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lunes, 21 de noviembre de 2022

Un poema olvidado de Borges, que podría estar dedicado a su primer amor, se encontró por casualidad en Israel

 

“Dedicación de un silencio” es un poema de juventud que el celebrado escritor argentino nunca publicó. En diálogo con Infobae Leamos, la investigadora Ruth Fine cuenta la historia que hay detrás de estos versos de Borges.

 

Por Pablo Nardi

 

15 de Noviembre de 2022

 

Cuando se dice que Borges es una cantera inagotable, no significa solo que el alcance simbólico de su literatura se expande cada vez más. Significa también algo muy concreto: que siempre hay textos, poemas, fragmentos de cuentos, correcciones y cartas que salen a la luz.

 

Esta vez, el poema es Dedicación de un silencio, una pieza perdida y encontrada por casualidad muchos años después, en Israel, “seguramente dedicado a un primer amor de Borges”. Así lo demuestra la profesora e investigadora argentina Ruth Fine, catedrática de la Universidad Hebrea de Jerusalén, quien brindará una charla en el ciclo “Borges e Israel: diálogo”, este jueves 17 de noviembre a las 19, en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno.

 

Historia de una casualidad

 

Pensemos en un muchacho que vive en un kibutz, en Israel, y no tiene ningún vínculo con la literatura. Salvo uno, involuntario: es sobrino de Manuel Glazer, el mítico editor argentino encargado de difundir la obra de autores como Leopoldo Marechal, Scalabrini Ortiz y Borges. El joven vive en un kibutz, en Israel, y heredó de su tío varios libros y papeles. Un día se dispone a limpiar la casa. Entre los papeles encuentra un libro de César Tiempo: lo abre, quizás para quitarle el polvo, y cae una hoja suelta.

 

Es –el joven lo sabrá mucho después– un poema inédito de Borges. Se trata de un texto manuscrito, con esa letra tan particular, y tiene un título que se ajusta perfectamente a la condición de inédito: se llama Dedicación de un silencio. Además, tiene marcas de corrección con un tipógrafo, lo que demuestra que estaba destinado a la publicación.

 

“El poema en sí es interesante, habla de Villa Urquiza, un barrio que Borges transitó mucho, en el que se encontraba con una muchacha”, explicó a Infobae Leamos Fine, quien decidió reservar parte de la información para el día de la charla. “Borges le dedica varios poemas a Villa Urquiza, allí estaba también la casa de Norah Lange, había reuniones de poetas, él iba caminando hacia allí, de modo que también tiene ese interés topográfico y poético”.

 

Borges y las mujeres

 

Dedicación de un silencio podría ser, entonces, una pieza clave para armar el rompecabezas amoroso de Borges, un conjunto de tropiezos y frustraciones que en el imaginario argentino cobró un nivel casi mítico. “Es el amor, tendré que ocultarme o que huir”, escribió en su famoso poema El amenazado.

 

Se sabe que Borges estuvo enamorado de Norah Lange y que ella decidió quedarse con Oliverio Girondo; se conocen sus cartas de amor dedicadas a Estela Canto, se sabe que se casó con Elsa Astete en 1967 y que sin embargo volvía a dormir la siesta a casa de su madre (“Le perturban, por alguna razón oscura y posesiva, mis amigos actuales y anteriores, mi familia e incluso mis antepasados”, cita Norman Thomas Di Giovanni, traductor de Borges, en su libro Georgie & Elsa). Se divorciaron en 1970. Y se conoce, claro, la última y la más famosa de sus parejas, María Kodama. Pero ¿qué sabemos de la primera?

Te puede interesar: 50 años sin Norah Lange: luces y sombras de Borges y Girondo sobrevuelan su obra

 

La poética del silencio

 

La pieza literaria se puede fechar entre 1923 y 1924. El escritor era joven y buscaba en Buenos Aires una ciudad que ya no era, recreaba en sus poemas el arrabal y las casas bajas que había visto en su infancia, antes de viajar a Europa en 1914, y de donde volvió en 1921. “En términos materiales, el poema puede leerse como un homenaje a César Tiempo, a Israel y al entorno editorial de la época y el modo en que se ayudaba a escritores desconocidos, a la historia de Buenos Aires (Villa Urquiza era un barrio limítrofe, ahí empezaba el Sur)”.

 

Situado en los últimos coletazos de la etapa vanguardista del escritor, el poema “representa o ejemplifica muy bien lo que algunos críticos dieron en llamar la poética del silencio en la lírica de Borges”. Un dato: el título original es Dedicación de un silencio, pero en las obras póstumas se lo publica como Dedicatoria de un silencio, y así es como se compiló en una antología en 2003. “Yo sostengo que tal vez sea dedicación y no dedicatoria”.

 

“Dedicación” tiene un sentido adicional: es abocarse a algo, emplear tiempo y voluntad para lograr un objetivo. “Dedicación” sería, también, el esfuerzo que conlleva el silencio, y no solo “dedicarle” el silencio a alguien. “Siempre es bueno conocer los pre-textos de Borges, la historia textual de sus escritos”.

 

Borges e Israel

 

La relación de Borges con Israel es, como tantas otras, digna de explorar. “El tema está muy transitado e intento darle una vuelta un poco distinta, sobre todo a los poemas dedicados a Israel. Porque siempre es sorprendente que el autor se haya pronunciado tan explícitamente a favor de Israel en un aspecto político en el que no solía meterse” explica la investigadora, que en el mismo ciclo dictó una charla titulada “Israel y el judaísmo desde Borges”.

 

“Tengo una lectura que muestra que su mirada era mucho más aguda de lo que se cree, no era algo panfletario. Mi tesis es que le atraía el carácter paradójico de lo judío”, señala Fine, y explica: “Borges dice que es la más antigua y la más joven de las naciones, convive lo que es y lo que no es. Cómo vivir en Israel es uno de los grandes temas, cómo conciliar esa tensión imposible entre la tradición y el peso de la religión con un estado que se quiere moderno y democrático”.

 

En cuanto a la recepción de Borges en Israel, Fine asegura que es un autor “muy citado y muy traducido”. La investigadora, que desde 1981 reside en Jerusalén, no es ajena a su difusión. Dirigió un proyecto de investigación sobre la fe en Borges (“la fe literaria, no la fe religiosa”) que culminó en la publicación de un volumen de poemas en idioma hebreo.

 

“A Borges se lo estudia, se lo venera; ahora el Departamento de Literatura Comparada de la Universidad Hebrea de Jerusalén termina siempre con un seminario dedicado a Borges. “Es verdaderamente un ícono, está muy presente”.

 

Dedicación de un silencio

 

Villa Urquiza, hemos dialogado firme en las tardes

 

y esta es la última vez que hacemos un verso.

 

Sé que para merecerte, debo ignorarte;

 

para que estés en mi corazón, no debes estar en mi canto

 

¡mi intimidad y mi silencio sean tuyos

 

y sea conmigo el beneficio de tus ocasos!

 

Fuente: Infobae

https://www.infobae.com/leamos/2022/11/15/un-poema-olvidado-de-borges-que-podria-estar-dedicado-a-su-primer-amor-se-encontro-por-casualidad-en-israel/

 

domingo, 5 de junio de 2022

¿Cómo era la mamá de Borges? Un libro revela aspectos desconocidos

              Leonor Acevedo con su hijo Jorge Luis Borges.
 

El investigador Martín Hadis habló con Clarín de “Memorias de Leonor Acevedo de Borges”.

 

01/06/2022

 

“Alicia Jurado entrevistó a la madre de Borges, pero con el fin de entretenerla recordando un pasado feliz”, eso nos cuenta Martín Hadis, el singular investigador de Jorge Luis Borges, un detective no tradicional, un arqueólogo de todos los Borges que existen alrededor del gran poeta y ensayista argentino.

 

Y de esas conversaciones con Leonor Acevedo de Borges, la madre del gran escritor argentino quedó un manojo de notas y papeles que merecían ser interpretados, ensamblados y recopilados en un libro inesperado y muy atractivo: Memorias de Leonor Acevedo de Borges, que Hadis presentó en la Feria del libro.

 

“Después encontré unas cartas, que Leonor Acevedo envió a su prima Esther Haedo de Amorim, que son más breves pero también más ordenadas. Y eso me sirvió también para organizar las anécdotas sueltas provenientes de los textos de Alicia Jurado. La combinación de todos esos textos dispersos dio este libro”.

 

Hadis es profesor, investigador, y escritor. Licenciado en sistemas, realizó estudios de posgrado en el Massachusetts Institute of Technology (M.I.T.). También estudió inglés antiguo, escandinavo antiguo y religiones comparadas en la Universidad de Harvard y realizó otra maestría, en Antropología Cultural, en la Universidad de North Texas.

 

Entre otros libros, Hadis es autor de Borges profesor; Literatos y excéntricos: los ancestros ingleses de Borges; Siete guerreros nortumbrios; y Borges, el misterio esencial.

Memorias de Leonor Acevedo de Borges, trae al presente recuerdos de la madre de Borges, además de datos inéditos sobre la infancia y juventud del escritor y perspectivas hasta ahora desconocidas de su obra. El libro cuenta con fotos antiguas de Buenos Aires, de fines del siglo XIX y principios del XX.

 

Hadis señala que tiene varias capas: “Se superponen lo personal, lo familiar, lo narrativo, y de fondo están siempre Borges y la Ciudad de Buenos Aires. Y esos planos están todo el tiempo intersectándose.” La memoria detallada y los recuerdos del viejo Buenos Aires de Leonor Acevedo, señala Hadis, sirvieron luego a Borges como escenario de varios de sus cuentos.

 

–En las memorias de Leonor hay un Borges desconocido que emerge desde el punto de vista materno. ¿Cómo era ese primer Borges?

 

–Leonor Acevedo nos cuenta cómo era Borges de niño. No había hasta ahora ningún testimonio detallado de esto: Borges habla muy poco de su infancia. Y lo asombroso es que al leer las afirmaciones de su madre, uno nota que muchos rasgos característicos del Borges adulto tal como lo conocemos estaban ya presentes en él cuando tenía 3 o 4 años.

 

Entre ellos su humor feroz: en el libro figuran varias anécdotas que revelan que esa ironía agudísima que solía desplegar en su madurez estaba ya presente en su infancia. Asimismo encontramos el origen de los que serán luego los temas preferidos de su literatura: las espadas que habían sido de sus antepasados, las etimologías, la filosofía, y (curiosamente) los tigres.

 

La madre cuenta que lo llevaba al zoológico y él se quedaba como hipnotizado mirándolos y le resultaba difícil arrancarlo de allí. Para esos casos tenía una estrategia que nunca fallaba: cuando el pequeño Borges se empecinaba y no quería ceder, la madre le quitaba los libros que siempre llevaba en sus manos. “Era la solución”, comenta Leonor Acevedo.

 

Esther Haedo de Amorim coincide en su relato: afirma que cuenta que cuando los Borges iban a Uruguay a visitarlos en las vacaciones, el pequeño Borges estaba siempre leyendo y la única manera para que jugara con los otros chicos era sacarle los libros y escondérselos. Sorprende esa continuidad: que ya fuera tan devoto de los libros de pequeño. En resumen: que haya sido tan Borges ya de niño.

 

–¿Cómo ejerció Leonor su influencia, cuándo Borges pudo neutralizarla?

–Leonor cuenta el accidente que Borges tuvo en 1938, cuando tuvo una septicemia. Estuvo al borde de la muerte durante una semana y cuando se recuperó, se puso a escribir relatos fantásticos. La madre cuenta que eso la asustó un poco porque ella no entendía demasiado bien esos cuentos.

 

Entonces un día le pregunta “¿Por qué no volvés a escribir las mismas cosas de antes?” Y Borges le contesta: “Dejame, madre, dejame”. Y ella concluye “Y tenía razón.” Podríamos decir que en ese punto se termina el relato de la madre y acaso su influencia más directa, porque a partir de entonces, Borges deja de enfocarse tanto en Buenos Aires y se pone a escribir sus relatos más fantásticos.

 

–¿Hay anécdotas que permitan entender mejor a Borges?

 

–Sí, hay muchas. Por ejemplo, Borges tiene un breve texto titulado “El testigo” en el que relata el fin del paganismo anglosajón y la llegada del cristianismo a Inglaterra. Cuenta de un sajón que está muriendo, que es el último en haber visto imágenes talladas de Woden (Odín) y en haber observado los ritos de esa antigua religión que está desapareciendo.

 

Borges comenta: “El mundo será un poco más pobre cuando ese sajón haya muerto”, porque no han quedado registros de la mitología anglosajona y ese sajón había sido el último en conocerla. Borges se pregunta entonces: “¿Qué morirá conmigo cuando yo muera?”.

 

Y enumera los posibles recuerdos que quizá mueran con él, entre ellos “la imagen de un caballo colorado en el baldío de Serrano y de Charcas.” Borges no da ninguna explicación acerca de ese caballo ni de su significado. Pero ahora, gracias a los recuerdos de su madre esto queda explicado.

 

Cuenta Leonor que a Borges, de chico, le gustaba salir a caminar por Palermo, un barrio que por entonces era “bastante feo” con casas modestas y muchos terrenos baldíos. En uno de esos baldíos –recuerda la madre del escritor–, había un caballo sin dueño. El pequeño Borges decidió entonces que ese caballo le pertenecía. Y cada tanto le anunciaba a su madre que iba a visitar a “su caballo”.

 

Y eso a mí me conmovió singularmente porque este recuerdo de la madre nos permite entender ese recuerdo de Borges, entretejido en uno de sus textos, pero que hasta ahora no tenía explicación. Ahí te das cuenta que la imagen del caballo en el baldío es un recuerdo infantil y muy real de su niñez. Lo que lo hace muy enternecedor también.

 

–¿Y este libro también contiene observaciones acerca de Borges que no figuran en sus biografías?

 

–Sí, pero lo más interesante es que Leonor Acevedo relata episodios que ya figuran en las biografías pero desde una perspectiva totalmente diferente. Por ejemplo, es sabido que a la casa de los Borges llegaban figuras de la talla de Ricardo Güiraldes, Xul Solar o Macedonio Fernández. Pero para la madre estos personajes eran los invitados de su marido y ella. Entonces los describe de una manera muy poco formal.

 

De Oliverio Girondo dice que era “feo como un susto, pero un señor”. De Xul Solar dice que se sentaba en el sofá y entraba en trance. “Se puso hacer unas morisquetas que asustaban a Norah” – recuerda la madre de Borges – “así que le dije que se deje de pavadas y se normalizó”.

 

Y también habla de Macedonio. Dice que Borges tenía, al igual que su marido, “la chifladura de que Macedonio era un genio”. Porque a ella no le parecía ningún genio. Cuenta que cuando su marido, Jorge Guillermo, se lo presentó, Macedonio la miró un rato largo y le dijo: “¿Cuánto tiempo cree usted que se necesita para digerir una pasa de uva?”.

 

Luego cuenta que Macedonio se quería postular a presidente, y para eso creía que bastaba con que su nombre se hiciera conocido, entonces anotaba su nombre en papelitos y los tiraba por la calle. La conclusión de la madre de Borges es que Macedonio “era un loco de verano”. Ese punto de vista hogareño e irreverente hacia los invitados de su marido que hoy son figuras importantes de nuestra literaria es inesperado y realmente muy cómico.

Graduados de la Facultad de Derecho de la UBA, 1895. En ella se ve a dos de los graduados más célebres de toda la historia de la UBA. Segundo desde la derecha, aparece Macedonio Fernández. Y cuarto, desde la izquierda, aparece el abogado y profesor de filosofía Jorge Guillermo Borges, el padre de Georgie.

 

Graduados de la Facultad de Derecho de la UBA, 1895. En ella se ve a dos de los graduados más célebres de toda la historia de la UBA. Segundo desde la derecha, aparece Macedonio Fernández. Y cuarto, desde la izquierda, aparece el abogado y profesor de filosofía Jorge Guillermo Borges, el padre de Georgie.

–Ella parece ser de una personalidad avasallante, muy fuerte sobre Borges…

 

–Borges incluye una dedicatoria a su madre en la edición de 1974 de Obras Completas y en ese texto afirma que le debe muchas cosas, entre ellas, “tu memoria y en ella la memoria de tus mayores”. Al final de esa dedicatoria, Borges afirma “aquí estamos escribiendo los dos, y tout le reste est littérature, (todo el resto es literatura)”.

 

Es como un reconocimiento de todo lo que ella aportó para su obra. Ella fue, a través de sus recuerdos, la escenógrafa de los cuentos porteños de Borges. Y además le transmitió a Borges su identidad y su nostalgia por el viejo Buenos Aires. Todo eso le viene de su madre.

 

–Y así, Borges, con este entorno, va componiendo su obra.

 

–Sí, yo me quedé pensando en esta costumbre que tiene Borges de meter a sus amigos y conocidos como personajes en sus cuentos. Esto, me parece, tiene que ver con el linaje de Borges: está lleno de próceres y figuras tradicionales.

 

Él cuenta que su madre Leonor se refería a Cornelio Saavedra como “el tata Cornelio”. Leonor recuerda que su madre (que vendría a ser la abuela materna de Borges) solía visitar junto a Teresa Ocampo (una de las tías de Victoria Ocampo) la casa del tío Vicente, donde éste las hacía cantar el himno. Y luego resulta que “el tío Vicente” no era otro que Vicente López y Planes.

 

Además, entre los nombres de las calles de Buenos Aires figuran muchos de los ancestros de Borges. Por eso él habla en un poema de “la vana madeja de calles que repiten los nombre de mi sangre”. Debe ser bastante impresionante ir caminando por la ciudad y ver que una calle se llama “Soler” y pensar: “ah, ese era mi tío bisabuelo”, ver “Junín” y pensar, “esta es la batalla en que se batió mi bisabuelo”, etc.

 

–¿De qué modo influyo esto en los relatos de Borges?

 

–Influyó mucho en el sentido que muchos de sus relatos -y no solo los de cuchilleros y compadritos- están ligados a Buenos Aires. “El Aleph”, por ejemplo, transcurre en una casa de la calle Garay. Y luego Borges se coloca a sí mismo, y a sus amigos y conocidos, como personajes de esos relatos.

Y esto lo relaciono con el hecho de que Borges, dando muestras de su escepticismo anarquista, denomina “mitología” a la historia de cada país. Dice Borges que el planeta ha sido parcelado en países, “cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de una mitología particular”. De modo que la historia argentina vendría a ser para Borges otra de esas mitologías.

 

Y dado que su historia familiar se superpone con la historia argentina, no es extraño que Borges al crear esa otra mitología que conforman sus relatos, haya decidido vincularla con frecuencia a Buenos Aires, y poblarla de sus amigos y conocidos.

 

–La ironía de Leonor, tan característica, es la que le trasvasa a su hijo. ¿Y de su padre qué heredó?

 

–De su padre, Jorge Guillermo Borges, heredó sus rasgos más importantes: su formación literaria, su vocación de escritor, y también su marco intelectual y filosófico. Además, Borges se formó en la biblioteca de su padre, de la que afirmaba no haber salido jamás.

 

También heredó de él el idioma inglés y la literatura inglesa (la abuela paterna de Borges, Frances Haslam, era inglesa). Leonor Acevedo lo dice claramente, refiriéndose a Borges con su sobrenombre familiar: “Su inteligencia, su manera de escribir: todo eso Georgie lo ha heredado de su padre.

 

Jorge Guillermo Borges era tan irónico como Leonor Acevedo, pero de un modo más intelectual, más descreído y quizá más ácido. Solía decir que el mundo es tan extraño que hasta puede llegar a existir la Santísima Trinidad, para luego agregar: "Si tres personas pueden ser una, por qué no podría existir el unicornio” También pensaba que toda palabra encierra un sofisma.

 

La gente, decía, cree que va a sanar porque acude a un “sanatorio”. Desconfiaba también del estado y pensaba que era inminente una revolución anarquista, sin violencia pero que transformaría a la sociedad de fondo. Cuando Borges era chico, el padre le señalaba los cuarteles, las banderas y las carnicerías y le decía que mirara todo eso bien porque cuando él se hiciera adulto, todo eso no iba a existir.

 

El padre era realmente un erudito, un pensador, y de hecho empezó a escribir, pero su carrera de escritor quedó coartada porque la ceguera hereditaria de la familia le sobrevino siendo aún

bastante joven. De modo que el padre le brindó a Borges su formación intelectual, en tanto que la madre le legó su identidad porteña, la pertenencia a la Argentina a través de sus antepasados.

 

Para usar una metáfora edilicia, digamos que lo que es la estructura del edificio, los planos, las columnas y las portantes vienen del lado del padre, en tanto que podríamos decir que los materiales locales vienen del lado de la madre.

 

–¿Qué es lo que más te ha interesado de Borges?

 

–La intersección de todos estos temas: lingüística, germanística, el inglés antiguo, el nórdico antiguo, las sagas, las viejas mitologías de Europa, la historia argentina y las religiones. Y el hecho de que cada vez que Borges aborda cualquiera de estos temas lo hace con su genio y brinda una mirada inesperada.

 

Borges lo lleva a uno de la mano al budismo, al hinduismo, a la Cábala y tantos otros temas, y en cada caso afirma algo que te deja perplejo pensando. Por dar un ejemplo al azar, en el ensayo “El escritor argentino y la tradición” Borges afirma que “el culto de lo local es un hábito europeo que los nacionalistas deberían rechazar por foráneo”.

 

Y es verdad, el nacionalismo es un invento de Europa del siglo XIX… Borges lo deja a uno perplejo con esos razonamientos, que parecen paradójicos pero a la vez contienen afirmaciones muy profundas, verdades que parecen simples pero son geniales y reveladoras. Y sólo a Borges se le podía ocurrir señalarlas.

 

Fuente: Clarín

https://www.clarin.com/cultura/-mama-borges-libro-revela-aspectos-desconocidos_0_JvMYWYtzIl.html

 

 

miércoles, 11 de mayo de 2022

Elsa Astete. La novia nuevejuliense de Borges


28 febrero 202 

 * Nacida en 9 de Julio, pertenecía a una familia de buena posición, en la sociedad nuevejulienses de principios del siglo XX.

* Su nombre se hizo conocido cuando, en 1967, contrajo matrimonio con el escritor Jorge Luis Borges.

* En 9 de Julio aún se conserva la casa donde vivió, hace casi un siglo, junto a sus padres.

 

El filósofo Spinoza acuñó una tesis muy conocida y difundida en occidente: “Omnis determinatio est negatio” (toda determinación es negación). Precisamente cada vez que, en un acto vital, se determina un camino, se elige entre una u otra opción, se están negando la posibilidad de otra. En otras palabras, si en la vida se elige tomar uno de dos caminos, la opción por uno quita la posibilidad del otro.

Es también cierto que, como lo afirmaba Franz von Baader, “toda determinación es posición” (“Omnis determinatio est positio”). Cada vez que alguien determina algo, se posiciona en su decisión.

 

 

Jorge Luis Borges y Elsa Astete Millán, su esposa nuevejuliense, su amor de juventud, supieron acerca de opciones, determinaciones y negaciones. Dos espíritus completamente distintos, pertenecientes a dos mundos diametralmente opuestos, fueron unidos cierta vez por el destino y, también el destino se ocupó de separarlos.

Esta no es una semblanza estrictamente biográfica. Más bien se refiere a la vida que unió a Elsa Astete Millán –nacida en esta ciudad- a la del más grandiosos de los escritores argentinos y quizá, el más notable de América Latina.

 

ELSA Y 9 DE JULIO

Elsa Helena Astete Millán, la primera esposa de Jorge Luis Borges, había nacido en 9 de Julio en 1910.

Pertenecía a una familia de influencia social en la vida, todavía pueblerina, de aquel 9 de Julio de principios del siglo XX. Su padre, el notario Pablo Emilio Astete (nacido en 1869), se habría establecido en este pueblo en el último decenio del siglo XIX. El 19 de febrero de 1898 se lo había nombrado adscrito al Registro de Contratos Públicos Nº 1 de 9 de Julio y, poco después, a comienzos de abril del mismo año, se le había designado escribano titular del mismo.

Vinculado al partido gobernante, en mayo de 1899, se le había otorgado el nombramiento de jefe del Registro Civil de 9 de Julio. En distintas ocasiones había integrado el Consejo Escolar local (1900-1901; 1902-1907; 1912-1917), como consejero y como presidente del cuerpo (1902; 1906-1907), hasta que una intervención federal en la Provincia había echado por tierra las aspiraciones políticas del partido gobernante.

Su madre, María Millán (nacida en 1882), pertenecía a una familia de raigambre social. Hija de Antonio Manuel Millán, uno de los primeros cronistas de 9 de Julio, redactor del periódico “La Reforma” y de “El Municipio” (fundado en 1889, para sostener la candidatura a Gobernador de la Provincia de Julio A. Costa).

El abuelo de Elsa se había destacado no solamente como periodista, también había integrado la comisión de varias instituciones de su tiempo, entre las que se destaca la Sociedad Española y había sido miembro del Consejo Escolar en diferentes ocasiones.

La familia Millán había vivido en la casa solariega de la calle Santa Fe entre Salta y Buenos Aires (hoy avenida San Martín), que aún sobrevive con algunas modificaciones.

Los padres de Elsa se casaron en la Parroquia de Santo Domingo de 9 de Julio el 31 de enero de 1903. Ella guardaba bellos recuerdos de su infancia en 9 de Julio, de hecho, ya casada con Borges, cuando se la entrevista, mencionaba con orgullo su lugar de nacimiento.

 

EN LA PLATA. EL NOVIAZGO CON BORGES

No se conoce con certeza el motivo que llevó a la madre de Elsa a fijar su domicilio en la ciudad de La Plata. A mediados de 1918, el escribano Astete había fallecido tempranamente, dejando a su esposa, todavía joven, al frente de una familia numerosa. Según el escritor Manuel Mujica Láinez, “eran siete las Astete”.

En La Plata, Elsa vivió en la esquina de Diagonal 8 esquina 4.

Según el historiador Alejandro Vaccaro, “Borges conoció a Elsa en la década de 1920, en realidad conoció a las hermanas Astete; una de ellas se casó con Néstor Ibarra, traductor de Borges al francés”.

“Borges iba a la ciudad de La Plata donde vivían las hermanas Astete y la madre de ellas tenía una pensión donde se alojaban algunos escritores: Pedro Henríquez Ureña entre otros. Ahí Borges trató con Francisco López Merino y también la conoció a Elsa y se enamoró”, comenta el biógrafo borgereano.

En una reportaje realizado a Elsa por Sara Tamayo de Gibelli, para la revista “Femirama”, que conoció a Borges a distancia de Henríquez Ureña, quien la había invitado junto a su hermana a tomar el té, en razón de que había llegado desde Buenos Aires un grupo de jóvenes escritores.

“Uno de esos escritores –recordaba Elsa- era Georgie (Borges), y digo predestina-damente porque yo no quería aceptar esa invitación. Sin duda tenía otro compromiso que no deseaba dejar, compromiso que podría tener cualquier nombre de varón, pero que me interesaba más que ese o esos muchachos cuyas caras y nombres desconocía”

“Recuerdo –proseguía- que llegué de mal humor, casi empujada, y tardé mucho en entrar al escritorio. Yo tenía desde chica (y desgraciadamente creo que la conservo) la mala costumbre de no hablar, de enmudecer totalmente, cuando algo o alguien me disgustaba. En ese momento no eran ellos, a quienes desconocía profundamente, sino el trastocamiento de esa tarde, de esas horas, así que pasé mucho tiempo sin hablar. Casi era un dibujo más en ese sillón en el que me había tirado. Georgie me miraba callado. Luego me confesó que estaba aterrorizado”.

“Yo era una jovencita vistosa en aquella época; él, un buen mozo lleno de bondad y talento. Y pasó esa, y llegaron otras muchas tardes encantadoras. No sé si realmente fuimos novios, pero sin decirnos nada, nosotros lo sentíamos así”, decía.

Elsa, en esa entrevista a “Femirama”, de finales de la década de 1960, cuando aún era esposa de Borges, reconoció que, esa primera relación de noviazgo, «tuvo muchos altibajos, muchas etapas, una de ellas, la última, fue larga”.

En esa época, Borges la visitaba los sábados en La Plata. A veces, ambos viajaban a Buenos Aires y frecuentaban las conocidas confiterías porteñas que existían en la década del ’30: “El Gas”, “La Ideal” y “París”.

Esa relación inicial entre Borges y Elsa no prosperó. Ella conoció a un militar, Ricardo Albarracín, de quien se enamoró y con quien contrajo matrimonio hacia 1937.

En cierta ocasión, la propia Elsa contó cómo Borges se enteró de su casamiento con Albarracín: “A los 15 días de haberme casado, Borges, que no sabía nada, seguía llamando a mi casa. Mamá no sabía que decirle y yo me desentendí del tema. Eso es problema suyo, le dije a mi madre.

Finalmente ella que era correctísima, le dijo: “Mire Borges, discúlpeme, pero me veo en la obligación de decirle algo: no llame más porque Elsita se casó”. La madre contó que en el otro lado de la línea se produjo un silencio y Borges dijo luego, antes de cortar: “Ah, caramba”.

Con su esposo, Elsa vivió en una casona de Tigre y en La Plata, tenían una casa quinta. De esa unión nació un hijo, Ricardo Cesar, con el tiempo miembro del Departamento Cultural de la Embajada en Madrid, fallecido a edad temprana.

 

LA UNION DE BORGES CON ELSA

Al parecer Borges sentía un amor muy fuerte hacia Elsa. Tanto así que, según unas cartas que recoge María Esther Vázquez en una aplastante biografía del escritor, en 1943 él intentó acercarse a ella nuevamente.

Habían tenido ocasión de verse y Borges le había enviado dos cartas breves pero muy apasionadas. Elsa seguía casada y, por consiguiente, la relación volvió a apagarse.

En 1963 Elsa Astete Millán enviudó. El destino quiso volver a acercarla a Borges y esta vez para convertirse en su esposa.

A través de Alicia Astete Millán, la hermana de Elsa, Borges consiguió reanudar el contacto.

En el año 1966 Borges comenzó a visitar a Elsa en su casa, de arquitectura muy particular, ubicada en la calle 7 entre 516 y 517, en  Ringuelet  (localidad ubicada a 2 kilómetros al noroeste del centro de la ciudad de La Plata). Ella había vuelto a La Plata, donde había decidido quedarse después de la muerte de su esposo. Borges la visitaba los jueves, para almorzar con ella.

En la casa de Ringuelet se conserva el banco de piedra color manteca donde solía sentarse Jorge Luis Borges con Elsa Astete a recordar viejos tiempos.

Una noche en el departamento de Borges, el escritor casi ciego, fue hasta la biblioteca y tomó un libro. Lo llevó delante de Elsa y le mostró una foto que estaba entre las páginas.

“Georgie -le dijo con sorpresa ella- es una foto mía”. Entró justo la madre de Borges y advirtió la situación. Y le dijo a su futura nuera:

-¿Querés que te diga una cosa? Cada noche de su vida, antes de acostarse, “miraba” tu foto.

Elsa se casó con Borges el 21 de septiembre de 1967 en la Iglesia de Nuestra Señora de las Victorias. Los casó monseñor Ernesto Segura, y fue la madre de Borges, Leonor Acevedo, quien actuó de madrina.

Poco antes, el 4 de agosto, Elsa y Borges se habían casado por civil.

 

EL MATRIMONIO DE BORGES CON ELSA, SEGÚN BIOY

En su voluminoso libro “Borges”, Adolfo Bioy Casares (1914-1999), el gran amigo del escritor, se refiere con palabras poco felices al matrimonio de Elsa:

“Pongo mi destino en manos de una desconocida”, dice Borges.

“No se parece a las que él nos tiene acostumbrados –confía doña Leonor Acevedo a Bioy-. Yo me quedo tranquila: creo que lo va a cuidar. Ya no es joven. Fue linda: ahora, ya la verás… Pero él no ve. Para él sigue siendo la de antes” (nota del 26 de abril de 1967).

“Vieja, -anota Bioy- de piel grisácea; en actitud de sierva enamorada, postrada de admiración ante el ídolo potencialmente díscolo […]; resuelta a rodear al hombre de cuidados domésticos y a persuadirlo de los encantos hogareños; proclive a tomar ofensa y a ofuscarse por celos; desconfiada; querendona, cariñosa y optimista; expresiva y dada al mohín”.

 

“PARA ESO SE CASO”

Epifanía Uveda de Robledo (Fanny), ama de llaves de Borges, recordaba la noche de bodas: “Se casaron por la Iglesia el día de la primavera y en realidad el clima estaba espléndido. Pero enseguida empezaron los problemas. Por la noche el señor Borges y la señora Elsa, después que se fueron los amigos que habían venido a saludarlos, tuvieron una pequeña discusión. La señora Leonor( madre de Borges),  a toda costa le insistió al señor Borges para que fuera a dormir al Hotel Dorá, con su mujer, y ella también por supuesto, pero él no quiso saber nada”.

“’Para eso se casó’ repetía doña Leonor. Pero él no quiso ir por nada del mundo, pese a la insistencia de la madre. La señora Leonor se vistió y acompañó a Elsa hasta la parada del autobús para que se fuera a su casa en la calle Talcahuano. Entonces esa noche la acomodé la cama y se acostó a dormir como siempre. A la mañana siguiente cuando lo desperté le pregunté, con un poco de picardía, cómo le había ido la noche de bodas. Me miró, se sonrió y me dijo: ‘Soñé toda la noche que iba colgado a un tranvía. Fíjese el sueño raro que tuve’, narra Fanny.

 

UNA COMPLEJA RELACION

Luego de su casamiento, Borges se mudó a vivir con Elsa en el departamento del octavo piso de la Avenida Belgrano Nº 1377 entre San José y Santiago del Estero.

En su entrevista con “Femirama”, Elsa, recordaba la llegada a ese departamento por primera vez, después de haber regresado de un viaje a los Estados Unidos: «cuando entramos en esa soñada y blanca y despoblada casa de la calle Belgrano, toda falta de muebles y llena de futuro, y nuestro, al fin estable hogar”.

En los años de matrimonio con Elsa Astete, Borges prosiguió su notable derrotero. Invitado por la Fundación Charles Eliot Norton, viaja a Estados Unidos para dictar un curso de poesía en la Universidad de Harvard. Da conferencias en otras universidades y lee sus poemas en varios centros culturales. En colaboración con Ester Zemboraín de Torres publica Introducción a la literatura norteamericana. Aparece, además, Para las seis cuerdas (serie de milongas al estilo popular). La revista hispánica Norte (Universidad de Leyden, Amsterdam) le dedica un número especial.

Asimismo, es designado en Boston Miembro Honorario Extranjero de la Academia de Artes y Ciencias de los Estados Unidos. El Embajador de Italia le entrega las insignias de la Orden del Mérito de la República Italiana y el grado de Gran Oficial. Asiste en Chile al Congreso de Intelectuales Antirracistas. Viaja a Europa y da conferencias en la Universidad de Jerusalén.

 

EL MATRIMONIO DE BORGES CON ELSA, SEGÚN ELSA

En la entrevista que Elsa mantuvo con “Femirama”, cuando aún estaba casada con el autor de “Los conjurados”, afirmaba: “La vida de Georgie, con sus compromisos, satisfacciones y problemas, no repercute en nuestra casa, sólo se vive, pero sin repercusiones”.

“Borges –decía Elsa-, el escritor, el prisionero de su laberinto, queda en la puerta de calle, junto al ascensor, cuando el otro Borges, mi marido, entra en la casa, con hambre y cansado, a veces reservado, a veces contento pero nunca enojado, y yo aguardo y recibo a ese Borges niño, que deja al llegar su bastón y su boina, tantas veces perdida, en una silla cualquiera, en la que luego descansa las calles mil veces recorridas y siempre renovadas. Ese Borges sencillo y género de perplejidades ante lo cotidiano, ante lo complejo de un hecho simple; el regresar siempre a esta mujer desconocida que le designó la vida y que ahora vive junto a él todos sus momentos. A Borges el escritor, búsquelo usted en la biblioteca de la calle México; aquí en nuestra casa, nunca o difícilmente podrá encontrar, salvo cuando trabajamos juntos, traduciendo a Whitman”.

En una entrevista publicada en 1993, Elsa admitió que no fue feliz junto a Borges: «Era introvertido, callado y poco cariñoso. Era etéreo, impredecible. No vivía en un mundo real».

«Yo lo despertaba a las 8 de la mañana. Ya estaba el baño preparado. Se bañaba durante una hora; después salía con olor a jabón, ¡qué rico! Se vestía. Tomaba su café con leche con pan y manteca, y se iba a la Biblioteca. Volvía a la 1. Almorzábamos. Se iba a dormir hasta las 4 y media. Tomaba un café con leche, no le gustaba el té, y se iba a la Biblioteca otra vez. Llegaba a las 8 de la noche. A esa hora, casi todos los días, íbamos a lo de Bioy Casares a cenar. Cuando volvíamos, Georgie se ponía su pijamita, y nos íbamos al living a leer hasta las 2 ó 2 y media de la madrugada», rememoraba.

 

“¿Y QUIEN ES ELSA?”

Según Alberto Manguel, para separarse de Elsa, “el 7 de julio de 1970 el traductor norteamericano de Borges, Norman Thomas Di Giovanni, lo recogió en un taxi en la Biblioteca Nacional (donde Borges tenía su despacho) y secretamente lo acompañó hasta el aeropuerto, en donde tomó un avión hasta Córdoba”. Luego, “Di Giovanni, un abogado y tres hombres de una empresa de mudanzas tocaron el timbre del apartamento de Elsa con una orden legal de llevarse los libros de Borges”.

Considera el historiador Jorge Camarasa que “la historia de Jorge Luis Borges y Elsa Astete Millán es todavía uno de los capítulos más desconocidos en la vida del escritor”.

Unos meses más tarde, mientras paseaba por Florida con su sobrino Miguel, Elsa Astete Millán se cruzó con el escritor y lo saludó. «¿Quién es?», preguntó Borges, definitivamente ciego. «Es Elsa, tío», respondió Miguel.

Y Borges volvió a preguntar: «¿Y quién es Elsa?»

 

PALABRAS FINALES

Después de la separación con Borges la vida de Elsa entró en el anonimato. Según Fanny Ubeda de Robledo, que la había visitado, Elsa había alcanzando a pasar los noventa años de edad y habría vivido sus últimos días en un hogar de abuelos.

Elsa falleció el 21 de octubre de 2001.

 

Bibliografía y fuentes de información consultadas:

 

– Crónica Vecinal de Nueve de Julio, por Buenaventura N. Vita.

– Album conmemorativo del 75º aniversario de la fundación de 9 de Julio (“El Orden”, 1938).

– Crónicas Malditas desde un México desolado, por Olga Wornat (editorial Grijalbo, 2005).

– Borges, por Adolfo Bioy Casares (editorial Destino, 2006).

– Borges. Esplendor y derrota, por María Esther Vázquez (Tusquets Editores, 1996).

– En bosque del espejo. Ensayos sobre las palabra y el mundo, por Alberto Manguel (editorial Norma, 2001).

– Fundación Internacional “Jorge Luis Borges”.

– Diario “El Día”, Revista del Domingo, 16 de junio de 2010.

– “Jorge Luis Borges. Sus amores”, publicado por el Grupo Ecuatoriano de Grupo de creación Literaria LA.KBZUHELA (http://lakbzuhela.blogspot.com/2009/01/jorge-luis-borges-sus-amores-estela.html).

– “Esa extraña mujer de Borges”, por Jorge Camarasa, artículo publicado en Diario “La Voz del Interior”, Córdoba, Domingo 30 de diciembre de 2007 (Suplemento “Temas”).

–  “Los tres Borges de Elsa Borges”, por Sara Tamallo de Gibelli, publicado en la Revista “Femirama”.

 

Fuente: Diario El 9 de Julio

https://www.diarioel9dejulio.com.ar/noticia/137352

 

miércoles, 29 de abril de 2020

Una musa de Borges y Bioy

Genoveva ‘Veva’ Falisca publicó un único volumen de cuentos y, según contaba ella misma, encandiló a los dos escritores y amigos

JUAN BAS

Me he encontrado en la sección de Cultura de la edición digital del diario ‘La Nación’ un suelto que informaba de la muerte de la escritora y periodista Genoveva Falisca. Ha fallecido en Buenos Aires a los 83 años de edad. La sucinta noticia citaba su libro de cuentos de género fantástico ‘El convertidor de deseos inconfesables’, de 1996, con el que consiguió cierto éxito y fue el único que publicó. También había sido columnista cultural en ese mismo diario y se ocupaba de las críticas de cine en ‘Clarín’.

Recordé la tarde de 1997 que conocí a Genoveva Falisca. Fue en Madrid, en el bar inglés del hotel Palace, donde por aquel entonces mezclaban un ‘dry martini’ aceptable y era un lugar apacible. Antes de ir al Palace había dado una vuelta por los puestos de librerías de viejo de la Cuesta de Moyano. Encontré un libro valioso que hacía años regalé y después me arrepentí de aquel arranque de generosidad. Era ‘Crónicas de Bustos Domecq’, de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, el segundo de los tres libros de cuentos humorísticos que escribieron al alimón, fusionados en el autor ficticio Honorio Bustos Domecq. Además, el pequeño volumen era el de la edición argentina, la de Losada con la cubierta de la ilustración de John Tenniel para ‘Alicia en el país de las maravillas’ presidida por el gato de Cheshire. Aunque la que encontré era la segunda reimpresión, la de 1968, y yo tuve la primera edición de 1967, lo consideré un estupendo hallazgo, y comprado a buen precio.

Ya en el bar del Palace, sentado a una mesa con un ‘dry’ y mi botín literario, me puse a hojear el libro con cariño y nostalgia de la primera lectura. Enseguida releí el prólogo del inefable fantasmón ficticio Gervasio Montenegro y comencé el primer cuento, ‘Homenaje a César Paladión’. Me fijé en que la solitaria señora de la mesa de al lado, situada a mi izquierda, miraba con atenta curiosidad la portada. Se dio cuenta de que me percataba de su observación y me dijo con tono amable y un acento inequívoco: «Cuántos buenos recuerdos de juventud me trae ese libro».

Nos pusimos a conversar, cada uno desde su mesa; quedaban lo suficientemente cerca una de otra para hablar con comodidad. Era una dama guapa y distinguida, muy elegante. Ahora sé por la noticia de ‘La Nación’ que en 1997 tenía 63 años; no los aparentaba y seguía siendo una mujer atractiva. Nos presentamos. Tras decirme su nombre, Genoveva Falisca añadió: «Pero podés llamarme Veva, todos lo hacen». Me contó que conoció a Borges y Bioy Casares durante los primeros años 60. «Adolfo, después de comer (en Argentina, cenar) con Borges y trabajar juntos en su casa, llevaba a su amigo en el auto a la calle Maipú, donde vivía con doña Leonor, su madre (que era una señora estirada e insoportable menos para su Georgie, comentó más tarde). Y solían entrar a tomar un guindado en el café de mis padres, que se llamaba Fénix y estaba en la misma cuadra». Ella trabajaba allí en aquel tiempo. Los dos escritores simpatizaron con Veva, que se sentaba a su mesa cuando ya apenas quedaban clientes, antes de cerrar. Hablaban de literatura con ella y les gustaba la inteligencia y las ganas de conocimiento de su joven y guapa anfitriona. Veva Falisca dejó entrever que tuvo algo más que una amistad con Bioy, al que calificó de apuesto, seductor y dandi. Y que Borges estuvo un poco enamorado de ella. «Pero seguro vos sabés, el maestro se enamoriscaba de todas las minas que no fueran un adefesio», explicó con cambio de registro a lo coloquial. «Veía ya muy mal. Pocos años después se casó con Elsa Astete, que por lo que se dijo era, de otro modo, tan insufrible como la mamá, y supe por Adolfo que fue infeliz con ella». Seguido me confesó, con falsa modestia, algo sorprendente que en ese momento puse muy en duda.

En 1963, Borges y Bioy estaban en plena escritura del libro que estaba sobre mi mesa. Según Veva, los dos amigos le contaban cada noche avances y dudas y ella les dio las ideas para los argumentos de varios de los cuentos, pero no especificó cuáles. Sí fue más concreta al asegurarme que en ‘Diario de la guerra del cerdo’, la novela que Bioy publicó en 1969, el tema central de la persecución y exterminio de los jóvenes a los viejos fue invención suya y un regalo al probable amante.

Nos despedimos. Veva Falisca iba a cenar con su marido, que la había acompañado a Madrid para la presentación de la edición española (en la Editorial Panceta) de su libro de género fantástico ‘El convertidor de deseos inconfesables’. Al día siguiente lo compré. Tenía curiosidad por leer a aquella pretendida musa que encandiló a ambos amigos. Los cuentos no eran buenos. El volumen era largo, de índice numeroso. Leí algo menos de la mitad. Estaban escritos con una mezcla de descuido y barroquismo gratuito, farragoso en conjunto. La mayoría de cuentos prometían en su planteamiento más de lo que daban, pero había algunos con ideas argumentales muy buenas, espléndidas, propias de Borges y Bioy Casares.

Fuente. El Correo

lunes, 13 de enero de 2020

Una musa de Borges y Bioy





Genoveva ‘Veva’ Falisca publicó un único volumen de cuentos y, según contaba ella misma, encandiló a los dos escritores y amigos

JUAN BAS

Me he encontrado en la sección de Cultura de la edición digital del diario ‘La Nación’ un suelto que informaba de la muerte de la escritora y periodista Genoveva Falisca. Ha fallecido en Buenos Aires a los 83 años de edad. La sucinta noticia citaba su libro de cuentos de género fantástico ‘El convertidor de deseos inconfesables’, de 1996, con el que consiguió cierto éxito y fue el único que publicó. También había sido columnista cultural en ese mismo diario y se ocupaba de las críticas de cine en ‘Clarín’.

Recordé la tarde de 1997 que conocí a Genoveva Falisca. Fue en Madrid, en el bar inglés del hotel Palace, donde por aquel entonces mezclaban un ‘dry martini’ aceptable y era un lugar apacible. Antes de ir al Palace había dado una vuelta por los puestos de librerías de viejo de la Cuesta de Moyano. Encontré un libro valioso que hacía años regalé y después me arrepentí de aquel arranque de generosidad. Era ‘Crónicas de Bustos Domecq’, de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, el segundo de los tres libros de cuentos humorísticos que escribieron al alimón, fusionados en el autor ficticio Honorio Bustos Domecq. Además, el pequeño volumen era el de la edición argentina, la de Losada con la cubierta de la ilustración de John Tenniel para ‘Alicia en el país de las maravillas’ presidida por el gato de Cheshire. Aunque la que encontré era la segunda reimpresión, la de 1968, y yo tuve la primera edición de 1967, lo consideré un estupendo hallazgo, y comprado a buen precio.

Ya en el bar del Palace, sentado a una mesa con un ‘dry’ y mi botín literario, me puse a hojear el libro con cariño y nostalgia de la primera lectura. Enseguida releí el prólogo del inefable fantasmón ficticio Gervasio Montenegro y comencé el primer cuento, ‘Homenaje a César Paladión’. Me fijé en que la solitaria señora de la mesa de al lado, situada a mi izquierda, miraba con atenta curiosidad la portada. Se dio cuenta de que me percataba de su observación y me dijo con tono amable y un acento inequívoco: «Cuántos buenos recuerdos de juventud me trae ese libro».

Nos pusimos a conversar, cada uno desde su mesa; quedaban lo suficientemente cerca una de otra para hablar con comodidad. Era una dama guapa y distinguida, muy elegante. Ahora sé por la noticia de ‘La Nación’ que en 1997 tenía 63 años; no los aparentaba y seguía siendo una mujer atractiva. Nos presentamos. Tras decirme su nombre, Genoveva Falisca añadió: «Pero podés llamarme Veva, todos lo hacen». Me contó que conoció a Borges y Bioy Casares durante los primeros años 60. «Adolfo, después de comer (en Argentina, cenar) con Borges y trabajar juntos en su casa, llevaba a su amigo en el auto a la calle Maipú, donde vivía con doña Leonor, su madre (que era una señora estirada e insoportable menos para su Georgie, comentó más tarde). Y solían entrar a tomar un guindado en el café de mis padres, que se llamaba Fénix y estaba en la misma cuadra». Ella trabajaba allí en aquel tiempo. Los dos escritores simpatizaron con Veva, que se sentaba a su mesa cuando ya apenas quedaban clientes, antes de cerrar. Hablaban de literatura con ella y les gustaba la inteligencia y las ganas de conocimiento de su joven y guapa anfitriona. Veva Falisca dejó entrever que tuvo algo más que una amistad con Bioy, al que calificó de apuesto, seductor y dandi. Y que Borges estuvo un poco enamorado de ella. «Pero seguro vos sabés, el maestro se enamoriscaba de todas las minas que no fueran un adefesio», explicó con cambio de registro a lo coloquial. «Veía ya muy mal. Pocos años después se casó con Elsa Astete, que por lo que se dijo era, de otro modo, tan insufrible como la mamá, y supe por Adolfo que fue infeliz con ella». Seguido me confesó, con falsa modestia, algo sorprendente que en ese momento puse muy en duda.

En 1963, Borges y Bioy estaban en plena escritura del libro que estaba sobre mi mesa. Según Veva, los dos amigos le contaban cada noche avances y dudas y ella les dio las ideas para los argumentos de varios de los cuentos, pero no especificó cuáles. Sí fue más concreta al asegurarme que en ‘Diario de la guerra del cerdo’, la novela que Bioy publicó en 1969, el tema central de la persecución y exterminio de los jóvenes a los viejos fue invención suya y un regalo al probable amante.

Nos despedimos. Veva Falisca iba a cenar con su marido, que la había acompañado a Madrid para la presentación de la edición española (en la Editorial Panceta) de su libro de género fantástico ‘El convertidor de deseos inconfesables’. Al día siguiente lo compré. Tenía curiosidad por leer a aquella pretendida musa que encandiló a ambos amigos. Los cuentos no eran buenos. El volumen era largo, de índice numeroso. Leí algo menos de la mitad. Estaban escritos con una mezcla de descuido y barroquismo gratuito, farragoso en conjunto. La mayoría de cuentos prometían en su planteamiento más de lo que daban, pero había algunos con ideas argumentales muy buenas, espléndidas, propias de Borges y Bioy Casares.

Fuente: El Correo