domingo, 7 de noviembre de 2010

Angelus Silesius, la sombra luminosa de Jorge Luis Borges



En uno de sus cuentos más reveladores, "El acercamiento a Almostásim", Jorge Luis Borges narra a modo de novela policial un largo itinerario interior y exterior, en la India, que termina a las puertas del enigmático Almostásim, cuya voz "increíble" escucha en el recinto a donde se encamina cuando el relato termina.

Queda a las puertas viendo -suponemos- con ojos que no son los de la cara que desde adentro quizá Angelus Silesius lo anima a entrar con gesto imposible.

En la antigüedad, el que no estaba calificado no podía entrar al templo, era "profano", que es el significado etimológico de la palabra: "delante del templo".

Borges reconoce con humildad su condición profana y, como lo aclara desde el título, no alcanza a Almostásim, sino solo se acerca a él y a escuchar su voz, en la que no puede creer. Es una de las cosas, según una expresión que tantas veces usó, que "no me fue dada".

Angelus Silesius es nombrado muchas veces por Borges con admiración, nunca con crítica. Hasta su sobrenombre de Ángel de Silesia le parece "extrañamente poético, real".



El Borges agnóstico, conservador, "antipopular", "gorila" y hasta "anarquista", el Borges que leía autores raros o extraños para tomar ideas para sus obras, el Borges sinuoso y laberíntico que no podía creer pero que tampoco alcanzaba a saber como quería, llevaba en sí una búsqueda que era interminable como se la planteó, pero reconocía que Angelus Silesius era uno de los que estaba en el fin del camino, quizá de los pocos elegidos que admiró sin reservas, uno de los pocos ante los que dejó caer a medias su coraza agnóstica.

Borges tomó como divisa de toda la poesía aquella de Angelus: "La rosa es sin porqué, florece porque florece, no presta atención a ella misma, no se pregunta si uno la ve". (Die Rose ist ohne warum; Sie blühet weil Sie blühet...'). Dice en alguna parte que él afirma lo contrario, que es imprescindible "una tenaz conspiración de porqués" para que la rosa sea rosa.

Pero que la rosa exista con causa o sin ella no es cuestión de la rosa sino del ojo que la mira. Finalmente, el "panteísmo" de Angelus insistiría en que la rosa y el ojo no son sino dos aspectos ocasionales de la unidad esencial de todo lo existente.

"Desprenderse vuelve al hombre capaz de Dios; pero desprenderse de Dios mismo es un desprenderse que pocos hombres alcanzan", escribió Angelus. Borges intentó el desprendimiento y a veces pareció haberlo alcanzado. Pero solo pudo mirar a distancia el "desprendimiento del desprendimiento", aquel que pocos alcanzan.




Si de los dioses se pudo decir que son la luz del mundo, no hay luz sino por la oscuridad que la envuelve y de la que ella brota; ni vibra ningún sonido si no es sobre el fondo del silencio que lo contiene y es anterior a él, ni hay espacio sin el vacío del que surge, ni tiempo sin la eternidad que lo sostiene.

Por eso el negro, la oscuridad, como símbolo, no es solo la negación de la luz, es lo que la contiene, lo que está antes que ella, aquello de que la luz proviene, la sombra luminosa que prestó su brillo a Borges, aquel interior donde sonaba la voz increíble de Almostásim.

El color blanco, tradicionalmente, es el color de la luz y de todo lo fenoménico que ella permite reconocer. Pero el negro es el símbolo de aquello de que dependen los fenómenos, de lo que éstos toman su existencia y sin lo cual serían imposibles. Es asimilable a una sombra, pero luminosa porque no es una mera nada sino por el contrario es la plenitud absoluta.



Aquí blanco y negro simbolizan dos estados diferentes: el de los fenómenos o manifestado (blanco) y el "no manifestado" o negro. Pero dentro del orden cósmico se puede aplicar la misma simbología.

Las mitades blanca y negra del círculo taoísta, que se interpenetran separadas por una línea sinuosa, representan el yin y el yang, constitutivos de toda la realidad de los fenómenos. Y aunque parezca distante, el mismo sentido tienen las 32 casillas negras y las 32 blancas del tablero de ajedrez.

Durante toda la vida creadora de Borges, Silesius estuvo presente. En el "Otro poema de los dones" le agradece "las místicas monedas". Confiesa en su poesía "Al idioma alemán", ya anciano, que sus noches estuvieron llenas de Virgilio, de Hölderlin y de Angelus Silesius.

Sin dudas Borges no acierta cuando considera a Silesius "un epigramatista del panteísmo", pero las dificultades para expresar lo casi inexpresable se unen aquí a las de comprender lo que un agnóstico de antemano no entenderá. Expositores de la obra de Silesius hablan de un "extraño panteísmo". Advierten en sus poemas la presencia de lo sagrado en todas las cosas, la inmanencia, pero no pueden advertir la trascendencia, que no obstante, una vez vista, es completamente evidente.

Si bien muchas proposiciones del poeta alemán pueden interpretarse como panteístas, otras que no las contradicen de ningún modo lo son: "Dios es pura nada, ni espacio, ni tiempo. Y cuanto más se trata de asirlo, más pronto desaparece". Esta "nada" inasible que supera al tiempo y al espacio y sin duda también a la causalidad (la rosa es sin porqué, sin causa) no puede confundirse con el mundo, lo que sería necesario si de panteísmo se tratara.

Instruido por Silesius, Borges no quiere tocar la belleza, explicarla. "La rosa es sin porqué (...) la sentencia del místico nos advierte la posible profanación que encierra todo análisis de lo bello". (El análisis llevaría indefectiblemente a tratar de encontrarle un "porqué" a la rosa).

Silesius se llamaba Johannes Scheffler. Nació en Breslau de una familia de origen polaco en el siglo diecisiete; fue médico, teólogo y poeta. Fue luterano, se convirtió al catolicismo, fue sacerdote. Murió a los 52 años en extrema pobreza. Sin dudas, como Borges vio atraído por él, no le preocupó la pobreza ni la muerte.

Había pasado al fin de sus días a un estado que el hindú Shankara, en el siglo nueve, describe así: "A veces con sus miembros como única vestimenta (desnudo), a veces vestido con una espléndida capa, o a veces con una simple piel de león para ceñirle los costados; pero siempre con la conciencia despierta y vigilante, radiante por la beatitud que brota directamente del corazón del Perfecto, el sabio, cuya ignorancia se ha disuelto, ya no sucumbe a la ilusión". ( Del "Océano de beatitud del liberado en vida").

Al final de su obra más conocida, Angelus Silesius puso dos versos que Borges cita a menudo, traducidos del alemán por él y por Bioy Casares: "Ya basta amigo. Si quieres seguir leyendo, transfórmate tú mismo en el libro y en la doctrina".

Este transformarse en la doctrina es transformarse en la Verdad advertida directamente, sin mediación de libro alguno. Como esa Verdad es otro nombre del infinito, equivale a la recomendación taoista: "Descubre el infinito y piérdete en él". Es disipar la ilusión -misión de la doctrina- mediante el conocimiento puro, representado por el libro. Es el estado en que ni la pobreza ni la muerte importan, aquel en que da lo mismo ir desnudo o vestido espléndidamente. Es el estado que Borges entrevió en Almostásim.


Al idioma alemán

Mi destino es la lengua castellana,
El bronce de Francisco de Quevedo,
Pero en la lenta noche caminada,
Me exaltan otras músicas más íntimas.
Alguna me fue dada por la sangre-
Oh voz de Shakespeare y de la Escritura-,
Otras por el azar, que es dadivoso,
Pero a ti, dulce lengua de Alemania,
Te he elegido y buscado, solitario.
A través de vigilias y gramáticas,
De la jungla de las declinaciones,
Del diccionario, que no acierta nunca
Con el matiz preciso, fui acercándome.
Mis noches están llenas de Virgilio,
Dije una vez; también pude haber dicho
de Hölderlin y de Angelus Silesius.
Heine me dio sus altos ruiseñores;
Goethe, la suerte de un amor tardío,
A la vez indulgente y mercenario;
Keller, la rosa que una mano deja
En la mano de un muerto que la amaba
Y que nunca sabrá si es blanca o roja.
Tú, lengua de Alemania, eres tu obra
Capital: el amor entrelazado
de las voces compuestas, las vocales
Abiertas, los sonidos que permiten
El estudioso hexámetro del griego
Y tu rumor de selvas y de noches.
Te tuve alguna vez. Hoy, en la linde
De los años cansados, te diviso
Lejana como el álgebra y la luna.

Jorge Luis Borges

Fuente :
Fortunato Calderón Correa.
De la Redacción de AIM.
31-10-2010

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