miércoles, 14 de noviembre de 2012

1976 : Conferencia de Borges en San Luís


 Imagen de Lafinur


Jorge Luis Borges visitó San Luis en 1976. Vino exclusivamente para recordar a su ascendiente en su tierra natal, el poeta, pensador y militar Juan C. Lafinur. La conferencia ocurrió en el Aula Magna del entonces llamado Colegio Nacional "Juan Crisóstomo Lafinur". Este texto permaneció inédito hasta 1999 al ser publicado en  el Suplemento Cultural de "El Diario de la República".

Autoridades, señoras, señores: Yo escribí una parábola cuyo tema era un hombre que se propone dibujar un universo. Y ese hombre está ante una larga pared. Nada nos cuesta imaginarla infinita. Una larga pared blanca. Y ese hombre empieza a dibujar y dibuja anclas, árboles, peces, naves, martillos, espadas, casas, rostros, leones; sigue dibujando. Y sigue dibujando todas las cosas del mundo. Y podemos suponer, nada nos cuesta suponerlo tampoco, que llega a los cien años, y que le es dado ver esa vasta labor de minucias, ese laberinto de líneas y trazados. Y luego, en aquel último momento de su vida, él ve con sorpresas que lo que ha trazado es su propio retrato, su vieja cara. Ahora esta parábola no es habitual como puede parecer.

Podemos decir que todos los escritores cumplen esa labor, es decir publicamos, escribimos libros, los publicamos o no, eso no tiene ninguna importancia, pero a la larga lo que dejamos es nuestra imagen. Esa imagen puede ser más importante que cada uno de los textos que hemos escrito. Quizás lo esencial sea dejar una imagen. Hay escritores desde luego que tratan de dejar una imagen. Podemos pensar en Byron, en Baudelaire, y esos nos dejen quizás la imagen que han buscado, porque notamos que quieren dejar esa imagen. Pero si un escritor se abandona a su obra entonces puede trazar su verdadero rostro, su secreto rostro. Si pensamos en la historia argentina, vemos que esa historia está poblada de hombres. No debemos pensar en la historia argentina en términos de fechas. Las fechas son tristes, de aniversarios, de mármoles, todo eso más o menos inútil. Lo importante es la imagen que un hombre deja. En la historia argentina, hay personas atroces, como Juan Manuel de Rosas, que han dejado una imagen vívida, y otras personas admirables, San Martín por ejemplo, que han dejado una imagen pálida relativamente. Y hay otros, y eso es lo más importante, que han dejado una imagen querible, y yo diría que Juan Crisóstomo Lafinur es de éstos últimos. Podemos querer a Lafinur a través del vasto espacio de tiempo que nos separa ya que Lafinur nace, y eso lo saben ustedes, en 1797 y muere en 1824. Ciento cincuenta años hace. Pero todavía quedan algunos rasgos, y podemos todavía no admirar -yo creo que la admiración es un error- sino que podemos querer a Lafinur, lo cual es más importante. Yo lo he querido siempre, además de los lazos de sangre. Yo soy descendiente de Carmen Lafinur, hermana de Juan Crisóstomo Lafinur y sobrino de Luis Melian Lafinur, y en casa yo recuerdo siempre el retrato de Lafinur y recuerdo algunos versos que mi padre repetía, y casi no puedo repetirlos sin sentir la voz de mi padre. La Oda a la muerte de Belgrano: (recitando) ¿Por qué tiembla el sepulcro, y desquiciadas las sempiternas lozas de repente, al pálido brillar de las antorchas los justos y la tierra se conmueven? Y ahora vienen los versos que importan. (recitando) Murió Belgrano ¡Oh, Dios! Así sucede La tumba al carro, el ay doliente al viva La pálida azucena a los laureles. Ahora podría decirse que estas imágenes helénicas y romanas son imágenes frías, porque tenemos las pálidas antorchas, tenemos luego el carro triunfal, las azucenas, y los laureles también. Pero todo esto no es frío, todo esto corresponde a la emoción de un hombre que se expresa naturalmente por antiguos e ilustres símbolos, que fue el caso de Lafinur, el poeta clásico de nuestra generación romántica, como dijo Juan María Gutierrez en su libro sobre Juan Cruz Varela, donde hay tantas páginas dedicadas a Juan Crisóstomo Lafinur. Bueno, vamos a ver rápidamente algo sobre su vida. Los hechos esenciales ustedes los conocen, quizás mejor que yo, que perdí mi vista el año 1955. No he vuelto a leer sus versos desde entonces, pero hace unos días pude hojear la biografía de Gez, y recuerdo además algunas indiscreciones de José Mármol en su novela “Amalia” donde se habla de Juan Crisóstomo, esa novela olvidada con injusticia que ha fijado, yo creo, nuestra imagen del tiempo de Rosas. Cuando decimos el tiempo de Rosas no pensamos en el admirable libro “Rosas y su tiempo” de Ramos Mejía; no pensamos tampoco en las muchas telas de la época o en las posteriores.

Pensamos en el libro de José Mármol. Hay algunas indiscreciones que debemos agradecer ya que nos acercan al hombre en la novela “Amalia” en la que se habla de Lafinur. El doctor Gez no las tuvo en cuenta, pero qué puede importarnos ahora pensar que Juan Crisóstomo Lafinur llegó a los 27 años y no siempre fue casto. Qué importancia puede tener eso, eso lo hace más humano, eso lo acerca a nosotros y explica además la polémica con el padre Castañeda que ha dilucidado Arturo Capdevila en el libro “La santa furia y el padre Castañeda”. Y ahora volvamos a Juan Crisóstomo Lafinur y pensemos en su infancia. En su infancia en el Valle de La Carolina, que yo visité hace unos años. Recuerdo como me emocionó el gran portón de piedra y luego la inscripción. “Cuna del poeta y filósofo Juan Crisóstomo Lafinur” -1797-1824”. Bueno, todo esto me traía a mi infancia, a los grabados del libro de Gez, a cuentos que yo he vivido en casa sobre Lafinur, transmitidos así digamos de generación en generación, y que recordaré alguno ahora. Por ejemplo este que quiero contar inmediatamente, aunque cronológicamente no esté en su lugar. El hecho es que Juan Crisóstomo Lafinur conocía a toda la gente de Córdoba y la gente solía oír el piano. El piano de la sala. Y eso quería decir que Lafinur había atravesado el zaguán, había atravesado el patio, había entrado a la sala, y estaba tocando el piano. Lafinur se quedaba tocando el piano y luego se iba sin decir adiós a nadie, sin haber saludado a nadie, y esa música era como su saludo, ya que todos sabían que él tenía ese hábito.

Como he dicho, hay tantos años que nos separan de Lafinur. Podemos pensar, bueno, Lafinur fue argentino, desde luego lo fue, lo fue íntimamente, entrañablemente, pero lo fue de un modo distinto al nuestro, ya que ahora para nosotros ser argentino puede ser una pereza, un hábito. Pero entonces la Patria era algo nuevo, algo discutible, algo que surgía, entonces volvamos otra vez a las fechas. Lamento tener que hacerlo. Tenemos en 1816 el Congreso Nacional de Tucumán que es la primera declaración franca de nuestra Independencia, la decisión de que ya no queríamos ser más españoles, queríamos ser otra cosa, una cosa que ignorábamos, una cosa distinta, argentinos, una cosa que existe por obra de aquellos caballeros que se reunieron en aquella vieja casa de Tucumán. Pues bien, Lafinur muere en 1824, muere ocho años después, es decir ser argentino era una cosa nueva. Podemos pensar que se sentía criollo, ya que había nacido en el Valle de La Carolina, en la provincia de San Luis. La palabra criollo tenía un sentido distinto entonces.

Desde luego no existía el culto del gaucho que existe ahora y que creo que es un culto erróneo… Es que no sabemos si Lafinur leyó los poemas del padre de todos los poetas gauchescos, de Bartolomé Hidalgo, el Oriental. Recuerdo que Hernández le envió un ejemplar del Martín Fierro a Mitre, y Mitre en una carta muy conceptuosa como hacía entonces le contestó diciendo “Hidalgo será siempre su Homero”. Es decir Mitre no ignoraba la raíz de esa poesía que luego dio poetas muy superiores a Hidalgo: Hilario Ascasubi, el mismo Hernández, y luego en prosa a Eduardo Gutiérrez. Pues bien, sin duda Lafinur conoció los poemas gauchescos de Hidalgo y sin duda, dado sus gustos clásicos y románticos, no le ilusionaron. Los veía meramente plebeyos, supongo yo. El culto gaucho no existía, desde luego no se planteaba el problema en los términos que planteaba Sarmiento después, civilización y barbarie. No, se trataba más bien de ideas nuevas, y es que llegaban a este perdido virreinato, a este polvoriento virreinato, llegaban desde Europa. Y podemos pensar en libros, en libros que circulan de mano en mano, que son leídos casi en secreto y de esos libros sale la Patria y entre esos libros, la obra de este Condillac, vertido al español recientemente, sobre el conocimiento al hablar de la filosofía de Lafinur, ya que Lafinur fue, según sabemos, filósofo. Ha dejado un tratado de ideología que ha publicado hace poco la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y luego poeta. Ha dejado aquel hermoso poema a “La rosa” y luego el gran poema a Belgrano, su amigo personal, que muere en 1820. Tenemos también su obra -yo no pudo decir nada de ella- su obra musical. Es decir, música, poesía y filosofía, esas tres cosas fueron caras a Juan Crisóstomo Lafinur.

Si no pensamos en esas tres cosas estamos alejándonos de él. Esas cosas fueron lo íntimo de su vida. Esas cosas ocuparon casi todas sus horas. A él sin duda le agrada que lo recuerden como pensador, como discípulo de Condillac, como lejano discípulo de Locke, como hombre que está en contra de las enseñanzas escolásticas y que lo pensemos como poeta y como músico también. Y luego no se porqué algo me lleva a esas dos fechas, 1797-1824 y decir que Lafinur muere a los 27 años. Lafinur muere alejándose de nosotros, pensemos en los 29 años de Keats, pensemos que los dioses se llevan a quienes quieren, pensemos que de Lafinur apenas conocemos unas posibilidades y esas posibilidades bastan. Aquí quiero recordar a un poeta, a un gran poeta, Walt Whitman que dice en las primeras páginas de su libro Hojas de hierbas: “Leí el libro, la famosa biografía, y pensé, y esto es lo que un hombre llama la vida de un hombre? Eso dirán sobre mí cuando yo haya muerto, con nombres propios y con fechas”. Y luego agrega -y esto viene a ser la esencia- “yo pienso que se muy poco acerca de mi propia vida y dejo algunas indicaciones y para saber quién he sido, para conocer mi propia vida, he escrito este libro”. Ahora cada uno de nosotros podría decir lo mismo. Sabemos muy poco de nuestra vida! ¿Qué es nuestra vida para Dios? ¿Quiénes somos para Dios? Si es que existe Dios. ¿Quiénes somos íntimamente? Un nombre no nos dice nada. ¿Qué significa decir yo soy Borges? Nada, absolutamente. Hay algo más íntimo más allá del nombre. ¿Cual es nuestro secreto nombre ante Dios? Carlyle llegó a la hipótesis, que le hubiera gustado a Lafinur, que todo el mundo es una escritura sagrada, que el proceso de la historia es una escritura. Dice Carlyle una frase que siempre me ha impresionado, “que estamos obligados a leer y escribir”. Y ahora viene el escalofrío “y en la que también nos escriben; también somos letras de esa misteriosa criptografía de Dios”. Somos signos también. Qué otra cosa podríamos ser sino símbolos, es decir símbolos de algo eterno, ese algo transitorio que es el tiempo y aquí, esta mañana, podemos decir aquella frase de Platón “el tiempo es la imagen noble de la eternidad”. Qué seguro se sentía Platón de la eternidad cuando contraponía el tiempo fugitivo, el tiempo en que estoy deshaciéndome y desvaneciéndome en la eternidad, en la perdurable eternidad. Bueno, pensemos en Lafinur otra vez y pensemos en lo que significó la Revolución de Mayo para él y la Declaración de la Independencia.

Todo aquello que vemos de algún modo muerto, pensamos en estatuas, en exámenes, en libros de historia, etc. Pero todo aquello es algo contemporáneo. Nosotros somos parte de la historia argentina. Es absurdo suponer que la historia argentina ha cesado; nosotros somos personajes históricos, cada momento de nuestra vida es histórico, aunque no sea especialmente ilustre. La historia es el tiempo y el tiempo es la materia de la que estamos tejidos, de la que estamos hechos los hombres. No hay otra cosa. ¿Pues que había ocurrido? Habían llegado libros a Buenos Aires. Había llegado, por ejemplo, un libro de Condillac, que fue un libro de cabecera de Lafinur. Habían llegado otros que trataban de hacer algo, que trataban de modificar todo, no simplemente una cuestión de nacionalidades, era más profundo y así Lafinur dictó sus clases de ideología, de gnoseología, de estudio del conocimiento. En la vida de Lafinur tenemos un hecho, un hecho sin duda de índole trágico, por lo menos patético, que no se ha insistido sobre él y ese hecho es que su padre Luis Lafinur fue partidario de la Monarquía. Era partidario de España, él era un oficial español, había nacido en Pamplona, en Navarro. El nombre Lafinur no es un nombre español, no existe ese nombre, es una corrupción española del apellido “lefaneur”, un apellido belga, muy común entre los belgas-franceses y que luego fue deformado en Lafinur, ciertamente más eufónico. El padre de Lafinur fue un distinguido militar español, que había guerreado en la margen oriental del Plata contra los contrabandistas, los indios, y los gauchos posiblemente. Y luego participó en la rebelión de Tupac Amarú. Era un militar español y le dieron la administración de las Minas de La Carolina. Yo estuve en las Minas de La Carolina y recuerdo como me emocionó aquel portón con aquel apellido que era también el tiempo y luego el puente, y luego el río, el cual sabía yo que había oro y plata, y la mina, y toda esa alta soledad que enamoró a Lafinur donde un poema suyo habla, dice que está lejos de las brisas de La Carolina. A él le gustaba ser el hijo de La Carolina, a él le gustaba recordar esa región, la recordó en Córdoba, en Mendoza, en Buenos Aires y finalmente la recordó en Chile. Bueno, Lafinur elige la carrera de las armas y conoce lo más triste del destino del soldado que es la víspera de la batalla, la batalla que no llega nunca, la batalla deseada. Estuvo muchos años en el ejército y luego lo abandonó; se dio cuenta que su regimiento no sería enviado a la línea de fuego y luego se hizo amigo de Varela y lo llamó “espejo de cuerpo entero”, ya que usaba una túnica, una sotana brillante. Cambiaron bromas entre los dos y luego tenemos a Lafinur con sus estudios en Córdoba, en el Colegio Monserrat y luego lo tenemos en Buenos Aires enseñando filosofía ¿Enseñando qué? Enseñando la doctrina sensualista, la doctrina de Locke y de su discípulo Condillac que la exagera hasta simplificarla. Por eso voy a detenerme ahora en la doctrina de Condillac y no en la de Locke demasiado larga y compleja. Locke no fue tan lejos como Condillac. Locke decía por ejemplo que el estaba más seguro de la existencia de Dios que de la existencia del mundo externo y que en el más allá de la prueba histórica y cosmológica, que en él estaba la convicción que existía Dios. Y Lafinur también tuvo esa convicción, aunque lo acusaron injustamente de propagar el ateísmo. Digamos que Lafinur más allá de la mitología cristiana fue más bien un deísta, él creía en Dios como creía Voltaire. Yo he visto en Suiza una pequeña capilla erigida por Voltaire, con la inscripción “Voltaire erigió esta Iglesia Capilla para Dios”. Voltaire vio que había tantas iglesias a santos y a vírgenes, y ninguna a Dios, que decidió erigir la primer iglesia a Dios. Y Voltaire fue uno de los maestros de Lafinur, según sabemos. Y ahora tenemos a Lafinur en Buenos Aires, y Buenos Aires desde luego es una ciudad menos culta que Cordoba. Están los Pinedo, los Ocampo, Saez Valiente, todos esos son apellidos portugueses. Y está también el apellido de mi madre Acevedo, también judío portugués. Es decir, en Buenos Aires había un ambiente distinto del ambiente de Córdoba, especialmente por ser menos tradicional. He leído, en el mismo libro de Ramos Mejía que los mismos virreyes españoles no usaban sus títulos en Buenos Aires porque sabían que se exponían a una broma, al ridículo. En la ciudad de algún modo democrática, o mejor dicho burguesa, civil, tenía eso que tenían los puertos, el hecho de que hay mucha gente extranjera, eso tiene que haber sido una de las causas de la Revolución de Mayo. Esa agitación de ideas, el hecho que la ciudad no fuera tradicional, creo que es importante el hecho que la Revolución nazca en Buenos Aires y no en Córdoba, o en Lima o en México. No, la Revolución nace precisamente en un puerto, en el lugar más abierto a la afluencia de extranjeros y después del impulso que nos dieron las invasiones inglesas cuando las autoridades españolas huyeron y el pueblo de Buenos Aires, capitaneado por Liniers, de quien después hablaremos, fue el que defendió dos veces la Patria contra los invasores ingleses y los obligó a rendirse. Tenemos este hecho importante. Y el nombre de Liniers que es importante también ya que Luis Lafinur, el padre de Juan Crisóstomo Lafinur fue el secretario de la Junta Antirrevolucionaria, de la junta española que se constituyó en Córdoba. Y nos ha dejado esa palabra “Clamor” que ahora sigue resonando en la historia: Alzaga, Liniers y en la que no figura el nombre de Lafinur. Y es un hecho significativo. Se piensa ahora que es divergencia generacional es algo típico, la verdad que siempre existió, y hay una frase muy linda del filósofo judeo alemán Magner que dice”como todos los hombres, comprendió que le había tocado vivir una época de transición”. Todo es una época de transición, el tiempo es una transición, no hay otras épocas. Todo hombre piensa en el pasado como algo quieto y quizá pueda pensar en el porvenir también como una utopía o algo terrible. Lo cierto es que a él le toca vivir en el tiempo y la verdad es que el tiempo es transición. El tiempo es esa nube sustancia de que estamos hechos. Pensemos en Heráclito. Heráclito que dice” nadie baja dos veces al mismo río”, dirige admirablemente la metáfora de río, lo que el río sugiere a lo que fluye, a lo que fluye como el tiempo. En cambio si Heráclito hubiese dicho nadie abre dos veces la misma puerta, no hubiera dicho nada, porque la puerta es maciza. En cambio nadie baja dos veces al mismo río, el río fluye y después de haber leído esta frase y haber comprendido que el río no es el mismo o que las gotas de agua cambian, comprendimos con una suerte de horror inicial que nosotros también somos el río, que nosotros estamos fluyendo como el río. Pues bien, a Lafinur le tocó sentir eso. El, partidario de la Revolución, partidario de lo que es ahora la República Argentina y antes fue el Estado argentino, partidario de que todas las cosas se renovaran en ese polvoriento virreinato que fue el nuestro. Y su padre, amigo de Liniers, fue partidario del antiguo estado de cosas. Todo eso tiene que haberlo tocado a Lafinur. Y es una lástima que Gez en su libro, en su libro que agradezco, no se haya detenido en ese aspecto de la vida de Lafinur. Lo que debió haber significado saber que su padre militaba en la otra causa, había conspirado contra lo que él quería, contra lo que ahora es la República, la Patria. En cambio su padre, un militar español, debió ser leal al rey, a las ideas viejas. Lafinur se traslada a Córdoba, luego a Buenos Aires y dicta su curso por el que fue tan atacado por el padre Castañeda. ¿Cuál era la doctrina que Lafinur defendió? Creo que puedo resumirlo en pocas palabras. Se llamaba sensualismo o sensacionalismo.

Digamos sensualismo y esa palabra se presta a diversas interpretaciones. Yo creo que sensualismo significa simplemente lo que dice aquella vieja sentencia “lo que está en la inteligencia estuvo en los sentidos” lo mismo que “salvo en la misma inteligencia”. Y esto nos lleva a dos teorías que interesaron mucho a Lafinur, la doctrina del origen del conocimiento, del origen de las ideas. Y empecemos por la más extraña de todas, la doctrina platónica que podemos formularla de dos modos. Podemos decir que es la doctrina de las ideas innatas, esa la que dice que el hombre nace con ciertas ideas. Y luego tenemos la otra doctrina de que todo nos llega por los sentidos. Y empecemos por la primera que es la más extraña y por ende la más interesante de las dos. Tenemos que distinguir entre el mito y los razonamientos, lo cual es difícil ya que cuando Platón escribe su obra el hombre podía pensar en dos planos. Ahora sólo podemos pensar de un modo o de otro.

Podemos pensar en forma de mitos, de fábulas, en lo que es el poeta o el novelista y podemos pensar en forma de razonamientos, que es lo que hace el lógico, el psicólogo. Pero cinco siglos antes de la era cristiana podía pensarse simultáneamente de los dos modos, y esto lo vemos en aquel admirable diálogo de Platón en el que se cuenta la última tarde de Sócrates, la tarde de la cicuta. Y ahí vemos a Sócrates que está discutiendo algo que no es un problema abstracto, es algo que le toca de cerca, la inmortalidad del alma, “ya dentro de poco, antes que sea de noche, el habrá bebido la cicuta y estará muerto”. El habla con sus amigos de la inmortalidad del alma. Y entonces ¿que método usa? Usa los dos. A veces usa el mito, habla por ejemplo de Ulises, de quien decía que es un hombre ignorado, habla de Orfeo, de que él es un cisne, de Pitágoras, y luego vuelve al razonamiento. Se podía pensar en los dos planos al mismo tiempo, se podía pensar en el mito, y en forma de ideas. En cambio ahora sólo podemos pensar de un modo o de otro. Pues bien, según el mito platónico, todos antes de nacer habíamos pasado por lo que Mallarmé llama “el cielo anterior donde florece la belleza” y ese cielo es el de los arquetipos. Voy a explicarlo de un modo claro. Nosotros según la escuela, según la explicación que eligió Lafinur, nosotros llegamos a la idea de lo amarillo porque hemos visto muchas cosas amarillas. Hemos visto, por ejemplo, el azufre, hemos visto la luna. O llegamos a la idea de lo rojo porque hemos visto muchas cosas rojas; hemos visto la sangre, hemos visto el coral. O llegamos a la idea de lo blanco porque hemos visto el arroz, el marfil, la luna también es blanca, la nieve, el papel. Y luego resolvemos distraernos de la diferencia que hay entre esos matices de blanco y llamar a esos colores blanco, aunque el color del arroz no es el color de la luna, o el color de la nieve o el de la piel humana. Resolvemos ignorar esas diferencias y fijarnos en lo que tienen en común. Ahora bien, según la escuela platónica, ocurre lo contrario. Nosotros en el cielo anterior hemos visto la idea de lo blanco, lo amarillo, lo rojo, del bien y otras cosas difíciles de concebir. Por ejemplo la idea del triángulo, el triángulo que no es equilátero, ni isósceles ni escaleno. Es decir que no tiene ni tres lados iguales, ni dos lados iguales, ni tres lados distintos, pero que es todas esas cosas a la vez. Hemos visto el triángulo absoluto, el inconcebible triángulo absoluto. Luego nacemos en este mundo, entonces vamos reconociendo las cosas porque ya las hemos visto en la vida anterior, y esto sería una explicación mítica del concepto de las ideas innatas. Y así llegamos a la doctrina de Platón que dice que aprender es recordar. Ya sabemos todo, cuando nos enseñan algo ya lo sabíamos, lo habíamos olvidado, simplemente. A lo que Beccko, otro de los maestros de Lafinur, agregó “que suerte que ignorar es haber olvidado”. Ahora en lo que se refiere a las matemáticas es indudable que nuestro conocimiento no es empírico. Por ejemplo, si hemos entendido que siete y cuatro son once, no necesitamos hacer la prueba con piezas de ajedrez, con monedas, con discos, con fichas, con muebles. Ya entendimos que siete y cuatro son once. A lo que Rosen contesta que esa frase se explica porque siete y cuatro son tautología de once, lo mismo decir siete y cuatro que decir once. O sea que sobre ese conocimiento intuitivo se basan todas las matemáticas. Es una tautología inmensa. Condillac supone lo contrario. Supone que todo nos ha llegado por la experiencia. Y todos tendemos a suponer eso. Salvo en el caso de las matemáticas en el cual las cosas no nos llegan por la experiencia. En el caso de la lógica, si yo digo que dos cosas iguales y una tercera son iguales entre sí, todos lo entendemos inmediatamente. No es necesario ensayar ejemplos. En el caso de las matemáticas también. Todos entendemos que significa la sigla natural de los números, y no es dada la sigla natural 1,2,3,4,5,6,7,8,9…si está dada toda la aritmética, toda el álgebra, todo ese edificio cristalino y vasto de las matemáticas. Todo está dado en esa noción de que hay números sucesivos, lo demás son juegos hechos con esa noción, y así no precisamos la experiencia. En cambio en el caso de otras ciencias la experiencia es necesaria. Por ejemplo nadie antes de Dufeau podía decir que los animales en América eran más chicos que en otros países. Ya que no se conocía el ñandú, que es más chico que el avestruz, el jaguar que es más chico que el tigre, la llama que es más chica que el dromedario. Todo eso es obra del conocimiento. Según la doctrina de Condillac todo nos llega por los sentidos, y Condillac que además de ser un filósofo, muchas veces falible, tuvo una gran imaginación. Imaginó una estatua, una estatua que ya pertenece para siempre a la estética. Una estatua hecha como un hombre, una estatua con los órganos de un hombre. Y en esa estatua hay algo, una mente, pero esa mente es una fábula rasa, una página en blanco, que luego va recibiendo sensaciones. Y él empieza con las más tenues, las menos importantes para nosotros. Con el olfato; a la estatua le acercan una rosa, y la estatua huele la rosa, y sabe que esa fragancia es agradable. Y luego le acercan un cadáver, y la estatua lo huele y siente que ese olor es fétido. Y luego, según Condillac, ya tenemos todo el proceso.

Porque una vez que la estatua ha dejado de oler la rosa y oler el muerto, queda una impresión más tenue. Esa impresión sería la memoria. Y luego puede comparar las cosas sensaciones. Puede pensar que le agrada la rosa y le desagrada el cadáver, aunque no sabe que son rosa y son cadáver, pero sí lo juzga con el olfato. Y luego tenemos ya la elección, y luego la estatua puede querer volver a oler la rosa, y tenemos la voluntad. Para Condillac todas las facultades del alma son simples sensaciones transformadas. Ahora Locke no fue tan lejos y Lafinur enseñó una variante de su doctrina en su cátedra de filosofía en Buenos Aires. Ahora naturalmente como esa doctrina se llama sensualismo, porque todo nos llega a través de los sentidos, y la mente está constituida simplemente por sensaciones transformadas, naturalmente esa mente se prestaba a los ataques más burdos, se dijo que Lafinur enseñaba sensualidad a los alumnos. No tiene nada que ver, este es un juego de palabra. De ahí que fuera atacado. En el libro de Capdevila, en el libro de Gez también, se conservan los sonetos cambiados del padre Castañeda, de Lafinur y de Juan Cruz Varela acerca de eso. Lo cierto es que Lafinur enseñó una filosofía contraria a la enseñanza escolástica. Desde luego la enseñanza escolástica no había sido tan severa, pero Lafinur ataca quizá menos a Aristóteles que a la imagen que tenía Aristóteles entonces. Y tuvo que abandonar su cátedra, urgido, según nos dicen, por los jesuitas. El abandona su cátedra, según el libro de Gez, y el libro de Capdevila, y luego tuvo que trasladarse a Córdoba. Y en Córdoba también tuvo que abandonar su cátedra. Luego se fue a Mendoza donde fundó un periódico.

También tuvo que abandonar Mendoza y luego se fue a Chile. Es decir este hombre tuvo un destino parecido al de Almafuerte. Almafuerte fundaba, y no tenía ningún derecho oficial a hacerlo, fundaba escuelas en la provincia de Buenos Aires. Y luego tenía que abandonarlas cuando se descubría que carecía de título habilitante y fundaba otra escuela en otro lugar. Fue una especie de pedagogo vagabundo. Y Lafinur también tuvo que pasar de Buenos Aires a Córdoba, de allí a Mendoza, y luego a Chile. En Chile resolvió estudiar abogacía y se casa con la chilena Eulogia Nieto, y muere poco después en una caída violenta de caballo cerca de la cordillera. Y así concluye Lafinur a los veintisiete años. Estamos recordándolo ahora en 1976 y ha dejado esa figura que ya he dicho, esa imagen suya querible en la historia argentina. Hay tan poca gente querible en el pasado, hay tanta gente admirable, tanta gente digna de estatuas, de aniversarios, de protocolos, de ceremonias oficiales. Yo he hablado de Lafinur acercándome y alejándome para acercarlo a ustedes, que sin duda quizá lo conozcan más que yo, y crece algo sobre su figura física. ¿Qué cuerpo habitó Lafinur en la tierra? Sabemos por el testimonio de Luis Melián Lafinur, mi tío, que Lafinur era un hombre alto, pálido, moreno, muy buen mozo, altivo, que solía ser tímido y que tenía los ojos azules. Sabemos de su amor por la música. Todo eso nos ha llegado a través de José Mármol. Todo eso hace que podamos querer a Lafinur. Y además creo que debemos pensar en Lafinur no como una figura histórica, lo cual es triste –a nadie le gusta ser histórico- sino como un contemporáneo. Desde luego no le tocó a él aquella guerra de la civilización y la barbarie, pero él desde luego sostuvo la causa primordial, la causa de la cultura occidental, la causa del pensamiento filosófico, y es lo que estamos estudiando ahora. De algún modo Lafinur es nuestro contemporáneo, y así yo al hablar de él no estoy hablando de mi tío bisabuelo, no estoy hablando del hermano de aquella Carmen Lafinur que fue madre del Coronel Borges. No, estoy hablando de un amigo nuestro. Y estoy seguro que él anda por aquí de algún modo. Me parece muy raro que él no sepa que estoy hablando de él. Que yo he estado discutiendo aquel problema que tanto le interesaba a él: el origen del conocimiento, que seguramente provenía de las sensaciones y no de las ideas innatas o arquetipos platónicos. Estamos hablando de él, él está ausente en este momento, o quizá no lo esté. Pero yo lo siento como un amigo, siento que Lafinur está oyendo mis palabras, está sintiéndonos a todos nosotros. Está aquí con nosotros.

Muchas gracias. (aplausos prolongados)

Fuente : Gobierno de la Provincia de San Luís Suplemento Cultural El Diario de la República http://biblioteca.sanluis.gov.ar/verPublicacion.aspx?IdPublicacion=1590&TipoPublicacion=2 http://biblioteca.sanluis.gov.ar/verPublicacion.aspx?IdPublicacion=1591&TipoPublicacion=1

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