sábado, 16 de febrero de 2013

Borges: El libro, los libros, los hombres, un hombre




Carlos Barbarito

Hijo mío, ten cuidado con tu trabajo, porque es
un trabajo divino; si omites una sola letra o si
escribes una de más, destruyes el mundo entero...
Erubin, 13ª

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Gershom Scholem, en La Cábala y su simbolismo, hace referencia a los tres principios básicos de las concepciones cabalísticas sobre la naturaleza real de la Torá. Ellos son: 1. Principio del nombre de Dios; 2. Principio de la Torá como organismo; 3. Principio de la infinita multiplicidad de sentidos de la palabra divina. Cada uno de estos principios, dice Scholem, no tienen el mismo origen histórico.

Desde las épocas más antiguas los autores hablan de una estructura y de una esencia mágicas. Pero la magia contenida en sus páginas no es accesible a cualquiera, sino a los elegidos. El propio Scholem transcribe un comentario a un versículo de Job (Ningún mortal conoce su precio): Los diferentes capítulos de la Torá no han sido dados según su secuencia correcta. Porque si hubieran sido dados en un orden correcto, entonces cualquiera que los leyese podría resucitar muertos y hacer milagros. Por eso han sido ocultados el orden correcto y la sucesión precisa de la Torá, y sólo los conoce —alabado sea— el Ser Santo, del que está escrito (Isaías 44:7): Quién como yo puede leerla, anunciarla y ponérmela en orden. Se trata de un libro de prodigiosas propiedades, ocultas a los ojos de la mayoría, porque, según el libro de los usos litúrgicos de la Torá, fue recibido por Moisés de manos de Dios quien, también, le reveló las combinaciones secretas de letras que, en conjunto, representan la otra lectura, diferente de la que lee cualquier persona.

Obviamente, todo copista de la Torá debía ser preciso en su trabajo. No podía haber error en su oficio porque en el libro cada palabra cuenta, es más: cada letra cuenta, cada signo ortográfico. Porque se trata de un libro que posee un valor infinito, un texto divino que no permite la más mínima anomalía en su transmisión ya que, como aseguran las concepciones más extremas, constituye en su conjunto el único y sublime nombre de Dios. De allí que un error en una letra o en un signo sería trágico para el mundo. Ya no estamos, dice Scholem, en la tesis mágica sino en la mística: Dios expresa a través del libro su ser trascendente. Es más, según ciertos autores, la Torá es el instrumento de la creación por medio del que el mundo comenzó a existir —Dios miró en la Torá y creó al mundo.

Este libro absoluto y perfecto, constituye un organismo vivo. Con un cuerpo y un alma. Algunos lo definen como un edificio tallado con el nombre de Dios; otros, con miembros y articulaciones ninguno de los cuales, aunque parezcan superfluos, deben desecharse; otros, como una pieza de arte sin error a la que nada le falta ni nada le sobra. El cuerpo de la Torá es el sentido literal, el exotérico, y el alma, su sentido secreto, el esotérico. Ambos conforman una unidad, a la que ciertos autores denominan Árbol de la Vida, porque, a semejanza del árbol, que posee ramas, hojas, corteza, médula y raíces y ninguna es una realidad sustancialmente separada de las otras, la Torá contiene una suma de elementos interiores y exteriores que, aunque a veces parezcan contradictorias, son una sola, única cosa.

Una alegoría de ambos sentidos es la del libro escrito por dentro y por fuera. Y otra, con el mismo significado, es la de la espada de dos filos que sale de la boca.

Una figura que me atrae sobre las otras es la de la Torá como una fuente a la que ningún cántaro podrá jamás agotar. Imagen bella que indica una sabiduría divina cuyos misterios apenas es posible comprender en una muy mínima parte.

Ahora, la Torá dada por Dios a Moisés fue sólo leída por el profeta, ya que Moisés rompió las tablas al comprobar la adoración del pueblo al becerro de oro. Esta Torá era absolutamente espiritual, previa al pecado, entregada a un mundo en que revelación y salvación habrían sido realidades coincidentes. Esta Torá, utópica, provenía del Árbol de la Vida y debió ser reemplazada por otra, derivada del Árbol de la Ciencia, donde el aspecto espiritual abandonó lo escrito menos para el que posee ojos para percibirlo bajo el denso y complejo ropaje externo. Es la Torá histórica, la que llega hasta nosotros, enmascarada para la mayoría y que pocos pueden perforar para conocer sus secretos.

En la catedral de Gerona se conserva un tapiz: una figura geométrica formada por dos círculos concéntricos, en el menor de los cuales está Jesús que sostiene en una mano un libro con la inscripción Sanctus Deu. El libro es la Torá, relacionado, según la Cábala, con la Imagen de Adán, y reservorio de la misteriosa sabiduría. Este Libro, se dice, fue entregado por Dios a Adán a través de un ángel, Raziel, Secreto del Altísimo, y el primer hombre lo conservó mientras permaneció en el Paraíso. Con la expulsión, el Libro desapareció volando. Para que el hombre pueda volver a leerlo, recuperar el secreto perdido, deberá curarse, y entonces otro ángel, Rafael, Curación del Altísimo, se lo devolverá.

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Me detuve bastante, no lo necesario confieso, en la Torá porque me parece un adecuado umbral para este trabajo. Borges siempre tuvo interés en esta concepción judía por el libro y, sobre todo, en el libro venido de Dios, por ello sin error, infinito. En Discusión escribe: Un libro impenetrable a la contingencia, un mecanismo de infinitos propósitos, de variaciones infalibles, de revelaciones que acechan, de superposiciones de luz.

Sin duda, Borges entendió cabalmente la idea cabalística de la Torá como un organismo compuesto por diferentes planos de sentido en su interior. Hay quien compara el libro con una nuez, con cáscara externa, dos envolturas sucesivas y el núcleo. Y, también, vienen a confirmarlo otras frases de cabalistas: En cada palabra brillan muchas luces... luz de la luz inagotable... René Guenón relaciona al libro con el simbolismo del tejido, mezcla de trama y urdimbre, ligazón de lo inmortal con lo que es mortal, trama a la que es necesario penetrar para tener la visión de lo verdadero y lo profundo.

Borges justifica al cabalista: ¿Cómo no interrogarlo (al libro) hasta lo absurdo, hasta lo prolijo numérico, según hizo la cábala?

Este libro de Dios se funde, según Ana María Barrenechea, en una idea posterior del escritor, con el libro de la naturaleza —o libro del mundo, como el Liber Mundi de los rosacruces y el Liber Vitae del Apocalipsis. Esta metáfora tiene su desarrollo en un ensayo, Del culto de los libros, incluido en Otras inquisiciones. Allí Borges cita un texto de León Bloy que no disgustaría a ningún cabalista: La historia es un inmenso texto litúrgico, donde las iotas y los puntos no valen menos que los versículos o capítulos íntegros, pero la importancia de unos y de otros es indeterminable y está profundamente escondida (el subrayado es mío). La figura del mundo como libro tiene una abundante cronología y Borges comenta algunos aspectos de ella, tanto en la concepción musulmana y judía como en la cristiana.

A la noción de un Dios, escribe, que habla con los hombres para ordenarles algo o prohibirles algo, se superpone la del Libro Absoluto, la de una Escritura Sagrada. De inmediato nos dice que, para los musulmanes, el Alcorán (o Al Kitab, El Libro), no es sólo obra divina sino, también, uno de sus atributos. El texto original, La Madre del Libro, está depositado en el Cielo, prosigue. Esta idea o arquetipo, no diferente de la concepción platónica, es invariable, inalterable, permanece sin error ni cambio, por más que los hombres la copien en un libro, lean ese libro y capten su mensaje a través de sus entendimientos.

(Transcribo un resumen de la doctrina de Mohyddin ibn Arabi, citado por Cirlot: El universo es un inmenso libro; los caracteres de este libro están escritos, en principio, con la misma tinta y transcritos en la tabla eterna por la pluma divina... por eso los fenómenos esenciales divinos escondidos en el secreto de los secretos tomaron el nombre de letras trascendentes. Y esas mismas letras trascendentes, es decir, todas las criaturas, después de haber sido virtualmente condensadas en la omnisciencia divina, fueron, por el soplo divino, descendidas a las líneas inferiores, donde dieron lugar al universo manifestado.)

Borges afirma que los judíos fueron más extravagantes que los musulmanes porque llevaron aun más lejos el culto por las letras y las palabras. Y da, entre otros ejemplos, el del Sefer Yetsirah o Libro de la Formación: ...revela que Jehová de los Ejércitos, Dios de Israel y Dios Todopoderoso, creó el universo mediante los números cardinales que van del uno al diez y las veintidós letras del alfabeto... Veintidós letras fundamentales: Dios las dibujó, las grabó, las combinó, las pesó, las permutó, y con ellas produjo todo cuanto es y todo lo que será. Borges concluye este pasaje diciendo: Luego se revela qué letra tiene poder sobre el aire, y cuál sobre el agua, y cuál sobre el fuego... y cómo (por ejemplo) la letra kaf, que tiene poder sobre la vida, sirvió para formar el sol en el mundo, el miércoles en el año y la oreja izquierda en el cuerpo.

Pero, continúa Borges, los cristianos fueron todavía más lejos. El pensamiento de que la divinidad había escrito un libro los movió a imaginar que había escrito dos y que el otro era el universo, afirma, y enseguida trae las ideas de Bacon, Browne, Carlyle y el ya citado Bloy para confirmar la suya.

De Bacon cuenta que, a principios del siglo XVII, declaró que Dios nos ofrece dos libros, para alejarnos del error, uno, las Escrituras, que es revelación de Su voluntad, y, otro, el volumen de las criaturas, revelación de Su poderío, este último llave de aquél. En el Epílogo, Borges corrige esta afirmación: En un ensayo he atribuido a Bacon el pensamiento de que Dios compuso dos libros... Bacon se limitó a repetir un lugar común escolástico... Cosa, me parece, que no varía el asunto. Incluso, Bacon opinaba que el mundo era reducible a formas esenciales que integraban, en cantidad precisa, limitada, una serie de letras con que se escribe el texto universal. En una nota al pie, Borges agrega el nombre de Galileo a la lista y transcribe, entre otras, esta frase suya: La lengua de ese libro es matemática y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas.

De Browne cita unos párrafos, escritos hacia 1642: Dos son los libros en que suelo aprender teología: la Sagrada Escritura y aquel universo y público manuscrito que está patente a todos los ojos. Quienes nunca lo vieron en el primero, lo descubrieron en el otro.

La concepción de la naturaleza como un libro tiene, entre otras múltiples manifestaciones, la suposición muy antigua de las semejanzas entre los órganos del cuerpo humano y de los animales y las formas externas de las plantas. Estas semejanzas eran llamadas signaturas, la naturaleza las había impreso, se creía, en las plantas para señalar sus propiedades y su uso en el tratamiento de las enfermedades.
  
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Ahora, para que estas tres concepciones pudieran darse debió acontecer un hecho fundamental: la aparición de una cultura de la palabra escrita, con el subsiguiente culto de la escritura y, sobre todo, de lo escrito en un libro. No sólo la Biblia, el Corán y la Torá resultan sagrados, también, como bien observa Borges, muchos libros participan de algún modo de esa sacralidad: El Quijote, Hamlet, La Divina Comedia... Borges dice: Un libro, cualquier libro, es para nosotros un objeto sagrado, con lo que extrema ese culto.

La sacralización del libro hubiese sido imposible en la época de la palabra oral. Aun cuando ya había libros, la mente antigua consideraba, según Borges, a la palabra escrita como un sucedáneo de la palabra oral. Y ejemplifica: Pitágoras no escribió, Jesús escribió unas palabras en la arena que el viento borró sin que ningún hombre pudiese leerlas, Clemente de Alejandría prefería hablar a sus discípulos porque lo escrito puede caer en manos malvadas... El proceso opuesto comenzó a darse a fines del siglo IV y llega hasta nosotros, desarrollo que produjo una extraordinaria consecuencia: el concepto del libro como fin, no como instrumento de un fin.

Tuvo que ser un hombre de la nueva época, Mallarmé, el que dijera: El mundo existe para llegar a un libro.
  
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En La flor de Coleridge, texto contenido en Otras inquisiciones, Borges comenta lo que, me parece, es un correlato del Libro y de su Autor. Así como éste fue escrito por el Espíritu, cada libro sería, según Valéry, al que Borges cita en el comienzo de sus páginas, no el fruto de la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor (el subrayado es mío).

En La flor de Coleridge, Borges considera el pensamiento de Valéry y Emerson, en el sentido que todos los libros fueron escritos por un único amanuense, un Espíritu, y la de Shelley, que habla de que hay un solo poema, infinito, del que los poemas resultan fragmentos o episodios, como panteístas; dice que si las evoca es para ejecutar un modesto propósito: la historia de la evolución de una idea a través de textos de tres autores. En el primero y el último párrafo de un texto inmediatamente anterior, La esfera de Pascal, Borges desliza la sospecha de que tal vez la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas o la diversa entonación de algunas metáforas.

Borges asegura, que si fuera válida la doctrina de que todos los autores son uno, que un escritor conozca, o no, a otro es insignificante. Porque para las mentes clásicas, la literatura es lo esencial; así George Moore y James Joyce han incorporado en sus obras, páginas y sentencias ajenas; Oscar Wilde solía revelar argumentos para que otros los ejecutaran... Y nombra a Ben Jonson, otro testigo de la unidad profunda del Verbo, quien se propuso juntar fragmentos de otros en la tarea de formular su testamento literario y los dictámenes propicios o adversos que sus contemporáneos le merecían.

Y deja su confesión: Durante muchos años, yo creí que la casi infinita literatura estaba en un hombre. Ese hombre fue Carlyle, fue Johannes Becher, fue Whitman, fue Rafael Cansinos Assens, fue De Quincey.

Fue precisamente Carlyle quien, en 1883, sostiene Borges en Magias parciales del Quijote, aseguró que la historia universal es un infinito libro sagrado que todos los hombres escriben y leen y tratan de entender, y en el que también los escriben. Cosa ésta que domina muchos pasajes de la obra borgiana, muchas veces recurriendo a citas como la de Stevenson en El pseudoproblema de Ugolino: los personajes de un libro son puras creaciones literarias, para luego advertir que también los seres reales son sartas de palabras.

La idea del mundo como escritura sufre, en el relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, contenido en Ficciones, una modificación sustancial. Las lecturas gnósticas impactan en el pensamiento de Borges y en estas páginas aparece el mundo como resultado de la escritura de un dios inferior destinada a la comunicación con el demonio. Además, surge la angustia, dice Ana María Barrenechea, de no entender el mensaje celeste —la autora cita: ...el universo es comparable a esas criptografías en las que no valen todos los símbolos y que sólo es verdad lo que sucede cada trescientas noches.

En este mundo, en el libro del mundo, están vivos y muertos, los personajes que el arte y la literatura crearon: Aquiles, Peer Gynt, Robinson Crusoe, el Barón de Charlus, Alejandro, Atila... Muchos y diversos, o acaso uno solo: Todos los hombres, en el vertiginoso instante del coito, son el mismo hombre; todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare, son William Shakespeare; una nota al pie de página en La flor de Coleridge, recurre al panteísta Angelus Silesius: ...todos los bienaventurados son uno y todo cristiano debe ser Cristo.

Fuente : Letralia

 

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