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martes, 14 de julio de 2026

Los Mensajes Cifrados que Borges Escondió en su Propia Tumba. Nadie los Descifró en 40 Años

 


Cabinet of Wonders

 

Los Mensajes Cifrados que Borges Escondió en su Propia Tumba. Nadie los Descifró en 40 Años En un cementerio de Ginebra hay una lápida que parece sencilla… hasta que empiezas a leerla. Siete guerreros tallados en piedra.

 Una frase en inglés antiguo del siglo X. Una inscripción en nórdico antiguo. Una nave vikinga. Y una dedicatoria final que durante décadas casi nadie supo interpretar.

No es solo la tumba de Jorge Luis Borges. Es, quizás, su último laberinto.

 En este video exploramos uno de los enigmas literarios más fascinantes del siglo XX: los mensajes cifrados que Borges dejó en su propia tumba, en el cementerio de Plainpalais, en Ginebra.

Analizamos qué significan sus símbolos, qué dicen realmente las inscripciones medievales, por qué tardaron décadas en ser descifradas y cómo la lápida resume en piedra las grandes obsesiones de su obra: el coraje, la muerte, el lenguaje, el mito, el amor cifrado y el arte de perderse dentro de un texto. Aquí descubrirás:

Por qué Borges murió en Ginebra y no en Buenos Aires

Qué elementos aparecen realmente en su lápida

De dónde salen los siete guerreros y la nave vikinga

Qué significa la frase “And ne forhtedon na”

Qué relación tiene la tumba con la Saga Volsunga

Quién es  Martín Hadis y cómo logró descifrar el conjunto completo

Por qué la dedicatoria “De Ulrica a Javier Otárola” es una de las claves más íntimas del monumento

Cómo la tumba de Borges se convirtió en una obra literaria póstuma

Este no es solo un video sobre una tumba. Es una historia sobre un escritor que eligió no dejar una despedida directa, sino un objeto hecho de símbolos, idiomas antiguos y referencias cruzadas.

Un monumento que no se limita a recordar su muerte, sino que obliga a leer, interpretar y dudar. Porque Borges no solo escribió laberintos: pensaba como ellos. Y al final convirtió su propia lápida en uno.

Lo más inquietante es que el monumento no funciona como simple homenaje, sino como una condensación de toda su obra. En esa piedra conviven la épica anglosajona, las sagas nórdicas, la identidad dividida entre Palermo y Europa, el coraje ante la muerte y el único cuento de amor que Borges escribió.

Lo que parece una lápida termina revelándose como un texto cifrado.

Fuente: You Tube

https://www.youtube.com/watch?v=VO2zuzgN3Rc

 

 

sábado, 9 de julio de 2022

Muerte en Ginebra

 

La ciudad suiza acoge la tumba de Borges, quien en ese enclave vio despuntar su instinto artístico, acaso su destino.

 

Pablo Perantuono

Ginebra

 

14 de junio de 2022

Hace algo menos de seis meses, el 28 de enero de 2022, la revista dominical del diario Le Monde publicó en su portada un retrato en blanco y negro a toda página de una mujer de unos 50 años con el pelo cortado al ras, que no mira a cámara sino ligeramente hacia su izquierda, y que ofrece un imperceptible rictus que parece transmitir serenidad.

 

Ese rostro desnudo es el de Grisélidis Réal (1929-2005), cuya vida fue lo opuesto a esa placidez que emana de la foto. Poetisa, ensayista, pintora, activista feminista, la obra de Réal orbitó y se nutrió del trabajo que llevó adelante durante casi 40 años, la prostitución.

 

Nacida en Lausanna, Suiza, e hija de padres intelectuales, Réal estudio Arte en la Universidad de Zúrich, vivió en Alejandría, también en Múnich —donde cayó presa—, y murió en Ginebra, cuyas calles y sábanas trepidó durante infinitas madrugadas. Madre de tres hijos, está enterrada en el célebre cementerio de los Reyes, en el 10 de la Rue des Rois, un predio arbolado y bucólico de unos 300 metros de ancho por 400 de largo que, como casi todo en esta ciudad, brinda pocas señales de su fama. Aquí, entre lápidas discretas y espaciadas entre sí, están enterrados Jean Piaget, Juan Calvino, Alberto Ginastera y un puñado de próceres locales, entre ellos expresidentes, médicos y militares.

 

Visceral, directa, iconoclasta, la obra y la aventura vital de Réal ha sido objeto, en los últimos años, de un puñado de documentales (el más reciente, Belle de nuit, se exhibió en 2016 en el Bafici) y hoy su figura es reivindicada como un ícono del feminismo en Occidente. Ella se autoproclamaba “puta revolucionaria”. Por eso en su lápida, rodeada de sauces, cipreses, robles y pinos centenarios, se lee: “Grisélidis Réal, Escritora, pintora, prostituta”. Fue un pedido suyo, estar ahí, que diga eso. Lo que no está claro —lo que sus hijos nunca señalaron— es si eligió ese preciso lugar a propósito, acaso como una última manifestación de su audacia y rebeldía. Delante suyo, a sólo cuatro metros, descansa un célebre colega cuya vida, como un espejo invertido, no podría haber estado más en sus antípodas: el único, infinito Jorge Luis Borges.

Aquí estamos, en junio de 2022, a 36 años de la muerte del gran escritor argentino, y esa coincidencia, la de que la antimateria de los cuerpos de JLB y de Réal casi puedan rozarse, no solo parece una mueca del destino, sino que es una más de las tantas paradojas subrepticias que guarda esta bella y confidencial ciudad.

 

Borges eligió este enclave de Suiza para morir y ser enterrado por un puñado de razones. Estudió aquí, pero no por elección, sino porque quedó atrapado entre el ruido de bayonetas de la Primera Guerra Mundial. Había acompañado a su padre para que este se hiciera un tratamiento de avanzada contra la ceguera y los sorprendió el inicio de la batalla. Anclados en Ginebra, el joven Jorge fue al colegio, donde aprendió francés, alemán y latín, se hizo de amigos, se enamoró del zigzagueo de las calles del barrio viejo, del imperial lago Lemán, el más grande de Europa occidental, y vio despuntar su instinto artístico, acaso un destino. Lo fascinó el espíritu cosmopolita de Ginebra, el sonido de sus campanarios y la sensación de ser un posible centro de la cultura de su civilización. Esa inspiración le permitió pergeñar sus primeros poemas. El recuerdo de esa ciudad amable, discreta y colorida —aún cuando a su alrededor Europa estallaba en pedazos— permaneció engolfado en su memoria; los años no hicieron más que macerarlo y por eso, ya enfermo y acompañado por María Kodama, vivió aquí los últimos meses de su vida.

 

Integrante de la Academia Francesa de Letras, el argentino Héctor Bianciotti, de cuyo fallecimiento se cumplieron 10 años el sábado pasado, frecuentó al autor de Ficciones durante su suave agonía en la ciudad. Miembro de la prestigiosa editorial Gallimard, Bianciotti contó que durante esas últimas semanas el ánimo de Borges, a quien visitó en el sanatorio y luego en su departamento sin número sobre la Gran-Rue, en el casco antiguo, no se volvió crepuscular ni se vio humedecido por la autocompasión y la melancolía, pese a que era consciente de que el dolor y tal vez la muerte se cernían sobre él. “En el hospital, Borges no expresaría ni siquiera la irritación habitual de estar allí. Hizo bromas sobre la comida que le daban, sopas y purés cuyos sabores eran indefinibles. ‘Podría’, dijo, ‘estar hecho de seda, de mármol, de un extracto de nubes’. Estaba animado por esta conversación, y Maria Kodama y yo le preguntamos si se levantaría y caminaría con nosotros por el pasillo. No sin algunos temores, aceptó. Al principio temblando, terminó por mantenerse erguido y firme. Sonrió, y con una voz que era débil pero que se volvía pesada, discordante y fuerte cuando recitaba textos anglosajones o islandeses, justo cuando nosotros salíamos del pasillo, cantó —podría decirse que entonó— un verso de la balada de Maldon:

 

Soltó a su amado halcón en el bosque.

y entró en la batalla”.

La escena relatada por Bianciotti tuvo lugar en abril de 1986, dos meses antes de la muerte de Borges, pero terminó siendo gravitante en la narrativa posterior. El poema entonado por ese Borges de los últimos días aborda la batalla entre sajones y vikingos que tuvo lugar en agosto del año 911 en las costas de Maldon, en el condado de Essex, sur de Inglaterra. Admirador, como Tolkien, de la literatura, la cultura y la épica medieval, Borges creía que esos versos concentraban algunos de los grandes atributos de la especie humana: el coraje, el esfuerzo, la lucha, la muerte heroica y trágica. Parte de ese poema es lo que puede leerse en su lápida del cementerio de los Reyes, tumba que Kodama mandó construir semanas más tarde. Debajo de una imagen de siete soldados que empuñan sus espadas y martillos aparece tallada la frase “AND NE FORTHEDON NA”, que significa “y que no temieran”. Es un fragmento de la liturgia guerrera que el caudillo del ejército sajón, en desventaja, predicó ante sus hombres minutos antes de la batalla final.

 

En el libro Siete guerreros nortumbrios, su autor, Martín Hadis, desentraña algunos de los misterios cifrados en las inscripciones de la lápida, cuya razón de ser tienen que ver, justamente, con una combinación entre los recuerdos familiares de Borges y su fascinación por la valentía guerrera. Filólogo y estudioso de la vasta obra del autor de El Aleph, Hadis cree que “los dibujos y textos de la lápida remiten, a través de un combate sajón y medieval, a los antepasados criollos de Borges, a los compadritos y cuchilleros del barrio de Palermo, a Evaristo Carriego, y a la ‘secta del cuchillo y el coraje’ que fueron tan significativos en su obra. Lo nórdico y lo sajón están directamente emparentados en la obra de Borges con la Argentina. Por eso todo el conjunto es tan apropiado. Borges sentía un profundo cariño por Buenos Aires, pero era a la vez un hombre reservado, y cuanto más cariño sentía por algo, menos probable era que representara o nombrara de manera explícita en sus textos”.

 

Pero volvamos al verde arbolado del cementerio. Desde la tumba de Réal, lo que se observa es la espalda algo informe de la piedra sepulcral borgeana, en donde también se detectan un par de leyendas en apariencia extrañas pero que, cómo no, están vinculadas íntimamente con el universo literario del poeta porteño. En la parte superior de esa piedra ajada por la lluvia y el tiempo, puede leerse, en nórdico antiguo, “Hann tekr sverðit Gram ok leggr í meðal þeira bert” (“Él toma la espada Gram y la coloca entre ellos desenvainada”), que es el epígrafe del cuento ‘Ulrica’, que JLB publicó en 1975 en el Libro de la arena. A su vez, la frase está tomada de la Völsunga Saga (saga noruega del siglo XIII), que cuenta la historia del héroe Sigurd, quien comparte lecho con Brynhild, deseada por el hermano de su esposa, y para no tentarse interpone la espada entre ambos. En la misma cara de la piedra, debajo de un dibujo de una barca, se observa la inscripción: “De Ulrica a Javier Otálora”. Ulrica y Otálora son los protagonistas del relato, cuya excepcionalidad reside no solo en su calidad literaria sino en que es único en su especie: Borges no escribía cuentos de amor, por más que la pieza pueda interpretarse como un relato onírico o incluso con ribetes erógenos. Más probable aún es que la apelación a esos dos personajes haya sido elección de Kodama como homenaje a la relación sentimental que para mediados de los años setenta, fecha de escritura del cuento, Borges y ella ya habían consolidado. El impreciso contenido erótico del cuento referido en el reverso de la lápida también es materia de interpretaciones. El filósofo y escritor Juan Jacinto Muñoz Rengel, escribió al respecto: “Cuando Borges inició su idilio con Kodama, él tenía 75 y ella 38. Por esa, y por otras muchas razones, el visitante de la tumba de Borges pudiera conjeturar que el mensaje de la espada desnuda está cargado de implicaciones sexuales, pero yo no avendré en esas disquisiciones, porque al fin y al cabo Borges ya murió, y con él la suma del intolerable universo”.

 

Es una mañana soleada de un jueves de junio y el de los Reyes más que un cementerio parece un parque público, como muchos de los que serpentean Ginebra. Una mujer lee descalza en un banco, un bombero escudriña su celular, una joven en calzas pasa haciendo jogging hundida en el sonido ambiente de sus headphones. Además de sus ilustres vecinos, solo los árboles y los pájaros acompañan al gigante argentino. La primavera suiza está en su apogeo. A metros de aquí, en el parque de los Bastiones, se levanta el monumental muro dedicado a los reformadores, entre los que descolla el de Juan Calvino, factótum de la reforma protestante. Fundada por él en 1559, el Colegio Calvino es la escuela secundaria pública más antigua de la ciudad y es a la que asistió Borges durante aquella estadía adolescente que sellaría para siempre su amor por la ciudad. “En Ginebra me siento extrañamente feliz. Eso nada tiene que ver con el culto de mis mayores y con el esencial amor a la patria. Me parece extraño que alguien no comprenda y respete esta decisión de un hombre que ha tomado, como cierto personaje de Wells, la determinación de ser un hombre invisible”, escribió en una carta unas semanas antes de morir. La idea de la invisibilidad, siendo él un hombre ciego, parece otra de las tantas paradojas de su mundo, pero esa era su necesidad por aquel tiempo, la de escapar de su amada Buenos Aires donde se sentía abrumado. Tras un viaje por Italia, llegó con Kodama a Ginebra a comienzos de 1986 y le dijo que no se irían más.

 

Tras hospedarse algunas semanas en un hotel, y luego de superar aquella internación por el agravamiento de su estado de salud, Borges y Kodama se mudaron a un departamento sobre la Rue Grand. Hoy, una placa en el 28 de esa calle, colocada a unos tres metros de altura, conmemora su paso por el lugar. A pasos de allí, entre galerías de arte y negocios de anticuarios, se levanta una de las librerías más importantes de Ginebra. Está emplazada en la que fuera la casa de Jean-Jacques Rousseau, otro de los ginebrinos cuya reputación contribuyó a alimentar el magnetismo intelectual de la ciudad, ese carácter de cuna del conocimiento que tanto atrajo al autor de Emma Zunz.

 

Cercana tanto a Italia como a Francia —la frontera con ambos países se encuentra a menos de una hora en auto—, Borges se sentía atraído por el soplo ecuménico de Ginebra, su eclecticismo cultural. Acaso también por la vibra que se intuye hoy, una rara mezcla entre lo nuevo y lo viejo, lo sagrado y lo profano, el cielo de la Ilustración y el supuesto subsuelo prostibulario, el de Grisélidis Réal y el de Ferdinand de Saussure, el almidonado mundo de la ONU o la OMS, cuyas sedes están aquí, y el de las chicas que aún hoy se ofrecen en las calles a plena luz del día, como si sus cuerpos fueran relojes o chocolates, objetos de deseo por los que Suiza ganó fama mundial. Todo eso a metros del imponente lago Lemán, en cuya bahía basculan los yates y aletean las cigüeñas, y desde donde puede observarse la cima blanca del Mont Blanc. El lago fue uno de los motivos capitales por los que Borges vino aquí a apagarse y a morir. De acuerdo a Bianciotti, JLB buscaba atrapar algo de su esencia, sentir la brisa milenaria que baja por los Alpes y que lo atraviesa. Tal vez imaginar, como le contó una vez Macedonio Fernández al observar la desmesura de la Pampa argentina, que viendo el lago era posible asistir a la revelación de la verdad. Para ello, decía su amigo Macedonio, era necesario olvidarse del mundo, de sí mismo y de todo lo que buscaba. Era algo parecido a la muerte. Algo parecido a la eternidad.

 

Fuente: Coolt

https://www.coolt.com/libros/borges-muerte-en-ginebra_633_102.html

 

domingo, 16 de septiembre de 2018

Borges y los bosones




Borges propuso varias teorías del todo. El universo puede ser, por ejemplo, un laberinto.

Por: Thierry Ways

Alguna vez, por algún motivo específico, quise conocer Ginebra. Pero, ahora que un azar me había traído hasta acá, no recordaba el motivo, ni siquiera el hecho de haberla querido conocer. Como tantas veces en la vida, cuando uno por fin obtiene lo que quería, ya no recuerda para qué lo quería o por qué.

Fue mi esposa quien, involuntariamente, hizo que lo recordara, al mencionar en una conversación que aquí está enterrado Borges. La tumba de Borges, en efecto: era eso lo que, hacía años, había querido visitar. Lo que había olvidado.

A la tumba de Borges se llega en tranvía y luego a través de un jardín de senderos que no se bifurcan, sino que son simétricos y rectilíneos, como corresponde a un camposanto suizo. La única bifurcación que existe en el Cimetière de Plainpalais es entre el más allá y el más acá.

Siguiendo por el sendero del más acá se llega al sitio donde descansa el escritor. Está marcado por una lápida de piedra tallada, en cuyo frente hay siete guerreros ancestrales con sus armas en alto y una inscripción en inglés antiguo, “…and ne forhtedon ná”, que en castellano significa: “…y que no temieran”. Es un verso de un viejo poema anglosajón. Si hemos de encarar la muerte, parece decirnos, que sea sin miedo, enarbolando las espadas.

Tal vez no haya mejor lugar para haber enterrado a Borges que cerca del sitio en donde, por medio de heroicos esfuerzos, se intenta explicar el universo. Él también quiso explicarlo.

 Al día siguiente fui a satisfacer una curiosidad más reciente: conocer la sede de la Organización Europea para la Investigación Nuclear, el Cern, por sus siglas en francés. Allí, científicos de todas las nacionalidades hurgan en las entrañas de la materia, valiéndose para ello del colisionador de partículas más grande del mundo: un aro de 27 km enterrado a cien metros bajo tierra en la frontera entre Francia y Suiza. Es la máquina más colosal jamás construida por la humanidad. Su propósito es estudiar las partículas elementales que componen el universo: quarks, neutrinos, bosones, electrones, etc. En 2012, el Cern halló una partícula que podría ser el ‘bosón de Higgs’, una pieza tan fundamental en nuestro modelo del cosmos que la prensa lo llamó (para horror de los físicos) ‘la partícula de Dios’.

 


Tal vez no haya mejor lugar para haber enterrado a Borges que cerca del sitio en donde, por medio de heroicos esfuerzos, se intenta explicar el universo. Él también quiso explicarlo. Pero, a diferencia de los físicos, que persiguen una escurridiza ‘teoría del todo’ que reduzca todo lo conocido a un conjunto de ecuaciones y constantes, Borges propuso no una, sino varias teorías del todo. El universo puede ser, por ejemplo, un laberinto. Una biblioteca. Un mapa. O, mi teoría preferida, una lotería.

Solo que, entonces, ni Borges agotaría el asunto, pues tendríamos que plantear, y explicar, un universo mayor aún, el universo que pudiera contener los universos de Borges. ¿Será ese el universo de los investigadores del Cern?

Alguna vez leí en un libro de física teórica cuyo nombre y autor he olvidado (también) que una de las cosas más desconcertantes de la física moderna es que parecería que Dios nos estuviera mamando gallo. Un teórico, por medio de ecuaciones impenetrables, postulaba la existencia –no, la necesidad– de alguna partícula exótica. Luego, años después, investigadores descubrían la susodicha partícula en un laboratorio. ¿Son así de clarividentes los teóricos? ¿O –como sugería el autor, entre la broma y el espanto– estará Dios jugando con nosotros, dejando que confirmemos con nuestros instrumentos cuanta teoría disparatada sale de nuestra imaginación?

Se me antoja que al maestro no le desagradaría encontrarse en el más allá con una deidad así, traviesa y sutil, dada a crear un cosmos de juguete y sembrado de sorpresas, como huevos de Pascua, para consolar a los hombres en su pequeñez. Quizá el universo sí sea borgesiano, después de todo.

Fuente: El Tiempo

miércoles, 28 de junio de 2017

La eterna relación entre Borges y la ciudad de Ginebra



París no ignora que es París, la decorosa Londres sabe que es Londres, pero Ginebra casi no sabe que es Ginebra", dijo el escritor sobre la ciudad que supo recibirlo cuando joven y estudiante.

Por Alejandro San Martín


La ciudad de Ginebra y el escritor argentino Jorge Luis Borges guardan una relación que va más allá de lo literario y que se traduce en una simbiosis ética y estética que se refleja en las calles y rincones de la cosmopolita ciudad suiza, donde como en una moderna Babel se mezclan todos los idiomas, y en la obra del máximo poeta de la lengua castellana.

Uno de sus cuentos, "El Otro", me ofrece algunas pistas para descubrir la vida de Borges en Ginebra durante el período 1914-1918, cuando viajó a Europa con su familia y quedó varado en la ciudad suiza por la irrupción de la Primera Guerra Mundial.

Me siento en un banco a orillas del Ródano, en el extremo que se une con el Lago Léman, con el "El libro de arena" en mis manos para leer el cuento en el que, justamente, el genial poeta recrea un encuentro fantástico entre un Borges mayor y uno joven, frente a ese mismo río, aunque en realidad el adulto está sentado frente al río Charles, al norte de Cambridge.

Voy hacia el río desde Vesenaz, donde me aloja mi familia, a 17 kilómetros del centro de la ciudad, zona en la que predominan los extensos terrenos cubiertos de sembrados -varían todos los años- que hacen un paréntesis entre grandes casas con jardines y poblados típicos.

El bus, silencioso y confortable, sigue el curso del lago y antes de internarse en las calles de la ciudad me permite contemplar el Parque des Eaux Vives a la izquierda, y el edificio de las Naciones Unidas a la derecha, más allá del lago, entre otros paisajes.

Termino mi recorrido en lo que podría describirse como un Hub del transporte público ginebrino: Rive, por el que pasan buses y tranvías que conectan en todas direcciones y en donde comienza el movimiento más agitado, si es que puede llamarse así, de la ciudad de Calvino.

Con el paso de Borges por Ginebra en mente me dirijo hacia donde fue el primer edificio en el que se alojó junto a sus padres y su hermana Norah, un dato que me descubre el propio cuento: el número 17 de la calle Malagnou, frente a la iglesia rusa.

Llegar es fácil, aunque demanda cierto estado físico -como toda la parte vieja de la ciudad- por los escalones que hay que subir, que en este caso superan el medio centenar, por una escalera que asciende desde la Rue Ferdinand Hodler.

En un intersticio, a la derecha, se encuentra el famoso Colegio Calvino, donde estudió Borges los cuatro años que estuvo en Ginebra, que fuera fundado en 1559 bajo el nombre "College de Geneve" y que recibiera su actual denominación en 1969, destacándose su gratuidad como lo impuso la Reforma Protestante.

Hay que ascender un poco más para llegar hasta Rue Charles Galliand donde se encuentra el Museo de Arte e Historia, y a unos 150 metros, la Iglesia Rusa.

El barrio de elegantes casas bajas -de entre dos y cuatro pisos- me lleva a imaginar los largos paseos que habrá realizado el genial poeta en su juventud, pero ante mi sorpresa, la calle que se describe en el cuento no existe.

La desazón de no encontrar la casa donde vivió la familia Borges se disipa al leer la tesis "Borges y Ginebra: Entre Mito y Realidad", realizado por el académico Bertrand Levy del Departamento de Geografía e Instituto Europeo de la Universidad de Ginebra.

En ese trabajo se revela que la calle es en realidad la de Ferdinand Hodler, y ya no es el número 17, sino el 7, y no está frente a la Iglesia sino que da a su parte posterior, casi una broma borgiana.

Con esos datos esclarecidos es tiempo de desandar el camino, que imagino, hacía el poeta argentino en esa ciudad que describió como ninguna otra, a excepción Buenos Aires.

En el cuento habla de la plaza Dufour, un acrónimo de Place du Bourg-de-Four, a la que se puede llegar bajando por la rue des Chaudronniers, continuación de la Charles Galliand.

También se puede llegar desde la Rue de Rive -la principal de la ciudad- hasta la Rue du Vieux College y de ahí ascender por la Rue de la Fontaine toba bajo la sombra imponente de la Catedral de San Pedro que domina en las alturas, y donde fue velado el agnóstico escritor.

La plaza es un espacio que se abre entre los edificios de piedra con una fuente como único ornamento, varios bares y el edificio de Tribunales y el de la Policía enfrentándose a las mesas al aire libre repletas de turistas y locales.

Me acomodo en una de las tantas mesitas y café de por medio trato de descubrir en cual de esos balcones habrá observado Borges esos atardeceres "que no he podido olvidar" como relata en su cuento; tarea inútil pero placentera.

Los 4,20 francos suizos que cuesta el expreso -siempre acompañado por un pequeño chocolate y un recipiente con leche- no tienen precio cuando diviso, a mi izquierda, una pequeña escalera que conduce a la librería "Jullien Livres" que Borges solía visitar para encontrar en sus anaqueles algún viejo ejemplar.

Dejo atrás ese encantador rincón de libros antiguos y otras curiosidades y me desvío por la Rue de L'Hotel de Ville para dirigirme a la última morada de Borges, la casona de la Grand Rue -continuación de la anterior- número 28, hoy ocupada por un local comercial en su planta baja.

Recorro el viejo adoquinado sin acera con grandes banderas de Suiza y de Ginebra saludando el paso de los locales y turistas, con la emoción de encontrarme con el lugar donde el poeta murió, el 14 de junio de 1986, tan lejos de su Buenos Aires natal.

Una placa de granito recuerda que Borges vivió y murió en ese sitio, y reproduce una frase que el escritor dedicó a la ciudad: "De todas las ciudades del mundo, de todas las patrias íntimas que un hombre busca merecer a lo largo de sus viajes, es Ginebra la que me parece la más propicia a la felicidad".

Reflexiono sobre esa relación entre el poeta y la ciudad de Calvino y decido no ir al cementerio de Los Reyes, en Plainpalais, donde descansan sus restos, sino que vuelvo al río para sentarme otra vez con el libro en mis manos y releer el cuento mientras la postal de la ciudad, el "Jet d'Eau", se eleva hacia el cielo.

Fuente : Telam


martes, 14 de junio de 2016

La leve huella de Borges en Ginebra, la ciudad adonde fue a morir



Hoy se cumplen 30 años de su partida.Una cortada de una cuadra y media lleva el nombre del escritor. Un recorrido por sus calles.

En Ginebra, el cementerio de los reyes Plainpalais, para homenajear a Jorge Luis Borges. (Cezaro de Luca)

Marina Artusa

Amaba esta ciudad arisca en primavera -lleva días de lluvia y frío- porque aquí, según él, se volvía invisible. “En Ginebra me siento extrañamente feliz. Eso nada tiene que ver con el culto de mis mayores y con el esencial amor a la patria. Me parece extraño que alguien no comprenda y respete esta decisión de un hombre que ha tomado, como cierto personaje de Wells, la determinación de ser un hombre invisible”, escribió Jorge Luis Borges en una carta de catorce líneas fechadas el 6 de mayo de 1986, 39 días antes de morir en la Vieille Ville, el casco histórico de la ciudad.

Estaban terminando un viaje por Italia cuando Borges le propuso a María Kodama, su mujer, pasar por Ginebra. Sólo al llegar le confesó su voluntad: “No volvemos más.” “Soy un hombre libre. He resuelto quedarme en Ginebra, porque Ginebra corresponde a los años más felices de mi vida. Mi Buenos Aires sigue siendo la de las guitarras, la de las milongas, la de los aljibes, la de los patios. Nada de eso existe ahora. Es una gran ciudad como tantas otras”, decía Borges en su carta.

Entre 1914 y 1918, el acecho de la guerra llevó a los Borges a mudarse a Suiza, que se había declarado imparcial en el conflicto bélico. Allí, Jorge Luis, adolescente, asistió al Collège Calvin, la escuela secundaria pública más antigua de Ginebra. Fue fundada por el mismísimo Calvino en 1559 cuando la ciudad contaba con una población de 13.000 habitantes -hoy ronda los 190.000- y en plena ebullición de la reforma protestante había decretado que la educación debía ser obligatoria y gratuita. Ahora mismo, el patio de ripio que Borges cruzaba para volver a su casa de la calle Ferdinand Hodler -según testimonia Bertrand Levy, académico de la Universidad de Ginebra- está poblado por adolescentes concentrados en sus celulares. Es día de examen. Repasan en ronda. Fuman. Hacen bochinche.

La casa de la calle Ferdinand Hodler 7 -que cuando Borges tenía 14 años se llamaba Malagnou- es un edificio gris, frente a una explanada de pastos altos y delante de una calle muy transitada. Nada recuerda el paso de Borges por allí. Hoy aloja oficinas de abogados, un consultorio de otorrinolaringología y un instituto de educación.

Hay, en cambio, una cortada de una cuadra y media del barrio de Saint-Jean que lleva su nombre. Del otro lado del río Ródano, Sain Jean es un barrio mitad residencial y mitad popular. Tomó el nombre del priorato de Saint-Jean de Ginebra que fue destruido en el siglo XVI durante la Reforma.

“A Borges seguramente no le hubiera gustado nada la idea de que una calle llevara su nombre, pero hay que admitir que es un gesto de reconocimiento de parte de las autoridades de la ciudad”, comenta Kodama desde una de las mesitas cuadradas y pequeñas de la brasserie-restaurant de l’Hotel de Ville de la Grand Rue 39, donde los mozos del turno tarde son bastante antipáticos pero por suerte compensan sus colegas de la noche. Venía mucho con Borges, cuando alquilaban sobre la Grand Rue, donde a la altura del 28 una placa recuerda su devoción por Ginebra.

“Borges lo explica muy bien en Los conjurados. Allí plantea esta tierra como un lugar profético. En Suiza conviven distintas lenguas y religiones y Borges lo proponía como modelo para el futuro”, dice Kodama.

“Se agradece a la gentile clientela no fumar, hablar por teléfono ni comer en este sacrosanto lugar”, invita un catel pegado entre los laberintos de madera de la librería A. Jullien, bajo los pórticos que sostienen la Place du Bourg de Four. Seguramente Borges estaría de acuerdo en considerar a esta librería sacrosanta: 25 mil ejemplares antiguos -los más añejos del siglo XVII- y un silencio aromatizado a papel y tinta estacionados. “Borges venía seguido. Mi padre, Alexander Jullien, lo conocía. Yo no tuve el gusto”, dice Anna Jullien, a cargo de la librería fundada en 1839 por sus ancestros. Allí, en el número 32 de la Place du Bourg de Four, la bibliografía de Borges está en sintonía con el espíritu de su autor: discreta y austera, reúne apenas cuatro títulos, de los cuales uno son conversaciones, en ediciones de bolsillo.

“Hubo muchos autores que han sido tan importantes como Borges y de quienes, una vez muertos, nadie se ocupó y han desaparecido -dice María Kodama, heredera universal del escritor-. Se necesita una persona que esté detrás, no por la obra en sí, sino para que todo el mundo tenga la sensación de que esa persona en está viva. Y ése fue mi trabajo durante 30 años. Mi trabajo fue que Borges estuviera vivo. No su obra que ya está consagrada. Para eso hay que dar la vida. Y para dar la vida, si no amás como loca no la podés dar.”

-María, ¿cuál es el mejor modo de honrar a Borges a 30 años de su muerte?

Fuente : Clarin  -  13 de junio de 2016

domingo, 5 de junio de 2016

La cineasta que cada mañana visita la tumba de Jorge Luis Borges



La documentalista Ana Simon todavía hoy encuentra cartas y mensajes emocionados dirigidos al escritor argentino.

                     Ana Simon en la tumba de Borges en Ginebra

 Susana Reinoso

Cada tarde de sábado, la cineasta rumano-suiza Ana Simon, de 78 años, recorre la distancia entre su casa, ubicada en la ciudad vieja de Ginebra, y el cementerio de los reyes Plainpalais, para dejar flores en las tumbas de Jorge Luis Borges, de Alberto y Aurora Ginastera, y de Francois Simon (su marido y gran amor). Al salir también las deposita en la lápida sencilla de Sophie y Fedor Dostovieski. Ese ritual se repite en primavera y verano. En invierno, cuando las temperaturas bajan de cero grado, esta dama de aspecto etéreo deja ramas con hojas verdes y quita la escarcha de las sepulturas que le son familiares.

Gran amiga de Aurora Ginastera y del compositor argentino, Ana Simon realizó el documental La Ginebra de Borges para el centenario del nacimiento del autor de El Aleph, cuyos 30 años de muerte se cumplen el próximo 14 de junio. “Pensé en el documental luego de ver muy triste a María Kodama”, cuenta Ana a Clarín.

El trabajo de la documentalista es una biografía íntima, con testimonios de Borges y Kodama, en el escenario de la ciudad vieja que el argentino eligió para morir. Hay en la Grand Rue una placa que honra su nombre. Ginebra expande su belleza sin artificios en el documental, mientras la inolvidable voz en off de Jeanne Moreau, también amiga de Ana Simon, lee poemas de Borges.

En la película, Kodama cuenta que poco antes de morir, en su piso del número 28 de la Gran Rue, muy cerca de la casa de Ana Simon, Borges y Marguerite Yourcenar dialogaron sobre el laberinto.

Al calvinista cementerio de Plainpalais se “ingresa” por votación y sólo llegan allí los restos de quienes hicieron aportes sustanciales a la cultura. Entre árboles antiquísimos y sepulcros despojados, todos con estrictas medidas físicas, la lápida de Borges tiene el número 735 y, como mucho se ha escrito, en el frente donde se ven los siete guerreros con espadas rotas, hay una frase del poema “La batalla de Maldon”: “y que no temieran” (“And ne forhtedon na”).

Viuda de François Simon, el actor suizo más célebre, Ana atesora un fondo audiovisual y documental muy rico y un intercambio epistolar fluido con personalidades como Samuel Beckett, Eugene Ionesco, E.M. Cioran, Yehudi Menuhin o Alain Tanner, entre otros. Entre sus amigos argentinos se cuenta el eximio pianista Luis Ascott y suele pasar temporadas en casa del poeta y cantautor español Paco Ibañez, de allí su dominio del castellano.

Pero si algo define el carácter de Ana Simon es que, desde hace más de 20 años, cuando cada sábado va al cementerio de los reyes, recoge los mensajes que la gente deja en la tumba de Borges. “Ya no encuentro tantos mensajes como antes”, le dice a Clarín una tarde soleada de mayo, mientras recuerda la vida y la obra de quienes rodean la sepultura del autor de Ficciones.

En la sepultura 735, a 30 metros de la de Calvino, la cineasta ha encontrado pinturas, libros y objetos diversos que la gente ha dejado como recuerdo. Todo se lo fue enviando a Kodama, por eso sólo tiene en su poder algunos pocos de distintos años. “La gente que deja mensajes en su lápida viene de todo el mundo. Creo que Borges fue feliz en esta ciudad”, dice.

Entre el puñado de copias que Ana ha conservado hay algún programa de teatro con la frase: “¡Bravo Borges!”; y una hojita del Best Western Hotel Astoria, firmada por Aurora “sobrina de Estela Canto”, en la que dice: “Querido Borges. Estuve aquí para visitarte (...) nos vemos en El Aleph o en algún otro sueño”. También hay mensajes en inglés, como el de Yang y su mujer, de China: “Querido Borges, tu sabiduría hace al mundo mucho más interesante”. Boletos de tranvía escritos en alemán, hojas de libreta en francés, trozos de papel arrancados de cuadernos y hasta pequeñas cartulinas, en las que la gente también deja su correo electrónico al dorso: “[…] siendo indígena zapoteca ante tu tumba derramo lágrimas en tu memoria”. Hay también papeles desteñidos por gotas de lluvia, donde se lee: “Aquí estás entonces. Aquí estamos, en tu Ginebra (...) sobre la pampa (...) en carne viva”.

Ana le dice a Clarín que hay que escribir la historia de “la tumba de Borges en Ginebra, donde la gente le deja mensajes como si fuera un santo”. Quizá el principio de esa historia ya lo haya escrito Borges en Atlas: “De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando (...) Ginebra me parece la más propicia a la felicidad”.

Fuente : Clarín 4/06/2016