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viernes, 25 de julio de 2014

Periodismo y literatura en la obra de Jorge Luis Borges

Cómo influyó en la historia del escritor el cierre de un suplemento semanal de actualidad  que codirigía.

Por  Alejandro Horowicz

 Hace 80 años, en 1934, desaparecía la "Revista Multicolor de los sábados”, suplemento del diario Crítica dirigido por Ulises Petit de Murat y Jorge Luis Borges. La partida de defunción fue extendida por Eduardo Bedoya. El subdirector de Crítica venia de trabajar en The World en Nueva York. Y al decir de Murat “liquidó la revista de frente” porque así se procedía en el diario de Natalio Botana. Puede decirse que el Borges periodista de redacción caliente concluye en ese acto; y si bien no deja de resultar curioso –el hombre formaba parte de la revista Sur– redacción fría proyectada por el mecenazgo de Victoria Ocampo-, que se terminara sumando al multimedia popular de la época: diario, radio y noticiero cinematográfico, esta vez nos ocuparemos del otro interrogante: ¿esa experiencia afectó la prosa de Borges? ¿En todo caso la forma Borges resultó visiblemente modificada? Y por último: ¿es posible constatar en sus textos este giro o solo se trata de una hipótesis a la que son tan afectos los académicos del mundo entero?  Esos que se pasan la vida entre congresos y papers.
Hacía una década, en 1924, que los Borges habían vuelto definitivamente de Europa. Y ser escritor, mandato que el fracasado doctor Borges terminó imponiendo a su hijo, se había vuelto su propio leit motiv. El tenue capital de los Borges se había evaporado. Pese a la férrea administración de Leonorcita, la esposa del doctor, los últimos vestigios de su herencia paterna ya no permitían no trabajar, el doctor estaba ciego y JLB se ganaba unos pocos pesos traduciendo para la revista Sur. Todavía no había ingresado a la biblioteca municipal Miguel Cané, en la calle Carlos Calvo en las proximidades de avenida de La Plata, donde trabajaría casi una década por paga misérrima, cuando Petit de Murat arregla una entrevista con Natalio Botana en la mitad del año 33. 
No era el primer encuentro. Botana estaba interesado en la traducción del Ulises de James Joyce, y le había traspasado el encargo a Petit de Murat. El jefe de la página de cine de Crítica, sabedor de los apremios económicos de JLB, frecuentaba su casa de tiempo atrás, así como de las dificultades de la traducción, no dudó en proponerlo a Borges de coequiper. Botana aceptó de inmediato. Pero no hubo caso, los derechos en lengua castellana ya estaban vendidos, y el proyecto tuvo que ser abandonado. Antes, los martinfierristas habían ingresado en masa a Crítica, tras una negociación del consagrado pintor argentino Emilio Petorutti con Botana. Una redacción llena de escritores, casi un club literario, se propuso conformar un nuevo piso cultural para la sociedad argentina. Sabedores que sus lectores no existían, que ser un escritor en esa Argentina equivalía a ser un fracasado sin remedio, se propusieron cambiar la situación con el auxilio de Botana. Y si se quiere la elaboración del Multicolor también tenia ese objetivo secreto: construir una masa de lectores calificados capaces de consumir productos de alta calidad estética.
El dueño de Crítica no solo era un bon vivant, con Rolls Royce en la puerta y Partagás en la boca, era además de refinado editor un hombre culto. Estaba al tanto de la última producción de las vanguardias europeas, y entendía que los martinfierristas expresaban la “nueva sensibilidad” local en ese registro. Por tanto, su respeto previo por Borges - sostenido tal vez por la bibliográfica de JLB sobre “Retrato de un artista adolescente” de Joyce, insólito fuera de los cenáculos literarios –, reforzado por la recomendación de Murat, produjo su efecto. De modo que de poeta desocupado paso de un solo saque a codirector del semanario gráficamente mas avanzado del diario de mayor tirada en la Argentina. No era precisamente un cambio pequeño. Por eso, ante la consternada incomprensión de Victoria Ocampo y sus amigos, JLB aceptó encantado la propuesta del excéntrico uruguayo.  
Los aportes de Borges como editor, reescrituras de textos de colaboradores, volver publicable lo que no lo era, estaba en la naturaleza de las cosas. Es cierto que de este modo también ayudaba a “amigos” en la estacada. Todos los editores tienen que hacerlo, ya que esa es su especialidad profesional. Sin olvidar el aprendizaje que tal actividad supuso: desde el acceso directo a la imprenta, hasta aprehender a dar instrucciones a un diagramador; desde saberse las tipografías que aseguraban el impacto, hasta titular según las necesidades de un diario popular. Sin olvidar por cierto que los cambios de su propia escritura parten de una exigencia directa de Botana: ese mix que lo terminó por volver reconocible: la erudición borgeana instalada sobre el piso de una data policial: una noticia teñida de sensacionalismo amarillo, un asesinato, y el “Hombre de la esquina rosada”. El mítico cuento de Borges no solo fue escrito y publicado en la Revista Multicolor – Botana impuso a los codirectores una colaboración quincenal – sino que se volvió el inicio de su nueva marca literaria.  
En un libro casi secreto de título poco feliz (“Borges, Buenos Aires”) Petit de Murat sostiene que ahí se produce el vuelco decisivo, el punto de inflexión, entre el poeta de Fervor de Buenos Aires, y el autor de la Historia Universal de la infamia, texto donde recoge buenas parte de sus trabajos firmados en el suplemento de Crítica. En un sentido la diferencia es obvia: cambia de género. Y esa transformación requiere modificar, bajo el imperio de las circunstancias, al ensayista del Evaristo Carriego en el autor de “El atroz redentor Lazarus Morell”. En el prólogo a la primera edición Borges caracteriza el cambio llamándolo “ejercicios de prosa narrativa”, lo que resulta incontestable.   
Dos datos  aporta Murat para completar esa huidiza explicación: los libros anteriores fueron expurgados de sus obras completas publicadas por la Editorial EMECE, y la Historia Universal sobrevivió intacta, incluso con los mismos títulos. Debemos admitir que el argumento es realmente bueno. Y si bien esos trabajos fueron retocados como toda la obra, sus estructuras permanecieron inalteradas. Hombre de la esquina rosada se publica por aproximaciones sucesivas en el Multicolor,  primero bajo el título “Hombres que pelearon”. De modo que las marcas del aprendizaje están a la vista. No se trata tan solo de las exigencias de Botana, sino del modo en que Borges termina por asimilar la novedad. No solo mide la presión del mercado sobre Borges, sino el modo en que Borges cuerpea al mercado en sus propios términos. Sostiene Petit que Hombre de la esquina rosada se termina por transformar en matriz modélica de su producción posterior. Esta última afirmación – mirando la obra de Borges en su conjunto – me parece un exceso. Una cosa es reconocer que en ese cuento reposa una parte de la estética borgeana, y muy otra reducirlo a ella.
De la lectura del cuento surge que efectivamente Borges finge ser el cronista que recibe, de boca del criminal protagonista, la confesión de un asesinato en un patio de los arrabales; una milonga donde  acunados por el tango los bailarines pasan del dos por cuatro al hecho de sangre. El lenguaje con que se expresa es por cierto esa mezcla de arrabal y lujo. Ese intento por tener una dicción elegante, mezclada con la crudeza de los sucesos. Reza el párrafo final del texto: “Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo corto y filoso que yo sabía carga aquí, en el chaleco, junto al sobaco izquierdo, y le pegue otra revisada despacio, y estaba como nuevo, inocente, y no le quedaba ni un rastrito de sangre”.    
Es decir, el asesino revisa el arma del crimen para constatar que “no le queda un rastrito de sangre”, asegurándose dos cosas: primera que se sepa que esa muerte le pertenece y segundo, que aun así continuará impune. El corazón de buena parte de la mitología borgeana se termina por abrir paso. Ahora si estamos en presencia del hombre que en 1961 ganaría el premio Formentor de los editores europeos, junto con Samuel Beckett, otro escritor ganado en su literatura por los enigmas de la muerte. Jorge Luis Borges construyó así el camino que lo saco de un suburbio sudamericano, para ubicarlo en el centro del torrente literario del siglo XX.

Fuente : Tiempo.infonews.com


domingo, 14 de agosto de 2011

Edgar Allan Poe



Por Jorge Luis Borges

Publicado en La Nación (Buenos Aires)
domingo 2 de octubre de 1949, Segunda Sección, p. 1

Detrás de Poe, (como detrás de Swift, de Carlyle, de Almafuerte) hay una neurosis. Interpretar su obra en función de esa anomalía puede ser abusivo o legítimo. Es abusivo cuando se alega la neurosis para invalidar o negar la obra; es legítimo cuando se busca en la neurosis un medio para entender su génesis. Arthur Schopenhauer ha escrito que no hay circunstancia de nuestra vida que no sea voluntaria; en la neurosis, como en otras desdichas, podemos ver un artificio del individuo para lograr un fin. La neurosis de Poe le habría servido para renovar el cuento fantástico, para multiplicar las formas literarias del horror. También cabría decir que Poe sacrificó la vida a la obra, el destino mortal al destino póstumo.

Nuestro siglo es más desventurado que el XIX; a ese triste privilegio se debe que los infiernos elaborados ulteriormente (por Henry James, por Kafka) sean más complejos y más íntimos que el de Poe. La muerte y la locura fueron los símbolos de que éste se valió para comunicar su horror de la vida; en sus libros tuvo que simular que vivir es hermoso y que lo atroz es la destrucción de la vida, por obra de la muerte y de la locura. Tales símbolos atenúan su sentimiento; para el pobre Poe el mero hecho de existir era atroz. Acusado de imitar la literatura alemana, pudo responder con verdad: El terror no es de Alemania, es del alma. Harto más firme y duradera que las poesías de Poe es la figura de Poe como poeta, legada a la imaginación de los hombres. (Lo mismo ocurre con Lord Byron, tal vez con Goethe). Algún verso inmemorable - Was it not Fate, that, on this July midnight - honra y acaso justifica sus páginas, lo demás es mera trivialidad, sensiblería, mal gusto, débiles remedos de Thomas Moore. Aldous Huxley se ha distraído vertiendo al singular dialecto de Poe alguna estrofa sentenciosa de Milton; el resultado es lamentable, sin bien cabría objetar que un párrafo de El escarabajo de oro o de Berenice, traducido a la inextricable prosa del Tetrachordon, lo sería aún más. Nuestra imagen de Poe, la de un artífice que premedita y ejecuta su obra con lenta lucidez, al margen del favor popular, procede menos de las piezas de Poe que de la doctrina que enuncia en el ensayo The philosophy of composition. De esa doctrina, no de Dreamland o de Israfel, se derivan Mallarmé y Paul Valéry. Poe se creía poeta, sólo poeta, pero las circunstancias lo llevaron a escribir cuentos, y esos cuentos a cuya escritura se resignó y que debió encarar como tareas ocasionales, son su inmortalidad. En algunos (La verdad sobre el caso del señor Valdemar, Un descenso al Maelström) brilla la invención circunstancial; otros (Ligeia, La máscara de la Muerte Roja, Eleonora) prescinden de ella con soberbia y con inexplicable eficacia. De otros (Los crímenes de la Rue Morgue, La carta robada) procede el caudaloso género policial que hoy fatiga las prensas y que no morirá del todo, porque también lo ilustran Wilkie Collins y Stevenson y Chesterton. Detrás de todos, animándolos, dándoles fantástica vida, están la angustia y el terror de Edgar Allan Poe. Espejo de las arduas escuelas que ejercen el arte solitario y que no quieren ser voz de los muchos, padre de Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valery, Poe indisolublemente pertenece a la historia de las letras occidentales, que no se comprende sin él. También, y esto es más importante y más íntimo, pertenece a lo intemporal y a lo eterno, por algún verso y por muchas páginas incomparables. De éstas yo destacaría las últimas del Relato de Arthur Gordon Pym de Nantucket, que es una sistemática pesadilla cuyo tema secreto es el color blanco.

Shakespeare ha escrito que son dulces los empleos de la adversidad; sin la neurosis, el alcohol, la pobreza, la soledad irreparable, no existiría la obra de Poe. Esto creó un mundo imaginario para eludir un mundo real; el mundo que soñó perdurará, el otro es casi un sueño.

Inaugurada por Baudelaire, y no desdeñada por Shaw, hay la costumbre pérfida de admirar a Poe contra los Estados Unidos, de juzgar al poeta como un ángel extraviado, para su mal, en ese frío y ávido infierno. La verdad es que Poe hubiera padecido en cualquier país. Nadie, por lo demás, admira a Baudelaire contra Francia o a Coleridge contra Inglaterra.

Fuente : La máquina del Tiempo
http://www.lamaquinadeltiempo.com/Poe/porborges.htm

viernes, 27 de mayo de 2011

The Economist de Londres referencia a Jorge Luis Borges



La revolución informática está cambiando el panorama de los negocios

En una corta historia llamada "Del rigor en la Ciencia", Jorge Luis Borges describe un imperio en el que los cartógrafos llegaron a ser tan obsesivos que produjeron un mapa tan grande como el propio imperio. Luego Borges agrega “las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas”




Schumpeter
Building with big data

The data revolution is changing the landscape of business

In a short story called “On Exactitude in Science”, Jorge Luis Borges described an empire in which cartographers became so obsessive that they produced a map as big as the empire itself. This was so cumbersome that future generations left it to disintegrate. (“[I]n the western deserts, tattered fragments of the map are still to be found, sheltering some occasional beast or beggar.”)

As usual, the reality of the digital age is outpacing fiction. Last year people stored enough data to fill 60,000 Libraries of Congress. The world’s 4 billion mobile-phone users (12% of whom own smartphones) have turned themselves into data-streams. YouTube claims to receive 24 hours of video every minute. Manufacturers have embedded 30m sensors into their products, converting mute bits of metal into data-generating nodes in the internet of things. The number of smartphones is increasing by 20% a year and the number of sensors by 30%.

The McKinsey Global Institute (MGI) has no Borges-like qualms about the value of all these data. In a suitably fact-packed new report, “Big data: the next frontier for innovation, competition and productivity”, MGI argues that data are becoming a factor of production, like physical or human capital. Companies that can harness big data will trample data-incompetents. Data equity, to coin a phrase, will become as important as brand equity. MGI insists that this is not just idle futurology: businesses are already adapting to big data.

Companies are assembling more detailed pictures of their customers than ever before. Tesco, a British retailer, collects 1.5 billion nuggets of data every month and uses them to adjust prices and promotions. Williams-Sonoma, an American retailer, uses its knowledge of its 60m customers (which includes such details as their income and the value of their houses) to produce different iterations of its catalogue. Amazon, an online retailer, has claimed that 30% of its sales are generated by its recommendation engine (“you may also like”). The mobile revolution adds a new dimension to customer-targeting. Companies such as America’s Placecast are developing technologies that allow them to track potential consumers and send them enticing offers when they get within a few yards of a Starbucks.

The data revolution is disrupting established industries and business models. IT firms are nosing their way into the health-care market: Google Health and Microsoft HealthVault both allow consumers to track their health and record their treatments. Manufacturers are hastening their transformation into service companies: all those sensors allow them to monitor their products and see if they need repairing long before they break down. BMW uses sensor-data to tell its customers when their cars need to be serviced, for example. Insurance firms can now monitor the driving styles of their customers and offer them rates based on their competence (or recklessness) rather than their age and sex.

This revolution is changing government, too. Tax authorities are getting better at spotting spongers (for example, by flagging people who claim unemployment pay as well as occupational-injury benefits). Health services are mining clinical data to gauge the cost-effectiveness of drugs. After a detailed study of its clients, the German Federal Labour Agency managed to cut its annual spending by €10 billion ($14 billion) over three years while also reducing the length of time people spent out of work.

MGI argues that the data deluge could create a new wave of productivity growth. Properly used, big data could save the American health-care system $300 billion a year and the European public sector €250 billion. It could also enable retailers to increase their operating margins by 60%. But it is hard to read these figures without succumbing to Borges-style doubts. Will big companies and big governments use big data to trample on the little man? And is this mountain of data really as useful as MGI’s data-heads think?

Power to the little people

The McKinseyites provide good answers to the first question. The data revolution is clearly handing power to the little people as well as the big ones. You can now buy a device that will store all the world’s recorded music for just $600. Shoppers can use their mobile phones to scan bar codes to see if there is a better deal elsewhere. Citizens can use publicly available information to demand better public services. Britain’s Open Knowledge Foundation has used government databases to develop a useful site called wheredoesmymoneygo.org. Dr Foster Intelligence provides patients with information about the quality of health care.

But on the second question, they are silent. Big data has the same problems as small data, but bigger. Data-heads frequently allow the beauty of their mathematical models to obscure the unreliability of the numbers they feed into them. (Garbage in, garbage out.) They can also miss the big picture in their pursuit of ever more granular data. During the 2008 presidential campaign Mark Penn provided Hillary Clinton with reams of micro-data, thus helping her to craft micro-policies aimed at tiny slices of the electorate. But Mrs Clinton was trounced by a man who grasped that people wanted to feel part of something bigger. The winning slogans were vague and broad (“hope” and “change”).

The sheer size of today’s data banks means that companies need to be more careful than ever to treat data as a slave rather than a master. There is no substitute for sound intuition and wise judgment. But if firms can preserve a little scepticism, they can surely squeeze important insights from the ever-growing store of data. In the 1980s and 1990s retailers such as Walmart used their mastery of retailing data to launch the “big-box” revolution (huge out-of-town stores with ultra-low prices). Today’s big data will provide the raw material for further revolutions.

Fuente : The Economist
26 de mayo de 2011