sábado, 10 de marzo de 2012

Una ausencia argentina: veinticinco años sin Borges



Apología

Se lo extraña. Desde muchas de sus polifacéticas máscaras: Borges el genial. Borges el controversial, el incorregible (calificativo con el que nos definió de una vez y para siempre a los peronistas). Borges el inigualable, el memorioso, el erudito. Borges el humorista, Borges el Nobel que no fue.

Se lo extraña -permítanme un anacronismo- en su argentinidad. Él, el más universal y cosmopolita, el reservorio de todas las memorias civilizatorias reales, legendarias o de propio cuño, y, sin embargo él también, el hacedor de mitologías rioplatenses, el espejador de laberintos ontológicos pampeanos, el milongueador de barrios fundacionales, el fabricante de cuchilleros orillando el ocaso porteño.

¡Cuánto y cómo se lo extraña! Poseedor de una inteligencia superior, de una memoria inagotable y de una personalidad a la vez revolucionaria y conservadora, cínica e introvertida, tímida y juguetona, perdidas -¿para siempre?- entre tanta frivolidad de... “nada... ¿viste?”, tanto jueguito rapidito y al pie, tanto apóstrofe de palabras que jamás se pronuncian ni se escuchan.

Pero, ¿cómo no se lo va a extrañar con lo que hay que ver y leer en los tiempos que corren?

Cómo no se lo va extrañar con tanta viuda que no es y tanto crimen imperceptible que va derecho al cine...

Cómo no se lo va a extrañar si se lo compara con algunos de los Nobel otorgados luego de su muerte y de muestra van dos botones para no pecar de parcial: la inglesa Doris Lessing y el peruano Vargas Llosa. Dos hacedores menores de narración menor. Dos que no han escrito una sola palabra imprescindible y casi ninguna necesaria. Dos avenidos a demanda del negocio editorial. La feminista Lessing y sus relatos olvidables. El latinoamericano de la anécdota facilista, transformado en la última década, además, en vocero oficial de la nueva derecha mundial. Cómo se hubiera reído Borges que, por supuesto, no habría leído una línea de ninguno de los dos.

Cómo no se lo va a extrañar entre tanta falacia literaria, tanta procacidad gratuita, tanta mentira para vivir y morir mejor. Justo a él, que cuidaba el lenguaje como un tesoro; que ponía en juego su pensamiento metafísico más profundo en cada frase, en cada acción descripta, en cada concepción de personaje. Justo a él, que amasaba imágenes con la constancia de las embarazadas para que cada una fuera una parición original, singular, intemporal. Porque Borges condenaba su escritura a la pena “de la eternidad, de lo perdurable, de lo imprescindible... con el asombro que las cosas elementales dejan...”.

Pero... ay, ay, ay... por diestra o por siniestra, las góndolas y las estanterías reclaman estupidización generalizada.

Perspectiva

En Borges conviven las tradiciones históricas y literarias, que empezó a conocer desde la infancia, y una profunda mirada metafísica acerca de la condición humana.

Él crea un universo plagado de incógnitas, en el cual los aspectos más sublimes o más horrorosos (sin caer nunca en el clásico pensamiento binario del bien y el mal o la vida y la muerte) de tal condición sólo quedan expuestos para que el lector se haga cargo de ellos.

Remiso siempre a plantear soluciones a sus enigmas, lo que queda, después de su lectura, es un cúmulo de preguntas cuyas respuestas los hombres buscamos desde nuestros orígenes.

La eternidad, la finitud, los dioses, el absoluto, los deberes, el tiempo y el destino son sus recurrencias habituales, tanto en la poesía como en los relatos, en los pequeños escritos sobre otros artistas o personajes reales o imaginarios o en los ensayos.

Algo lo caracteriza especialmente: Borges no tuvo formación universitaria; no fue investigador o estudioso académico de ninguna materia en particular. Lo que hace que su cosmos poblado de figuras históricas o míticas tenga un doble valor, en tanto no es utilizado como muestra de erudición académica en materias tan diversas como la física y la ontología, o las matemáticas y la historia, sino porque le sirven para expresar aquéllos, sus temas centrales. Ser un erudito sin hacer ostentación de ello parecería haber sido un desafío que Borges cuidó especialmente: la información, los datos o los personajes extraídos de la memoria histórica o de su propia imaginación nunca lucen inútiles o puestos, porque es necesario demostrar que se los conoce (al estilo de Umberto Eco que, por deformación profesional, parece haberse propuesto demostrarnos en cada texto su erudición y su sabiduría, lograda en años de estudio e investigación universitarios). Borges nunca cae en eso. Su cosmos se auto-explica y se auto-justifica. Nadie, o muy pocos lectores, van a consultar una enciclopedia luego de leer, por ejemplo, “El Informe de Brodie” o “El Zahir” para corroborar la existencia real de algunos de los nombres o sitios que se mencionan. Por el contrario, todo lector sensible sufre una conmoción en sus propias convicciones y, seguramente, empieza a interrogarse, a hacer(se) las mismas preguntas que motivaron a Borges a escribir.

La presencia de lo oriental, especialmente lo mesopotámico, allí donde todo empezó, cuyo dominio ejercía con maestría en virtud de su fruición por las lecturas de toda clase, sumado a su ingenio en la invención de recursos para crear la sensación de verosimilitud de las historias más disparatadas, crean un universo particularísimo en el que lo trágico, lo cínico, lo lúdico y lo sublime se combinan magistralmente.

Su pensamiento laberíntico genera laberintos metafísicos.

Sus estructuras espiraladas generan espirales filosóficos sin asegurar nunca puertos donde echar amarras.

Su pasión por lo lúdico genera juegos de lenguaje que ponen en crisis la creencia de que el lenguaje puede expresar verdaderamente al pensamiento, entendido éste como un continente mucho más vasto que el que manejamos en nuestras rutinas personales. Como lo hace en “El idioma analítico de John Wilkins”, en el que le atribuye a “cierta enciclopedia china” una “clasificación” de los animales conocidos que escapa a nuestra posibilidad de pensar “eso”. Porque nuestro pensamiento, “el que tiene nuestra edad y nuestra geografía” -como dice Foucault citando ese texto de Borges como el disparador de su libro “Las palabras y las cosas”- formado en las coordenadas cartesianas y amasado en el fanatismo racionalista -valga la paradoja- por analizar, experimentar, clasificar, distribuir, planificar, explicar y justificar lo real, es hijo de nuestra propia impotencia para forzarlo y llegar más lejos.

Por otra parte, en Borges se encuentran la obrerita y el teólogo, los dioses y el hombre común, el pasado, el presente y el no-tiempo (“Las ruinas circulares” por ejemplo, en el que el tiempo no existe porque el tiempo es una creación humana): todos signados por un destino a cumplir, por un cierto fatalismo oriental en el que “lo que ha de ser será”, ya sea en la ciudad moderna (“Hombre de la esquina rosada”), en la pampa solitaria (“La intrusa”, “El cautivo”), en Europa, Asia o África, como en la mayoría de sus narraciones fantasmáticas o mitológicas y en sus poemas más filosóficos (“Ajedrez”, “El Golem”).

No hay tradición cultural que se le escurra: desde la anglosajona, la urbana y la rural argentina, la judía o la pagana hasta la cristiana, la mesopotámica o la china. En todas abreva con voracidad y con su enorme sentido lúdico.

La literatura de Borges parecería una especie de gran enciclopedia explicada, si uno se dejara atrapar sólo por la información real o mítica que transmite. Sin embargo, detrás, donde las palabras se decantan y quedan sólo las imágenes, aparece el último metafísico de Occidente.

Un hombre del siglo XIX

“De modo que por ambos lados de la familia tengo antepasados militares; eso quizá explique mi nostalgia por ese destino épico que las divinidades me negaron, sin duda, sabiamente” (Jorge L. Borges).

Borges nació en Buenos Aires el último año del siglo XIX. Se podría decir que es un hombre del siglo XX, que la modernidad de las vanguardias estéticas lo atraviesan intelectual y estéticamente, que su literatura tiene que ver más con la explosión modernista del siglo pasado que con el XIX y, en algunos sentidos, eso sería cierto. Borges, luego de su primera estadía larga en Europa -adolescencia y primera juventud- adscribe decididamente al ultraísmo, la tal vez más rica y desenfrenada experiencia de las vanguardias europeas en materia poética del siglo XX. De hecho, los artistas que la emprenden con la muerte del arte y generan la gran revolución estética que se extendería hasta bien avanzados los años ‘60, habían nacido en las últimas décadas o años del siglo XIX: Breton, Artaud, Aragon, Kandinski, Picasso, Dalí, Braque, entre los más célebres. Sin embargo, lo que en ellos era rechazo se convierte para Borges en fuente.

Borges abreva en el pasado porque en la cosmogonía que el pasado le ofrece, él encuentra el lugar (o el no-lugar) de actualización de su pensamiento metafísico: el pasado remoto que había empezado a descubrir en sus largas lecturas infantiles y juveniles (leía y escribía desde los cinco años y no sólo su nombre y apellido: a los ocho había traducido “El príncipe feliz” de Oscar Wilde) y el cercano geográfica, histórica y familiarmente; el barrio, la ciudad, la pampa inconmensurable intuida en las vacaciones de verano pasadas en Adrogué, se convertirían así en los espacios-tiempo donde desplegar sus fantasmagorías.

Y se encuentra en esos pasados con personajes que jamás juegan al ajedrez por plata o pelean con cuchillo por otra cosa que no sea el honor.

Borges construye un paradigma de valores en donde el héroe y el villano son igualmente significativos; el valiente y el cobarde cumplen un mismo rol central; su visión hegeliana de la condición humana le hará poner en la arena vital a unos hombres y mujeres que se constituyen los unos a los otros.

Borges hace metafísica con su escritura. Si el triunfo de la razón-instrumental por sobre los otros aspectos de la esfera de lo humano (lo moral-práctico y lo expresivo-libertario) que vino a instalar el positivismo a ultranza, al decir de Jurgen Habermas, aniquiló la capacidad de reflexión y de autorreflexión que constituyen la metafísica, Borges es, sin dudarlo, uno de los últimos metafísicos de Occidente.

Porque, además, su mundo está atravesado por la cosmovisión decimonónica en la cual, todavía, los focos de pensamiento maceran, a la vez, ciencia y tautología; razón y magia; invenciones de la física o hallazgos matemáticos con sueños y pesadillas.

Un paradigma no fácilmente asequible recorre su obra, lo cual no obstaculiza ni rigidiza su lectura. Ya lo sabemos bien; hay lectores y lectores. Algunos comprenden mucho, otros comprenden poco y la mayoría no comprende más que lo que puede. Lo que no es ni bueno ni malo: es. Pero lo que atraviesa la percepción de unos y de otros ante un texto borgeano es esa inquietud, esa puesta en movimiento interior, ese pequeño temblor subterráneo que sacude nuestro ¿espíritu-conciencia- inteligencia-sensibilidad? al leer la última línea de cualquiera de sus narraciones o de sus poesías.

Borges se aferra empecinada, y hasta díscolamente, respecto de su contemporaneidad, al paradigma en el que aún las búsquedas interiores, la conciencia de ser, los afanes por el heroísmo con grandezas y con miserias, -piénsese en la Emma Bovary de Flaubert, en el Julian Sorel de Stendhal o en el Jean Valjean de Víctor Hugo- sobrevivían en el ideal de hombre del siglo XIX.

Por eso sus personajes argentinos son los del pasado: porque él encuentra allí, en la idealización de actores sociales que ya no existían -o quedaban muy pocos en los suburbios porteños cuando él vuelve de Europa- unos valores que deberían trascender el paso del tiempo tales como el coraje, el sentido del honor, la realización de la justicia personal, los lazos fraternales solidarios hasta la muerte, la búsqueda de la perfección y de las totalidades.

Su reflexión metafísica que le impele a tomar conciencia cabal del Caos como estado natural del universo y del ser lo lleva también, o precisamente por ello, a generar órdenes posibles o totalidades -el conocimiento, los elementos, los dioses- desde los cuales pertrecharse para lidiar con ese caos irredento del cosmos y de la condición humana.

Borges, el opinador

A veinticinco años de su muerte, sus polémicas, provocadoras y muchas veces insultantes declaraciones públicas sobre temas tales como los gauchos, los caudillos, los generales, el peronismo, el aborto o el divorcio, por suerte parecen haberse esfumado detrás de la grandeza universal del escritor.

Uno se podría preguntar acerca del origen de tanta soberbia discursiva en él, el menos fatuo de los artistas argentinos.

Debemos anotarlo. No es el primer caso ni será el último: Borges el artista es una creación paterna. Así como Lorenzo Bernini, el tal vez más grande escultor de la modernidad posrenacentista italiana le debe a su padre -escultor de las canteras del Vaticano- haber realizado su pequeña primera gran obra de arte a los catorce años y nada menos que para un comitente como Scipiano Borghese; Pablo Picasso es un producto de la proyección de su padre -dibujante y profesor de dibujo él mismo-, que ve en los trazos del niño de apenas cinco años una destreza y un talento fuera de lo común y construye para el hijo el camino que desembocará en la producción de uno de los artistas plásticos más grandes del siglo XX; Jorge Borges, profesor de inglés y escritor mediocre él mismo, prepara a su hijo Jorge Luis para el destino de grandeza artística que las dotes de una memoria privilegiada (el primer instrumento imprescindible de la inteligencia) y la portentosa facilidad para la adquisición de la lengua (inglesa primero y española luego) presagian para el futuro enorme escritor.

Mucho se ha hablado -él mismo lo ha hecho en reiteradas oportunidades hablando de sí mismo- de Borges y el otro.

El Otro no es en Borges una proyección del inconsciente; no es, tampoco, una justificación políticamente correcta de sus trapacerías verbales; mucho menos, un subterfugio metafísico. En verdad y en términos de lo real, conviven en él dos Borges: Georgie, el hijo, hermano, amigo, novio. Borges, el escritor, el pensador, el creador de universos. El Uno y el Otro: no sabemos cuál es cual; Jorge Luis Borges, tampoco. Y por momentos, sólo por momentos, parecen subsumirse, como si Uno se sobreimprimiera sobre el Otro, y creara la fantasía siempre incompleta de un Uno integrado.

Es posible que ese desdoblamiento se haya iniciado a partir de los dos o tres años de edad y resultaría infructuoso explicar aquí en detalle su itinerario pero un directorio podría señalarse a partir de: niño educado en casa hasta los ocho años; niño encerrado en la casa familiar (con el breve interregno de las vacaciones anuales en Adrogué) leyendo desde los cinco años; niño sin amigos a excepción de su única hermana Nora; adolescente desarraigado a los catorce años e impelido al destino europeo; joven iniciado sexualmente por voluntad paterna para que “se hiciera hombre”; consecuente adulto aterrado ante la mera posibilidad de mantener relaciones carnales con las mujeres de las que se enamoraba; conciencia nostalgiosa de ancestros padres de la patria y de un orden político y social que había desaparecido irremediablemente.

En fin: ideológicamente ingenuo; históricamente anacrónico; melancólico de un paraíso perdido (que nunca existió en nuestro país); desaprensivo a la hora de opinar porque era el Otro el que hablaba mientras el Uno (o viceversa) se ocupaba de lo verdaderamente importante: escribir.

“Debemos hacer todo lo posible por defender a este gobierno. Los militares son caballeros y decentes. No han llenado la ciudad de retratos, no hacen propaganda. Eso sí, son débiles, pues no han respondido a los crímenes con fusilamientos. Pero nos han salvado del caos, de la ignominia, de la infamia y del comunismo”. (1976 - Luego de un almuerzo con el Gral. Videla).

“Ahora, Proteo nos gobierna; nos gobierna una bruma de generales. Nuestro destino está en esas manos sencillas” (1982 - A partir de la Guerra de Malvinas y en plena transición a la democracia).

Cuando se le preguntaba por qué un país tan educado como la Argentina había tenido tantos gobiernos militares, Borges no dudaba en dar largas explicaciones comparando las dictaduras del siglo XX con el peronismo y el caudillismo: “En efecto, las dictaduras militares son múltiples. ¿Qué pensar de un continente que da caudillos que se hacen llamar el Protector de los Pueblos Libres, el Supremo, el Tigre de los Llanos, el Supremo Entrerriano, el Patriarca de la Federación, el Restaurador de las Leyes, el Gran Ciudadano, el Primer Trabajador, el Hada Madrina? ¿Qué pensar de los señores que se apodan, de un modo terrorífico, las Fuerzas Armadas?”. Para cerrar su evolutiva apreciación de los militares en el poder: “Cualquier gobierno que suceda a las posibles elecciones de octubre será, de hecho, un temeroso cómplice del régimen actual. Como el paraíso del Islam, vivirá a la sombra de las espadas” (1983 - Consultado acerca de sus expectativas hacia un nuevo gobierno).

Pero citemos algunas apreciaciones suyas respecto de otros temas para que no se caiga en la inocencia de pensar que Borges hablaba sólo con desacierto de la política y de la historia argentina.

Para los años ‘60, Borges era Borges en el mundo. Viajaba permanentemente dictando conferencias en universidades norteamericanas e instituciones europeas. A mediados de 1968, de regreso a Buenas Aires luego de realizar una estadía de seis meses en Harvard, fue invitado a un congreso de intelectuales antirracistas en Chile. Allí sostendría: “La gente sencilla no siente dolor como nosotros. Los negros tienen un organismo muy simple, no sienten ni el dolor ni las heridas. La mayor parte de las mujeres del Congo no tienen idea del placer sexual físico y los hombres, poca. Por eso pueden ser estoicos, como nuestros indios, a los que se les podía hacer cualquier cosa y no se quejaban. Nosotros somos más sensibles al placer y al dolor. Como lo somos ante el color de las rosas y el valor de las palabras”.

¿Ultraconservador? ¿racista? o ¿mero provocador?

Lamentablemente, ésas fueron las cuestiones que lo hicieron el escritor más popular del país mientras vivía y no el poder de su escritura. También, por cierto, ésas fueron las causas principales por las cuales no recibió el Nobel (aunque con el giro que ha ido dando la Academia Sueca, a partir de los ‘90, posiblemente hubieran sido motivos para que se lo concedieran). Borges ha sido más popular que leído, más denostado que debatido, más adulado que comprendido.

Huellas

Borges no dejó herederos literarios porque su estirpe fue tan única que se agotó en sí misma. Y es muy bueno que sea así. Por otra parte, es casi imposible pensar que pueda repetirse ese linaje de la pasión por el conocimiento, por la voracidad insaciable de los saberes, esa aristocracia del pensamiento metafísico y artístico y que, además, se traduzca en excepcional talento literario. Pueden leerse influencias, pequeños giros, breves intencionalidades en algunos escritores contemporáneos o posteriores que parecen atravesados por su portentosa escritura. Pueden encontrarse tributos, maravillosos tributos en otros.

El más enjundioso tributario -injustamente catalogado como imitador en los años ‘50 cuando publica su primer libro de cuentos- se llamó Julio Cortázar.

Cortázar, el enorme Julio Cortázar, uno de los cuentistas más importantes de la literatura mundial del siglo pasado, casi veinte años más joven que Borges, nos dejó, con la complicidad de los niños, incontables guiños que dan testimonio de su admiración por el maestro.

Aclarémoslo: Borges es un hombre infiltrado por el paradigma histórico-político, cultural y científico del siglo XIX; Cortázar es la expresión más completa, integral y acabada de la explosión modernista encarnada en el hombre del siglo XX. Borges es el último romántico; Cortázar el más preclaro surrealista. Borges lidia con el Caos, con el Destino y con el Ser; Cortázar con los demonios interiores, la duplicidad del Uno, y el ser en, el hombre situado dando sus peleas en un aquí y un ahora específicos y, muchas veces, misteriosos e inexplicables (baste recordar “Casa Tomada” o “Carta a una señorita en París”). Las batallas de los personajes borgeanos son siempre con el cosmos, con las externalidades que parecen predeterminar un destino irrevocable; las de las creaturas de Cortázar son consigo mismas, con las circunstancias del hoy, con la engañifa de lo real ocultadora de lo visible detrás de lo visible, a lo Magritte.

No obstante, cómo se acerca el gran Julio a Borges: “... mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses... ‘Carta a una señorita en París” -1951-. Otro ejemplo de su imponderable huella es el enorme reconocimiento que hace Michel Foucault, en el prefacio a su obra “Las palabras y las cosas”, donde le atribuye a un texto de Borges ser el motivo y disparador de esa obra anárquica pero irreemplazable del gran filósofo francés.

En fin: Borges nunca fue maestro de mediocres. Su voz, tomada en gran medida de la de Macedonio Fernández, apreciado y admirado compañero de la juventud borgeana, le aportó esa fuerte impronta de búsqueda de originalidad sin más, sin esnobismos pero sin regateos a la literatura argentina y universal.

¡Cómo no extrañarlo, maestro!

Fuente : El Litoral – Santa Fe
Prof. Susana Squeff
10 de marzo de 2012
http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2012/03/10/arteyletras/ARTE-01.html

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