Mostrando entradas con la etiqueta Borges Colecciones Dirigidas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Borges Colecciones Dirigidas. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de agosto de 2024

75 libros de la colección Biblioteca personal Jorge Luis Borges


 

Ricardo Carrión

 

75 libros que seleccionó Jorge Luis Borges para que la editorial Hyspamérica publicara la colección Biblioteca Personal.

 

Fe de erratas: En una parte del vídeo digo que Kierkegaard es un autor francés, pero en realidad es Danés. Entre tanto libro a veces se me cruzan los cables jeje. Lo siento.

Fuente: You Tube

https://www.youtube.com/watch?v=5wu8pYDF0gE

domingo, 9 de julio de 2023

La lista de Borges: los 75 libros que para el máximo escritor argentino no podían faltar en la biblioteca

 

A mediados de los 80 la editorial Hyspamérica le hizo una propuesta al autor de “Ficciones”: seleccionar 100 libros indispensables y escribir un prólogo para cada uno. Su muerte dejó el proyecto sin terminar, pero la colección fue editada y se convirtió en objeto de culto. No incluyó a ninguna mujer.

 

Por Alejo Santander

12 Jun, 2023

 

“Si un libro les aburre, déjenlo. No lo lean porque es famoso, no lo lean porque es moderno, no lo lean porque es antiguo. (…) Si un libro es tedioso para ustedes déjenlo, ese libro no ha sido escrito para ustedes. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad”, dijo Jorge Luis Borges en 1978, sentado al centro de un set montado en la Biblioteca Nacional, frente a la cámara y los reflectores del director argentino Ricardo Wullicher que filmaba Borges para millones.

 

Para Borges la pregunta sobre “¿qué leer?” no era un tema menor. Lo decía de muchas formas y cada vez que tenía la oportunidad. “Que otros se enorgullezcan de lo que han escrito, yo me enorgullezco de lo que he leído”. Quizás por eso a mediados de los ‘80, la editorial Hyspamerica le hizo una propuesta que no pudo rechazar: seleccionar 100 libros indispensables y escribir un prólogo para cada uno. Una biblioteca ideal, suya, la “Biblioteca Personal Jorge Luis Borges”.

 

Su muerte en 1986 hizo que esa “biblioteca de preferencias”, como él la llamó, quedara inconclusa. Son varios los libreros de usados de avenida Corrientes o Parque Rivadavia que dudan, no se ponen de acuerdo o simplemente no saben la cantidad de obras que llegaron a publicarse. Sin embargo, una nota de EL EDITOR en el volumen número 72 de la colección, Saga de Egil Skallagrimsson del islandés Snorri Sturluson, guarda la respuesta.

Te puede interesar: ¿Es difícil leer a Borges? Publican el diccionario definitivo para entender al mayor escritor argentino

 

En la lista de Borges hay sólo seis escritores latinoamericanos, de los cuales cuatro son argentinos. Estos últimos, en orden de aparición: Julio Cortázar (Cuentos), Leopoldo Lugones (El imperio jesuítico), Manuel Mujica Lainez (Los ídolos) y Ezequiel Martínez Estrada (Obra poética).

 

Una curiosidad: de los 66 escritores que aparecen en la lista de 75 obras (algunos volúmenes son dobles), los tres más jóvenes pertenecen al hemisferio sur de la biblioteca borgeana. Se trata de los mexicanos Juan José Arreola (nacido en 1918), Juan Rulfo (nacido en 1917), y Julio Cortázar (nacido en 1914). Del resto de la lista sólo el italiano Dino Buzatti, nacido en Belluno en 1906, es menor que el escritor de El Aleph.

La nota del editor en el volumen número 72 de la Biblioteca Jorge Luis Borges.

La nota del editor en el volumen número 72 de la Biblioteca Jorge Luis Borges.

 

Sobre Cortázar dijo Borges durante una charla con el periodista Antonio Carrizo en una entrevista televisiva en 1984 para Canal 11: “Los cuentos de él me han parecido excelentes, pero en cuanto a las novelas; yo no soy lector de novelas”. Los Cuentos de Julio Cortázar son el primero de los libros de la “Biblioteca Personal Jorge Luis Borges” y “Casa tomada”, el que abre la colección de Hyspamerica.

Así prologó Borges los “Cuentos” de Cortázar

 

Hacia mil novecientos cuarenta y tantos, yo era secretario de redacción de una revista literaria, más o menos secreta. Una tarde, una tarde como las otras, un muchacho muy alto, cuyos rasgos no puedo recobrar, me trajo un cuento manuscrito. Le dije que volviera a los diez días y que le daría mi parecer. Volvió a la semana. Le dije que su cuento me gustaba y que ya había sido entregado a la imprenta. Poco después, Julio Cortázar leyó en letras de molde “Casa Tomada” con dos ilustraciones a lápiz de Norah Borges. Pasaron los años y me confió una noche, en París, que ésa había sido su primera publicación. Me honra haber sido su instrumento.

 

El tema de aquel cuento es la ocupación gradual de una casa por una invisible presencia. En ulteriores piezas Julio Cortázar lo retomaría de un modo más indirecto y por ende más eficaz.

Según Borges cuatro veces se cruzó con Cortázar. En el prólogo a sus cuentos, recuerda dos de esos encuentros.

Según Borges cuatro veces se cruzó con Cortázar. En el prólogo a sus cuentos, recuerda dos de esos encuentros.

 

Cuando Dante Gabriel Rossetti leyó la novela Cumbres Borrascosas le escribió a un amigo: «La acción transcurre en el infierno, pero los lugares, no sé por qué, tienen nombres ingleses». Algo análogo pasa con la obra de Cortázar. Los personajes de la fábula son deliberadamente triviales. Los rige una rutina de casuales amores y de casuales discordias. Se mueven entre cosas triviales: marcas de cigarrillo, vidrieras, mostradores, whisky, farmacias, aeropuertos y andenes. Se resignan a los periódicos y a la radio.

 

La topografía corresponde a Buenos Aires o a París y podemos creer al principio que se trata de meras crónicas. Poco a poco sentimos que no es así. Muy sutilmente el narrador nos ha atraído a su terrible mundo, en que la dicha es imposible. Es un mundo poroso, en el que se entretejen los seres; la conciencia de un hombre puede entrar en la de un animal o la de un animal en un hombre. También se juega con la materia de la que estamos hechos, el tiempo. En algunos relatos fluyen y se confunden dos series temporales.

 

El estilo no parece cuidado, pero cada palabra ha sido elegida. Nadie puede contar el argumento de un texto de Cortázar; cada texto consta de determinadas palabras en un determinado orden. Si tratamos de resumirlo verificamos que algo precioso se ha perdido.

Te puede interesar: ¿Qué futuro imaginaba Borges? Uno sin gobiernos y con los políticos buscando “oficios honestos”

Una selección sin mujeres

 

Entre los 66 autores que Borges llegó a seleccionar no hay mujeres. Sin embargo no fueron pocas las escritoras con las que tuvo relación e incluso colaboró a lo largo de su vida. Acompañado por mujeres Borges fue parte de distintos proyectos creativos, como la Revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo, encaró trabajos conjuntos con Alicia Jurado, María Esther Vázquez, o Mercedes Levinson.

 

De una serie de entrevistas radiales que a los 84 años Borges le concedió al periodista y profesor Osvaldo Ferrari, recopiladas en la serie de libros Diálogos (Sudamericana, 1985 a1992), surge una referencia suya a la que para él era la mejor escritora argentina contemporánea. Se trata de Silvina Ocampo, hermana de Victoria y esposa de su gran amigo, Adolfo Bioy Casares. Dice Borges:

 

—Yo estuve en… creo que se llama Exaltación de la Cruz, y a mí me pidieron que nombrara al mejor escritor argentino contemporáneo, y cuando yo hablé de Silvina Ocampo, comprendí que ese nombre no significaba nada. Se quedaron oyendo, y después alguien supuso que era una equivocación, que yo había querido decir Victoria Ocampo y me había equivocado de nombre. Tuve que explicarle que no, pero, en fin, ese nombre parece que no ha adquirido el eco, la resonancia y el ámbito que merece.

El artículo publicado por El Mercurio de Chile, donde Borges habla de la que para él era la mejor escritora argentina contemporánea: Silvina Ocampo.

El artículo publicado por El Mercurio de Chile, donde Borges habla de la que para él era la mejor escritora argentina contemporánea: Silvina Ocampo.

 

En abril de 1986, apenas dos meses antes de su muerte, Borges publicaba en el diario El País de España un artículo titulado “La prosa de Silvina Ocampo”, que ese mismo año sería replicado por El Mercurio de Chile. Allí, entre otras cosas, decía: “De las palabras que podrían definirla, la más precisa, creo, es genial”. Y en el primer párrafo, describía:

 

“Como el Dios del primer versículo de la Biblia, cada escritor crea un mundo. Esa creación, a diferencia de la divina, no es ex nihilo; surge de la memoria, del olvido que es parte de la memoria, de la literatura anterior, de los hábitos de un lenguaje y, esencialmente, de la imaginación y de la pasión. Kafka es creador de un orbe eleático de infinitas postergaciones; James Joyce, de un orbe de hechos ínfimos y de líneas espléndidas; Silvina Ocampo nos propone una realidad en la que conviven lo quimérico y lo casero, la crueldad minuciosa de los niños y la recatada ternura, la hamaca paraguaya de una quinta y la mitología.

 

Ayudado por la miopía gradual y ahora por la ceguera, vivo entre tentativas de soñar y de razonar; la mente de Silvina recorre con delicado rigor los cinco jardines del Adone, consagrado cada uno a un sentido. Le importan los colores, los matices, las formas, lo convexo, lo cóncavo, los metales, lo áspero, lo pulido, lo opaco, lo traslúcido, las piedras, las plantas, los animales, el sabor peculiar de cada hora y de cada estación, la música, la no menos misteriosa poesía y el peso de las almas, de que habla Hugo”.

Te puede interesar: Silvina Ocampo y Agatha Christie, las únicas mujeres que aparecen en la antología de los mejores cuentos policiales

 

Borges compara a Ocampo con Kafka y con Joyce, que sí estuvieron en su selección. A pesar de estas y otras declaraciones, la menor de las Ocampo no figura en su lista inconclusa.

El Borges lector

 

“Yo no tengo ningún libro mío en casa. No, porque yo cuido mucho mi biblioteca. ¡Cómo voy a codearme yo con Conrad o con Platón! Sería ridículo.”. El que habla, de nuevo, es Borges. El pasaje es del libro de Blas Alberti Conversaciones de Alicia Moreau de Justo y Jorge Luis Borges (Ed. del mar dulce,1985).

 

En la frase se desdobla, como en “Borges y yo” (Emecé, 1960), el cuento donde el narrador habla de la existencia de dos Borges, uno público y uno íntimo, aunque en este mano a mano con Alberti es un Borges lector el que considera que el Borges escritor no está a la altura de su propia biblioteca. Y es que el Borges lector era implacable.

 

Cada entrevista que le hicieron implicó un viaje a citas, obras y conceptos de otros. Es así que casi naturalmente, se volvió referente a partir de lo obvio, su escritura, pero también de lo que se ocupaba de hacer evidente, sus lecturas. Autores que traía a las charlas y que muchas veces, terminaban respondiendo por él a las preguntas.

 

No le temblaba la voz para decirle a quien se lo preguntara que no le gustaban Horacio Quiroga, Gabriela Mistral o Pablo Neruda. Pero tampoco le faltaban las palabras para hablar de los escritores que admiraba: Bernard Shaw, Whitman o Stevenson.

 

Una de las pocas cosas que sabemos con certeza que comparten los protagonistas de “Borges y yo”,los dos Borges, el público y el privado, es el gusto por “la prosa de Stevenson”:

 

“Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor” (Fragmento, “Borges y yo”).

 

De la serie de entrevistas radiales con Osvaldo Ferrari, se rescata esta escena:

 

—…Sí, creo que le conté que uno de los hechos más gratos de mi vida —que me ocurrió hace poco— fue cuando me crucé con un muchacho, en la calle, y él me dijo: “Quiero agradecerle algo, Borges”. “¿Qué?”, le pregunté yo, y él me dijo: “Usted me ha hecho conocer a Robert Louis Stevenson”. Y yo pensé: en ese caso, me siento justificado. No sé cómo se llama, no sé nada de él, además; porque aquello fue tan perfecto que para qué agregar nombres propios.

Te puede interesar: Borges en la Feria del Libro: un aniversario como excusa de una declaración política

 

El Borges lector se vuelve interesante, incluso, a destiempo. Dos empleados de la Biblioteca Nacional, Germán Álvarez y Laura Rosato, pasaron catorce años recolectando los libros que, con anotaciones suyas, dejó mezclados entre los estantes del edificio de calle México, durante el tiempo que dirigió la institución, entre 1955 y 1973. Esa búsqueda se convirtió en un libro: Borges, libros y lecturas (Biblioteca Nacional, 2010).

 

En todo caso tampoco es casual que desde el 2012 y tras la aprobación de la ley nacional 26.754, en Argentina, cada 24 de agosto, el día del cumpleaños de Jorge Luis Borges, se festeje el Día del Lector.

Un antecedente: La biblioteca de Babel

 

Antes de que Borges emprendiera el proyecto de su “Blioteca Personal”, que implicaba la elección de 100 títulos indispensables y la escritura de 100 prólogos inéditos, eligió libros y escribió introducciones para una colección breve. Se trata de “La biblioteca de Babel”, que contó con apenas 33 títulos.

 

Detrás de esa primera colección, que toma el nombre de un relato del propio Borges, publicado en Ficciones (1944), estuvo el editor italiano Franco María Ricci. Se conocieron a mediados de los ‘70, recuerda la mujer que los presentó, María Esther Vázquez, escritora, colaboradora y biógrafa de Borges.

La portada de la edición de Alianza con los prólogos de Borges a la Biblioteca de Babel.

La portada de la edición de Alianza con los prólogos de Borges a la Biblioteca de Babel.

 

Según Vázquez, Ricci llegó a Buenos Aires con el único propósito de conocer al Aleph, pero también con dos propuestas para hacerle: pedirle permiso para editar su cuento “El Congreso”, que había quedado fuera de sus Obras completas (Emecé, 1974) y pedirle que dirigiera una colección de literatura fantástica, “La biblioteca de Babel”. Borges aceptó las dos.

 

“La Biblioteca de Babel” fue publicada originalmente en italiano entre los años 1975 y 1981, con una versión reducida de apenas 6 títulos traducidos al castellano, editados en Buenos Aires por Librería La Ciudad / F.M. Ricci. Desde 1983 sería la editorial española Siruela la que publicaría los 33 volúmenes en español que incluirían, entre otros autores, a Meyrink, Papini o Melville.

 

Todas las portadas llevan bajo sus encabezados la misma inscripción, la misma garantía para el lector, el mismo “gancho editorial” y el prestigio que buscaba Ricci para su selección: “Colección de libros fantásticos dirigida por Jorge Luis Borges”.

Te puede interesar: ¿Borges escribía para compensar que Argentina tiene “menos historia” que otros países? La audaz hipótesis de su traductor al bengalí

 

Los volúmenes de Siruela respetan tanto en la tapa como en las páginas interiores el diseño original de Ricci. También el tipo de papel y la encuadernación originales. Esa estética, la misma con la que se publicó en Francia, Turquía, Japón, Alemania y Portugal, es considerada de culto. La marca registrada del editor italiano, un homenaje suyo al impresor y tipógrafo Giambattista Bodoni (1749-1813).

Los 33 títulos de “La biblioteca de Babel”

 

01. Las muertes concéntricas, de Jack London.

 

02. Veinticinco agosto 1983 y otros cuentos, volumen de varios autores en honor a Borges.

 

03. El cardenal Napellus, de Gustav Meyrink.

 

04. Cuentos descorteses, de León Bloy.

 

05. El espejo que huye, de Giovanni Papini.

 

06. El crimen de Lord Arthur Saville, de Oscar Wilde.

 

07. El convidado de las últimas fiestas, de Villiers de l’Isle-Adam.

 

08. El amigo de la muerte, de Pedro Antonio de Alarcón.

 

09. Bartleby, el escribiente, de Herman Melville.

 

10. Vathek, de William Beckford.

Jorge Luis Borges, siempre rodeado de libros.

Jorge Luis Borges, siempre rodeado de libros.

 

11. La puerta en el muro, de H. G. Wells.

 

12. El invitado tigre, de Pu Songling.

 

13. La pirámide de fuego, de Arthur Machen.

 

14. La isla de las voces, de R. L. Stevenson.

 

15. El Ojo de Apolo, de G. K. Chesterton (selección: “Los tres jinetes del Apocalipsis”, “Extraños pasos”, “El honor de Israel Gow”, “El ojo de Apolo” y “El duelo del doctor Hirsch”).

 

16. El diablo enamorado, de Jacques Cazotte.

 

17. El buitre, de Franz Kafka.

 

18. La carta robada, de Edgar Allan Poe.

 

19. La estatua de sal, de Leopoldo Lugones.

 

20. La casa de los deseos, de Rudyard Kipling.

 

21. Las mil y una noches, según Antoine Galland.

 

22. Las mil y una noches, según Richard Burton.

 

23. Los amigos de los amigos, de Henry James.

 

24. Micromegas, de Voltaire.

 

25. Relatos científicos, de Charles Hinton.

 

26. El gran rostro de piedra, de Nathaniel Hawthorne.

 

27. El país del Yann, de Lord Dunsany.

 

28. La reticencia de Lady Anne, de Saki.

 

29. Cuentos rusos, de Fiódor Dostoyevski, León Tolstói y Leonid Andréiev.

 

30. Cuentos argentinos, de varios autores.

 

31. Nuevos cuentos de Bustos Domecq, de Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges.

 

32. Libro de sueños.

 

33. Borges A-Z, Borges y Antonio Fernández Ferrer (1988).

La “Biblioteca Personal Jorge Luis Borges”

 

En el prólogo a la edición de 75 libros de Hyspamerica, Borges, anticipa:

 

“No elegiré los títulos en función de mis hábitos literarios, de una determinada tradición, de una determinada escuela, de tal país o de tal época. Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer, dije alguna vez. No sé si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector”.

Te puede interesar: Todo lo que hay que saber sobre Borges en un solo libro: de sus obsesiones e influencias a su supuesta homofobia

 

Las obras son diversas en géneros y banderas. Si es por cantidad de escritores de una misma nación, encabezan la lista 15 británicos, entre ellos G.K. Chesterton, Wilkie Collins, H.G. Wells o Alexander Gunn. Les siguen ocho franceses, entre otros, André Gide, Gustave Flaubert o Marcel Schwob.

 

La estadística es previsible en su biografía. Se crió en un hogar bilingüe en el que se hablaban el inglés y el castellano. En 1914, por la Primera Guerra Mundial, su familia quedó varada en Ginebra, Suiza, donde predominaba el francés. Son los idiomas de la mayoría de las obras de la lista. A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos.

 

Los prólogos, de la colección “Biblioteca Personal Jorge Luis Borges” y también los que escribió para “La biblioteca de Babel”, fueron publicados por la editorial Alianza en dos tomos que recopilan esas introducciones.

El sello distintivo de la edición de Hyspamerica, con las letras y el perfil de Borges en dorado.

El sello distintivo de la edición de Hyspamerica, con las letras y el perfil de Borges en dorado.

 

Es imposible no descubrir al Borges lector. No sólo a partir de los autores a los que citaba y a los que acudía, sino también, sin nombres propios. En un pasaje del documental de Wullicher Borges para millones (1978) se anima incluso a aconsejarles a hipotéticos lectores: “… que leyeran mucho. Que no se dejaran asustar por la reputación de los autores. Que leyeran buscando la felicidad personal. Un goce personal. Es el único modo de leer”.

 

Inconclusa, la lista de Hyspamérica deja abierta la entrada a un nuevo laberinto borgeano. Ahora cualquiera podrá entrar en él y jugar, sin equivocarse, a pensar en los nombres que le faltaron a Borges. En los caminos que pudo haber tomado. En todo caso, sólo serán falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.

Los 75 títulos de la Biblioteca Personal Jorge Luis Borges

 

01. Cuentos - Julio Cortázar

 

02. Los evangelios apócrifos I

 

03. Los evangelios apócrifos II

 

04. América. Relatos breves - Franz Kafka

 

05. La cruz azul y otros cuentos - G.K. Chesterton

 

06. La piedra lunar I - Wilkie Collins

 

07. La piedra lunar II - Wilkie Collins

 

08. La inteligencia de las flores - Maurice Maeterlinck

 

09. El desierto de los tártaros - Dino Buzzati

 

10. Peer Gynt. Hedda Gabler - Henrik Ibsen

 

11. El Mandarín - Eça de Queirós

 

12. El imperio jesuítico - Leopoldo Lugones

 

13. Los monederos falsos - André Gide

 

14. La máquina del tiempo y El hombre invisible - H.G. Wells

 

15. Los mitos griegos - Robert Graves

 

16. Los demonios I - Fiódor Dostoievsky

 

17. Los demonios II - Fiódor Dostoievsky

 

18. Matemáticas e imaginación - Edward Kasner

 

19. El gran dios Brown, Extraño interludio y El luto le sienta a Electra - Eugene O’Neill

 

20. Los cuentos de Ise - Ariwara no Narihara

Borges, el máximo escritor argentino y tal vez el lector más erudito también.

Borges, el máximo escritor argentino y tal vez el lector más erudito también.

 

21. Benito Cereno, Billy Budd y Bartleby, el escribiente - Herman Melville

 

22. Lo trágico cotidiano, El piloto ciego y Palabras y sangre - Giovanni Papini

 

23. Los Tres Impostores - Arthur Machen

 

24. Cantar de los cantares y Exposición - l Libro - Job I - Fray Luis de León

 

25. Cantar de los cantares y Exposición - l Libro - Job II - Fray Luis de León

 

26. El corazón de las tinieblas y Con la soga al cuello - Joseph Conrad

 

27. Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano - Edward Gibbon

 

28. Ensayos y diálogos - Oscar Wilde

 

29. Un bárbaro en Asia - Henri Michaux

 

30. El juego de los abalorios - Hermann Hesse

 

31. Enterrado en vida - Enoch A. Bennett

 

32. Historia de los animales - Claudio Eliano

 

33. Teoría de la clase ociosa - Thorstein Veblen

 

34. Las tentaciones de San Antonio - Gustave Flaubert

 

35. La descripción del mundo - Marco Polo

 

36. Vidas imaginarias - Marcel Schwob

 

37. César y Cleopatra, La comandante y Bárbara Cándida - George Bernard Shaw

 

38. La hora de todos y la fortuna con seso y Marco Bruto - Francisco de Quevedo

 

39. Los rojos Redmayne - Eden Phillpotts

 

40. Temor y temblor - Sören Kierkegaard

 

41. El Golem - Gustav Meyrink

 

42. La lección del maestro, La vida privada y La figura en la alfombra - Henry James

 

43. Los nueve libros de la historia I - Heródoto

 

44. Los nueve libros de la historia II - Heródoto

 

45. Pedro Páramo - Juan Rulfo

 

46. Relatos - Rudyard Kipling

 

47. Vathek - William Beckford

 

48. Las venturas y desventuras de la famosa Moll Flanders - Daniel Defoe

 

49. El secreto profesional y otros textos - Jean Cocteau

 

50. Los últimos días de Emmanuel Kant y otros escritos - Thomas de Quincey

 

51. Prólogo a la obra de Silverio Lanza - Ramón Gómez de la Serna

 

52. Las mil y una noches - Antoine Galland

 

53. Las nuevas noches árabes y Markheim - Robert Louis Stevenson

 

54. La salvación por los judíos - León Bloy

 

55. Gilgamesh - Bhagavad-Gita

 

56. Cuentos fantásticos - Juan José Arreola

 

57. De dama a zorro. Un hombre en el zoológico y La vuelta del marinero - David Garnett

 

58. Los Viajes - Gulliver - Jonathan Swift

 

59. Crítica literaria - Paul Groussac

Te puede interesar: Borges pensó qué sería de sus cosas cuando muriera y lo dijo en un poema

 

60. Los ídolos - Manuel Mujica Lainez

 

61. Libro de Buen Amor - Juan Ruiz

 

62. Poesía completa - William Blake

 

63. En la plaza oscura - Hugh Walpole

 

64. Obra poética - Ezequiel Martinez Estrada

 

65. Cuentos - Edgar Allan Poe

 

66. La Eneida - Publio Virgilio Maron

 

67. Cuentos - Voltaire

 

68. Un experimento con el tiempo - J. W. Dunne

 

69. Ensayo sobre Orlando Furioso - Attilio Momigliano

 

70. Las variedades de la experiencia religiosa I - William James

 

71. Las variedades de la experiencia religiosa II - William James

 

72. Saga de Egil Skallagrimsson - Snorri Sturluson

 

73. El libro de los muertos

 

74. El problema del tiempo I - J. Alexander Gunn

 

75. El problema del tiempo II - J. Alexander Gunn

 

Fuente: Infobae

https://www.infobae.com/leamos/2023/06/11/la-lista-de-borges-los-75-libros-que-para-el-maximo-escritor-argentino-no-podian-faltar-en-la-biblioteca/

 

sábado, 20 de julio de 2019

JORGE LUIS BORGES: EDITOR DE INFINITOS


Entre 1983 y 1985, Jorge Luis Borges lanzó las colecciones Biblioteca de Babel y Biblioteca Personal, 110 volúmenes cuya selección, que incluye autores como Wilde, Kafka, Poe, Chesterton, Quevedo, Rulfo y Cortázar, trazó una guía de lectura imprescindible y abrió, de paso, un camino para entender el universo borgeano, siempre regido por los libros. Aquí, Adolfo Castañón delinea la otra cara de Borges: el editor.

Adolfo Castañón

A los setenta y cinco años de edad mi padre murió el 11 de julio de 1991; eran las 10:30 de la mañana, y se iniciaba un eclipse total de sol. Yo estaba solo en la casa y, después de comprobar su muerte, salí al jardín, enmudecido, casi paralizado por el estupor. Vi cómo las sombras caían sobre las sombras y la luz turbia del eclipse les infundía una ondulante vitalidad.

Mientras las veía sin ver, volvieron a mi memoria las últimas palabras de aquel hombre que se había resignado a ser abogado y profesor de derecho Constitucional pero a quien en realidad sólo le interesaba leer y releer, adquirir libros, acomodarlos, subrayarlos, regalarlos, compartirlos. Las palabras finales de ese lector que se llamaba como el de la voz —Jesús Castañón— expresaron el deseo de oír un cuento pues ya no podía leer. Le propuse varias opciones. Él recordó que yo había hecho grabar para un programa de radio educativa el cuento de Jorge Luis Borges titulado “El jardín de senderos que se bifurcan”, y me pidió que pusiera aquella edición doméstica. Así lo hice. El cuento en cuestión no es corto y al ver a mi padre recostado, respirando casi inmóvil, pensé que se había dormido. Al concluir la cinta, me acerqué. “¿Ya te dormiste?”, le dije. Me contestó que no, que había oído completo el relato casi inverosímil que por cierto leyó varias veces en su vida. No llegué a terminar de preguntarle al anciano que moriría quince horas después qué le había parecido la historia de un muerto que regresa del trasmundo. Cuando lo oí decir las últimas palabras que salieron de su voz ronca y apagada: —“Tiene razón Borges. En un mundo, yo moriré mañana; en otro ni siquiera habré nacido; en otro más moriré antes de cumplir veinte años; en otro yo no seré tu padre sino tu hijo…”. Me asombró su lucidez y me sigue maravillando su declaración, que atesoro como testamento difícil de traicionar, y que hoy digo en público, después de tres lustros, para intentar encaminarme, bajo los auspicios de mi padre y del propio Jorge Luis Borges, hacia el tema que nos convoca.

Esas palabras terminales han sido una especie de iniciación, un dictado ritual que no he dejado de repetirme desde que salí al jardín de aquella casa a ver cómo la luz indócil del eclipse despertaba de su letargo al animal pululante de las sombras.

En un mundo paralelo, no tan remoto, Jorge Luis Borges no es el nombre de un poeta sino de un editor. Borges, poeta-editor.

En la casa evocada líneas atrás, la biblioteca estaba animada por los libros de la serie El Séptimo Círculo. John Dickson Carr, Elisabeth Eastman, Eden Phillpoots, Dorothy Sayers, Leo Perutz eran presencias asiduas en el ámbito donde los padres intercambiaban lecturas como si fuesen besos. Algunas de esas letras compartidas se filtraban, vueltas a contar, hacia los hijos —mi hermana y yo—. El Maestro del Juicio Final —título de la novela del escritor nacido en Praga, Leo Perutz— fue una de las fórmulas cabalísticas que poblaron nuestra infancia. El lema “El séptimo círculo” recorría el aire de la casa mucho antes de que aprendiéramos a leer y escondía bajo su sombra dantesca la inocente travesura de identificar las buenas letras entre las letras más comerciales. Tardamos años en comprender el significado de las tres palabras, y por supuesto leímos novelas policiacas antes de conocer a Dante. El nombre de Jorge Luis Borges junto con el de Adolfo Bioy Casares, empezó a aflorar por las paredes de la casa como co-director de la serie editada por el sello Emecé, es decir como editor, mucho antes de que yo fuese consciente de su realidad como poeta y escritor. Al volver los ojos de la mente hacia adentro y hacia atrás, debo admitir que ese no fue el único caso y antes de “descubrir” a Borges, yo, mi hermana, mis escasos amigos ya habíamos sido descubiertos por la Antología de la literatura fantástica preparada por él, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. (Llamarme, además de Jesús, Adolfo, me hizo sentir algo próximo de aquellos legendarios amigos.)

Ya habíamos sido tocados por El libro del cielo y el infierno, preparado por ellos al alimón —voz de origen taurino—. Cuando empecé a leer mejor y por así decir con una intención didáctica, es decir, discipular, los libros Borges no eran escasos. De un lado estaban los escritos por él —Ficciones, El Aleph, La moneda de hierro, La rosa profunda, para citar algunos; del otro, los volúmenes que él había editado y firmado —por razones que entonces se me hacían un poco difusas— en colaboración con otros autores y sobre todo con otras autoras: Antiguas literaturas germánicas, Qué es el budismo, El Martín Fierro, Seis problemas para don Isidro Parodi…

Instintivamente yo sabía que esos libros en colaboración traían a Jorge Luis Borges —y algo más: “la amistad genial, la convivencia…”—. Esos libros numerosos realzan la insondable maravilla de su universo literario y editorial.


Entre los años 1983 y 1985, el poeta-editor lanzó dos colecciones paralelas: la Biblioteca de Babel, editada por Franco María Ricci y la Biblioteca Personal, elegida en colaboración con María Kodama y coordinada para el sello Hyspamérica por Jorge Lebedev. Ambas series representan la culminación de Borges como editor. Desde luego, no son iguales. Comparten algunos autores, y tienen en común una estética, una idea del arte, del quehacer poético, narrativo y literario. En ellas, desemboca la pasión de Borges como editor, bibliófilo y amigo de los que aman los libros. La Biblioteca de Babel, elegida y prologada de memoria por él para responder a la invitación del editor italiano Franco María Ricci, consta de 30 volúmenes, todos inscritos en la órbita de la narrativa. Los libros de esta Biblioteca de Babel miden veintitrés por doce centímetros, y tienen un grosor variable de entre uno y dos centímetros, y van encuadernados en cartulina gris.

A su vez, la Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges consta de 80 volúmenes y en su catálogo conviven la narración, la poesía, las memorias y testimonios, el teatro, los tratados eruditos o los libros de índole religiosa. Cada libro mide veinte por trece centímetros, tiene un grosor variable de alrededor de dos centímetros, tapa dura de color negro. Entre las dos bibliotecas hay coincidencias: Oscar Wilde, Franz Kafka, William Beckford, Giovanni Papini, Edgar Allan Poe, Voltaire, Robert Louis Stevenson, G.K. Chesterton, quienes son como la médula espinal de esas dos columnas vertebrales. Ningún libro escrito por Borges se incluye en la Biblioteca Personal, pero la Biblioteca de Babel presenta el título Veinticinco de agosto de 1983. En ambas, la presencia de la letra hispanoamericana resulta significativa. Entre los 30 títulos de la Biblioteca de Babel aparece una selección de Cuentos argentinos y El amigo de la muerte de Pedro Antonio de Alarcón. Entre los 80 de la Biblioteca Personal figuran Juan Rulfo, Julio Cortázar, Manuel Mújica Lainez, Ezequiel Martínez Estrada, Fray Luis de León y Quevedo. Estos nombres sugieren un mapa y un método, para señalar, desde el punto de vista de Borges y Kodama, ciertos senderos críticos hacia las letras escritas en castellano. La propuesta de las dos bibliotecas es complementaria y enfoca lo que está en juego desde un ángulo editorial.

Antropólogos como Lewis Mumford han llamado la atención sobre un hecho: el desarrollo de las ciudades está íntimamente ligado a la forma en que en ellas se disponen basuras y muertos. La historia de las bibliotecas va de la mano con la historia de su destrucción por diversas razones. La creación supone procesos de olvido y soslayamiento, enunciación y acentuación específicas. Las dos bibliotecas distan de ser totales y más bien adelantan y deslindan un canon literario o cultural abarcador, fundado no en razones sentimentales o tribales, sino estéticas y hedonistas. La razón de ello estriba en que, para invocar una voz latina, no hay nada más serio que el propio placer (res severa est verum gaudium) y, entre todos los de la vida, el más alto es el juego y la experiencia intelectual. Las dos bibliotecas dibujan un espacio lúdico pero también de sobrevivencia y alientan la continuidad de la experiencia de lo legible como gaya ciencia.

No es esta la ocasión de hacer un retrato cabal del editor que fue Borges, pero su obra se desdobla en el otro cuerpo de sus traducciones, antologías, compilaciones y libros en colaboración. Ese desdoblamiento no es inocuo y, entre su obra y ese otro sistema paralelo aflora una red de vasos comunicantes, organización inteligente que lleva por ejemplo de Walt Whitman al narrador que interpela a Carlos Argentino Danieri en El Aleph. Es menos obvio que todo ello a su vez se duplica y se dibuja un tetragrama y a su vez un octaedro. En tal geometría transparente impone un ejercicio de literatura comparada y Borges adentro un álgebra de por lo menos cuatro términos:

1) Las obras aludidas o citadas por Borges en los textos suscritos directamente por su persona;
2) Las obras traducidas al castellano por él mismo (Orlando de Virginia Woolf);
3) Las obras escritas o dictadas y realizadas en colaboración con algún amigo o amiga (Atlas con María Kodama);
4) Las ediciones o prólogos individuales;
5) Las series (aquí se inscribirían las bibliotecas mencionadas) que se presentan como un conjunto;
6) Los textos suscritos por nombres apócrifos;
7) Los textos “imaginarios” escritos sobre obras reales;
8) Las numerosas entrevistas que —¿no hay otra expresión posible?— Borges se dejaba hacer por un entrevistador identificable pero que cobraba gradual realidad literaria a medida que iba siendo tocado mentalmente por el Hacedor llamado Borges.

Este arte combinatoria de cuatro dimensiones puede parecer controvertible; no lo es, y el hecho complejo y elusivo de su acción editorial es como una fiesta, faceta substancial de su poliédrico quehacer poético e inabarcable Atlas mental. Aprovecho para decir cuánto me reduce el valor, la fuerza de este lector inquieto que, ciego, recorrió el mundo cabalmente en compañía de Kodama, como si hubiese practicado la perentoria sentencia del profeta Jeremías: “Recorrerás la tierra a lo largo y a lo ancho”.

Esa compulsiva pasión errante del poeta ¿no tiene que ver con la fidelidad al aire que fluye dentro y fuera de la torre de Babel? ¿No estaría intentando Borges en sus viajes reconocer los cimientos de la torre para hacer más fácil la residencia en la tierra? ¿O esa pasión geográfica, ese fervor por el mito de sus signos y lugares son un efecto de la vehemencia que quiere apurar el tiempo acariciando el sueño de lo ubicuo y de la eternidad?

Vuelvo a las geometrías conceptuales: si hay dos bibliotecas paralelas —la implícita en sus obras y la suscrita en colaboración— y la explícita editorialmente tangible en los diversos proyectos que animó, entre los cuales sobresalen la Biblioteca de Babel y la Biblioteca Personal se impone la existencia de una perspectiva: una visión superior que las atraviesa, para amparar el razonamiento en la sombra de la etimología griega de la palabra perspectiva: ver a través.

Esa visión bifocal infunde a la obra de Borges una condición singular y la abriga en un sistema espiral, es decir incalculable. No es que su obra invoque o hable de Babel y del océano. Ella misma se yergue como torre y como mar, hecho y explicación, historia e historiografía de sí misma. “El arte sucede” —como dice Borges citando a Whistler—, el infinito es hecho literario. Las mil y una noches y la obra de Borges lo documentan.

Es como si en su obra se agotaran las variedades de la experiencia poética en un ensimismamiento abismal donde saltan en pedazos el principio de identidad textual y cada signo del alfabeto fuese un caracol en cuyo fondo se escucha el mar.

El espejo enfrentado a otro sugiere la idea de infinito. El tema de la Torre de Babel confrontado al del libro legendario Las mil y una noches apunta hacia el concepto de lo incalculable. El espejo, la torre de Babel, las mil y una noches son entidades que se funden en Borges, y en su impulso de exaltar y a la vez cautivar, es decir encantar lo infinito.

Pero ésta no es una categoría plenamente intelectual; se da en Jorge Luis Borges con un peso y una gravedad de índole dolorosamente física: ¿cómo deletrear el infinito? En cierto modo, diría un lector suyo, se enuncia cada vez que alguien repite de memoria un poema conocido o salvado por la tradición. La madre de Borges le decía que cuando él recitaba un poema de Schiller, lo hacía con la voz de su padre, muerto en 1938. Sé que, cuando repito el poema que Antonio Machado dedicó a un olmo seco, que a mi padre le gustaba recordar, él pervive en mí.

Hay otro hecho singular: las dos bibliotecas que aventuró Borges hace 30 años fueron concebidas cuando había perdido casi totalmente la vista. Aunque cada una configura una biblioteca, el poeta-editor hizo sus prólogos y sus planes editoriales de memoria, ángulo que ha de inscribirse en la esfera de la oralidad. No es el Jorge Luis Borges de los años treinta y cuarenta, milagroso creador de páginas perfectas celebrado por Alejandro Rossi quien, en la plenitud de su vigor varonil, concibe Ficciones. Es el santo conversador.

Paul Bénichou, gran historiador de la literatura francesa, conoció a Borges, en 1945, en Buenos Aires, cuando daba clases en el recién fundado Instituto Francés en Argentina. No sólo simpatizó con él. Le profesó una admiración militante y apasionada y al volver a Francia, algunos años después, publicó en revistas en los años cincuenta, tres artículos poco conocidos. Además luego diversos textos suyos, incluidos en la edición de La Pleiade.

En abril de 1995, poco antes de morir, redactó un post scriptum en el que estableció un paralelo entre la autobiografía metafísica de Stephane Mallarmé y su sueño de un libro total, y la idea de la biblioteca babélica que acompañó a Borges desde Otras inquisiciones.

“La multiplicidad infinita de las cosas y la indecisión de su sentido” representan en Borges el doble desafío del universo al hombre, que intenta responder tanto como puede qué son la doble obsesión de las cuentas o trucos con armas desesperadas de su inteligencia, impropias, una y otra, en ese doble combate, para darle la victoria. Esta situación surge de una crítica de la literatura, que es el punto de partida al parecer del pensamiento de Jorge Luis Borges.

Esa crítica a la literatura se da contra la literatura concebida como expresión, según la teoría sostenida por Benedetto Croce. En vez de expresión, Borges buscará la alusión o la mención.

Desde luego, estas propuestas no pueden ser ajenas a la tarea de Borges propende a la fundación de una cultura alternativa, inspirada según Paul Bénichou en el ultrarromanticismo, extremismo del pensamiento y del deseo donde el escritor, editor y poeta aspiran a desterrar el azar de la vida, como sucede en Mallarmé, figura tan familiar a Jorge Luis Borges.

Habría que preguntarse si bajo la piel editorial de la Biblioteca de Babel no se descubren constelaciones alusivas a un orden imaginario. Ella es un lenguaje que consta de treinta títulos y se podría afirmar que cada uno es un conjugación de un verbo más general. Si un bibliotecario clasificara la Biblioteca de Babel sacaría de las fichas de cada título palabras o referencias en común: cuanto más numerosas fueran mejor se comprobaría su profunda unidad. Se podría pensar que cada título, cada cuento incluido propone una o varias figuras retóricas. La biblioteca sería como un teclado y quien supiera operarlo podría, en cierto modo, aspirar a ser Borges.

Castañón. Escritor, crítico y editor. Entre sus libros destaca La gruta tiene dos entradas (Paseos II) (Aldus, 2003).

Fuente: Rancho Las Voces