lunes, 1 de abril de 2013

Reyes el memorioso




Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes;
una amistad memorable *


Braulio Hornedo

 ¿Qué culpa tengo yo de tener una memoria de
colodión, que lo que miro se me queda grabado?
A. R.

Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges cultivaron una amistad perdurable a lo largo de poco más de treinta años de su vida. Desde el primer periodo de Reyes como embajador de México en Argentina en 1927, hasta los últimos días de su residencia en la tierra en diciembre de 1959 (la última carta fechada de Borges a Reyes es del 17-XII-59, don Alfonso murió diez días después, al amanecer del 27). Esta amistad se manifestó principalmente en tres "planos oblicuos" continuos y complementarios: en el trato personal breve pero intenso (1927-1930 y 1936-1937); en la frugal pero constante relación epistolar (1924-1959); y finalmente en el diálogo crítico y pendular entre lector y escritor implícito en las "simpatías y diferencias" de sus libros. En este ensayo abordaré el primero de estos planos.
El trato personal se inicia en la casa bonaerense de un amigo común; el dominicano Pedro Henríquez Ureña, mentor espiritual de Reyes desde los días juveniles de la Sociedad de Conferencias y el Ateneo de la Juventud, allá por los años del centenario de la Independencia en México (1910). "Pedro Henríquez Ureña fue -dice Borges- un gran hombre, pero esa grandeza de Pedro Henríquez Ureña, perdura en las memorias de quienes lo hemos conocido, es decir fue un hombre más memorable por su palabra oral que por su palabra escrita."(1)
Reyes complementa la semblanza: "Que Pedro Henríquez Ureña siempre me haya parecido una reencarnación de Sócrates lo he dicho mil veces; por ciertos rasgos de su apariencia y presencia, por ajeno a las convenciones inútiles, por probo y fuerte y sabio, por ávido de análisis y goloso de conocer y entender al prójimo, por sediento de educar y educarse, por la valentía y sinceridad de su trato. Su conversación era una mayéutica constante... Su privilegiada memoria para los versos -cosa tan de mi gusto y que siempre me ha parecido la prenda de la verdadera educación literaria- fue en él lo que desde luego me atrajo." (2)
A partir de ese primer cruce en el "jardín de senderos que se bifurcan", los encuentros se multiplicaron, primero en la villa de Victoria Ocampo en Buenos Aires, y posteriormente en las tertulias dominicales que el embajador mexicano organizaba en su representación diplomática.
Pero dejemos que sea Borges (el otro memorioso de esta historia) el que nos evoque los hechos:
"... me invitaba todos los domingos a comer con él en la Embajada de México. Recuerdo que tenía la memoria llena de citas oportunas: yo admiraba y sigo admirando al poeta mexicano Othón y él me dijo que lo había conocido, a Othón, en casa de su padre el general Bernardo Reyes. Yo le dije: pero, cómo ¿usted lo conoció? y él encontró, él dio enseguida con la cita oportuna; aquellos versos de Browning:
Hay un señor que habla de Shelley, y el otro le dice:
-Pero cómo ¿usted vio a Shelley, usted ha visto a Shelley?
Y, entonces, cuando yo le dije: ¿usted conoció a Othón?, Reyes murmuró:

"Ah, did you once see Shelley plain..."(3)
Exactamente la cita que convenía. Reyes tenía el amor de todas las literaturas y de la literatura." (4)
Octavio Paz decía a propósito de esta pasión amorosa, que Reyes no era sólo un escritor, sino toda una literatura.
Alfonso Reyes nació en 1889 y Jorge Luis Borges en 1899, la década de diferencia en sus edades marcó una relación tutelar entre el entonces joven escritor argentino de 28 años, que buscaba al maestro más experimentado y maduro en sus juicios y opinión crítica, pero a quien sobre todo le subyugaba el refinado y seductor estilo literario del escritor mexicano.
De la obra y la persona del argentino Jorge Luis Borges, don Alfonso escribió: "Jorge Luis Borges, es el más alto exponente de las letras hispanoamericanas. Ningún escritor como él, dueño de tan limpio y alto estilo" (5) "... es algo miope, y su andar parece el de un hombre medio naufragado en el mundo físico... ha escrito ya una buena docena de libros entre verso y prosa. En el verso huye de lo que él llama la manía exclamativa o la poesía de la interjección, y en la prosa, cuando opera con su propio estilo, sin caricatura costumbrista, huye de la frase hecha. Su obra no tiene una página perdida... Borges es un mago de las ideas. Transforma todos los motivos que toca y los lleva a otro registro mental. Los solos títulos de sus libros hacen reflexionar sobre una nueva dimensión de las cosas y parece que nos lanzan a un paseo por la estratosfera: El tamaño de mi esperanza, Historia de la eternidad, Historia universal de la infamia, etc. Ya inventa una región inédita y olvidada del mundo, donde se pensaba de otro modo,... ya inventa a un escritor francés que se propone reescribir íntegro el texto del Quijote,... ya imagina una biblioteca de todos los libros existentes y todos los libros posibles; ya una Babilonia gobernada, no por leyes sino por una especie de Lotería Nacional. Lo cual, bien mirado..." (6)
Sin embargo, debemos recordar que como discípulo de la escuela ultraista, Borges en su época temprana de escritor parecía ligado a la idea de que el contenido narrativo y las anécdotas no tenían cabida en su obra. Quizá un cambio importante en esa postura se pueda inferir en la crítica que formula el argentino en 1927 al libro de Reyes: Reloj de sol, el cual empieza por un aleccionador epígrafe que resulta ser una "apología emocionada y preciosa" de las anécdotas.
"Hay que interesarse por las anécdotas. Lo menos que hacen es divertirnos. Nos ayudan a vivir, a olvidar por unos instantes: ¿hay mayor piedad?... Hay que interesarse por los recuerdos, harina que da nuestro molino." (7)
Para Borges "Reyes es practicador venturoso de esa virtud de virtudes: la cortesía, y su libro está gobernado por ese mérito. Reyes es fino catador de almas, es observador benévolo de las distinciones insustituibles de cada yo. De tan bien conversarnos de sus amigos, nos amiga con ellos." (8)
En seguida Borges aclara con su habitual agudeza crítica la falsa contradicción en el uso de los términos de recuerdo y olvido en el epígrafe alfonsino "...puesto que recordar una sola cosa cualquiera, es olvidarse de lo demás del mundo.¨(9)
Ciertamente, cuando recordamos, nuestros procesos mentales no se ocupan de otra cosa sino del recuerdo mismo, recordar es olvidar, al menos momentáneamente, el resto de los asuntos de que se ocupa nuestra conciencia. Inquietante dualidad: para recordar requerimos del olvido, debido a esta especie de angostura lineal o ¿insuficiente ancho de banda? de nuestros canales nerviosos por donde se efectúan y transitan nuestros procesos mentales.
La memoria, entendida desde la metáfora cibernética como un proceso mental que se inicia con la "captura" o adquisición de datos por nuestros sentidos, para luego ser "almacenados" como pistas químicas y eléctricas bajo diversos patrones de organización en nuestro cerebro a fin de facilitar su posterior búsqueda y recuperación aleatoria por algoritmos específicos cuando "pensamos" los recuerdos. La memoria se convierte entonces, a partir de los albores del siglo XX, en objeto de estudio científico por la neurofisiología, la cibernética, la física, la química y las matemáticas.
Arturo Rosenblueth (1900-1970) destacado neurofisiólogo mexicano fue compañero por varios años en las investigaciones del matemático norteamericano Norbert Wiener y "coautor" con este, de la teoría cibernética. Rosenblueth fue también compañero de Reyes en El Colegio Nacional, donde don Arturo dictó hacia el final de su vida una serie de conferencias que dan por resultado el libro póstumo: Mente y cerebro (1970), en el cual se establece que:
"Bajo la expresión procesos o eventos mentales incluyo todas nuestras experiencias conscientes; sensaciones, emociones, pensamientos y razonamientos, dudas y creencias, deseos y voliciones, y también las memorias que retenemos de estas experiencias. El hecho de que tenemos memorias tiene varias consecuencias: nos hace conscientes de la sucesión temporal de los eventos, nos permite comparar las experiencias presentes con las del pasado, y nos permite integrar una personalidad, un "yo" mental que tiene una historia y cuya continuidad no se interrumpe a pesar del sueño o de otros períodos de inconsciencia." (10)
Pero a diferencia de la memoria de las computadoras que es finita y susceptible de medida y saturación, la memoria humana es inconmensurable y parece aumentar, paradójicamente, en la medida que crece la cantidad de datos guardados en ella, esto es, mientras más la usamos, más espacio disponible tenemos para memorizar, el propio Borges parece confirmarlo al recordarnos que:
"La memoria de Alfonso Reyes... era virtualmente infinita y le permitía el descubrimiento de secretas y remotas afinidades, como si todo lo escuchado o leído estuviera presente, en una suerte de mágica eternidad. Esto se advertía, asimismo, en el diálogo." (11)
Borges publicó en 1942: Funes el memorioso, una de sus narraciones memorables (nunca mejor aplicada la redundancia). En este breve relato dibuja en unos cuantos magistrales trazos la sorprendente personalidad de Ireneo Funes, un sencillo joven trenzador de manos afiladas de Fray Bentos (localidad veraniega), un compadrito de cara taciturna y aindiada y singularmente remota, quien aunque padece ciertas incurables limitaciones, por su humilde origen, está llamado a ser -debido a cierta increíble cualidad que ya el título anuncia- un precursor criollo de los superhombres. "Un Zaratustra cimarrón y vernáculo".
Funes es un joven de poco menos de veinte años, quién tras sufrir un accidente, que lo deja irremediablemente tullido, adquiere el tormentoso don de la percepción y la memoria totales.
"Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una sola vez... Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero." (12)

Dejo al lector el placer insustituible de la lectura del texto original completo, para que pueda confirmar o cuestionar posteriormente la validez de mis supuestos. Me permito adivinar, por lo pronto, que en esta narración hay un velado reconocimiento y homenaje del ya maduro alumno a su evocado mentor. Por una parte, un reconocimiento del papel poético de la anécdota como un valor estético en la narrativa borgeana, y por la otra, un homenaje a la memoria de "colodión" de "Reyes, mi maestro". Borges termina este relato señalando con un enigmático guiño que Funes murió en 1889, precisamente el año en el que nace don Alfonso. ¿Sería para propiciar quizá una metafísica reencarnación?
Antes de concluir esta recordación del memorioso Reyes quiero presentar como broches de oro, dos testimonios y un fragmento del poema In memoriam, que refrendan la excepcional memoria alfonsina. El primero es de su amigo y colega en la Academia Mexicana don José Rojas Garcidueñas, el segundo es contado por su nieta Alicia Reyes (Tikis), devota y eficaz continuadora de la obra de su abuelo al frente de la Capilla Alfonsina.
", decía con sorna don Alfonso. Memoria privilegiada, ciertamente. Pero es bien sabido que en el funcionamiento de la capacidad retentiva entra, en gran parte, la atención. Reyes leía con máxima atención aunque con rapidez extraordinaria: hojeando un libro recién llegado, pasaba las páginas de modo que parecía no haber podido leer sino algunas cuantas y salteadas líneas, pero de repente, levantando la vista, hacía algún comentario que demostraba lo mucho que se había enterado del contenido, en aquellos minutos que uno creería apenas bastantes para un menos que superficial ojeo. Yo fui testigo de ello varias veces..." (13)
"El pensamiento de nuestro Alfonso -escribió su nieta- , como el de Pedro Henríquez Ureña no descansaba nunca. Mientras seguía el hilo de la charla, iba construyendo, para sí, otra interior figura mental. Y al revés, dejaba correr su charla sin percatarse, aparentemente, de las cosas que lo rodeaban. Yo misma pude comprobarlo: Reyes se sentaba en su sillón verde -que aún esta junto a su lecho- y parecía dormir, pero no, estaba más atento que nunca y si alguno de la familia equivocaba una palabra en el crucigrama o bien aseguraba haber leído tal o cual poema y lo recitaba mal, saltaba para explicar pacientemente la palabra o corregir el poema... La memoria de nuestro Alfonso era prodigiosa y mi padre se divertía jugando con él a las adivinanzas literarias: tomaba algún libro clásico y leía un trozo ya en prosa, ya en verso, y a las primeras de cambio, abuelito adivinaba autor y obra, ante el asombro de los que lo rodeábamos" (14).
Borges escribió este homenaje poema, tras la partida y a la memoria de su maestro y amigo. Es de notarse la referencia a la ciudad de las querencias de Reyes en la memoria de Borges, pues asegura que ya hay en la gloria otro México y otra Cuernavaca.




(1) J. W. Robb (prólogo y compilación), Más páginas sobre Alfonso Reyes. Vol. III segunda parte. El Colegio Nacional. México, 1996, p.821
(2) Alfonso Reyes, Recoge el día. Alfonso Rangel Guerra (selección, prólogo y notas). El Colegio Nacional.
México 1997, pp. 145-46
(3) Browning, "Memorabilia" en The poems & Plays (1844-1864). J.M. Dent & Co.
London, p. 399
(4) J. W. Robb, op. cit. p.821
(5) Citado en una entrevista por Mario Puga, "El escritor y su tiempo: los días de Alfonso Reyes", Universidad de México X-3 (nov. 1955), p. 20
(6) Alfonso Reyes, Obras completas IX, Fondo de Cultura Económica. México. 1959, pp. 307-309
(7) Alfonso Reyes, Obras completas IV, Fondo de Cultura Económica. México. 1956, p. 359
(8) Alfonso Rangel Guerra (compilador), Páginas sobre Alfonso Reyes. Vol. I primera parte. El Colegio Nacional. México, 1996, p.142
(9) Alfonso Rangel Guerra (compilador), op. cit. p.143
(10) Arturo Rosenblueth. Mente y cerebro. El Colegio Nacional - Siglo XXI, México 1994, p. 85
(11) J. W. Robb (prólogo y compilación), Más páginas sobre Alfonso Reyes. Vol. III primera parte. El Colegio Nacional. México, 1996, p.283
(12) Jorge Luis Borges, Narraciones. Salvat Editores. España 1982, p. 118
(13) Alicia Reyes, Genio y figura de Alfonso Reyes. Fondo de Cultura Económica. México. 2000, p. 245
(14) Ibid
(15) J. W. Robb (prólogo y compilación), Más páginas sobre Alfonso Reyes. Vol. III primera parte. El Colegio Nacional. México, 1996, p.285. Tomado de: El hacedor, Buenos Aires: Emecé, 1960, pp. 81-83



*
Inventio, Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Cuernavaca, México, año I: No. 2 (septiembre 2005), pp. 97-101.



Fuente :  Alfonso Reyes . org
 
 

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