viernes, 22 de enero de 2021

Edmundo Rivero, "Alguien le dice al tango"

 

“Alguien le dice al tango”, el tango compuesto por Ástor Piazzolla, con letra de Jorge Luis Borges, en la voz de Edmundo Rivero. También podemos ver al gran Leopoldo Federico con su bandoneón. Programa de televisión argentina 1982.

 

Fuente: You Tube

https://www.youtube.com/watch?v=jmJLN46gAgc

martes, 19 de enero de 2021

El enigma de los manuscritos de Borges escondidos en la Biblioteca Nacional de España

              Manuscritos de Borges: párrafos de "Emma Zunz"

Marina Artusa

Se trata del relato “Emma Zunz” y el ensayo “Quevedo humorista”, que la institución adquirió en 2018, por 300 mil euros. Sin embargo, esos trabajos no están en su catálogo ni disponibles para consultas o en exhibición.

El manuscrito de El Aleph, esas páginas consideradas las sagradas escrituras borgeanas, duerme desde hace décadas en la Biblioteca Nacional de España. Fue adquirido en 1985 en una subasta de Sotheby’s en Londres y es una de las joyas que la biblioteca española luce cada vez que está de fiesta.

No tienen la misma suerte los últimos manuscritos de Jorge Luis Borges que esta biblioteca compró hace más de dos años: el relato Emma Zunz y el ensayo Quevedo humorista le costaron al Estado español 300.000 euros en 2018 pero, hasta hoy, casi nadie sabe que esas obras de Borges integran el patrimonio cultural de España. ¿Por qué será?

Los manuscritos estaban en manos de la argentina Solange María Fernández Ordóñez, hija del abogado cordobés Carlos Fernández Ordóñez, consultor y letrado de Borges que lo liberó judicialmente, entre tantos otros probables pesares, de su desdichado matrimonio con Elsa Helena Astete Millán, aquella noviecita de juventud que a los 57 años se convirtió en la áspera señora de Borges por voluntad de doña Leonor, la mamá del tímido y talentoso Georgie.

La boda fue en agosto del ’67 y la pareja duró hasta que un día de 1970 Borges salió de casa y no volvió más. Fue el abogado Fernández Ordóñez quien, según cuentan, lo hizo por él: “Señora, tranquilícese, el señor Borges me ha pedido que le comunique que le deja todo; no quiere que le devuelva nada. Sólo me ha recomendado una cosa: que tenga la gentileza de entregarme Las mil y una noches en la traducción de Lane. Es todo lo que él desea”, habría dicho el abogado.

Según cuenta Solange en un libro que escribió en 2006, “dichos cuadernos fueron entregados por el propio Borges a mi padre, Carlos Fernández Ordóñez, en atención a la asistencia que éste le proporcionó como amigo y como abogado, durante más de una década”.

En La mirada de Borges, la autora no aclara cuáles eran los manuscritos que ella habría heredado: “Mi padre murió tres meses después que Borges y los cuadernos debieron repartirse entre los herederos -señala-. Se vendieron en ese momento, aunque algunas condiciones se plantearon como indiscutibles para su adquisición: los manuscritos debían quedar en la Argentina y era necesario garantizar su buena conservación y el acceso para el estudioso que deseara trabajar con ellos”.

Poco o nada de todo esto se cumplió, según parece. 

                   De puño y letra, "Quevedo humorista".

 

En otro pasaje del libro, Solange detalla que se trata de “un conjunto de cuadernos manuscritos utilizados por el escritor a lo largo de veinte años como cuadernos de notas”.

“Abarcan un largo período: desde final de los años veinte, parte de las décadas del treinta y del cuarenta, hasta la pérdida total de la visión, en los años cincuenta”, agrega.

Para realizar la operación de venta de los manuscritos de Borges a la Biblioteca Nacional Española, Solange Fernández Ordóñez, casada con el médico y artista plástico Florentino Sanguinetti -recordado por haber sido el director del Hospital de Clínicas cuando estalló la bomba que atentó contra la AMIA en julio de 1994-, designó como apoderado a su hijo, Pablo Sanguinetti.

Clarín lo consultó sobre la adquisición de los manuscritos, el itinerario que habrían recorrido desde Buenos Aires hasta Madrid y el enigma de por qué no figuran en el catálogo de la biblioteca española. “Te sugiero que hables directamente con la Biblioteca Nacional de España”, fue su respuesta.

En su web, la Biblioteca Nacional de España señala que, desde hace más de 300 años, su voluntad “es revertir en la sociedad el inmenso legado cultural que atesora, potenciando al máximo el acceso, uso y reutilización de la información que conserva y genera, en beneficio de la sociedad”.

Sin embargo, nadie puede consultar, ni para su estudio ni por curiosidad, los manuscritos Emma Zunz ni Quevedo humorista.

En el expediente 2018C0095NS3 de la Administración General del Estado español se señala como motivación de la compra de los manuscritos de Borges que “dicha adquisición no consta en el Patrimonio Bibliográfico de la BNE (Biblioteca Nacional de España), y se considera de interés singular e imprescindible para la misma”.

Las negociaciones comenzaron cuando el director de la biblioteca española era Luis Alberto de Cuenca, un reconocido filólogo que ocupó ese cargo entre 1996 y 2000.

Por entonces, según pudo saber Clarín, los propietarios de los manuscritos pedían 260.000 euros por Emma Zunz y 170.000 por el ensayo sobre Quevedo. Finalmente la operación se cerró en 2018 por 300.000 euros en total.

“El origen es bueno. Son manuscritos de Borges auténticos. En algún momento les hice un estudio a esos manuscritos. Los tuve en mis manos. Puedo dar fe de que, si son esos, son buenos”, comentó a Clarín Alejandro Vaccaro, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), coleccionista de Borges y autor de varios libros sobre el escritor argentino.

“La reciente adquisición de los manuscritos Emma Zunz, relato en clave policial y Quevedo humorista ensayo de su temprana producción, de Jorge Luis Borges, por parte de la Biblioteca Nacional de España constituyen el resguardo para la posteridad de dos joyas literarias de la producción borgeana”, escribió Vaccaro.

“La primera versión del relato apareció en la revista Sur, que dirigía Victoria Ocampo, en el número 167 del mes de setiembre de 1948 y su versión definitiva se conoció en la primera edición de El Aleph, de junio de 1949. Las sucesivas hasta la fecha han sido sin modificaciones”, agregó.

“El manuscrito es de los denominados limpios ya que tiene una sola corrección, una tachadura para reemplazar una frase, lo cual presupone un original anterior y quizá otro, posterior, con los agregados que figuran en la edición definitiva”, subrayó.

Respecto del otro manuscrito adquirido por España, Vaccaro señaló: “El conjunto se beneficia con el ensayo Quevedo humorista texto de su juventud y que se publicara en el diario La Prensa el 20 de febrero de 1927. Borges escribió varios ensayos sobre Quevedo, escritor a quien admiraba sin tapujos, pero éste lo preservó de publicaciones posteriores y que se incorporó recién a libro en forma póstuma cuando se publicó en Textos Recobrados, 1919-1929, edición de 1997”.

“El manuscrito (de Emma Zunz) es de los denominados limpios ya que tiene una sola corrección, una tachadura para reemplazar una frase”.

 Del informe que la Biblioteca Nacional de España encomendó realizar sobre los dos originales de Jorge Luis Borges, se destaca que Emma Zunz es un manuscrito autógrafo de 16 hojas.

“Borges leía cada una de las letras como si deletreara. El de Emma Zunz es un caso. Tiras de papel, todas de cuaderno, todas iguales y todas distintas. Borges copiaba una y otra vez cada párrafo en una página diferente, lo corregía, y la versión manuscrita es un ‘cut and paste’ de las anteriores”, dice el informe.

Sobre Quevedo humorista: “Manuscrito autógrafo de 9 hojas escrito por Jorge Luis Borges después de su larga estancia en Europa, ya de regreso en Buenos Aires, en la década conocida como ‘los años veinte’ del siglo XX, cuando en Argentina, junto a otros escritores jóvenes, intentaba encontrar un lenguaje que pudiera calificarse como el lenguaje de los argentinos. A pesar de ello, o quizás ajustándose a sus inquietudes por el idioma, el joven escritor indagaba en otras fuentes del lenguaje: fue entonces cuando se interesó por las expresiones del gran Quevedo y compuso estas páginas que fueron publicadas en el año 1927 por el diario argentino La Prensa”.

El 18 de diciembre de 2018, la actual directora de la Biblioteca Nacional de España, Ana María Santos Aramburo, firmó, junto al hijo y apoderado de Solange Fernández Ordóñez, la adquisición de los manuscritos, acto que nunca fue anunciado a la sociedad como la biblioteca suele hacer cada vez que engorda su patrimonio.

Clarín pudo saber que existió un comunicado de prensa que nunca vio la luz.

La directora Santos Aramburo, que dirige la Biblioteca Nacional de España desde 2013, había concedido una entrevista a este diario que, luego de solicitar las preguntas por anticipado, canceló “por motivos de agenda”.

“No obstante, me confirma que responderá por escrito a las preguntas que le facilitaste por correo”, agregó gentilmente Bárbara Vidal Munera, directora de Comunicación de la Biblioteca Nacional de España.

Una pena que las respuestas nunca hayan llegado.

¿Por qué tanto misterio?

“La señora Solange vino a verme a la Biblioteca Nacional para prestarnos el manuscrito de Emma Zunz que (según ella) Borges le había regalado a su padre. A los pocos días vino a retirarlo diciendo que la habíamos calumniado declarando que el manuscrito era falso (yo no intervine en nada de eso)”, confió a Clarín el escritor Alberto Manguel, quien fue director de la Biblioteca Nacional argentina entre 2016 y 2018.

Además de El Aleph, España cuenta con otros manuscritos del escritor argentino: El Dios y el Rey y Everything and Nothing.

Que Emma Zunz y Quevedo humorista se mantengan en silencio es un enigma que desconcierta a los pocos españoles que conocen el entramado de su adquisición. Un dilema más que se suma al universo real y de ficción de Jorge Luis Borges.

Madrid. Corresponsal

Fuente: Clarin

https://www.clarin.com/cultura/enigma-manuscritos-borges-escondidos-biblioteca-nacional-espana_0_CjSLTzRQt.html

 

jueves, 7 de enero de 2021

¿Qué relación tienen los algoritmos y Borges?


 ¿Qué tienen en común los relatos de “Ficciones” y las estadísticas? Un especialista explica el vínculo entre “big data” y las ideas borgeanas.

 

por Walter Sosa Escudero

 

¿Qué tienen que ver los datos y los algoritmos con la obra de Borges? Pregunta más que relevante en tiempos de “big data”, fenómeno entendido como la irrupción de datos masivos producto de interactuar con celulares, redes sociales, sensores y otros objetos interconectados que dejan “huellas digitales” por doquier y en tiempo real.

 

A simple vista, nada. Pero Borges toca un nervio fundamental cuando dice: “No trataré de reproducir sus palabras… Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo” en “Funes el Memorioso”. Porque “resumir con veracidad” es, tal vez, la descripción más certera que se pueda dar de la tarea de la estadística y, tal vez, de la ciencia empírica. Ireneo Funes es un muchacho que puede (y quiere) recordarlo todo, para quien “pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”, exactamente lo contrario de lo que pretende una encuesta que mide la pobreza, o un experimento que afanosamente busca la efectividad de la vacuna del coronavirus en unas pocas personas, cuidadosamente elegidas, para que la parte hable verazmente sobre el todo.

 

En una línea similar, los cartógrafos de “Del Rigor en la Ciencia” (otro de los relatos icónicos de Borges), puestos a construir un mapa de un imperio, sin demasiada guía, terminan construyendo un mapa… ¡del mismo tamaño que el imperio! Finalmente, “Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos” (las mayúsculas son del original). La palabra clave es “inútil”: el mapa no es descartado por malo sino por inservible. Y justamente ese es el propósito de una estadística bien hecha, de pretender ser útil aun cuando mala, en el sentido en que cualquier encuesta quiere abarcar el todo sin apelar a toda la población. Una encuesta que mide la pobreza con unos pocos miles de hogares es “mala” en comparación a un censo (la versión estadística del mapa escala uno-en-uno de Borges), tarea que conlleva un descomunal esfuerzo institucional, que obliga a parar un país por un día entero, amén de una costosísima preparación. Lo único que pretende una encuesta es ser “útil” para asistir a la toma de decisiones, sin imponer un costo excesivo como el de un censo. El partido de la estadística no es de “bueno versus malo” sino de “útil versus inútil”, como en “Del Rigor en La Ciencia”, como en el “duelo” entre Funes y Borges.

 

Estas discusiones de encuestas y censos, de la parte y el todo, parecen condenadas a una temprana obsolescencia a la luz del creciente fenómeno de “big data”, en donde la interacción con dispositivos interconectados (reales, como los teléfonos celulares, sensores o tarjetas de crédito, o virtuales, como las redes sociales) genera un descomunal volumen de datos de modo que, a decir de muchos optimistas, tal vez no estemos muy lejos de tener todos los datos. Big data parece ofrecer una suerte de censo en tiempo real que torna innecesario apelar a muestras y otros artificios de antaño.

 

“Big data es Funes sin estadística”, retrucó Stephen Stigler, el más prestigioso historiador de la disciplina. Lo que Stigler quiere significar, socarronamente, es que, sin preguntas concretas, sin intentar separar la señal del ruido, el volumen de big data es inconducente como Funes negándose a abstraer, o inútil como el mapa de los cartógrafos de “Del Rigor en la Ciencia”. La posibilidad de contar con datos masivos es ciertamente una oportunidad única, de observar aspectos del comportamiento hasta ahora impensados. Pero hacerlo inocentemente, pensando que big data es más de lo mismo, es peligroso.

 

Interesantemente, en “El Jardín de Senderos que se Bifurcan” está la pista de por qué, contra lo que muchos creen, big data no es ni será jamás todos los datos, más allá de su avasallante crecimiento. En “El Jardin”, Borges plantea un laberinto temporal, en donde coexisten los que somos y los que pudimos haber sido. Como si pudiesen encontrarse a tomar un café una persona que estudio abogacía y la mismísima persona que se decidió por la carrera de contador público. “En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con distintas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextrincable Ts’ui Pen (creador del laberinto) opta simultáneamente por todas”, explica Borges en su relato. Y cuando en el clímax del cuento dice: “El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros. En uno de ellos soy su enemigo”, sugiere que los miles de millones de datos de big data son meras muestras del laberinto de posibilidades que ofrece la vida.

 

Lejos de ser un juguete intelectual, lo anterior muestra que la visión de big data es necesariamente parcial. A modo de ejemplo, con sensores, cámaras e imágenes satelitales es posible construir un perfil muy preciso de los usuarios de una autopista, lo cual posiblemente sea útil para predecir la cantidad de vehículos que la usan un martes de lluvia a las 11:35 de la mañana. Ahora, si el objetivo es evaluar si vale la pena construir un carril adicional, es menester evaluar la cantidad de autos que la usarían, lo cual demanda información sobre quienes actualmente no lo hacen porque les parece cara, insegura o errática. Big data dice muchísimo acerca de los que usan la autopista y nada acerca de quiénes no. La toma de decisiones y su posterior evaluación requieren información “contrafáctica”, un ejercicio sutil y complejo para el que big data puede ayudar a proveer una solución, pero no observarla directamente, porque no existimos en las ramas del laberinto de Borges que no le mostramos a los sensores.

Otro problema con big data es que, sin preguntas concretas, el analista inescrupuloso tiende a usar los datos para confirmar cualquier prejuicio. El gran problema del “maridaje” sospechoso entre datos y conjeturas es que, en el océano de big data, el que busca encuentra, como quien reportó una sugerente relación entre el gasto público argentino y la audiencia de la serie “The Big Bang Theory”. Cualquier analista honesto ve una mera casualidad, pero los conspirativos de siempre querrán justificar controlar las emisiones de la hilarante serie a fines de combatir la inflación.

 

En “La Biblioteca de Babel” Borges advierte claramente acerca de la doble sensación de “extravagante felicidad” y de “depresión excesiva” de quien se enfrenta a la masividad, pero no sabe bien cómo ni qué buscar. En este cuento Borges describe una biblioteca total, que contiene todos los libros, los que se han escrito, los que se están escribiendo y los que se escribirán. En dicha biblioteca, en un sentido trivial, el que busca encuentra. Y algo parecido ocurre en el mundo de big data, lo que provoca esa doble sensación a la que refiere Borges, de quien encuentra miles de recetas para hacer una tarta de manzanas, y a la vez sigue sin saber cuánto va a valer el dólar la semana que viene, quien ganara el próximo mundial de futbol o cuando terminará la pandemia de coronavirus.

 

Como en una buena película de aventuras, si alguien dice tres veces “infinito”, el espíritu de Borges se da por aludido. Y la estadística y los algoritmos viven de la esperanza de que infinitos datos permitan aprender algo acerca de una realidad esquiva. Mientras tanto, el universo borgeano contiene reseñas claras de nuestra ya larga experiencia en lidiar con la realidad y sus representaciones, sus posibilidades y limitaciones. Se trata de buscar en su extensa y relevante obra, con respeto pero jamás con miedo.

 

¿Qué tienen que ver que ver los datos y los algoritmos con la obra de Borges? Tal vez todo.

Walter Sosa Escudero es economista, investigador del Conicet y profesor en la Universidad de San Andrés.

 

Fuente: Revista Noticias

https://noticias.perfil.com/noticias/cultura/que-relacion-tienen-los-algoritmos-y-borges.phtml

 

Magdalena Ruiz Guiñazú y su insólito viaje en auto con Borges

       Magdalena Ruiz Guiñazú y Jorge Luis Borges. Foto Gentileza M.R.G

 

 La periodista lo pasó a buscar para llevarlo a una conferencia. Qué pasó en el trayecto.

 Aquella tarde otoñal, la Asociación de Amigos del Museo Mitre me había pedido que fuera a buscar a Jorge Luis Borges, cuya conferencia había despertado un fuerte interés.

Tan es así que frente a aquella tarde lluviosa decidí utilizar mi ágil Fiat Europa para asegurar la protección necesaria al ilustre pasajero que puntualmente me esperaba en la esquina de Maipú y Marcelo T. de Alvear.

–Muchas gracias por venir a buscarme –sonrió Borges con su cortesía habitual–. Me parece que va a diluviar...

Tenía razón. El tráfico lucía más desordenado y lento que de costumbre. Pese a encontrarnos en el Centro de la ciudad avanzamos muy lento hacia San Martín al 300, entrada del Museo. Tan lento que advertí cuando Borges murmuraba algo que imaginé un comentario dirigido a mi persona.

Retrato del escritor Jorge Luis Borges en la Biblioteca Nacional, institución que presidió de 1955 a 1974. Foto EFE/ Tono Gil

-Perdón, Borges, ¿usted me decía?

–En realidad no le estaba hablando. Estaba rezando.

–Disculpe mi franqueza, ¿usted es una persona religiosa?

Sin embargo, me sorprendió no comprender las palabras que pensé me estaban destinadas.

–Perdón, Borges. ¿usted me decía...?

Una sonrisa irónica le alegró su expresión lejana.

–En realidad no le estaba hablando. Estaba rezando...

La sonrisa comenzó a acentuarse.

–Sí, no es una broma. Cuando siento que puedo impacientarme, acudo a un útil Padrenuestro.

Cometí la torpeza de interrumpir la marcha del auto.

–Pero disculpe mi franqueza, Borges, ¿usted es una persona religiosa?

Seguramente aquel príncipe de las letras consideró que debía ser indulgente con una ignorante como yo. Acentuó la sonrisa y, con paciencia, explicó:

–¿A que no se imagina que estaba recordando el Padrenuestro en rúnico?

–Borges, discúlpeme, ¿pero qué es el rúnico?

–Es lógico que no lo sepa –aceptó–. El diccionario diría “...perteneciente o relativo a las ruinas. ¡Habitualmente escrito en las ruinas!”

–Usted es un genio, Borges, ¡pero también absolutamente desconcertante!

A esa altura de la conversación yo también opté por reírme y aprovechar el embotellamiento para mejorar mi instrucción personal.

–Por favor, cuénteme cómo descubrió todo esto. ¿Qué significa el término “rúnico”?

Borges también se rió y explicó pacientemente:

–En una remota antigüedad los escandinavos empleaban esta palabra para referirse a todo lo perteneciente a las ruinas. A lo que estaba escrito en ellas y (al ver mi expresión azorada) para ser franco le estoy transcribiendo lo que el diccionario de la Real Academia española adjudica a estas palabras. Si no recuerdo mal dice algo así como: “Siglos atrás los primitivos escandinavos llamaban ‘Runa’ a cada uno de los caracteres que empleaban en la escritura”...

Tanta sabiduría estimuló mi curiosidad:

–¿Cómo se llegó a traducir aquellas palabras?

–Ah, le diría que son versiones aproximadas...

Suelo ser insistente y, como excusa, también imaginé que aquella conversación bajo la lluvia no volvería seguramente a repetirse:

–Los siglos las han hecho aproximadas, Borges. Pero me llamó la atención la fluidez con que usted las pronuncia...

El insistió en sus palabras anteriores:

–Créame: antes de la impaciencia suele ser útil y deseable acudir a la oración. En este caso –y aquí Borges me observó con seriedad– el Padrenuestro sigue siendo una expresión universal que recomendaría no desechar.

Y mientras el tránsito volvía a moverse con lentitud, la sonrisa de Borges apareció nuevamente, pero en silencio. Es probable que, con su enorme sabiduría, conociera las palabras con tanta intensidad que su memoria nunca las desecharía.

E.M.

Fuente: Viva – Clarín

https://www.clarin.com/viva/magdalena-ruiz-guinazu-insolito-viaje-auto-borges_0_zFBU7oVA_.html