse si bajo la piel editorial de la Biblioteca de Babel no se descubren constelaciones alusivas a un orden imaginario. Ella es un lenguaje que consta de treinta títulos y se podría afirmar que cada uno es un conjugación de un verbo más general. Si un bibliotecario clasificara la Biblioteca de Babel sacaría de las fichas de cada título palabras o referencias en común: cuanto más numerosas fueran mejor se comprobaría su profunda unidad. Se podría pensar que cada título, cada cuento incluido propone una o varias figuras retóricas. La biblioteca sería como un teclado y quien supiera operarlo podría, en cierto modo, aspirar a ser Borges.

Castañón. Escritor, crítico y editor. Entre sus libros destaca La gruta tiene dos entradas (Paseos II) (Aldus, 2003).

Fuente: Rancho Las Voces

viernes, 19 de julio de 2019

La risa de Borges


Borges y Luisa Valenzuela en Nueva York, 1969.- Foto: Eva Chevallier


Por Luisa Valenzuela


"A este texto que estoy ahora escribiendo me habría gustado ponerle de título Borges y Yo, pero me temo que la ironía podría pasarse por alto", escribe la escritora Luisa Valenzuela en esta nota que da cuenta de un Borges que ríe, que se anima a cuartetas disparatadas, como aquellas que ideaba con Luisa Mercedes Levinson y que decían: “En la plaza de Belgrano/ pero un poco más abajo/ hay un letrero que dice/ mierda la puta carajo". Estampas personales de una mujer que lo conoció en la época en que aún era Georgie.


Hay unos versos de Borges que muchos suelen repetir como si lo pintaran de cuerpo entero, como si no hubiese sido, como todo, el reflejo de un sentimiento que habría de diluirse con los años:

He cometido el peor de los pecados/ que un hombre puede cometer. No he sido/
feliz. (…) para concluir “Me legaron valor. No fui valiente./ No me abandona. Siempre está a mi lado/ La sombra de haber sido un desdichado”.

Soneto éste, “El Remordimiento”, que me temo inspiró aquél burdo poema apócrifo que en distintas versiones tantos lectores tomaron por cierto, quizá porque el genio se lamentaba de no haber hecho lo que hacemos los simples mortales sin talento. Comer más dulce de leche, por ejemplo, frase que me recuerda cierta pequeña reunión cuando, hablando de los placeres del paladar, Borges preguntó si realmente el dulce de leche era rico, “pero rico rico, como el arroz blanco” y todos reímos, y él también.

Como reían ellos dos, Lisa y Georgie, al regresar de unos paseos estrambóticos y nocturnos por los puentes de Constitución, lugar que le fascinaba a aquel Borges aún medianamente vidente y siempre muy sensible a su entorno.  Y volvían, ellos dos, no describiendo los sórdidos lugares que habían recorrido, sino riendo por las cuartetas idiotas que se les habían ido ocurriendo en el camino.

A este texto que estoy ahora escribiendo, rememorando, me habría gustado ponerle de título "Borges y Yo", pero me temo que la ironía podría pasarse por alto.

Son sin embargo estampas personales.

¡Tantísimos años transcurridos, tantas memorias!

La imagen que conservo de aquél a quien solíamos llamar Georgie es la del pícaro que se divierte con sus dichos, no siempre del todo inofensivos pero siempre brillantes y queribles.

La impresión me viene de lejos, puedo hoy contarla sin fatuidad y sin censuras. Porque el tal Georgie frecuentaba mi casa de infancia cuando sus colegas más elocuentes creían que él nunca sería reconocido por el  público en general, que era un “escritor para escritores”. Se sentían privilegiados de apreciar su genio, los colegas, y lo acompañaban a sus escasas conferencias y temblaban –fui testigo—cuando Borges caía en un largo silencio. Ellos temían que, en su pánico de hablar en público, el amigo había quedado con la mente en blanco cuando en realidad estaba buscando la palabra exacta, la misma que al ser por fin pronunciada deslumbraba a todos.

Testigo de tanta cosas, fui. Y a veces víctima. Más de una vez mi madre, Luisa Mercedes Levinson, que todos conocían ya por Lisa, me reprochó que Borges opinaba que yo era capaz de matar a mi madre por un juego de palabras. Borges no lo habría dicho de envidia, todo lo contrario, porque nunca fueron juegos de palabras lo que le faltaron, aunque eso de meterse con la madre…

En fin, especulaciones actuales al correr del teclado. Eso sí, reíamos mucho.

Como reían ellos dos, Lisa y Georgie, al regresar de unos paseos estrambóticos y nocturnos por los puentes de Constitución, lugar que le fascinaba a aquel Borges aún medianamente vidente y siempre muy sensible a su entorno.  Y volvían, ellos dos, no describiendo los sórdidos lugares que habían recorrido, sino riendo por las cuartetas idiotas que se les habían ido ocurriendo en el camino:

“En la plaza de Belgrano/ pero un poco más abajo/ hay un letrero que dice/ mierda la puta carajo.”  Por ejemplo.

O bien:

“En el medio de la plaza/del pueblo de Pehuajó/ hay un letrero que dice/ la puta que te parió.”

La preadolescente que era yo en aquel entonces se sentía abochornada por tamaño infantilismo. Mi propia madre y el admirable “escritor de escritores”, ¡por favor!

Georgie y Lisa emprendieron la aventura de escribir un cuento en colaboración. Esas tardes se aislaban en el comedor de nuestra casa en Belgrano y yo sólo podía oír las carcajadas. Cuando emergían, muy circunspectos, consultaban a la adolescente sabihonda que andaba rondando por ahí cuando podía.  ¿Los apellidos Zunino y Zungri te parecen lo suficientemente ridículos?, me preguntaban. 

Pasaron años antes e que yo pudiera retrucar con una cuarteta a la altura, nada apreciado por el Escritor:

“En el barrio de San Telmo/ Biblioteca Nacional/ hay un letrero que dice/ hacete un lavaje anal”.

Es cierto que admiraba la biblioteca, pero no me resultaba fácil rimar con Nacional. Vicente Varela y otros colegas me felicitaron, sin embargo, y yo me sentía en la gloria.

Las cosas eran así y de otra maneras, por fortuna.

Alrededor de 1952 Georgie y Lisa emprendieron la aventura de escribir un cuento en colaboración. Esas tardes se aislaban en el comedor de nuestra casa en Belgrano y yo sólo podía oír las carcajadas. Cuando emergían, muy circunspectos, consultaban a la adolescente sabihonda que andaba rondando por ahí cuando podía.  ¿Los apellidos Zunino y Zungri te parecen lo suficientemente ridículos?, me preguntaban.  Y yo no sabía qué decir, Zunino y Zungri eran los dueños de la destapadora de cloacas a la que estábamos abonados –ésas eran las épocas—benemérita empresa que tenía el poético nombre de "La Flor de la Primavera".

Peor era cuando me consultaban, por ejemplo, si no resultaba demasiado exagerado que el pretencioso arquitecto protagonista del cuento, para hacerlo gastar, le propusiese a su cliente “un jardín con bustos ecuestres”. Ante tamaños disparates, que los ahogaban de risa, yo no podía menos que recalcar lo ridículo de la idea. Cedieron, no ante mi crítica sino ante un dejo de razón, y por fin optaron por poner “cabezas yacentes de emperadores”.

La temprana adolescente de entonces solía ser muy puntillosa. Pero igual me llenaba de orgullo cuando Borges me hablaba de igual a igual, y me decía muy orondo que ese día habían trabajado mucho: habían completado toda una línea.

El cuento, titulado “La hermana de Eloísa”, apareció por fin en 1955 publicado por la Editorial ENE, en un delgado volumen con otros dos cuentos de cada uno de los autores.

De mi anécdota favorita de aquella época ya no quedan rastros, por suerte, sólo el recuerdo que tiene del asunto María Esther Vázquez. Porque a los pocos años de haber sido nombrado, en 1955, director de la Biblioteca Nacional, quien casi ya no era Georgie, apelativo cariñoso que iría cayendo en desuso hasta para los íntimos, ideó un estupendo y memorable ciclo de conferencias los sábados, invitando a escritores y escritoras de la época a hablar sobre el tema siempre vigente, “Por qué y cómo escribo”.

Hoy corresponde reconocer que Borges fue un precursor en el uso de la Biblioteca Nacional como espacio para la difusión de la cultura.

Los periodistas de entonces eran asiduos a esas manifestaciones, la gente de letras eran considerados referentes importantes del quehacer nacional. No así los propios periodistas, al menos a los ojos de Borges, razón por la cual me contrató a mí –ad horem, claro—para que entrevistara a los/las conferenciantes antes de entrar. Durante la exposición, con cuatro dedos y muchos carbónicos, debía tipear el resumen de las conferencias, cosa de entregárselo a los nobles representares de la prensa, que según Borges sospechaba acudían a los bellos salones de la calle México a echarse un sueñito. Y los diarios de la época, me temo, publicaban mi resumen y no quiero ni saber qué habría resumido yo allí, a mis escasos 17 años.

Pero una se va formando a los golpes. Y con todo descaro.

Así pasaron años y años y más años, encuentros y desencuentros con el Maestro. Indignaciones de mi parte al enterarme de que había comentado por ahí que mi primera novela era una novela pornográfica, años de tragar saliva hasta que me despabilé y supe que una de las definiciones de pornografía es “lo que atañe a la vida de las prostitutas” y entonces sí, Hay que sonreír que este año cumple temibles 50, es una novela pornográfica, si bien expresamente cándida.

Años también de alegrías festejando los retruécanos que el maestro repartía a troche y moche, siempre dejando traslucir su faz lúdica, su a veces punzante sentido del humor.

Y años más sólo frecuentando a Borges en la reiterada y siempre reveladora lectura de su obra, hasta cierto mediodía de primavera neoyorquina de 1985. Las marcas de ese día, imborrables para mí, se resumen en una imagen y una frase.

La imagen: dos figuras vestidas de blanco marfilino, nimbadas por la luz del sol.

La frase: “isn’t it a pity?”.

Fue en un restaurante italiano del West Village neoyorquino, una especie de bodegón cuya único atractivo era un jardín al fondo más allá de las cocinas, con lindas mesas bajo los árboles. Estábamos allí almorzando con un amigo cuando contra la puerta de las cocinas se dibujaron esas dos figuras más que fantasmales, feéricas. ¡Borges y María Kodama!, me sorprendí. No puede ser. Pero eran. Y los invitamos a nuestra mesa y Borges contó que María tenía un olfato especial para los lugares y los temas más insólitos y maravillosos, que acababan de llegar,  dichosos, de su viaje en globo sobre el valle de Napa en California, que se iban al día siguiente de regreso a Buenos Aires, y isn’t it a pity?. Así, en inglés en medio de la charla en nuestro idioma. Isn’t it a pity?, reiteró más de una vez, esto de tener que dejar New York… tras o cual corrí al teléfono, llamé al Instituto de Humanidades al que yo pertenecía, volví con una invitación para ambos el semestre siguiente. Lo que Borges quisiera. Por supuesto. Ya no era más, en absoluto, un escritor sólo para escritores. Era el escritor de todos.

No era nada sencillo sostener lo que Borges proponía en esos tiempos: armar la presentación con forma de entrevista, ya que se negaba a dar una conferencia de corrido. Hacerle preguntas públicas a Borges era casi suicida, bien lo sabía yo que había asistido a muchos sufrimientos ajenos. Imposible salir airosa ante esa mente lucidísima, de un brillo casi ultraterreno. Irónica por demás.

Y volvió, Borges acompañado por María Kodama. Y yo tuve que pagar mi arranque siendo la interlocutora en su presentación multitudinaria en NYU, la Universidad de Nueva York, la misma que había tenido la osadía de contratarme como profesora.

No era nada sencillo sostener lo que Borges proponía en esos tiempos: armar la presentación con forma de entrevista, ya que se negaba a dar una conferencia de corrido. Hacerle preguntas públicas a Borges era casi suicida, bien lo sabía yo que había asistido a muchos sufrimientos ajenos. Imposible salir airosa ante esa mente lucidísima, de un brillo casi ultraterreno. Irónica por demás. Porque si una le hacía una pregunta tonta o sencilla, queda al descubierto. Y si la pregunta era compleja, o molesta, él le contestaría –como me respondió a mí- en aquella conferencia sobre La Metáfora. Ya un poco cansada del juego pero haciendo todo tipo de circunloquios a manera de disculpa, improvisando le pregunté si tenía en cuenta la simbología freudiana del falo cuando escribía sobre cuchillos y cuchilleros.

“Usted es una joven escritora moderna”, me contesto sin contestar, “y yo soy un pobre viejo ciego”.

Y ahí me dejó. Boqueando en el vacío.

Hasta la mañana siguiente, cuando desde el Village atravesábamos todo Manhattan en el coche del poeta Daniel Halpern para llegar a la Universidad de Columbia donde seguirán sus charlas y mis preguntas, pero sólo para estudiantes, menos mal.

Esa mañana Borges se giró levemente la cabeza y me enfrentó:

“ Usted anoche mencionó el falo…”

“ Sí, Borges, pero hablando de los cuchillos, como metáfora”, intenté disculparme.  “Conozco una metáfora mejor”, me contestó; “El dedo de Dios”.

“¿No le parece un tanto pretenciosa?”, me asombré.

“Y sí”, reconoció Borges muy a su pesar; “Creo que es de Victor Hugo”.


En aquel memorable último viaje a Nueva York de Borges y María Kodama  pasamos toda la semana juntos con él, y a lo largo de esos días y después de los encuentros matinales en la Universidad de Columbia, el supuestamente frágil Escritor de escritores pedía más: una vuelta por Central Park en mateo, escuchar jazz en algún sitio emblemático del Village. Todo mientras iba desgranando sus hilarantes aventura de viaje con María, al punto que propuse hacerle una nota al respecto para la revista Vogue norteamericana, que apareció en el número de marzo de 1986, poco antes de su fallecimiento en Suiza.

Dicha nota es un canto a la felicidad de esa pareja tan despareja y a la vez tan absolutamente solidaria y armoniosa que formaban María Kodama y Jorge Luis Borges.

“Estoy cerca de él desde hace más de veinte años. Si me piden que defina nuestra relación”, aclaró ella, aún no se habían casado, “diré que somos como compañeros de colegio, cómplices” .

Y Borges: “María no pudo hacerme mejor regalo que este gusto por los viajes. Hasta estamos pensando en ir a vivir al Japón. ¿No está mal, no, para un hombre que abordó su primer avión a los 50 años? Pero había un recién nacido que lloró todo el tiempo y le quitó la dimensión épica al vuelo”.

Acababa de aparecer Atlas, el libro de Borges con fotos de María, pero muchas anécdotas compartidas habían quedado en el tintero. Como la de la dama que le cantó a Borges sus milongas al oído:

“Qué raro”, contó él que le había comentado a María, “mientras ella cantaba yo sentía telarañas en la cara…” “Es que la señora era muy elegante”, rió María, “¡lo que usted sintió eran las largas plumas aigrettes de su sombrero!”

Y fue así como, dispuesta a hacerles la entrevista, compré un pequeño grabador y me dirigí al hotel Uptown donde estaban hospedados. Nos reunimos en la gran habitación del maestro, y mi imagen favorita es la de nosotros tres, Borges, María y yo, cómodamente instalados en la gigantesca cama mientras ellos desgraban sus insólitas historias de viajes y reíamos a carcajadas. Carcajadas discretas, sí, pero no menos felices. Pero esa es otra historia, para citar a uno de los autores favoritos del Maestro.

Fuente:Revista Haroldo




lunes, 15 de julio de 2019

Odín y Beppo, dos gatos de Jorge Luis Borges



Jorge Luis Borges tuvo dos gatos llamados Odín y Beppo. Odín, en honor al dios de la mitología nórdica y Beppo, por Lord Byron. En palabras de Borges “se llamaba Pepo, pero era un nombre horrible, entonces se lo cambié enseguida por Beppo, el gato de Byron. El gato no se dio cuenta y siguió su vida”. Epifanía Uveda, el ama de llaves del escritor argentino durante cerca de cuatro décadas, coautora con Alejandro Vaccaro del libro “El Señor Borges”, explica: “El gato se llamaba Pepo por José Omar Reinaldi, apodado “La Pepona”, un delantero del River Plate. Borges recordó el poema veneciano de Lord Byron que se titulaba ‘Beppo’ y lo rebautizó”. Curiosamente, Fanny, pues así llamaba Borges a la leal Epifanía, murió un sábado 10 de junio de 2006, cuatro días antes del vigésimo aniversario de la muerte del escritor, fallecido el 14 de junio de 1986.

                                          Borges y Beppo


Beppo era un hermoso gato blanco que siempre estaba con Borges. Le gustaba jugar con los cordones de sus zapatos y dormirse en su regazo. Tenía más de 15 años cuando murió y fue una auténtica pérdida para Borges, que ya estaba ciego. Parece ser que entonces dijo: “Quisiera morirme hoy mismo, pero no tengo la suerte que tuvo Beppo. Aunque a lo mejor sí, ahora que estoy con gripe, tal vez muera”.

Algunos dicen que Beppo tenía mal carácter, pero que se llevaba muy bien con Borges. Un día, Fanny vio que Beppo se miraba en un espejo y creía ver otro gato, posiblemente a un rival. Se lo contó a Borges y este le dedicó un poema en la obra “La cifra”, publicada en 1981

Portada de Chatrán y su mundo astral, de Vicente O. Cutolo

En el libro “Chatrán y su mundo astral, vida de mi gato siamés”, el historiador argentino Vicente O. Cutolo dedica un capítulo a “Beppo, el gato de Borges” donde cuenta que al autor le impresionaban y seducían los felinos desde pequeño, e incluye algunos dibujos de tigres hechos cuando el famoso escritor era aún un niño. Cutolo también dice que el dueño de una cantina de la calle Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen) a quien Borges conocía  y que hacía la cuenta en el mantel de papel de la mesa, también se llamaba Beppo.

                                               Borges y Odín

Odín era un gato atigrado que convivió con Borges, pero nunca llegó a ser tan famoso como Beppo. Dicen que sobrevivió casi diez años al escritor, pero no sabemos con quién estuvo. Quizá en su piso de Buenos Aires, pero Borges dejó ese piso a principios de 1986 para trasladarse a Ginebra, donde falleció unos meses después. El 14 de abril de ese mismo año se había casado por poderes con María Kodama, a la que dejó todos sus bienes. Fanny se fue del piso donde había trabajado 40 años a finales de abril. ¿Iría Odín con ella o cuidaría de él María Kodama? No hemos sido capaces de descubrir nada al respecto.


De los gatos, Borges dijo una vez: “Nadie cree que los gatos son buenos compañeros, pero lo son. Estoy solo, acostado, y de pronto siento un poderoso brinco: es Beppo, que se sienta a dormir a mi lado, y yo percibo su presencia como la de un dios que me protegiera”. Y también: “Siempre preferí el enigma que suponen los gatos”. Las fotos que publicamos demuestran que Borges también tuvo o conoció a un gato negro, pero no sabemos nada de él.

                    Con dos oficiales de la Embajada china y Beppo


Fuente: Gatos y Respeto