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lunes, 24 de enero de 2022

“¡Cruachan!”: el grito de guerra que une a Shakespeare, Borges, Luca Prodan y un hotel escocés

 William Shakespeare, Luca Prodan -que se educó en Inglaterra- y Jorge Luis Borges, admirador de la cultura anglosajona

 

A partir de un paseo por Edimburgo y un cartel que remite a una batalla entre escoceses e ingleses, la letra de una canción de Sumo toma sentido y se termina de comprender por una cita de Borges sobre el principal escritor anglosajón

 

Miguel Corsi

 

Serendipidad es un término que no se usa mucho en castellano y se refiere al hallazgo fortuito de algo valioso. Como cuando encontramos algo que ni siquiera estábamos buscando y nos damos cuenta de que es interesante o de utilidad. Bueno, algo así sucedió hace tres años en Edimburgo, Escocia.

 

Como turista, uno muchas veces pasa por alto detalles que no son tales, que en realidad representan grandes diferencias al referirse a un país o región. No es de extrañar, entonces, escuchar referirse indistintamente a Inglaterra o al Reino Unido como si fuera una misma cosa… y ciertamente este no es el caso.

 

La Union Jack es la bandera del Reino Unido, compuesta por las cruces de los Santos Patronos de Inglaterra (San Jorge) , Irlanda del Norte (San Patricio), y Escocia (San Andres). Gales, el cuarto reino constituyente, al momento de diseñarse la Unión Jack en 1801 formaba parte del Reino de Inglaterra, por eso la cruz de su Santo Patrono (San David) no está incluida.

El cartel del hotel de Edimburgo que motivó esta historia: Cruachan es el grito de guerra del Clan Campbell

 

Si en la visita al Reino Unido la primera escala es Londres, uno no se sorprende al ver la Union Jack ondeando en todos los edificios públicos. Lógico, después de todo estamos en Inglaterra ¿no?

 

Sheldon Cooper, el nerd de The Big Bang Theory, desde su miniprograma “Fun with flags” nos daría munición gruesa para refutar semejante error. No: la bandera de Inglaterra es una cruz roja sobre un fondo blanco.

 

Yendo en tren hacia el norte en dirección a Edimburgo, cerca de la frontera entre Inglaterra y Escocia se pueden ver los restos del Muro de Adriano. Construido en el año 122 por los Romanos para contener el ataque de los habitantes de Britania, en 1987 fue declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. Ese sentido de autonomía de aquellos primeros habitantes sigue vigente hasta el día de hoy.

Al llegar a la Waverley Station en Edimburgo es difícil ver una bandera del Reino Unido. Prácticamente la única que se agita al viento es la de Escocia, una suerte de “x” blanca sobre un fondo azul.

 

A diferencia de los ingleses, quienes se consideran insulares y se jactan de no ser precisamente del continente, los escoceses se piensan europeos. De hecho hay una mayoría de votantes que se lamentan por el Brexit y quieren ser parte de la Unión Europea. En una ocasión me topé con una manifestación reclamando la independencia de Escocia junto con un grupo que portaba banderas de Cataluña apoyando el reclamo.

 

Este matrimonio por conveniencia entre Inglaterra y Escocia arrastra un rencor sordo del cual me enteré de manera casual.

 

Estaba un día caminando por Edimburgo en una zona que está llena de hostels. La mayoría de estos alojamientos fueron originalmente casas construidas en el siglo 19 y, por lo general, tienen un cartel en la vereda para identificarse: The Light House, (dondeme alojé), Royal Mile Backpackers, etc. De repente vi un cartel con el nombre del hostel y me quedé confundido unos instantes: Cruachan Guest House. ¿Cruachan? ¿No había una canción de Sumo que se llamaba así? De vuelta en The Light House me prestaron una computadora y busqué esa canción en Youtube. La encontré subtitulada en español y ahí me enteré que hace referencia a la batalla de Culloden (16 de abril de 1746) donde los Escoceses fueron derrotados por los Ingleses. ¿Y porqué Sumo habría escrito esta canción, siendo un grupo de rock argentino? Seguí buscando en internet y encontré que el autor fue su líder y cantante, el italiano Luca Prodan. Luca estudió en Escocia y después en Inglaterra, lo cual le permitió entender la rivalidad que hasta el día de hoy se mantiene.

Shakespeare escribió en Rey Lear un párrafo que Luca Prodan tomó para la letra de Cruachan, que comienza con gaitas escocesas

 

Ahora...¿por qué el título, Cruachan? Cruachan es el grito de guerra del Clan Campbell, de las Highlands. ¿Y qué es un grito de guerra? Era la forma de identificarse entre los combatientes del mismo bando en medio de la locura de los sangrientos combates cuerpo a cuerpo, donde el caos y la confusión podría hacer que la adrenalina te lleve a atacar a uno de tu mismo clan…¡¡¡cruachan!!! y te identificabas.

 

Volviendo a la canción de Sumo...¿se acuerdan el estribillo?

 

Fee, fi, fo, fum !!!

 

I smell the blood of an englishman

 

(huelo la sangre de un inglés)

El cambio de una sola palabra nos hace entender que la épica de la independencia escocesa terminó en una derrota que al día de hoy los escoceses no olvidan:

 

Fee, fi, fo, fum!!!

 

I smell the blood of a scotsman

 

(huelo la sangre de un escocés)

 

Durante un tiempo pensé que mi análisis de esta canción estaba completo, hasta hace unas semanas. Leyendo “Borges profesor”, una compilación de las clases de Literatura Inglesa que dictó en la UBA en 1966, la nota al pie (¡nunca hay que saltárselas!) -número 350 de la clase 19- hizo modificar mi cómoda posición de lectura. Dice así:

Una cita al pie de Borges sobre Rey Lear desentrañó la relación entre la canción de Sumo y el genio de Shakespeare (Gustavo Gavotti)

 

En King Lear, acto 3, escena 4. Las palabras pertenecen a Edgar, hijo mayor de Gloucester: “Child Rowland to the dark tower came, / His word was still ‘Fie, foh, and fum, / I smell the blood of a British man’”

 

“...huelo la sangre de un británico…”

 

Si bien siempre se habló de un posible encuentro entre Borges y Mick Jagger en Londres, que se empantanó en el terreno del mito, nada hacía suponer este hilo que lo unía con Luca Prodan.¡¡¡Cruachan!!!

 

Fuente: Infobae - 13 de Diciembre de 2021

https://www.infobae.com/sociedad/2021/12/13/cruachan-el-grito-de-guerra-que-une-a-shakespeare-borges-luca-prodan-y-un-hotel-escoces/

viernes, 2 de agosto de 2019

Borges, heredero de Shakespeare y Cervantes




En su nuevo libro, el escritor español Jorge Carrión destaca la importancia universal del autor de “El Aleph”.

Por Patricio Zunini

La parodia y el homenaje tienen como raíz el gran conocimiento de la obra original. Nunca una parodia ni un homenaje serán buenos si no hay admiración, dedicación y estudio. Por eso muchas veces César Aira es tan mal parodiado —entre las excepciones se destaca, sin dudas, el trabajo de Ariel Idez—; por eso muchas veces Jorge Luis Borges es tan mal homenajeado.

No se puede leer ingenuamente a Borges, no se lo puede homenajear ingenuamente. Además, Borges supone un problema extra: tomar cierta distancia de él. Es como un virus, un caballo de Troya que prepara todo para abrir las puertas mientras estamos descuidados y conquistarnos. "Aún los que están totalmente en contra de él leen con un criterio borgiano", decía Alan Pauls hace unos años, al hablar de su ensayo El factor Borges. Quienes fueron conscientes de las puertas que abría Borges y pudieron reelaborar su literatura son los que hicieron algo nuevo y valioso. Para nombrar solo a dos ejemplos de una lista extensa: Roberto Bolaño en Literatura nazi en América y Luis Chitarroni en Siluetas tuvieron la capacidad de apropiarse de los temas, de sus búsquedas y las preguntas de Borges.

En este grupo está también, sin dudas, el español Jorge Carrión con el libro Shakespeare & Cervantes (Ed. Nórdica, 2019). Carrión escribe a partir del cuento "El otro": un hermoso relato de 1972, donde un Borges de pelo gris se encuentra en un banco de plaza con una versión joven de sí mismo: ambos se entrecruzan como en un ensueño fantástico, hablan de sus libros, de sus padres. No hay consejos, no hay cambios de conducta, no hay preguntas cruciales ni verdades reveladas. Tan solo dos hombres —el mismo— que miran al destino como un camino insondable.

Carrión recupera el artificio borgiano de hablar de un manuscrito extraviado… de Borges, en este caso. Como un médium, le da una voz posible y retoma varias de sus características más conocidas para darle un marco y un sostén a la historia: el libro apócrifo, la primera persona que certifica el verosímil, la cita falsa, el pliego barroco de la realidad, la literatura como indagación.

El cuento perdido de Borges se llama "Los otros dos". Es un cuento menor, dice Carrión, del que sólo tuvo acceso a unos pocos fragmentos. Más borgiano no se consigue. Y, sin embargo, es exquisita la manera en que evita el error de todos los epígonos e imitadores de Borges. Carrión nunca pierde su estilo. Shakespeare & Cervantes podría ser un escrito póstumo en colaboración.

La victoria del género menor

La estructura del libro es relativamente simple. Carrión comienza hablando de sí —como tantas veces ha hecho Borges— y sutilmente desliza el tema del cuento perdido y nos mete en la historia adentro de la historia: en "Los otros dos" Borges pasea por Ginebra y, mientras mira una partida de ajedrez en la plaza, se sienta en un banco ocupado por dos hombres, William y Miguel. El diálogo es intrascendente, pero se adivina que es un efecto buscado por el narrador, que "omite o desfigura los hechos".

"El secreto de Cervantes y Shakespeare", escribe Carrión casi al final, "está en el mecanismo creativo que concibieron, desarrollaron y perfeccionaron, en paralelo, sin conocerse. Los dos trabajaron a partir de materiales previos, de novelitas populares y leyendas urbanas y cuentos chinos. De relatos pulp, de la pulpa de papel, sustrato de la cultura. De géneros menores. Los dos moldearon, remezclaron, transformaron esos textos preexistentes, hasta convertirlos en obras maestras. El mecanismo es antiguo, se remonta a los orígenes de la creación literaria. Pero Shakespeare y Cervantes lo reconfiguraron en clave moderna: sin miedo a los límites, sin miedo a los géneros y sin miedo a los dioses".

La lectura que hace de Cervantes y Shakespeare aplica a la perfección para Borges. Y tal vez sea también un intento para pensarse a sí mismo. No hay que olvidar que él mismo toma esos materiales —aunque tal vez con más hincapié en cine y series— para sus libros, como en la novela Los muertos y en el ensayo Teleshakespeare.

Centro y periferia

En el ensayo "El escritor argentino y la tradición" (1957), Borges planta el precedente de una arrolladora que modificó la forma de concebir la literatura, no sólo en la Argentina, sino en América latina y en todos los países "tercermundistas" en general: no hay razón para que no se pueda considerar a cualquier autor ni a cualquiera obra como instrumento. Borges invierte la relación de fuerzas entre las tradiciones "fuertes" y las "nuevas". Sólo este ensayo debería servir para que la imagen de conservador con la que siempre se lo asoció se rompiera en mil pedazos.

Cómo no volver a aquel ensayo, cómo no pensar por dónde pasa el eje centro-periferia de la literatura, ahora, cuando es un español el que usa la obra de Borges como arcilla y lo pone en una serie junto con Shakespeare y Cervantes.

Fuente: Infobae

viernes, 22 de junio de 2018

Documento: Borges habla de la revolución rusa, del cine soviético y el futbol - 1981



Archivo Histórico RTA S.E.

Este registro producido en los últimos meses del año 1980 contiene una entrevista sin editar al escritor argentinos Jorge Luis Borges, realizada por Augusto Bonardo para el programa "La gente". El reportaje, sin guion establecido, comienza con un tema político de actualidad propuesto por el periodista: la situación política en Polonia. La conversación deriva inmediatamente en una crítica al cristianismo y la Iglesia, institución que impulsa, a través de la figura de Juan Pablo II, la oposición al gobierno comunista de Polonia. Borges realiza una comparación entre la revolución rusa, de la que se declara simpatizante en sus comienzos, y el cristianismo: ambos se convierten en su reverso, la revolución en una reedición del imperio zarista y el cristianismo en el papado, las cruzadas y la inquisición. Luego, el escritor, al explayarse sobre su crítica de la revolución rusa, pone al cine en el centro de su respuesta haciendo referencia al director ruso Sergei Eisenstein y sus filmes "El acorazado de Potemkin" (1925), "Octubre" (1928), "Alejandro Nevski" (1938) e "Ivan el Terrible" (1944). Posteriormente, Borges alude a los Estados Unidos, diagnostica respecto de la Argentina y Occidente (“vamos barranca abajo, eso es indudable”) y opina sobre la inmigración, los argentinos y el fútbol, citando, para este último tema, una frase de William Shakespeare de la tragedia "El Rey Lear".

Fuente: You Tuve
https://www.youtube.com/watch?v=qH73p0alkMQ

jueves, 13 de octubre de 2016

Shakespeare y las unidades




Por Jorge Luis Borges

Este articulo apareció En la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" Agosto de 1964.
Nunca fue publicado en libro.

Más allá de las virtudes intrínsecas de la obra, que son, o nos parecen, indubitables, la gloria del Shakespeare cuyo cuarto centenario celebran hoy el Oriente y el Occidente se debe, en buena parte, a la vasta libertad de su espíritu o, para decirlo con más rigor, a su venturosa y acaso no deliberada infracción de las tres unidades aristotélicas. En el continente, Voltaire y Lessing lo descubrieron; la escuela romántica, que surgió en el siglo XVIII en Inglaterra y Alemania y luego en las naciones latinas, acabó de canonizarlo.

No es casual que Coleridge aplicara a su examen y exaltación el vocabulario que Spinoza aplicó a su infinita divinidad, ni que Hugo, desde la isla de su destierro, le consagrara un libro casi idolátrico. Las ulteriores diatribas de Bernard Shaw que, a favor de Ibsen, se arrogaría luego el papel de abogado del Diablo, no han comprometido esa gloria, hoy aceptada y venerada de todos. Shaw, por lo demás, no dejó nunca de exaltar la wordmusic, la música verbal, de aquel hombre cuyas ideas, muchas veces, juzgó triviales. Consideremos el debatido tema famoso de las unidades dramáticas. Los tratadistas exigían una sola acción, un solo lugar y, para mayor verosimilitud, el plazo máximo de un día y su noche. Boileau, representante oficial del bon sens francais, había declarado lo absurdo de que el espectador se creyera durante el primer acto en Atenas y durante el segundo en Egipto; Johnson, con mejor buen sentido, replicó que los espectadores no estaban locos y no se creían en Atenas o en Egipto sino en el teatro. (En Leipzig, Juan Cristóbal Gottsched pudo estampar que la acción de una pieza no debe pasar de doce horas, y ésas del día, "porque de noche hay que dormir".) Ahondemos en el tema de la polémica. Coleridge, refiriéndose a nuestra fe en la verdad del drama o de la novela, certeramente habló de una "voluntaria suspensión de la duda"; Shakespeare parece haber intuido mejor que nadie la ambigüedad o ambivalencia de la ficción del arte. De ahí que en su obra abunden los anacronismos y anatropismos. Las brujas o parcas de Macbeth están en Escocia, a mediados del siglo XI, pero también en la Inglaterra de principios del siglo XVII, ya que una de ellas hablaba del Tyger, velero que acababa de zarpar del puerto de Londres; los sepultureros daneses de Hamlet, que ocurre en tiempo de los Vikings, sacian su sed en una taberna que se halla a la vuelta del teatro. Tales ejemplos, que sería harto fácil multiplicar, prueban o tienden a probar que Shakespeare sentía que el hecho estético es momentáneo y no está en las letras de un libro sino en el comercio del libro con el lector o del espectador con la escena.

El empresario William Shakespeare sabía que el arte dramático, y acaso cualquier arte, es un juego, una suerte de make-believe, y no hubiera entendido las ansiedades arqueológicas de Flaubert. Con inocencia y distracción escribió las obras maestras; las escribió, o dejó que su mano las escribiera, bajo el influjo de ese oscuro poder que Schopenhauer llamó la voluntad, y las antiguas mitologías la musa o el Espíritu Santo, y la de nuestros días la subconsciencia

Fuente : La Máquina del Tiempo

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lunes, 15 de junio de 2015

El carnet de biblioteca que Shakespeare le dejó a Borges



 
Por Cristina Perez

"Shakespeare le dejó a Borges su credencial para la biblioteca de Cambridge". Vuelvo a leer el título que imagino para mi historia : "Shakespeare le dejó a Borges su credencial para la biblioteca de Cambridge". Nadie puede desmentirlo. Tengo las pruebas. La teoría de la correspondencia me indica que mi afirmación coincide con la realidad y por lo tanto , técnicamente es verdad. Tomo de nuevo el carnet. ¿Quién es T. W. Shakespeare? Desando en mi memoria los hechos a los que debo este hallazgo. Presiento que alguien más está escribiendo. Entregada a mi rol de personaje pienso en la frase de Dante: 'tú eres mi maestro y eres mi autor'. 'Borgiano, esto es Borgiano', me digo una y otra vez.

Mi visita a Ginebra no había sido planeada. La sola mención de esa ciudad tenía para mí otro nombre: Borges. Era domingo, y junto a mi marido seguimos el mapa de una urbe que por momentos parece fuera del tiempo a pesar de la precisión suiza de sus relojes. El tiempo parecía más banal que nunca ese día. Cuando llegamos a Plain Palais, el Cementerio de los Reyes, nos encontramos con un solar apacible que a la vez no era otra cosa que un laberinto. No había nadie a quien preguntar y la gentileza del sol de otoño no solucionaba la desorientación. Buscamos el número de la tumba pero desistimos: la enigmática relación de esos números con el orden de los sepulcros sólo evidenciaban lo fútiles que eran en ese lugar las disposiciones de esta vida.

Faltaba poco para el cierre y había sólo una tumba con visitas. Supimos extrañamente que era la de Borges y caminamos hacia allí con certeza de marionetas bien guiadas, en medio de reparaciones y barro luego de una tarde de lluvia. No nos habíamos equivocado.

Quienes visitaban a Borges eran una profesora de Literatura y una alumna que estudiaban su obra. La docente estaba encantada de poder escuchar a gente que hablaba como en el país de Borges. Mientras yo intentaba responder sus preguntas, mi marido prestó atención a la tumba contigua.: "Parecen las manos de Rodin", dijo, recordando las emblemáticas esculturas de manos del artista galo. Como por arte escénico alguien contestó en un español claro pero con inconfundibles arrastres del francés: "Son las manos de mi marido".

Allí conocí a Ana Simon, la esposa del celebrado actor franco-suizo Francois Simon sepultado en la tumba contigua a la del escritor argentino. Ella, directora de Cine y poeta no sólo había rodado el film "Ginebra de Borges", sino que había pasado años recolectando casi con beatitud las emotivas cartas, y objetos que la gente le dejaba a Borges "como si fuera un Santo". Esa misma tarde y con interminable generosidad ella nos llevó a conocer los rincones preferidos del hombre que en el atardecer de la vida volvió al lugar donde había sido feliz en su niñez. Con Ana nos hicimos amigas. Ella me regaló sus libros de poemas y yo comencé a mandarle mis piezas poéticas.

A la mañana siguiente volví a la tumba y dejé un mensaje con unos pocos versos, de Borges. Avergonzada me quedé muda en el papel sintiendo que no podía escribirle a Borges algo mejor que sus propias líneas. Pero la historia no había terminado.

Una mañana ya de vuelta en Madrid donde me reponía de unas lesiones en mis hombros, un envío desde Ginebra me hizo depositaria de palabras que no eran mías. Ana me enviaba varios de esos mensajes que los peregrinos de la tumba de Borges dejamos como si fuera un abrazo o un agradecimiento perdurables. El sobre de cartón con indicaciones en francés contenía decenas de esas misivas que por esa forma secreta que tiene el azar para escribir sus libros llegaban a mis manos. Para mi sorpresa, hasta mi propio mensaje, todavía con tierra y un poco maltrecho volvía a mis manos. Yo me preparaba para regresar a Buenos Aires e indudablemente esas esquelas tenían decidido volver conmigo. Al llegar me contacté de forma inmediata con mi colega y amiga de La Nación Susana Reynoso. Me perturbaba que no se contara la historia, porque esas cartas pedían voz y Susana se las dio.

No estaba lejos un capítulo aún más sorprendente que llegaría también por correo y con la aparente sencillez de los hechos sorprendentes, que ocurren como ignorando que son milagros. Otra vez un sobre papel madera con indicaciones en francés. Me alegró pensar que recibía noticias de Ana. Pero había más que eso en el sobre. Algo que no era de papel se deslizó hasta caer al suelo. Un carnet de la Biblioteca de Cambridge y más mensajes a Borges. Entre ellos una carta de desamor rezaba: "No hay nada Borges, absolutamente nada. Sólo el rostro de Adriana, un rostro que se olvidó de mí. Con infinita tristeza. Con infinita veneración...C.E." Había también programas a eventos culturales en Ginebra en los que Ana me escribía sus líneas: 'Un joven le dejó a Borges su identificación de la Universidad' leí. Volví a tomar el carnet de la biblioteca. Miré el rostro del joven que se había desprendido de su carnet. Pensé que Borges se habría emocionado con tal gesto que llegaba de una patria que consideraba propia por su ascendencia y por su amor por la lengua inglesa. Pensé también que quienes dejaban parte de su alma o de sus vidas allí en la tumba no se lo dejaban a un muerto, se lo dejaban a alguien que vive. Sentí esos talismanes como una prueba de la inmortalidad. Pero no hubo demasiado tiempo para la emoción. Seguí revisando con atención: mis ojos pasaron del escudo de la Universidad, a la validez del carnet , a las siglas de la credencial, al código de barras, a la mención del King's College, hasta que al azar volvió a asaltarme cuando leí el nombre de ese rostro: T.W. Shakespeare. Descreída, pensé que sería el título de algún curso pero bajé a la firma: Tom Shakespeare, se leía claramente. Volví a leerlo. Shakespeare le había dejado su credencial de la biblioteca de Cambridge a Borges. A Borges quien se figuraba la felicidad y el paraíso en la forma de una biblioteca. Los genios se encontraban desde sus nombres más allá de la vida. La palabra 'genio' es una de esas palabras para las que no alcanza la definición de los diccionarios. Sólo se completan cuando uno menciona a la persona que con su sólo nombre explica la genialidad.

Ese día decidí buscar a Shakespeare. Su foto me ayudaría a no dar pasos en falso si recurría a Internet. Igualmente decidí ejercitar la duda ante la evidencia con la que contaba. Desde Cambridge Janet Juff, Asistente Senior del Tutor del King´s College me confirmaba que Tom Shakespeare obtuvo su PhD -Doctorado en Filosofía - en el Kings College. Debí contarle mi historia para obtener tal devolución. Al mismo tiempo emprendí la caza virtual. Decidí postergar la lectura del perfil en Wikipedia. Llegué al Centro de Investigación de Política , Etica y Ciencias de la Vida de la Universidad de Newcastle. Voila! En el curriculum del Genetista y Sociólogo estaba la foto del hombre que miraba desde el carnet de la Biblioteca de Cambridge.

Allí supe que Tom William Shakespeare no era sólo un cruzado de los derechos de los discapacitados que completaba un proyecto de investigación sobre Crecimiento Restringido, sino que él lo padecía. Volví a Wikipedia, donde también se mencionaba su caso y que además había heredado esa enfermedad de su padre, Sir William Shakespeare. En el obituario de Sir William fechado el 30 de Marzo de 1996 en el diario The Independent se lo mencionaba como un médico de renombre que había 'aceptado el desafío de padecer acondroplasia -baja estatura por problemas de crecimiento- y había superado las reservas de sus padres decidiendo estudiar medicina'. También contaban que había elegido especializarse en pediatría porque 'pienso que siendo un doctor pequeño, me hará más aceptable para ansiosos y pequeños niños'. Hijo del Ministro de Guerra Sir Geoffrey Shakespeare , miembro del Partido Liberal y primer barón, William anunció su casamiento en el 400 Aniversario del nacimiento de su homónimo, William Shakespeare, el dramaturgo y su asistente en la boda fue un amigo cercano llamado Bill Macbeth. Sí Macbeth. Para mi asombro se hablaba allí de un lejano parentesco con el Shakespeare de Hamlet que lo había llevado a ser miembro del la Fundación del Teatro Globo y a participar de la ceremonia en que se guardó una cápsula del tiempo en la bóveda del teatro donde el bardo ponía sus obras en escena. ¡Lejano parentesco! La historia me llevaba pero faltaba encontrar a Tom.

Llamé con seguridad a la Universidad de Newcastle pero la respuesta me desilusionó. "Ya no trabaja aquí". Seguí vagabundeando sin destino en internet. Escribir Tom William Shakespeare en el Google devuelve una observación: ¿quiso decir William Shakespeare? . No. Quise decir Tom William Shakespeare. El segundo intento me llevó a Facebook. Yo no tenía perfil en Facebook hasta 5 minutos después. Otra vez la foto del carnet pero a cuerpo entero. En un banco con sonrisa amigable y su baja estatura luciendo anecdótica había dado con Tom William Shakespeare. Decidí escribirle. "Estimado Dr. Shakespeare, Tal vez usted encuentre extraño este mensaje. (...) Si usted visitó la tumba de nuestro querido Borges en Ginebra, estoy segur de que entenderá por qué lo estoy contactando. (...) Prefiero no añadir las razones que me llevan a buscarlo hasta que usted no confirme su identidad en caso de que éste no sea un perfil oficial".

La respuesta no demoró. "Sí visité la tumba de Borges en Ginebra. Fue uno de los primeros lugares que visité allí. Soy un gran admirador de su obra". Con su respuesta no dudé en abrir mis cartas: "Dr. Shakespeare, Verá , esto es muy curioso..." Le conté de Ana Simon, de los mensajes en la tumba y de su carnet de la Biblioteca de Cambridge que yo tenía frente a mí. Le referí que preparaba 3 conferencias sobre poesía en la Feria del Libro y que me había parecido poético relatar a la audiencia que Shakespeare le había dejado su carnet de la Biblioteca de Cambridge a Borges pero que como periodista había sentido la pulsión imparable de buscar a la persona real y que eso me había llevado a buscarlo. "Estaría muy agradecida de saber si usted dejó su carnet allí , por qué lo hizo o si simplemente lo perdió" . Si decidió dejarlo voluntariamente me gustaría saber qué piensa de esta causalidad que yo encuentro definitivamente borgiana. Es que su carnet estaba en Buenos Aires. Esperé casi dos días la respuesta y no ganó mi escepticismo. Tom William Shakespeare no había perdido su carnet allí: "Hubiera querido llevar flores a la tumba pero tenía mis manos vacías. Sentí fuertemente que necesitaba dejarle algo a Borges y todo de lo que disponía en mi billetera era mi viejo carnet de la Bibioteca de Cambridge, una de las más fabulosas del mundo. Sabiendo que Borges era bibliotecario y sabiendo de su admiración y afecto por Shakespeare, sentí apropiado deslizarla en la tierra al lado de la tumba. Me alegra que usted haya sentido esto como un gesto Borgiano. Así percibo yo su esfuerzo de buscarme".

Había encontrado a Shakespeare. Shakespeare había encontrado a Borges. Quise saber más y él respondió.

Me contó que lo había llevado a Ginebra su nuevo trabajo de consultor de la Organización Mundial de la Salud y que allí había entablado un romance con una colega. El primer fin de semana que habían compartido juntos visitaron la tumba de Borges. "Yo estaba muy interesado en la lápida porque en la Universidad de Cambridge había estudiado Anglosajón, lenguas Nórdicas y Celta". Recordé el regocijo de Borges cuando ya gozando de poca visión encontró como uno de los dones de la ceguera el estudio del Anglosajón. Mi intercambio con Tom continuó y pronto supe que hacía meses había quedado parapléjico. Sentí enorme pesadumbre, y así se lo hice saber. Me respondió con un coraje entrenado por la adversidad. Le referí a alguien mi historia en esos días. Pensó que como nuestro Borges, Tom también estaba "limitado por una realidad física". Pensé que a fin de cuenta todos lo estamos.

En un próximo mail Tom me sorprendió enviándome un libro inédito en el que rastrea los legados de su familia, desde los objetos que pasaron de generación en generación hasta los genes mismos y sus misteriosos caminos . No sin ironía frente a su enfermedad, el libro se llama Una Herencia No Pequeña y refiere tanto su pesquisa genética como las implicancias de llamarse Shakespeare en la vida de una persona. "Nada puede llamarse deforme excepto la crueldad. La belleza es la virtud": con esa cita de Noche de Reyes comienza el capítulo II mientras el IV está dedicado a las posibles conexiones genéticas de la familia de Tom con William Shakespeare, el dramaturgo.

En una respuesta que demoró una semana William Hunt Oficial a cargo del Colegio de Armas del Reino Unido en la semana del 11 de mayo de 2009, me confirmó que "los barones Shakespeare descienden de Humphrey Shakespeare quien se casó en 1649 aunque las conexiones con la familia del dramaturgo se mantienen no probadas". A esta misma conclusión había llegado Tom aunque el rastrillaje genealógico de otro descendiente de un Shakespeare lo llevó a un posible tronco común según el cuál la clave fue "Adam Shakespeare , ancestro de todos nosotros -los Shakespeare - y cuyo origen se remonta a 1389". Si la hipótesis del ancestro común fuera cierta Tom y William Shakespeare serían algo así como primos lejanos. El "alma de una era" como llamó Ben Jonson al gran poeta inglés de todos los tiempos, nació el 23 de Abril de 1564, en el celebrado Siglo XVI.

"Lamento que no se mencione a Borges" en este libro, me advirtió Tom, aunque leyendo sus páginas observé no sin maravillarme que al encontrar finalmente la tumba de sus tíos, John y Hannah Shakespeare camino a Stratford donde nació el bardo, "no por primera vez en mis viajes deseé haber tenido flores para dejar allí". Eso también le había pasado ante la tumba de Jorge Luis Borges.

No sólo el pasado sino también el presente reserva una paradoja para Tom Shakespeare. Padre de, Ivy y Robert, nunca logró que sus hijos aceptaran llevar su apellido. "Yo les pasé mis genes, heredaron mi discapacidad y tal vez ecos de mi personalidad pero yo soy el punto en el que esta línea de Shakespeares termina".

Así, el último de los Shakespeare de una familia del Siglo XVII, fue quien llegó a la tumba de un escritor argentino que vivió más de 350 años después y para quien "Nadie fue tantos hombres como aquél hombre..." refiriéndose a William Shakespeare en la magistral biografía borgiana del bardo llamada Everything and Nothing. El último de un linaje llegó para encontrar a los genios con la credencial de una biblioteca, o del paraíso.

Ahora está escrito. .

Fuente : LaNacion.com