La nuestra es una época de groserías llanas. Nos domina la literalidad y la falta de ingenio. El vaso en la cara de un ensayo de Borges.
Betina González
26/11/2025
Hace rato que investigo el insulto. Las palabrotas siempre revelan algo de la sociedad que las inventa: cómo herir con palabras nunca es algo menor, así como tampoco lo son las formas del elogio. Claro que hubo épocas mejores que las nuestras en el arte de insultar: en el refinamiento del término elegido se revelaba la calidad del ofensor. Borges tiene un ensayo precioso llamado “El arte de injuriar” en el que piensa que las imprecaciones y “malas palabras” tienen su raíz en la magia: al proferir una palabrota, de alguna manera, no solo neutralizamos las malas energías provenientes de esa persona (o de ese objeto con el que, por ejemplo, acabamos de golpearnos), también convertimos a esa molestia en otra cosa.
En esta teoría, decirle “idiota” a alguien no sería solo describirlo como a una persona que vive para sí misma y no se entera de nada de la cosa pública (tal era la etimología griega de esa palabra), también sería transformarla en eso: por arte de magia (lingüística) ese sujeto de golpe se volvería incapaz de entender. Un hechizo, sí.
Siguiendo la línea de que el insulto puede ser un arte, el español tiene verdaderas maravillas que hoy están en desuso. Mi favoritas: son “pelafustán”, que describe a un pobre tipo (un paria, un pelagatos, un mediocre, un insignificante), petimetre (un presumido) y pusilánime (alguien con falta de valor para tomar decisiones). Esta última, además, agrega en su sonoridad una especie de golpe de efecto. Creo que voy a empezar a usarla, a ver si me vuelvo trendsetter en cuanto a modos realmente significativos de insultar.
Porque la nuestra es una época de groserías llanas. Nos domina la literalidad y la falta de ingenio. Desde los presidentes a los funcionarios menores, vemos cómo la grosería está a la orden del día. ¿Un país, una empresa, una comunidad se pueden manejar con la lógica de una cancha de fútbol o una contienda con exceso de testosterona? Parece que sí.
Estoy leyendo un libro que trata de explicar esto. Se llama Maleducados y su autora, Renata Salecl (una socióloga eslovena), tiene varias hipótesis al respecto: la mercantilización en los intercambios sociales (en especial, en redes) que en la ideología neoliberal siempre deben servir para algo (o sea, para avanzar económicamente), la ética de la crueldad (en la TV, en los streamings, en el trabajo) que implica pasarles por encima a los más débiles y la apatía están llevando al triunfo de los psicópatas. Manipuladores, maestros de la insidia y de la creación del caos, gobiernan (y hacen negocios) dividiendo. En este panorama, el insulto es solo el primer escalón: le siguen la violencia física, la guerra.
Frente a este pronóstico conviene recordar que esa escalada comienza en las palabras. En ese ensayo de Borges, un hombre, impotente ante el ingenio verbal del otro, le arroja un vaso a la cara. El agredido se limpia con calma y responde. “Esa es una digresión, ahora espero su argumento”. Contrario a lo que se cree, no es poder lo que hay en un golpe. También la impotencia de los líderes se mide por su recurso a la violencia.
Fuente: Clarin
https://www.clarin.com/opinion/arte-insultar_0_kj0l6qibn9.html

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