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sábado, 13 de junio de 2026

Adelgazó Borges: las nuevas “obras completas” le tacharon medio libro

 

Para el 40° aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges, editorial Alfaguara publicó gran parte de su bibliografía en tres tomos.

    El autor de Ficciones se dedicó insistentemente a cruzar géneros, a crear uno propio. Contra esa estrategia, la nueva edición de estas "obras completas" dividió su obra por género: poesía, cuento y ensayo.

    En el dedicado a poesía, retiraron sin ubicarlas en otro tomo ni dar explicaciones las primeras 50 páginas (22 textos) del libro El hacedor.

 

Matías Serra Bradford

 

La sobrevida de Borges –justo la suya, que tanto lo obsesionó–, administrada por terceros cada vez más ajenos, no le estaría haciendo favores a su obra. Para un escritor que se la pasó cruzando y disolviendo géneros, y que hizo de esa práctica un género propio y una carta de triunfo, es lamentable que ahora no se reedite su obra completa –como en otra época hizo Emecé– respetando los libros unitarios, cronológicamente, sin dividirla en cuentos, ensayos y poesía, deconstruyendo así un laberinto que le llevó casi un siglo edificar. Ese loteo simplificador, como tantas decisiones editoriales, acaso obedezca a la ingenua ilusión de creer que de ese modo los volúmenes se vuelven más vendibles o regalables. Hay otro detalle no menos imperdonable.

 

En la edición más reciente –de editorial Alfaguara, en enero de este año en España y en abril en Argentina– "completas" debe ir entre inmediatas comillas: le han añadido –a un autor asediado históricamente por erratas, ediciones precarias y criterios erráticos para la publicación de éditos, traducciones e inéditos– una mutilación, un quite de colaboración, un punto ciego gratuito: en ninguno de estos tres tomos aparecen las primeras 50 páginas –en prosa– de El hacedor; sólo imprimieron la segunda mitad de ese libro, en el volumen aparentemente correspondiente. Parece el mal chiste que un cretino le inflige a quien perdió la vista: sustraerle un bien adelante suyo con total impunidad.

 

De manera que un lector novato, en ciernes, reciénvenido a Borges, que inocentemente pagara no poco por estos volúmenes a estrenar, no podría leer siquiera el que da título a El hacedor, el que inaugura la serie, y que indirecta y secretamente anticipaba estos desmanes: "una terca neblina le borró las líneas de la mano". Tampoco podrá leer otros, igualmente irreemplazables, como "Dreamtigers", "Los espejos velados", "Una rosa amarilla", "Martín Fierro", "Parábola de Cervantes y de Quijote", "Everything and nothing", "Ragnarök", y "Borges y yo", nada menos.

 

Poesía completa conserva el prólogo al libro, lo que subraya aún más el salto y el vacío hasta "Poema de los dones", que ahora abre la seccionada sección de El hacedor. Varios de los textos omitidos son sueños, de ambivalente ubicación, desde luego, pero también lo son o los incluyen tantas otras páginas de Borges. El hecho es tan pesadillesco e inverosímil que cualquier lector que lo descubra inspeccionará una vez y otra, desconfiando del sentido de la vista ante un Borges descaradamente deshecho.

 

Es una falta –en todas las acepciones– tan ostensible que sería casi de santulón adjudicárselo a la categoría de lo que alguna vez él mismo llamó "errores accidentales" o atribuirle al editor anónimo un juicio estético no menos fabuloso y alarmante. Sobre todo porque lo asombroso es que El hacedor no fue el único libro que Borges articuló con prosas y versos. Lo repitió, por caso, en el posterior La cifra y en el último, Los conjurados, y llama la atención –es una forma de decir– que en esta nueva edición sí sean reproducidos por entero.

 

Amargas ironías póstumas para quien le dedicó no pocas páginas al destino incierto de textos de cierta antigüedad. Con tiempo para la ocurrencia pero no para el examen de una obra con "piedad necrológica" o, en palabras de José Bianco, con "veneración tipográfica", la publicidad de los nuevos tomos reza: "Del laberinto se sale leyendo". A esta altura el subtexto y la contraorden deberían ser obvios: "Al laberinto se entra con respeto". Son reeditadas y penosas muestras de la caída pavorosa del pudor -del que Borges era un ejemplo supremo-, en cualquier terreno que se mire: del descuido, la desidia y la desfachatez, a la insolencia, el atropello y el vandalismo.

 

Otra ausencia, acaso menos grave pero no menos inexplicable, obliga a ahondar todavía más en el periodismo antipático: no existe firmante o incógnito que elucide o justifique las pautas generales y maniobras particulares que subyacen a este tríptico. Para ser más claros: ante una publicación de este orden y de esta relevancia, el lector no tiene por qué reponer información por su cuenta o hacer inferencias especulativas -como si se tratara de una novela y el editor fuera un autor reticente- acerca de si, por ejemplo, el editor resolvió seguir la decisión de Borges de publicar su Obra poética (1977) sin esos textos. De todas formas, en la instancia actual esa eventual coartada queda invalidada porque se trata de una obra completa, en apariencia total, y esos textos faltantes deberían estar en alguno de los tomos, puesto que Borges no manifestó que renegara de ellos como textos. Y esa presunta salvedad queda desautorizada, asimismo, por otra decisión del propio editor, la de incluir los fragmentos en prosa de La cifra y Los conjurados -como fue mencionado, libros de características similares-, ahora sí atribuyéndose prerrogativas de autor, de carácter contradictorio. Un lector no llega a un libro -menos a las obras completas del mayor autor argentino y uno de los mayores del siglo veinte- para jugar a adivinar razones no expuestas, o para ponerse a interpretar el mutismo de un editor o de fortuitos derechohabientes como si fueran dioses ocultos.

 

Las bellas fotos de tapa intentan disimular la reticencia de estos enigmas, que diluyen sus ademanes en el silencio editorial y en el elenco del copyright: Mariana del Socorro Kodama, Martín Nicolás Kodama, María Victoria Kodama, Matías Kodama y María Belén Kodama. Los senderos siguen bifurcándose, pero al jardín le estaría faltando un paisajista.

Fuente: Revista Ñ  - Clarín

https://www.clarin.com/revista-n/adelgazo-borges-nuevas-obras-completas-tacharon-medio-libro_0_M5niH1yhFA.html

domingo, 14 de septiembre de 2025

Las fuentes de Borges para El Aleph

 

 

Fuente; You Tube

 https://www.youtube.com/watch?v=2n5lXHWHdvE

 

 

viernes, 22 de agosto de 2025

“El Aleph” de Borges cumple 80 años: breve historia de “una puerta abierta a lo imposible”

 

En 1945, el cuento fue publicado por la revista Sur. Esta semana la Biblioteca Nacional inaugura una muestra dedicada a este texto que muchos consideran el mejor relato del escritor argentino más universal

 

Luciano Sáliche

 

Una mañana de 1945, de esas en que el verano se aleja y el otoño aparece despacio, Borges llegó exultante a la casa de Estela Canto. Días antes le había escrito una carta en la que le contaba que estaba terminando “el borrador de la historia que me gustaría dedicarte: la de un lugar (en la calle Brasil) donde están todos los lugares del mundo”. Esa tarde de 1945 Borges caminó las calles porteñas con una alegría disimulada. Tocó el timbre en una casa de San Telmo, Estela abrió la puerta, se besaron las mejillas y luego de algunas palabras corteses y sonrisas tímidas, sacó el texto. Era El Aleph.

 

Cuando Adolfo Bioy Casares los presentó, agosto de 1944, Borges apenas le tendió la mano. Estela era una mujer imponente y ese desinterés la descolocó. Él, de 45 años, era una figura gravitante en los círculos literarios —acababa de salir Ficciones—; ella, de 28, había publicado El muro de mármol, su primera novela. “Inmediatamente dirigió sus grandes ojos celestes en otra dirección. Era casi descortés. E inesperado. En aquellos días yo daba por supuesto que los hombres tenían que impresionarse conmigo”, escribió en su libro de 1989 —él ya había muerto—, titulado Borges a contraluz.

 

Llegó el verano, y una noche, ya más en confianza, Borges le propuso salir a caminar. “En avenida de Mayo entraron en un bar. Ella se pidió un café y él, como siempre, un vaso de leche”, cuenta Daniel Mecca, poeta y director del BorgesPalooza. A ambos les gustaba Bernard Shaw; sobre eso hablaron horas. Caminaron un rato más y en Parque Lezama, en la escalinata que mira a la calle Brasil, se sentaron en silencio. Esa imagen volvió al escribir El Aleph. Mientras conversaba con la mujer de la que se estaba enamorando, creyó ver lo que “ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo”.

 

Aquella mañana, exultante, con una alegría disimulada, Borges sacó el manuscrito “garabateado, lleno de borrones y tachaduras”. Ella se sentó frente a la máquina de escribir. “Borges me hablaba de los progresos que iba haciendo con El Aleph y, mientras me dictaba, se reía a carcajadas de los versos que endilgaba a Carlos Argentino", recordó Estela. Carlos Argentino Daneri es el primo hermano de Beatriz Viterbo, la amada del protagonista del cuento. Ella acaba de morir y Daneri le dice que vaya a la casa de su prima, que iba a ser demolida, porque en el sótano hay un “objeto secreto y conjetural”.

 

Era “una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor”, dice el protagonista del cuento. “Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño”, y le sigue una larga descripción. Borges le pidió a Estela Canto que lo ayudara a escribir esa parte; ella se negó. “Sentí infinita veneración, infinita lástima”, concluye el protagonista. El relato —sobre el final— está dedicado: “A Estela Canto”.

 

Las interpretaciones de este relato son disímiles. La pregunta que subyace —y que subyace en toda obra literaria— es cuál es la potencia de la literatura. Nadie podría decir que a Borges no le interesaban esas cosas. ¿La construcción de un objeto que albergue, no solo la totalidad, sino la eternidad, todas las posibilidades, incluso las no imaginadas aún, no es acaso la potencia de la literatura misma? Es curioso, incluso gracioso, que el motivo por el cual el Aleph corre el peligro de desaparecer es que van a demoler la casa donde el objeto habita para ampliar una “desaforada” confitería.

 

Hace 80 años, en 1945, la revista Sur publicó "El Aleph" y cuatro años después se editó como libro

 

“Georgie estaba tan contento como un niño”, recordó en una entrevista que le hizo en 1989 Graciela Musachi en la Biblioteca Freudiana de Vicente López, rescatada por Daniel Mecca. El texto, escrito en hojas cuadriculadas, “contenía un objeto que mostraba todos los objetos del mundo. El objeto se llamaba el Aleph. No dijo que el Aleph era la primera letra del alfabeto hebreo. Para él era ese objeto, una puerta abierta a lo imposible. Era un calidoscopio”. Al terminar, se llevó las hojas mecanografiadas a la revista Sur, la revista de Victoria Ocampo, donde se publicaría por primera vez.

 

Cuando Borges le propuso casamiento, ella, risueña —¿una venganza al desinterés de cuando los presentaron?—, le dijo que aceptaría “con mucho gusto”, pero que había un detalle: “Soy discípula de Bernard Shaw”: “no podemos casarnos si antes no nos acostamos”. El incipiente romance jamás prosperó. Estela se quedó con el manuscrito y lo subastó en 1985: lo compró el Ministerio de Cultura de España por 25.760 dólares. Cumplió en avisarle; él apenas ofreció un chiste. Para entonces, ya había suficiente consenso de que era de uno de los mejores cuentos de la literatura argentina.

 

Fuente: Infobae

https://www.infobae.com/cultura/2025/08/20/el-aleph-de-borges-breve-historia-de-una-puerta-abierta-a-lo-imposible/

 


domingo, 23 de abril de 2023

Cien años de Fervor de Buenos Aires

 

El primer libro de Borges, que fue base e inspiración de sus trabajos posteriores, cumple un siglo de existencia.

Por Fernando García Ramírez

23 febrero 2023

 

Terminada la Primera Guerra Mundial, que pasó en Suiza con su familia, Jorge Luis Borges llegó en 1919, a los veinte años, a España, donde conoció a los jóvenes poetas ultraístas. En Madrid se volvió asiduo de la tertulia de Ramón Gómez de la Serna. Pocos años después, en 1924, el gran maestro de la greguería escribe al recibir el primer libro de poemas del joven argentino: “Todo este libro, escrito … con una dignidad y un aplomo que me han hecho quitarme el sombrero ante Borges con este saludo hasta los pies”.

 

El libro ante el cual Gómez de la Serna se descubre es Fervor de Buenos Aires, publicado por la Imprenta Serantes, con dibujo en la cubierta de Norah Borges, en 1923, hace cien años. Random House está por publicar una edición conmemorativa y un par de editoriales argentinas preparan sendos libros de ensayos para celebrar el centenario de este libro juvenil y nostálgico, lírico y metafísico, urbano de las orillas, obligadamente moderno.

 

Borges era muy tímido como para llevar su libro a una editorial. Su padre pagó el costo de la edición (un tiraje de 300 ejemplares). En 1923 Borges “parte nuevamente para Europa, y deja, para ser publicado en la revista Nosotros (en la cual colaboraba), un libro de poemas” (Jenny Barros, Borges, la palabra y el amor). Ese libro era Fervor de Buenos Aires.

 

No fue su primer libro. Antes escribiría dos que nunca vieron la luz. Ritmos rojos, en el que el poeta exalta la Revolución soviética, y Los naipes del tahúr, cuentos al estilo del novelista Pío Baroja” (José Emilio Pacheco, Jorge Luis Borges).

 

En 1920 publicó Borges su primer poema, “Himno del mar”, en versículos a la manera de Whitman. Los poemas que contiene Fervor de Buenos Aires los escribió entre 1921 y 22. Sus elegías sobre el Buenos Aires perdido no son las de un joven poeta localista, sino las de un poeta que había pasado sus años formativos en Suiza, en contacto con la vanguardia expresionista, y en España, donde estableció fuertes vínculos con el ultraísmo. Le pesó a Borges el regreso a su patria. A Jacobo Sureda, joven poeta mallorquín, “le manifiesta su desencanto de regresar a América –donde todo le parece flojo y marchito– y su deseo de volver cuanto antes al viejo continente” (M.R. Barnatán, Borges, biografía total).

 

Regresó Borges a Buenos Aires en 1921. Difundió el ultraísmo en la revista Nosotros. Con varios amigos fundó la revista mural Prisma. Con Macedonio Fernández y otros, la revista Proa. Pero sobre todo redescubrió su ciudad. Buenos Aires era en ese entonces una metrópoli en pleno auge. Argentina destacaba como el mayor exportador de cereales del mundo. La capital se iba llenando de automóviles y de rascacielos. Borges no quería ser un autor que siguiera la moda, como el mexicano Maples Arce, que celebraba los vehículos de la modernidad. Quería separarse del modernismo y sus engolamientos, y del ultraísmo (solo un poema de Fervor de Buenos Aires delata ese acento) de su generación. Quería encontrar sus propios temas y su propia voz. Borges “cuando regresa a la Argentina… abre esa pregunta (que nunca cierra) sobre cómo es posible escribir literatura en este país periférico, con una población de origen inmigratorio, establecida en una ciudad litoral” (Beatriz Sarlo, Borges, un escritor de las orillas).

 

Borges encontraría entonces su tono: de nostalgia por el Buenos Aires de sus padres, el de finales del siglo XIX; un Buenos Aires que no vivió, de nostalgia idealizada por unas calles que antes estaban ubicadas en el centro y que poco a poco, con el crecimiento de la ciudad, se fueron quedando en los márgenes, en “las orillas”, como señala con agudeza Beatriz Sarlo. Borges encuentra sus temas en las casas bajas, con patio y con aljibe, en las calles de los suburbios, en los arrabales que lindaban con el campo. En esos poemas no hay personajes, hay paisaje urbano, o mejor dicho, hay un solo personaje, un caminante de las orillas, un flaneur que se pasea por los barrios viejos, un joven poeta que recupera las imágenes de la ciudad que fue y la transforma en meditaciones filosóficas sobre el tiempo y la inmortalidad, versos en los que resuenan Berkeley y Schopenhauer.

 

Borges recupera esas imágenes del pasado de una ciudad en plena transformación. El modelo de su libro fue Die Nordsee de Heinrich Heine. Los poemas de Fervor de Buenos Aires hablan de ocasos y crepúsculos. Sin embargo, son poemas donde abunda la luminosidad, tal vez como respuesta vital a la ceguera de su padre y a sus propios problemas de la vista. Fervor de Buenos Aires puede leerse, también, “en el plano ideológico, como una reacción frente a la realidad argentina de ese momento, en la que el concepto de ciudad resulta problemático a causa de las rápidas transformaciones ocurridas en ésta” (Rafael Olea Franco, El otro Borges. El primer Borges).

 

En un tiempo en que su país cambiaba vertiginosamente, Borges recurre a los barrios viejos de las orillas. Cuando los poetas ultraístas de su generación celebraban la aceleración de lo nuevo, Borges recurre a un tono nostálgico de meditación metafísica. Cuando el Buenos Aires de sus mayores iba entrando en el ocaso, Borges brinda una nueva luz a las casas bajas, a los patios, a las plazas vacías, al cementerio donde reposan sus antepasados, a las calles que se alargan y se pierden en el poniente. 

 

Borges publica Fervor de Buenos Aires a los 24 años, quizá nunca saldría de este libro. “Pienso que nunca me he alejado mucho de este libro; siento que mis trabajos sólo han sido desarrollo de los temas que en él toqué por primera vez; siento que toda mi vida ha transcurrido volviendo a ese único libro” (Jorge Luis Borges, “Ensayo autobiográfico”).

 

Fervor de Buenos Aires cumple cien años. Ante él no queda sino repetir el gesto de Ramón Gómez de la Serna: quitarse el sombrero con un saludo hasta los pies.

 

Fuente: Letras Libres

https://letraslibres.com/literatura/fernando-garcia-ramirez-siglo-fervor-buenos-aires-borges/

 

domingo, 26 de marzo de 2023

El fervor de la filosofía: 100 años de Fervor de Buenos Aires

Conmemoramos el centenario de la primera publicación de Borges: Fervor de Buenos Aires (1923).

Veremos en este programa como expresa en poemas la filosofía de Berkeley y Schopenhauer tornándola viva.

 

Fuente: You Tube

https://www.youtube.com/watch?v=usOjXav-v0s

sábado, 11 de febrero de 2023

Teatro - Seres Imaginarios de Borges


Seres fantasticos

 

La obra “Seres imaginarios de Borges”, de Fernando Flores Maio, con puesta y dirección de Claudio Gallardou, pensada para toda la familia, se representó en el Centro Cultural Borges y en Tecnópolis. es una producción del Teatro Nacional Cervantes y la Fundación Internacional Jorge Luis Borges.

Autor: Fernando Flores Maio, sobre El libro de los seres imaginarios, de Jorge Luis Borges en colaboración con Margarita Guerrero.

Elenco: Soledad Argañaraz, Paula Lares, Hernán Lewkowicz, Lucas Gaillardou. Músico en escena: Joaquín Sanz.

Música original: Gabriel Toker.

Letras de las canciones: Claudio Gallardou.

Coreografía: Soledad Argañaraz.

Diseño de vestuario y seres imaginarios: Vanesa Abramovich.

Realización: Lucrecia Vasconi, Margarita Tambornino y Mónica Mazzitelli.

Asistente de vestuario: Lucrecia Vasconi.

Diseño de iluminación: Jorge Merzari.

Producción ejecutiva: Pablo López.

Asistente de dirección: Luciano Medina.

Más información en www.seresfantasticos.com

 

Fuente: You Tube

https://www.youtube.com/watch?v=-V4TDUCUO_8