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viernes, 7 de agosto de 2020

Jay Parini, el hombre que durmió con Borges: "Era un ser de otro planeta"



Poeta, novelista y crítico, Parini escribió "Borges and me", un libro en el que cuenta anécdotas desopilantes y desconocidasPoeta, novelista y crítico, Parini escribió "Borges and me", un libro en el que cuenta anécdotas desopilantes y desconocidas Crédito: Olivier Parini

Juana Libedinsky


SOUTHAMPTON.- Más gente se acostó con Borges de lo que uno suele pensar. Es el caso de Jay Parini, profesor de literatura de la Universidad de Middlebury, quien recién ahora lo confiesa en Borges and Me, un libro sobre sus aventuras atravesando las tierras altas escocesas con el prohombre de la literatura argentina en 1971. Parini también acompañó a Borges al baño (con mucha frecuencia una noche tras la visita a un pub donde autor de El Aleph ingirió varias porrones de medio litro de cerveza). Y además de increíbles aventuras -que ya están en proceso de ser llevadas al cine por Andy Patterson, el productor de La joven de la perla de Scarlett Johansson- ambos compartieron charlas sobre la vida y la literatura que a Parini le cambiaron la vida.

"El viaje con Borges en el que le tuve que ir describiendo la Escocia que recorríamos con palabras fue un punto de inflexión en mi vida. Me sentí liberado por su imaginación, con renovada energía y esperanza para una carrera como escritor. Borges me dio algo de sí mismo y me gusta pensar que, en alguna forma pequeña, quizá le di algo de mí a él también", reflexiona Parini en diálogo por Zoom desde su casa en Vermont.

Parini es el autor del Diccionario Oxford de Escritores Norteamericanos, poeta, novelista y aclamado biógrafo de John Steinbeck, Robert Frost, William Faulkner y Gore Vidal entre otros. "Pero como Borges, nunca conocí a nadie. Era un ser de otro planeta. No paraba de hablar, su erudición y su humor eran inconmensurables y se refería al pasado y al futuro como si fuera el presente: el tiempo era distinto para él porque todo estaba en su cabeza".

Todo comenzó a comienzo de los años 70, cuando Parini era un estudiante de posgrado viviendo con sus padres. "Veía dos alternativas -escribe en su libro, que sale a la venta en EEUU la semana próxima y más adelante en castellano, editado por Emecé-. Quedarme en casa donde mi madre me rompería las pelotas o irme a Vietnam donde me las volarían en un campo minado".

Parini se inventa, entonces, una tercera alternativa: un doctorado en literatura en la Universidad de San Andrés en Edimburgo. Allí llega y se pone a acumular, sin abrir, las cartas del ejército norteamericano que le van llegando, y se hace amigo y discípulo de Alistair Reed, traductor de Borges al inglés.

Al poco tiempo Reed le avisa que Borges -de quien Parini jamás había leído nada- vendría de visita y se lo presenta. "Era un hombre frágil y ciego de setenta y pico que parecía haber memorizado el canon entero de literatura occidental. En instantes lo escuché citar antigua poesía anglosajona, Shakespeare, Milton, Chesterton, Kipling, Stevenson y Yeats. "Mi abuela era inglesa -le dijo a Parini como tratando de justificar su erudición- y el inglés fue mi primer idioma, mi primer amor".

Parini escribió biografías de Gore Vidal y de William Faulkner, pero dice "como Borges, nunca conocí a nadie. Era un ser de otro planeta"Parini escribió biografías de Gore Vidal y de William Faulkner, pero dice "como Borges, nunca conocí a nadie. Era un ser de otro planeta" Crédito: Olivier Parini
Una noche Reed llama a Parini para avisarle que tenía que irse a Londres por una urgencia y le pide que le haga "de baby-sitter", a Borges hasta su regreso. Parini se va entonces a lo de Reed en un oxidado Mini Morris modelo ´57, que acababa de comprar, y Borges lo recibe excitado. "Vayamos manejando a las tierras altas -le propone el escritor-. Siempre quise conocer los highlands escoceses". "Pero Borges, ¡usted es ciego!", objetó Parini. "Ay no, querido chico, no me digas que vos sos ciego también", le respondió Borges sin inmutarse. Así que ambos salieron en lo que devendría una suerte de road movie a bordo del coche que inmediatamente Borges bautizó Rocinante, como el caballo del Quijote. Parini, muy a su pesar, reconoce que inmediatamente fue Sancho Panza.

Una de las primeras paradas fue en la Carnegie Library. Cuando llegaron al caer la tarde, el bibliotecario dijo que estaba cerrada. "Estimado señor, ¡me vine desde la Argentina para ver esta biblioteca, soy el Bibliotecario Nacional de la Argentina!", le espetó y consiguió con les abrieran. Adentro, Borges, ante el espanto de ambos, se puso a lamer ciertos viejos tomos. "Algunos libros deben ser probados -explicó, citando a Francis Bacon, cuando intentaron frenarlo-, pero otros, devorados".

Cuando luego salieron a remar en el Lago Ness, Borges se paró en el bote en un arranque de emoción al hablar de "Beowulf", ambos cayeron al agua y debieron pedir ropa prestada.

Pero posiblemente el episodio más extraño fue cuando pasaron la noche Killiecranckie, un pueblito perdido en las montañas, después de una parada en el pub local donde tomaron mucha cerveza. La única habitación que quedaba en la posada local tenía sólo una cama, y el único baño que funcionaba estaba en el cuarto de la dueña. "Borges no era incontinente, pero tampoco era continente. Tuve que llevarlo media docena de veces al baño. A eso de las cuatro de la mañana decidí sentarme en la cama de la dueña para esperarlo. En un momento ambos le tocamos la puerta a Borges, pero no contestó como por veinte minutos. Finalmente nos gritó "Todo se ha cumplido". La posadera, que era muy religiosa, aseguró que habían sido "las últimas palabras de nuestro Salvador".

La única habitación que quedaba en la posada local tenía sólo una cama, y el único baño que funcionaba estaba en el cuarto de la dueña
"Después de esa noche ella y Borges terminaron grandes amigos, y compartieron historias sobre cómo sus respectivos padres habían muerto en el inodoro, lo cual nunca me puse a averiguar cuánto tenía de ficción, pero fue muy dramático", subraya a LA NACION.

Finalmente se fueron rumbo a Inverness, donde Borges quería conocer a un tal Mr. Singleton, quien le había escrito porque compartía su pasión por la poesía anglosajona. Pero el número de teléfono que tenía Borges resultó ser del pueblo de Inverness en Nueva Zelandia. "No voy a pedirte que me manejes hasta Nueva Zelandia", suspiró al enterarse.

Como en un buen road movie americano, entre cada situación anecdótica había largos momentos de conversación profunda. "Borges me hablaba mucho de su barrio, Palermo. Decía que podía reconocer, aun ciego, cada piedra de la calle al sentirla, y cualquier esquina de Buenos Aires por el olor y los ruidos, ya que no había ciudad igual en todo el mundo. Y cualquier ocasión era buena para introducirme a su propia obra. Por ejemplo, si él se golpeaba la cabeza inmediatamente me hablaba de Funes el Memorioso".

De regreso en San Andrés, Parini recibió la noticia de que su íntimo amigo había muerto en Vietnam. Borges le dijo que le llevase todas las cartas del ejército a lo de Reed, quien ya estaba de regreso, armó un fuego con ellas, y los tres bailaron tomados de los brazos mientras caía el sol. Parini nunca supo si en esas cartas efectivamente lo estaban llamando al frente o no, pero sintió que la ceremonia pagana de Borges le permitía cerrar un capítulo y dedicarse a escribir, lo cual hizo -monumentalmente, con títulos honorarios, premios y fellowships- desde entonces.

Sin embargo, su aventura con Borges había quedado como una mera colección de anécdotas con las que entretenía a los amigos. "Hasta que tres años atrás, se las conté a un amigo cineasta quien me dijo 'esta va a ser mi nueva película'. Yo le dije que me esperase, que las escribiría como un libro corto antes".

Ian McEwan, por lo pronto, ya llamó al libro "una joya". Anne Beattie dijo que "amó cada segundo", que el libro es pura "energía y humor con un trasfondo de tristeza y seriedad" que llega al corazón de los lectores. Y Parini aclaró a LA NACION que en su larga carrera escribiendo sobre figuras literarias, nunca más volvió a dormir o ir al baño con nadie.

Fuente. La Nación
https://www.lanacion.com.ar/cultura/jay-parini-hombre-durmio-borges-era-ser-nid2412462

miércoles, 17 de junio de 2020

“Mi Borges”




Por Hinde Pomeraniec

Borges era Borges y estaba ahí. Lo había visto una vez firmando ejemplares en la Galería del Este, yo era chica, él ya era quien era pero no lo era aún para mí. Por entonces Borges era un nombre ajeno, un personaje de la revista Gente, una suerte de estatua viviente y, por lo que podía escuchar, el mayor escritor argentino, aunque algunos insistían en ponerlo a competir con Ernesto Sabato. (No competía con Cortázar, no sé por qué).

Pero volvamos al Borges que ya era Borges para mí y estaba ahí. Entiendo que tiene que haber sido en 1984, con una democracia de regreso y flamante. El artífice de la visita de Borges a la facultad de Filosofía y Letras, por entonces en la calle Marcelo T. de Alvear, fue Enrique Pezzoni (1926-1989), quien junto con Jorge Panesi estaba a la cabeza de la materia “Teoría y Análisis literario” y era una celebridad en el mundo de las letras argentinas, tanto por su obra como traductor como por su labor como editor de la editorial Sudamericana (lo sucedió el mejor heredero posible, Luis Chitarroni, estamos hablando de glorias de la industria editorial argentina, eh, creéme).Pezzoni también fue secretario de Victoria Ocampo en Sur, cuando se fue Pepe Bianco. En el maravilloso Epistolario de Bianco curado por Daniel Balderston y María Julia Rossi que publicó hace unos meses Eudeba faltan las cartas a Pezzoni, con quien mantuvo una intensa relación afectiva. Es sabido que las cartas fueron quemadas: ¿habrá sido algún familiar pudoroso?

Decir Pezzoni es decir inmediatamente Moby Dick en dos tomos, en una entrañable edición del Fondo Nacional de las Artes y es, también, decir un secreto a voces porque el Enrique Tejedor que tradujo el escandaloso por entonces Lolita de Nabokov era en realidad Pezzoni. Y sus Graham Greene y T.S. Eliot y J. P. Donleavy (su traducción de la gran novela Cuentos de hadas en Nueva York se reeditó dos años atrás en Cia. Naviera Ilimitada), Anthony Burgess, Gore Vidal y tantos otros. Publicó un único libro propio que es El texto y sus voces, que tuvo una reedición de Eterna Cadencia hace unos 10 años y es una suerte de libro fundacional de la lectura profesional en Argentina.

Me sigo yendo por las ramas y es que me pongo a hablar o a escribir de ese momento y de personas como Pezzoni y aparecen montones de imágenes, una más estimulante que la otra. Lo que extrañamos nunca es una época, lo que siempre extrañamos es a nosotros mismos en ese tiempo.Pero te contaba que Borges llegó y caminó por un pasillo entre las butacas del auditorio llevado de la mano por alguien, un asistente, el mismo Pezzoni, no lo sé. Ya era un hombre grande entonces y muchos de los que lo escuchábamos con deleite habíamos aprendido a entenderlo pese a algunas ausencias en sus frases. Borges tenía ausencias en sus frases, sí. Hablaba y, mientras hablaba, había palabras que no eran pronunciadas aunque seguramente él creía que sí. Es como cuando hoy se nos corta un llamado de whatsapp o cuando se congela por momentos un zoom. El hablaba y daba cátedra, claro, pero ahí faltaban términos que seguramente tenía en su cabeza pero no llegaban a nuestros oídos y era su audiencia la que reponía esas palabras fantasma. Para nosotros, su público, eso se había convertido en una forma más de la literatura, en un juego borgiano. No me acuerdo mucho más de aquella tarde, creo que era en invierno. Era el crepúsculo de la vida de un grande y volvía a uno de sus escenarios naturales, donde enseñó por años.

Sí tengo el vago recuerdo de muchos aspirantes a autores que se acercaban a su paso para entregarle sus escritos al tótem, páginas y libros que quien lo acompañaba iba guardando gentilmente pero que, hoy, ahora, pienso, se me hace difícil imaginar que le hayan despertado alguna curiosidad más tarde, como para pedir que se los leyeran. ¿Qué haría con esos materiales que le acercaban? ¿Los mandaba a tirar? ¿Los guardaba?

Días atrás publicamos la charla con Sylvia Iparraguirre, quien fue discípula de Borges en la facultad, y ella contaba que en los 60 todos y todas querían tener a Borges en casa. “Era una época en la que todas las señoras que tenían una tertulia, un salón, una cosa culturosa, lo querían agarrar a Borges y sentarlo en una silla. El pobre Borges hacía esas concesiones. Yo lo conocí bastante y te digo que estaba indefenso”, contaba la autora de La vida invisible.

“Come en casa Borges” se convirtió con los años en una consigna entre lectores, un motivo de complicidad e ironía que proviene del Borges de Bioy, un diario en el cual el autor de La invención de Morel produjo una biografía de una amistad, con el registro más fenomenal que se recuerde sobre la oralidad de una persona pública. Un libro que, naturalmente, Bioy dejó indicado que se publicara tras su muerte.


El otro día Pedro Mairal me comentaba algo sobre esto, justamente, la maravillosa capacidad de Bioy Casares para reproducir la lengua argentina en sus ficciones y cuya mayor expresión es su Borges. Ese día volví a pensar en Bioy grabando cada una de las charlas con su amigo histórico, reteniendo cada palabra y cada interjección para ponerla luego por escrito, una vez terminada la comida, con Borges ya del otro lado de la puerta. ¿Habrá sido así? Tal vez, el hombre que fue uno solo con Borges a la hora de escribir los cuentos de Bustos Domecq ya llevaba inscripto en su cerebro el modo de hablar y de expresarse de JLB.

En el fin de semana se publicó la noticia de un nuevo libro de Vargas Llosa, precisamente dedicado al autor de El Aleph. Conferencias, artículos y también entrevistas integran Medio siglo con Borges, su libro homenaje a un autor al que considera el más importante en lengua española, según dijo en una entrevista. En esa misma entrevista, el Nobel se dedicó a fustigar el libro de Bioy. El monumental Borges de Bioy es una suerte de Biblia para muchos, pero ha recibido tantos elogios como producto de la fascinación como críticas por parte de aquellos que lo consideran una traición.

Pues bien,Vargas Llosa integra el grupo de lectores de Borges indignados por ese libro. “El libro de Bioy Casares me produjo una gran repugnancia desde que lo vi publicado y no lo he leído ni lo haré. Me parece inmoral que todas las conversaciones privadas que tenía Borges con Bioy Casares, este las grabara o reprodujera posteriormente, pensando en un libro póstumo”, dijo en la misma charla con El Cultural, el suplemento cultural del diario El Mundo. Tanta repugnancia le produjo que tal vez por eso el autor de Conversación en la catedral pensó que había llegado la hora de tener su propio “Borges”.

El domingo se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de nuestro Homero. Fue una sorpresa ver que en el homenaje a Borges -bastante más modesto que el que dedicaron a un nuevo aniversario del nacimiento del Che Guevara- el Ministerio de Cultura eligió justamente el libro de Bioy para recordarlo.Una de las entrevistas que figuran en el libro de Vargas Llosa que sale estos días fue realizada en 1981 en el departamento de la calle Maipú en el que Borges vivía. Vargas Llosa estaba sorprendido por la modestia de la vivienda y por la austeridad de su habitante y lo señaló en un par de oportunidades. Cuentan que después de ese encuentro, Borges comentó que había recibido “la visita de un peruano con intereses inmobiliarios”.

Las anécdotas con Borges y sobre Borges también se convirtieron con el tiempo en un género literario. Una que me gusta mucho justamente tiene que ver con Pezzoni. Cuentan una noche fueron a cenar y cuando le trajeron su plato Pezzoni comentó algo así como: “Qué maravilla estos colores”. Y que Borges respondió: “Ay, Enrique, usted siempre tan provocador”.



Fuente: Infobae 16 de junio de 2020

domingo, 16 de septiembre de 2018

Pourquoi un 7 x 7 à l’Hotel Matignon?




par Fernando Arrabal

Le mystère de Matignon?: L’hôtel de Matignon; mieux: l’hôtel Matignon, est situé 57 rue Varenne  Paris 75007 Depuis 1935 c’est la résidence officielle du chef du gouvernement français  ou Premier ministre. Hôtel particulier du XVIIIe siècle ayant appartenu à différentes familles et célébrités, avant d’être confisqué puis racheté par l’État français en 1922. Le ...

Le mystère de Matignon?:

L’hôtel de Matignon; mieux: l’hôtel Matignon, est situé 57 rue Varenne  Paris 75007

Depuis 1935 c’est la résidence officielle du chef du gouvernement français  ou Premier ministre.

Hôtel particulier du XVIIIe siècle ayant appartenu à différentes familles  et célébrités, avant d’être confisqué puis racheté par l’État français en 1922.

Le bâtiment comporte à l’arrière un parc de trois hectares. Dans le langage courant il est souvent désigné par « Matignon ».

Mais pourquoi un échiquier IMPOSSIBLE  de 7 x 7  cases (à la place du 8×8 orthodoxe)?

 « BORGES »…en français:

– Et à propos de mémoire dans votre récit « Pierre Ménard auteur du Quichotte » vous  (« JORGE LUIS BORGES ») citez comme faisant partie de l’oeuvre visible de cet écrivain «un article technique  sur la possibilité d’enrichir  les échecs en éliminant l’un des pions de la tour. Ménard propose, recommande, discute et finit par repousser cette innovation.   Imaginons la partie  sans le pion « a » (ou « h ») de  chacun des adversaires. Le premier coup serait : 1. TxTa8. Et le deuxième: les noirs  abandonnent! Qu’a-t-il voulu dire? Est-ce une énigme ou une erreur provoquée par   votre (sa) mémoire?
Je me suis aussitôt souvenu qu’en 1935 avec Bioy Casares  nous avions pensé écrire un roman à la première personne dont le narrateur se laisserait aller  à des contradictions qui  permettraient à un  très petit nombre de lecteurs de deviner une réalité  atroce ou banale.

BORGES …en espagnol:

– Y a propósito de memoria en su relato « Pierre Menard, autor de El Quijote » usted (« JORGE LUIS BORGES ») cita como pieza de la obra visible de este escritor « un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por rechazar esa innovación ». Imaginemos la partida sin el peón « a » (o « h ») de cada uno de los contendientes. La primera jugada sería: 1. TxTa8. Y la segunda: las negras abandonan! ¿Qué ha querido decir? ¿Es un enigma o un error provocado por su memoria?
Recordé en el acto que con Bioy Casares, en 1935 habíamos pensado escribir una novela  en primera persona cuyo narrador incurriera en contradicciones que permitirían a un reducidísimo número de lectores la adivinación de una realidad atroz o banal.

EL TRIUNFO DE UN ARRIBISTA
(Segundo y último relato inédito y apócrifo de Jorge Luis Borges escrito por  Fernando Arrabal)

En el colegio Calvino de Ginebra, donde estudié el bachillerato, comprendí que los fanatismos que más debemos temer son aquellos que pueden confundirse con la tolerancia. Durante aquellos cuatro años en los cuales viví a la luz de la hoguera que quemó vivo al médico Miguel Servet en 1553 sentí un aborrecimiento por Calvino, el verdugo, tan irracional como la pasión que concebí por su víctima, Servet. Setenta años después, pero aún con estelas de aquella dicotomía de adolescente en mi mente, conocí a la investigadora del Instituto, Sophie Kelly. Tenía escasamente 35 años; era flaca, pálida, indiferente, trémula y disciplinada. No se daba con nadie; pensaba que la Historia había seguido un proceso esencialmente fútil y que el mundo era un reflejo lateral y perdido de la célula que examinaba en su microscopio.

Georges Maréchal  era un triste compadrito desembarcado en el Instituto en 1960 sin más virtud que la infatuación de su arribismo. Nadie sin embargo le acusó nunca de soberbia ni de misantropía, y menos aún de locura, cuando, fiel a su maniaca voluntad de prosperar, le vieron en 20 años pasar de recadero a director, Que este advenedizo internado en los laberintos de la administración pudiera recibir el Premio Nobel parecía de antemano imposible. Toda su vida fue un fraude. No fue ni un traidor ni un parásito, sino un funcionario que sin haber pegado nunca su ojo a la lente de un microscopio se convirtió en un falso experto en biología.

 Cuando se supo que había aparecido un virus que destruía las células necesarias a la inmunidad del organismo humano, todos los institutos del mundo trataron, en mil y una noches secretas, de localizar aquel escondido agente más mortífero que la navaja o el combate contra el tigre.

 George Maréchal confió a Sophie Kelly la misión de hallar este virus. Intuyó en ella una indiferencia que parecía regida por el azar y que hacía de su investigación un insípido y laborioso juego en el cual el triunfo sólo sería una chispa surgida de un fuego fatuo.

La investigación biológica se hacía en un número indefinido y tal vez infinito de institutos diseminados por el mundo. Todos comunicaban entre sí por angostos sistemas de información concertados con una máquina cercada por una baranda en la cual se encontraba la memoria. Cada instituto disponía además de un horno que incineraba todos los desperdicios y que comunicaba con una alta chimenea, que algunos imaginaban tan solitaria en el paisaje como si les señalara el destino.

Hacía varios siglos el grupo de sabios y alquimistas (nombre con los cuales se conocía entonces a los investigadores) que formaban la Secta del Ardor afirmó que toda las formas de vida y de enfermedad se hallaban irremediablemente en las infinitas probetas que poblaban los laboratorios de los monasterios. Los sabios de la secta sabían que su trabajo era eterno y quizás atroz: pronto vieron que cuando encontraban la probeta capaz de combatir definitivamente una enfermedad, ésta era suplantada por otra peor. Previeron así el destino de la peste, el tifus, el cólera, la tuberculosis, el cáncer… Creían que Rueda Fortuna disponía de un laberinto de laberintos que abarcaba no sólo el presente y el pasado, sino el porvenir,y 7y7 y 24x24h. Aquellas creencias fueron olvidadas. No obstante, George Maréchal mandó quemar en el incinerador del Instituto todos los restos escritos de la secta por estimarlos pesimistas y disolventes.

George Maréchal  administraba su Instituto sin buscar la verdad y ni siquiera la verosimilitud; sólo quería triunfar. Juzgaba que el éxito social era una rama de la ciencia ficción y que los investigadores encerrados en sus laboratorios como Sophie Kelly  -con los que no tenía contacto apenas- buscaban infatigablemente sin saber que la Ciencia es la escritura que han creado los dioses menores para entenderse con los diablos.

Antes de que llegara al Instituto Sophie Kelly, unos investigadores inspirados por el surrealismo y Trotsky pero que paradójicamente se consideraban sucesores de la antigua Secta del Ardor afirmaron que el hombre había sido forjado por el azar y que todo cuerpo vivo, desde la célula del corazón hasta el bacilo de Koch, estaba formado por los mismos elementos (carbono, nitrógeno, oxígeno e hidrógeno) combinados infinitamente. También aseguraron que, desde el más microscópico virus hasta la célula humana, todo cuerpo disponía de su propia sabiduría. Esta sabiduría decían que estaba encerrada en un laberinto en forma de escalera de caracol. Escalera creada por infinitos peldaños cuya materia esta formada por cuatro únicas bases (A, T, C y G: ademina, tinina, citosina y guanina) perversamente repetidas. La singular manera con la cual cada ser vivo combinaba estas cuatro bases lo llamaron el código genético. Profesaron que no había dos códigos genéticos idénticos y arbitrariamente llamaron al conjunto gigantesco de todos los códigos genéticos conocidos el Repertorio.

La idea sorprendente de Sophie Kelly  para hallar el virus responsable de la epidemia fue la de abandonar la investigación pura y la observación microscópica a fin de consultar el Repertorio. A George Maréchal, que se oponía a este método, Sophie Kelly  le escribió que no había problema científico cuya elocuente solución no existiera en el Repertorio.

Abandonando su laboratorio de virología, Sophie Kelly , como una peregrina, salió a la búsqueda del código en el infinito Repertorio, sabiendo que el azar es más luminoso que la ciencia.

Fue en una noche iluminada por el resplandor de unos fuegos artificiales cuando Sophie Kelly  descubrió el virus en las páginas VAL del Repertorio. Cuando George Maréchal  se hubo asegurado que no había comunicado a nadie su descubrimiento, la estranguló y luego arrojó su cuerpo y sus notas (tras copiarlas) al incinerador del Instituto.

Un año después, un telegrama anunció a George Maréchal  que había ganado el Premio Nobel por su descubrimiento del virus. Tuvo la impresión de que le anunciaban que era otro. Y que quizás Sophie Kelly era de algún modo él mismo. Pero a aquella desaforada esperanza sucedió una depresión excesiva que detuvo su corazón.

El final de esta historia ya sólo es referible en parábola, puesto que sucede en el paraíso. Cabe afirmar que George Maréchal conversó con Dios, pero Éste tampoco se interesa en la ciencia que le tomó por Sophie Kelly. De la misma manera, cuatro siglos antes, para la insondable divinidad, Calvino (1) y Servet (el inquisidor y su víctima) formaban un solo ser.


1). Hace 32 años (en 2018) que se ocultó  Jorge Luis Borges ; sus restos reposan en el cementerio Plain Palais, de Ginebra, junto a los de Calvino. Se eligió el lugar a causa de un árbol.


LE TRIOMPHE  D’UN ARRIVISTE

 Deuxième (« et dernier »;  bien sûr) récit inédit et apocryphe de Jorge Luis Borges écrit par Fernando Arrabal.

 Au collège Calvin de Genève où j’ai étudié, j’ai compris que les fanatismes les plus à craindre sont ceux qui peuvent être confondus avec la tolérance. Durant ces quatre ans pendant lesquels j’ai vécu à la lueur des brasiers qui brûlèrent vif le médecin Michel Servet en 1553 j’ai éprouvé de la haine pour Calvin, le bourreau, aussi irrationnelle que la passion ressentie pour sa victime, Servet. Soixante-dix ans plus tard, mais encore dans le sillage de cette dichotomie d’adolescence dans mon esprit, j’ai connu la chercheuse  de l’Institut, Sophie Kelly Quentin. Elle avait à peine trente-cinq ans ; elle était maigre, pâle, indifférente, tremblante et disciplinée. Elle ne se livrait à personne ; elle pensait que l’Histoire avait suivi un processus essentiellement futile et que le monde était un reflet négligeable et perdu de la cellule qu’elle examinait au microscope.



Georges Maréchal  était un triste fanfaron qui avait débarqué à l’Institut en 1960 sans autre vertu que la fatuité de son arrivisme. Cependant personne ne l’avez jamais accusé d’être orgueilleux ou misanthrope, et encore moins d’être fou, lorsque, fidèle  à sa volonté maniaque de réussite, on le vit en vingt ans passer de garçon de courses à directeur. Que ce parvenu profondément engagé dans les labyrinthes de l’administration pût recevoir le prix Nobel paraissait d’avance impossible. Toute sa vie avait été une tricherie. Il n’avait été ni un traître ni un parasite, mais un fonctionnaire qui,  sans avoir jamais collé son oeil au verre d’un microscope, était devenu un faux expert en biologie. Quand on sut qu’un virus détruisait les cellules nécessaires à l’immunité de l’organisme humain, les instituts du monde entier tentèrent, pendant mille et une nuits secrètes, de localiser cet agent caché plus mortifère que le couteau ou le combat avec le tigre.

Georges Maréchal confia à Sophie Kelly la mission  de trouver ce virus. Il pressentit en elle une indifférence qui semblait régie par le hasard et qui faisait de sa recherche un jeu insipide et laborieux dans lequel la réussite ne serait qu’une étincelle jaillie d’un feu  follet .



La recherche scientifique se faisait dans un nombre indéfini et peut-être infini d’instituts éparpillés dans le monde. Tous communiquaient entre eux par d’étroits systèmes d’information en accord avec une machine entourée par une véranda et dans laquelle se trouvait la mémoire. Chaque institut disposait en outre d’un four qui incinérait tous les déchets et communiquait avec l’extérieur par une haute cheminée, que certains imaginaient aussi solitaire dans le paysage que si elle était désignée par le destin.

 Ily a plusieurs siècles le groupe de savants et d’ « alchimistes »  (nom sous lequel on connaissait alors les chercheurs) qui formaient  la « secte de l’Ardeur » affirma que toutes les formes de vie et de maladie se trouvaient fatalement dans les innombrables éprouvettes qui envahissaient les laboratoires des monastères. Les savants de la secte savaient que leur travail était éternel et peut-être atroce ; bientôt ils constatèrent  que lorsqu’ils trouvaient l’éprouvette capable de combattre définitivement une maladie, celle-ci était supplantée par une autre pire. Ils purent ainsi  prévoir le destin de la peste, du  typhus, du choléra, de la tuberculose, du cancer… Ils croyaient que la « Roue de Fortune » disposait d’un labyrinthe de labyrinthes qui embrassait non seulement le présent et le passé, mais bientôt aussi l’avenir. Ces croyances furent oubliées. Cependant Georges Maréchal donna l’ordre de brûler dans l’incinérateur de l’Institut tout ce qui restait des écrits de la secte , les estimant pessimistes et  corrosifs.

 Georges Maréchal administrait son Institut sans rechercher la vérité ni même la vraisemblance ; il voulait seulement réussir. Il jugeait que le succès social était une branche de la science-fiction et que les chercheurs enfermés dans leurs laboratoires  comme Sophie Kelly  – avec qui il n’avait presque aucun contact – œuvraient inlassablement sans savoir que la science est l’écriture qu’ont créée les dieux mineurs pour s’entendre avec les diables.

Avant l’arrivée de Sophie Kelly à l’Institut, quelques chercheurs inspirés par le surréalisme et Troski mais qui, paradoxalement, se considéraient comme les successeurs  de l’ancienne « secte de l’Ardeur », affirmèrent que l’homme avait été créé par le hasard et que tout corps vivant, depuis la cellule du cœur jusqu’au bacille de Koch, était constitué des mêmes éléments : carbone, nitrogène, oxygène et hydrogène, en des combinaisons infinies. De même ils assurèrent que depuis le plus microscopique virus jusqu’à la cellule humaine, tout corps disposait d’un savoir propre. Ce savoir disait qu’il était enfermé dans un labyrinthe en forme d’escalier en colimaçon. Escalier constitué par une infinité de marches dont la matière n’était formée que par quatre bases nucléiques (a-t-c-g : adénine, thymine, cytosine et guanine) perversement répétées… La façon particulière dont chaque être vivant combinait ces quatre bases, ils la nommèrent code génétique. Ils professèrent qu’il n’y avait pas deux codes génétiques identiques et arbitrairement ils nommèrent le gigantesque ensemble de tous les codes génétiques le Répertoire.

L’idée surprenante de Sophie Kelly pour trouver le virus responsable de l’épidémie  fut d’abandonner la recherche pure et l’observation au microscope afin de consulter le Répertoire. À Georges  Maréchal qui s’opposait à cette méthode, Sophie Kelly écrivit qu’il n’existait pas de problème scientifique dont on ne puisse trouver l’éloquente solution dans l’infini Répertoire, sachant que le hasard est plus éclairant que la  science.

Ce fut au cours d’une nuit illuminée par l’éclat de feux d’artifice que Sophie Kelly découvrit le virus dans les pages « VAL » du Répertoire. Quand Georges Maréchal se fut assuré qu’elle n’avait communiqué à personne sa découverte, il l’étrangla puis jeta son corps et ses notes (après les avoir recopiées) dans l’incinérateur de l’Institut.

Un an plus tard, un télégramme lui apprit qu’on lui décernait le prix Nobel pour sa découverte du virus. Il eut l’impression qu’on lui annonçait qu’il était quelqu’un d’autre. Et que peut-être Sophie Kelly était lui-même, en quelque sorte. Mais à cet immense espoir succéda une trop violente dépression qui provoqua un arrêt du cœur.

La fin de ce récit  ne peut être rapportée qu’en parabole, car elle se déroule au paradis. On peut affirmer que Georges Maréchal s’entretint avec Dieu, mais Celui-ci s’intéresse si peu à la science qu’il le prit pour Sophie Kelly. De même, quatre siècles auparavant, pour l’insondable divinité, Calvin[1] et Servet (l’inquisiteur et sa victime) ne formèrent-ils qu’un seul être ?

Fernando Arrabal


[1] Il y a trente-deux ans que Jorge Luis Borges s’est occulté (en 1986) ; ses restes reposent au cimetière Plain Palais à Genève, près de ceux de Calvin. L’endroit a été choisi à cause d’un arbre.