lunes, 16 de julio de 2012


El enigma de Shakespeare

Conferencia de Borges en el Hotel Hilton - Washington 1976


Jan Kott es autor de dos libros clásicos sobre el teatro isabelino: Apuntes sobre Shakespeare y El manjar de los dioses.

En este artículo, tomado de The Theatre of Essence, convoca a Jorge Luis Borges quien en la segunda convención mundial de shakespeareólogos, en 1976, resolvió el misterio de Shakespeare.

El hotel Hilton estaba lleno de shakespeareólogos. Había cerca de mil en su segunda convención mundial celebrada en Washington en abril de 1976. Unas edecanes jóvenes repartían, en un amplio loby, etiquetas con el nombre, el grado académico, y la institución de los participantes, de tal suerte que todos pudieran reconocerse. En las galerías que rodeaban al lo el y se exhibían publicaciones sobre Shakespeare. Entre ellas estaban las nuevas concordancias shakespeareanas que contenían las 22,000 palabras de su vocabulario computarizado y ubicado en su contexto. Habla también anuncios de los nuevos trabajos de referencia y de los actualizados, para los cuales las incasables computadoras habían reunido y ordenado las acotaciones de Shakespeare y, por separado, todos los signos de puntuación comprendiendo hasta la última coma, así como el conteo de la frecuencia y el posible listado que iba desde signos de exclamación hasta signos de interrogación. La shakespeareología no sólo se alimenta de Shakespeare, sino de si misma. Hay más de dos mil profesorados sobre Shakespear sólo en los Estados Unidos, y cerca de mil en el resto del mundo. Y cada año hay cerca de trescientas nuevas tesis de doctorado sobre Shakespeare: hay una nueva cada día del año excluyendo los días de las celebraciones judías y cristianas, los sábados y los domingos.

La convención anterior en torno a Shakespeare se llevó a cabo en Vancouver en 1971. Fue de algún modo una sorpresa placentera, todavía no aterradora, que hubiera tantos especialistas en Shakespeare en el mundo. Vancouver está más cerca de Kyoto que de Stratford y, después de la delegación estadounidenses, la japonesa fue la más numerosa. Los participantes se hospedaron en pequeñas casas con extraños nombres indios entre los jardines de rosas de la Columbia Británica. El Congreso de Vancouver estuvo iluminado por la triste sonrisa de Grigori Kozintsev, el director escénico ruso (lo vi ahí por última vez; moriría dos años más tarde). Cierta noche hablamos de Vsevold Meyerhold caminando en los jardines. Kosintsev fue uno de los pocos alumnos y amigos de Meyerhold que logró sobrevivir a todas las purgas. "Aquel tiempo con Meyerhold", evocó, "...esos fueron los únicos años de felicidad, quizá dos años, quizá tres, y después todo fue desesperación". Kosintsev trajo a este congreso su Rey Lear cuya acción ocurre en las estepas rusas.

Washington es hermoso en la primavera, blanco y rosa en los árboles de cerezos que florecen. Pero la fragancia de los jardines de cerezos no llegó al Hilton. El Congreso se llevó a cabo con la rigidez de hierro de todas 1as convenciones en Estados Unidos (en el mismo Hilton, unas cuantas semanas antes, se desarrolló una convención de Las Hijas de la Revolución Norteamericana y, pocos días después, una reunión de cuáqueros de todas partes del mundo). Durante esos cinco días, que fueron divididos en reuniones plenarias, secciones, subsecciones, y seminarios, los participantes de la convención se detenían únicamente para beber café como si fueran viajeros temerosos de perder el tren en una estación, y corrían con los portafolios repletos de pilas de documentos académicos, hacia uno de los seis salones donde los especialistas en Shakespeare conferenciaban sobre Shakespeare de manera incesante y simultánea para sus colegas. Hacia atrás y hacia adelante en tomo a Shakespeare, desde el análisis textual tradicional hasta las últimas novedades hermenéuticas. Había seminarios sobre la interpretación existencialista de Shakespeare y sobre el Shakespeare marxista. Durante el último seminario, repleto principalmente de académicos de Alemania Oriental, tuve la impresión momentánea de que el tiempo se había detenido y que, como quince años atrás, escuchaba la misma voz repitiendo una y otra vez: "Shakespeare era progresista y no era progresista...".

También hubo recepciones formales; nos llevaron al Departamento de Estado en veinte autobuses. Y fiestas privadas. Una la ofreció una distinguida dama de Washington en su rancho con vista al Potomac. Era el cumpleaños de Shakespeare. Asaron carne sobre unas parrillas, y hacia el final de la noche cada uno de nosotros recibió un souvenir: un sombrero grande de cowboy la dama era de Texas.

Pero el momento estelar del Congreso, el día de su clausura, fue una conferencia de Jorge Luis Borges. Había venido especialmente para dirigirse a la convención. El salón más grande del Hilton se llenó totalmente una hora antes de que la conferencia empezara. Sólo las primeras cuatro filas de sillas permanecieron vacías. Unos niños escolares las custodiaban de modo que ningún huésped sin invitación pudiera sentarse en ellas. Sin embargo, cuando finalmente ninguno de los invitados oficiales apareció, los escolares ocuparon los asientos.

Dos hombres ayudaron a Borges a llegar al estrado. Caminaron a lo largo del escenario muy lentamente, agarrando sus brazos. Finalmente lo situaron frente al micrófono. Todos se levantaron en el salón; la ovación duró minutos. Borges no se movió. Por fin las palmadas se detuvieron. Borges empezó a mover sus labios. Sólo se escuchó un vago ruido enérgico en los altavoces. De esa monótona vibración uno solo podía distinguir con grandes trabajos una sola palabra que se mantuvo regresando como el reiterado lamento de un barco lejano, hundiéndose en el mar "Shakespeare, Shakespeare, Shakespeare...".

El micrófono estaba muy arriba. Pero nadie en el salón tuvo la valentía de subirse y ponerlo más abajo, frente al anciano escritor ciego. Borges habló durante una hora, y durante una hora sólo esa palabra repetida Shakespeare podía llegar a sus oyentes. Nadie se levantó ni salió de la sala en el transcurso de esa hora. Después de que Borges terminó, todos se levantaron y parecía que la ovación final no terminaría nunca.

La conferencia de Borges se titulaba: "El enigma de Shakespeare". Como el orador en Las sillas, de Eugene Ionesco, Borges fue convocado para resolver el enigma. Y como el orador de Las sillas, que únicamente podía emitir sonidos incomprensibles de su garganta, Borges resolvió el enigma: "Shakespeare, Shakespeare, Shakespeare...".

Traducción de David Olguín

 Fuente : NEXOS EN LINEA
El enigma de Shakespeare
Jan Kott
01/02/1993

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