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martes, 14 de julio de 2026

Los Mensajes Cifrados que Borges Escondió en su Propia Tumba. Nadie los Descifró en 40 Años

 


Cabinet of Wonders

 

Los Mensajes Cifrados que Borges Escondió en su Propia Tumba. Nadie los Descifró en 40 Años En un cementerio de Ginebra hay una lápida que parece sencilla… hasta que empiezas a leerla. Siete guerreros tallados en piedra.

 Una frase en inglés antiguo del siglo X. Una inscripción en nórdico antiguo. Una nave vikinga. Y una dedicatoria final que durante décadas casi nadie supo interpretar.

No es solo la tumba de Jorge Luis Borges. Es, quizás, su último laberinto.

 En este video exploramos uno de los enigmas literarios más fascinantes del siglo XX: los mensajes cifrados que Borges dejó en su propia tumba, en el cementerio de Plainpalais, en Ginebra.

Analizamos qué significan sus símbolos, qué dicen realmente las inscripciones medievales, por qué tardaron décadas en ser descifradas y cómo la lápida resume en piedra las grandes obsesiones de su obra: el coraje, la muerte, el lenguaje, el mito, el amor cifrado y el arte de perderse dentro de un texto. Aquí descubrirás:

Por qué Borges murió en Ginebra y no en Buenos Aires

Qué elementos aparecen realmente en su lápida

De dónde salen los siete guerreros y la nave vikinga

Qué significa la frase “And ne forhtedon na”

Qué relación tiene la tumba con la Saga Volsunga

Quién es  Martín Hadis y cómo logró descifrar el conjunto completo

Por qué la dedicatoria “De Ulrica a Javier Otárola” es una de las claves más íntimas del monumento

Cómo la tumba de Borges se convirtió en una obra literaria póstuma

Este no es solo un video sobre una tumba. Es una historia sobre un escritor que eligió no dejar una despedida directa, sino un objeto hecho de símbolos, idiomas antiguos y referencias cruzadas.

Un monumento que no se limita a recordar su muerte, sino que obliga a leer, interpretar y dudar. Porque Borges no solo escribió laberintos: pensaba como ellos. Y al final convirtió su propia lápida en uno.

Lo más inquietante es que el monumento no funciona como simple homenaje, sino como una condensación de toda su obra. En esa piedra conviven la épica anglosajona, las sagas nórdicas, la identidad dividida entre Palermo y Europa, el coraje ante la muerte y el único cuento de amor que Borges escribió.

Lo que parece una lápida termina revelándose como un texto cifrado.

Fuente: You Tube

https://www.youtube.com/watch?v=VO2zuzgN3Rc

 

 

sábado, 9 de julio de 2022

Muerte en Ginebra

 

La ciudad suiza acoge la tumba de Borges, quien en ese enclave vio despuntar su instinto artístico, acaso su destino.

 

Pablo Perantuono

Ginebra

 

14 de junio de 2022

Hace algo menos de seis meses, el 28 de enero de 2022, la revista dominical del diario Le Monde publicó en su portada un retrato en blanco y negro a toda página de una mujer de unos 50 años con el pelo cortado al ras, que no mira a cámara sino ligeramente hacia su izquierda, y que ofrece un imperceptible rictus que parece transmitir serenidad.

 

Ese rostro desnudo es el de Grisélidis Réal (1929-2005), cuya vida fue lo opuesto a esa placidez que emana de la foto. Poetisa, ensayista, pintora, activista feminista, la obra de Réal orbitó y se nutrió del trabajo que llevó adelante durante casi 40 años, la prostitución.

 

Nacida en Lausanna, Suiza, e hija de padres intelectuales, Réal estudio Arte en la Universidad de Zúrich, vivió en Alejandría, también en Múnich —donde cayó presa—, y murió en Ginebra, cuyas calles y sábanas trepidó durante infinitas madrugadas. Madre de tres hijos, está enterrada en el célebre cementerio de los Reyes, en el 10 de la Rue des Rois, un predio arbolado y bucólico de unos 300 metros de ancho por 400 de largo que, como casi todo en esta ciudad, brinda pocas señales de su fama. Aquí, entre lápidas discretas y espaciadas entre sí, están enterrados Jean Piaget, Juan Calvino, Alberto Ginastera y un puñado de próceres locales, entre ellos expresidentes, médicos y militares.

 

Visceral, directa, iconoclasta, la obra y la aventura vital de Réal ha sido objeto, en los últimos años, de un puñado de documentales (el más reciente, Belle de nuit, se exhibió en 2016 en el Bafici) y hoy su figura es reivindicada como un ícono del feminismo en Occidente. Ella se autoproclamaba “puta revolucionaria”. Por eso en su lápida, rodeada de sauces, cipreses, robles y pinos centenarios, se lee: “Grisélidis Réal, Escritora, pintora, prostituta”. Fue un pedido suyo, estar ahí, que diga eso. Lo que no está claro —lo que sus hijos nunca señalaron— es si eligió ese preciso lugar a propósito, acaso como una última manifestación de su audacia y rebeldía. Delante suyo, a sólo cuatro metros, descansa un célebre colega cuya vida, como un espejo invertido, no podría haber estado más en sus antípodas: el único, infinito Jorge Luis Borges.

Aquí estamos, en junio de 2022, a 36 años de la muerte del gran escritor argentino, y esa coincidencia, la de que la antimateria de los cuerpos de JLB y de Réal casi puedan rozarse, no solo parece una mueca del destino, sino que es una más de las tantas paradojas subrepticias que guarda esta bella y confidencial ciudad.

 

Borges eligió este enclave de Suiza para morir y ser enterrado por un puñado de razones. Estudió aquí, pero no por elección, sino porque quedó atrapado entre el ruido de bayonetas de la Primera Guerra Mundial. Había acompañado a su padre para que este se hiciera un tratamiento de avanzada contra la ceguera y los sorprendió el inicio de la batalla. Anclados en Ginebra, el joven Jorge fue al colegio, donde aprendió francés, alemán y latín, se hizo de amigos, se enamoró del zigzagueo de las calles del barrio viejo, del imperial lago Lemán, el más grande de Europa occidental, y vio despuntar su instinto artístico, acaso un destino. Lo fascinó el espíritu cosmopolita de Ginebra, el sonido de sus campanarios y la sensación de ser un posible centro de la cultura de su civilización. Esa inspiración le permitió pergeñar sus primeros poemas. El recuerdo de esa ciudad amable, discreta y colorida —aún cuando a su alrededor Europa estallaba en pedazos— permaneció engolfado en su memoria; los años no hicieron más que macerarlo y por eso, ya enfermo y acompañado por María Kodama, vivió aquí los últimos meses de su vida.

 

Integrante de la Academia Francesa de Letras, el argentino Héctor Bianciotti, de cuyo fallecimiento se cumplieron 10 años el sábado pasado, frecuentó al autor de Ficciones durante su suave agonía en la ciudad. Miembro de la prestigiosa editorial Gallimard, Bianciotti contó que durante esas últimas semanas el ánimo de Borges, a quien visitó en el sanatorio y luego en su departamento sin número sobre la Gran-Rue, en el casco antiguo, no se volvió crepuscular ni se vio humedecido por la autocompasión y la melancolía, pese a que era consciente de que el dolor y tal vez la muerte se cernían sobre él. “En el hospital, Borges no expresaría ni siquiera la irritación habitual de estar allí. Hizo bromas sobre la comida que le daban, sopas y purés cuyos sabores eran indefinibles. ‘Podría’, dijo, ‘estar hecho de seda, de mármol, de un extracto de nubes’. Estaba animado por esta conversación, y Maria Kodama y yo le preguntamos si se levantaría y caminaría con nosotros por el pasillo. No sin algunos temores, aceptó. Al principio temblando, terminó por mantenerse erguido y firme. Sonrió, y con una voz que era débil pero que se volvía pesada, discordante y fuerte cuando recitaba textos anglosajones o islandeses, justo cuando nosotros salíamos del pasillo, cantó —podría decirse que entonó— un verso de la balada de Maldon:

 

Soltó a su amado halcón en el bosque.

y entró en la batalla”.

La escena relatada por Bianciotti tuvo lugar en abril de 1986, dos meses antes de la muerte de Borges, pero terminó siendo gravitante en la narrativa posterior. El poema entonado por ese Borges de los últimos días aborda la batalla entre sajones y vikingos que tuvo lugar en agosto del año 911 en las costas de Maldon, en el condado de Essex, sur de Inglaterra. Admirador, como Tolkien, de la literatura, la cultura y la épica medieval, Borges creía que esos versos concentraban algunos de los grandes atributos de la especie humana: el coraje, el esfuerzo, la lucha, la muerte heroica y trágica. Parte de ese poema es lo que puede leerse en su lápida del cementerio de los Reyes, tumba que Kodama mandó construir semanas más tarde. Debajo de una imagen de siete soldados que empuñan sus espadas y martillos aparece tallada la frase “AND NE FORTHEDON NA”, que significa “y que no temieran”. Es un fragmento de la liturgia guerrera que el caudillo del ejército sajón, en desventaja, predicó ante sus hombres minutos antes de la batalla final.

 

En el libro Siete guerreros nortumbrios, su autor, Martín Hadis, desentraña algunos de los misterios cifrados en las inscripciones de la lápida, cuya razón de ser tienen que ver, justamente, con una combinación entre los recuerdos familiares de Borges y su fascinación por la valentía guerrera. Filólogo y estudioso de la vasta obra del autor de El Aleph, Hadis cree que “los dibujos y textos de la lápida remiten, a través de un combate sajón y medieval, a los antepasados criollos de Borges, a los compadritos y cuchilleros del barrio de Palermo, a Evaristo Carriego, y a la ‘secta del cuchillo y el coraje’ que fueron tan significativos en su obra. Lo nórdico y lo sajón están directamente emparentados en la obra de Borges con la Argentina. Por eso todo el conjunto es tan apropiado. Borges sentía un profundo cariño por Buenos Aires, pero era a la vez un hombre reservado, y cuanto más cariño sentía por algo, menos probable era que representara o nombrara de manera explícita en sus textos”.

 

Pero volvamos al verde arbolado del cementerio. Desde la tumba de Réal, lo que se observa es la espalda algo informe de la piedra sepulcral borgeana, en donde también se detectan un par de leyendas en apariencia extrañas pero que, cómo no, están vinculadas íntimamente con el universo literario del poeta porteño. En la parte superior de esa piedra ajada por la lluvia y el tiempo, puede leerse, en nórdico antiguo, “Hann tekr sverðit Gram ok leggr í meðal þeira bert” (“Él toma la espada Gram y la coloca entre ellos desenvainada”), que es el epígrafe del cuento ‘Ulrica’, que JLB publicó en 1975 en el Libro de la arena. A su vez, la frase está tomada de la Völsunga Saga (saga noruega del siglo XIII), que cuenta la historia del héroe Sigurd, quien comparte lecho con Brynhild, deseada por el hermano de su esposa, y para no tentarse interpone la espada entre ambos. En la misma cara de la piedra, debajo de un dibujo de una barca, se observa la inscripción: “De Ulrica a Javier Otálora”. Ulrica y Otálora son los protagonistas del relato, cuya excepcionalidad reside no solo en su calidad literaria sino en que es único en su especie: Borges no escribía cuentos de amor, por más que la pieza pueda interpretarse como un relato onírico o incluso con ribetes erógenos. Más probable aún es que la apelación a esos dos personajes haya sido elección de Kodama como homenaje a la relación sentimental que para mediados de los años setenta, fecha de escritura del cuento, Borges y ella ya habían consolidado. El impreciso contenido erótico del cuento referido en el reverso de la lápida también es materia de interpretaciones. El filósofo y escritor Juan Jacinto Muñoz Rengel, escribió al respecto: “Cuando Borges inició su idilio con Kodama, él tenía 75 y ella 38. Por esa, y por otras muchas razones, el visitante de la tumba de Borges pudiera conjeturar que el mensaje de la espada desnuda está cargado de implicaciones sexuales, pero yo no avendré en esas disquisiciones, porque al fin y al cabo Borges ya murió, y con él la suma del intolerable universo”.

 

Es una mañana soleada de un jueves de junio y el de los Reyes más que un cementerio parece un parque público, como muchos de los que serpentean Ginebra. Una mujer lee descalza en un banco, un bombero escudriña su celular, una joven en calzas pasa haciendo jogging hundida en el sonido ambiente de sus headphones. Además de sus ilustres vecinos, solo los árboles y los pájaros acompañan al gigante argentino. La primavera suiza está en su apogeo. A metros de aquí, en el parque de los Bastiones, se levanta el monumental muro dedicado a los reformadores, entre los que descolla el de Juan Calvino, factótum de la reforma protestante. Fundada por él en 1559, el Colegio Calvino es la escuela secundaria pública más antigua de la ciudad y es a la que asistió Borges durante aquella estadía adolescente que sellaría para siempre su amor por la ciudad. “En Ginebra me siento extrañamente feliz. Eso nada tiene que ver con el culto de mis mayores y con el esencial amor a la patria. Me parece extraño que alguien no comprenda y respete esta decisión de un hombre que ha tomado, como cierto personaje de Wells, la determinación de ser un hombre invisible”, escribió en una carta unas semanas antes de morir. La idea de la invisibilidad, siendo él un hombre ciego, parece otra de las tantas paradojas de su mundo, pero esa era su necesidad por aquel tiempo, la de escapar de su amada Buenos Aires donde se sentía abrumado. Tras un viaje por Italia, llegó con Kodama a Ginebra a comienzos de 1986 y le dijo que no se irían más.

 

Tras hospedarse algunas semanas en un hotel, y luego de superar aquella internación por el agravamiento de su estado de salud, Borges y Kodama se mudaron a un departamento sobre la Rue Grand. Hoy, una placa en el 28 de esa calle, colocada a unos tres metros de altura, conmemora su paso por el lugar. A pasos de allí, entre galerías de arte y negocios de anticuarios, se levanta una de las librerías más importantes de Ginebra. Está emplazada en la que fuera la casa de Jean-Jacques Rousseau, otro de los ginebrinos cuya reputación contribuyó a alimentar el magnetismo intelectual de la ciudad, ese carácter de cuna del conocimiento que tanto atrajo al autor de Emma Zunz.

 

Cercana tanto a Italia como a Francia —la frontera con ambos países se encuentra a menos de una hora en auto—, Borges se sentía atraído por el soplo ecuménico de Ginebra, su eclecticismo cultural. Acaso también por la vibra que se intuye hoy, una rara mezcla entre lo nuevo y lo viejo, lo sagrado y lo profano, el cielo de la Ilustración y el supuesto subsuelo prostibulario, el de Grisélidis Réal y el de Ferdinand de Saussure, el almidonado mundo de la ONU o la OMS, cuyas sedes están aquí, y el de las chicas que aún hoy se ofrecen en las calles a plena luz del día, como si sus cuerpos fueran relojes o chocolates, objetos de deseo por los que Suiza ganó fama mundial. Todo eso a metros del imponente lago Lemán, en cuya bahía basculan los yates y aletean las cigüeñas, y desde donde puede observarse la cima blanca del Mont Blanc. El lago fue uno de los motivos capitales por los que Borges vino aquí a apagarse y a morir. De acuerdo a Bianciotti, JLB buscaba atrapar algo de su esencia, sentir la brisa milenaria que baja por los Alpes y que lo atraviesa. Tal vez imaginar, como le contó una vez Macedonio Fernández al observar la desmesura de la Pampa argentina, que viendo el lago era posible asistir a la revelación de la verdad. Para ello, decía su amigo Macedonio, era necesario olvidarse del mundo, de sí mismo y de todo lo que buscaba. Era algo parecido a la muerte. Algo parecido a la eternidad.

 

Fuente: Coolt

https://www.coolt.com/libros/borges-muerte-en-ginebra_633_102.html

 

domingo, 16 de septiembre de 2018

Borges y los bosones




Borges propuso varias teorías del todo. El universo puede ser, por ejemplo, un laberinto.

Por: Thierry Ways

Alguna vez, por algún motivo específico, quise conocer Ginebra. Pero, ahora que un azar me había traído hasta acá, no recordaba el motivo, ni siquiera el hecho de haberla querido conocer. Como tantas veces en la vida, cuando uno por fin obtiene lo que quería, ya no recuerda para qué lo quería o por qué.

Fue mi esposa quien, involuntariamente, hizo que lo recordara, al mencionar en una conversación que aquí está enterrado Borges. La tumba de Borges, en efecto: era eso lo que, hacía años, había querido visitar. Lo que había olvidado.

A la tumba de Borges se llega en tranvía y luego a través de un jardín de senderos que no se bifurcan, sino que son simétricos y rectilíneos, como corresponde a un camposanto suizo. La única bifurcación que existe en el Cimetière de Plainpalais es entre el más allá y el más acá.

Siguiendo por el sendero del más acá se llega al sitio donde descansa el escritor. Está marcado por una lápida de piedra tallada, en cuyo frente hay siete guerreros ancestrales con sus armas en alto y una inscripción en inglés antiguo, “…and ne forhtedon ná”, que en castellano significa: “…y que no temieran”. Es un verso de un viejo poema anglosajón. Si hemos de encarar la muerte, parece decirnos, que sea sin miedo, enarbolando las espadas.

Tal vez no haya mejor lugar para haber enterrado a Borges que cerca del sitio en donde, por medio de heroicos esfuerzos, se intenta explicar el universo. Él también quiso explicarlo.

 Al día siguiente fui a satisfacer una curiosidad más reciente: conocer la sede de la Organización Europea para la Investigación Nuclear, el Cern, por sus siglas en francés. Allí, científicos de todas las nacionalidades hurgan en las entrañas de la materia, valiéndose para ello del colisionador de partículas más grande del mundo: un aro de 27 km enterrado a cien metros bajo tierra en la frontera entre Francia y Suiza. Es la máquina más colosal jamás construida por la humanidad. Su propósito es estudiar las partículas elementales que componen el universo: quarks, neutrinos, bosones, electrones, etc. En 2012, el Cern halló una partícula que podría ser el ‘bosón de Higgs’, una pieza tan fundamental en nuestro modelo del cosmos que la prensa lo llamó (para horror de los físicos) ‘la partícula de Dios’.

 


Tal vez no haya mejor lugar para haber enterrado a Borges que cerca del sitio en donde, por medio de heroicos esfuerzos, se intenta explicar el universo. Él también quiso explicarlo. Pero, a diferencia de los físicos, que persiguen una escurridiza ‘teoría del todo’ que reduzca todo lo conocido a un conjunto de ecuaciones y constantes, Borges propuso no una, sino varias teorías del todo. El universo puede ser, por ejemplo, un laberinto. Una biblioteca. Un mapa. O, mi teoría preferida, una lotería.

Solo que, entonces, ni Borges agotaría el asunto, pues tendríamos que plantear, y explicar, un universo mayor aún, el universo que pudiera contener los universos de Borges. ¿Será ese el universo de los investigadores del Cern?

Alguna vez leí en un libro de física teórica cuyo nombre y autor he olvidado (también) que una de las cosas más desconcertantes de la física moderna es que parecería que Dios nos estuviera mamando gallo. Un teórico, por medio de ecuaciones impenetrables, postulaba la existencia –no, la necesidad– de alguna partícula exótica. Luego, años después, investigadores descubrían la susodicha partícula en un laboratorio. ¿Son así de clarividentes los teóricos? ¿O –como sugería el autor, entre la broma y el espanto– estará Dios jugando con nosotros, dejando que confirmemos con nuestros instrumentos cuanta teoría disparatada sale de nuestra imaginación?

Se me antoja que al maestro no le desagradaría encontrarse en el más allá con una deidad así, traviesa y sutil, dada a crear un cosmos de juguete y sembrado de sorpresas, como huevos de Pascua, para consolar a los hombres en su pequeñez. Quizá el universo sí sea borgesiano, después de todo.

Fuente: El Tiempo

jueves, 16 de junio de 2016

Los misterios de la lápida de Borges



 Una fotografía de la tumba del escritor en Ginebra fue el punto de partida de una indagación “borgeana” por parte del filólogo Martín Hadis, que quedó plasmada en un libro, “Siete Guerreros Northumbrios”

En esta entrevista con Infobae, Martín Hadis cuenta cómo el intento de interpretar los mensajes cifrados en la lápida de Jorge Luis Borges acabó convertido en una introducción a la obra del gran escritor argentino, fallecido hace 30 años.

—¿Cómo se interesó por la lápida de Borges en Ginebra?

—La lápida me intrigó desde siempre, es decir, desde la primera vez que la vi. Borges murió en Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986, y fue enterrado en el cementerio de Plainpalais, en esa ciudad. Es un lugar muy pacífico, agradable, con árboles. Creo que fue recién en 1996 que empezaron a circular las primeras fotos de la lápida en los diarios, por el décimo aniversario de la muerte de Borges. Lo primero que pensé al verla es que era un gran enigma. No estaba claro para mi qué significaban los textos ni los diseños tallados en la piedra. Yo ni siquiera sabía cómo había llegado ahí. De manera que me puse a investigar.

La lápida de Borges, en el cementerio de Plainpalais, Ginebra, Suiza La lápida de Borges, en el cementerio de Plainpalais, Ginebra, Suiza
Lo más importante fue vincular esos elementos con la genealogía y la vida de Borges y el uso que él hacía de esos elementos en su obra

—¿Y cuál fue el resultado de esa búsqueda?

—Bueno, no fue inmediato, fue un proceso muy gradual, que duró décadas. Primero tuve que entender en qué idioma estaban los textos, luego, de donde procedía cada símbolo tallado en la piedra. Y con esto, de tratarse de otro objeto, se hubiera terminado quizá el análisis. Pero en este caso hubo además otra larga etapa, la más importante, que consistió en vincular esos elementos con la vida, la genealogía, la historia personal de Borges y –sobre todo- con el uso que él hacía de estos elementos en sus obras. Y esa segunda etapa fue desarrollándose sola y en paralelo, a medida que releía la obra, la analizaba y publicaba otros libros sobre otras facetas de la vida de Borges.

—Una indagación muy borgeana….

—Sí, sin duda, y un proceso gradual en el que los conceptos fueron acumulándose a medida que yo investigaba otras facetas de la obra y la personalidad de Borges. Fue decantando a lo largo de muchos años. Finalmente, toda esta investigación culminó en un libro que trata exclusivamente sobre la lápida: Siete Guerreros Nortumbrios. Cuando les presenté el libro a mis editores, se sorprendieron. ¿Un libro sobre una lápida? Pero es mucho más que eso. Porque, como digo, apunta a toda una serie de significados sobre la obra de Borges. Y resultó muy bien. Quise hacer un libro muy fácil de leer, que pueda entender cualquier persona con interés, sin necesidad de conocimientos previos. Y entonces el libro termina también funcionando, paradójicamente, como una introducción a la obra de Borges.

—¿Y cuáles son esos enigmas de la lápida?

—Es una lápida aparentemente simple. Pero esa simpleza es la punta del ovillo, ya que lleva a una red de significados e ideas. En el frente, tiene tallada la imagen de siete guerreros que blanden sus armas. Y, debajo, una frase en inglés antiguo que pertenece a un antiguo poema que conmemora la batalla de Maldon, ocurrida en el año 991, en el que un ejército sajón debió enfrentar a una horda de vikingos. La frase es AND NE FORTHEDON NA, "y que no temieran", parte de la arenga que el líder sajón da a sus hombres antes de la batalla: les dice que no teman ante la muerte, y que tengan coraje.

Morir sin temor era una de las grandes ambiciones de Borges
—Un tema recurrente en Borges, el coraje…

—Absolutamente. Borges, curiosamente, sintió la nostalgia del destino épico de sus antepasados criollos militares. En un poema, lamenta: "No haber caído, / como otros de mi sangre". Y en una conferencia recuerda que su padre y su abuela inglesa "murieron ciegos; ciegos, sonrientes y valerosos, como yo también espero morir". Y luego agrega: "Se heredan muchas cosas (la ceguera, por ejemplo) pero no se hereda el valor. Sé que fueron valientes". Y esa es la clave para comprender este diseño. En la batalla de Maldon, un grupo de sajones, sintiéndose ya vencidos, decide arremeter de todas maneras contra los vikingos, aún sabiendo que no pueden ganar, que los espera la muerte. Deciden luchar hasta el final, sin miedo. Esto remite a la muerte del abuelo paterno de Borges: el coronel Francisco Borges, quien murió heroicamente en la batalla de La Verde, buscando también la muerte para demostrar su honor. Y esa era una de las grandes ambiciones de Borges: morir sin temor.

Esta lápida es paradójicamente muy criolla
—¿Es decir que hubo un diseño intencionado de su lápida?

—Así es. Sabemos que Borges recitaba y tenía en mente este poema hacia el final de su vida. Por eso digo que esta lápida es paradójicamente muy criolla, muy argentina, pero de una manera indirecta. Recordemos que Borges tenía dos mandatos ancestrales: el primero, su destino literario, heredado de sus antepasados británicos, los Haslam, unos ingleses a la vez eruditos y excéntricos. El segundo mandato, más asociado con su lado criollo, era el de tener el mismo coraje que sus ancestros criollos y militares. Estos dos mandatos formaron un contraste toda su vida y fueron uno de los motores que lo impulsaron a escribir. Y la lápida de Borges constituye una síntesis de esos dos impulsos: lo criollo representado a través de lo sajón.

—Hay un cruce de significados.

—Exactamente. Es una referencia indirecta. Los dibujos y textos de la lápida remiten, a través de un combate sajón y medieval, a los antepasados criollos de Borges, a los compadritos y cuchilleros del barrio de Palermo, a Evaristo Carriego, y a la "secta del cuchillo y el coraje" que fueron tan significativos en su obra. Lo nórdico y lo sajón están directamente emparentados en la obra de Borges con la Argentina. Por eso todo el conjunto es tan apropiado. Borges sentía un profundo cariño por Buenos Aires, pero era a la vez un hombre reservado, y cuanto más cariño sentía por algo, menos probable era que representara o nombrara de manera explícita en sus textos. Así que me parece muy bien que su lápida aluda a la Argentina, al coraje, a Buenos Aires, al Palermo de su infancia, pero de manera indirecta, sutil. Es así como él procedía en sus obras.

—¿Quien eligió los contenidos de la lápida?

—María Kodama, quien le encargó la talla a Eduardo Longato. Y creo que esos contenidos fueron muy bien elegidos: esta lápida es un gran homenaje, ya que plasma muy acertadamente ejes centrales de la vida y la obra de Borges, y los pensamientos que él tenía en el último tramo de su vida. Hay un testimonio interesantísimo de Héctor Bianciotti en el que cuenta que visita a Borges en Suiza, y Borges se pone a recitar el poema de Maldon. Al plasmar la batalla de Maldon en piedra, entonces, la lápida alude a sus anhelos y sus temores, y a líneas fundamentales de su creación literaria. Borges quería morir sin temor, como murió el Coronel Borges, y como murieron también su padre y su abuela inglesa.

Yo también tuve una "abuela Inglesa"

—¿Y qué hay del reverso?

—Tiene también tallada una frase: "Hann tekr sverðit Gram ok leggr í meðal þeira bert", que proviene de la Völsunga saga, una serie de relatos que fue escrita en el siglo XIII y significa: "Él toma la espada Gram y la coloca entre ellos desenvainada". Este es a su vez el epígrafe de un cuento de Borges, "Ulrica". Es una referencia al amor. Y debajo hay una talla de un barco que, fue –muy acertadamente- tomado de una piedra vikinga. Ese barco simboliza la eternidad y el viaje final del hombre.

El coraje guerrero era un tema recurrente en Borges El coraje guerrero era un tema recurrente en Borges
—¿Qué lo llevó a usted a investigar a Borges?
—Bueno, yo también tuve una suerte de "abuela inglesa", y me crié también en una biblioteca de libros ingleses. Originariamente estudié informática, egresé del Massachusetts Institute of Technology y estudié inglés antiguo y escandinavo antiguo en Harvard e hice otra maestría, en antropología, en Texas y además soy lingüista, o como me gusta decir a mí, filólogo y me fascina estudiar idiomas, cuanto más extraños, mejor. He estudiado japonés, chino, galés, hebreo, árabe, sánscrito y tantos otros… También me interesan las religiones, las mitologías, todos temas que fascinaban a Borges y aparecen recurrentemente en su obra.

—¿Qué siente al haber realizado este desciframiento?

—Que pude entender mejor a Borges. La lápida, como he dicho, representa los núcleos de su creación literaria. Tuve una confirmación cuando, después de publicar Siete Guerreros Nortumbrios, leí el siguiente texto de Estela Canto:

La herencia manifiesta en Borges era conspicua: su abuela paterna inglesa y su madre. Su abuela inglesa era el mundo; su madre, la voluntad de arraigarse, de ser argentino ante todo. Las dos tendencias estuvieron siempre contrapuestas en él. Y es probable que los entreveros de los anglos[ajones] del siglo X y las riñas de maleantes criollos lo hayan llevado al intento de unificar en un símbolo las dos vertientes más marcadas de su ser.

El símbolo tallado en el frente de su lapida representa magníficamente esta unificación, de una manera sutil, indirecta. Y esto es, como he dicho, muy apropiado. Como decía el mismo Borges en Otras inquisiciones: "Ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder […] esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético."

Fuente : Infobae – El Deber Bolivia

domingo, 5 de junio de 2016

La cineasta que cada mañana visita la tumba de Jorge Luis Borges



La documentalista Ana Simon todavía hoy encuentra cartas y mensajes emocionados dirigidos al escritor argentino.

                     Ana Simon en la tumba de Borges en Ginebra

 Susana Reinoso

Cada tarde de sábado, la cineasta rumano-suiza Ana Simon, de 78 años, recorre la distancia entre su casa, ubicada en la ciudad vieja de Ginebra, y el cementerio de los reyes Plainpalais, para dejar flores en las tumbas de Jorge Luis Borges, de Alberto y Aurora Ginastera, y de Francois Simon (su marido y gran amor). Al salir también las deposita en la lápida sencilla de Sophie y Fedor Dostovieski. Ese ritual se repite en primavera y verano. En invierno, cuando las temperaturas bajan de cero grado, esta dama de aspecto etéreo deja ramas con hojas verdes y quita la escarcha de las sepulturas que le son familiares.

Gran amiga de Aurora Ginastera y del compositor argentino, Ana Simon realizó el documental La Ginebra de Borges para el centenario del nacimiento del autor de El Aleph, cuyos 30 años de muerte se cumplen el próximo 14 de junio. “Pensé en el documental luego de ver muy triste a María Kodama”, cuenta Ana a Clarín.

El trabajo de la documentalista es una biografía íntima, con testimonios de Borges y Kodama, en el escenario de la ciudad vieja que el argentino eligió para morir. Hay en la Grand Rue una placa que honra su nombre. Ginebra expande su belleza sin artificios en el documental, mientras la inolvidable voz en off de Jeanne Moreau, también amiga de Ana Simon, lee poemas de Borges.

En la película, Kodama cuenta que poco antes de morir, en su piso del número 28 de la Gran Rue, muy cerca de la casa de Ana Simon, Borges y Marguerite Yourcenar dialogaron sobre el laberinto.

Al calvinista cementerio de Plainpalais se “ingresa” por votación y sólo llegan allí los restos de quienes hicieron aportes sustanciales a la cultura. Entre árboles antiquísimos y sepulcros despojados, todos con estrictas medidas físicas, la lápida de Borges tiene el número 735 y, como mucho se ha escrito, en el frente donde se ven los siete guerreros con espadas rotas, hay una frase del poema “La batalla de Maldon”: “y que no temieran” (“And ne forhtedon na”).

Viuda de François Simon, el actor suizo más célebre, Ana atesora un fondo audiovisual y documental muy rico y un intercambio epistolar fluido con personalidades como Samuel Beckett, Eugene Ionesco, E.M. Cioran, Yehudi Menuhin o Alain Tanner, entre otros. Entre sus amigos argentinos se cuenta el eximio pianista Luis Ascott y suele pasar temporadas en casa del poeta y cantautor español Paco Ibañez, de allí su dominio del castellano.

Pero si algo define el carácter de Ana Simon es que, desde hace más de 20 años, cuando cada sábado va al cementerio de los reyes, recoge los mensajes que la gente deja en la tumba de Borges. “Ya no encuentro tantos mensajes como antes”, le dice a Clarín una tarde soleada de mayo, mientras recuerda la vida y la obra de quienes rodean la sepultura del autor de Ficciones.

En la sepultura 735, a 30 metros de la de Calvino, la cineasta ha encontrado pinturas, libros y objetos diversos que la gente ha dejado como recuerdo. Todo se lo fue enviando a Kodama, por eso sólo tiene en su poder algunos pocos de distintos años. “La gente que deja mensajes en su lápida viene de todo el mundo. Creo que Borges fue feliz en esta ciudad”, dice.

Entre el puñado de copias que Ana ha conservado hay algún programa de teatro con la frase: “¡Bravo Borges!”; y una hojita del Best Western Hotel Astoria, firmada por Aurora “sobrina de Estela Canto”, en la que dice: “Querido Borges. Estuve aquí para visitarte (...) nos vemos en El Aleph o en algún otro sueño”. También hay mensajes en inglés, como el de Yang y su mujer, de China: “Querido Borges, tu sabiduría hace al mundo mucho más interesante”. Boletos de tranvía escritos en alemán, hojas de libreta en francés, trozos de papel arrancados de cuadernos y hasta pequeñas cartulinas, en las que la gente también deja su correo electrónico al dorso: “[…] siendo indígena zapoteca ante tu tumba derramo lágrimas en tu memoria”. Hay también papeles desteñidos por gotas de lluvia, donde se lee: “Aquí estás entonces. Aquí estamos, en tu Ginebra (...) sobre la pampa (...) en carne viva”.

Ana le dice a Clarín que hay que escribir la historia de “la tumba de Borges en Ginebra, donde la gente le deja mensajes como si fuera un santo”. Quizá el principio de esa historia ya lo haya escrito Borges en Atlas: “De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando (...) Ginebra me parece la más propicia a la felicidad”.

Fuente : Clarín 4/06/2016