domingo, 21 de enero de 2024

Las 5 obras de Borges que nos ayudan a soportar el caos que nos rodea


El máximo escritor de la literatura argentina publicó cuentos y poemas cargados de misticismo y siempre entendió que la necesidad humana de poner orden era, finalmente, estéril. Sus textos sirven como compañía ante el vértigo de saber que no sabemos.

 

Por Julio Crivelli

 

Publicado: 17 Ene, 2024

 

Vivimos en el Misterio. Nuestra conciencia necesita siempre un principio y un final. No hay pensamiento posible sin origen y sin extinción. Todo debe empezar y terminar. Pero sabemos que el Misterio nos envuelve, ignoramos qué había antes de nuestro nacimiento y también qué nos sucede después de la muerte. Esta ignorancia es insoportable para la conciencia que necesita principio y final.

Para que fluya nuestra conciencia, se requiere una ley que una el caos y lo transforme en cosmos; lo diverso, en universo. Una ley, un límite, un perímetro que nos resguarde del terror primordial a la muerte. El terror que el Misterio provoca ha sido la causa de los diferentes límites que hemos inventado: la civilización y la cultura, la ciencia y la techné, el lenguaje, la metáfora y el arte, las prácticas que dominan y transforman la naturaleza para dominarla y someterla, para conjurar sus peligros, para aprovecharla como materia de nuestros inventos.

Hay una contradicción tan esencial como dramática entre el Misterio que nos rodea y nuestra conciencia que busca límites y funciones.

 

La ilusión y la noche

 

La contradicción es tan potente que aunque sabemos que todo es caos, hablamos de cosmos, de orden, creemos en la geometría, una ley que se supone que gobierna las formas de la naturaleza, aunque éstas sean infinitas, creemos en la ciencia como verdad, cuando siempre planta otra pregunta, creemos en las matemáticas, aunque para que éstas existan es necesario creer en dos postulados indemostrables, el cero, la nada y el infinito. Sabemos que nuestra búsqueda es inútil, pero no la abandonaremos, queremos desvelar el Misterio con el puro intelecto, aunque sabemos que es imposible.

Somos cainitas. Caín, la razón, asesinó a Abel, el Espíritu, el Misterio. Caín y Abel simbolizan la razón y el espíritu, el intelecto y la armonía que reside en cada uno de nosotros. Caín significa “artesano, creador, herrero”, es el constructor de la civilización. Abel (Heḇel) significa “soplo”, “ruah”, el soplo de Yahvé que le dio vida a Adán. Yahvé mantiene vivo a Caín pese a su crimen. Porque Caín es el Hombre que debe dominar la naturaleza de desarrollar la ciencia y la techné.

Los cainitas fundaron ciudades, descubrieron la agricultura y la minería, la música y la poesía, (la flauta y el arpa). Nos ilusionan tanto estos límites, este cosmos inventado, que durante el día creemos que ésa es la verdad. Sólo en el temor de la noche nos invade el Misterio y sabemos que no sabemos. Sólo en el temor de la noche nos preguntamos por Abel, el espíritu vencido por la razón.

 

Borges y el misterio

 

Borges no cree en un Dios. Pero posee la humildad propia de los sabios, siente que el Cosmos no nos ha sido dado aquí, que todo lo que nosotros pensamos que es un orden, es en realidad ilusión. Y participa del escepticismo, de la desilusión kantiana, tiene una absoluta desconfianza de nuestros juicios, tanto de nuestros juicios científicos que son juicios de probabilidad solamente, como de nuestros juicios metafísicos o lógicos o matemáticos de los cuales piensa en definitiva que son tautológicos, un mero tejer y destejer vanos ovillos, como los de Cloto o los de Penélope.

Sentimos a Borges vibrar junto con Anaximandro frente a lo que no conocemos, frente a ese caos señalado por el Griego, ese caos que tiene esas calificaciones tan duras y a la vez tan emocionantes, como lo desmesurado, el abismo, el precipicio, con las cuales denuncia lo provisorio de nuestra conciencia, cuyas “verdades” flotan como las de las matemáticas, entre postulados indemostrables, como el cero y el infinito, puro misterio, inconcebibles, incomprobables.

La verdad existencial de ese caos esencial, su inaceptable significado, es el temor a la muerte, al cesar de la vida, a la absoluta ignorancia de lo que está más allá. El miedo de ser un animal más, el miedo a no haber sido creados a “semejanza a Dios”.

Cada vez que puede, Borges nos lleva hasta el borde de ese abismo, hasta el precipicio, hasta “el lugar hondo en que no se oye la voz de Dios”. Y nos deja allí, perplejos, sin posibilidad ninguna de abordar el entendimiento, fascinados y horrorizados por el Misterio.

Pero el final, el límite de estos caminos es el mismo, el Misterio, frente al cual no cabe otra emoción que la perplejidad. (¿Es la perplejidad una emoción? ¿Solamente?). Lo único que hay es Misterio. Y Borges nunca, salvo alguna vez que veremos, propone que pueda haber un camino hacia ese misterio, solamente la quietud de la perplejidad.

Borges, igual que un Gnóstico, se burla de los Dioses inventados, se pregunta en el poema “Ajedrez” si hay un “Dios detrás de Dios” o sea que el infinito orden causal también afecta a este ídolo que hemos inventado y que llamamos Dios. Tiene una desconfianza radical en el saber humano y en cualquier cosmos, en cualquier orden o universo inventado por la Razón.

Y así se van formando ciertas “categorías borgianas” que surgen o replican categorías bíblicas. Para Borges, el cosmos, un supuesto orden manifiesto, que niega el caos, es pura ilusión. Si hay Ley, es secreta, es Misterio. Y la conciencia, la Razón, es puro laberinto, en el centro está dominada por el deseo, escondido y vital como un minotauro. El lenguaje es falso. Es Babel, porque con él no podemos entendernos. Y el conocimiento, como consecuencia, es una Biblioteca de Babel.

Para Borges, frente al abismo hay solamente Misterio y perplejidad.

 

El Misticismo

 

Existe un camino hacia el Misterio, hacia el Espíritu, un camino para revivir a Abel. Es un camino que prescinde del lenguaje de representación, tampoco intenta construir metáforas, ni poemas ni obras de arte. En efecto, la experiencia mística, (del griego, Myein Mistykos, arcano, cerrado, impenetrable), es una vivencia a la cual muy pocos llegan y es el grado superlativo de integración del alma con lo Sagrado. Ya no se trata de aproximarse al Misterio, como sucede con la poesía o con el arte, es la vivencia del Misterio mismo.

Por eso la experiencia mística es indescriptible. Nuestro lenguaje es absolutamente inútil, porque no hay nada para representar. Se trata de una experiencia inenarrable, éxtasis decían los griegos, es estar fuera de sí, fuera de la conciencia, pura alma flotando en lo sagrado.

Se puede llegar al éxtasis místico por medio de la práctica ascética, que implica una vida entregada al espíritu, al alma, con un total desprendimiento del mundo y del cuerpo. El propio cuerpo, el sufrimiento material, las emociones, pertenecen al mundo, hasta la conciencia es externa al alma, en cuyo centro se concentra el camino ascético. Pero la práctica ascética no asegura la experiencia mística.

También se puede llegar por la gracia de Dios o del Espíritu que elige al sujeto, sin que nos sea dado entender por qué.

 

El misticismo en la literatura de Borges

 

Sin embargo, Borges mantiene una estrecha relación con el misticismo. En efecto, él mismo nos cuenta que tuvo dos experiencias místicas “que ni siquiera puedo repetirme a mí mismo”. Intentaremos ahora el análisis de algunos cuentos de Borges que refieren relatos que intentan describir experiencias místicas. El orden de las narraciones se explicará al final.

 

 “La búsqueda de Averroes”

 

Comenzamos por un cuento en el que Borges da protagonismo a la religión como tal y a la filosofía. La narración comienza cuando Averroes está escribiendo la obra Tahafut – ul - Tahafut, Destrucción de la Destrucción, aludiendo a la obra anterior de Al Ghazali, Destrucción de los Filósofos; Tahafut – ul – falasifah.

Averroes es en el cuento el símbolo de la Razón, refirmando su valor para hallar la verdad, frente al escepticismo de Al Ghazali, que no cree en el intelecto como camino hacia el conocimiento. Averroes intenta una ciclópea tarea: revivir la filosofía, el valor de la Razón, cien años después del durísimo cuestionamiento de Al Ghazali.

Corresponde señalar que la Razón que Borges le adjudica a Averroes es amplia, incluye la metáfora simbolizada por la incomparable expresión del destino como un camello ciego, que reivindica, y la contradicción de la rosa, (símbolo de lo misterioso y perfecto), con la escritura, la Razón.

Sin embargo, Borges consigna que Averroes no comprende el sentido de las palabras tragedia y comedia en la Poética aristotélica, sencillamente porque en la cultura musulmana no hay teatro. Y esta dificultad de entendimiento, central en el cuento, nos deja una pregunta crucial: ¿Somos Pierre Menard, y sólo podemos repetir una tradición? ¿Vale la Razón como fuente del conocimiento o el conocimiento obtenido con el intelecto es fruto del olvido, pura ilusión? ¿No hay “nada nuevo bajo el sol”, como dice el Eclesisatés?

Al Ghazali en sus comienzos abraza el conocimiento filosófico y científico griego, transvasado en la obra de Alfarabi y Avicena. Pero en un proceso posterior, va desarrollando un paulatino alejamiento, ingresa en el sufismo y una crisis al final de su vida lo lleva a una vida de profundo ascetismo, con experiencias místicas como derviche. Con argumentos que hoy reviven, cuestiona el principio físico de causa efecto acuñado por Aristóteles, con el famoso ejemplo del algodón y del fuego.

El algodón se quema con fuego, pero el fuego no es causa, es sólo proximidad y frecuencia. La única causa es Dios. No hay causas naturales ni leyes que las rijan. Es un alejamiento definitivo del racionalismo aristotélico, que inspiraba hasta entonces el pensamiento islámico, quizás parecido al platonismo de Agustín de Hipona. Pero lo más importante es su entrega a la ascética y a la experiencia mística. Es el autor de la aceptación del sufismo en la shariah y como tal, un faro en la mística del islam.

El cuento relata entonces la profunda polémica entre el misticismo y el racionalismo, que recorre el pensamiento desde los griegos hasta hoy. Pero más aún: el cuento refiere la contradicción entre el camino místico como única fuente de iluminación según Al Ghazel, y por otra parte la “luz de la Razón,” la “Erklärung”, la dictadura del intelecto, representada por Averroes.

El narrador nos dice que Averroes desaparece en el momento en que el narrador deja de creer en él. ¿La Razón sólo produce creencias? ¿Los productos de la Razón son efímeros y se disuelven con el olvido?

Y nos deja el eterno enigma:

¿Somos Caín, fundador de ciudades, o somos Abel, la luz del espíritu?

 

“The Unending Rose”

 

A los quinientos años de la Hégira

Persia miró desde sus alminares

la invasión de las lanzas del desierto

y Attar de Nishapur miró una rosa

y le dijo con tácita palabra

como el que piensa, no como el que reza:

—Tu vaga esfera está en mi mano. El tiempo

nos encorva a los dos y nos ignora

en esta tarde de un jardín perdido.

Tu leve peso es húmedo en el aire.

La incesante pleamar de tu fragancia

sube a mi vieja cara que declina

pero te sé más lejos que aquel niño

que te entrevió en las láminas de un sueño

o aquí en este jardín, una mañana.

La blancura del sol puede ser tuya

o el oro de la luna o la bermeja

firmeza de la espada en la victoria.

Soy ciego y nada sé, pero preveo

que son más los caminos. Cada cosa

es infinitas cosas. Eres música,

firmamentos, palacios, ríos, ángeles,

rosa profunda, ilimitada, íntima,

que el Señor mostrará a mis ojos muertos.

 

En este poema Borges emplea como símbolo místico a uno de los grandes místicos persas,ʿAṭṭār de Nishapur, que mira extasiado la rosa de un jardín, mientras las lanzas (de los mongoles) se aprestan a la destrucción de su ciudad. El poema tiene tres referentes simbólicos: Attar que representa al sufismo, la mística en su totalidad, su “diálogo” con la Rosa, y Borges imaginando la travesía después del ocaso.

Attar escribió, al final de su vida, El libro de los secretos, adónde prefigura su propia muerte. En esa obra tardía, la melancolía es una aparición periódica como un avatar. Attar cree fervientemente que Dios, traspasada la frontera del ocaso, lo “desvelará”, le retirará el velo de sus ojos, velo que le impide la visión del Absoluto.

Borges al escribir el poema también está al final de su vida y el lector siente su identificación con el sufí. También al final del poema, la ceguera lo identifica, aunque Attar no era ciego; la referencia es a la imposibilidad de “ver” a Dios.

El Attar de Borges mira una rosa, encuentra en ella una vaga esfera, símbolo de la totalidad y la perfección desde Pitágoras, “piensa,” no “reza”, no hay lenguaje, no hay representación, sólo vivencias, que fluyen hacia la experiencia mística, que ya ha comenzado. ¿Pero quién nos habla, Attar o Borges? Esta pregunta flota en todo el poema. “El tiempo nos encorva a los dos” podría ser la respuesta, los dos nos hablan al final de camino.

Hay un “jardín perdido”, un Paraíso perdido, como todos los Paraísos que no son más que causas, el origen, el lugar adonde hablábamos con Dios. La Rosa también alude a un Misterio que es todo: “Cada cosa es infinitas cosas. Eres música, firmamentos, palacios, ríos, ángeles (...)”.

Attar y Borges están viviendo los últimos momentos, la decadencia, los dos aguardan la muerte con esperanza; la esperanza de encontrarse después del ocaso, con la eternidad, con “la Rosa profunda, ilimitada, íntima que el Señor mostrará a mis ojos muertos”. La última experiencia vive después del límite de la vida, después de la puesta del sol.

El cuento “La Rosa de Paracelso” es también una experiencia mística. Al principio Borges recuerda a su admirado De Quincey, que escribió: “… la pretensión insolente de Paracelsus en cuanto a restaurar una rosa partiendo de sus cenizas” (Writtings). Borges – Paracelso recuerda “caras del Occidente y caras del Oriente”, su mística está más allá de las fronteras, las culturas, los ejércitos, las religiones. Mas allá.

Esta oración de De Quincey, aparentemente incrédula, inunda el cuento. En efecto, Johannes Griesbach, cuyo deseo es ser discípulo de Paracelso y quiere “recorrer el camino que conduce a la Piedra” (filosofal), se empeña en que Paracelso produzca su famosa transformación alquímica: quemar una rosa que Griesbach ha traído consigo y revivirla de sus cenizas. Quiere una prueba.

Ante la negativa de Paracelso, Griesbach se retira, pero antes arroja la rosa al fuego, que se quema. El centro de la narración reside en qué es primero: la prueba o la fe. La rosa simboliza una vez más la vivencia interna de Dios, que puede evanescerse y recuperarse. Pero para eso es imprescindible la fe; sin prueba. No hay prueba posible del Misterio.

Nada puede aniquilarse porque todo es eterno, dice Paracelso, sólo puede transformarse. Y nos sorprende: la Caída, la Expulsión es solamente el olvido de que permanecemos en el Paraíso, hemos olvidado que nunca nos fuimos. El Señor sigue aquí, con nosotros. Pero nuestra creencia en la Razón ha provocado el olvido. Paracelso ya solo, toma las cenizas y revive la rosa con la Palabra.

Una vez más Borges se refiere al panteísmo, somos un microcosmos, estamos lejos de Dios pero la causa es la Razón; podemos acercarnos si nos internarnos en el Misterio. Para ello es necesaria la fe, un estadio superior a la creencia; la fe en que Dios sigue estando en nosotros, como dice Paracelso, en nuestra alma. Paracelso como Attar, como Borges, ve una rosa eterna e infinita, una expresión de Dios.

También los judíos y cristianos ven en la Rosa de Sarón la manifestación del Misterio. El órgano sexual femenino es el origen de la vida, el milagro de la concepción, el Misterio del nacimiento, la intervención imprescindible de Dios.

 

“El Zahir”

 

El cuento comienza con la descripción de Teodelina Villar, una mujer de la sociedad, bella, insignificante en su búsqueda snob de la perfección en la moda, en las actitudes, en su aparición permanente como símbolo de la frivolidad. Después de relatar los efectos de la decadencia económica de Teodelina, que anulan totalmente su vida pasada, Borges nos dice que Teodelina muere. “Rígida entre las flores la dejé, perfeccionando su desdén por la muerte”.

En el velatorio Borges ve cómo el rostro muerto de Teodelina recupera la antigua lozanía y belleza. Borges se retira del velorio y se dirige a un almacén, pide una caña y paga. En el vuelto hay una moneda de veinte centavos. La moneda tiene grabadas la iniciales N T, Noli me Tangere, “no me toques” como le dice Cristo a María Magdalena después de su resurrección.

Borges advierte de inmediato que la moneda es el Zahir. Su vida ha cambiado tan profunda como instantáneamente, desde que recibió la moneda sagrada. “Aún, siquiera parcialmente, soy Borges”, nos dice al comienzo del relato. Después de recordar monedas célebres de la historia, Borges reflexiona sobre la abstracción del dinero, sobre la libertad que implica esa abstracción, pese a que ya ha advertido que su moneda es el Zahir.

Borges recuerda con detalle las diferentes apariciones del Zahir: un tigre, un ciego lapidado, un astrolabio arrojado al fondo del mar, una pequeña brújula en Córdoba. La moneda es símbolo de libertad. Pero el Zahir que está en la moneda, que es la moneda, encierra su conciencia y su alma, que no pueden salir de la prisión. Borges no puede pensar en otra cosa que en el Zahir, y en salir del Zahir.

La moneda – libertad es el Zahir que lo aprisiona. (¿Detrás de los símbolos de la libertad acecha siempre una prisión?). Descubre un imaginario libro alemán, que explica que el Zahir es uno de los noventa y nueve nombres de Dios, que Zahir en árabe significa “notorio, visible”. En ese momento llega la desesperación. Lo inolvidable enloquece. Necesitamos el olvido para sobrevivir, forma parte de nuestra conciencia, sin olvido no hay razón, sin olvido se anula el entendimiento.

En “El Inmortal” Borges cita a Roger Bacon, quién a su vez cita el Eclesiastés:

“Solomon saith: There is no new thing upon the earth. So that as Plato had an imagination, that all knowledge was but remembrance; so Solomon given his sentence, that all novelty is but oblivion. Francis Bacon, Essays, lviii”. (“Salomón dice: No hay cosa nueva sobre la tierra. De modo que así como Platón tenía la imaginación de que todo conocimiento no era más que recuerdo, así Salomón dio su sentencia de que toda novedad no es más que olvido. Francis Bacon, Ensayos, lviii”).

En el poema “Ya somos hoy el olvido que seremos” Borges nos dice: “(…) Pienso, con esperanza, en aquel hombre / que no sabrá que fui sobre la Tierra. / Bajo el indiferente azul del cielo / esta meditación es un consuelo”.

En nuestro universo cíclico necesitamos el olvido. No hay ciclo sin olvido y no hay intelecto sin ciclo. La vida no es infinita. Pero el Zahir es inolvidable, más aún llena el tiempo y el espacio que quedan como nociones vacías, dejan de existir y de ser. Todo es presente y todo el presente lo ocupa el Zahir que adopta formas sin coherencia, un tigre real y uno pintado en una prisión o el modesto Zahir del narrador, una moneda.

Attar en su Libro de los Misterios también llamado Libro de las Cosas que se Ignoran, en una magistral metáfora nos dice que el Zahir es “la sombra de la rosa y la rasgadura del velo”. El Zahir oculta a Dios. Como todos los nombres, el Zahir es una máscara.

Lentamente, en un proceso doloroso, el Zahir va ocupando toda la conciencia de Borges, que queda anulada. Anulado el pensamiento y sus caminos, las matemáticas, la literatura, el arte, todo: el Zahir anula la conciencia, sólo queda el alma. Vida y Sueño se identifican, el mundo es Dios y nosotros, un microcosmos. Dios es todo y nos abarca, más aún nos inunda, Dios es el griego Pan, la totalidad.

¿Teodelina es Zahir y rejuvenece en su belleza después de la muerte para convertirse en una obsesión? ¿Se traslada a la moneda de veinte centavos? ¿Podemos olvidar a Dios, “gastar el Zahir”? ¿Podemos dejar el sueño y vivir? ¿Dejar la ambición de inmortalidad de Adán? ¿Podemos?

“El Aleph”

 

“O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a King of infinite space. Hamlet, II, 2″. (“Oh Dios, podría estar limitado en una cáscara de nuez y considerarme un Rey del espacio infinito. Hamlet, II, 2″).

“But they will teach us that Eternity is the Standing still of the Present Time, a Nunc-stans (ast the Schools call it); which neither they, nor any else understand, no more than they would a Hic-stans for an Infinite greatnesse of Place. Leviathan, IV, 4″. (“Pero nos enseñarán que la Eternidad es la Inmovilidad del Tiempo Presente, un Nunc-stans (como lo llaman las Escuelas); lo cual ni ellos, ni nadie entiende, no más de lo que entenderían un Hic-stans por una Infinita grandeza de Lugar. Leviatán, IV, 4″.)

En las citas de Borges hay una cerrada síntesis del cuento que alude a la Persona, Borges, al Misterio, a la eternidad, que es la negación del tiempo y a la infinitud, que es la negación del espacio. La primera cita refiere a la subjetividad, a la realidad subjetiva que persiste, puedo ser un rey, aunque permanezca asido a otra realidad objetiva, que se juzga pequeña o intrascendente, “a nutshell”, un cascarón de nuez.

En la segunda cita el nunc stans se refiere al presente eterno como expresión de la eternidad, que según Hobbes no se entiende. Es que, en verdad no hay modo de designar la eternidad, ni de entenderla, porque la eternidad es un presupuesto anterior y necesario de la Razón. Y el hic-stans refiere al espacio, es un lugar preciso, un punto del infinito que según Hobbes tampoco se entiende. Porque el infinito también es un postulado indemostrable de la Razón; es pura abstracción.

Necesitamos la eternidad y el infinito, que no existen, sino que solamente son, para que la Razón exista. Quizás el mejor ejemplo sean las matemáticas, que no existen si no aceptamos los postulados indemostrables, el cero, (la nada) y el infinito.

Borges vuelve una y otra vez sobre el tema de la eternidad de lo eterno y del lugar particular donde el infinito se percibe. Aleph es la letra sin sonido del alfabeto hebreo. Quizás porque la totalidad comienza siempre con una negación de la totalidad. Y el sonido con el silencio.

Esa negación original e indemostrable, está en el “primer motor inmóvil” del estagirita, al que nos hemos referido, también en el Génesis: Dios crea desde el caos, porque todo cosmos, todo orden, sólo puede nacer de su negación, el caos de nuestra conciencia.

En “El Aleph” el misticismo de Borges llega a su culminación oral y simbólica, pero también al vacío de la experiencia mística. Comienza el cuento con la muerte de un amor de Borges, Beatriz Viterbo, que siempre fue indiferente a su amor. Borges desde entonces visitará la casa de su amada todos los 30 de abril, día de su cumpleaños, y allí lo invadirán todos los recuerdos.

¿Beatriz Viterbo refiere a la Beatrice Portinari de Dante? Porque Beatrice muerta e indiferente al amor de Dante es el faro del espíritu al que el poeta arribará al cabo de su viaje, guiado por Virgilio, símbolo de la Razón. Beatrice es la santidad, la iluminación de la fe. Y Beatriz Viterbo también está muerta, es indiferente al amor de Borges e inspiradora de su viaje espiritual al

Aleph. (Sin embargo, las cartas obscenas que descubre Borges obstan a la visión espiritual de Beatriz Viterbo).

Dante y Borges son guiados hacia el Espíritu. A Dante lo guía Virgilio, excelso poeta. En las visitas a la casa de Beatriz Viterbo, Borges debe soportar a Carlos Argentino Daneri, un bibliotecario con pretensiones de poeta. El poetastro Daneri será quien guiará a Borges hasta el Aleph. (Recordemos que Borges también fue bibliotecario y poeta.)

Es importante el análisis de los pésimos poemas de Daneri que Borges reseña. Daneri comienza con una descripción del hombre moderno, tapado de aparatos y objetos de comunicación. Son tantos y tan eficientes que harán que los viajes sean inútiles, o sea que anularan la vivencia del espacio. Otra vez Borges pone en crisis a las “categorías de la conciencia”, esta vez al espacio.

Sigue Daneri con “La Tierra”, un proyecto de poema que pretende nada menos que la descripción del planeta y que abunda en intertextualidades burdas con Homero y Hesíodo. Borges usa un recurso frecuente en su literatura, que esta vez adjudica a Daneri: una enumeración caótica y disparatada que pone en evidencia la limitación de la razón para ver la totalidad. La Razón no puede ingresar al Misterio.

Borges deberá atravesar esa maraña de necedades para llegar al Aleph, de cuya existencia nada sabe. Solamente su melancolía por Beatriz Viterbo le permite soportar el castigo supuestamente poético. Pasado un tiempo, Daneri lo llama para avisarle que la casa va a ser demolida por Zunino y Zungri, sus propietarios. Además, le informa a Borges que su defensa jurídica estará a cargo del estudio del Dr. Zunni.

¿La Zeta recurrente alude al significado del equivalente hebreo, Zayin, que quiere decir “espada”? Zayin representa además el número siete, el número que une la Tierra, los cuatro puntos cardinales, con el tres, la Trinidad Divina, el reposo cuatro, con el desequilibrio y la vida, tres. ¿Alguna correspondencia de Zeta /Zayin con el número siete, con Dios? ¿Dios, Zayin, siete, destruirá la casa? ¿Es el final?

Y recién entonces Daneri actúa como mensajero: le dice a Borges que en el sótano está el Aleph y le aclara que el Aleph es uno de “los puntos del espacio que contiene todos los puntos”. Descubrimos ahora que Beatriz se llama Beatriz Elena. La referencia a la luz del espíritu es evidente: por la referencia a Beatrice Portinari, la luz del espíritu de Dante y ahora por Helena de Troya, que significa “antorcha” o “la brillante”, “la resplandeciente”. (Este sentido la vincularía con el Aleph, objeto también refulgente y de naturaleza fascinante).

El Aleph está en un sótano. Borges baja una escalera de 19 escalones. ¿La escalera de Jacob por la cual ve subir y bajar a los ángeles? En el Aleph, está la totalidad, el nombre del Dios. El número 19 en la Cábala es la letra Qof, que vale 100. Es el misterio, el secreto. Borges desde el principio distingue la mística de su condición de escritor; no puede con el lenguaje transmitir el infinito Aleph; se requieren “emblemas” que sólo viven en los místicos: “un pájaro que de algún modo es todos los pájaros” (¿el Simurgh?), una esfera sin circunferencia y con centro en todas partes según Alanis de Insulis, un ángel de cuatro caras que mira simultáneamente los cuatro puntos cardinales.

La enumeración por infinita es imposible, recordemos el sentido de la cita de Hobbes: la eternidad, es la negación del tiempo y a la infinitud, es la negación del espacio. Sin embargo, Borges asume la tarea consciente de su inutilidad: ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph?

“En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es”. Borges describe al Aleph como una “pequeña esfera tornasolada”, de unos dos o tres centímetros e intolerable fulgor. “Cada cosa era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo.”

Luego enumera en una larga frase lo que ve, y termina:

“Vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo”.

Al final sintió vértigo y lo invadió el llanto: había visto el inconcebible universo.

Creyó que esta visión no lo abandonaría, que lo cercaría en una cárcel del tiempo, una cárcel de la memoria, un asedio, un Zahir. Pero lo salvó el olvido. Su universo, tan cíclico como falso, siguió vigente y le permitió sobrevivir.

Dios “salva”.

 

Final

 

El ensayo precedente, que pretende explicar algunas de las múltiples relaciones de Borges con el misticismo, ha sido ordenado por sucesivas aproximaciones, como un camino ascético. Partiendo de la descripción de los lenguajes y la metáfora, ingresamos en el sentido del título: estamos más allá del lenguaje. Recorremos así la polémica entre lenguaje y misticismo, representada por Averroes y Al Ghazali.

Después nos internamos en la Rosa, símbolo de la perfección en todas las religiones del Libro. Pero aquí también está presente la abismal distancia entre lenguaje – Razón y misticismo; de La Rosa no pueden nacer letras.

El Zahir describe un Dios que nos posee desde el espíritu, “Noli me Tangere” dice la moneda, igual que Cristo le dice a Magdalena antes de encontrarse con el Padre en los cielos, un Dios lejano que nos posee desde adentro de nuestra conciencia - mejor dicho – desde la intimidad del alma.

Finalmente, el Aleph la letra sin sonido, imposible de describir porque nuestro “lenguaje es sucesivo”, está en el tiempo y en el espacio. El Aleph silente, inaprensible en tiempo y espacio, es la totalidad de Dios, la experiencia mística en sí misma, el ingreso, aunque más no sea por un instante en el Misterio del Espíritu.

 

Fuente: Infobae

https://www.infobae.com/leamos/2024/01/17/las-5-obras-de-borges-que-nos-ayudan-a-entender-y-soportar-que-nos-rodea-el-caos-y-el-misterio-de-la-muerte/

 

El laberinto de un cineasta atravesado por Borges y respaldado por Kodama


  15 de enero de 2024

Marcela Ayora

PARA LA NACION

 

Hay una película basada en un cuento de Borges que recibió, en noviembre, un premio en el 13° Festival de Cine de Guadalajara. Pero ese no es un dato suelto. Ni el único. Viene de una conexión del director, Eloy González (Lomas de Zamora, 1979), que es también actor, director teatral, con varios puntos que cruzan con el universo borgeano. Una infancia en Adrogué, en esas calles de adoquines y silencios por las que caminó, antes, el escritor; ahí, donde los juegos del niño que más tarde haría la película, se sucedían en la casa de un abuelo que había sido amigo de un gran amigo de Borges, ahí en el sur. La misma casa donde la abuela poeta le leía poesía al pequeño Eloy o le hablaba de las antigüedades que ella coleccionaba, las que había en la sala o en el living, con las que González armó parte de su imaginario. Pero también están las caminatas de ese niño que, ya adolescente y a la salida de clases del secundario, pasaba por Las Delicias, el lugar icónico donde hasta el autor de El Aleph tiene una foto que rememora su propia infancia con su familia en ese lugar. Y una amistad, de adulto, con María Kodama, un ida y vuelta que terminó poniéndole a un bote de él, el nombre de ella; en largas charlas y encuentros, en el sí de Kodama para autorizar el trabajo con cuentos de Borges. Así, en plural. Porque está el film, El evangelio según Marcos, basado en el cuento homónimo que pertenece al libro El informe de Brodie. Y antes, una obra teatral que tomaba Las ruinas circulares, y a futuro, un proyecto también basado en un cuento que Kodama autorizó poco antes de morir.

 

Pero entre lo que se construyó de subjetividad en la infancia y la adolescencia de Eloy González y la película, hubo un sueño. Quizá, uno común, tan común, que muchos piensan en hacerlo, pero lo dejan ahí; otros, en cambio, arrancan con una primera acción: tomar una mochila y salir al mundo. O pasado en limpio, sería más o menos así: subirse a un bote, leer y leer. El director pasó de vivir en el microcentro porteño haciendo puestas teatrales que van desde ciclos de concierto de música contemporánea del Teatro San Martín, el Centro de Experimentación del Teatro Colón, a tomar un barco pequeño y navegar el Amazonas leyendo la obra de Borges. González lo recuerda así: “En 2005, después de estrenar una obra de Pablo Picasso, había un barcito en la esquina de mi casa que se llamaba Amazonas. Yo tenía ganas de ir a un lugar exótico. Viviendo en medio de la ciudad, en Santa Fe y Talcahuano, quería pasar un tiempo en el Amazonas. Estar en la selva. Y me fui”. Así empezó un camino del acá y allá. Vive desde 2012 en el norte de Brasil –frente al mar–, donde es subsecretario de Cultura en Barra de San Antonio. Por estos días, pasó por Buenos Aires a continuar con el rodaje de El evangelio según Marcos.

 

Cuando se mira en escenas

 

Para llegar al cine, primero estuvo la construcción de una mirada del teatro. Eloy González estudió en la Escuela Nacional de Arte Dramático (ENAD). Mientras estudiaba, trabajó en una librería. “Obvio, miraba los libros que había. Encontré uno de pinturas de Pablo Picasso, y en ese libro había una escena de una obra de teatro que él había escrito: El deseo atrapado por la cola. Una obra totalmente surrealista que nunca se había estrenado en la Argentina. Yo tenía 24 años. Empecé a ver dónde la podía encontrar. Por esos días vivía muy cerca del teatro Cervantes. La busqué en la biblioteca y la encontré. Me voló la cabeza. Había sido donada por Kive Staiff”. Trabajó la obra con la sala de experimentación del Colón. Respecto de la obra en sí, desde el sitio web de Eloy González se puede leer esta aclaración: “Esta obra fue escrita en 1941 y en ese año se dio una lectura entre amigos del artista. No hay registro de que la obra de Pablo Picasso haya sido presentada en la Argentina hasta el estreno inédito del 2004″. Llegó a hacer una puesta en un sótano del Pasaje de la Piedad. “Conseguimos todo el vestuario del Teatro Colón. El público empezó a ser súper ecléctico: desde famosos de televisión hasta intelectuales, estudiantes de teatro, literatura, pintura”. Después, seguirían otras puestas. Y de nuevo, Borges.

 

En 2005 Eloy conoció a María Kodama. Luego, el viaje por el Amazonas con las lecturas de la obra de Borges. Al año siguiente, a propósito de los 20 años de la muerte del escritor, le encargaron una obra. Desde ese homenaje organizado por Kodama surgió la instalación teatral Enigmas del tiempo, protagonizada por Marita Ballesteros, que se estrenó en la ex Biblioteca Nacional de Buenos Aires, aquella que dirigiera Borges, en la calle México. Basada en el cuento “Las ruinas circulares”, del que Kodama le dijera al director, que era su preferido. Y como Eloy González dice cada tanto: “Todo tiene que ver con todo”. A este hijo de un padre tenista y una madre profesora de Educación física, trabajar con Marita Ballesteros lo vuelve a llevar, una vez más, al Adrogué de Borges. A su propia historia. Su papá y la actriz son primos. Criados en una casa arriba de la otra. Compartieron infancia y adolescencia y el olor a los eucaliptos de los poemas borgeanos: “En cualquier lugar del mundo en que me encuentre, cuando siento el olor de los eucaliptos, estoy en Adrogué”.

 

Entonces, del aniversario de una muerte –Borges–, surgió una obra. Del impacto de otras, nace lo que González llamo Necrodrama, un proyecto de teatro documental sobre la partida de personas jóvenes. Aunque en sus inicios, fue a propósito de la muerte de Luciano Pavarotti (2007) y de los 10 años de Lady Di (1997). Y como un marco dentro del marco, el ciclo arrancó con el estreno un 2 de noviembre, Día de los Muertos. “Quise hacer misa de Réquiem de Verdi en otro lugar que no fuera el Colón. Me recomendaron el teatro Verdi de La Boca. Cuando llegué, lo vi y me encantó. No sabía con qué personajes hacerla y convoqué a personajes de otras obras que yo había hecho y los invité a participar de esa misa. Los personajes, muertos en las obras que ya no se hacían, revivieron en esta nueva obra”.

 

Con respecto al sentido de estas puestas, el director destaca el lugar de los huecos. “Empecé a hablar de la ausencia, que es de lo que habla el necrodrama, sobre la muerte de las personas”. Luego haría otros ciclos en el teatro de Cristina Banegas, El excéntrico de la 18, solo en noviembre, de 2007 al 2012. Ya en la selva brasileña, construyó su casa que mira al mar con ladrillos a la vista y ventanas alargadas que fueran de una iglesia, todo rodeado de cocoteros, mangos, bananeras, árboles. Allí empezaría a hacer cine, con una película, Diamante. De ese posicionamiento frente a una cámara, pero con ojos seteados por el teatro, nacería la versión de El evangelio según Marcos.

 

Borges en presente

 

Una casa antigua en medio del campo donde todo es cielo y puro verdor. Una temperatura del color que da cuenta de una decisión de estética. La dirección de fotografía está a cargo de Leo Calzoni. Y una lentitud adrede que obliga a quien mira a entrar a un modo de contar, a ir a otro ritmo. Esta es la propuesta de la adaptación de Eloy González al cuento de Borges que, junto con el guionista Diego Fleischer, dieran forma a esta reversión. Porque hay otra, de 1993, de manos de Héctor Olivera. A 30 años de aquélla, este nuevo film, que está en proceso, fue macerado lejos de la pampa. “Estando en Brasil, releí El informe de Brodie. Un libro que tiene una teatralidad y algo muy cinematográfico, con un trasfondo muy filosófico. Se lo conté a María (Kodama). Me dijo que sí. Me pidió un guion para ver cómo lo quería hacer. Paloma Contreras me presentó a Diego Fleischer. Empezamos a pensarlo y llegó la pandemia. Me fui a Brasil. Con Fleischer trabajábamos y después hablaba con María Kodama para ver qué cosas modificar. Un intercambio con ella que surgió con mucha naturalidad y respeto a Borges”, sostiene González. Pero también está lo más concreto que es cómo financiarla. Sobre esto, el director dice: “La idea es que la película tenga un recorrido de festivales. Darle otro carácter. Tuve que ver de qué manera se iba a filmar la película y a la vez que estuviera la altura que Borges tiene que tener. Fue difícil”. De a poco aparecieron formas de financiar, que es el gran tópico. “Me presentaron una productora de cine, Río azul films. Ellos se asociaron con una productora, Landia, de México, que nos apoyó con equipos en toda la parte técnica. Pude conseguir lo básico para hacer una película de buena calidad”.

 

Y surge la pregunta. Cómo desde un cuento de Borges, donde no sobra ni una preposición, se logra esa ampliación. Diego Fleischer, el guionista, dice: “Si bien el cuento es corto y carece casi de diálogos, sus oraciones tienen mucha acción comprimida. Busqué los espacios en donde Borges dejaba la puerta abierta para volcar mi imaginación y unirla a la suya. El cuento funcionó como una estructura sólida, y lo que agregué sobre Baltasar, el personaje principal, tuvo el propósito de generar más intriga. Sumé situaciones que lo humanizan y manejé el suspenso con ritmo progresivo para tomar velocidad y sentir, luego de más de una hora de película, el mismo efecto inesperado y aterrador que tiene el final del cuento”. Y sobre la naturaleza del cuento en sí, González sostiene: Estoy enfocado en hacer una pieza artística respetando a Borges, pero que tenga una impronta personal”.

Eloy González: “En cualquier lugar del mundo en que me encuentre, cuando siento el olor de los eucaliptos, estoy en Adrogué”

Eloy González: “En cualquier lugar del mundo en que me encuentre, cuando siento el olor de los eucaliptos, estoy en Adrogué”Hernan Zenteno - La Nacion

 

González dixit:

 

El lugar donde se filmó El evangelio según Marcos: “La idea era encontrar un hotel de la época. Llegué a una estancia en Chivilcoy, La Rica, de finales de 1800, donde había dormido Mitre. Prácticamente intacta en medio del campo. Cuando la vi, me enamoré”.

 

Sincronizados: “Después del rodaje me encontré con que Chivilcoy significa lugar donde las aguas desbordan. El cuento es eso: la estancia donde empieza a llover y las aguas desbordan. Todo muy conectado”.

 

Una búsqueda: “El director de fotografía, Leo Calzoni, es un poeta de la imagen y me propuso cosas increíbles. Yo quería hacer una pieza artística, no solo una peli. Y él lo entendió muy bien. Cada cosa es una pintura. Me acompañó mucho en esa búsqueda”.

 

Volver al origen: “Nosotros estábamos ahí, en un ritmo de campo. Hacía 6 meses que no llovía. Un encierro de todos ahí. Eso, como un clima de Adrogué”.

 

Fuente: La Nación

https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/el-laberinto-de-un-cineasta-atravesado-por-borges-y-respaldado-por-kodama-nid15012024/

martes, 16 de enero de 2024

Borges en Salta

 

        Diario El Intransigente (Fuente: Archivo Histórico Provincial)

 

La visita fue auspiciada por la Dirección General de Cultura de la Nación, y la estadía incluyó conferencias en el Salón Auditorio de Radio Nacional, la visita a la redacción de los diarios, y la participación en un agasajo en la famosa casa del difusor cultural “Pajarito” Velarde. Luego dedicará unas lineas a la provincia que serán inmortalizadas en sus Textos Recobrados.

 

Facundo Sinatra Soukoyan

7 de enero de 2024

 

“Hace mucho que quería conocer esta provincia y ahora he podido satisfacer este antiguo deseo gracias a mi amigo salteño José Edmundo, director nacional de Cultura”. Estas fueron las palabras que el célebre escritor Jorge Luis Borges hilvanó en la entrevista realizada para el diario El Tribuno en sus primeras horas de visita por la provincia.

 

Corría mayo de 1964 y Borges llegaba por primera vez a Salta invitado por la Dirección General de Cultura de la Nación, gestión realizada por José Edmundo Clemente, “que me ha hecho posible conocer esta tierra. Me habría sentido culpable no haberla conocido”, comentaba Borges en otra entrevista concedida al diario El Intransigente.

 

El arribo de Borges será en compañía de la escritora María Esther Vázquez, quien también lo secundaría literariamente impartiendo cada uno una conferencia: la de Borges versaría sobre poesía gauchesca, y la de Vázquez, sobre “Falstaff o la temática de Shakespeare”.


 Ambas conferencias, que se dieron en diferentes días, fueron ejecutadas en el salón auditorio del antiguo edificio de Radio Nacional Salta, Mitre 294, con entrada libre y gratuita, y transmitidas íntegramente por la emisora.

 


 

En los pocos días que Borges permaneció en Salta tuvo como actividades centrales, más allá de la conferencia sobre poesía gauchesca, la visita a dos de los periódicos salteños más importantes de la época: El Tribuno y El Intransigente. En ambos mantuvo largas conversaciones, prestándose cordialmente a múltiples preguntas que se transformaron en entrevistas que ya son parte de la acervo histórico borgeano.

 

“Se considera a Borges el poeta más esencial del arrabal de Buenos Aires. Su cantor más inteligente y original. Y cuando de sus versos de habla, se ha hecho un lugar común el nombrar barrios con esquinas rosadas, de almacenes abiertos al silencio pensativo del truco”, introducía el diario El Intransigente dando pie a lo que luego sería un diverso intercambio entre periodistas del medio y el invitado de honor.

 

“Llegó hasta nuestra casa con paso lento, apoyado en un bastón y con el rostro despejado y sonriente”, comenta el periódico mientras avanza la entrevista sobre tópicos variados, algunos de cierta sensibilidad personal como cuando se conversó sobre su proceso de ceguera: “no hay nada poético. No ha sido de golpe, vino lentamente. Una especie de lento crepúsculo. Un lento atardecer de veranos. Así como se pasa de la llovizna a la sombra sin darse cuenta”, dirá Borges.


 “La llegada de Jorge Luis Borges, por primera vez a Salta, es para nuestro medio un acontecimiento de jerarquía. Constituye él, indudablemente, un verdadero maestro dentro de la literatura contemporánea”. Estas son algunas de las líneas previas que El Tribuno vertía en sus páginas horas antes de la llegada del literato.

 

Ya en la redacción, acompañado por el director de Radio Nacional, Raúl Araoz Anzoátegui, será recibido por el director del diario, Roberto Romero. En esa atmósfera responderá algunas consultas periodísticas que centrarán su inquietud en el mundo de las letras y sus actividades al momento de su visita.

 

Sobre este último punto Borges dirá: “En estos momentos estoy revisando con María Esther Vázquez un libro titulado 'Antigua literatura germánica' que es un texto sobre la literatura medieval de Inglaterra, Alemania y Escandinavia (…) Hace unos cuatro años estoy estudiando, o tratando de estudiar las lenguas germánicas medioevales”.

 

Luego responderá sobre la actividad literaria nacional, en la que destacará a “Carlos Mastronardi, Silvina Ocampo, y Magdalena Harriague, y en lo referente a la prosa los nombres de Adolfo Bioy Casares, Manuel Peyrou, de Eduardo Mallea y de Manuel Mujica Lainez. Este último ha vuelto renovándola a la antigua tradición de la novela caudalosa, llena de aventuras, destinos y vicisitudes”.

 

Los “Textos recobrados” reúnen colaboraciones de Jorge Luis Borges dispersas en diarios, revistas, libros y folletos, formando un corpus de escritos diversos, vinculados a diferentes experiencias vividas por el escritor. En dicha edición se compila específicamente el artículo “Argentina: el país maravilloso”, folleto escrito para la compañía Varig sobre lugares turísticos. En él pueden leerse estos párrafos dedicados especialmente a Salta.

 

“La provincia de Salta consta de dos regiones distintas; al este, el suelo llano está cubierto de arroyos y de bañados; al oeste, alto, cortado por numerosos valles regados por torrentes. Hacia el noroeste, acostada en el fondo del Valle de Lerma e inclinada en la falda de su cerro está Salta, la capital. Desde la cima del cerro se abarca la ciudad. La arquitectura es sobria y maciza; rejas hispánicas y amplios portales, casi conventuales, cuya decoración es el arabesco”.

 

La descripción del territorio continúa minucioso. “Hacia el oeste se abren los valles y quebradas Calchaquíes, famosos por la belleza de sus cerros solitarios, de barrancos verticales, donde mil metros abajo, el arroyo se precipita, blanco de espuma, sobre su cauce de pizarra. Para llegar a estas zonas hay que cruzar altiplanicies limitadas por las cumbres nevadas. Luego comienza el descenso por una pendiente entre áridas quebradas y muchedumbres de cactus gigantes. Atrás quedan los Nevados de seis mil metros de altura, donde se distinguen, a la luz purísima, roca por roca, filo por filo, hielos no alcanzados por el hombre; soledades presentes, casi palpables pero inaccesibles, precipicios enormes y ásperas aristas de basalto y cristal rotas sobre el azul. Allá vive, fuera del alcance del rifle, la preciosa chinchilla real, animalito frágil como una flor. Los valles son, en estas zonas, realmente oasis, manchas de verdor escondidas junto a los ríos, en las vegas y quebradas transversales de la cordillera”.

 

Más adelante, en quizás el pasaje más interesante y colorido de la descripción, Borges se adentra en una Salta humana y en movimiento: “Uno de los acontecimientos más coloridos e importantes es la fiesta del carnaval. Días enteros bailan los coyas. La música, salvaje en las bagualas, sensible y dulce en la vidala o alegre en el carnavalito, suena en los instrumentos nativos. Canta la vidala con su queja blanda:

 

Dicen que el carnaval viene

por el camino de Salta

ojalá traiga alegría

que penitas no nos faltan.

 

Aquella visita a Salta en mayo de 1964 tuvo como cierre un agasajo en la famosa casa del difusor y mecenas cultural “Pajarito” Velarde, lugar de paso indiscutido para toda aquella personalidad de la cultura argentina, y por qué no, extranjera, que pisara suelo salteño.

 

Se puede imaginar que entre empanada y vino amenizando la velada en la morada de Velarde, Borges fue decantando lo vivido en tierras salteñas, lugar que nunca antes había visitado. Esta experiencia sin duda fue motor del otrora texto que, aunque sencillo, resultó el único netamente dedicado a la provincia.

 

El viaje de Jorge Luis Borges junto a María Ester Vázquez siguió rumbo a San Salvador de Jujuy para luego regresar, solo de pasada, por Salta y seguir viaje a Tucumán, completando un periplo variado por el norte argentino. En aquel raid Borges dejó una estela, una marca, una posta imborrable del que muchos consideran uno de los máximos exponentes de las letras hispanas del siglo XX.

 

Fuente: Pagina 12

https://www.pagina12.com.ar/701772-borges-en-salta

miércoles, 27 de diciembre de 2023

Borges decía que en su infancia no se celebraba la Navidad en Buenos Aires: ¿es verdad?


“Estos ritos son patéticos”, afirmó en autor de “Ficciones”, según lo cita su gran amigo Bioy Casares en sus diarios. ¿Cómo se vivían las fiestas a principios del siglo XX?

 

Por René Salomé

25 Dic, 2023

 

Es un 24 de diciembre de 1957. Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo están yendo a celebrar Navidad a la casa de Jorge Luis Borges, en donde están su madre, Leonor, su hermana, Norah, y otros familiares y amigos del autor de Ficciones. Comen, brindan y hacen intercambio de regalos: Borges le regala a su amigo Bioy Empédocle d’Agrigente, de Jean Zafiropulo, y a Silvina, una copia de Sappho, de Jean Larnac y Robert Salmón.

 

“Cuando yo era chico, Navidad tenía poca importancia”, dice Bioy Casares, ya en la madrugada del 25, según cuenta en su monumental Borges, en el que se reúnen los diarios que el autor de La invención de Morel escribió sobre las cinco décadas de intimidad junto al gran escritor argentino.

 

Borges, a su vez, le responde: “Cuando yo era chico, no tenía ninguna: la celebraban solamente los ingleses y los alemanes, en Belgrano. Ahora es una especie de ensayo de primero de año, que es, como Navidad, una especie de ensayo de carnaval. Ahora celebran Navidad y primero de año con cohetes; pronto lo harán con caretas”. A lo que Bioy agrega: “Cuando yo era chico no había esta manía de los petardos. Recuerdo que mis primos Blaquier, en Vicente Casares, tiraban petardos: yo veía esa actividad como un rasgo peculiar del carácter de los Blaquier que no podía compartir”.

 

¿Es cierto, entonces, que a comienzos del siglo XX la Navidad casi no se festejaba en Buenos Aires sino que “la celebraban solamente los ingleses y los alemanes”? Aunque la palabra de Borges es suficiente, Infobae Leamos buscó pruebas y testimonios de cronistas de la época para investigar el alcance de esta festividad en ese entonces.


En su libro Buenos Aires desde 70 años atrás, publicado en 1880, el memorialista argentino José Antonio Wilde (1813) escribe: “Nochebuena y Navidad no incitaban a organizar reuniones. Menos aún Fin de Año y Año Nuevo, que pasaban sin pena para los afortunados y sin gloria para todos (…) La última semana del año, conocida como las ‘vacaciones de Navidad’, era feriado corrido. Según los periódicos había mucho movimiento en las calles por las noches: las damas hacían compras y los caballeros las admiraban. La buena sociedad salía de excursión a San José de Flores, a San Isidro o a Las Conchas, desde la mañana temprano hasta las primeras horas del día siguiente”.

 

Y agrega: “Aunque no vamos a describir escenas como las que tienen lugar en los salones de abolengo de nuestro propio país, durante las fiestas de Navidad, sin embargo, a Buenos Aires no le faltan sus alegrías y, en la nochebuena, hasta una hora tardía, notamos varios grupos de paisanos y otras personas disfrutando de la música de las guitarras en diferentes endroits de la ciudad. La noche era deliciosamente fresca para esta época del año y, a decir verdad, atraídos por el encantador tiempo y por la música, vagamos por la ciudad hasta la una de la mañana siguiente”.

 

Por su parte, el célebre cronista Aníbal Latino, seudónimo del italiano José Ceppi (1853) para su trabajo periodístico en Argentina, escribe en su libro Crónicas bonaerenses: “El día 24 de diciembre no presenta ese flujo y reflujo, ese trasiego de gentes que llenan y evacuan la metrópoli, no es el día mercadante y traficante por excelencia, no es el día babilónico en que se ven manjares por todas partes, en que las tiendas hacen su agosto, en que cruzan vapores, trenes, tranvías y vehículos de toda especie, como si el mundo fuera a acabarse y faltara tiempo para llegar a una nueva arca de Noé, con las provisiones necesarias para un largo período de aislamiento: ni el día 25 presenta tampoco desde la mañana hasta la tarde esa quietud, ese silencio, esa soledad que ofrecen casi todas las grandes capitales europeas”.


Pero aclara: “No es que no se cierren las tiendas y no se abran las cocinas, porque la costumbre de celebrar todas las fiestas, solemnidades y aniversarios con comilonas es tan antigua como universal; pero ni deja el calor tanto apetito ni tanto humor para empezar a comer el día 24 de diciembre de cada año y mondarse los dientes el día 7 de enero del año siguiente, ni se encierra la gente en sus casas, ni se buscan distracciones en los teatros, ni constituye la Navidad un día excepcional para los pobres, ni puede como lo han hecho Dickens, Max O´Rell y todos los escritores europeos, consignarse como una excepción, como una cosa extraordinaria, que en ese día todo el mundo come, por la sencilla razón de que hasta ahora, a Dios gracias, en este país ricos y pobres comen todos los días del año”.

 

Explica Latino que, aunque había celebraciones navideñas, no llegó a tener un carácter definido hasta algunas décadas después: “Celébrase, pues, la Navidad con grandes y suculentas comidas, en casa o fuera de ella, sin que se las atribuya esa excepcional importancia que le dan los ingleses y los italianos del Norte, pero aunque se celebre, no tiene todavía la Navidad un carácter peculiar, definido, como no sea el de echarse todo el mundo a la calle, invadir los trenes y tranvías, e ir a buscar una atmósfera más templada y soportable en las casas de campo y en los pueblos de las cercanías”.

 

Borges, entonces, no estaba tan errado al afirmar que, al menos en Buenos Aires, la Navidad no era en su infancia lo que terminaría siendo algunas décadas más tarde, cuando esta celebración terminara de asentarse a mediados del siglo XX. Sin embargo, otro pasaje citado por Bioy Casares en sus diarios deja ver lo que Borges realmente pensaba de la Navidad.

 

Escribe Bioy en la entrada del sábado 24 de diciembre de 1955: “Después de comer voy a casa de Borges. Con la madre, con Norah y Guillermo, con Miguel y Luis, brindamos con champagne. Luego vamos a casa, Borges y yo. Conversamos con mi padre. Luego Borges, Silvina, mi padre y yo brindamos con champagne (de Los Dos Chinos) y comemos torta de Navidad. Borges comenta: «Americanos, del siglo XX, cumpliendo sus ritos». Dice también: «Estos ritos son patéticos, porque somos muy pocos. Más raro sería que un hombre sólo estuviera haciéndolos»”.

 

Fuente: Infobae

https://www.infobae.com/leamos/2023/12/25/borges-decia-que-en-su-infancia-no-se-celebraba-la-navidad-en-buenos-aires-es-verdad/