Mostrando entradas con la etiqueta Borges y Mexico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Borges y Mexico. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de septiembre de 2019

En 1981 Borges “murió” en Yucatán



Por Flor Estrella Santana 


Jorge Luis Borges “murió” en Yucatán, horas después de celebrar su cumpleaños en Uxmal, en el verano de 1981.

Este agosto de 2019 se cumplieron 120 años de que Jorge Francisco Isidoro Borges Acevedo nació el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires.

También se cumplieron 38 años de la única visita que el escritor argentino hizo a Yucatán, después del 25 de agosto de 1981, con 82 años de edad recién cumplidos.

En entrevista con motivo de ambos aniversarios, el maestro Jorge Humberto Álvarez Rendón recuerda que gracias al alcalde (1979-1981) Gaspar Gómez Chacón tuvo la oportunidad de pasar dos días con Borges.

Reviviendo sus recuerdos, el hoy cronista de Mérida nos pinta al Borges de carne y hueso, como el laureado poeta lo hizo con el nazareno en su obra “Cristo en la cruz”.
Maestro, ¿cómo recuerda usted la visita de Borges?

Borges vino a México para recibir un premio (el Ollin Yoliztli, “vida y movimiento” en nahuatl, que le confirió el Festival Cervantino de Guanajuato, consistió en diploma, medalla y un cheque de $1.750,000, y el presidente José López Portillo en Los Pinos se lo entregó el martes 25 de agosto).

Uxmal, en dos poemas

Pero como (en su primer viaje a México, en 1973) fue a Teotihuacán, se le ocurrió venir aquí, a Yucatán, porque él tiene un poema muy bonito de Uxmal (ciudad maya que menciona en “La suma” y “Elegía de un parque”).

En ese entonces se tenía  más interés por Uxmal que por Chichén Itzá.

Resulta que de repente decidió, en vez de regresar directamente a Buenos Aires, pasar acá; la Secretaría de Gobernación avisó al alcalde de Mérida, que era el señor Gómez Chacón.

Nada más que había una súplica. Venía acompañado de María Kodama, quien era su alumna entonces; un director de cine llamado (Adolfo García) Videla y también un matrimonio, el señor era de la Embajada de México en Yugoeslavia (Javier Wimer y su esposa, Estela Troya).
¿Ese Videla era pariente del dictador argentino Jorge Rafael Videla (quien gobernó de 1976 a 1981)?

No lo sé; lo que sí, es que era director de cine.

El problema que había es que yo no podía aparecer en absoluto tomando datos porque el señor (Borges) puso como condición que ningún periodista se le acercase. Permitió tres fotógrafos, pero hasta allá.

Ningún periodista le sacó una nota. De manera que la mía fue la única. Su condición fue que no hubiera periodistas cerca. Así que yo tenía que ser muy prudente. Tenía  mi grabadorcita, una Sony  chiquitita de casete.

“Mira, llega Borges”

A las  5 de la mañana me habló Gómez Chacón. Me dijo: “Mira, llega este señor”. Y me pidieron que, de favor, yo le buscara a alguien que esté a su lado, porque los que estaban con él quieren pasear Chichén, quieren conocerlo, y el señor, como es invidente, para él no tiene caso ir viendo los monumentos, quiere a alguien con quien conversar mientras los otros pasean.

 Ya te puedes imaginar la impresión que me causó, siendo como era yo un admirador de este señor. “Desde luego, claro que sí. Te agradezco que hayas pensado en mí”.

Nos fuimos al aeropuerto a esperar su vuelo y me dijo: “Se te va a dar una cantidad de dinero para que hagas el favor de pagar todos los gastos, comida, desayuno…”.

¿Cuánto le dieron?

Unos diez mil pesos, que en aquel entonces era una buena cantidad, para pagar hoteles, comida, todo lo que necesitara.

El Ayuntamiento me dio ese dinero y yo, desde luego, tomé todos los recibos para rendir cuentas.

Borges visita Yucatán

  Jorge Luis Borges y María Kodama llegan a Mérida, Yucatán. Foto de cortesía

No hubo problema del vehículo porque el gobernador (1976-1982, Francisco) Luna Kan nos dio su camioneta grande,  muy bonita, muy cómoda, con aire acondicionado y con su chofer.

En ella nos fuimos primero a comer porque (Borges, quien bajó el avión a la 1:30 del día) no había ni desayunado. Comimos en un restaurante que estaba por la galletería Dónde y que ya no existe, era de un señor de apellido Bello.

Ahí comió y le pusieron su guayabera. Se la regalaron y él pidió que se la pusieran. María Kodama se lo llevó al baño y se la puso, porque tenía traje, corbata, para que estuviera más cómodo.

Ya que terminó de comer, viajamos hacia Uxmal. Los señores  esos querían asistir al espectáculo de luz y sonido y quedarse a dormir allá.
Borges en Uxmal

 El maestro Jorge Álvarez Rendón, Jorge Luis Borges, María Kodama y Adolfo García Videla en Uxmal. Foto de cortesía

A Borges le gustaba hablar

Aprovechando que los otros se iban, yo sacaba la grabadora y le hacía algunas preguntas, pero lo característico de ese señor era que él hablaba, le gustaba hablar. Si le tocabas un tema que le gustase, él se extendía porque era un erudito.

Así que yo más estaba escuchando de ese señor; yo debía de hablarle de Uxmal, pero él sabía más de Uxmal que yo.

Me habló de los incas, de un montón de cosas. No sabía, no notaba que yo tenía la grabadora, no veía nada. Y ese día asistí al luz y sonido.

Borges y su pastel de cumpleaños

Ya después pasamos a un hotel con una piscina muy bonita y allá veo que le dan un pastel de chocolate, muy bonito. Era su día de cumpleaños, creo.

Yo le  pedí a Eduardo Huchim, el jefe de Redacción del Diario,  que  no me fuera a publicar la nota al día siguiente, para que el señor no la viera. La publicación se hizo días después (el sábado 29 y el domingo 30 de agosto) porque él no debía verla porque si no, imagínate, que saliera al día siguiente y, en Chichén,  yo le diga: “Oye, soy periodista”. Entonces, yo le pedí a Huchim de favor que aplazara varias días la publicación.

 Le dieron ese pastel, pero yo no sabía por qué le estaban dando el pastel. Solamente repartieron el pastel.

Incluso, había agentes de Gobernación, supuestamente nadie debía verlos, pero todo mundo sabía que eran de Gobernación; nos estaban siguiendo por todo el trayecto, y también les tocó su pedazo de pastel.

Ya después yo me quité, me trajo a Mérida el chofer en la camioneta, para ir a buscarlo al día siguiente en la mañana. Borges se quedó a dormir en un hotel de Uxmal, que solo tenía camas, así que no durmió en hamaca.

Borges “murió”

Yo me fui al Diario a hacer la nota, la tenía fresca. Estaba yo estaba haciéndola cuando me pregunta Eduardo Huchim: “Oiga señor don Jorge, ¿encontraste bien a Borges? ¿Lo dejaste bien?”. Sí (contestó el cronista). “Porque Jacobo Zabludosky está preguntando sobre su salud, porque está corriendo el rumor de que murió en Uxmal”.

Y le dije: “No lo creo”.

Se trató de llamar por teléfono al hotel, que era de un francés, y no se concretó, para  hablar si había ocurrido algo porque pudo haberse muerto en cualquier momento.

La razón de esto es que circuló el rumor que había muerto por su propia mano porque en un escrito  Borges, que nunca se constató en cuál, decía que no quería pasar de los 80 años, que ese día que cumpliese años sea la nada, volver a la nada. Eso nos dijeron, pero yo hablé con Borges (todo el día) y estuve buscando (el escrito), pero nunca encontré ni el poema ni el texto.

Pero, bueno, ese rumor corrió en Ciudad de México. Zabludovsky se comunicó al Diario y preguntó. Se le dijo: “Pues aquí está el señor que estuvo con Borges todo el día, pregúnteselo”.

Me preguntó y le dije: “Yo lo encontré bien”.  Ahí supe que era su cumpleaños (82). “Hoy es su cumpleaños” (dijo el cronista). “Sí, hoy” (replicó Zabludovsky).

Al día siguiente me pasó a buscar el chofer de Luna Kan, 5  de la mañana en mi casa, y nos fuimos a Uxmal. Y los de Gobernación me dijeron que también les habían preguntado “¿cómo estaba el señor?” porque había corrido el rumor… Yo ya lo sabía.

Borges come miel y recita a Virgilio

Borges desayunó. El francés le regaló un tarro de miel y Borges empezó a recitar un poema muy bonito sobre la miel, de Virgilio, “Las bucólicas”. Era un erudito, siempre estaba hablando de poesía y de autores.

Después nos fuimos a Chichén. Pero este señor que manejaba la camioneta de Luna Kan sabía mucho de caminos y dijo: “Vamos a pasar, si quiere, a Izamal, que es una ciudad colonial”.

Ahí ocurrió un percance; me da pena contarlo; creo que no lo puse (en la crónica de 1981), pero lo voy a contar.

Borges… en el mercado de Izamal

El señor Borges tenía urgencia de ir al baño. Llegamos a la alcaldía (de Izamal) y no había nadie; eran las 8 de la mañana,  (el Palacio) estaba cerrado. Buscando dónde, encontramos el mercado.  ¿Y sabes qué tuve que hacer? Tuve que comprar una escoba, tuve que llevar alcohol, para  limpiar (narra el cronista mientras con las manos muestra cómo limpió).

Luego le dije a María Kodama: “Ya puede venir el señor”… al mercado. No era un lugar digno, pero ¿dónde más? La alcaldía estaba cerrada, ahí hubiera sido el lugar apropiado.

El paseo en Chichén

Después nos dirigimos a Chichén. Ahí estuvimos muy poco. Llegamos como a las 9:30 de la mañana. María Kodama y compañía fueron a ver la acústica del juego de pelota, después fueron a ver el cenote y ya está.

Luego fuimos al hotel  Barbachano para que almorzara el señor, sería como  a la 1 (de la tarde), ya luego nos metimos en la camioneta hacia Mérida porque su vuelo salía a las 6 de la tarde y tenían que estar en el aeropuerto a las 5. Antes te pedían llegar a la terminal aérea una hora antes de tu vuelo; ahora son dos horas antes.

Allá en Chichén le quitaron la guayabera y le pusieron otra vez su traje, pensando en el viaje, le pusieron su corbata, un traje claro. Y así fue conversando hasta que llegamos al aeropuerto, (donde se dijo) agradecido con la ciudad de  Mérida por el detalle (de los paseos).

Eso es a grandes rasgos (la visita de Borges a Yucatán). Las notas se publicaron después, se espaciaron para que no haya posibilidades de que las lea Borges aquí.

Borges Uxmal Yucatán

 Jorge Luis Borges, con su bastón chino, y el maestro Jorge Álvarez Rendón en Uxmal. Foto de cortesía

Era María Kodama, el señor Videla, quien tomó muchas fotos, como una en la que estoy con Borges en Uxmal, esa foto me encanta.

El maestro Álvarez Rendón se refiere a la foto de Borges y él sentados ante un vestigio maya, ambos de alba guayabera, Borges de cabello blanco, mirando al horizonte y las manos cruzadas sobre su bastón; el cronista, con lentes y bigote negros y mirando a la lente. La imagen la cual compartió en su cuenta de Facebook el 13 de agosto de 2016 con el texto: “Escuchando a Borges… Se suponía que yo debía describirle Uxmal, pero él sabía muchísimo más sobre el sitio y sus leyendas. Mejor se callaba uno para aprender un poco. Si se fijan luce su bellísimo y querido bastón chino”.

El Diario la usó, rememora el cronista de Mérida.

Había otra que se perdió en el Diario; era una foto donde estamos sentados en un tronco Borges y yo, esa me gustaba, y yo di la original, sin copiar. Hoy con esos aparatos las copias (dice señalando al celular con la grabadora encendida). Pero no me la devolvieron los formadores (de planas del periódico), quien sabe dónde la asentaron.


“Murió Borges”


Cuando murió Borges me pidieron una notita y la ilustraron con esa foto. Me habló por teléfono una muchacha, quien por cierto ya falleció, era secretaria de allá, y me dijo: “Don Jorge, murió Borges. Quiere Don Carlos que se haga una notita, como usted estuvo en contacto con él, cuente usted algo de él”.

Hice la nota, tres cuartillas, y di mis fotos, de una sí tenía copia, de la otra no. Y a pesar de que estuve detrás de los que formaban las planas “¿Dónde están mis fotos?” Nunca aparecieron. Las fotos se perdieron.

Yo estuve cinco años haciendo el suplemento  cultural, que ya no existe. Yo lo formaba. Era un lío porque los que escribían a veces mandaban fotos, pero había que cuidarlas o desaparecían y luego con qué cara les decía yo: “Se me perdió su foto”, así que estaba yo pendiente… y esa del tronco se perdió.

Maestro, ¿De casualidad Borges le comentó cuánto pagó por el bastón chino que compró en Manhattan, Nueva York?

No. Su bastón chino lo adoraba.  (Dijo que) Le encanta que porque tiene una especie de magia, que desde que lo compró sentía que había una relación  con el bastón, era su preferido.

Maestro, ¿a qué olía Borges, a perfume, a jabón…?

Normal, tenía perfume, no le sentí un olor especial.
¿Qué imagen le dejó Borges a usted?

Yo lo veía con esa admiración, con ese respeto. Yo había leído sus cuentos. Era un hombre respetado hasta por sus enemigos políticos. Era un poco de derecha, pero aún así furibundo izquierdista. Era un maestro del idioma.

Julio Cortázar, por ejemplo, le estaba muy agradecido porque tenía Borges una revista muy famosa, un día  se presentó  Cortázar y le dio un cuento, nada menos que “Casa tomada”, uno de los cuentos más brillantes de Cortázar. Le impresionó a Borges y se lo publicó; por eso le vivió eternamente agradecido porque un espaldarazo así, de él. Cortázar era también genial, un gigante, pero siempre se agradece (el apoyo).

Maestro, ¿cuál fue su primera lectura de Borges?

“El jardín de los senderos que se bifurcan” y “El Aleph”, tenía de 15 a 16 años (de edad). Después sus poesías, a mí me gustaban mucho sus poesías.

Una de las primeras obras que leí fue una antología  en la que decía la influencia que tenían sobre él los modernistas y, sobre todo, Vicente Huidobro, que era de la corriente del ultraísmo, hasta llegar a sus poesías.

¿Qué libro de Borges atesora en su biblioteca personal?

Compré las obras completas, son cuatro volúmenes, porque tenía yo muchas de sus obras esparcidas en libritos de Alianza Editorial, como“Historial Universal de la Infamia”; me ofrecieron las obras completas, no me acuerdo de qué editorial, y las compré.

¿Cuánto le costó?

En aquella época me costó como 3,000 pesos, en 1987, al año de su muerte.

¿La compró aquí en Mérida o en la metrópoli?

En (Ciudad de) México… Creo que la compré en Ghandi. Aquí no había muchas librerías.
¿Cuántos años tenía usted cuando acompañó a Borges?

35 años tenía yo.  En ese entonces trabajaba en la Secundaria Federal 4, en Cinco Colonias, y el problema fue que  el curso escolar había comenzado y los profesores teníamos que presentarnos a firmar en la escuela.

Así que tenía que justificar mi ausencia. En ese entonces los profesores podíamos tomar hasta nueve días de descanso, sin ninguna razón, al año. Fue así que me dieron tres días y pude acompañar a Borges.

En su crónica de 1981 anotó que el alcalde le acercó a Borges el Libro de Visitantes Distinguidos para que firme…


Es libro del aeropuerto, no del Ayuntamiento. Borges lo firmó en un espacio donde no dejan entrar a nadie (más).

Afuera esperaban escritores que sabían que iba a llegar, estaban esperando hablando con él, pero no pudieron.

Yo no podía decir que era del Diario. Claro, a mí no me invitaron porque trabajaba ahí, me invitaron para acompañar a Borges, aunque en esa época se dijeron varias cosas,  que se dio preferencia al Diario; los que esperaban como que estaban un poco disgustados porque no les dejaron hablar con Borges, algunos tenían hasta libros para que se los autografíe.

¿Borges firmaba libros a la gente que se le acercaba?

Yo le pedí que me firmara un libro de poesías, lo tengo. Nomás me puso su firma: Borges. Ahí lo tengo.

El que sí me dedicó es (Gabriel) García Márquez, la segunda vez que vino (a Yucatán);  escribió: “Para mi entrevistador tenaz”, o sea terco (rememora riéndose), “con todo cariño”, burlándose, semejante dedicatoria.

¿Cómo firmaba él? ¿Con todo su nombre, con sus iniciales o un garabato?

Un garabato… Lo importante era la novela. Hoy hay gente que tiene hasta libreta donde colecciona autógrafos de autores.

La charla continuó sobre otros escritores con quienes el maestro Álvarez Rendón tuvo la oportunidad de convivir y entrevistar.

Borges murió en Ginebra

Menos de cinco años después del rumor de que murió en Uxmal, Yucatán, Borges falleció  en Ginebra, Suiza, el 14 de julio de 1986.

En 1985, a la edad de 86 años, le diagnosticaron cáncer de hígado, rehusó la quimioterapia y se fue a Ginebra a encontrarse con la muerte. “Ahora siento cierta impaciencia; me parece que debo morirme, y debo morirme pronto. Que ya he vivido demasiado. Y además, tengo una gran curiosidad”, dijo Borges en su ocaso, según reveló su hoy viuda, María Kodama, con quien se casó meses antes de morir.

Nueve años después del deceso de Borges, en 1995, el Ayuntamiento nombró al maestro Álvarez Rendón cronista de Mérida. Lo hizo  precisamente el 24 de agosto, a los 96 años del natalicio de Borges, quien decía que todos los tiempos, todos los hombres, son solo uno, un círculo infinito, eterno.

Fuente: Diario de Yucatan

Cuando Borges visitó Yucatán


Por Flor Estrella Santana 

                                                        
 Cuando Borges visitó Yucatán dejó su imagen en el espejo del Mayab.

Se encontró con Uxmal, ciudad maya que incluyó en dos de sus poemas, y palpó las frías y ásperas piedras de Chichén Itzá.

Junto a las milenarias piedras mayas trazó el círculo de su vida: habló de su niñez en su natal Argentina, donde a diario bebió “agua de tortuga” sin saberlo, y también habló de su bastón chino, el predilecto, que le acompañaba en su vejez.

Con motivo de los 120 años del natalicio de Jorge Luis Borges, celebrado el sábado 24 de agosto de 2019, transcribimos la crónica que el maestro Jorge Álvarez Rendón escribió tras acompañar al hijo predilecto de Argentina en su visita a Uxmal y Chichén Itzá.

Mérida, Yucatán, México, sábado 29 de agosto de 1981.

Jorge Luis Borges, caballero argentino, recuerda a sus Buenos Aires en el Mayab

Apoyado en su bastón chino preferido, el poeta recorre parte de  Uxmal.– ¡Ojalá salieran las golondrinas!– Sopa de lima y filete de  Venado.– “Agua de tortuga”, ¿secreto de su longevidad?– Agudeza y  buen humor– Un criollo galante.– El geniecillo de la milonga.– Hoy, Chichén Itzá



           Jorge Luis Borges y María Kodama llegan a Mérida, Yucatán. Foto de Megateca

“¡Borges, venid para que os tomemos la fotografía! Ahí está bien. Que se vea el Palacio del Adivino. Ya es tarde. Perderemos la última luz”.


Jorge Luis, con sus ojos ciegos y verdes claro, obedece a María Kodama, su amiga y asistente, mientras se apoya en un bastón chino que compró en Manhattan. “Tengo otros tres en  mi casa, pero éste es el que más me gusta, porque los dedos encajan perfectamente”.

¡Ojalá salieran también las golondrinas! Hay muchas, Borges. A lo mejor son las mismas que después se van a la Argentina.

Con extraña lucidez y gran memoria, el poeta recuerda letras de milongas. Quizá para él vengan al caso. Nosotros –con Borges enfrente– preferimos compartir la tarde real con otra, poéticamente viva.

“El silencio que habita los espejos ha formado su cárcel. La oscuridá es la sangre de las cosas heridas. En el incierto ocaso la tarde mutilada fue unos pobres colores”.

Sus acompañantes se dispersan en el laberinto de las piedras. Algunos quieren escalar el templo del mago tenaz. A su lado, explicamos a Borges cuanto sabemos de los mayas, que siempre, aunque fuese un caudal, resultaría insignificante para su espíritu curioso y cosmopolita.

Aguardamos el espectáculo. La luz y el sonido. Ambos. El sonido y la luz. Porque estamos convencidos que este caballero argentino, que mueve la cabeza con un nervioso sí perpetuo, enumera sus propias claridades, distingue nítidamente los objetos con algún ímpetu secreto.


LA LLEGADA


Borges desciende del avión a la una y media del día. Viste traje café con camisa y corbata del mismo color, aunque de diversos tonos. Lo ayudan María y el director de cine Adolfo García Videla, su compatriota.

Tras pasar la nube de los colegas, el poeta se refugia en el privado de los pasajeros distinguidos, aunque él insista en su pequeñez, a la hora de firmar el libro de visitas que le extiende el Lic. Gómez Chacón, alcalde de Mérida.

Se discute el itinerario. Don Javier Wimer, embajador de México en Yugoeslavia, señala en un mapa la ruta: primero Uxmal, ciudad clásica, y Chichén Itzá para el día siguiente. ¿Se pondrá Borges una guayabera? Quizá más tarde, para estar más fresco, porque el calor aún no lo molesta:

“Parece que estoy en Buenos Aires”, señala.

“Bueno, posiblemente el calor de ahora sea mayor”, aclara García Videla.

Borges sonríe antes de añadir:

“Es natural. Cualquier calor presente es mayor que otro  pasado”.

Muy cierto. Rápida agudeza de un hombre que acaba de cumplir 82 años.


AGUA DE TORTUGA

Mientras sus compañeros se encomiendan al condimento de la más típica comida yucateca, Borges prefiere algo liviano. Es vegetariano por temporadas –cuestión de ética–, pero cuando le leen la carga escoge sopa de lima y filete de venado.

Alguien habla de las aguas frescas, de ahí se pasa al tema de la lluvia, amenazante en una  súbita tiniebla, y vienen a cuento las grandes tinajas donde se recoge el agua en muchos países de la América Hispana.

“En mi casa”, nos comenta Borges muy despacio, “había una tortuga en el fondo del aljibe. Era una costumbre argentina. En Montevideo no, ahí prefieren sapos. Yo sabes crecido cuando supe lo de la tortuga. Siempre tomé agua de tortuga, al igual que mi madre, que murió con más de noventa años. A lo mejor por eso soy longevo”.

Esa agua está detenida, supuesta en la  “garganta de la sed” de los recuerdos. Ahora, le traen al poeta un vaso de horchata de arroz, bebida que le agrada enseguida.

Hay que prescindir del café porque Miguel Ángel, el chofer del Ejecutivo, predice cierto atraso. Es preciso llegar a Uxmal antes de las cinco de la tarde. Sin embargo, se encuentra tiempo para que Borges abandone el saco de traje y salga a la calle en guayabera.

En el trayecto, poeta y compañeros platican continuamente. Se pasa de uno a otro tópico aunque el cine prevalece en la voz de Adolfo. La obra casi desconocida de Renán, los poemas de Joris Huysmans, los sueños obsesivos, la numeración de los mayas, algunas aclaraciones lingüísticas. Al pasar por los poblados, María explica a Borges el ambiente. Sin muchos detalles. Salen sobrando.


Después de las cinco de la tarde “nadie” pasa a las ruinas de Uxmal, pero Borges es especial, aunque no lo acepte públicamente vaya usted a saber por qué. Miguel habla con los guardias que lo conocen de anteriores giras y una puerta lateral se franquea sin problemas ulteriores.

“Despacio, Borges, despacio. Un escalón alto y otro más pequeño”. María y Adolfo llevan al escritor hasta el templo norte del Cuadrángulo de las Monjas. “Ya estamos en las ruinas, Borges. Son espléndidas”.

“Aquí llega otra ruina más reciente”, bromea el poeta, satisfecho de hacer que la risa nazca en los que aprecia.

María y Estela Troya, esposa de Adolfo, imprimen fotos sin cansarse. Toda la fauna sagrada de los frontispicios. El horizonte que ya comienza a tornarse rojizo. En un momento dado, Borges queda solo y comienza a preguntarnos sobre la historia de los mayas, su conquista y desaparición.

Nos interrumpe para hablarnos de su tierra. Ahí la guerra contra los indios fue cruel.

“En cada batallón de ciudadanos había un degollador. Algo horrible. Los cuchilleros también eran bastante violentos”. Con cierta ceremonia, nos relata la historia de los dos hermanos Ibarra. Aquella de:


            “El que era menor debía

            más muertes a la justicia.

            Cuando  Juan Ibarra vio

            que el menor lo aventajaba,

            la paciencia se le acaba

            y le fue tendiendo un lazo.

            Le dio muerte de un balazo

            allá por la Costa Brava”.


Ya que habla de poesía aprovechamos para preguntarle. ¿Qué opina de la poesía de Octavio Paz? ¿Es tan gran autor como aseguran?

La galantería del criollo se justifica entonces. Borges comienza hablando muy quedo, en suspiro casi, pero no tardamos en comprenderlo:

“He leído poco de poesía contemporánea desde que perdí la vista hace veinte años. Conozco a López Velarde, pero ése ya murió. Tendría que conocer a los colegas de Octavio Paz si quisiera emitir algún juicio”.

El poeta asegura que los mexicanos han sido sumamente galantes y atentos consigo. Todos los mexicanos que conoce son amabilísimos… Algo recuerda de improviso y no lo deja pasar:

“Sólo a uno conocí que me insultó. Era un periodista y dijo que se decepcionaba de la modestia de mi casa. ¿Qué quería? ¿Un palacio? Para mí es suficiente vivir en un pañuelo. Mientras más pequeña la casa, mejor. Así sé dónde están las cosas.

“También se burló de mis libros”, prosigue. “Le parecieron escasos. ¿Cuántos quería que tuviera un ciego? Se fijó en las goteras del cielo raso y comparó mi cuarto con una celda. No recuerdo su nombre. Seguramente ha de haber escrito después un artículo insolente”.

Por unos minutos permanece en silencio. Sube y baja la cabeza con espasmo nervioso. Sus amigos tardan y nosotros somos, a fin de cuentas, una presencia extraña. No me hace más preguntas y se lo agradezco. Ha comprendido mi ignorancia. De súbito, con la claridad de sus textos, habla de un  bisabuelo suyo, fusilado durante las guerras civiles. Otra vez el tema de las pampas y la sangre. El hombre siempre ha sido una criatura violenta. Capítulos olvidados de “Historia Universal de la Infamia”.

Sale por ahí de nuevo el geniecillo de la milonga y Borges canturrea:

“A mí me dicen piechico y son de Montevideo…”.


EL ESPECTÁCULO

Regresan lentamente sus compañeros porque ya se acerca la hora del espectáculo. Todavía hay tiempo de interrumpirlo para preguntarle algo sobre su próxima obra:

“Estoy preparando un libro de poemas que se editará en Madrid. También hago un estudio sobre Quevedo, pero espero hacerlo todo en un año. Por lo pronto, pienso visitar China y la India, dos países que me atraen mucho”.

Con retraso y un coro de moscos, “con uno solo basta”, asegura Borges, el espectáculo da comienzo. Siempre hemos creído que el libreto es algo cursi y empalagoso, a la usanza romántica, del romanticismo menor, desde luego. Borges escucha la historia del fin de Uxmal, la ciudad erificada tres veces. Los funestos amores de la princesa Sac Nicté con el belicoso señor de Chichén. Y cuando el sacerdote maya se pregunta reiterativamente, con dejos de Manrique, en dónde terminó aquella raza de valientes, a lo mejor Jorge Luis reconoció el polvillo de la eternidad de los grandes temas, aquellas octavas suyas:

            ¿Dónde están los que salieron

            a liberar a las naciones

            o afrontaron en el Sur

            la lanza de los malones?

            ¿Dónde están los que a la guerra

            marchaban en batallones?

            ¿Dónde están los que morían

            en otras revoluciones?

Más que la tramoya humana, la noche brindó a todos, incluso a Borges, en esa su forma misteriosa, el primor de la Vía Láctea, gran figura de reparto en el infinito. Como bien dijeran el Sr. Wimer y su esposa Angelina, allá arriba estaba lo más selecto de la jornada.

El poeta se retiró a su hotel enseguida. Cenaría algo ligero más tarde, después de sentir el fresco en la terraza. Hoy lo espera Chichén Itzá, siempre del brazo amigo de María, su discípula y auxiliar en la lectura. Aunque comúnmente es insomne hasta el alba, en Buenos Aires lo mantiene atento el Reloj de los Ingleses, posiblemente en nuestra tierra, exactamente en el sitio sagrado donde está, los señores de los suaves vientos le hayan dado el mensaje del descanso.– Jorge H. Álvarez Rendón.

Fuente: Diario de Yucatan

sábado, 29 de diciembre de 2018

Conversación inédita Borges-Arreola




 
Esta conversación entre Jorge Luis Borges y Juan José Arreola proviene de un cassette que el propio Arreola grabó al momento de su encuentro con Borges, cuando éste visitó México en 1978. Arreola tenía la costumbre de llevar consigo una grabadora en la que registraba pasajes tanto de su propio discurso como de los diálogos con otras personas. Amante de la espontaneidad y la improvisación, como él mismo lo explica en cierto momento de esta charla, no solía informar a nadie que las palabras estaban registrándose en una cinta. Este parece ser el caso, pues evidentemente Borges habla sin que pueda decirse que sepa algo al respecto, y el propio Arreola, cuando se han despedido, explica a Rafael Alzérica tal vez que es algo planeado de antemano por él.

La primera parte de la conversación tiene lugar en el hotel Camino Real, un día antes de que grabaran una entrevista televisiva que sería difundida poco tiempo después. Borges y Arreola están rodeados de gente entre muchos otros, Felipe Ehrenberg, que dibuja, y Rafael Alzérica, que tuvo un papel relevante en las gestiones para que la entrevista fuera posible, y esbozan las líneas de lo que será la entrevista formal. La segunda parte tuvo lugar en el sitio donde se filmó la entrevista, mientras Borges y Arreola esperaban a que los técnicos de televisión por fin estuvieran listos.

Dada la naturaleza de la grabación, hay momentos en que resultó imposible reproducir alguna frase sin caer en el riesgo de falsear su sentido. Para evitar esa suerte de traición, las pausas indicadas con corchetes corresponden a pasajes inaudibles o de dudosa claridad.

La generosidad de Alonso Arreola, nieto de Juan José, hace posible que ofrezcamos a nuestros lectores esta conversación inédita, a la que, por supuesto, no hace ninguna falta adjetivar.
Luis Tovar
Arreola: A ver, Rafael, dile quiénes estamos aquí: Yo soy Arreola.

Yo soy Felipe Ehrenberg; estoy dibujando sencillamente.

Yo soy Rafael Alzérica y nada más los voy a escuchar.

Arreola: Aquí estoy yo y soy, como le dije al entrar, José Arreola.

Borges: Sí, éste sigue siendo Arreola.

A: Todavía no he perdido la identidad. [...] En la televisión mi plan es no preparar nunca nada, y menos con usted, que ya tenemos un antecedente en San Diego, otro de México, y tantas cosas que usted me ha enseñado.

B: Bueno, yo estoy enseñando y aprendiendo.

A: Sigue aprendiendo, eso es, y se dice que la mejor manera de aprender es enseñar; entonces solamente...

B: Cierto, he sido profesor de literatura inglesa durante veinte años en la Facultad de Filosofía y Letras.

A: Bueno, y hay cosas que nos son comunes; a tantos de entre nosotros. La única cosa que tenía...

B: Lo de Reyes...

A: Lo de Reyes, y ciertos poetas de América Latina, ciertos poetas de España que hemos frecuentando usted y yo; usted con la ventaja que me lleva en conocimiento y algunos cuantos años...

B: Sobre todo en tiempo, siempre soy el mayor de los interlocutores; es un triste privilegio...

A: Bueno, podemos empezar con una cosa que me importa mucho...

B: Podemos empezar con Góngora y Quevedo...

A: Y también con algo que me importa mucho, que hace unos días... Usted sabe que en México...

B: Todos los temas son infinitos.

A: Y quisiera nada más un punto de partida para abarcar a estos poetas y a una serie de temas suyos y de cosas que ahora van siendo cada vez más mías. Acabamos de celebrar aquí el día de muertos. Tengo quince días en meditaciones y he vuelto a sus ideas, y a las ideas a propósito de la inmortalidad y del estar aquí o el estar allá y de un más allá o de un no más allá y de la permanencia, la idea de la eternidad, de dónde surgió; y le quiero contar que desde antenoche sabiendo que venía usted, yo quería...

B: No podemos ser un gato, el gato es un simulacro que concede al tiempo un arquetipo eterno...

A: Y se acuerda usted de "La calavera, el corazón secreto..."

B: Ah pero claro, pero eso es mío...

A: Entonces a partir de eso, creo, tengo una vaga sospecha... ese soneto, ya después le voy a contar...

B: Qué razón tiene... nunca he usado la palabra calavera.

B: Y ahí está, y en México celebramos las calaveras, la calavera es una de las realidades más mexicanas que puede haber...

B: Bueno, hay ese trabajo de Lessing, que dice que el esqueleto como símbolo de la muerte data desde la Edad Media... Los antiguos tienen una idea de Eros con la antorcha invertida y que luego viene a ser otro símbolo del esqueleto que no es antiguo, como el de...

A: No, es de la danza de la muerte; sobre todo Holbein y el panteón de los inocentes en París, el de Françoise Villon, donde viene el pasaje en el testamento, uno de los más terribles que venga a propósito de la idea de la muerte. Bueno, como acabamos de celebrar aquí con toda clase de calaveras de azúcar de dulces y de panes de muerto...

B: Están jugando con los símbolos de la muerte.

A: Exacto, a partir de ese hecho, era la única prevención, digamos, el único antecedente, y como Quevedo está metiendo la muerte hasta los huesos...

B: Si quiere podemos ver si existe o no...

A: Bueno.

B: Yo diría que es una sensación.

A: La única cosa que le quería hablar a usted...

B: Todo es posible, sí. Que nos quedáramos muertos mientras estamos hablando, y que no nos diéramos cuenta.

A: Eso sería lo más hermoso.

B: Macedonio Fernández dijo una cosa que yo voy a citar mañana, dijo que morirse era lo más sencillo y grande que podía pasarle a un hombre. Está tan seguro de la inmortalidad.

A: Es precioso.

B: Morirse es lo menos importante que puede pasarnos.

Ilustración de Felipe EhrenbergA: Oiga, ¿y los papeles del recién venido? ¿De dónde le vendría la idea del recién venido a Macedonio? "Recién venido"; en quién pensaría...

B: Seguro pensaba en él mismo y en la idea de que todos seríamos como forasteros en un mundo que no comprendemos, supongo que la idea sería esa, ¿o no? [...] Creo que después fue una idea más interesante [...] bueno, esto es una frase de mi hermana, que a lo mejor cito mañana...

A: De Nora.

B: Sí, de Nora. Los chicos, dice, estos turistas. Es muy lindo. Además, la palabra "turista" siempre se usa despectivamente y ahí no, al contrario.

A: Le voy a decir, de todo corazón, la práctica personal es no preparar nada porque cuando dos personas tienen muchos intereses, tienen muchas cosas que saber...

B: Yo creo que si preparamos algo, mañana vamos a ser como ecos mecánicos y un poco frustrados y falsos y vamos a abundar sobre todo en erratas y en olvidos...

A: "Abundar en erratas..." Me acuerdo muchísimo de Carlos Argentino, que tenía esa frase, ¿cómo es? Pero también abundaba en, ¿cómo dice?, en ociosas exactitudes, en ociosas referencias y toda la cosa esa de Paul Ford y demás. Pero la idea es exacta, tanto, que ni siquiera le adelanto la idea que me ha inquietado mucho en los últimos días y que yo creo que usted la tiene muy bien desarrollada en sí mismo y en muchos pasajes de los libros, pero como es una idea de las últimas cuarenta y ocho horas la quiero manifestar, pero mañana, mejor, para que usted no tenga tiempo de pensar porque a mí me importa mucho lo que es la improvisación, que la palabra sea simultánea al pensamiento, el pensamiento debe ser simultáneo a la palabra...

B: Sí, yo creo que eso decía Schopenhauer, que hay escritores que escriben sin pensar, hay escritores que piensan para escribir, escritores que piensan y por eso escriben y que eso es lo mejor. Yo creo que no, lo mejor es que sea un proceso paralelo. Creo que sí, es decir, cuando uno esté pensando, uno esté hallando las palabras.

A: Ahora, hay una cosa importante también, cuando uno empieza a hablar y tiene que hablar, naturalmente se pone a pensar porque si no se cae, se cae del alambre. Yo pertenezco al género de los que hablan para pensar. En cuanto empiezo a manejar términos del lenguaje el pensamiento acude. Oiga, ¿se acuerda de aquella boutade de André Gide? "Crea una forma bella, porque una idea más bella todavía vendrá a habitarla." Pero, ¿sabe?, André Gide ahí un poco hace verdaderamente una boutade. La forma bella se crea, Borges, como una nostalgia. Ya existe interiormente la posibilidad de ser una forma bella..

B: Muy bien, seamos platónicos...

A: Ah pero le voy a contar mañana o pasado...

[...]

A: Mañana le quiero contar, o pasado, en la próxima o en la siguiente conversación, el soneto que escribí a propósito de su soneto "La calavera, el corazón secreto", el verso que dice "soy un hombre que escribe en un cuarto de una casa". Hice un ejercicio retórico, puramente retórico a partir de Borges y Quevedo. Cómo puedo decirle...

B: Lo había olvidado ese poema... es la primera persona que me lo recuerda...

A: Ahora le voy a decir cómo va porque se lo voy a decir mañana, esto es sólo un pasaje...

B: ¿Cómo es? La calavera, el corazón secreto...

A: Pero no me acuerdo. "El golpe de la sangre que no veo..."

B: Claro, sí, del esqueleto que no veo...

A: Del esqueleto, sí, y es más, al final es más raro: "ser un..."

B: Y luego yo me refiero a la espada del coronel Borges, de mi abuelo, y digo: "soy también la memoria de una espada".

A: "Soy también la memoria de una espada." Y otra cosa, mire, a propósito de dos o tres sonetos vamos a platicar porque también en cierta calle hay una casa, se acuerda usted, con su timbre y su número trece y un aroma, un olor a perdido paraíso. La nostalgia de una vida más bella. Creo que usted se acuerda de El otoño de la Edad Media, donde se habla de la nostalgia de una vida más bella. ¿Por qué el hombre ha podido o querido suponer que puede haber un paraíso perdido, que puede haber una vida mejor?

B: Bueno, qué raro que usted me hable de eso. Estaba pensando en un diálogo bastante difícil donde Adán está pensando y reconoce que verdaderamente el paraíso no era para tanto pero a él le gusta pensar que era muy divino porque lo ha perdido. Lo que realmente no importa. Y que es exagerado por los poetas después, me recuerda un poco a Milton, pero era el paraíso o era con cualquier otra cosa.

A: No se imagina, Jorge Luis, cómo he estado de cerca en estas tres últimas semanas. Nada más le voy a decir unas líneas del soneto que escribí por usted, que dice: "Cómo puedo decirme a mí quién soy si de Quevedo y Borges el atuendo verbal dice burlando, ¿estás yaciendo? Lugar de tiempo en el espacio estoy, estoy aquí conmigo el día de hoy en monótonas líneas describiendo esta nada. Palabras sin estruendo avisan en silencio a dónde voy." Viene de Borges y de Quevedo. Ya en el programa se lo voy a decir completo...

B: Entonces no he escrito yo en vano mis sonetos...

A: ¡Por dios santo!

B: Si fue un estimulo...

A: Bueno, usted sabe que fueron desde 1942 los libros, pero el primer encuentro con Jorge Luis Borges ocurrió en la Revista de Occidente en 1924.

B: Ah, claro.

A: El artículo aquel.

B: Sobre Quevedo.

A: Se lo publicó Alfonso Reyes. Yo creo que él lo dio a la revista o la revista directamente.

B: Vamos a resolver hoy que lo publicó Alfonso Reyes. No cuesta nada modificar el pasado.

A: Acaba de decir usted una cosa que me importa mucho: la modificación del pasado.

B: Claro, es la materia más plástica que hay.

Ilustración de Felipe EhrenbergA: Hay un psicólogo teólogo, Víctor Frenkl, que ha dicho una cosa que me parece muy bella no sólo dentro del ámbito cristiano-católico, sino más allá de él, que dice: "El arrepentimiento modifica el pasado."

B: No, el que dijo eso fue Oscar Wilde.

A: ¿Me lo dice mañana eso? Es precioso.

B: Oscar Wilde, Oscar Wilde. Es lindísimo.

A: Sí porque Oscar Wilde era un hombre muy profundo. Pero usted ya lo dijo una vez.

B: Oscar Wilde era un hombre... Uno se encuentra con ideas asombrosas. Todo está dicho con tal elegancia, con tal diligencia que...

[...]

B: Pero claro, fue un hombre extraordinario Wilde, y lo que él dijo que había puesto su genio en su vida y su talento en su obra, o mi talento en la obra de mi genio y mi vida, pero uno siente ese genio en él, es más allá de los argumentos de las comedias o de las páginas así, un poco decorativas de Dorian Grey; se siente que era un hombre extraordinario...

A: ¿Se acuerda del original de su ensayo cuando dice por qué Chesterton, que era un hombre tan hecho, tan fuerte, tan católico, tan todo, nos lleva al mundo de la pesadilla? Y a pesar de los hábitos de la desdicha y del mal, la obra de Wilde respira una felicidad.

B: Una inocencia.

A: Ese es uno de los misterios que también debemos rozar un poco.

B: Es que Wilde es tan bueno. [...] Lo que yo publiqué fue una traducción del Príncipe feliz.

A: Increíble lo del Príncipe feliz, El gigante egoísta, El ruiseñor y la rosa, La creación. Bueno, yo creo, Jorge Luis Borges, que ya no vale la pena que le quite más tiempo y que estemos más tranquilos para mañana, porque lo único que quiero es que a pesar de que esto sea una cosa que nos reúne, un canal de la televisión, quiero que todo aparezca, y ya me doy cuenta de que usted así lo quiere también. Que sea una conversación pura entre nosotros dos.

B: Va a ser un placer, podemos olvidarnos de la televisión incluso.

A: Nos olvidamos totalmente.

B: Claro.

A: Yo me marcho para que usted esté lo más tranquilo posible, mañana en el Castillo de Chapultepec, y conste que no nos va a ajustar el tiempo. ¿Se acuerda en San Diego? Empezamos a las seis de la tarde y terminamos a las dos de la mañana la primera plática, cuando nos encontramos.

B: Una amiga mía me dijo una vez: "Nos conocimos en tal fecha, empezamos a hablar y desde entonces has seguido, desde entonces no te has callado."

A: Y yo voy a seguir hablando con usted aunque usted se marche de México.

B: No, pero no pensemos en eso. Yo estoy aquí venturosamente en México.

A: Y mañana vamos a estar en el Bosque de Chapultepec y verá usted que es un viento más puro que el que está por aquí alrededor del hotel. Pues créalo, que es una nueva felicidad, y quiero darle muy grandes saludos de una muchacha que lo conoció conmigo y que paseó con usted y que hicimos un viaje juntos en coche, mi hija Claudia. Una muchacha que estaba cerca de usted en el automóvil.

B: Claro, sí, yo sin duda le dije, como siempre digo, siempre repito eso, que si quiere puede llamarse Gladys, que es el mismo nombre de la forma celta, Gladys es Claudia. Pero creo es mucho más lindo Claudia.

A: Claudia.

B: Gladys es la forma que le dieron en Gales al nombre Claudia, note que son casi iguales: Gladys/Claudia.

A: Pues no se imagina la alegría que le dio saber que está usted en México.

B: Usted dígale que le mando muchos afectos y que siga llamándose Claudia y que no se ponga Gladys.

[...]

A: Yo le voy a decir ahorita que...

B: Qué lindo, "ahorita", como dicen los gauchos. Aquí se dice mucho...

A: Sí, cómo, ¿cómo dicen?

B: Ahorita, allicito.

A: Aquí se dice mucho ahorita y ahoritita.

B: Ahora que entre los gauchos eso no corresponde a ninguna precisión, se dice por cortesía. "¿Dónde queda tal cosa? Y, allicito."

A: Aquí en el campo se usa mucho.

B: Hay ahorita para que no se impaciente.

A: Como aquí en México.

B: Es una forma de cortesía, que no de precisión. No es preciso, es cortésmente impreciso, imprecisamente cortés, como allicito.

A: Aquí en México [se dice] un momentito. Para todo, cuando va a recibir a alguien o esperarlo, "un momentito, un momentito".

B: Puede decir "ahora", pero no importa.

Ilustración de Felipe ErenbergA: No importa, es "momentito" y en el campo se dice mucho para el lugar a dónde vamos, dónde está esto, y se dice "aquí nomás tras lomita".

B: Ah, qué lindo, "tras lomita".

A: Y tras lomita es tras montañas y montañas, días de viaje.

B: Está bien esta idea de facilitar.

A: Pues ya siento desde ahora la alegría de mañana y de pasado y la alegría de saber que está usted aquí en México.

B: Y yo estoy sintiéndolo.

A: Porque imagínese usted, cuando comencé a leerlo y a conocerlo, cuándo iba a imaginarme que la vida y los azares de la literatura y de la lectura me iban a llevar...

B: Todo está hecho, todo está previsto. La armonía preestablecida del Leibnitz...

A: Todo debe obedecer finalmente a un orden.


A: Les obscurs designs de la providence. Los obscuros dibujos de la providencia.

B: Es cierto, sí.

A: Creo que eso era de Cocteau, y toda la sala está entretejida, de veras, como un tapiz, es una cosa de tapicería. Alguna vez pensé en los ángeles, que son los concesionarios y distribuidores del azar, de la contingencia. Se la voy a leer, la tengo en un texto mío. En San Diego le ofrecí una cassette con pasajes míos y ahora sí me voy a atrever a dársela para que usted la escuche un día.

[...]

Borges se ha retirado y Arreola habla ahora con personal del staff de televisión.

A: Pero de veras qué hombre, qué hombre. A mí me da una pena hablar con Borges, cada vez que hablo, porque siempre temo darle la lata. Oye, estoy cada vez más agradecido, qué bárbaro, que tú hayas hecho esto posible, en verdad eso me emociona. [...] Pero tú no te imaginas la felicidad, porque yo tenía la cosa de que en San Diego no grabé una sola frase de Borges, y tuvimos una primera conferencia de seis horas los dos solos en una habitación, y yo por una cosa de respeto, teniendo dos grabadoras... Y ahora digo no, es un homenaje que le voy a hacer, cuando yo vi que las conversaciones con él... Cuando las repase y recuerde lo de San Diego; yo ya tengo mi libro también para Jorge Luis Borges. Porque no te imaginas, son treinta y ocho años de conocimiento, casi cuarenta años ya de conocimiento. [...] No tienes una idea de lo que yo he hecho aquí, pero hace treinta años sobre todo les ponía [a sus alumnos] como la pieza clave la economía de los términos, y tuve la suerte de que desde el primer momento en que nos encontramos me trató como ahorita, como si me hubiera conocido desde antes cuando yo tenía miedo de encontrarme con él. Porque era treinta años después, cuando yo lo encontré. Es inconcebible la imaginación y la frescura; ayer mismo en la noche, en el aeropuerto, dos recuerdos; inmediatamente los pesca. Ahorita, por ejemplo, no creas que me lo dice por cortesía, claro que se acuerda de mi hija porque viajaron en el asiento de atrás de un coche y al subir yo le dije a mi hija: "No le digas a Borges que yo voy aquí", porque yo había dormido dos o tres horas y me rajé de seguir hablando, él todavía quería seguir hablando y yo me fui. Entonces iba yo callado y caminamos muchos kilómetros, y de pronto mi hija en un momento así natural, dice: "Papá, papá, oye lo que está diciendo el señor Borges." Entonces él dice: "¿Viene aquí su papá?" Yo tuve que confesarlo, y se pone a hablar, pero platicó mucho con mi hija, y de veras que le tiene un gran cariño y un recuerdo muy bello, y esto que me dijo me dio gusto porque se acordó ya con eso de Gladys. Tiene una memoria... le dijo a mi hija, te llamas igual, en gaélico serías Gladys.

Borges y Arreola están en el alcázar del Castillo de Cahapultepec.

A: No me podía acordar anoche del lugar, que Papini tiene una frase semejante, cuando un emperador romano o un cónsul dice: "Yo reclamo para mí ese infame privilegio."

B: Qué linda.

A: Voy a ver si la localizo para decírsela mañana completa.

B: Sí, son frases latinas.

A: Dice: "Reclamo para mí este infame privilegio."

B: Qué raro, ¿por qué el idioma, cuando una frase sale bien, parece traducida del latín, eh?

A: Ahí lo tiene usted.

[...]

B: Sí, yo no sé, hay algo, tiene algo el latín.

A: Sí algo de mágico. Pero usted, cuando escribió sobre Quevedo, ¿cómo dice en sus páginas lapidarias? "El español parece volver al arduo latín de Séneca y Lucano."

B: Que eran españoles.

A: Eso, al enérgico latín de la edad de plata.

B: La edad de plata fue mucho más sentenciosa, porque es de Plinio también.

A: "Razonaba oro y no metal bajo, tantos kilates subía su lenguaje." Ahí el español es lo que usted dice, llega a ese nivel tremendo, sin partículas, ¿verdad? La piedra seca. "Fatigó con felicidad la literatura griega." También lo dice Quevedo en el "Marco Bruto". Yo me dediqué a buscar, cuando más me había impresionado a mí, quería recordar... ¿Cuál fue la frase que le impresiono más a usted? Porque Bécquer en un cuento habla de los monteros que fatigan el eco de los montes.

B: "Fatigar las selvas", es Virgilio.

A: Y de ahí lo tomó Góngora.

B: Claro, sólo que Góngora puso "a peinar el viento", que es horrible.

A: Y "fatigar la selva".

B: "Peinar el viento" es imperdonable.

A: No se puede. Pero inmediatamente viene...

B: Pero inmediatamente viene Virgilio y lo salva.

A: Pero él dice: "peinar el viento, fatigar la selva, en vano pula en la maestra mano el generoso pájaro su pluma". Ahí sí está en eso; eso podemos dejar para mañana, Quevedo y Góngora, porque ahora me gustaría estar todavía más sencillos.

B: ¿Qué hacemos rodeados de personas?

A: No, aquí estamos solos en este momento.

B: Yo no veo a personas realizando funciones trabajosas. ¿O no? Diciendo: "no, a la derecha, no a la izquierda" diciendo "ya te equivocaste..."

A: Y estos señores tienen ya tres horas con las cámaras, ensayándolas. Y todavía parece que no llegan, voy a preguntar.

B: Es que eso es lo típico de las máquinas, que no funcionan, que se descomponen...

A: Y luego imagínese usted, en un momento dado...

B: Toda máquina es torpe.

A: Es una venganza misteriosa...

B: Se rebela la materia.

Ilustración de Felipe ErenbergA: De la materia, justamente. Usted se acuerda que había una persona entre otras, luego me acordaré, que se metió mucho al espiritismo y logró de tal manera contaminar a las criaturas medio animadas o inanimadas, que de pronto quería coger un lápiz de la mesa y se le escapaba el lápiz, pasaba bajo un árbol y las ramas le pegaban, porque se había metido a donde no debe.

B: Claro, sí, era un intruso. Yo siempre tengo el temor de ser un intruso.

A: Ay, por favor.

B: Aquí no me siento intruso.

A: No, Borges, aquí sencillamente no se puede usted imaginar eso. Pocas veces...

B: Dígame algo del significado de la palabra "mero" en México, "en la mera puerta", precisamente en la puerta.

A: También cuando alguien le pega a otro dicen: "le dio en la mera madre", por ejemplo cuando se da el balazo: "en la mera madre". "Ya mero" es ya casi.

B: Ah, "mero" es "casi".

B: Porque...

B: Tengo un empleo muy raro de very en inglés, de Kipling, donde habla de Roma, dice que al fin hemos llegado a Roma, que es "la mera Roma".

A: La traducción sería : "Estamos en la mera Roma".

B: Eso se entiende en México y Buenos Aires, podemos decir "en la mera Roma", pero sería despectivo, peyorativo.

A: Sería peyorativo.

B: Sí pero the very Rome está bien, en latín sería Roma excisima...

A: Yo desgraciadamente el inglés no lo he podido frecuentar y sólo leo fichas de enciclopedia, porque no he podido nunca entender el inglés, ni estudiarlo, y eso que he estado meses en Estados Unidos. En cambio el francés sí se me dio, nunca tomé un libro de francés...

B: A mí me ocurrió lo contrario, que en casa hablamos inglés y español y luego yo tuve que estudiar francés.

A: Lo tuvo que estudiar.

B: Y yo me enseñé alemán y luego me enseñé por medio de un programa anglosajón, hemos hecho la antología anglosajona.

A: Y eso ya va a salir.

B: Eso se publica en diciembre en Chile, me gusta que sea Chile por aquello de la decadencia actual de argentinos y chilenos.

A: ¿Y también habló usted de una biografía de Snorris T?

B: Ésa la dejamos haciendo.

A: Oiga, le quiero preguntar esto...

B: Qué lindo nombre, Snorris T.

A: Yo lo repito maniáticamente, pero quiero saber si es suya la frase o está tomada de un texto antiguo, que es una de las frases más tremendas para mi vida personal, le ruego que me consuele. Dice: "Snorris T no fue un traidor sino un hombre desgarrado hasta el fondo de sí mismo por sucesivas y contradictorias lealtades."

B: Desgraciadamente es mía esa frase.

A: ¡Borges!

B: Qué le vamos a hacer.

A: Si yo le hiciera un catálogo y se lo voy a hacer un día, breve, porque ahora sí le voy a grabar una cassette con fragmentos que quiero que usted conozca para que la escuche un rato de tiempo antes de que se vaya; un rato de tiempo, qué le parece.

B: Qué otra cosa he de hacer.

A: Pero fíjese, para mí es tan conmovedor eso; qué bueno que me acordé de preguntarle...

B: Ser antológico, esa materia de los ratos es el tiempo.

A: Yo le digo...

B: Dígame.

A: No, ¿cómo era?

B: El rato del tiempo.

A: Un rato largo. 
    
B: Todo corresponde a un dibujo, no hay ningún secreto.

A: Y todo se condensará finalmente en la unidad. Bueno, ya platicaremos mañana...

B: Caramba, es un tema infinito. [...] Al principio es un caos, aunque un dibujo...



Fuente: La jornada Semanal   -  México
La Jornada Semanal,   domingo 18 de mayo del 2003        núm. 428