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domingo, 25 de agosto de 2024

Jóvenes borgeólogos: los nuevos detectives que exploran el laberinto infinito de “Georgie”


 

 Daniel Gigena

LA NACION

Nuevas miradas sobre Borges: Lucas Adur, Mariela Blanco y Daniel Mecca, en el Centro Cultural Borges

 

El futuro de las investigaciones sobre la obra de Jorge Luis Borges está garantizado. A la cofradía de críticos, escritores, académicos y biógrafos como Beatriz Sarlo, Caros Gamerro, Jorge Schwartz, Aníbal Jarkowski, Julio Premat, Alejandro Vaccaro, Laura Rosato, Germán Álvarez, Lucrecia Romera, Annick Louis, Pedro L. Barcia, Martín Hadis, el francés Michel Lafon y el estadounidense Daniel Balderston -por mencionar solo a algunos de un listado “infinito”, por usar un concepto del que Borges se apropió creativamente-, ingresan año a año nuevos detectives de la obra borgeana.

 

Mientras tienen lugar los encuentros de la quinta edición de las Jornadas Borges, LA NACION convocó a tres jóvenes “borgeólogos” en el Centro Cultural Borges (CCB): Mariela Blanco (Mar del Plata, 1975), investigadora del Conicet y profesora de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP); Lucas Adur (Buenos Aires, 1983), doctor en Letras e investigador del Conicet, y el escritor y docente Daniel Mecca (Buenos Aires, 1986), creador del festival BorgesPalooza.

 

Borges conferencista

 

Mariela Blanco, que presentó hoy en el CCB un avance de su estudio sobre las clases de Borges en Mar del Plata, en 1966, advierte una renovación en los estudios borgeanos. “No sé si tiene que ver con un recambio generacional, pero estoy segura de que desde la aparición de Borges, libros y lecturas, de Rosato y Álvarez, en 2010, que estudia las anotaciones de Borges en los libros que donó a la Biblioteca Nacional tras su renuncia, y gracias a la minuciosa investigación de Balderston (director del Borges Center en la Universidad de Pittsburgh) de los manuscritos, los estudios sobre Borges adoptaron nuevas orientaciones. No solo me refiero a lo que aporte la crítica genética que permite recomponer sus modos de escritura, sino también a la reconstrucción que hicimos con el equipo que dirijo en la UNMdP, con investigadores y becarios del Conicet, consultando distintos archivos para fechar y geolocalizar las conferencias de Borges en Argentina y Uruguay entre 1949 y 1954″.

La investigadora Mariela Blanco, tras las huellas del Borges orador

La investigadora Mariela Blanco, tras las huellas del Borges oradorHernan Zenteno - LA NACION

 

Desde el comienzo de la pesquisa, sabían que iba a ser difícil encontrar materiales inéditos y borradores de esas conferencias. “Nos enfocamos en otros aspectos que nos posibilitaron su reconstrucción -destaca-. Estudiamos las instituciones que lo alojaron, las redes que facilitaron esos eventos, la cantidad de público, la recepción en los medios. Eso nos dio un panorama de su figura como orador. Los resultados de esta investigación se encuentran alojados en la página del Centro de Estudios y Documentación Jorge Luis Borges y pronto podrán consultados en el libro El habla de Borges que compilé para Eudeba. Llegados a este punto, gracias al diálogo y el trabajo continuado con Balderston, que generosamente compartió con nosotros los escaneos de los cuadernos donados a la Universidad Estatal de Michigan durante la pandemia, constatamos que muchas de las notas allí contenidas eran los apuntes para esas conferencias que veníamos estudiando”.

 

Ese aporte abrió nuevas líneas de investigación. “Las notas que Borges tomó para apuntar sus investigaciones sobre los temas que disertaría muestran su método de búsqueda y estudio, así como su intención de dejar registro de las fuentes consultadas -destaca-. Hay una marginalia muy rica que nos permite comenzar a reconstruir su ‘biblioteca total’ no ya a partir de suposiciones, sino con evidencia bastante concreta que nos permite, en muchos casos, determinar las ediciones de las obras consultadas”. Los resultados de ese trabajo se darán a conocer en un libro del que participan Blanco, Balderson, Alfredo Alonso Estenoz, Emron Esplin y María Celeste Martín que será publicado por el Borges Center en octubre.

 

En la misma línea del “Borges orador”, están las clases que dio en Mar del Plata en 1966, que se publicarán en 2025, en el sello Sudamericana, en un libro al cuidado de Blanco y con notas de Álvarez. “De modo que hay un Borges inédito que está saliendo y nos está haciendo repensar muchos aspectos de su vida y obra”, dice la investigadora. “Nuestra idea es poder continuar con este trabajo, ampliando el período a estudiar para poder reunir las conferencias que Borges seguiría dando tanto en nuestro país como en distintos lugares del mundo a partir de la década del 60 y que mostrarían el mapa completo de su carrera como conferencista. Ya que en este momento es difícil contar con el apoyo de los subsidios de los organismos de investigación, vamos a tener que buscar otras maneras de financiar este trabajo para no interrumpir la continuidad de una investigación que deparó muchos hallazgos felices y que ha instalado la necesidad de repensar la obra completa de Borges a partir de su tarea como orador”.

 

Tras resaltar enfoques como el de Adur y su trabajo sobre un Borges pop y, en redes sociales, los “memes borgeanos” ideados por Alfredo de Jorge, Blanco señala que desde el Departamento de Letras de la Facultad de Humanidades de la UNMdP lanzarán el sábado el concurso “Borges: las olas, el viento y el mar” con el objetivo de premiar la producción de una fotografía original que involucre un texto o varios textos de Borges y su vínculo real o imaginado con la ciudad de Mar del Plata. El jurado contará con especialistas en la obra de Borges, en fotografía y diseño, y tiene el apoyo de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges.

 

Borges para masas

 

En opinión de Lucas Adur, una primera renovación de los estudios borgeanos se dio a partir de la década de 1990, con los trabajos de Sarlo, Louis, Balderston, Magdalena Cámpora, Daniel Attala, Sebastián Hernaiz, Carlos García y el belga Robin Lefere, entre otros. “Procuraron restituir la obra a su contexto de producción y circulación, que cada crítico entendía de modos diversos -afirma-. Una segunda renovación, ya en el siglo XXI, tuvo y tiene un importante componente material: la aparición de nuevos documentos que permiten que podamos tener acceso con más precisión a ciertos aspectos de su producción que antes solo podíamos reconstruir muy conjeturalmente. Pienso en el monumental Borges de Adolfo Bioy Casares, la edición de correspondencia y de manuscritos del escritor, el hallazgo de los libros con numerosas anotaciones que dejó en la Biblioteca Nacional, la reconstrucción que llevó a cabo Blanco con su equipo del trabajo de Borges como conferencista y profesor durante el peronismo -indica-. Estos y otros materiales nos permiten constituir nuevos objetos de investigación, releer la obra y considerar aspectos de la figura del autor hasta ahora poco explorados. Todo este material significó un enorme envión para los estudios borgeanos, que hizo florecer nuevos abordajes y grupos de investigación. Lo colectivo me parece otro rasgo a destacar: hay, por decirlo así, más diálogo entre “borgeanos”, y esa es una condición necesaria para construir conocimiento científico”.

Lucas Adur dirige un grupo de jóvenes investigadores borgeanos en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires

Lucas Adur dirige un grupo de jóvenes investigadores borgeanos en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos AiresHernan Zenteno - LA NACION

 

“Una faceta que me interesa particularmente y que va ganando lugar es la notable presencia de Borges en la cultura de masas -afirma Adur, que integra la Fundación Internacional Jorge Luis Borges-. El escritor no solo tuvo cierta fascinación por géneros y formas populares como el policial, el cine de gangsters, la ciencia ficción, sino que además este fue un amor correspondido: Borges llegó a ser un ícono pop: se adaptó al cine, al cómic, a la historieta; hay canciones, memes, merchandising y se puede estudiar la relación de su obra y su figura con Mick Jagger, Los Simpson o Black Mirror. Este vínculo que sigue generando nuevas obras es un hermoso ejemplo de la vitalidad del escritor”.

 

Desde hace cinco años, dirige un grupo en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, que estudia la relación de Borges con la Biblia. “Y con las distintas tradiciones religiosas que le interesaron -acota-. Es un tema fascinante y, si bien ya hay algunos trabajos importantes al respecto, queda muchísimo por explorar”. En 2025, llegará a las librerías una nueva biografía de Borges, escrita por Adur.

 

Borges transgresor

 

“La distancia entre Borges y las juventudes es un imaginario falso de toda falsedad, por lo que la idea de pensar un Borges para las nuevas generaciones no parte de ningún preconcepto original -asegura Daniel Mecca, autor de Borges, la gran bestia pop de la literatura argentina-. Pero no solo porque sus temas cobran una fantástica relevancia en la época de las redes sociales y los multiversos de Marvel, sino también porque el autor de El libro de arena lleva dentro de él la materia rockera, la rebeldía contra las estructuras, la inestabilidad de lo dado, la provocación como idea. Borges, como lector y como escritor, tiene la astucia de Saul Goodman, el protagonista de Better Call Saul”.

Daniel Mecca, creador del BorgesPalooza, reivindica al Borges transgresor

Daniel Mecca, creador del BorgesPalooza, reivindica al Borges transgresorHernan Zenteno - LA NACION

 

Sin embargo, la transgresión no es una prerrogativa de la juventud. “El propio Borges escribió sus textos más revolucionarios cuando tenía más de cuarenta años -recuerda Mecca-. La transgresión a los cánones establecidos es el oficio de sienes ardientes que son todo el tesoro. Así, es la propia naturaleza de su literatura la que atraviesa las edades de sus lectores como una máquina de siglos. Borges, como el Álbum Blanco de los Beatles, está sonando mañana”.

 

El escritor propone un acercamiento a Borges despojado de solemnidad. “Aunque mal no haría un pogo de borgeanos y borgeanas, hay que evitar convertirlo en un hecho religioso o en una ocasión de brindis patriótico -dice Mecca-. Lo peor que podemos hacer es inmovilizarlo, convertirlo en un gesto fijo, una estampita nacional: Borges, como el río de Heráclito, ocurre en el movimiento. Borges es cuántico, una probabilidad sucediendo en los simultáneos tiempos de los lectores”.

 

Del 12 al 15 de septiembre, se hará la nueva edición del BorgesPalooza, que coordina Mecca. Con sede central en el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires, habrá también actividades en la librería Naesqui y otras virtuales. Ya confirmaron su presencia el mexicano Juan Villoro, Andrés Rieznik, Darío Sztajnszrajber, Ariel Magnus, Alicia Genovese y Alejandro Horowicz; el cierre musical estará a cargo de Lula Bertoldi.

 

“Decía Borges que los clásicos son aquellos que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad. Seamos desleales a Borges: no lo leamos con previo fervor y misteriosa lealtad. Que cada uno lo lea como quiera. Y si a alguien no le gusta o le parece muy enrollado o flashero: ¿cuál es el problema? No hay que perder nunca la cuestión del placer, el deseo, de leer. Propongo leer y hacer el magic and mystery tour borgeano, no repetir ideas ajenas. La imaginación se entrena. La mejor forma de salir del laberinto borgeano es entrando”, dice, y concluye: “Nunca mejor dicho: Borges not dead”.

Daniel Gigena

Fuente: La Nación

https://www.lanacion.com.ar/cultura/jovenes-borgeologos-los-nuevos-detectives-que-exploran-el-laberinto-infinito-de-georgie-nid22082024/

 

domingo, 14 de junio de 2020

Llega el “Borges” de Vargas Llosa: un libro reúne sus textos y entrevistas con el mayor escritor argentino




 La próxima semana se publica en España “Medio siglo con Borges”, que reúne conferencias, artículos y conversaciones con el autor de “El aleph”. “Es el escritor más importante de nuestra lengua en la actualidad”, aseguró el intelectual peruano en una entrevista.

Llegó la hora de la ansiedad para los grandes lectores y la espera se cuenta en horas. El libro contiene en su interior entrevistas, críticas, artículos, conferencias y ensayos de uno de los más grandes escritores en lengua española. Su nombre: Mario Vargas Llosa. El objeto de todos esos trabajos y reflexiones es el mayor escritor en lengua española de los últimos siglos. Su nombre: Jorge Luis Borges.

Medio siglo con Borges es el título del volumen que en estos días está por aparecer en España y fue publicado por Alfaguara. Aunque no hay fecha para la publicación en Latinoamérica, desde el próximo jueves 18 de junio los lectores podrán acceder a la versión digital. “Creo que es el escritor más importante de nuestra lengua en la actualidad”, señaló Vargas Llosa días atrás en una entrevista con El Cultural. “Solo comparable a Quevedo, por quien sintió gran admiración”, añadió.

“Borges no tiene imitadores válidos, a diferencia de Faulkner o Joyce. A sus imitadores, Borges los mata, es decir, los anula y delata como “borgesitos”.(...) Creo que la poesía de Borges es tan buena como sus ensayos y sus cuentos”, dijo Vargas Llosa en la misma entrevista en la que también se mostró muy crítico del libro sobre Borges de Bioy Casares, que reproduce los años de la inquebrantable amistad de los autores que supieron escribir juntos como uno solo y que ha recibido tantos elogios como producto de la fascinación de un libro único como críticas por considerarlo una traición.

Vargas Llosa integra el grupo de lectores de Borges indignados por el libro de Bioy. “El libro de Bioy Casares me produjo una gran repugnancia desde que lo vi publicado y no lo he leído ni lo haré. Me parece inmoral que todas las conversaciones privadas que tenía Borges con Bioy Casares, este las grabara o reprodujera posteriormente, pensando en un libro póstumo”, dijo para la misma entrevista de El Cultural, el suplemento cultural del diario El Mundo. Será tal vez por ese mismo sentimiento de rechazo que tomó la decisión de hacer un libro sobre el autor de El aleph. A partir de ahora, podrá hablarse también del “Borges” de Vargas Llosa.

A la manera de adelanto, el diario El País de Madrid reprodujo una de las entrevistas que el autor de Conversación en la catedral le hizo a Borges. Está fechada en 1981, durante la última dictadura militar argentina, y fue una entrevista para la televisión en la que hubo fuertes declaraciones políticas sobre la democracia, los políticos y el nacionalismo.

En su texto, Vargas Llosa arranca la nota marcando que la obra de Jorge Luis Borges es “siempre perfecta como un anillo” y destaca una curiosidad: que la actriz Graciela Borges tomó prestado el apellido del escritor. Antes de ir al pregunta-respuesta, Vargas Llosa se detiene en resaltar la austeridad del departamento del centro porteño en el que vive Borges y habla de Beppo, su famoso gato, llamado así en homenaje al de Lord Byron, y elogia la erudición de Borges, “una aventura del espíritu de la que los lectores salimos siempre sorprendidos y enriquecidos”.


Aunque en el comienzo y el final de la entrevista hablan de literatura, como era de esperar, Vargas Llosa quiso hablar con Borges de política. Consultado por la idea de nacionalismo, Borges volvió a mostrar su imagen de ciudadano sin fronteras y habló también de su pacifismo:

“El nacionalismo (es) uno de los grandes males de nuestra época, un mal que corresponde a las derechas y a las izquierdas. (...) A pesar de ser nieto y bisnieto de militares y más lejanamente de conquistadores, que no me interesan, soy pacifista. Creo que toda guerra es un crimen. Además, si se admiten guerras justas, que sin duda las hubo —la guerra de los Seis Días, por ejemplo—, si admitimos una guerra justa, una sola, eso ya abre la puerta a cualquier guerra y nunca faltarán las razones para justificarla, sobre todo si se las inventan y encarcelan como traidores a quienes piensan de otro modo. (...) Quizás se precise más valor ahora para oponerse a la guerra que para defenderla o participar en ella”.

En una de sus preguntas, Vargas Llosa se confiesa dolido por cierto desdén de Borges hacia los novelistas, algo que Borges, con evidente falsa modestia, atribuye a “la haraganería o la incompetencia” propias las razones posibles por las cuales nunca escribió una novela y, por ende, su predilección por el cuento como forma narrativa. El Parnaso de novelistas para Borges tiene siempre los mismos nombres: Dickens, Conrad, Henry James.

En plena dictadura militar, Vargas Llosa le pregunta a Borges (quien un rato antes utilizó el término dictadura para referirse al peronismo, sin nombrarlo) cuál considera que es el régimen adecuado para nuestros países latinoamericanos y le recuerda que se llamó a sí mismo anarquista. Borges responde:

“Yo soy un viejo anarquista spenceriano y creo que el Estado es un mal, pero por el momento es un mal necesario. Si yo fuera dictador renunciaría a mi cargo y volvería a mi modestísima literatura, porque no tengo ninguna solución que ofrecer. Yo soy una persona desconcertada, descorazonada, como todos mis paisanos”, respondió y fue aún más allá en su desconfianza o menosprecio del voto popular. “No sé si somos dignos. En todo caso, no creo que este país sea digno de la democracia o de la anarquía. Quizás en otros países pueda hacerse, en Japón o en los países escandinavos. Aquí evidentemente las elecciones serían maléficas, nos traerían otro Frondizi u otros..., etcétera”. La nota fue hecha en 1981. Las elecciones del regreso de la democracia llegarían recién a la Argentina en octubre de 1983.


En un momento, Vargas Llosa le recuerda que alguna vez le preguntó su opinión sobre la política y que Borges le respondió que la política era “una de las formas del tedio”. Esta vez, reescribe su frase.

“Bueno, yo diría que la palabra tedio es un poco mansa. En todo caso fastidio, digamos. Tedio es demasiado. (...) Yo no sé si uno puede admirar a políticos, personas que se dedican a estar de acuerdo, a sobornar, a sonreír, a hacerse retratar y, discúlpenme ustedes, a ser populares…”, precisó, en su clásico estilo de ironía gentil.

Fuente: Infobae



miércoles, 27 de mayo de 2020

Susan Sontag y su asombrosa carta a Borges




Susan Sontag, famosa escritora norteamericana, admiraba tanto a Jorge Luis Borges, que decidió escribirle una carta para agradecer cada enseñanza que aprendió en las obras del escritor argentino.
 
Susan escribió la carta el 13 de junio de 1996. 10 años después de la muerte de Borges. El texto se consideró un ensayo. Afortunadamente podemos leer esta magnífica obra:

    Querido Borges:

    Dado que siempre situaron su literatura bajo el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. Si alguna vez un contemporáneo pareció destinado a la inmortalidad literaria, ése fue usted. Fue en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura y, sin embargo, supo cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que parece del todo milagroso. Esto tenía algo que ver con la amplitud y la generosidad de su atención. Fue el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores, así como el más ingenioso. Algo tuvo que ver asimismo con una pureza natural de espíritu. Aunque vivió entre nosotros durante un tiempo más bien largo, perfeccionó las prácticas de la exigencia y la indiferencia que también lo convirtieron en un experto viajero mental a otras eras. Tuvo un sentido del tiempo diferente del de los demás. Las ideas comunes de pasado, presente y futuro parecían nimios bajo su mirada. A usted le gustaba decir que cada momento del tiempo contiene el pasado y el futuro, citando (según recuerdo) al poeta Browning, que escribió algo así como “el presente es el instante en el cual el futuro se derrumba en el pasado”. Eso, por supuesto, era parte de su modestia: su gusto por encontrar sus ideas en las ideas de otros escritores. Esa modestia era parte de la seguridad de su presencia.

    Fue un descubridor de nuevas alegrías. Un pesimismo tan profundo, tan sereno como el suyo no precisaba de indignación. Más bien, tenía que ser inventivo… y usted era, sobre todo, inventivo. La serenidad y la trascendencia de la identidad que usted encontró son, para mí, ejemplares. Usted demostró que no es necesario ser infeliz, aunque se pueda ser completamente esclarecido y desengañado sobre el terrible estado de todo. En alguna parte usted dijo que un escritor –delicadamente agregó: todas las personas– debe pensar que toda cosa que le sucede es un recurso. (Estaba hablando de su ceguera.)

    Usted ha sido un gran recurso para otros escritores. En 1982 –es decir, cuatro años antes de su muerte– dije en una entrevista: “En la actualidad no hay otro escritor que importe más a otros escritores que Borges. Muchos dirían que es el escritor vivo más importante… Muy pocos de hoy no han aprendido de él o lo han imitado”. Eso sigue siendo cierto. Todavía seguimos aprendiendo de usted. Todavía lo seguimos imitando.

    Usted le ofreció a la gente nuevas maneras de imaginar, al tiempo que proclamaba una y otra vez nuestra deuda con el pasado, sobre todo con la literatura. Afirmó que le debemos a la literatura casi todo lo que somos y lo que hemos sido. Si los libros desaparecen, desaparecerá la historia y también los seres humanos. Estoy segura de que tiene razón. Los libros no son sólo la suma arbitraria de nuestros sueños y de nuestra memoria. También nos ofrecen el modelo de la propia trascendencia. Algunos creen que la lectura es sólo una manera de evadirse: una evasión del mundo diario “real” a uno imaginario, al mundo de los libros. Los libros son mucho más. Son una manera de ser del todo humano.

    Lamento tener que decirle que los libros en la actualidad son considerados una especie en extinción. Por libros también quiero decir las condiciones de la lectura que posibilitan la literatura y sus efectos en el espíritu. Pronto, nos dicen, tendremos en “pantallas-libros” cualquier “texto” a nuestra disposición, y se podrá cambiar su apariencia, formularle preguntas, “interactuar” con él. Cuando los libros se conviertan en “textos” con los que “interactuamos” siguiendo criterios utilitarios, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisada regida por la publicidad. Éste es el glorioso futuro que se está creando, y que nos prometen, como algo más “democrático”. Por supuesto, ello implica nada menos que la muerte de la introspección… y del libro. Esta vez no habrá necesidad de una gran conflagración.

    Los bárbaros no tienen que quemar los libros. El tigre está en la biblioteca. Querido Borges, créame que no me satisface quejarme. Pero ¿a quién podrían estar mejor dirigidas estas quejas sobre el destino de los libros –de la lectura misma– que a usted?

    Todo lo que quiero decir es que lo echamos de menos. Yo lo echo de menos. Su influencia decisiva continúa. La época en que ahora estamos entrando, este siglo 21, pondrá a prueba al espíritu de maneras nuevas. Pero, se lo aseguro, algunos no vamos a abandonar la Gran Biblioteca.

    Y usted seguirá siendo nuestro patrono y nuestro héroe.
    Susan Sontag



Fuente: You Tube

domingo, 26 de enero de 2020

V.S. Naipaul: Comprendiendo a Borges




Borges, hablando de la fama de los escritores, dijo: «Lo importante es la imagen que creas de ti mismo en las mentes ajenas. Mucha gente considera a Burns como un poeta mediocre. Pero él representa muchas cosas y gusta a la gente. Esa imagen —al igual que sucede con Byron— puede llegar a ser más importante que la obra.»

Borges es un gran escritor, un poeta dulce y melancólico, y las personas que saben español lo veneran como creador de una prosa directa, nada retórica. Pero la reputación que tiene entre los angloamericanos, la de ser un argentino ciego y anciano, autor de muy pocas, muy cortas y muy misteriosas historias, es tan hinchada y falsa que oculta su grandeza. Posiblemente le haya costado el Premio Nobel; y es muy posible que cuando esa falsa reputación decaiga, cosa que sucederá inevitablemente, desaparezca también su obra, que es buena.

Lo irónico del asunto es que Borges, en lo mejor de su obra, no es misterioso ni difícil. Su poesía es accesible; en gran parte es hasta romántica. Sus temas vienen siendo los mismos desde hace cincuenta años: sus antepasados militares, sus muertes en combate, la muerte misma, el tiempo y el viejo Buenos Aires. Y hay cerca de una docena de historias muy logradas. Dos o tres de ellas son pura y simplemente historias de detectives, anticuadas incluso (una fue publicada en la Ellery Queen's Mystery Magazine). Algunas tratan, de modo muy cinematográfico, del hampa bonaerense de principios de siglo. A los gángsters se les da una estatura épica; ascienden, son desafiados y a veces huyen.

Las otras historias —las que han vuelto locos a los críticos— vienen a ser chistes intelectuales. Borges toma una palabra como «inmortal» y juega con ella. Supongamos, dice, que los hombres fueran realmente inmortales. No sólo hombres que hubiesen envejecido y no murieran, sino hombres indestructibles, vigorosos, que sobrevivieran eternamente. ¿Cuál sería el resultado? Su respuesta —que en su historia— es que en algún momento cada una de las experiencias concebibles caería sobre cada hombre, que cada hombre, en un momento u otro, asumiría cada carácter concebible y que Homero (el héroe disfrazado de esta historia concreta) incluso podría, en el siglo XVIII, olvidarse de haber escrito la Odisea. O tomemos la palabra «inolvidable». Supongamos algo que fuese verdaderamente inolvidable y que no pudiera olvidarse ni por un segundo; supongamos que esta cosa, al igual que una moneda, cayera en tu poder. Ampliemos la idea. Supongamos que hubiese un hombre —pero no, tiene que ser un muchacho que no pudiera olvidar nada, cuya memoria, por consiguiente, se hinchase como un globo con todos los detalles inolvidables de cada minuto de su vida.

Éstos son algunos de los juegos intelectuales de Borges. Y quizás su obra en prosa más lograda, que es también la más corta, sea un puro chiste. Se titula «Del rigor en la ciencia» y figura que se trata de un extracto de un libro de viajes del siglo XVII.

«... En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.”

Esto es absurdo y perfecto: la parodia exacta, la idea grotesca. El rompecabezas y los chistes de Borges pueden crear adicción. Pero hay que tomarlos como lo que son; no siempre justifican las interpretaciones metafísicas que se hace de ellos. Es mucho, sin embargo, lo que atrae al crítico académico. Algunas de las bromas de Borges exigen un despliegue exagerado de erudición curiosa y a veces desaparecen debajo de ella. Y existe el lenguaje, en ocasiones barroco, de las primeras historias.

Las ruinas circulares —una historia rebuscada, casi de ciencia ficción, que trata de un soñador que descubre que él mismo existe solamente en el sueño de otra persona— empieza: «Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche.» Norman Thomas di Giovanni, que durante los últimos cuatro años no ha hecho otra cosa que traducir a Borges, y que ha contribuido más que cualquier otra persona a difundir la obra de Borges en el mundo de habla inglesa, dice:

«Puedes imaginarte lo mucho que se ha escrito acerca de ese «unánime». Acudí a Borges con dos traducciones de dicha palabra: «surrounding» (circundante) y «encompassing» (que abarca). Y le dije: «Borges, ¿qué quería decir en realidad con eso de la noche unánime? Eso no significa nada. Si hay una noche unánime, ¿por qué? O hay una noche que bebe té, o una noche que juega a las cartas?» Y su respuesta me dejó atónito. Dijo: «Di Giovanni, eso no es más que un ejemplo del modo irresponsable en que solía escribir.» Utilizamos «encompassing» en la traducción. Pero a muchos profesores no les gustó perder su noche unánime ...

Una mujer tenía que escribir un ensayo sobre Borges para un libro. No sabía español y basaba su ensayo en dos traducciones inglesas bastante mediocres. Un ensayo largo, de unas cuarenta páginas. Y uno de sus puntos cruciales era que Borges escribía una prosa muy latinizada. Tuve que señalarle que Borges no podía evitar el escribir una prosa latinizada, porque escribía en español y el español es un dialecto del latín. La mujer no consultó con nadie cuando ponía los cimientos. Al final grita «¡Socorro!» y corres hacia ella y ves este rascacielos enorme hundiéndose en la arena movediza.

En 1969, Di Giovanni acompañó a Borges en una gira de conferencias por los Estados Unidos. Borges es un caballero. Cuando la gente se le acerca y le dice lo que significan realmente sus narraciones —después de todo, él sólo las escribió— les da la contestación más maravillosa que jamás se ha oído. «¡Ah, gracias! Usted ha enriquecido mi narración. Me ha hecho un regalo magnífico. He venido de Buenos Aires a X —Lubbock, Texas, por ejemplo— para averiguar esta verdad sobre mí mismo y sobre mi relato.”

Durante muchos años, Borges ha gozado de una gran reputación en el mundo de habla hispana. Pero en un ensayo autobiográfico, que apareció en forma de «Profile» (perfil) en el New Yorker, en 1970, dice que hasta que ganó el Premio Formentor en 1961 —tenía entonces sesenta y dos años— era «prácticamente invisible, no sólo en el extranjero, sino también en mi tierra, en Buenos Aires». Es ésta la clase de exageración que consterna a algunos de sus primeros seguidores argentinos; y algunos de ellos llegaron a decir que su «irresponsabilidad» ha crecido con su fama. Pero Borges siempre ha sido irresponsable. Buenos Aires es una ciudad pequeña; y lo que tal vez era inofensivo cuando Borges pertenecía solamente a esta ciudad pequeña se vuelve menos inofensivo cuando los extranjeros hacen cola para entrevistarlo. Hubo un tiempo, sin duda, en que la celebración por Borges de sus antepasados militares y de sus muertes en combate halagaba a toda la sociedad, dándole un sentido del pasado y de plenitud. Ahora parece excluir, proclamar una grandeza privada; y para muchos es sólo egoísta y presuntuosa. No es fácil ser famoso en una ciudad pequeña.

Borges concede numerosas entrevistas. y cada una de ellas se parece a todas las demás. Diríase que Borges hace que las preguntas sean irrelevantes; pasa sus discos, como dijo una señora argentina; representa su papel. Dice que la lengua española es su «perdición». Critica a España y a los españoles: sigue librando aquella guerra colonial, en la cual, no obstante, las viejas cuestiones se confunden con un prejuicio más sencillo, el que sienten los argentinos contra los inmigrantes pobres y atrasados que llegan del norte de España. Hace chistes obvios y de mal gusto a costa de los indios de la pampa. De mal gusto porque sólo veinte años antes de que Borges naciera estos indios eran exterminados sistemáticamente; y, pese a ello, obvios, porque las matanzas a semejante escala resultan aceptables solamente si se ridiculiza a las víctimas. Habla de Chesterton, Stevenson y Kipling. Habla del inglés antiguo con todo el entusiasmo de un hombre que ha elegido un tema académico por sí mismo. Habla de sus antepasados ingleses.

Es una interpretación curiosamente colonial. Su pasado argentino forma parte de su distinción; lo ofrece como tal; y es, después de todo, un patriota. Honra a la bandera, un ejemplar de la cual ondea en el balcón de su despacho de la Biblioteca Nacional (él es el director). Y le emociona el himno de su país. Mas, al mismo tiempo, parece ansioso de proclamar su distanciamiento de la Argentina. Cabría pensar que la representación está dedicada al nuevo público que Borges ha encontrado en las universidades angloamericanas, un público al que halaga de tantas maneras. Pero las actitudes son viejas.

En Buenos Aires todavía se recuerda que en 1955, escasos días después de la caída de Perón y la finalización de los nueve años de dictadura, Borges dio una conferencia sobre Coleridge —nada menos que Coleridge— a las damas de la Asociación Cultural Inglesa. Algunos de los versos de Coleridge, dijo Borges, se encontraban entre lo mejor de la poesía inglesa, «es decir, la poesía». Y esas cuatro palabras, en un momento de júbilo nacional, fueron como una agresión gratuita al alma argentina.

Norman di Giovanni cuenta una historia que restablece el equilibrio. En diciembre de 1969 nos encontrábamos en la Georgetown University de Washington, D.C. El hombre encargado de la presentación era un argentino de Tucumán y aprovechó la oportunidad para decirle al público que la represión militar había cerrado la universidad de Tucumán. Borges olvidó por completo lo que había dicho aquel hombre hasta que nos encontramos camino del aeropuerto. Entonces alguien empezó a hablar del asunto y de pronto Borges se enfadó mucho. «¿Oyó lo que dijo aquel hombre? Que habían cerrado la universidad de Tucumán.» Le pregunté por qué estaba enfadado y me dijo: «Ese hombre estaba atacando a mi país. No se puede hablar así de mi país.» Le dije: «Borges, ¿qué quiere decir con eso de «ese hombre»? Ese hombre es argentino. Y procede de Tucumán. Y lo que dice es verdad. Los militares han cerrado la universidad.»

Borges es de estatura mediana. Sus ojos casi ciegos y su bastón contribuyen a aumentar su apariencia distinguida. Viste cuidadosamente. Dice que es un escritor de clase media; y un escritor de clase media no debe ser un «dandy», ni vestir con una despreocupación demasiado afectada. Es cortés: opina, al igual que sir Thomas Browne, que un caballero es alguien que procura causar las menores molestias posibles. «Pero eso debería buscarlo en Religio Medici.» Podría parecer, pues, que en su accesibilidad, en su buena disposición a conceder largas entrevistas que son repetición de las anteriores, Borges combina el ideal de modestia propio de la clase media y los modales del caballero con la intimidad del escritor, la necesidad que tiene el escritor de reservarse para su trabajo.

Hay indicios de esta intimidad (en la accesibilidad) en la forma en que le gusta que se dirijan a él. Quizás no pasen de media docena las personas que tienen el privilegio de llamarle por su nombre de pila, Jorge, convirtiéndolo en «Georgie». Para todos los demás le gusta ser simplemente «Borges» sin el señor, palabra que él considera española y pomposa. «Borges» es, por supuesto, distanciador.

Y ni siquiera las cincuenta páginas de su Ensayo Autobiográfico violan su intimidad. El ensayo es como otra entrevista. Cuenta pocas cosas nuevas. Su nacimiento en Buenos Aires en 1899, hijo de un abogado; sus antepasados militares; los siete años que la familia paso en Europa de 1914 a 1921 (cuando el peso era valioso y Europa era más barata que Buenos Aires): vuelve a contar todo esto en líneas generales, como en una entrevista. y el ensayo no tarda en transformarse en la simple crónica de la vida profesional de un escritor, de los libros que leyó y de los libros que escribió, los grupos literarios de los que fue miembro y las revistas que fundó. La vida brilla por su ausencia. Apenas dice nada sobre la crisis que debió de sufrir en los inicios de su madurez cuando —perdido el dinero de la familia— hacía toda clase de periodismo; cuando murió su padre y él mismo enfermo gravemente y «temió por [su] integridad mental»; cuando trabajaba como ayudante en una biblioteca municipal y era muy conocido como escritor fuera de la biblioteca y desconocido dentro de ella. «Recuerdo que una vez un compañero de trabajo vio en una enciclopedia el nombre de un tal Jorge Luis Borges y le llamo la atención la coincidencia de que nuestros nombres y fechas de nacimiento fuesen idénticos.»

«Nueve años de sólida infelicidad», dice; pero sólo dedica cuatro páginas al período ... La intimidad de Borges empieza a parecer inabordable.

Un dios me ha concedido
lo que es dado saber a los mortales.
Por todo el continente anda mi nombre;
no he vivido.
Quisiera ser otro hombre.

Éste es Borges hablando de Emerson; pero podría ser Borges refiriéndose a Borges. La vida, en el Ensayo Autobiográfico, realmente brilla por su ausencia. De manera que todo lo que es importante en el hombre hay que buscarlo en la obra.

Al hombre hay que buscarlo en la obra, que, en el caso de Borges, es esencialmente la poesía. Y todos los temas que ha explorado en el transcurso de una larga vida se encuentran, como él mismo dice, en su primer libro de poemas, publicado en 1923, un libro que se imprimió en cinco días, trescientos ejemplares, y se distribuyó gratuitamente:

Cuando tú mismo eres la continuación realizada
de quienes no alcanzaron tu tiempo
y otros serán (y son) tu inmortalidad en la tierra

Aquí está el antepasado militar muriendo en combate. Aquí, ya, a la edad de veinticuatro años, la contemplación de la gloria se transforma en la meditación sobre la muerte y el tiempo. En algún momento de aquella época, la vida se detuvo y todo lo posterior ha sido literatura: una preocupación por las palabras, un intento sin fin de conservar, y no traicionar, las emociones de aquel pasado tan particular.

Soy, pero soy también el otro, el muerto,
el otro de mi sangre y de mi nombre.

Así dice un poema que escribió cuarenta y tres años después de aquel primer libro. Desde que escribiera dicho libro, nada, exceptuando quizás el descubrimiento de la antigua poesía inglesa, ha proporcionado a Borges material para tan intensa meditación. Ni siquiera los amargos años del régimen de Perón, cuando fue «ascendido», sacándole de la biblioteca, al cargo de inspector de pollos y conejos en los mercados» y él dimitió. Tampoco su breve, infeliz matrimonio a una edad avanzada, que una vez fue tema de artículos de revista y sigue asiéndolo de chismorreos en Buenos Aires. Tampoco la compañía continuada de su madre, que actualmente cuenta noventa y seis años.

«En 1910, año del centenario de la República Argentina, creíamos Argentina era un país honorable y no nos cabía ninguna duda de que las naciones acudirían en tropel. Ahora el país se encuentra en mal estado. Nos vemos amenazados por el retorno del hombre horrible.» Así es como Borges se refiere a Perón: prefiere no utilizar el nombre. "Recibo numerosas amenazas personales. Incluso mi madre. La llamaron por teléfono a altas horas de la noche —las dos o las tres— y alguien le dijo con una voz muy bronca, la clase de voz que hace pensar en un peronista. «Tengo que matarlos, a usted y a su hijo.» Mi madre dijo: «¿por qué?» «Porque soy peronista.» Mi madre dijo: «En lo que concierne a mi hijo, sólo tiene setenta años y está prácticamente ciego. Pero en mi caso debería aconsejarle que no malgaste el tiempo porque tengo noventa y cinco años y puedo morirme en sus manos antes de que consiga matarme.» Por la mañana le dije a mi madre que me había parecido oír el teléfono durante la noche. «¿Lo he soñado?» Ella dijo: «Sólo era algún imbécil.» No es sólo ingeniosa. Sino también valiente ... no veo qué puedo hacer al respecto ... la situación política. Pero creo que debería hacer lo que pueda, teniendo militares en la familia."

El primer libro de poemas de Borges se tituló Fervor de Buenos Aires. En el mismo, en su prefacio*, decía que intentaba celebrar de un modo especial la ciudad nueva y en expansión. «Semejante a los latinos, que al atravesar un soto murmuraban: «Numen inest» —aquí se oculta la Divinidad—, de que habla mi verso para declarar el asombro de las calles endiosadas por la esperanza o el recuerdo...»

Pero Borges no ha santificado a Buenos Aires. La ciudad que ve el visitante no es la ciudad de los poemas, como sigue siéndolo Simla (tan nueva y artificial como Buenos Aires), la ciudad de las historias de Kipling, después de todos estos años. Kipling observaba con atención una ciudad real. El Buenos Aires de Borges es privado, una ciudad de la imaginación. Y ahora la ciudad misma está en decadencia. En el Barrio Sur del propio Borges sobreviven algunos edificios antiguos, con sus poderosas puertas principales y sus patios que van retrocediendo, cada uno con un embaldosado distinto. Pero es más frecuente que los patios interiores estén cegados; y muchos de los viejos edificios han sido derribados. La elegancia, si es que en esta ciudad de inmigrantes plebeyos la elegancia existió realmente alguna vez fuera de la visión de los arquitectos expatriados, se ha esfumado; ahora sólo hay desorden.

La bandera argentina, azul y blanca, que cuelga sobre la calle de México desde el balcón del despacho de Borges en la Biblioteca Nacional aparece sucia de polvo y humos. Y echemos un vistazo a este edificio, quizá el mejor de la zona, que fue utilizado como hospital y cárcel en tiempos del dictador gángster Rosas, hace más de ciento veinte años. Todavía hay belleza en la pared coronada por púas, las altas verjas de hierro, las enormes puertas de madera. Pero, en el interior, las paredes están desconchadas; las ventanas que dan al patio central tienen los cristales rotos; adentrándose, pasando de patio en patio, vemos ropa tendida en un corredor, los peldaños están rotos y una escalera metálica de caracol aparece bloqueada por trastos inservibles. Ésta es una oficina del gobierno, un departamento del Ministerio de Trabajo: nos habla de una administración agarrotada, de una ciudad que se muere, de un país que no ha funcionado realmente.

En todas partes se ven paredes con lemas violentos; los guerrilleros operan en las calles; cae el peso; la ciudad está llena de odio. El lema con malas pulgas se repite: Rosas vuelve. El país espera un nuevo terror.

Numen inest, aquí se oculta la Divinidad*: el ensalmo del poeta no ha dado resultado. Los antepasados militares murieron en combate, pero aquellas batallas insignificantes y aquellas muertes inútiles no han conducido a nada. Sólo en la poesía de Borges habitan esos héroes en «un universo épico, sentados altos en la silla»: «alto... en su épico universo» y ésta es su gran creación: la Argentina como tierra sencilla y mítica, un mundo épico completo, de «repúblicas, caballería y mañanas»: «las repúblicas, los caballos y las mañanas», de batallas libradas, la patria establecida, la gran ciudad creada y las «calles con nombres que se repiten desde el pasado de mi sangre».

Ésa es la visión del arte. Y, sin embargo, desde esta mítica Argentina de su creación, Borges alarga la mano, a través de su abuela inglesa, a sus antepasados ingleses y, a través de ellos, a su lenguaje «en su aurora», «La gente me dice que ahora parezco inglés. Cuando era joven no parecía inglés. Era más moreno. No me sentía inglés. Ni pizca. Quizá el sentirme inglés vino a mí a través de la lectura.» Y aunque Borges no lo reconoce, un tema que se repite en sus historias más recientes es el de los nórdicos que degeneran en un desolado paisaje argentino. Los Guthries escoceses se convierten en Gutres mestizos y ya ni siquiera conocen la Biblia; una muchacha inglesa se transforma en una india salvaje; hombres que se llaman Nilsen se olvidan de sus orígenes y viven como animales de acuerdo con el bestial código sexual del macho putañero.

En nuestra primera entrevista, Borges dijo: «No escribo sobre degenerados». Pero en otra ocasión afirmó: «El país fue enriquecido por hombres que pensaban esencialmente en Europa y los Estados Unidos. Sólo la gente civilizada. Los gauchos eran muy ingenuos. Bárbaros». Cuando hablamos de la historia argentina, dijo: «Hay una pauta. No es una pauta obvia. Yo mismo no puedo ver el bosque por culpa de los árboles». Y más adelante agregó: «Aquellas guerras civiles ahora no tienen sentido».

Quizá, pues, paralelamente a la visión del arte, se haya desarrollado, en Borges, una visión subsidiaria, por muy poco que la reconozca, de la realidad. Y ahora, en todo caso, el mundo real ya no puede negarse.

A mediados de mayo, Borges fue a pasar unos cuantos días en Montevideo, en el Uruguay. Montevideo fue una de las ciudades de su infancia, una ciudad de «largas, perezosas vacaciones». Pero ahora el Uruguay, el más culto de los países sudamericanos, era, citando las palabras de un argentino, «la caricatura de un país», en bancarrota, al igual que la Argentina, después de la riqueza de que disfrutara durante la guerra, y despedazándose. Montevideo era una ciudad en guerra; guerrilleros y soldados luchaban en las calles. Un día, durante la estancia de Borges, cuatro soldados fueron muertos a tiros.

Vi a Borges cuando regresó. Una muchacha bonita le ayudó a bajar las escalinatas de la Universidad Católica. Parecía más frágil; las manos le temblaban con mayor facilidad. Había perdido el vigor que mostraba durante las entrevistas. Venía lleno del desastre de Montevideo, disgustado. Montevideo era otra cosa que había perdido. En un poema las «mañanas en Montevideo» se encuentran entre las cosas por las cuales da las gracias «al divino laberinto de causas y efectos». Ahora Montevideo, al igual que Buenos Aires, al igual que la Argentina era agradable sólo en su recuerdo, y en su arte.


Texto extraído del libro El Retorno de Eva Perón y Otras Crónicas de V.S. Naipaul, Seix Barral, 1983.
A su vez basado en un artículo titulado “Comprehending Borges” que Naipaul publicó en el New York Review of Books, edición del 19 de octubre de 1972.
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* Nota P. Damiano: [En "A quien leyere", prólogo a la edición facsimilar de Fervor de Buenos Aires, Buenos Aires, Alberto Casares, 1993, eliminado por Borges en las ediciones posteriores a la inicial de 1923. Referencia en nota 83 de Textos recobrados 1919-1929

Fuente: Borges Todo el Año