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lunes, 25 de diciembre de 2017

"Los traductores de las Mil y una noches" de Jorge Luis Borges




 Por Miriam Badillo

Jorge Luis Borges habla de una “dinastía enemiga” cuando se refiere a los diversos traductores del célebre texto árabe del siglo XIII que conocemos como Las mil y una noches, también nombrado, más bellamente en mi opinión, como Libro de mil noches y una noche. ¿Acaso los traductores forman parte de una estirpe enemiga como indica el argentino? En este caso y para iniciar, Borges se refiere a tres traductores en concreto, de nacionalidad y tiempo distintos: Jean Antoine Galland, francés; Eduardo Lane y Richard Burton, ambos ingleses. Hacia la mitad del texto, el “mero literato” argentino da cuenta de la traducción de Mardrus, francés, y hacia el final de las versiones alemanas, en particular se ocupa de la de Enno Littman.

De acuerdo con Borges las traducciones de las Noches hechas por estos caballeros tenían como finalidad aniquilarse entre sí. Es decir, cada uno defendía la propia versión como la correcta, dependiendo, claro está, de lo que en sus mentes (y en su tiempo) tal término pudiera significar. Podemos tener una idea de esto último cuando revisamos las características de sus traducciones, reseñadas por el escritor argentino.

La versión de Galland (la primera de todas), de acuerdo con Borges, ha sido la más difundida y, en su tiempo, elogiada. Por su lado, Borges la califica de la siguiente manera.


Palabra por palabra, la versión de Galland es la peor escrita de todas, la más embustera y más débil, pero fue la mejor leída. Quienes intimaron con ella, conocieron la felicidad y el asombro. Su orientalismo, que ahora nos parece frugal, encandiló a cuantos aspiraban rapé y complotaban una tragedia en cinco actos.


La virtud de la versión de Galland (doce volúmenes entre 1707-1710) radica en alumbrar el lado mágico y maravilloso de las Noches, en trabajar con el asombro, tan valorado por Borges. El defecto de la traducción de Galland radicaría en los maquillajes que aplicó a lo que consideraba de mal gusto, entiéndase por ello todas las referencias carnales o eróticas.

La versión que trataría de “aniquilar” la de Galland sería la del orientalista inglés Eduardo Lane (1839, más de un siglo después). Para Borges se trata de una versión “de admirable veracidad”, más apegada al original, de modo que Lane se distanciaba de Galland quien “ignoraba toda precisión literal”; sin embargo, a semejanza del traductor francés, la versión de Lane, acompañada de extensas notas eruditas, también “desinfecta” las Noches. Aunque la justificación del inglés no sea la defensa del buen gusto sino la moralidad y el pudor de un traductor que quería que su versión pasará la prueba de la “mesita de la sala” de los hogares ingleses de la primera mitad del siglo XIX. Propósito que sustentaba su decisión de extirpar pasajes o cuentos enteros por considerarlos obscenos.

La tercera traducción que Borges revisa en extenso es la de Richard Burton, aventurero inglés. De su versión dice “el Burton de la leyenda de Burton es el traductor de las Noches”. Burton se revela en contra de la literalidad de Lane y favorece amplias licencias de la imaginación y el estilo. La novedad más importante de Burton fue devolverle a las Noches su original erotismo, además de las no menos importantes, y extensas, notas sobre “las costumbres de los hombres islámicos” a fin de interesar a un público más refinado y erudito.

Borges da cuenta también de otra versión francesa, la del doctor Mardrus: Livre des mille nuits et une nuit, de 1899. Versión apreciada por su literalidad y veracidad, sin embargo, Borges da ejemplos de amplias descripciones que no están en el original, con lo cual desmiente su célebre veracidad; sin embargo, dice Borges: “Su infidelidad, su infidelidad creadora y feliz, es lo que debe importar”. Por lo demás, Mardrus evoca lo sobrenatural con un rastro de ironía, lo que habla de la percepción distinta de lo maravilloso del mundo oriental.

Hacia el final Borges se ocupa de las versiones de las Noches en alemán: Gustavo Weil (1839-1842), Max Hennig (1895-1897), Felix Paul Greve y, por último, Ennio Littman (1923-1928). De las tres primeras no destaca nada que atraiga de verdad su atención. De la de Littmann se ocupa un poco más para decir lo que sigue.


Suministra las notas necesarias para la buena inteligencia del texto: una veintena por volumen, todas lacónicas. Es siempre lúcido, legible, mediocre. Sigue (nos dicen) la respiración misma del árabe. Si no hay error en la Enciclopedia Británica, su traducción es la mejor de cuantas circulan.


A pesar de la Enciclopedia Británica, Borges no está de acuerdo con la superioridad de la versión de Littmann. Justifica su divergencia del modo siguiente: “Mi razón es ésta: las versiones de Burton y de Mardrus, y aun la de Galland, sólo se dejan concebir después de una literatura. Cualesquiera sus lacras o sus méritos, esas obras características presuponen un rico proceso interior.” A Borges le parece poca cosa que la única virtud de Littmann sea la de no mentir: “El comercio de las Noches y de Alemania debió producir algo más”.


Considero que la idea de Borges sobre la traducción es clara: desdeña la literalidad por mediocre, árida, insípida; se inclina por la infidelidad por creadora, por su carácter de mezcla, de “comercio” entre literaturas de tiempos y geografías diversas. Para él el traductor sería el encargado de establecer los intercambios y ofrecer una novedad enriquecedora para la literatura, para el imaginario literario universal. Cosa que los amantes de las belles infidèles pueden lograr. Él piensa de este modo y hay quienes no, creo que esa divergencia sustenta la rivalidad que el argentino denomina “dinastía enemiga” al referirse a los traductores y las dos maneras, generales, de traducir: más libre o más literal. Discusión que sigue vigente, con sus matices, hasta hoy. Por otro lado, a través del texto de Borges podemos percatarnos del modo cambiante en que un texto es recibido y leído de un tiempo a otro, en este caso, de como el exotismo asombroso expresado en las Noches y destacado por Galland, por ejemplo, arriba a las siguientes versiones más bien como muestrario de divergencias culturales y formas de representar al mundo en culturas distintas.

Fuente : Pájaros  Negros

El Aleph, Borges, Sir Richard Burton y la columna de la Mezquita de Al Amr.

Claves para un misterio. Cuatro referencias tan diferentes quedan unidas inexorablemente en un círculo

                              Mezquita Al Amr. Cairo actual.

Cuatro referencias tan diferentes quedan unidas inexorablemente en un círculo, un pequeño laberinto de esos por los que Borges sentía fascinación y en los que gustaba enfrentar al hombre al caos y a la realización de si mismo.

¿Qué une estas cuatro referencias? Pasemos a describir a los protagonistas:
Comencemos  por  Aleph,  Alef,  Alif:  Esta podría ser la letra con mas linaje, figura en los alfabetos Fenicio, Hebreo, Arameo, Siriaco, Árabe, Griego, Latino y Cirílico; Pero Aleph (en el futuro) no es sólo una letra es algo especialmente venerable desde el inicio de los tiempos. Cada alfabeto contiene sus misterios, sus secretos, su poesía y ¿Por qué no, su leyenda?; cada letra tiene su potencia creadora. Si tuviéramos que elegir algo que para todos tuviera un especial significado común, posiblemente sería esta letra. En el alfabeto hebreo se considera Aleph como símbolo de la unidad, de la individualidad y del poder de Dios, comprende en sí misma la esencia del alfabeto completo, es símbolo del Eterno Infinito o Ein Sof y es (entre otras muchas cosas que no citaré en aras de la brevedad) la primera letra del Decálogo o Diez Mandamientos del Sinaí y por tanto tiene carácter divino.

Pero por Aleph esotéricamente también se conoce un punto que contiene todo el Universo y todas las dimensiones, un punto que contiene todos los lugares del orbe vistos desde todos los ángulos y que Borges en la obra del mismo nombre define mas físicamente como “una pequeña esfera tornasolada de casi intolerable fulgor, como de dos o tres centímetros”.

Sir Richard Francis Burton (1821-1890) personaje multifacético de su época: escritor, explorador, místico, diplomático y aventurero tuvo una vida apasionante. Desde la búsqueda de las fuentes del Nilo hasta convertirse en el primer occidental que disfrazado, peregrinó a la Meca y Medina visitó los Sagrados Lugares musulmanes y murió como auto - declarado sufí. Más popular hoy en día como autor de una misteriosa cita referida a la mezquita de Amr en el relato El Aleph de Borges que, incluso por su búsqueda de las fuentes del Nilo, su traducción de las 1001 noches o por su prolífica carrera.

Una breve referencia a la mezquita del Al Amr:

La primera mezquita llamada de Ibn al As se contruyó en el año 642 como centro de la recién fundada capital de Egipto, Fustat, que hoy ha quedado anexionada a El Cairo formando parte del centro histórico. La mezquita fue construida por y en honor del general Amr bin Al As, conquistador musulmán de Egipto. Según la leyenda, una paloma puso un huevo en la tienda de su campamento. Amr lo interpretó como de buen augurio y declaró sagrado el sitio donde la paloma había depositado el huevo. Cuando volvió victorioso tras conquistar Alejandría, ordenó a sus tropas instalar el campamento alrededor de dicho lugar donde construyo la primera mezquita islámica que posteriormente fue demolida (698)  y reconstruida (711), ampliada en 750 y 791 y adquirió sus proporciones actuales en 827, como curiosidad la última restauración tuvo lugar en 1980 financiada en su totalidad gracias a la generosa aportación de un anónimo y único donante.

La dirección de la Mezquita es en Sidi Hasan Al anwar – barrio de Fustat – El Cairo.  Está abierta en horas fuera de oración y hasta nuestros días es conocida como mezquita de Al Amr.

De la información anterior sobre la Mezquita, la parte que vamos a seleccionar son las columnas; son columnas, procedentes de templos romanos y bizantinos y por tanto reutilizadas y concretamente me referiré a una de las que rodean el patio central, esa columna es el hilo conductor de este artículo y por tanto lo que une todas las partes.
Atribuida a Sir Richard F. Burton pero recogida en el relato citado de Borges “El Aleph” publicado por vez primera en 1949, se encuentra la siguiente manifestación:

. (…) ”Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en El Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de sus columnas de piedra que rodean el patio central… Nadie, claro está puede verlo, pero quienes acercan el oído   a la superficie, declaran percibir, al poco tiempo su atareado rumor”.

Evidentemente Borges apoyándose en las experiencias o mejor, conocimientos del Capitán Burton nos señala la existencia de un Aleph situado en una de las columnas de la Mezquita, no dice en cual ni señala ubicación orientativa.  Salvo por estas citas en la documentación consultada sobre la Mezquita nada esotérico ha sido publicado, salvo la mención que nos ocupa, lo que no significa que no exista.

Personalmente no descartaría una manifestación de aceptación divina de la obra humana, digamos en este caso la construcción de la Mezquita,  materializada en algún fenómeno misterioso, aparentemente incomprensible. La aparición de un Aleph en un sótano de la Calle Garay de Buenos Aires, donde lo sitúa Borges en principio no parece tener más sentido que el novelesco, pero la manifestación en un templo no debería descartarse.

En otro plano de cosas, pero siempre relacionadas,  la  fascinación obsesiva de Newton por  que las dimensiones del Templo de Jerusalén respondían a un criptograma del Universo y que su solución le acercaría al pensamiento divino o la teoría de que la Biblia constituye un gigantesco crucigrama lleno de claves y predicciones. El film “Pi” de Darren Aronofski que refleja el intento mediante un programa informático de conseguir el Nombre de Dios supuestamente perdido en la destrucción del Segundo Templo. Son clásicos intentos, especulaciones que de alguna manera podrían tener sentido, el tema de la conexión entre lo divino y lo humano está presente discreta pero continuamente entre nosotros. quizás…¿parcialmente velada?.

Finaliza el relato de Borges y este articulo con una nueva reflexión: Dice Borges “¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? – Yo diría que sí, pero, quizás, no con la descripción que posiblemente él aporta-  ¿Sería observable el fenómeno por todo el mundo? – Posiblemente No. La piedra puede tener la clave y ser vehículo y sentido de muchos misterios. Los Mandamientos se realizaron en piedra, menciones a la piedra angular, la piedra de mi Iglesia, la piedra bruta,… son frecuentes en Escrituras y creencias. ¿Pretende Borges mediante alegoría comunicar que el hombre es la columna del Templo que comunica el Cielo y la Tierra?

La frase de André Bretón fundador del surrealismo: «Todo induce a creer...» data de 1930. Alcanzó un éxito extraordinario. Todavía hoy se la cita y comenta sin cesar. Y es que, en efecto, uno de los rasgos de la actividad del espíritu contemporáneo es el interés creciente por lo que se podría llamar: el punto de vista más allá del infinito.

En primera instancia, Vayamos a Egipto a la mezquita de Amr  a  buscar y con suerte escuchar la columna y comprobémoslo.

Fuente :  Web Islam


miércoles, 8 de noviembre de 2017

La mística (sufí) en las obras de Jorge Luis Borges por Al-Afif, Ahmad Husein Issa Y Ababneh, Mohammad Daher




 En las obras de Jorge Luis Borges podemos encontrar varios textos que están impregnados de un fino sentido místico. Algunos de los cuentos borgianos residen en el campo de la mística islámica (el sufismo) como la otra vertiente de la religión musulmana. Un dato que corrobora este interés es la afirmación oral del escritor argentino: “[…] He estado también muy interesado por el sufismo. De modo que todo eso ha influido en mí, pero no sé hasta dónde. He estudiado esas religiones, o esas filosofías orientales como posibilidades para el pensamiento o para la conducta, o las he estudiado desde un punto de vista imaginativo para la literatura […]” (Guibert, 1986: 335).

Borges en otra entrevista con Willis Barnstone, le confesó que había vivido la experiencia mística dos veces en su vida:

En mi vida […] he tenido dos experiencias místicas, y no puedo decirlas porque lo que me sucedió no es para ser puesto en palabras […] fue asombroso, deslumbrante. Me sentí avasallado, atónito. Tuve la sensación de vivir no en el tiempo sino fuera del tiempo […]. Escribí poemas sobre ello, pero son poemas normales y no pueden decir la experiencia. No puedo decírsela a ud., ya que ni siquiera puedo repetírmela a mí mismo, pero tuve esa experiencia, y la tuve dos veces, y acaso me sea otorgado volver a tenerla antes de morir (Barnstone, 1982: 11; López-Baralt y Báez, 1996: 256).

Borges en algunos textos suyos desarrolla la experiencia mística en los personajes de sus cuentos que empiezan su búsqueda febril de la evidencia escondida. Los escritos de Borges se interesan por un proceso de búsqueda que llevan a un descubrimiento que convive con el carácter fantástico de la producción borgiana. En los cuentos de Borges, los personajes abandonan las cosas visibles y palpables en un espacio de búsqueda espiritual. Borges emplea la mística en sus obras como camino de la verdad que siempre exige una búsqueda espiritual permanente. Por esto vemos que en algunos cuentos los personajes experimentan una aventura espiritual para descubrir esta verdad absoluta.

El cuento titulado El acercamiento a Almotásim contiene muchos aspectos del sufismo. El autor nos da a conocer una crítica a modo de reseña de las dos versiones de una novela publicada en Bombay, cuyo autor es Mir Bahadur Alí. El narrador trata primero los personajes así como el aspecto formal de la novela, y después amplifica su análisis de los dos primeros capítulos. En adelante, y mediante una especie de enumeración desordenada, se presentan detalles de los capítulos restantes. Sin embargo, la idea central de la novela se explica en estas palabras: “[…] un hombre, el estudiante incrédulo y fugitivo […] El estudiante resuelve dedicar su vida a encontrarlo” (Borges, Historia de la eternidad: 139-140). Podemos considerar, que la búsqueda mística constituye el eje de este cuento, el narrador mismo interpreta este argumento como una verdadera metáfora de la búsqueda mística: “[…] la insaciable busca de un alma a través de los delicados reflejos que ésta ha dejado en otras: en el principio, el tenue rastro de una sonrisa o de una palabra; en el fin, esplendores diversos y crecientes de la razón, de la imaginación y del bien” (Borges, Historia de la eternidad: 139-140).

Borges, como escritor intelectual, no olvida relacionar su cuento con otra obra que tiene desde su perspectiva algo en común con el cuento. Borges en una nota al pie de página, detalla el contenido de la obra Coloquio de los pájaros, del sufí persa Fârîd ad-Dîn `At:âr, y su vinculación con la novela de Bahadur. Como han señalado tanto Ronald Christ como Arturo Echavarría: “Esta nota al calce ofrece por implicación un dato que la reseña misma oculta: que el propio protagonista de la novela de Bahadur es el misterioso Almotásim y que la novela es el recuento de una auto- purificación” (Echavarría, 1983: 194-195; González Pérez, 1995: 216).

La comparación de la historia de `Attâr con la de Bahadur Ali es evidentemente justificable pues Borges resume el poema del sufí persa en una nota al pie:

El remoto rey de los pájaros, el Simurg, deja caer en el centro de la China una pluma espléndida; los pájaros resuelven buscarlo, hartos de su antigua anarquía. Saben que el nombre de su rey quiere decir treinta pájaros; saben que su alcázar está en el Kaf, la montaña circular que rodea la tierra. Acometen la casi infinita aventura; superan siete valles, o mares; el nombre del penúltimo es Vértigo; el último se llama Aniquilación. Muchos peregrinos desertan; otros perecen. Treinta, purificados por los trabajos, pisan la montaña del Simurg. Lo contemplan al fin: perciben que ellos son el Simurg y que el Simurg es cada uno de ellos y todos (Borges, Historia de la eternidad: 144).

Maria Kodama nos justifica la fascinación de Borges por los sufíes como `Attar, diciendo:
Es natural que Borges se sintiera atraído por los sufíes, ya que el sufismo produjo hombres que fueron no sólo grandes místicos sino también poetas. Persia es, quizá, el país que contó con más poetas místicos, inspirados por una profunda experiencia espiritual. Los cristianos tienen a san Juan de la Cruz, un poeta místico de la misma jerarquía que Attar (Kodama de Borges, 1996: 79).

En El acercamiento a Almotásim, el estudiante emprende un viaje simbólicamente circular en busca de Almótasim, que representa la verdad absoluta y termina reencontrándose a sí mismo, o sea, reconociendo que el universo es una proyección del alma humana. En relación con el secreto de dicha circularidad, Borges advierte en una ocasión: “Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios” (Borges, Ficciones: 90).

Tanto el cuento del autor indio, como el poema del sufí persa, tratan de la identificación que se alcanza a través del descubrimiento profundo del ser, y su fusión en la esencia divina. Borges resume que la experiencia mística es una prueba experimental de Dios. Este tipo de obsesión de pasar una experiencia mística para descubrir la clave de un misterio, se ve repetido en varios textos borgianos, donde los protagonistas hacen un auto-descubrimiento y se alimentan de la tradición mística. Observamos que algunas alusiones del autor en el cuento El acercamiento a Almótasim hacen que tanto este texto como la novela objeto de comentario, se valgan de la experiencia mística para realizarse. El autor lo expresa de varias maneras: “Esencialmente ambos escritores concuerdan: los dos indican el mecanismo policial de la obra, y su undercurrent místico […] Almótasim es emblema de Dios y los puntuales itinerarios del héroe son de algún modo los progresos del alma en el ascenso místico” (Borges, Historia de la eternidad: 135, 142).

El cuento trata de un viaje ilusorio en busca de la verdad revelada en la figura de Almótasim, el cual no es más que Dios desde la óptica del sufismo. Mediante el manejo de este sistema, Borges nos sitúa frente a la práctica de la mística que es considerada como parte integrante de la religión, y que la podemos encontrar también en la historia del Islam. Gracias a este ejercicio, se produce un contacto con el Uno Absoluto en estados obtenidos por un tipo de comunicación peculiar. A la luz de lo expuesto, se nota que en el cuento de Borges, dentro del yo del personaje opera la indivisa divinidad. Borges resuelve pensar en el universo estimando las ideas místicas y religiosas por su valor estético y, por lo que encierran de singular y maravilloso. A pesar de todo, el escritor argentino no se propone exponer teorías ni sistematizar sus tesis, sino que pone a prueba artística, el conjunto de postulados de la visión mística que ha tratado de penetrar sutilmente.

Borges emplea diferentes métodos y vínculos de la absorción mística, que se ejercitan para buscar la verdad única. A diferencia del Almótasim, en el relato El Zahir, cuyo personaje principal es el narrador protagonista, el descubrimiento de un extenso mundo de símbolos ocultos se reduce a un objeto: la moneda denominada El Zahir. Se trata de una moneda inolvidable, porque siguiendo el proceso de la trama, al narrador se le ha muerto la mujer que ama antes de ver aquella moneda. Por eso, semejante circunstancia puede justificar la impresión de locura que concibe el narrador y su credibilidad de que la moneda es inolvidable. El narrador tras tomar un vaso de caña y pagarlo, descubre entre las monedas de la vuelta, el Zahir. Es en realidad, una experiencia mística y un estado de revelación por los que pasa el hombre. Aquí también se vuelve a recalcar el carácter de circularidad que se traduce en la reacción del personaje: “Vi una sufrida verja de fierro; detrás vi las baldosas negras y blancas del atrio de la Concepción. Había errado en círculo; ahora estaba a una cuadra del almacén donde me dieron el Zahir” (Borges, El Aleph: 123).

La palabra que utiliza el escritor argentino para esta moneda, proviene de la cultura arabo-islámica, y sobre el origen de esta palabra Borges anota en su cuento: “La creencia en el Zahir es islámica y data, al parecer, del siglo XVIII […] Zahir, en árabe, quiere decir notorio, visible; en tal sentido, es uno de los noventa y nueve nombres de Dios; la plebe, en tierras musulmanas, lo dice de los seres o cosas que tienen la terrible virtud de ser inolvidables y cuya imagen acaba por enloquecer a la gente” (Borges, El Aleph: 123).

Igual que en El acercamiento a Almótasim, este cuento tiene el mismo ideal y una misma meta que hacen que el conocimiento sea verdadero. La moneda del Zahir es la otra versión del ser contemplativo que se somete a una metamorfosis espiritual que lo iguala con el mundo. En la misma línea, Borges y citando a los cabalistas que practican un tipo peculiar de adivinación, reafirma: “Los cabalistas entendieron que el hombre es un microcosmos, un simbólico espejo del universo; todo según Tennyson, lo sería. Todo, hasta el intolerable Zahir” (Borges, El Aleph: 130).

El mismo Borges afirma la naturaleza mística de la temática que se desarrolla en su cuento al concluirlo recordando a los místicos musulmanes (los sufíes): “[…] Para perderse en Dios, los sufíes repiten su propio nombre a los noventa y nueve nombres divinos hasta que éstos ya nada quieren decir. Yo anhelo recorrer esa senda. Quizá yo acabe por gastar el Zahir a fuerza de pensarlo y de repensarlo; quizá detrás de la moneda esté Dios” (Borges, El Aleph: 132).

Zahir es un objeto inmortal y enloquecedor que resume y anula la multiplicidad de las apariencias, y ofrece la posibilidad de acceder a los secretos del universo. Refiriéndose a su cuento Zahir Borges dice lo siguiente:

‘El Zahir’ versa sobre… una inolvidable moneda de 20 céntimos. Escribí ese cuento partiendo de la palabra ‘inolvidable’ simplemente, porque leí en alguna parte: ‘ ¡deberías oír cantar a Fulano de tal, es algo inolvidable! y entonces pensé ¿qué ocurriría si existiese algo realmente inolvidable? porque a mí me interesan mucho las palabras, como muy bien puede haberse dado cuenta (Borges el palabrista: 97).

La declaración que hace Borges al final de esta cita, demuestra el excesivo interés del argentino por las palabras. Juan Manuel Velasco Rami subraya este punto cuando testimonia: “Borges quería creer en otra vida con libros, después de la muerte. No creía, desde luego, en una existencia sin ellos, en un mundo sin palabras escritas, sin negro sobre blanco” (Velasco Rami, 1986: 9).

Borges crea una relación profunda con las letras y los libros, y piensa que cualquier objeto adquiere su forma a partir de su nombre, como el caso del Zahir. Por ejemplo, en la palabra rosa se da el sentido de rosa. Esta sensación particular sigue siendo existente aun después de que Borges perdiera el sentido de la vista. Pues, en la oscuridad total, imagina el mundo como un libro edificado por letras indescifrables, y a partir de ahí, interviene el sueño como mejor medio para percibir un desfile de imágenes. En relación a esto, Borges prosigue el mismo camino trazado por los sufíes quienes se interesan en mayor parte por las letras del alfabeto árabe que se dan en algunos primeros versículos del Corán; además de los nombres de Dios.

Luce López-Baralt anota que antes de acercarse a la contemplación de la otra cara de su moneda simbólica, el Borges ficcionalizado del Zahir nos anuncia que, como los sufíes, para prepararse al desasosegante encuentro con el Todo, quiere repetir el mantra, su propio nombre o los noventa y nueve nombres de Dios. Y entonces es cuando estamos preparados para comprender por qué Borges nunca pudo asegurar al lector, que lo que subyacía en El Zahir fuese realmente “Dios”, es decir, la palabra “Dios”. El Zahir es el símbolo místico más respetuoso de todos los que haya podido acuñar Borges (López-Baralt, 1999: 63-64).

El Aleph es otro cuento borgiano, que se basa en la contemplación y la meditación filosófica. La primera pista que relaciona este cuento con la cultura arabo-islámica, es su título: la primera letra del alifato (alfabeto) árabe.

Este cuento está basado, como en el caso de Zahir en la muerte de una mujer. En El Aleph, tras diez años de la muerte de Beatriz Viterbo, se produce la aparición del Aleph, ya que el hermano de Beatriz, Carlos Argentino, descubre en el sótano de su casa una extraordinaria esfera que contiene el universo. “[…] vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo” (Borges, El Aleph: 194).

Borges en este Aleph ve un universo infinito siguiendo el mismo sistema elaborado por el practicante sufí, quien revela un punto que contiene esa variedad infinita. Para ello, el mundo pierde su principio y fin, y se convierte en un volumen esférico en donde los hombres son escritos. Por consiguiente, ya no será el mundo sino el milagroso Aleph. Este prodigioso modelo del cosmos, contiene toda la gama de escuelas filosóficas como el idealismo, el misticismo, etc. En su intento de interpretar el incógnito Aleph, José Miguel Oviedo apunta:

El asunto examinado en El Aleph es básicamente el mismo que el de Funes el memorioso, con la variante en este caso de que el infinito no es una facultad mental de proporciones sobrehumanas, sino un objeto, una manifestación concreta y localizable de la totalidad del mundo real […] El gran proyecto literario de Daneri (protagonista de El Aleph) es insensato: quiere escribir un inmenso poema narrativo que no sólo sea una copia exacta del universo entero, sino que absorba toda la literatura anterior a él […] el Aleph es una visión mística a la vez que infernal, etc. (Oviedo, 2001: 34-35).

Por su parte, Borges evoca esta misma alucinación mística en su cuento informando: “¿Cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros” (Borges, El Aleph: 191).

Los tres cuentos anteriores de Borges, prueban sin duda cómo éste intenta trascender la imagen del mundo y del ser humano. Así, rememora varias escuelas del pensamiento universal entre las que cabe el conocimiento sufí de los musulmanes, mediante el cual Borges revela estéticamente este estado de la persona que se dedica a un tipo de contemplación para unirse inefablemente a la divinidad y al universo. De esta manera, en Borges cualquier atributo divino como el conocimiento y la inmortalidad, se relacionan inmediatamente con la disolución de la personalidad. Dicha potencialidad quita al personaje su ser, y deja de ser un ente determinado para convertirse en arquetipo que se iguala al universo. Podemos concluir que los personajes de los cuentos de Borges, tienen el mismo objetivo de los místicos: el conocimiento exacto de Dios y de la realidad absoluta. En los cuentos de Borges Dios está sustituido por símbolos como Almótasim, El Zahir o El Aleph.

Fuente: http://www.escritorasyescrituras.com/revista.php/9/70

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


BARNSTONE, W., “The secret island”, en Borges at Eighty, conversations with Jorge Luis Borges, Bloomington, Indiana University Press, 1982.
BORGES, J. L., “El acercamiento a Almotásim”, en Historia de la eternidad.
BORGES, J. L., “La biblioteca de Babel”, en Ficciones.
BORGES, J. L., “El Zahir”, en El Aleph.
ECHAVARRÍA, A., Lengua y literatura de Borges, Barcelona, Ariel, 1983.
GÓNZÁLEZ PÉREZ, A., “Borges y las fronteras del cuento”, en El cuento hispanoamericano, (E. Pupo Walter, coord.), Madrid, Castalia, 1995.
GUIBERT, R. , “Borges habla de Borges”, en Jorge Luis Borges (ed. Jaime Alazraki), Madrid, Taurus, 1986.
KODAMA DE BORGES, M., “Jorge Luis Borges y la experiencia mística”, en El sol a medianoche: la experiencia mística: tradición y modernidad, Madrid, Trotta, 1996.
LÓPEZ-BARALT, L., “Borges o la mística del silencio: lo que había del otro lado del Zahir”, en Jorge Luis Borges: Pensamiento y saber en el siglo XX, (ed. Alfonso de Toro y Fernando de Toro), Frankfurt am Main, Vervuert, 1999.
LÓPEZ-BARALT, L. y BÁEZ, E. R., “¿Vivió Jorge Luis Borges la experiencia mística del Aleph?”, en El sol a medianoche: la experiencia mística: tradición y modernidad, Madrid, Trotta, 1996.
OVIEDO, J. M., Historia de la literatura hispanoamericana. 4. De Borges al presente, Madrid, Alianza, 2001
VELASCO RAMI, J. M., “Borges”, en Borges, Madrid, Biblioteca Nacional, 1986.

Fuente : revista Cultural Biblioteca Islámica


sábado, 11 de marzo de 2017

Borges: el otro acuerdo con Irán



El gran escritor argentino autor de “El Aleph” despierta pasión en Oriente. Tanta, que Najmeh Shobeyri ganó uno de los máximos premios del mundo persa por traducir “Cartas del fervor”, una colección de escritos que el argentino redactó cuando era poco más que un desconocido.

La mujer recibió una llamada telefónica. Le pedían auxilio: una editorial de Irán había comprado los derechos para publicar textos de Jorge Luis Borges, pero ante lo difícil de la prosa el traductor había salido corriendo.

“Soy una persona de desafíos, así que les dije que iba a poder hacerlo yo si me daban un tiempo”, cuenta Najmeh Shobeyri desde Teherán. Cuatro años después de aquel pedido, la versión en farsi de “Cartas del fervor” le valió a la investigadora el Premio Nacional de Libro 2016, una de las mayores distinciones que tiene la milenaria cultura persa.

Cartas… reúne la correspondencia juvenil entre Borges y sus amigos Maurice Abramowicz y Jacobo Sureda. Jorge Luis se dirigía a ellos en francés o en castellano; siempre laberíntico y genial. Al traducir, Shobeyri tuvo que incorporar casi quinientas notas al pie para que el lector iraní no se desorientara. Un mar de explicaciones y referencias.

“Lo hice con placer, pero me demandó un gran esfuerzo. En ocasiones tardaba una semana en interpretar diez líneas”, confiesa. Algo entendible, ya que a la lejanía cronológica –las misivas se escribieron entre 1919 y 1928- hay que sumarle las distancias culturales.

El joven Borges comenta con igual entusiasmo sus proyectos estéticos y sus visitas a los burdeles. Por eso asombra al prejuicio occidental que el libro premiado en Irán haya sido justamente “Cartas del fervor”. No hay tabú en esas páginas de estilo irreverente. Es un Georgie que se empapa de experiencia. “Cada carta me ha llevado al menos una semana, y son incontables los tramos que tuve que ir descifrando desde el final para llegar al principio”, apunta la traductora.

-Además, el Borges que llega a Irán con “Cartas…” es atípico. Tiene cierta distancia con el personaje que conocimos luego…

-Es un Borges veinteañero, pero su espíritu inquieto, que impulsa al ultraísmo y surge en sus palabras, ya está ahí. Tenía sus metáforas, su ironía. Al traducirlo, se nota cómo aquel jovencito, que era muy maduro para su edad, se iba convirtiendo en un hombre.

-¿Y cómo son los lectores iraníes de Borges?

-En Irán se lee mucha literatura hispanoamericana. Leemos a Juan Rulfo, a Alejo Carpentier, a Cortázar. Gustan todos esos autores.

Supongo que los iraníes, al luchar por nuestra independencia y ser bastante “antigringos”, como dicen ustedes, nos reconocemos en algunas voces de Latinoamérica. Hay una fraternidad. Pero claro, los lectores borgianos tienen sus propias particularidades. En principio, es un autor que se asocia con “el límite de lo difícil”. Decimos que hay que leerlo como mínimo dos veces para llegar a comprenderlo.

El vínculo de Borges con Oriente puede rastrearse hasta el padre de Jorge Luis, que se llamaba Jorge Guillermo. El papá también tenía intereses literarios: tradujo al español los Rubaiyat de Omar Jayam, un clásico de la poesía iraní.

Más tarde, en la biblioteca familiar, Borges hijo tuvo acceso a múltiples traducciones de “Las mil y una noches” -incluida la de Richard Burton, no apta para menores-, así como a los ensueños de Rudyard Kipling, Lord Byron y otros viajeros. La relación entre el escritor argentino y la civilización persa, con su lengua “de aves y de rosas”, fue más cercana de lo que suele suponerse.

En tanto, el idilio de Najmeh con las letras borgianas empezó cuando tradujo Hombre de la esquina rosada. Tardó seis meses en pasar al farsi las siete carillas del baile donde brilla La Lujanera y se apaga Francisco Real. “¡Fue tan hermoso y complicado!”, suspira ella. Pero le gustó. Después de todo, aquellos americanos del Sur tenían cosas que contar.

  
Lo que más sorprende

Toda traducción implica el deseo de entender al otro. En el caso del Cercano Oriente, el intento puede generar intercambios y sorpresas. Una de las preguntas que Los Andes le hizo a Najmeh Shobeyri fue, por ejemplo, qué aspectos de la realidad latinoamericana le resultaban más incomprensibles.

“Uno de los fenómenos que más me impacta es el asunto de las madres solteras”, contestó ella.

“Espero que no sea así, pero mis amigas de Latinoamérica me dicen que allí muchos niños no tienen recuerdos de haber estado con su padre. Los han criado solamente sus mamás. Creo que eso es una desgracia; y a la vez creo que estas mujeres, que luchan solas por sus hijos cuando el varón se ha ido, tienen un gran mérito”.



Jorge en la timba

Hace unos años, la editorial Emecé publicó en castellano las “Cartas del fervor”. Allí pueden encontrarse piezas inesperadas, como la esquela que Borges le escribió a su amigo Maurice Abramowicz el 2 de marzo de 1921 desde Barcelona.   

“Querido hermano:
Desde la ciudad rectangular e inmunda, lanzo hacia ti mi corazón como una red. Pasado mañana parto. He dejado Palma con una vasta pena. Alomar, Sureda y yo escribimos el manifiesto que sabes y que provocó un asombro y un escándalo espléndidos. Después, en la ruleta tuve una suerte inaudita para mí (¡60 pesetas con un capital de una peseta!) y que me permitió triunfar tres noches seguidas en el burdel. ¡Una rubia suntuosamente chancha y una morena que llamábamos La Princesa y sobre cuya humanidad me embriagué como un avión o un caballo! (…)

Ahora la gloria se ha apagado. Me siento "como un huérfano pobre sin su hermana mayor". Verdaderamente he amado a esa Luz que me trataba como a un chico y cuyos gestos eran de una indecencia ingenua. Se parecía a una catedral y a una perra.

Escríbeme a Poste restante en Buenos Aires (…)”.


Fuente : Los Andes – Mendoza



domingo, 18 de agosto de 2013

La mística en las obras de Jorge Luis Borges




AL-AFIF, Ahmad Husein Issa y ABABNEH, Mohammad Daher

En las obras de Jorge Luís Borges podemos encontrar varios textos que están impregnados de un fino sentido místico. Algunos de los cuentos borgianos residen en el campo de la mística islámica (el sufismo) como la otra vertiente de la religión musulmana. Un dato que corrobora este interés es la afirmación oral del escritor argentino: “[…] He estado también muy interesado por el sufismo. De modo que todo eso ha influido en mí, pero no sé hasta dónde. He estudiado esas religiones, o esas filosofías orientales como posibilidades para el pensamiento o para la conducta, o las he estudiado desde un punto de vista imaginativo para la literatura […]” (Guibert, 1986: 335).

Borges en otra entrevista con Willis Barnstone, le confesó que había vivido la experiencia mística dos veces en su vida:

En mi vida […] he tenido dos experiencias místicas, y no puedo decirlas porque lo que me sucedió no es para ser puesto en palabras […] fue asombroso, deslumbrante. Me sentí avasallado, atónito. Tuve la sensación de vivir no en el tiempo sino fuera del tiempo […]. Escribí poemas sobre ello, pero son poemas normales y no pueden decir la experiencia. No puedo decírsela a ud., ya que ni siquiera puedo repetírmela a mí mismo, pero tuve esa experiencia, y la tuve dos veces, y acaso me sea otorgado volver a tenerla antes de morir (Barnstone, 1982: 11; López-Baralt y Báez, 1996: 256).

Borges en algunos textos suyos desarrolla la experiencia mística en los personajes de sus cuentos que empiezan su búsqueda febril de la evidencia escondida. Los escritos de Borges se interesan por un proceso de búsqueda que llevan a un descubrimiento que convive con el carácter fantástico de la producción borgiana. En los cuentos de Borges, los personajes abandonan las cosas visibles y palpables en un espacio de búsqueda espiritual. Borges emplea la mística en sus obras como camino de la verdad que siempre exige una búsqueda espiritual permanente. Por esto vemos que en algunos cuentos los personajes experimentan una aventura espiritual para descubrir esta verdad absoluta.

El cuento titulado El acercamiento a Almotásim contiene muchos aspectos del sufismo. El autor nos da a conocer una crítica a modo de reseña de las dos versiones de una novela publicada en Bombay, cuyo autor es Mir Bahadur Alí. El narrador trata primero los personajes así como el aspecto formal de la novela, y después amplifica su análisis de los dos primeros capítulos. En adelante, y mediante una especie de enumeración desordenada, se presentan detalles de los capítulos restantes. Sin embargo, la idea central de la novela se explica en estas palabras: “[…] un hombre, el estudiante incrédulo y fugitivo […] El estudiante resuelve dedicar su vida a encontrarlo” (Borges, Historia de la eternidad: 139-140). Podemos considerar, que la búsqueda mística constituye el eje de este cuento, el narrador mismo interpreta este argumento como una verdadera metáfora de la búsqueda mística: “[…] la insaciable busca de un alma a través de los delicados reflejos que ésta ha dejado en otras: en el principio, el tenue rastro de una sonrisa o de una palabra; en el fin, esplendores diversos y crecientes de la razón, de la imaginación y del bien” (Borges, Historia de la eternidad: 139-140).

Borges, como escritor intelectual, no olvida relacionar su cuento con otra obra que tiene desde su perspectiva algo en común con el cuento. Borges en una nota al pie de página, detalla el contenido de la obra Coloquio de los pájaros, del sufí persa Fârîd ad-Dîn `At:âr, y su vinculación con la novela de Bahadur. Como han señalado tanto Ronald Christ como Arturo Echavarría: “Esta nota al calce ofrece por implicación un dato que la reseña misma oculta: que el propio protagonista de la novela de Bahadur es el misterioso Almotásim y que la novela es el recuento de una auto- purificación” (Echavarría, 1983: 194-195; González Pérez, 1995: 216).

La comparación de la historia de `At:âr con la de Bahadur Ali es evidentemente justificable pues Borges resume el poema del sufí persa en una nota al pie:

El remoto rey de los pájaros, el Simurg, deja caer en el centro de la China una pluma espléndida; los pájaros resuelven buscarlo, hartos de su antigua anarquía. Saben que el nombre de su rey quiere decir treinta pájaros; saben que su alcázar está en el Kaf, la montaña circular que rodea la tierra. Acometen la casi infinita aventura; superan siete valles, o mares; el nombre del penúltimo es Vértigo; el último se llama Aniquilación. Muchos peregrinos desertan; otros perecen. Treinta, purificados por los trabajos, pisan la montaña del Simurg. Lo contemplan al fin: perciben que ellos son el Simurg y que el Simurg es cada uno de ellos y todos (Borges, Historia de la eternidad: 144).

Maria Kodama nos justifica la fascinación de Borges por los sufíes como `At:âr, diciendo:
Es natural que Borges se sintiera atraído por los sufíes, ya que el sufismo produjo hombres que fueron no sólo grandes místicos sino también poetas. Persia es, quizá, el país que contó con más poetas místicos, inspirados por una profunda experiencia espiritual. Los cristianos tienen a san Juan de la Cruz, un poeta místico de la misma jerarquía que Attar (Kodama de Borges, 1996: 79).

En El acercamiento a Almotásim, el estudiante emprende un viaje simbólicamente circular en busca de Almótasim, que representa la verdad absoluta y termina reencontrándose a sí mismo, o sea, reconociendo que el universo es una proyección del alma humana. En relación con el secreto de dicha circularidad, Borges advierte en una ocasión: “Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios” (Borges, Ficciones: 90).

Tanto el cuento del autor indio, como el poema del sufí persa, tratan de la identificación que se alcanza a través del descubrimiento profundo del ser, y su fusión en la esencia divina. Borges resume que la experiencia mística es una prueba experimental de Dios. Este tipo de obsesión de pasar una experiencia mística para descubrir la clave de un misterio, se ve repetido en varios textos borgianos, donde los protagonistas hacen un auto-descubrimiento y se alimentan de la tradición mística. Observamos que algunas alusiones del autor en el cuento El acercamiento a Almótasim hacen que tanto este texto como la novela objeto de comentario, se valgan de la experiencia mística para realizarse. El autor lo expresa de varias maneras: “Esencialmente ambos escritores concuerdan: los dos indican el mecanismo policial de la obra, y su undercurrent místico […] Almótasim es emblema de Dios y los puntuales itinerarios del héroe son de algún modo los progresos del alma en el ascenso místico” (Borges, Historia de la eternidad: 135, 142).

El cuento trata de un viaje ilusorio en busca de la verdad revelada en la figura de Almótasim, el cual no es más que Dios desde la óptica del sufismo. Mediante el manejo de este sistema, Borges nos sitúa frente a la práctica de la mística que es considerada como parte integrante de la religión, y que la podemos encontrar también en la historia del Islam. Gracias a este ejercicio, se produce un contacto con el Uno Absoluto en estados obtenidos por un tipo de comunicación peculiar. A la luz de lo expuesto, se nota que en el cuento de Borges, dentro del yo del personaje opera la indivisa divinidad. Borges resuelve pensar en el universo estimando las ideas místicas y religiosas por su valor estético y, por lo que encierran de singular y maravilloso. A pesar de todo, el escritor argentino no se propone exponer teorías ni sistematizar sus tesis, sino que pone a prueba artística, el conjunto de postulados de la visión mística que ha tratado de penetrar sutilmente.

Borges emplea diferentes métodos y vínculos de la absorción mística, que se ejercitan para buscar la verdad única. A diferencia del Almótasim, en el relato El Zahir, cuyo personaje principal es el narrador protagonista, el descubrimiento de un extenso mundo de símbolos ocultos se reduce a un objeto: la moneda denominada El Zahir. Se trata de una moneda inolvidable, porque siguiendo el proceso de la trama, al narrador se le ha muerto la mujer que ama antes de ver aquella moneda. Por eso, semejante circunstancia puede justificar la impresión de locura que concibe el narrador y su credibilidad de que la moneda es inolvidable. El narrador tras tomar un vaso de caña y pagarlo, descubre entre las monedas de la vuelta, el Zahir. Es en realidad, una experiencia mística y un estado de revelación por los que pasa el hombre. Aquí también se vuelve a recalcar el carácter de circularidad que se traduce en la reacción del personaje: “Vi una sufrida verja de fierro; detrás vi las baldosas negras y blancas del atrio de la Concepción. Había errado en círculo; ahora estaba a una cuadra del almacén donde me dieron el Zahir” (Borges, El Aleph: 123).

La palabra que utiliza el escritor argentino para esta moneda, proviene de la cultura arabo-islámica, y sobre el origen de esta palabra Borges anota en su cuento: “La creencia en el Zahir es islámica y data, al parecer, del siglo XVIII […] Zahir, en árabe, quiere decir notorio, visible; en tal sentido, es uno de los noventa y nueve nombres de Dios; la plebe, en tierras musulmanas, lo dice de los seres o cosas que tienen la terrible virtud de ser inolvidables y cuya imagen acaba por enloquecer a la gente” (Borges, El Aleph: 123).

Igual que en El acercamiento a Almótasim, este cuento tiene el mismo ideal y una misma meta que hacen que el conocimiento sea verdadero. La moneda del Zahir es la otra versión del ser contemplativo que se somete a una metamorfosis espiritual que lo iguala con el mundo. En la misma línea, Borges y citando a los cabalistas que practican un tipo peculiar de adivinación, reafirma: “Los cabalistas entendieron que el hombre es un microcosmos, un simbólico espejo del universo; todo según Tennyson, lo sería. Todo, hasta el intolerable Zahir” (Borges, El Aleph: 130).

El mismo Borges afirma la naturaleza mística de la temática que se desarrolla en su cuento al concluirlo recordando a los místicos musulmanes (los sufíes): “[…] Para perderse en Dios, los sufíes repiten su propio nombre a los noventa y nueve nombres divinos hasta que éstos ya nada quieren decir. Yo anhelo recorrer esa senda. Quizá yo acabe por gastar el Zahir a fuerza de pensarlo y de repensarlo; quizá detrás de la moneda esté Dios” (Borges, El Aleph: 132).

Zahir es un objeto inmortal y enloquecedor que resume y anula la multiplicidad de las apariencias, y ofrece la posibilidad de acceder a los secretos del universo. Refiriéndose a su cuento Zahir Borges dice lo siguiente:

‘El Zahir’ versa sobre… una inolvidable moneda de 20 céntimos. Escribí ese cuento partiendo de la palabra ‘inolvidable’ simplemente, porque leí en alguna parte: ‘ ¡deberías oír cantar a Fulano de tal, es algo inolvidable! y entonces pensé ¿qué ocurriría si existiese algo realmente inolvidable? porque a mí me interesan mucho las palabras, como muy bien puede haberse dado cuenta (Borges el palabrista: 97).

La declaración que hace Borges al final de esta cita, demuestra el excesivo interés del argentino por las palabras. Juan Manuel Velasco Rami subraya este punto cuando testimonia: “Borges quería creer en otra vida con libros, después de la muerte. No creía, desde luego, en una existencia sin ellos, en un mundo sin palabras escritas, sin negro sobre blanco” (Velasco Rami, 1986: 9).

Borges crea una relación profunda con las letras y los libros, y piensa que cualquier objeto adquiere su forma a partir de su nombre, como el caso del Zahir. Por ejemplo, en la palabra rosa se da el sentido de rosa. Esta sensación particular sigue siendo existente aun después de que Borges perdiera el sentido de la vista. Pues, en la oscuridad total, imagina el mundo como un libro edificado por letras indescifrables, y a partir de ahí, interviene el sueño como mejor medio para percibir un desfile de imágenes. En relación a esto, Borges prosigue el mismo camino trazado por los sufíes quienes se interesan en mayor parte por las letras del alfabeto árabe que se dan en algunos primeros versículos del Corán; además de los nombres de Dios.

Luce López-Baralt anota que antes de acercarse a la contemplación de la otra cara de su moneda simbólica, el Borges ficcionalizado del Zahir nos anuncia que, como los sufíes, para prepararse al desasosegante encuentro con el Todo, quiere repetir el mantra, su propio nombre o los noventa y nueve nombres de Dios. Y entonces es cuando estamos preparados para comprender por qué Borges nunca pudo asegurar al lector, que lo que subyacía en El Zahir fuese realmente “Dios”, es decir, la palabra “Dios”. El Zahir es el símbolo místico más respetuoso de todos los que haya podido acuñar Borges (López-Baralt, 1999: 63-64).

El Aleph es otro cuento borgiano, que se basa en la contemplación y la meditación filosófica. La primera pista que relaciona este cuento con la cultura arabo-islámica, es su título: la primera letra del alifato (alfabeto) árabe.

Este cuento está basado, como en el caso de Zahir en la muerte de una mujer. En El Aleph, tras diez años de la muerte de Beatriz Viterbo, se produce la aparición del Aleph, ya que el hermano de Beatriz, Carlos Argentino, descubre en el sótano de su casa una extraordinaria esfera que contiene el universo. “[…] vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo” (Borges, El Aleph: 194).

Borges en este Aleph ve un universo infinito siguiendo el mismo sistema elaborado por el practicante sufí, quien revela un punto que contiene esa variedad infinita. Para ello, el mundo pierde su principio y fin, y se convierte en un volumen esférico en donde los hombres son escritos. Por consiguiente, ya no será el mundo sino el milagroso Aleph. Este prodigioso modelo del cosmos, contiene toda la gama de escuelas filosóficas como el idealismo, el misticismo, etc. En su intento de interpretar el incógnito Aleph, José Miguel Oviedo apunta:

El asunto examinado en El Aleph es básicamente el mismo que el de Funes el memorioso, con la variante en este caso de que el infinito no es una facultad mental de proporciones sobrehumanas, sino un objeto, una manifestación concreta y localizable de la totalidad del mundo real […] El gran proyecto literario de Daneri (protagonista de El Aleph) es insensato: quiere escribir un inmenso poema narrativo que no sólo sea una copia exacta del universo entero, sino que absorba toda la literatura anterior a él […] el Aleph es una visión mística a la vez que infernal, etc. (Oviedo, 2001: 34-35).

Por su parte, Borges evoca esta misma alucinación mística en su cuento informando: “¿Cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros” (Borges, El Aleph: 191).

Los tres cuentos anteriores de Borges, prueban sin duda cómo éste intenta trascender la imagen del mundo y del ser humano. Así, rememora varias escuelas del pensamiento universal entre las que cabe el conocimiento sufí de los musulmanes, mediante el cual Borges revela estéticamente este estado de la persona que se dedica a un tipo de contemplación para unirse inefablemente a la divinidad y al universo. De esta manera, en Borges cualquier atributo divino como el conocimiento y la inmortalidad, se relacionan inmediatamente con la disolución de la personalidad. Dicha potencialidad quita al personaje su ser, y deja de ser un ente determinado para convertirse en arquetipo que se iguala al universo. Podemos concluir que los personajes de los cuentos de Borges, tienen el mismo objetivo de los místicos: el conocimiento exacto de Dios y de la realidad absoluta. En los cuentos de Borges Dios está sustituido por símbolos como Almótasim, El Zahir o El Aleph.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
BARNSTONE, W., “The secret island”, en Borges at Eighty, conversations with Jorge Luis Borges, Bloomington, Indiana University Press, 1982.
BORGES, J. L., “El acercamiento a Almotásim”, en Historia de la eternidad.
BORGES, J. L., “La biblioteca de Babel”, en Ficciones.
BORGES, J. L., “El Zahir”, en El Aleph.
ECHAVARRÍA, A., Lengua y literatura de Borges, Barcelona, Ariel, 1983.
GÓNZÁLEZ PÉREZ, A., “Borges y las fronteras del cuento”, en El cuento hispanoamericano, (E. Pupo Walter, coord.), Madrid, Castalia, 1995.
GUIBERT, R. , “Borges habla de Borges”, en Jorge Luis Borges (ed. Jaime Alazraki), Madrid, Taurus, 1986.
KODAMA DE BORGES, M., “Jorge Luis Borges y la experiencia mística”, en El sol a medianoche: la experiencia mística: tradición y modernidad, Madrid, Trotta, 1996.
LÓPEZ-BARALT, L., “Borges o la mística del silencio: lo que había del otro lado del Zahir”, en Jorge Luis Borges: Pensamiento y saber en el siglo XX, (ed. Alfonso de Toro y Fernando de Toro), Frankfurt am Main, Vervuert, 1999.
LÓPEZ-BARALT, L. y BÁEZ, E. R., “¿Vivió Jorge Luis Borges la experiencia mística del Aleph?”, en El sol a medianoche: la experiencia mística: tradición y modernidad, Madrid, Trotta, 1996.
OVIEDO, J. M., Historia de la literatura hispanoamericana. 4. De Borges al presente, Madrid, Alianza, 2001
VELASCO RAMI, J. M., “Borges”, en Borges, Madrid, Biblioteca Nacional, 1986.

Fuente : Revista Internacional de Culturas & Literaturas