domingo, 17 de julio de 2011

El Dios de Borges


Escribir sobre Jorge Luis Borges es internarse en toda una literatura. Como señala Stelio Cro, “así como en Virgilio está Homero, y en Dante está Virgilio, en Borges está toda la literatura, de Homero a Joyce”. Intentamos este artículo con la intención de contribuir modestamente al diálogo fe-cultura. Como es lógico pensar, el tema no queda aquí exhaustivamente tratado, aunque quizá no falten las líneas principales.

En los primeros poemas la realidad de Dios aparece afirmada pacíficamente. En “Amanecer”, el poeta recorre las calles del Sur de su ciudad natal. Reflexiona sobre el mundo como sueño. Será el amanecer lo que rescata nuevamente el mundo y suspende el silencio. En el caso de que todo sea un sueño, el alba hará que todas las cosas peligren en su ser, y dirá:

“Hora en que el sueño pertinaz de la vida

corre el peligro de quebranto,

hora en que le sería fácil a Dios

matar del todo su obra”.

También en la poesía “Benarés”, Borges emprende el tema de la persistencia de esa ciudad en un lugar predestinado del mundo. En ella:

“Juntamente amanece

en todas las persianas que miran al oriente

y la voz de un almuédano

apesadumbra desde su alta torre

el aire de este día

y anuncia a la ciudad de los muchos dioses

la soledad de Dios”.

En “Versos de catorce” el poeta canta a su ciudad natal. La gratitud de sus rincones y patios, plazas y calles, son la trama del poema. Sus últimos versos son de gratitud a Dios:

“Así voy devolviéndole a Dios unos centavos

del caudal infinito que me pone en las manos”.

También otras poesías del primer período como “Remordimiento por cualquier muerte” de Fervor y “El General Quiroga va en coche al muere” de Luna de Enfrente (1925), acusan la presencia del nombre de Dios.

‘Una vindicación del falso Basílides’

Se nota ya un notable cambio en la consideración de Dios. En este ensayo de 1932, el autor explica la doctrina gnóstica de Basílides. En un pasaje clave de su reflexión nos dice:

“No nuestro mal, sino nuestra central insignificancia es predicada en ellas. Como en los caudalosos ponientes de la llanura, el cielo es apasionado y monumental y la tierra es pobre… Admirable idea: el mundo imaginado como un proceso esencialmente fútil, como un reflejo lateral y perdido de viejos episodios celestes. La creación como hecho casual”.

Borges continúa diciendo que en los primeros siglos del cristianismo, los gnósticos representaron un fuerte peligro para la reflexión católica naciente.

“De haber triunfado Alejandría y no Roma, las estrambóticas y turbias que he resumido aquí serían coherentes, majestuosas y cotidianas… En todo caso, ¿qué mejor don que ser insignificantes podemos esperar, qué mayor gloria para un Dios que la de ser absuelto del mundo?”

La imagen de un Dios sereno porque absuelto del mundo, manifiesta una convicción de Borges: es posible postular un Ser Supremo, a condición de que permanezca incontaminado, lejano a la suerte de los hombres.

La poesía “La moneda de hierro” confirma lo dicho. El poema trata de la pregunta que se le puede formular a las dos caras de una moneda, y al final expresa:

“De hierro las dos caras labran un solo eco.

Tus manos y tu lengua son testigos infieles.

Dios es el inasible centro de la sortija.

No exalta ni condena. Obra mejor: olvida”.

En una oportunidad declaró: “Tengo interés por el problema de Dios, es cierto, a tal punto que he pensado en un libro sobre Buda… Me parece una inmoralidad que haya gente que piense que Dios está preocupado por sus vidas, porque se pone en evidencia un concepto pobre de Dios, que no creo que se meta en problemas menores como los nuestros”.

Fórmulas panteísticas

En el ensayo “El enigma de Edward Fitzgerald” se nos presenta el destino de un poeta persa del siglo XI llamado Umar ben Ibrahim. Junto a tres amigos, se prometen que si la fortuna le sonríe a cualquiera de ellos, no se olvidaría de favorecer a los otros. Así fue que uno llegó a ser visir. Favoreció a Umar, quien recibió una buena suma por año y se dedicó al estudio de las matemáticas, astronomía y también al arte literaria. Umar “es ateo, pero sabe interpretar de un modo ortodoxo los más arduos pasajes del Alcorán, porque todo hombre culto es un teólogo, y para serlo no es indispensable la fe”.

Umar muere. Siete siglos más tarde, en Inglaterra nace Fitzgerald, quien también se dedica a la literatura. Lee composiciones de Umar. Y a partir de ello “un milagro acontece: de la fortuita conjunción de un astrónomo persa que condescendió a la poesía, de un inglés excéntrico que recorre, tal vez, sin entenderlo todo, libros orientales e hispánicos, surge un extraordinario poeta, que no se parece a los dos”.

¿Cómo se entiende esto? Borges pone varias soluciones: quizá el alma de Umar se hospedó en la de Fitzgerald, o tal vez, haciendo recurso al panteísmo “el inglés pudo recrear al persa, porque ambos eran, esencialmente, Dios o caras momentáneas de Dios”.

En otro escrito “De Alguien a Nadie”, Borges evidencia una visión panteísta. El escrito comienza analizando la palabra “Elohim” y otros términos con connotaciones antropomórficas. Afirma que el sujeto de dichas locuciones debe ser innegablemente Alguien. Pero su naturaleza escapa a la razón humana:

“Ningún predicado afirmativo conviene a Dios. Nada se debe afirmar de Él. Todo puede negarse”.

Dicha naturaleza divina es inimaginable, al punto que -siguiendo en esto las ideas de Schopenhauer- la única teología verdadera es aquella que de suyo “no tiene contenido”. Dado que la realidad de Dios excede todos los atributos que el hombre pueda pensar, cita el pensamiento de Juan Escoto Erígena:

“Juan el Irlandés, para definirlo acude a la palabra Nihilum, que es la nada; Dios es la nada primordial de la creatio ex nihilo, el abismo en el que se engendraron los arquetipos y luego los seres concretos. Es Nada y Nada; quienes lo concibieron así obraron con el sentimiento de lo que ello es más que ser un Quién o un Qué. Análogamente, Samkara enseña que los hombres en el sueño profundo, son el universo, son Dios”.

En esta visión panteísta de Borges, Dios no puede, obviamente, ser de modo personal: “Lo que me cuesta a mí más, me ha resultado imposible, hasta ahora, aunque a la edad de 81 años puede suceder cualquier cosa, lo que me cuesta creer es en un Dios personal. Más coherente me resulta el panteísmo en el que todo es Dios, o como decía Bernard Shaw: God is in the making, o sea, Dios está haciéndose”.

Postulando un ser supremo: El Golem

Por su narrativa “El Golem” se parece a un cuento, pero es un extenso poema. ¿Tratará de un Dios realmente existente, o una simple metáfora? ¿Un Dios distinto del mundo o no?

Las cuatro primeras estrofas sirven de introducción, ubicando allí mismo un problema: la existencia y pérdida de un Nombre clave, que las estrofas siguientes tratarán de buscar.

“Si (como el griego afirma en el Cratilo)

El nombre es arquetipo de la cosa,

En las letras de rosa está la rosa

y todo el Nilo en la palabra Nilo.

Y, hecho de consonantes y vocales,

Habrá un terrible Nombre, que la esencia

Cifre de Dios y que la Omnipotencia

guarde en letras y sílabas cabales”.

La tercera estrofa continúa la temática de la búsqueda de esa palabra clave:

“Adán y las estrellas lo supieron

En el Jardín. La herrumbre del pecado

(Dicen los cabalistas) lo ha borrado

Y las generaciones lo perdieron”.

En la quinta estrofa se nos presenta el personaje principal:

No a la manera de otras que una vaga

Sombra insinúan en la vaga historia,

Aún está verde y viva la memoria

De Judá León, que era rabino en Praga”.

La narración de la leyenda ocupará la mayor parte del poema, extendiéndose desde las estrofas sexta a la decimoséptima. Queda así justificado el título del poema que trata de la creación del Golem.

El primer verso de la siguiente estrofa nos habla del rabí como émulo de Dios, porque procura un conocimiento que es propio de Dios: el del secreto de la creación.

“Sediento de saber lo que Dios sabe,

Judá León se dio a permutaciones

De letras y a complejas variaciones

y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

La Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,

Sobre un muñeco que con torpes manos

Labró, para enseñarle los arcanos

De las Letras, del Tiempo y del Espacio”.

Judá León muy probablemente hiciera referencia a Yehuda Ben Betzalel Lowe, rabino en Praga en el siglo XVII. Una de las ideas fuerzas de la Cábala es la del poder creador de las letras, que combinadas, pueden dar la palabra clave y milagrosa.

La estrofa siguiente toca el tema de los años de educación del Golem, obra de arte del rabino:

“El rabí le explicaba el Universo

‘Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga’

Y logró, al cabo de años, que el perverso

Barriera bien o mal la sinagoga”.

Finalmente, el rabí mira al Golem -obra fracasada- con ojos de angustia y realiza una pregunta:

“En la hora de angustia y de voz vaga,

En su Golem los ojos detenía.

¿Quién nos dirá las cosas que sentía

Dios, al mirar a su rabino en Praga?”

Así termina la composición. En una entrevista, el mismo Borges da la interpretación:

“En El Golem el rabino fabrica el Golem y lo ve como muy deficiente y al mismo tiempo se sugiere que Dios lo ve como deficiente. Es decir, que ‘El Golem’ es al Rabino lo que el rabino es a Dios, o si se quiere, ampliando esta metáfora, que la obra de arte es al poeta lo que el poeta es a la divinidad”.

Con dejo harto pesimista, el agnóstico Borges reconoce un Dios -Ser Superior existente, distinto de su creación- como autor de la deficiente creatura humana. “El Golem” es un poema significativo, pues expresa a nuestro autor acabadamente.

‘Poema de los dones’

Se enumeran aquí los dones paradojales que, ya casi ciego, Borges ha recibido. Y entre los dones paradojales, está la biblioteca:

“Nadie rebaje a lágrima o reproche

Esta declaración de la maestría

De Dios, que con magnífica ironía

Me dio a la vez los libros y la noche”.

La mención a la ironía de Dios nos inducirá a pensar en Él como el dueño de los dones que distribuye según su voluntad. “La noche” es clara alusión a su ceguera.

En la séptima estrofa, piensa ya en otro director de la Biblioteca Nacional amigo suyo, Paul Groussac, que padeció también de ceguera. ¿Quién rige todo esto? Algo más que el puro azar:

“Algo, que ciertamente no se nombra

Con la palabra azar, rige estas cosas;

Otro ya recibió en otras borrosas

Tardes los muchos libros y la sombra”.

Nuestro autor comenta de este modo su composición:

“Imaginé autor del poema a Groussac, porque Groussac fue también director de la Biblioteca y también ciego. Groussac fue más valiente que yo; guardó silencio… los dos éramos hombres de letras y recorríamos la Biblioteca de libros vedados. Casi podríamos decir, para nuestros ojos oscuros, de libros en blanco, de libros sin letras. Escribí sobre la ironía de Dios y al fin me pregunté cuál de los dos había escrito ese poema de un yo plural y de una sola sombra…”.

Hacia 1977 escribirá en tono confesional:

“…Yo temo ahora que el espejo encierre

El verdadero rostro de mi alma,

Lastimada de sombras y de culpas,

El que Dios ve y acaso ven los hombres”.

Cabría mencionar también el “Argumentum Ornithologicum”, que es un intento probatorio de la existencia de Dios, a quien lo indefinido no le sea desconocido, porque Alguien debe llevar la cuenta del número de pájaros que existen:

“Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos; no sé cuantos pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número? El problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es inconcebible; ergo, Dios existe”.

Se ve aquí un esfuerzo por probar que Dios existe. Así lo expresa Pol: “El entretejido de la imaginación y la razón, conduciendo con lógica a la verificación que no conmueve ni compromete. Dios existe”.

Conclusión

Borges se ha convertido en cifra de un modo de ser y leer la cultura contemporánea. Es un clásico contemporáneo, patrimonio universal de la literatura, y -recurriendo a una metáfora con la que me siento a gusto- es un meticuloso orfebre de la palabra.

El tema de Dios no conoce en su obra una sistematización. La pregunta, la duda, la perplejidad, son como la trama de su tejido intelectual.

Una lectura complexiva, atenta a la globalidad del corpus borgeano, nos permite afirmar que Borges no es ateo. No está seguro de que Dios no exista. Más aún, vive preocupado por una Realidad que trascienda al cosmos, a la conciencia humana y al tiempo.

Borges es a pleno título un agnóstico. Limita su inteligencia a la experiencia de los hechos y es refractario al saber metafísico. Postula la existencia de un ser trascendente que no puede revelarse y del que muy poco puede predicarse.

Los poemas de juventud no denuncian un cuestionamiento a la realidad de Dios. En cambio, “Una vindicación del falso Basílides” presenta la imagen de un Dios ausente del mundo, extraño al hombre. Si la creación es un hecho casual, también el hombre lo es.

El Dios en el que Borges habría creído es como el de Spinoza. Si fuertes matices panteístas colorean la producción borgeana, es obvio que la idea de Dios y su relación con el hombre conoce una visión fragmentaria y parcial. Descree del Dios cristiano al carecer de fe sobrenatural.

Borges, buscador incesante, agnóstico declarado, no cree en un Dios personal. Quizá su principal mérito en este tema sea el haber buscado intensamente, repensando a filósofos y teólogos, para encontrar una salida a ese laberinto. Prueba de ello es su “Argumentum Ornithologicum”. Borges vislumbra que Dios es realidad misteriosa, pero no Misterio Santo.

Fuente Revista Criterio Nº 2191
García, José Juan
Marzo 1997

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