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domingo, 10 de mayo de 2015

La Ciudad que Borges fundó en Palermo




Por Julieta Roffo.

La primera vez que alguien fundó Buenos Aires fue en 1536: el adelantado fue Pedro de Mendoza y, como en épocas virreinales no existía la ley del off-side, lo de “adelantado” era más bien un salvoconducto para apropiarse tierras. No se sabe bien dónde se emplazó el fuerte porteño por aquellos tiempos: si en el Parque Lezama, la Vuelta de Rocha, la Plaza San Martín o el Parque Patricios. Pero para 1541 los querandíes habían desarmado la incursión española. En 1580, se adelantó Juan de Garay e insistió con lo de la fundación: esta vez el fuerte estaría en Plaza de Mayo, hoy corazón político de la Ciudad y del país. Nada que no le hayan enseñado a uno en la escuela primaria.

Con el tiempo, uno puede llegar a enterarse de la tercera fundación de Buenos Aires: en su poemario Cuaderno de San Martín, de 1929, Jorge Luis Borges refunda la Ciudad que, por un par de estrofas, nació en Palermo: “Una manzana entera pero en mitá del campo / expuesta a las auroras y lluvias y suestadas. / La manzana pareja que persiste en mi barrio: / Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga” , escribió. En la génesis que el escritor inventó, la Ciudad había nacido nada menos que donde él creció: a principios del siglo XX, su familia era dueña de tres lotes contiguos que formaban una sola vivienda sobre la calle Serrano. Allí Borges pasó su infancia y parte de su adolescencia, entre 1901 y 1914, cuando en Palermo había más cuchilleros que tiendas de diseño.

Y aunque al final de su poema “Fundación mítica de Buenos Aires” Borges prefiere que la Ciudad sea eterna, sin principio ni final, narra, narra, que algo quedará: hay señales de que en esa manzana estuvo su vida y también su obra. La más visible: desde la Plaza Cortázar –esa que todos llamamos “Plaza Serrano” cuando nos citamos en alguno de sus bares– hasta Plaza Italia, la calle Serrano pasó a llamarse hace años Jorge Luis Borges. Justamente en la esquina de Borges y Guatemala, una placa municipal interrumpe la decoración de un restorán (de diseño, obvio) y reproduce versos de su poema. En Borges 2135, donde hoy hay una peluquería, hay también un cartel que dice que allí vivió el escritor.

Un poco más cerca de Paraguay, al 2145 de Borges, está el café El Aleph del Soho. Además de una antigua edición de Ficciones, una de 1946 de El gran Gatsby, un primer tomo de La Divina comedia y una foto del escritor muy sonriente y muy ciego, en el café hay un cuadro que reproduce la escritura de 1938 a través de la cual la familia De Luca compró uno de los tres lotes a Borges, su madre y su hermana: Juan José De Luca, dueño del bar e hijo del arquitecto que en 1942 inauguró un edificio de cinco pisos en ese terreno, muestra los papeles amarillentos. Ahí están doña Leonor Acevedo de Borges, doña Leonor Fanny Borges y don Jorge Francisco Isidoro Luis Borges vendiendo una de sus propiedades.

“Se acercan muchos extranjeros, especialmente brasileños pero sobre todo europeos, preguntando si no hay un museo que rinda homenaje a Borges”, cuenta De Luca. Menos visitar ese museo que no existe, se puede hacer de todo en la manzana del mito: alquilar un local cuesta entre 4.000 y 11.500 pesos al mes, una cerveza de litro cuesta 28, un pastel de papa con postre cuesta 60, un café, 18, y un kilo de queso de oveja, 259. Se puede comer en un restorán italiano o visitar la galería de arte Espacio 10, que también reproduce la estrofa borgeana en su frente, sobre Guatemala, y que conserva en su interior vitraux de Bélgica y mármol de las canteras de Carrara. Se puede vivir en algún piso alto de las Twin Towers (algún osado bautizó “Torres Gemelas” al proyecto inmobiliario) que miran una a Paraguay y la otra a Guatemala, y que derribaron la vieja palmera por la que respiraba el pulmón de esa manzana.

Se puede vivir en esas cuatro calles sin tener noticias de esa fundación inventada, como les pasa a Beatriz, Mario o Gustavo. Para Alberto, que hace quince años habita la manzana y hace unos cuarenta lee a Borges, es distinto: “Es como vivir en un lugar virtual que nunca existió, pero que existe en la memoria”.

En esa Ciudad virtual donde Palermo es casco histórico, las grandes manifestaciones políticas llegarían por Sarmiento, Las Heras y Santa Fe hasta Plaza Italia, y el invernadero de hierro y cristal del Jardín Botánico podría ser la Casa de Gobierno más transparente del mundo. Pero se me hace cuento todo esto.
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Fuente : Clarín

domingo, 5 de junio de 2011

Una historia dentro de un laberinto



A pocos kilómetros de San Rafael, en Cuadro Bombal, se ubica la Finca Los Álamos, un lugar soñado que acaricia lo místico. En ella se encuentra un laberinto de dos hectáreas, hecho con arbustos, que visto desde el aire forma, a modo de homenaje, el nombre de uno de los máximos intelectuales argentinos: Jorge Luis Borges.

La Finca Los Álamos es un lugar como “sacado de un cuento”, por qué no, “un cuento de Borges”. Una casa que comenzó a construirse en 1830, árboles de más de un siglo, viñas y el sonido de muchos pájaros rodean un enorme laberinto hecho con 7.000 plantas de arbusto boj (buxus sempervirens).



El laberinto es un homenaje hecho por mucha gente al escritor Jorge Luis Borges. Pronto, el 14 de junio cuando se cumplan 25 años de la muerte del autor se inaugurará otro laberinto construido de la misma forma en una abadía de Venecia, Italia.

Carolina Aldao, una de las dueñas y responsables del laberinto, nos cuenta en esta entrevista, la historia que esconde esa obra de arte viva que posee “en el patio de su casa”.

¿Cual es su relación con esta casa?

Esta casa era de Domingo Bombal, que fue mi bisabuelo. Pasó por mi padre y ahora es mía y de mis hermanos, Sofía y Nacho.

¿Qué dimensiones tiene este terreno?

Son 200 hectáreas, lo que rodea a la casa, con las viñas, ciruelas, el laberinto…

¿Cómo arrancó el laberinto?

Susana Bombal, mi tía abuela, era una escritora muy amiga de Borges. Esta casa tiene mucho que ver con lo literario. Borges estuvo aquí y la relación entre Susana y Borges no fue sólo de amistad, sino además que ella hizo muchas traducciones y ensayos con él.

En medio de esa relación que ellos tenían, en los años ’50, aparece un diplomático inglés llamado Randoll Coate y se hicieron muy amigos. Randoll era un fanático de Borges y de los laberintos, y fue además un gran diseñador de laberintos. Pasaron los años y la amistad entre ellos tres quedó en cartas y en idas y venidas, y cuando muere Borges, Randoll Coate le escribe una carta a Susana Bombal en la que dice más o menos “querida Susana, tuve un sueño, y en ese sueño nosotros hablábamos de qué le podíamos hacer a nuestro amigo ‘Georgi’ en homenaje”. A partir de ahí ellos se ponen a hablar en el sueño y se dan cuenta de que tenía que ser un laberinto, pero que no fuera un monumento, sino algo vivo.

Cuando murió Susana Bombal, Camilo Aldao, mi hermano, ordenando sus cosas encontró esa carta y con ella, en un viaje que hace a Londres en los años ‘90, lo fue a ver a Randoll Coate, que cuando vio a Camilo se puso a llorar de emoción porque él había estado acá en la estancia y le quedaban muy buenos recuerdos de la Argentina y de sus amigos.

Randoll agarra el diseño de un laberinto que había presentado como homenaje a Borges en el Centro Pompidou en Francia. Lo corrige, se lo da a Camilo y le dice “yo quiero que esto esté en la Argentina”. Camilo viene y la contacta a María Kodama (esposa de Jorge Luis Borges) a quien ya conocía porque era amigo a través de Susana Bombal. Hubo un camino de parte de ellos y de Carlos Thays (nieto de Jules Charles Thays, diseñador del parque San Martín de Mendoza y de los Bosques de Palermo) para que el laberinto se hiciera en Buenos Aires a modo de homenaje, pero no hubo forma porque políticamente hablando nadie lo entiende a Borges, porque se olvidan de que más allá de cuál fuera su ideología, es un genio para la cultura argentina. El cuento de Borges hace un antes y un después.




El proyecto quedó encajonado burocráticamente, y un día Camilo con algunos amigos (Gabriel Mortarotti, Mauricio Runno y Andrés Ridois) lo sacan a flote. Camilo se fue a las 2 de la mañana al centro y la llamó a María Kodama. Lo gracioso es que ella estaba en su biblioteca mirando libros, y se le cayó uno que se abrió en una página que decía “labyrinths and mazes” (del inglés: laberintos) y en ese momento sonó el teléfono y era Camilo para decirle que hicieran el laberinto acá en la finca, por lo que María dijo “hay que hacerlo porque me pasó esto y es como una señal”.

A partir de ahí se genera muy rápido. El proyecto cobra vida. Van a buscarlo a Buenos Aires y Carlos Thays hace bien las dimensiones: tiene el tamaño de una cancha de fútbol, pero había que ver qué separación tenía que haber entre planta y planta, los caminos, etcétera. Se pusieron a trabajar y lo hicieron rapidísimo. Camilo salió en algunos medios, en una radio de Buenos Aires y un hombre llamó y le dijo que era agrimensor y que quería ayudar. Se vino a San Rafael con su familia y se instaló dos semanas, e hizo gratis la agrimensura, por ser un fanático de Borges. Hubo mucha gente que apareció y empezó a aportar sólo por ser “borgianos”.

Hicieron toda esta movida en seis meses y terminó de plantarse en octubre del 2003. Randoll Coate nunca pudo venir porque tenía más de 90 años, pero le filmaron todo lo que iban haciendo y se lo mandaron, y para él fue una emoción muy grande. Lloró al ver que su laberinto estaba hecho “del otro lado del mar, al pie de Los Andes”. A los 2 años Randoll muere (2 de diciembre de 2005).



¿El Municipio les dio una mano cuando decidieron hacer el laberinto acá?

Estaba Ernesto Sanz de Intendente e hizo el apoyo, en cierta forma San Rafael ayuda a que esto se haga. Se lo declaró “de interés cultural” y eso hizo que la Municipalidad nos ayudara con las máquinas para limpiar el lugar donde está el laberinto. Fue un trabajo groso y esas máquinas nos ayudaron mucho.

Si bien hubo una cabeza, todo el mundo se involucró. Gerardo Padilla puso todas las piedras de la laguna (hay una laguna revestida de piedras junto al laberinto). Todos lo hicieron por amor a Borges. Todos colaboraron, por ejemplo las plantas nos dijeron “llevatelas y las pagás cuando puedas” y las pagamos cuando pudimos. Está bueno saber que en la Argentina hay gente que está mucho más allá de muchas cosas.

¿Cómo se cuida el laberinto?

Camilo después falleció y lo seguimos nosotros. Hace unos tres años me vine y comenzamos a cuidarlo. Yo lo cuido igual que como se cuida a una viña en cuanto al riego y la poda. Tiene riego por goteo, pero de vez en cuando lo regamos por arriba también.
Por ahí llegaba gente “de la nada”, como paisajistas que nos tiraban ideas.



¿Vienen turistas?

Esta casa recibe extranjeros 4 meses por año. Lo que hace la gente es vivir exactamente como se vive acá, con las comidas típicas, verduras, frutas y todo lo casero. Esta es una casa “muy argentina” y hay mucho arte. Esas cosas los deja muy impresionados con este lugar y sienten que están viviendo muy conectados con la cultura.

El proyecto es que después del laberinto tener una biblioteca para que la gente pueda venir, caminarlo, sentarse, leer y conectarse con otras cosas. Hasta ahora lo que se busca es que crezca, que se vaya haciendo el parque, que se vayan fortaleciendo las raíces.

La gente se entera de boca en boca. Nosotros no podemos decir que está abierto porque la idea es que crezca.

¿Cuándo quedaría listo el laberinto borgiano de acá?

Siempre está listo. Después se va a podar en forma de libro, es decir que en el medio del laberinto no vas a poder ver y más cerca de los costados sí. Eso lo vamos a hacer de a poco. Hay que tener en cuenta el clima de Mendoza. Es más lento de lo que podría ser en otros lugares. Acá no llueve nunca e independientemente de que lo riegues, es importante el agua de lluvia.

¿Es el único laberinto hecho así en Argentina?

Creo que no hay otro más grande ni hecho así.

¿Cómo surge lo de Venecia?

María vino varias veces acá a ver el laberinto con la idea de hacerlo allá e incluso en Dinamarca también. Ella ya me había comentado de una abadía en Venecia.

La idea es que el laberinto fuera una especie de símbolo de Borges, un homenaje que fuera por el mundo y que los lugares que tengan el laberinto se conecten entre sí a nivel cultural y que generen cosas positivas, como cambios de libros, hacer bibliotecas, intercambios culturales, etc. Eso es algo que vendrá en el futuro, hacia allá se proyecta.

La abadía está en isla de San Giorgio, en Venecia y la lleva adelante la Fundación Cini. En ella hay una biblioteca increíble. Borges tenía un gran respeto por estos lugares.

¿Van ustedes a Venecia?

Voy con mi hermana Sofía. Nos invitaron al palacio de la Fundación Cini. Van a haber invitados Premios Nobel, va a tocar un importante grupo de música Barroca. María Kodama va a recitar el poema “La Luna” que le escribió Borges a ella… será el 14 de junio con luna llena y se iluminará el laberinto en Venecia. Al mismo tiempo mi papá estará acá y va a ponerle simbólicamente unas luces al laberinto para que queden los dos iluminados.

¿Ustedes quieren que este lugar sea público?

Nos gustaría que fuera “semi-público”. La idea es que la gente pueda venir y disfrutarlo y se conecte con el lugar desde lo literario. El turismo no queremos que sea de masa. No queremos que vengan ómnibus, sino que venga realmente la gente que tenga ganas de venir porque le guste. Los extranjeros quedan fascinados.

Puede ser un espacio donde también se puede hacer música, si alguien trae proyectos que se use el lugar. También puede ser un espacio para enseñarle a leer a la gente. A mí me interesa mucho el tema social con los barrios de acá. Es fusionar un poco todo.
Igual hay gente que viene bastante. Vienen colegios. Me llaman maestras y vienen con los chicos, ¡que no sabés lo que son!, corren, se divierten, les encanta.



La Finca Los Álamos, su casa y el laberinto borgeano, son un lugar que genera una sutil sensación de paz en el que no alcanza la vista para mirar la enorme cantidad de arte que envuelve. Como decía Jorge Luis Borges “al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso”. Es que realmente ése, es un laberinto en el que no daría miedo perderse.

Fuente : Mediamza.com
Max Belaeff
5 de junio de 2011
http://www.mdzol.com/mdz/nota/300779-una-historia-dentro-de-un-laberinto/
Videos : YouTube

sábado, 28 de mayo de 2011

Borges: Un laberinto, clave de su obra, conmemora al escritor en Venecia



Se inaugurará el 14 de junio, cuando se cumplan 25 años de la muerte del autor.

La vida en este mundo es como el laberinto, porque nunca sabemos dónde nuestra vida irá”. Aunque ya no vendrá con la vida, el 14 de junio, al cumplirse 25 años de la muerte de Jorge Luis Borges en Ginebra, el escritor tendrá su laberinto en Venecia.

Será un acontecimiento cultural mundial, por el escenario elegido –la Fundación Cini en la isla de San Giorgio, que es con la Bienal el otro gran faro de la cultura cosmopolita de Venecia–, y por la calidad del evento que están preparando en el claustro-jardín que fuera el huerto medicinal de los monjes benedictinos, habitantes de la isla desde hace mil años. Y cinco premios Nobel estarán presentes.

Borges usa el símbolo del laberinto para enseñarnos el universo completo y confundido, decirnos que no podremos escaparnos del laberinto que rige nuestras vidas, como escribió en “El Etnógrafo”: “Este es el laberinto de Creta. Este es el laberinto de Creta cuyo centro fue el Minotauro que Dante imaginó como un toro con cabeza de hombre y en cuya red de piedra se perdieron tantas generaciones, como María Kodama y yo nos perdimos”.

María Kodama, la viuda de Borges, custodia de su patrimonio literario y su figura, leerá “El poema de los dones” en el evento inaugural del laberinto borgiano, que Clarín visitó esta semana entre una nube de operarios y técnicos que están terminando de construirlo.

Los vericuetos de su realización también son laberínticos. El jardín fue diseñado por el arquitecto Randoll Coate, quién lo donó a María Kodama Borges, presidente de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges. María Kodama, a su vez, cedió el derecho de construir el Jardín en la isla de San Giorgio a la Fundación Giorgio Cini.

Amigo de Borges, el inglés Randoll Coate, muerto a los 96 años hace cinco, vio realizado en 2003 su proyecto en la Argentina, en la estancia “Las Acacias” de San Rafael, Mendoza, y ese laberinto será iluminado el 14, simultáneamente con su par de Venecia.

María Kodama quiso realizar este proyecto frente a la Biblioteca Nacional en Buenos Aires, pero no fue posible y nadie lo ha explicado. Laberintos burocráticos mezclados con rencores profundos, tal vez. Lamentable.

Pero Kodama encontró en Venecia el apoyo y la gestión entusiasta de otro argentino, Pedro Memelsdorff, director del departamento de Música Antigua de la Fundación Cini. Y también el respaldo indispensable del director Pasquale Gagliardo, quien realizó grandes esfuerzos para concretar esta obra. El laberinto de Borges, forma un tercer claustro junto al del arquitecto Palladio, cuyo genio está presente en varias obras en la isla, y un magnífico Claustro de los Cipreses. El tercer claustro forma un recorrido que da una idea de bifurcación. “San Giorgio se vuelve una metáfora del laberinto”, explicó incansable Pedro Memelsdorff, que además de organizar y dirigir un seminario sobre música antigua de Chipre, sigue discretamente los trabajos. Frente al jardín de miles de plantas siemprevivas de Boj que forman el laberinto inspirado en “El jardín de senderos que se bifurcan”, hay una pequeña sala que fue en el pasado una capilla y que los mismos obreros que van y vienen todo el día bautizaron “la sala Borges”.

Y así se llama para siempre. Frente al jardín está el largo frente de la biblioteca palladiana de “La manica lunga” (La manga larga), que actualmente es la biblioteca que contiene la mayor sabiduría en libros y obras del arte véneto.

Memelsdorf destacó que el evento inaugural incluirá un coro de monjes venidos de Francia, que cantarán todos juntos pero por separado hasta que quedará uno solo “y que será un contraste armónico con el agnosticismo borgeano”. Se escuchará la voz del escritor que lee “El laberinto” y un quinteto musical ejecutará una obra homónima compuesta para la ocasión por el maestro Julio Viera.

El objetivo del proyecto es “realizar un espacio pleno de significados espirituales para acercar al público al mundo de Borges”. Se organizarán conferencias, seminarios y muestras de arte que exaltarán el imaginario borgeano.

En el laberinto, el nombre Borges está duplicado como en un espejo (que el escritor odiaba), con las “O” convertidas en relojes de arena y las “S” en signos de interrogación”. “Lo que parece igual es diferente: el laberinto favorece la necesidad que tenemos de perdernos para encontrarnos, ver cosas nuevas. Reflexionar. En el fondo, el laberinto es la biografía de Borges”, concluye Pedro.

Fuente : Clarín
Julio Algañaraz
28/05/11

Laberinto Borges en la Isla San Giorgio Maggiore en Venecia


Se inaugurará el 14 de junio, cuando se cumplan 25 años de la muerte de Jorge Luis Borges. Tiene el mismo diseño del que se encuentra en la Finca Los Alamos en San Rafael Mendoza

San Giorgio Maggiore es una de las islas de Venecia, que queda al este de la Giudecca y al sur del principal grupo de islas. Está rodeada por el Canale della Grazia, Canale della Giudecca, Canale di San Marco y la laguna meridional. Forma parte del sestiere de San Marco.

La isla fue probablemente ocupada en el periodo romano; después de la fundación de Venecia fue llamada Insula Memmia por la familia Memmo que era su propietaria. Para el año 829 tenía una iglesia consagrada a San Jorge; de ahí que fuera llamada San Giorgio Maggiore para distinguirla de San Giorgio in Alga.

El monasterio benedictino de San Giorgio se estableció en 982, cuando el Dogo Tribuno Memmo donó toda la isla a un monje, Giovanni Morosini. Los monjes desecaron las marismas de la isla cercanas a la iglesia para conseguir terreno sobre el que edificar.

San Giorgio es actualmente conocida sobre todo por su Basílica de San Giorgio Maggiore, diseñada por Palladio y comenzada en 1566.

A principios del siglo XIX, después de la caída de la República, el monasterio fue casi suprimido y la isla se convirtió en un puerto libre con una nueva bahía construida en 1812. Se convirtió en la sede de la artillería de Venecia.

Actualmente es el cuartel general del centro de arte de la Fundación Giorgio Cini, conocida por su biblioteca y también la sede del teatro al aire libre llamado Teatro Verde.


14 Giugno 2011
Evento inaugurale Il Labirinto Borges


Venezia, Isola di San Giorgio Maggiore

In occasione dei 25 anni dalla morte del celebre scrittore argentino Jorge Luis Borges (14 giugno 1986 – 14 giugno 2011), la Fundación Internacional Jorge Luis Borges e la Fondazione Giorgio Cini inaugureranno a Venezia, con un inedito evento musicale di Julio Viera, Il Labirinto Borges, ricostruzione del giardino-labirinto che l’architetto Randoll Coate progettò in suo onore.

Ingresso su invito

Opera permanente, il labirinto sarà poi accessibile al pubblico tramite servizio di visite guidate a partire dal 15 giugno

Il Labirinto sarà collocato nello spazio retrostante il Chiostro del Palladio e il Chiostro dei Cipressi, così da costituire una sorta di ‘terzo chiostro’ di dimensioni all’incirca uguali a quelle degli altri due.
Lo scopo del progetto è quello di creare un giardino in memoria dello scrittore realizzando uno spazio pieno di significati spirituali, per avvicinare il pubblico al mondo di Borges.

Questo spazio costituirà lo sfondo e la giustificazione per la programmazione pluriennale di eventi culturali di varia natura (ricerche, conferenze, master classes, seminari, mostre d’arte, produzioni e performance teatrali, audiovisive, coreografi che e musicali). Tali eventi – di natura didattica o artistica – saranno ispirati all’opera dello scrittore argentino e alle problematiche epistemologiche e storico culturali sollevate dall’immaginario borgesiano, quali il rapporto tra la narrativa e le altre arti, figurative e performative, e il rapporto tra narrativa e scienze naturali.


Storia dell'Isola di San Giorgio dalle origini al 1950

San Giorgio Maggiore (così chiamata per distinguerla da un'altra isola della laguna, San Giorgio in Alga) era un luogo di saline, mulini e orti e deve il suo nome ad una chiesetta edificata nel 790.

Dal 982, in seguito alla donazione del doge Tribuno Memmo, divenne sede di un monastero benedettino, di cui fu primo abate il patrizio Giovanni Morosini.
Con il trascorrere dei secoli l'Abbazia di San Giorgio crebbe e prosperò acquistando grande prestigio, sia come centro d' irradiazione spirituale e culturale, sia come luogo privilegiato di incontro e di asilo.
Contemporaneamente, l'isola si andava sempre più arricchendo di edifici monumentali e di opere dei maggiori artisti attivi a Venezia.
Da un complesso gotico con chiesa al centro dell'isola, si passò, fra la fine del'400 e il'500, a una ricostruzione rinascimentale, col chiostro interno di ispirazione toscana, forse mediceo-michelozziana (Cosimo de' Medici, cacciato da Firenze, si era rifugiato a San Giorgio con la sua corte nel 1433).

Al maggior architetto del Rinascimento veneto, Andrea Palladio, si devono l'attuale chiesa, il chiostro d'ingresso e il grandioso Refettorio. La chiesa, che richiama lo stile monumentale dei templi classici e delle antiche basiliche cristiane, iniziata nel 1566 e completata all'inizio del secolo successivo, è dedicata ai santi Giorgio e Stefano.

Con la caduta della Serenissima (1797), dapprima nel periodo napoleonico e poi sotto il dominio austriaco, cominciarono le devastazioni e le spoliazioni dell'isola.
Chiuso il monastero benedettino, dopo il 1807, San Giorgio divenne dapprima un deposito franco e sul lato settentrionale furono costruiti ampi magazzini e la darsena delimitata da un piccolo molo.
Dopo la rivolta popolare contro gli Austriaci del 1848, l'isola divenne un presidio militare austriaco; tale carattere fu mantenuto, sia pure con funzioni diverse, anche quando Venezia entrò a far parte del Regno d'Italia nel 1866.
San Giorgio, invaso da baracche, tettoie e altre costruzioni effimere, con gli edifici monumentali indiscriminatamente frazionati e spesso rozzamente puntellati, conobbe così il periodo del suo maggior decadimento.


Fondazione Giorgio Cini

Este palacio perteneció al coleccionista y mecenas delarte Vittorio Cini. Entre 1951 y 1956 restauró la iglesia y el monasterio de San Giorgio Maggiore. Así pues fue como se hizo la Fundación Cini, en memoria de su hijo muerto en un accidente.

La colección incluye porcelanas, marfiles, libros, manuscritos iluminados y muebles, pero las obras de arte más importantes son los cuadros renacentistas toscanos que coleccionaba Cini. Entre ellos hay obras atribuidas a pintores como Boticelli, Pietro di Cosimo, pietro de la Francesca, Filippo Lippi y Pontorno.

La Fondazione Giorgio Cini fu istituita da Vittorio Cini, in ricordo del figlio Giorgio, con lo scopo di restaurare l'Isola di San Giorgio Maggiore, gravemente degradata da quasi centocinquant'anni di occupazione militare, di reinserirla nella vita di Venezia e di farne un centro internazionale di attività culturali.

"La Fondazione ha per scopo di promuovere il ripristino del complesso
monumentale dell’isola di San Giorgio Maggiore e di favorire la
costituzione e lo sviluppo nel territorio di essa di istituzioni educative,
sociali, culturali ed artistiche, occorrendo in collaborazione con quelle
cittadine già esistenti".


La rilevanza dell'impresa, una delle maggiori - come iniziativa privata - del XX secolo, è testimoniata, oltre che dall'investimento iniziale per il restauro,
dalle manifestazioni promosse e ospitate e dal patrimonio, soprattutto artistico, che è conservato alla Fondazione sull'Isola e dal 1984 anche presso la Galleria di Palazzo Cini a San Vio.

La Fondazione oltre alle proprie attività di ricerca, mostre e convegni, spettacoli e concerti, accoglie congressi e convegni di qualificate organizzazioni scientifiche e culturali e ospita iniziative di assoluta importanza nel campo dei rapporti internazionali (in primis i due incontri dei G7 svoltisi nel 1980 e nel 1987).

La presenza dei maggiori intellettuali ed artisti, nonché di personalità della politica e dell'economia e il ricordo che ne serbano gli studiosi e gli ospiti che l'hanno frequentata sono un'ulteriore testimonianza del ruolo della Fondazione Giorgio Cini.

Fuente : Fondazioni Cini – Venecia

martes, 1 de marzo de 2011

Lectores de diversos países dejan mensajes en la tumba de Borges


La cineasta rumana Ana Simon recoge hace 20 años los testimonios y objetos que la gente deja en el cementerio de los reyes, de Ginebra

La tumba de Jorge Luis Borges en el cementerio de los reyes de Plainpalais, en Ginebra – convertida en una meca de lectores de todo el mundo–, es testigo mudo de la admiración y el cariño que el más universal de los argentinos sigue despertando, a 22 años de su desaparición.

Ana Simon, crítica y documentalista rumana residente en Ginebra, advirtió hace más de dos décadas, cuando visitaba el sepulcro de su esposo, el actor suizo Francois Simon –justo al lado de la tumba número 735, cuya lápida identifica la última morada Borges–, una enorme cantidad de mensajes, como los que la gente deja a los santos. O a los ídolos de rock.

Ana, que conoció la obra de Borges cuando estudiaba letras en la Universidad de Bucarest, asumió como una liturgia, mes tras mes, la recolección de los objetos y los textos de los visitantes, que luego enviaba a María Kodama en Buenos Aires.

La realizadora residente en Ginebra compartió esta historia con la periodista argentina Cristina Pérez, durante la visita que la conductora de Telefé hizo a la tumba de Borges, Y, esta semana desde Barcelona, Ana Simon –que elige Historia universal de la infamia, como "el libro perfecto" de Borges– hizo lo propio en diálogo con LA NACION. En casa del artista y poeta Paco Ibañez y su esposa, Ana supera la muerte de Aurora Ginastera, viuda del músico argentino Alberto Ginastera, fallecida hace 10 días en Ginebra.

Los testimonios a los que accedió LA NACION trasuntan ternura y gratitud. Aunque parezca broma, hay quienes escriben en el reverso de sus papelitos, sus correos electrónicos. En boletos de metro o de tren, en páginas de libros u hojitas de anotadores de hoteles cinco estrellas, en postales de letra apretada, con frases tímidas o haikus, los testimonios conmueven y sorprenden. Hasta algún indígena latinoamericano reclamó ante la sepultura del escritor.

"Comencé a guardar los papelitos porque me parecía importante. La gente le deja mensajes como si fuera un santo", reflexiona Ana. Así recogió el testimonio de Aurora, la sobrina de Estela Canto [primera esposa de Borges, a quien le dedicó El Aleph ]: "Querido Borges, estuve aquí para visitarte. Soy la que agradece tus poemas, tus cuentos. Te he llevado hasta muchos que no te conocían, en español y en inglés...Nos vemos en El Aleph o en algún otro sueño".

En alemán, en inglés, en chino o en español, la gente dice cosas así:

"Borges, vine a visitarte con todos mis muertos a cuestas. Porque como tú dijiste, no sólo somos uno, sino también el otro, los otros...Te saludo, maestro. Miguel Aillón".

"Señor Borges: lo busqué, me costó, pero lo volví a encontrar. Lo volvería a hacer. Mario Olivera".

[En inglés] "Querido Borges: tu sabiduría hace al mundo mucho más interesante. Gracias de un amigo. Mi esposa y yo vinimos de China a visitarte. Yang".

[En alemán] "Hola Borges, hoy hoy he pensado en ti, mientras te leía en mi alemán. Muchos saludos. En unos días vuelvo a Ginebra con mejor conocimiento de alemán".

"Ché: sólo una cosa tengo que reclamarte, el que hayas pugnado por nuestra desaparición como cultura, como pueblos originarios indígenas. Más aún, siendo indígena zapoteco, ante tu tumba derramo lágrimas en tu memoria. Estamos en paz".

"Lejos un trino, el ruiseñor no sabe que te consuela. El mundo será Tlon. Gracias maestro. Cristina".

"Aquí estamos entonces, en tu Ginebra, en castellano. Aquí estamos sobre La Pampa, en argentino, en carne viva. Nuestra desmesura y tu quietud".

"La patria es ahora todas las palabras, todos los árboles que me dieron su sombra, todos los libros que he leído para mi bien...cuánta razón tenía, maestro. Luciana".

Los argentinos que llegan al cementerio de los reyes –donde metafóricamente Borges dialoga entre otros con Calvino, Sofía Dostoievski, Alberto y Aurora Ginastera, Jean Piaget y su vecino, Francois Simon–, prefieren no dejarle flores, sino plantas que perduren en el tiempo. Un periodista argentino fue uno de ellos.

Ana cuenta que ha encontrado sobre la tumba de Borges, pinturas, libros y otros objetos que la gente deja como recuerdo: "Cuando le pongo una vela a mi marido, dejo otra a Borges. Al leer los testimonios de la gente, me doy cuenta que vienen de mundos diversos. Lo que lo ocurre en su tumba, pasa también con Calvino. Creo que él fue feliz en Ginebra. Es un orgullo para los pueblos tener escritores y artistas de su dimensión".

Ana realizó, para el centenario del nacimiento del escritor, La Ginebra de Borges, una cálida biografía íntima, con testimonios de Borges y Kodama, mientras la vieille ville (ciudad vieja) favorita del autor de Ficciones abre su esplendor, bajo el embrujo de la voz en off de la actriz francesa Jeanne Moreau, que lee con hondura poemas de Borges. Kodama cuenta en el filme que, pocos días antes de morir, Borges recibió la visita de Marguerite Yourcenar. Juntos se sumergieron en una brillante charla sobre el laberinto.

"Pronto sabré quién soy" dice el verso final de Elogio de la sombra. Como escribió el poeta Horacio Salas, tal vez lo supo el 14 de junio de 1986, a las 7.47 de la mañana, cuando murió en el 28 de la Gran Rue, en Ginebra. Con esa nostalgia inevitable de Buenos Aires, en la memoria.

Fuente : La Nacion
Susana Reinoso
Lunes 09 de febrero de 2009

La Ginebra de Borges


Una visita a la tumba de Borges, relatada con maestría por John Berger, le sirve al escritor británico para ahondar en el alma del argentino y descubrir sus vínculos con la ciudad donde tuvo su primera experiencia sexual y eligió morir.

Ginebra es tan enigmática y contradictoria como un ser vivo. Yo podría rellenar su documento de identidad. Nacionalidad: Neutral. Sexo: Femenino. Edad: (seamos discretos) parece más joven de lo que es. Estado civil: Separada. Rasgo físico: Ligeramente cargada de espaldas debido a su miopía. Observaciones generales: Sexy y reservada. No encontrarán confirmación de estas cosas en guía turística alguna, pero sí en ciertos escritos de Conrad, Graham Greene y Jorge Luis Borges.

Durante siglos, los viajeros de paso han dejado cartas, instrucciones, mapas, listas y mensajes, para que Ginebra los entregue a otros viajeros que llegarán después.

A comienzos del siglo XX, Ginebra era un lugar habitual de reunión para los revolucionarios y conspiradores europeos, del mismo modo que ahora es uno de los puntos de encuentro de los mafiosos del nuevo orden económico mundial. Y, de forma más permanente, alberga a la Cruz Roja Internacional, a Naciones Unidas, a la Organización Internacional del Trabajo, a la Organización Mundial de la Salud y al Concilio Ecuménico de Iglesias. El 40% de la población es extranjera. Veinticinco mil personas viven y trabajan allí sin papeles. En la ONU, unos 24 hombres trabajan a jornada completa simplemente para llevar archivos y cartas de un departamento a otro.

Aunque es descendiente directa de Calvino, nada de lo que oye o ve la sorprende. Nada le tienta tampoco, o por lo menos nada que sea obvio. Su pasión secreta (porque naturalmente tiene una) está bien oculta y sólo unos pocos la han percibido, entre ellos Jorge Luis Borges que, en 1955, cuando estaba casi ciego, fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.

En el extremo sur de Ginebra, muy cerca del Ródano en su flujo de salida del lago, hay unas cuantas calles rectas, más bien cortas y estrechas, con edificios de cuatro pisos, construidos originalmente en el siglo XIX como apartamentos residenciales. Algunos se convirtieron más tarde en oficinas, otros siguen siendo utilizados como viviendas.


Calles archivo

Estas calles parecen pasillos que corrieran entre gigantescas estanterías de libros en una especie de biblioteca. Cada fila de ventanas cerradas, vista desde la calle, es la puerta de cristal a otra balda de una estantería. Las cerradas puertas delanteras de madera barnizada son los cajones cerrados de catálogos de la biblioteca. Tras las paredes de estas calles todo aguarda a ser leído. Yo las llamo las calles archivo.

No tienen nada que ver con los inmensos archivos reales de la ciudad de informes de comités, memorandos olvidados, resoluciones aprobadas, actas de un millón de reuniones, descubrimientos de investigadores desconocidos, peticiones públicas desesperadas, expedientes de alto secreto, primeros borradores de discursos con garabatos amorosos en el margen, profecías tan acertadas que tuvieron que ser enterradas, quejas sobre los intérpretes, e innumerables presupuestos anuales; todo esto está almacenado en otro sitio, en las oficinas de las organizaciones internacionales. Lo que aguarda a ser leído en las estanterías de las calles archivo es privado, sin precedentes y casi ingrávido.

La Rue de la MaÃtresse es una de esas calles. Borges vivió allí en un hotel durante los últimos seis meses de su vida. Había decidido que no quería morir en Buenos Aires, sino en Ginebra, la ciudad que, como le gustaba decir, era una de sus patrias chicas.

Setenta años antes, en el verano de 1914, cuando Borges tenía 15 años, su familia, que había venido de visita desde la Argentina, se vio atrapada en Ginebra por el estallido de la guerra, y él fue a la escuela en el Instituto Calvino. La familia vivió durante cinco años en la Rue Ferdinand Hodler, que es otra calle archivo, no muy distante de la antigua sinagoga. Si pasean por la calle, observarán sus puertas y ventanas que se envían señales unas a otras, percibirán los secretos metódicamente dispuestos que aguardan discretamente a ser develados algún día.

La pasión de Ginebra es descubrir, catalogar y comprobar lo que se ha dejado de lado. No es de extrañar que sea corta de vista. ¿Y qué le aporta su pasión secreta? ¿Qué es lo que mitiga? Satisface su curiosidad insaciable.

Ante cualquier situación, por muy escandalosa que sea, es capaz de murmurar "lo sé" y añadir después con gentileza: Siéntese ahí, veré qué puedo traerle.

Tuve un encuentro en Ginebra con mi hija Katya. Tenía que recogerla en las oficinas del periódico donde trabajaba y luego íbamos a ir a dar una vuelta en coche por los viñedos que bordean el Ródano. Era junio y hacía calor.

Tomemos antes un café en la cafetería italiana de la esquina, dijo ella.

Encontró un lugar en pleno sol. Yo me senté a la sombra. Charlamos mientras tomábamos el café, y luego ella dijo: Mira esos árboles, ahí es donde está enterrado Borges. Vamos. Hemos hablado de ello a menudo, pero nunca lo hemos hecho.

El cementerio tiene amplias praderas y árboles altos. A primera vista apenas se notan las tumbas. Un cementerio muy exclusivo llamado La Cimitière des Rois.

Los pájaros cantaban obedientemente entre el ramaje. Las tumbas son principalmente de eminentes artistas locales o de catedráticos universitarios. Emanan un cierto aire de suficiencia. Sus fantasmas, supongo, llevarán toga. Un zorzal pisaba melindroso la hierba recién cortada. Pedimos a un jardinero, que resultó ser bosnio, que nos indicase la dirección.

Por fin encontramos la tumba en un rincón alejado. Ningún adorno. Una lápida sencilla y un rectángulo de grava en el que estaba posado un cesto de mimbre que contenía tierra y un arbusto de hojas verdes pequeñas y muy oscuras que tenía bayas. Tengo que encontrar su nombre porque Borges amaba la exactitud de las listas; cuando escribía le daban la posibilidad de posarse, como un zorzal, en el lugar exacto que había elegido. Toda su vida estuvo penosa o escandalosamente perdido en política, pero jamás en la página que estaba escribiendo.

Tengo que justificar lo que me hiere
Mi fortuna o desdicha no importan
Soy un poeta.

El murió, proclamaba la lápida, el 14 de junio de 1986.

Los dos nos quedamos ahí de pie en silencio. Katya llevaba puesto un veraniego vestido estampado gris marengo y blanco. Afligido por su ceguera, él sólo habría visto un desdibujado borrón gris. Yo estaba sujetando mi casco negro en el que había metido los guantes.

El arbusto, según el jardinero bosnio, era un Buxus sempervirens. ¡Debí haberlo reconocido! En los pueblos de la Alta Saboya uno moja un ramillete de esta planta en agua bendita para rociar de bendiciones por última vez el cuerpo de un ser querido tendido en su lecho de muerte.

Cuando tenía 17 años, Borges vivió una experiencia en Ginebra que lo marcó profundamente. Sólo habló de ello mucho después con uno o dos amigos. Su padre había decidido que ya iba siendo hora de que su hijo perdiera la virginidad. En consecuencia organizó una cita para él con una prostituta. Un dormitorio en un segundo piso. Una tarde de primavera tardía. Cerca de donde vivía la familia. Quizás en la Place Bourg du Four, quizás en la Rue General Dufour. Borges pudo haber confundido los dos nombres. Yo optaría por la Rue General Dufour porque es una calle archivo. Y todas las calles archivo discurren más o menos perpendiculares al Ródano, y por ello son paralelas.

Cara a cara con la prostituta, el Borges de diecisiete años estaba paralizado por la timidez, la vergüenza y la sospecha de que su padre era cliente de la misma mujer. Su cuerpo le angustió a lo largo de su vida. Sólo se desnudaba en poemas, que, al mismo tiempo, eran sus ropas.

Siéntate ahí. Veré qué puedo traerte, dijo ella suavemente.

Quizá lo que Ginebra fue a llevarle, aquella tarde en la Rue General Dufour, cuando se percató del desasosiego de aquel hombrecito y después de haberse puesto un salto de cama sobre sus blancos hombros —el bronceado todavía no se había puesto de moda— era media página arrancada de un archivo.

Katya y yo nos acuclillamos junto a su tumba. Había un grabado en bajorrelieve de unos hombres en lo que parecía ser una especie de embarcación medieval, ¿o quizás estaban en tierra firme y era su férrea disciplina de guerreros la que les hacía permanecer tan cerca e inmutablemente juntos? Parecían muy antiguos. En la parte de atrás había otros guerreros sujetando lanzas o remos, confiados, dispuestos a cruzar cualquier terreno o aguas que tuvieran que cruzar.

Cuando Borges vino a Ginebra a morir, lo hizo acompañado de María Kodama. A principios de los años sesenta había sido una de sus alumnas que estudiaba literatura anglosajona y nórdica. Tenía la mitad de años que él. Cuando se casaron, ocho semanas antes de que él muriera, se mudaron del hotel de la Rue de la MaÃtresse a un apartamento.


Un guante olvidado

Este libro es tuyo, María Kodama. ¿Debo decirte que esta inscripción incluye los crepúsculos, el ciervo de Nara, la noche que está sola y las pobladas mañanas, las islas compartidas, mares, desiertos, y jardines, lo que pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la aguda voz del muecín, la muerte de Hawkwood, algunos libros y grabados?

Sólo podemos dar lo que nos ha sido dado. Sólo podemos dar lo que ya es de otro...

Un hombre joven con su hijo en un cochecito pasó a nuestro lado mientras Katya y yo tratábamos de ponernos de acuerdo sobre el idioma en que estaban inscritas las palabras de la estela. El niño señaló con el dedo al zorzal que estaba en la hierba y el pájaro se adelantó pavoneándose; el niño se partía de risa, seguro de que había sido él el que había hecho moverse al pájaro. Le señaló otra vez. Y otra. El pájaro voló.

Las cuatro palabras en la parte frontal resultaron estar en anglosajón. And Ne Forhtedan Na. No hay que tener miedo.

Ahora se acercaba una pareja a un banco vacío que había un poco más lejos. Titubearon un poco y después decidieron sentarse. La mujer se sentó en las rodillas del hombre, de cara a él.

Es una pena, pensé, que no trajéramos ningunas flores para dejar a los pies de la tumba. Entonces, tuve una idea: en vez de flores, le dejaría uno de los guantes de piel que tenía metidos en mi casco.

El recuerdo de una mañana.
Líneas de Virgilio y Frost.
La voz de Macedonio Fernández.
El amor o la conversación de unos pocos.
Ciertamente son talismanes, pero inútiles contra
la oscuridad que no puedo nombrar,
la oscuridad que no debo nombrar.

Comencé a dudar. ¡Simplemente parecería que se le había caído a alguien! Un ajado guante negro, caído. No significaría nada. Olvídalo. Mejor vuelve otro día con un ramo de flores.

Katya me miró interrogativamente. Asentí. Era hora de irse. Volvimos paseando lentamente hacia la entrada, sin hablar ninguno de los dos.

Cuando llegamos a la moto, desenganché el segundo casco que había traído para ella. A punto de ponerme el mío, saqué los guantes. Faltaba uno.

Volveremos, debe habérsete caído, dijo Katya, sólo nos llevará un minuto.

Le conté lo que había pasado por mi cabeza mientras estábamos de pie junto a su tumba.

¡Le infravaloraste!, replicó ella, ¡le infravaloraste!

Metí el guante que me quedaba en el bolsillo y nos fuimos en la moto. Katya se abrió la visera y, apoyando su barbilla en mi hombro, preguntó: ¿Era el de la mano derecha?

No lo sé, grité.
No me sorprendería, dijo ella.

No me cerré la visera. A veces oyes hablar en las ráfagas de aire si llevas la visera levantada. Las voces de las propias palabras, o varias palabras fundiéndose en una sola voz. Cuando dejábamos atrás el pueblo, oí a Ginebra decir con su voz habitual, evasiva, sexy: Espera un momento. Veré qué puedo traerte...

Fuente : Revista Ñ - Clarin
Sábado 21 de febrero de 2004

Borges en la ciudad de los reyes muertos



Llego a Suiza en plena tormenta de nieve. El avión se mueve y Jennifer sonríe como sonríen todas las azafatas, con clara excepción de las de Iberia. Dos mujeres de mi lado, impávidas a los sacudones, no dejan de pedir y comprar cosas: revistas, perfumes, chocolates. Yo ni grito ni pierdo la calma, soy un hombre valiente. Busco a Jennifer para que sonría. No te confundas, me digo, es mera cordialidad comercial. Pretendo ser un hombre sensato.
Cada vez que vuelo pienso en la posibilidad de que el avión se estrelle. Es algo bastante normal: según una estadística de la Boeing, un 20 por ciento de las personas desisten de embarcar en los últimos minutos. No tengo miedo, no, pero no quisiera un final así. Dicen que la muerte en un accidente aéreo es un exceso mortal. Este avión a los saltos provoca cierta discrepancia tácita con mi propio destino: yo, a diferencia de Borges, no vengo a Ginebra para morir.
Imagino ahora el avión reventado en plenos Alpes, sin sobrevivientes, con nuestros cuerpos desgarrados, en medio de la nieve. Imagino partes del joven y bello cuerpo de Jennifer entumecidas en el hielo. En mi conjetura de la tragedia no hay sobrevivientes; sólo algunas pertenencias, intactas botellitas de perfume, una revista Hola y poco más.
Pero por suerte estamos llegando vivos y a salvo. Aterrizamos en el aeropuerto de Ginebra, donde por una puerta se sale a Francia, por la otra a Suiza. Una vez en tierra firme quiero dejar de pensar en la muerte, pero rumbo a la aduana, en la fila de al lado, una joven lee Sissi, la emperatriz. Pensé que ya nadie leía esos libros y recordé que Sissi, emperatriz de Austria y reina de Hungría, también vino un día a morir a Ginebra. Una mañana de septiembre, entre el tumulto de la gente, fue acuchillada al salir de su hotel.
No es la primera vez que llego a Ginebra con la única intención de dar una vuelta por la tumba de Jorge Luis Borges, la que nunca –por una causa u otra– pude visitar. Borges no quiso ni pudo soslayar el destino de algunos hombres de su país. Morir lejos, lejos de una patria que expulsa, que escupe arriba. Y una vez muertos, perseguidos por los vivos.
La familia de Borges llegó a Europa para que su padre se curara una incipiente ceguera. De buena posición económica, aunque no rica, viajó en el mismo barco en el que las patricias familias argentinas llevaban sus propias vacas, por si en Europa no hubiera leche de la buena. Era 1914, y en Sarajevo asesinaban al archiduque Fernando y a su esposa. Los alemanes invadían Bélgica. Los Borges, ignorantes del contexto, viajaron a Ginebra y allí se quedaron atrapados por la guerra varios años. Mientras el conflicto ceñía Suiza, Borges leía Crimen y castigo de Dostoievski. Tiempo después declaró: “esa novela, que tenía por héroes a una prostituta y un asesino, me parecía mucho más pavorosa que la guerra que nos rodeaba”. Tuvo que excusarse tantas veces: “Éramos tan ignorantes en la historia universal...”
Esta ciudad cobijó al pequeño Borges y al Borges anciano. Reconoció haber sido feliz aquí, contra tantas infelicidades bonaerenses. Siempre destacó a Ginebra como un “lugar propicio a la felicidad”. “Su patria íntima”, la llamó. Aquí aprendió latín, griego, francés, alemán y la amistad. A sus amigos les enseñó a jugar truco y en el primer partido, suerte de principiante y descortesía, lo dejaron sin dinero.
La familia se instaló en un apartamento del primer piso del número 17 de la calle Malagnou, frente a la iglesia rusa (hoy esta calle se llama rue Ferdinand Hodler, en honor al pintor suizo). En su habitación, desde la que se veía la catedral de Saint-Pierre, el niño Borges atesoraba sus juguetes más preciados: libros, libros, un caleidoscopio y libros. A través del caleidoscopio las imágenes se ven duplicadas, triplicadas; es posible apreciar mundos reflejados, un pequeño universo, un universo infinito. Borges lo llamaba un aleph. ¿Su Rosebud?
Junto a las vacas de los ricos, los Borges cargaban cajones con libros argentinos: el Facundo de Sarmiento; obras de Eduardo Gutiérrez, Evaristo Carriego, Hilario Ascasubi, Leopoldo Lugones... En un francés recién aprendido leyó a Daudet, Zola, Maupassant, Hugo y Flaubert. Practicó el alemán con Meyrink, Kant y el Lyrisches Intermezzo de Heine, que lo convenció de ser poeta en su propio idioma. Esos mismos días, los rusos y los ingleses encandilaron al escritor, especialmente Thomas Carlyle, De Quincey, Chesterton. En su primer cumpleaños en Ginebra pidió de regalo una enciclopedia germánica. Jorge Luis Borges tenía quince años.
Por las calles subibajas de la Vieille Ville, un diminuto Georgie –como lo llamaba su familia–, miope y temeroso, quiso saber del sexo, pero asimiló a Schopenhauer. Su padre, secreto frecuentador de burdeles, un día preguntó a su hijo si alguna vez había estado con una mujer. Con toda la timidez del mundo, respondió que no. Le dio una dirección, un día y una hora determinada, donde debía presentarse para que se ocuparan de él. Sus peores biógrafos especulan que no hubo otro encuentro similar durante treinta años. A los 45 años, Borges no sabía cómo enfrentarse a eso que Freud y los demás llaman pulsión sexual. Se hubiera muerto ante la sonrisa de Jennifer.
Recorro las callecitas de Ginebra para perseguir el halo que desprenden los mitos. Por aquí caminó Cortázar (también siguiendo a Borges), en este lujoso hotel se hospedó Bioy Casares. Esta escuela la fundó Calvino (el College donde estudió Borges). En esta casa vivió Rousseau. Ay, argentinos, ¡qué seríamos sin los muertos!
Cruzo el Ródano, y por la zona de los periodistas, llego al cementerio de Plainpalais, el cementerio de los reyes. Mi guía de Ginebra se reduce a una guía de este cementerio. Puro necroturismo argentino, visita de tumbas; turismo posmoderno, el de cerciorarse in situ de imágenes conocidas de memoria.
Si Borges alguna vez pidió para su lápida “las dos fechas abstractas/ y el olvido”, sé que en ella, piedra gris de Punilla, hay secretos, juegos, acertijo, ironía, amor. De todo, menos el quimérico olvido. Lleva grabado su nombre y las dos fechas (1899-1986), una cruz de Camelot y, dentro de un medallón, siete guerreros vigilantes con las armas rotas. Puede leerse: “and ne forhtedon na” (algo así como “y no deberás temer” en sajón antiguo). Al reverso, están tallados dos versos de la Völsunga Saga, saga noruega del siglo XVIII: “Hann tekr sverthit Gram ok/ leggr i methal theira bert”, “Él tomo su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos”. Los versos aluden a las noches en que el héroe comparte lecho con una mujer, y para no tocarla, coloca la espada (Gram, las espadas llevaban nombre) entre ellos. Debajo de los versos, la dedicatoria “De Ulrica a Javier Otárola”. Y una nave vikinga con su vela desplegada surca la piedra. Algunos vieron un misterioso mensaje final. Los que leyeron a Borges saben que no hay tal enigma. Los versos preludian el cuento “Ulrica”, de El libro de arena (1975). El relato es aquel que dice que “no había una espada entre los dos [...] secular en la sombra, fluyó el amor”. Está dedicado a María Kodama (Ulrica), la mujer con la que se esposó ocho semanas antes de morir.
Sé de esta tumba tanto como si la hubiera visto. Sé la refinada disposición del cementerio y los caminos que me llevan al sepulcro del escritor. Leí cientos de veces cómo llegar a la número 735, entre las de Calvino y Kipling.
Cuando llego, veo por la puerta tumbas y tumbas.
Pero de lejos no se ve nada.
El cementerio está cerrado por vacaciones.
Subo al sosegado tranvía ginebrino y a mi lado una mujer me sonríe. Se llama Popó, me dice en el suave francés de los suizos. Se refiere a su mascota, una rata blanca que lleva en el hombro bajo el abrigo. La rata va y viene y cuando asoma por su cuello, la mujer la besa, y me sonríe. Sonrío por las dudas, pero me bajo y me detengo en la costa del Ródano. El frío azota la ciudad de los reyes muertos. Miro el río esperando encontrar un reflejo, y sólo encuentro las luces de un banco árabe.

Fuente : Letras Libres - Mexico
Gastón García
Mayo 2010

miércoles, 23 de febrero de 2011

Borges en La Botica del Angel


La Botica del Ángel fue un original ámbito artístico porteño creado por el modisto y escenográfo Eduardo Bergara Leumann en 1966 en el Barrio de San Telmo de Buenos Aires, Argentina por el que pasaron y se iniciaron figuras del medio artístico argentino de relevancia nacional e internacional.

Nació como espacio teatral alternativo y de exposiciones en el año 1966, por iniciativa de su mentor y promotor Eduardo Bergara Leumann en una sastreria teatral de la calle Lima 670. Rápidamente se impuso como un centro alternativo de vanguardia al mismo tiempo que el legendario Instituto Di Tella.




Según el crítico teatral Emilio Stevanovich sus características hacia 1966 eran las siguientes:
La Botica era un espectáculo divertido, cultural pero sobre todo libre y sorprendente. No había estrenos por lo tanto no existía el trac del debut de los debutantes. Al llegar el público se lo saludaba y los mismos artistas lo acomodaban, así se aflojaban mutuamente para lo que sería la «aventura» teatral de la Botica. A los espectadores se les entregaba al entrar una jarra de vino, rosquitas y una palangana para aseo personal. Bergara abría las carteras como recurso para establecer diálogo o para un gag, ya que en la Botica no había libreto, ni rutina, todo surgía del Ángel creando en el momento del encuentro.El espectáculo se cambiaba sin aviso. El público volvía varias veces y traía amigos, para disfrutar de la transformación al participar. Muchas noches no se sabía si pedir autógrafos en el escenario o en la platea. No había un gran final. A medida que los espectadores, casi todos participantes en el espectáculo, salían, el elenco en doble fila, los despedía personalmente. Los espectadores más rígidos y estructurados que habían participado bailando o actuando, eran los más agradecidos al salir, se habían sentido libres y protagonistas durante la noche.




La primera Botica cerró sus puertas debido a las obras de ensanche de la Avenida 9 de Julio, para dar paso a una segunda - el Templo del Ángel -en la calle Luis Sáenz Peña 541 de mayor envergadura, en un templo abandonado que Bergara Leumann redecoró.

En año 2002 Bergara Leumann decia al diario La Nacion :

"Es fantástico no saber qué vas a hacer al otro día y crearte un mañana, el tema es que no te lo jodan. Antes era distinto. Porque no estaba esa raza de intermediarios, gestores, representantes, manager. Antes nosotros nos arreglábamos cada uno, no había estrenos armados. El tema es que era un tiempo diferente donde había una interrelación con todos los artistas. Estaba Berni haciéndole un traje a la Tana Rinaldi, o Manucho escribía un texto, o estrenábamos milongas de Borges, o Silvina Ocampo te escribía una frase en la pared que decía; `el tango es alegrarse de estar triste´, o estrenábamos obras de gente prohibida como Gorostiza. Ese fue el mérito, haber generado todo eso, de trabajar en lo que quise y de haber cumplido 70 y no darme cuenta".



Hoy es un museo del barrio de Montserrat, integra los sitios de interés cultural de la ciudad de Buenos Aires como ámbito especializado en los años sesenta, posee 33 ambientes con diversos escenarios. Depende de la Universidad del Salvador.






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viernes, 21 de enero de 2011

Laberinto Borgeano en la Finca Los Alamos


La historia del laberinto que crece en la Finca Los Alamos en San Rafael Mendoza, nació en 1958, cuando el joven diplomático Randoll Coate visitó Los Álamos y compartió su pasión por Borges con Susana Bombal, dueña y moradora de la estancia de 1830. Pasaron los años y Randoll se convirtió en un famosísimo diseñador de laberintos, al tiempo que tuvo un sueño compartido con Susana: un laberinto especial y único.

Con los años, Coate lo diseñó y se lo donó a María Kodama, quien junto a Camilo Aldao pensaron ubicarlo en Buenos Aires. Pero trabas burocráticas hicieron que en 2003 el lugar final fuera este sitio de San Rafael donde, como Borges, escritores y pintores argentinos y extranjeros solían venir de veraneo.

Coate está considerado el mejor diseñador del mundo en laberintos simbólicos. Su innovación en este campo se refiere a la superposición de símbolos sobre un mismo diseño, de manera que sus creaciones exhiben perspectivas muy disímiles de acuerdo con el ángulo de visión. En 1986 expuso en el Centre Pompidou de París el diseño del laberinto en homenaje a Borges.




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