miércoles, 13 de junio de 2018

Mundial de Fútbol: Una saga para Borges





Ezequiel Fernández Moores

MOSCÚ.- "Ser los más fuertes entre los más fuertes". Lo responde Heimir Hallgrimsson cuando le preguntan por qué su ciudad natal, Vestman, una isla en un país que es una isla, vio nacer a los mejores jugadores de Islandia. Heimir tenía cinco años cuando la cancha de su primer equipo, IBV, fue arrasada en 1973 por el Eldfell, uno de los doscientos volcanes que hay en Islandia. La erupción lo obligó a vivir largos meses en una residencia provisional. Hoy célebre dentista DT de la selección de su país, Hallgrimsson sabe a qué se refiere cuando habla de "los más fuertes". "Los vikingos llegaron a Rusia", decía el lunes la TV de Moscú. No se refería a los vikingos islandeses que hace más de diez siglos invadieron lo que hoy es Rusia por el río Novgorod. Se refería a los que en 2016 unieron a su país en el grito y aplauso vikingo que saludó el histórico triunfo ante Inglaterra en la última Eurocopa. El grito que buscarán repetir este sábado en el Spartak de Moscú contra Argentina.

El relato de esos vikingos que terminaron asimilándose a ejércitos locales, siempre con su reputación de guerreros temibles, está en las sagas islandesas. Desde que su padre le regaló la traducción de William Morris de la "Volsunga", saga anónima escrita hacia 1270, Borges, se sabe, quedó deslumbrado de por vida con la lengua islandesa, "el latín del norte", como le decía. La etimología de sus palabras, su lenguaje económico, complejo e imaginativo. Viajó tres veces a Islandia, escribió tres libros sobre cultura islandesa medieval, dedicó numerosos poemas, declaró su amor a María Kodama y se emocionó hasta las lágrimas mientras recitaba sobre la cultura pagana de las sagas y visitaba los restos de la tumba de Snorri Stulurson. "Está cercada / tu casa.Sobre / tu pálida cabeza cae la espada / como en tu libro cayó tantas veces", dice el poema que Borges dedicó al mítico poeta, historiador y caudillo político, decapitado en 1241 por orden del rey noruego Haakon IV.

Fuente: La Nación

lunes, 11 de junio de 2018

"Jorge Luis Borges" (Felipe Pigna) - Historias de Nuestra Historia




Martin Hadis habla de los ancestros ingleses de Borges.

Audio de la entrevista de Felipe Pigna  a Martin Hadis en radio Nacional.

Nota de Oye Borges: Programa completo de Historias de Nuestra Historia de Radio Nacional. Incluye propaganda de programación de la radio.

Fuente: You Tube


viernes, 8 de junio de 2018

El enigma de la biblioteca de Bioy Casares y de Borges sale a la luz



 A la derecha del dibujo de Borges, correcciones a una página mecanografiada de "El jardín de los senderos que se bifurcan" Fuente: LA NACION - Crédito: Silvana Colombo

Pablo Gianera

Más que en lo leído, el lector se revela en los usos caprichosos que hace de los libros. Nada lo delata más íntimamente que los subrayados, la marginalia, las citas que entresaca. Toda biblioteca es una autobiografía. Pero una biblioteca de varios es una biografía colectiva. Es exactamente eso lo que pasa con la biblioteca de Adolfo Bioy Casares , que le atribuimos a él pero que comprende también la biblioteca de Silvina Ocampo, las de los padres de Bioy (Adolfo Bioy y Martha Casares) y aun parte de las de los amigos, Borges , en primer lugar, o Pizarnik, y otros familiares, Angélica y Victoria Ocampo.

Esa es la impresión que quedó ayer en la Sala del Tesoro de la Biblioteca Nacional , primera insinuación de la biblioteca de Adolfo Bioy Casares, "un pequeño anticipo", según lo definió el director Alberto Manguel . Ahí están siendo catalogados y preservados esos libros, gracias al aporte de los donantes que hicieron posible la compra, por un precio de 400 mil dólares, a los herederos. Esa donación se realizó el 19 de septiembre del año pasado. Según Manguel, es "el núcleo de una galaxia de investigaciones".


Para darse una de idea, de los 17 mil volúmenes, vimos solamente 30, parte de las 11 cajas n° 26 en las que el librero Alberto Casares reunió velozmente aquello que juzgó más valioso. No sabemos qué más podrá aparecer, nadie más lo sabe, ni el propio Manguel, ni Laura Rosato y Germán Álvarez, los expertos al frente del Centro Internacional Jorge Luis Borges, que funcionará en la sede de la calle México y que será el destino de estos hallazgos. ¿Qué "dirán" las guías Michelin sobre los viajes de Bioy? es muy pronto para saberlo. Pero lo que pudo verse provoca ya la emoción del coleccionista, bibliófilo, del crítico y del genetista textual. Un ejemplo, entre muchísimos. Tres condiciones de las que, salvo de la crítica, Borges no participaba. Sus libros iban de acá para allá. Los dejaba en la Biblioteca Nacional, cuando era director, o en la casa del amigo con el que, durante años, comió todas las noches. Un ejemplo, entre muchos. Acá está un ejemplar de Las mil y una noches en la versión de Edward William Lane. En la guarda, Borges anota varias líneas de la traducción al alemán de Gustav Weil. En esas marginalias está ya cifrado el ensayo "Los traductores de las Mil y una Noches", de Historia de la eternidad.


Aunque a primera vista tiendan a confundirse, una cosa es la amistad de Borges con Bioy y otra, distinta y distante, la historia de esa amistad. Sobre la primera es poco lo que puede decirse porque esa intimidad, al igual que toda amistad, pertenece enteramente a los implicados, y a veces ni siquiera a ellos, pero nunca a terceros. La segunda, la historia, parecía estar, en cambio, a la vista. Bioy Casares conoció a Borges en la casa de San Isidro de Victoria Ocampo, hacia diciembre de 1931 o enero de 1932. Conversaron en el viaje de vuelta a Buenos Aires: "Borges era entonces uno de nuestros jóvenes escritores de mayor renombre y yo, un muchacho con un libro publicado en secreto". Poco más de tres años después ya estaban escribiendo juntos. Lo primero fue La cuajada de La Martona, brevísimo folleto publicitario, ilustrado por Silvina, sobre las virtudes del yogur. Después vendrían, por supuesto, las antologías compartidas, la mutua influencia (el modo en el que Borges curó a Bioy de su temprana escritura indómita y, por el otro lado, la insistencia de Bioy en que Borges moderara su admiración por Quevedo), el generoso prólogo de Borges a La invención de Morel (que Bioy juzgó, sin embargo, algo reticente porque no elogiaba el estilo) y la creación de un tercer escritor imaginario, que no es ninguno de los dos, pero mantiene un aire de familia con ambos, H. Bustos Domecq, cuya cumbre son los relatos reunidos con el título de Crónicas. Hasta aquí la historia conocida. Claro que la publicación, en 2006, de Borges, las más de mil seiscientas páginas extraídas de los diarios de Bioy en los que éste menciona a su amigo, alteró completamente el paisaje. "Come en casa Borges." Esa breve oración, repetida como un mantra en cada entrada del diario, constituye la prueba de una frecuentación de décadas.


A la derecha del dibujo de Borges, correcciones a una página mecanografiada de "El jardín de los senderos que se bifurcan" A la derecha del dibujo de Borges, correcciones a una página mecanografiada de "El jardín de los senderos que se bifurcan" Fuente: LA NACION - Crédito: Silvana Colombo

La amistad compartida queda inscripta en los libros. Ahí está también en un ejemplar del Finnegans Wake (no la misma edición que Borges usó para su reseña en El Hogar, sino otra con fecha manuscrita del 11 de junio de 1942) con anotaciones a cuatro manos. Hay cartas de García Márquez y Sabato a Bioy, y algunos detalles muy significativos sobre Silvina. Alejandra Pizarnik, acaso como provocación, le hace llegar Le Mort, de Georges Bataille. Inapelable, Silvina le responde a su amiga dos cosas: "Es bueno conocer cosas repugnantes". Y también: "Detesto lo escatológico". De Silvina, que estudiaría mucho más tarde con Giorgio De Chirico, vemos uno de sus dibujos de infancia.


Más importante es, por ejemplo, el ejemplar de la revista Los Anales de Buenos Aires que incluye la primera publicación de "El Zahir". Están las correcciones a mano de Borges. Una vez más, Borges, como lo hacía en Sur, usaba una revista como base de operaciones, es como si necesitara la distancia de lo impreso en una publicación periódica para dar con la forma última.

Manguel contó que en la Universidad de Virginia hay 60 manuscritos de Borges. "Estamos perdiendo nuestro pasado", dijo. Eso no pasará de nuevo.

Fuente: La Nación

lunes, 4 de junio de 2018

El Prado, paisaje del primer amor de Jorge Luis Borges



Villa Esther”, la quinta que aún conserva secretos de la infancia del escritor.

En una quinta de la avenida Lucas Obes y 19 de Abril, en el Prado, transcurrieron los veranos de la infancia del escritor argentino Jorge Luis Borges. La enorme casona y su parque circundante, en el que hoy sobreviven las caballerizas convertidas en una residencia familiar, ocupaban casi dos manzanas. No existía entonces la calle Juan Carlos Blanco, por lo que la finca se extendía hasta la avenida Suárez. Borges evocó decenas de veces su infancia en esa quinta del "Paso del Molino", como se le denominaba al barrio entonces. La zona también es mencionada en varios de sus cuentos. La historia menos conocida es que allí, el autor de El Aleph se enamoró de su prima Esther de Haedo y los padres de ambos planearon un casamiento, que nunca se concretó.

"Villa Esther" se llamaba la quinta, en honor a la hija mayor de los dueños de casa: Francisco de Haedo Suárez y Clara Young.

De Haedo era primo hermano de Leonor Acevedo Suárez, madre de Borges, y tanto con ella como con su marido, Jorge Guillermo Borges, los unía además del parentesco, una gran amistad.

En más de una ocasión, el propio Borges afirmó que "había sido concebido" en la estancia San Francisco de los Haedo, en el departamento de Río Negro. El establecimiento permaneció en poder de la familia hasta hace algo más de una década, cuando fue comprado por un argentino. Tiene una extensión de casi 5 mil hectáreas de las mejores tierras que se pueden encontrar en Uruguay.

Su señorial casco en forma de U data de 1868, pero su historia se remonta a comienzos del siglo XVIII e involucra a las misiones de los jesuitas. Su patio central estaba poblado de centenarios olivos.

Por si le faltaba historia al establecimiento, Leonor Acevedo y Jorge Guillermo Borges concibieron allí a su primer hijo, que resultaría ser uno de los escritores más extraordinarios de la lengua española.

Se habían casado en Buenos Aires el 1° de octubre de 1898. Leonor tenía 22 años y Jorge Guillermo, 24. Pasaron parte de su luna de miel en el campo de sus parientes orientales. El 24 de agosto de 1899, en la capital argentina, nació Jorge Luis Borges. Dos años después, en marzo de 1901, llegaría Norah, la segunda hija del matrimonio.

Los Haedo tuvieron tres hijos: Esther (nacida en octubre de 1899, dos meses después que Borges); Aurora, nacida en 1891, y Carlos en 1895. De los tres, solo Esther vio la luz en la casa en que vivían entonces sus padres, en el centro de Montevideo. Sus dos hermanos nacieron en la quinta.

Se presume que la casona del Prado fue construida al promediar la década de 1880 y perteneció a la familia hasta 1948. Al principio, y a la usanza de aquellos tiempos, era la finca de veraneo. Quedaba en las afueras de la ciudad y la zona toda era el reducto que el patriciado y la alta burguesía habían elegido para edificar lujosas residencias en las que pasaban los meses más cálidos del año. Muy cerca estaba el Hotel del Prado, el paseo más elegante de aquellos tiempos, y el arroyo Miguelete, donde los jóvenes aprendían a nadar o pescaban.

Borges en Uruguay.

Los Borges llegaban a Montevideo a mediados de enero y permanecían en Villa Esther hasta comienzos de marzo. Durante esas largas vacaciones había escapadas al campo. En la estancia San Francisco, Jorge Luis practicaba natación en el arroyo Coladeras que bordea el establecimiento.

"El pobre Jorge ya era muy corto de vista", recordaba Esther de Haedo en una entrevista realizada por César Di Candia en 1990 y publicada en Búsqueda. Esther tenía entonces 91 años y recordaba que su primo se pasaba leyendo.

"A nosotros no nos gustaba que leyera tanto, queríamos que jugara, y nuestra venganza era esconderle los libros. Le hacíamos una especie de chantaje: si jugaba conmigo y con su hermana, le devolvíamos los libros. Esa era la única forma de apartarlo de la lectura, porque se trataba de un chico retraído, juicioso, demasiado juicioso para mi gusto".

Aunque Esther, en ese mismo reportaje sostuvo que ella veía a Borges como un amigo y compañero de andanzas —"No tengo dudas que fue mi amigo de la niñez", aseveraba—, reconoció que sus padres pensaban en un pronto noviazgo y posterior matrimonio. Ambos tenían 12 años. Era 1911.

Enamorado.
El amor de Borges por su prima fue con-firmado a El País por Pelayo Amorim Haedo, sobrino nieto de Esther y sobrino del escritor Enrique Amorim. En más de una ocasión, su padre le contó que Borges estaba enamorado de Esther y que ella correspondía a sus galanteos. Amorim también sostuvo que los padres de ambos querían que se casaran.

Eran tiempos de estricta moral, al menos en apariencia. Un episodio sucedido en la estancia San Francisco durante un verano pinta cómo se manejaban ciertos temas en aquellos años.

Don Francisco de Haedo sorprendió, a la hora de la siesta, a su hija Aurora besándose apasionadamente con su primo Ricardo. No dudó un instante: al mes y medio Aurora y Ricardo se casaron y fueron a vivir a Suiza. Allí permanecieron más de 20 años. Volvieron al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

La casa del Prado.

Villa Esther fue loteada en la década de 1940. Hasta mediados de los 50, los Haedo mantuvieron la casa principal y un amplio terreno. Luego se vendió y los nuevos dueños la demolieron. En su lugar edificaron una casa de estilo moderno. Pelayo Amorim nació y vivió los primeros años de su vida donde eran las caballerizas y las dependencias del personal, que fueron remozadas por sus padres. Esa casa fue ocupada en la década de 1930 por Esther y Enrique en sus estadías en Montevideo. La entrada da a la calle Irigoitía y de su historia, a la vista, quedan sus techos. Son iguales a los que guarecían a Villa Esther y que supieron del primer amor de Jorge Luis Borges.

La historia quedó inconclusa. Nunca conoceremos por qué el noviazgo no se concretó. Ambos se siguieron viendo durante muchos años. Borges entabló una gran amistad con Enrique Amorim, el marido de Esther. Esta y Leonor Acevedo siguieron en comunicación permanente a través de extensas cartas. En ellas, la madre de Borges no dejaba de expresar su angustia cuando su hijo comenzó a quedar ciego a fines de la década de 1938.

Siendo un adolescente, Amorim conoció a Borges en "Las Nubes", el famoso chalet de Salto de sus tíos Enrique y Esther. Lo vio por última vez en Buenos Aires, en la confitería del Hotel Dorá, en 1984.

Borges estaba con María Kodama. Pelayo se acercó y Kodama trató de detenerlo alzando su mano. Amorim no se dio por enterado y se presentó. Recuerda que al principio, Borges lo confundió con su padre, que tenía el mismo nombre, pero luego entendió quién era. Conversaron largo rato. El escritor tenía muy nítidos los recuerdos de Villa Esther, de la estancia San Francisco y del chalet Las Nubes. Cuando se despidieron, Borges le mandó un recuerdo "muy especial" para Esther.

Los abuelos uruguayos.

Se sabe, el autor de Historia Universal de la Infamia tenía dos abuelos orientales: por parte de madre, Leonor Suárez Haedo de Acevedo, casada con el argentino Isidoro Acevedo Laprida; y por parte de padre, el coronel Francisco Borges Lafinur, casado con Frances Haslam. La actuación de mayor destaque como militar del coronel Borges (foto izquierda) se produjo en Argentina a las órdenes de Bartolomé Mitre. Murió en el campo de batalla enfrentando a las fuerzas de Sarmiento, en noviembre de 1874.

ENTRE LÍNEAS.

"El muerto": orígenes de un cuento inmortal.
El muerto es uno de los cuentos de Borges más conocidos, al menos por los uruguayos. Fue llevado al cine en la década de 1970 y su rodaje —casi íntegramente— se realizó en Colonia. Cuenta la historia de Benjamín Otálora, que en palabras de Borges era "un triste compadrito porteño sin más virtud que la infatuación del coraje", que se interna en la Banda Oriental en 1891, cerca de la frontera con Brasil, y llega a jefe de contrabandistas. La historia transcurre en Tacuarembó y narra cómo Otálora se va apropiando de las cosas más valiosas de su jefe Azevedo Bandeira, un brasileño acriollado. Primero es el caballo "el colorado", luego el apero y finalmente irá por la mujer de Bandeira.

Borges se inspiró en un hecho real para escribir esta historia.

Sucedió en 1947 estando de vacaciones en Salto, en el chalet "Las Nubes" de Enrique Amorim y Esther de Haedo.

Pelayo Amorim padre, que por esos años era funcionario técnico del Ministerio de Ganadería, tuvo que trasladar en su auto al juez letrado a una estancia donde se había producido el crimen. Amorim y Borges quisieron ir con ellos y allí marcharon los cuatro. La historia, con nombres y fechas cambiadas, es la que narró en El muerto.

Fuente: El País  -  Uruguay
Foto Gentieza Pelayo Amorim

domingo, 3 de junio de 2018

Los superpoderes de Frankenstein





 Juan Manuel Gómez

Hoy se cumplen dos siglos de la publicación de Frankenstein, la novela con la que una joven llamada Mary Shelley revolucionó la historia de la literatura. Desde entonces, su criatura ha dado vida a una estirpe que ha proliferado en las más distintas formas y formatos, cuestionando la relación del hombre con la naturaleza y la ciencia pero, sobre todo, reflexionando sobre las consecuencias morales de nuestros actos. El siguiente ensayo navega por los derroteros que llevaron a la novelista a componer esta obra imprescindible, y ahonda en las claves de su lectura.

El siglo XIX comienza y termina con novelas que transgreden la frontera que separa la vida de la muerte: en un libro de 1818 escrito por Mary Shelley, el capitán Robert Walton encuentra a un hombre que ha abandonado su barco para seguir a su enemigo en trineo rumbo al Polo Norte; se trata del científico Víctor Frankenstein, que persigue hasta el límite de su deteriorada fuerza humana a una poderosa criatura a la que ha dado vida por medio del hasta entonces incipiente control de la energía eléctrica. Y en 1897 Bram Stoker describe la manera en que la goleta Demetrio arriba lentamente al puerto de Yorkshire sin tripulantes; tan solo transporta un ataúd en el que viaja Drácula, caballero sofisticado cuya maldición es la vida eterna a cambio de alimentarse de sangre humana. Interesante manera de concentrar en un siglo los terrores de la civilización ocultos en las sombras que proyecta su refinamiento supremo.

La ciencia abrió las puertas de otros universos con los que habíamos convivido los seres humanos sin darnos cuenta. En las páginas de Frankenstein, Mary Shelley esboza ese momento histórico, tan rico en materia de avances científicos, en la fascinación entusiasta del joven Víctor por su profesor Waldman: “Decía que los antiguos maestros [se refiere a Paracelso, Cornelio Agripa y Alberto Magno] prometieron imposibles, y sus realizaciones fueron nulas. Los maestros de hoy, en cambio, prometen muy poco. Saben que los metales no pueden transformarse y que el elíxir de la vida es una quimera. Pero estos sabios, cuyas manos parecen hechas para ensuciarse con el trabajo y cuyos ojos no dejan de mirar incansablemente por el microscopio o el crisol, han conseguido ejecutar milagros. Han entrado en el territorio sagrado de la Naturaleza y nos han enseñado cómo funciona en sus zonas más ocultas. Han ascendido a las alturas, han descubierto la circulación de la sangre y la composición del aire que respiramos. Han alcanzado, en fin, un poder nuevo, casi ilimitado, puesto que pueden dirigir a su antojo el poder del rayo, imitar los terremotos e, incluso, burlarse del mundo invisible con sus propias sombras.”

La ciencia del incipiente siglo XIX hace posible un sacrilegio: penetrar en el territorio de lo sagrado, de lo divino, de la muerte. Ante la revelación de herramientas reales que permitían acceder a universos nunca antes explorados, al ambicioso muchacho que había estudiado a los alquimistas se le ocurre “explorar las potencias desconocidas y descubrir al mundo los más profundos misterios de la creación”. Su aspiración, en realidad, es convertirse él mismo en Dios y crear vida. “¿De dónde —se preguntaba Frankenstein con frecuencia— puede proceder el principio de la vida?”. Y para encontrar la respuesta, se sumerge, y “ensucia sus manos”, en los territorios de la muerte: “Me dedicaba ahora, pues, al estudio de las causas de esta descomposición, viéndome, por ello, obligado a pasar días enteros en criptas y osarios. […] Vi como la bella figura del hombre se descomponía, convirtiéndose en restos despreciables; vi sustituir el rosado color de las mejillas, llenas de vida, por la palidez de la muerte y cómo, en fin, el gusano inmundo horadaba las maravillas del ojo y del cerebro. Me detuve a examinar y analizar con todo detalle las causas de los ejemplos aportados por el paso de la vida a la muerte y de la muerte a la vida, hasta que de aquella profunda oscuridad surgió la luz que me iluminó, una luz tan brillante y poderosa, y a la vez tan sencilla, que causó en mí el desconcierto lógico de saberme el descubridor único de un secreto tan ávidamente perseguido por tantos hombres de genio”.

Una de las primeras desgracias que le trae a Víctor Frankenstein  esa “luz brillante y poderosa” emanada de la muerte es la degradación física y la alteración de sus emociones: cae en una crisis nerviosa que se extiende por seis meses. Lo que lo aniquila, sin embargo, y lo hace perseguir hasta el fin, aun a costa de su vida, al hombre artificial que ha creado, es la culpa.

A Víctor Frankenstein lo atormenta haber trastocado las leyes de la Naturaleza al grado de “otorgar” vida a la materia inerte, y haber creado, piensa, un poderoso monstruo que odia y encuentra placer en matar sin piedad a seres humanos. Se equivoca, sin embargo, el creador, porque en realidad no conoce a su criatura, la cual es capaz de albergar mucha más humanidad que cualquier ser humano.

El odio está en Víctor Frankenstein; en la criatura lo que hay es una terrible y absoluta soledad. Si el “engendro”, como lo llama su creador, ha matado a varios miembros de la familia Frankenstein, ha sido por revancha, porque desde que nació se ha encontrado distinto a todo cuanto hay a su alrededor, y habiendo nacido inmaculado y puro, lo que aprendió del mundo fue a huir y esconderse, ya que su aspecto “distinto” y sus dos metros y medio de altura causaron el horror y la reacción violenta de cuantos lo vieron.

El primero de ellos fue su propio creador, el mismo que lo había formado, parte por parte, en un transe histérico y megalomaniaco. Cuando lo contempla terminado, se horroriza y refugia en un rincón del laboratorio: “La mezcla de tanta belleza aislada, con sus ojos acuosos casi del mismo color blanco sucio de sus cuencas, formaba una composición aún más horripilante, incrementada por su arrugada faz y negros labios finos y rectos”. Luego la criatura se le acerca y pretende expresar algo: “De improviso, y a la luz amarillenta de la luna que penetraba a través de las persianas, vi a mi lado al engendro, al miserable ser a quien había dado vida. Sostenía levantadas las cortinas de mi cama, y sus ojos, si es que tal nombre puede darse a lo que me miraba, estaban clavados en mí. Abriéronse sus mandíbulas y emitió algunos sonidos inarticulados, mientras una mueca horrible alteraba sus ya espantosas facciones. Es posible que hablase, pero yo no le escuché. Había extendido la mano, sin duda para tocarme, pero yo conseguí escapar”. Cuando Víctor Frankenstein vuelve a ver al engendro, han pasado seis largos años en los que la criatura ha recibido duras enseñanzas de un mundo que no lo acepta.

¿Cuál es la responsabilidad que asume Víctor Frankenstein ante su creación, a la que ha dado vida? Darle ahora muerte. Desaparecer esa abominación de la faz de la Tierra.

Me he preguntado a qué se refiere el subtítulo del libro. Quién vendría a ser ese “moderno Prometeo”. Recordemos que Prometeo roba el fuego de los dioses para darlo a los hombres, que le simpatizan, y por ello es sentenciado a permanecer encadenado a una roca en la que cada día un ave le devorará el hígado, el cual volverá a crecer por la noche. Después de ensayar una y otra respuesta he llegado a la conclusión de que el Prometeo moderno es la ciencia misma, porque Víctor Frankenstein no tiene ninguna simpatía por el hombre al que ha dado vida, y su tormento no es sino el odio que siente. La ciencia, en cambio, es capaz de dar conocimiento a los hombres, y es atormentada diariamente por ellos, que la manipulan como sus dioses, aunque en su afán dan un paso adelante y dos para atrás, y como aves rapaces devoran a diario lo que la repetición del método científico vuelve a constatar.

El gran error moral de Víctor Frankenstein no es la creación de un ser nuevo y autónomo, sino su abandono. “Soy tu Adán”, le dice la criatura, pero también “soy el ángel caído”; “me has privado de la felicidad; devuélvemela y volveré a ser virtuoso”. Se trata de una criatura condenada, como dice la “Balada del viejo marinero” de Samuel Taylor Coleridge, contemporáneo de Mary Shelley, que se cita en el libro, a “avanzar en el camino solitario impelido por el temor y el miedo […] sin volver jamás la cabeza, porque sabes que un horrible enemigo muy cerca de ti te persigue”.

En la vieja leyenda judía del Gólem lo que da vida al barro inerte es una palabra sagrada que se le escribe en la frente a un muñeco, pero que lo vuelve un esclavo. Jorge Luis Borges lo ha descrito en un poema memorable del que solo rescato ahora estos versos: “El rabí le explicaba el universo/ ‘esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga’,/ y logró, al cabo de años, que el perverso/ barriera bien o mal la sinagoga”. La corporación Tyrell en la película Blade Runner (1982) crea replicantes para que sean esclavos de los humanos. Víctor Frankenstein busca la gloria personal y no se responsabiliza en ningún sentido de su creación; la abandona. La premisa moral que da origen a estos seres puede ser cuestionada desde la religión o la filosofía, pero son ellos mismos quienes se rebelan a su destino, y en el caso de los replicantes de Blade Runner y la criatura de Frankenstein, dan lecciones de humanidad a sus creadores.

Quiero citar aquí a manera de ejemplo un instante de la película Blade Runner que, en palabras de Rutger Hauer, el actor que interpretó al replicante Roy Betty, “treinta años después sigue existiendo con la misma intensidad”. Es el momento previo a que se lleve a cabo el famoso diálogo entre el blade runner Rick Deckard (Harrison Ford) y Roy: “He visto cosas que tú, gente, no podrías creer. Naves de ataque en llamas en la cuesta de Orión. Vi C-beams parpadeando en la oscuridad de la puerta de Tannhäuser. Todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Un momento antes, Deckard está tratando de no caer al vacío. Se sostiene de una viga, pero claramente cede terreno a cada momento, y llueve a cántaros. Roy le salta enfrente y sonriendo socarronamente le dice: “Toda una experiencia vivir con miedo, ¿no es así? Pues eso es ser un esclavo”.

Esa es la verdadera razón de la rebelión de Roy. Quiere “vivir más”, como le pide a su creador, Eldon Tyrell, pero, sobre todo, quiere ser libre. Lo mismo que la criatura de Frankenstein: simplemente desea que quien lo creó haga otro como él para no estar solo en un mundo hostil. De hecho, aunque ha tenido oportunidad de hacerlo, no es capaz de provocar la muerte de Víctor Frankenstein, porque sin él no le quedaría absolutamente nadie.

Estas premisas humanas provienen del exterior del hombre, de algo “malévolo” creado por la ciencia. 75 años después de Frankenstein Émile Zola se preguntará: “¿La ciencia ha prometido la felicidad? No lo creo. Ha prometido la verdad y la cuestión es saber si con la verdad se conseguirá algún día la felicidad”.

El éxito del libro escrito por Mary Shelley tardó décadas en llegar. Lo que comenzó a tener resonancia prácticamente de inmediato fueron sus adaptaciones teatrales. En 2011 el cineasta británico Danny Boyle realizó una para el National Theatre de Londres que se proyectó en el Auditorio Nacional de México. Ahí vi nacer a la criatura de una placenta gigante alimentada por rayos eléctricos y cientos de focos encendidos. Se retorcía en el suelo como un ser adolorido y desamparado.

“La primera versión del libro —apunta Richard Holmes en su estupendo ensayo “Out of Control” del New York Review of Books, 21 de diciembre de 2017— fue escrita a gran velocidad en dos libretas ginebrinas, mayormente durante el invierno de 1816-17, pero no publicadas sino hasta 2008 en una meticulosa edición del académico experto en Shelley: Charles E. Robinson. El estilo es vivo y directo. Probablemente comenzó como un cuento, con las famosas líneas: ‘Fue en una lúgubre noche de noviembre que admiré a mi hombre completo’./ La segunda, que comienza y termina con la historia de la expedición al Ártico de Rober Walton, fue cuidadosamente revisada por Mary, editada levemente por Percy y publicada en 1918. El estilo es rico e incluye digresiones; aquí sigue habiendo controversia académica con respecto al efecto general de las aportaciones de Percy (alrededor de 5 mil palabras). Una reedición de esta versión de 1818, con algunos cambios menores, apareció en 1923 en dos volúmenes, a instancia del padre de Mary, William Godwin, y fue la primera firmada con su nombre [Mary W. Shelley]”./ La tercera versión, de 1931, fue radicalmente revisada solo por Mary, y es mucho más oscura en el tono. El idealismo del joven Frankenstein se torna en una figura siniestra y torturada.”

“Es sorprendente —exclama Holmes— que el libro haya llegado siquiera a escribirse”. Cuando Mary entregó a la imprenta el borrador de 72 mil palabras, que le había llevado un poco menos de un año de trabajo, tenía 20 años y ocho meses de embarazo. Se habían suicidado su media hermana Fanny Imlay y Harriet, la esposa que Persy B. Shelley había abandonado por ella. Lo que a mí me parece sorprendente, sin embargo, es que Mary Shelley (hija de la que es quizá la primer feminista radical de la historia, Mary Wollstonecraft, y el filósofo anarquista William Godwin) se haya sobrepuesto a todas las circunstancias que estaban en su contra y su intuición haya creado una reflexión moral tan adelantada a su época, tan informada en materia de avances científicos, y que su gran talento literario la haya plasmado en un libro tan bien estructurado que corrigió a profundidad en varios momentos de su difícil y atareada vida.

Esa noche, fría, tormentosa y célebre, de junio de 1816 en que se llevó a cabo la “competencia de relatos de fantasmas” entre los Shelleys y Lord Byron en la villa Diodati del lago Geneva, también estaba presente un médico experto en sonambulismo que era secretario y patiño de Lord Byron. Su nombre era William Polidori. Murió a los 25 años, en 1821, un año antes que Percy B. Shelley. Es el autor de “El vampiro”, obra en la que se venga de los sarcasmos y burlas de Lord Byron de una manera elegante. Lo usa como modelo para crear a Lord Ruthven, el protagonista de su cuento, y el primer vampiro seductor, distinguido y elegante de la literatura. Por una confusión editorial, la primera vez que se publicó “El vampiro”, apareció en la revista New Monthly firmado por Lord Byron, con lo cual el destino ejercía su derecho al humor negro. El misterioso caballero acaudalado e irresistible que encarna Lord Ruthven tiene ya la fisonomía del vampiro sofisticado de Bram Stoker, el mismo que vino a cerrar este siglo de desafíos a la jurisdicción divina del origen de la vida y el fin de la muerte.

Fuente: Nexos  -  1 de enero de 2018