sábado, 2 de noviembre de 2013

Las ciudades de Borges




Mora Torres       

Resulta curioso que Jorge Luis Borges haya sido durante toda su vida un viajero entusiasta (Inmigración y literatura: el viaje), y más aún durante la segunda mitad de su vida, cuando ya era ciego (Borges, religión y filosofía).

Había ciudades que Borges consideraba suyas, como Ginebra, Londres, la Córdoba de España (La conquista de Córdoba y su reino) y, por supuesto, Buenos Aires (Ciudades y escritores). A lo largo de su obra aparecen, entre éstas que fueron sus “diversas e íntimas patrias”, otras con las cuales no tuvo afinidad. Enumerarlas a todas, las amadas y las no tan amadas, volvería a esta nota insoportablemente extensa.

Sin embargo resulta interesante intentar, en una especie de juego que quizá a J. L. B. no le hubiera desagradado, la reconstrucción, a vuelo de pájaro, de algunas de esas ciudades, con retazos de sus textos o con sus originales opiniones.

Ginebra, la de la felicidad

Ginebra, el sitio donde la felicidad es posible según nuestro escritor, resalta en el conjunto de las ciudades borgeanas como la humilde -en el sentido de la ausencia de vanidad, de boato-, la sobria, la sin énfasis: “París no ignora que es París, la decorosa Londres sabe que es Londres; Ginebra casi no sabe que es Ginebra”, afirma, él sí, con algún énfasis (Suiza). A grandes rasgos, Ginebra es para Borges una ciudad llena de librerías y comercios modernos donde el pasado está presente en las perdurables fuentes y campanas y en las calles montañosas de la Vieja Ciudad, y también en las grandes sombras de Calvino (La Reforma), Rousseau (Jean-Jacques Rousseau y la ilusión burguesa de la voluntad general), Amiel, de las que nadie habla.

Un año antes de morir, Borges escribe en 1983, premonitoriamente o quizá obedeciendo a una voluntad que jamás expresó ya que siempre aseguró -también lo hizo en un poema- tener su lugar en La Recoleta (Historia de la Recoleta…): “Sé que volveré a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo”.

Y en efecto fue en esa ciudad donde murió, y donde está enterrado junto a la “gran sombra” de Calvino.

Por el tranquilo y rojo laberinto…

Londres -toda Inglaterra (Catalina: el infierno de una reina)- está presente en su escritura, a veces sin ser literalmente mencionada. A otros sitios les dedicó poemas y relatos; a Londres, a Inglaterra, gran parte de su obra y de sus días. Cuenta que con Francis Haslam, su abuela nacida en el sur de Inglaterra, debía, en su infancia, hablar de otra manera que como hablaba con los demás. Creía que esa forma de comunicarse era más respetuosa, más adecuada a una persona de esa edad o quizá un rito familiar indescifrable. Con el tiempo comprendió que ese modo “respetuoso” de hablar era el idioma inglés y no una solemne ceremonia en homenaje a los mayores.

Londres es para el escritor un laberinto rojo y tranquilizante, la define con estas palabras, aproximadamente, pero cada vez que aparece en su obra la rodea de una indisimulable devoción. Sus textos están atravesados por fantasmas de escritores ingleses, antiguos y modernos, y en cierto modo muchas de sus ficciones tienen un clima reconociblemente inglés -aún cuando transcurran en Argentina, en Uruguay o en Brasil.

Dublín y la Torre Redonda

Para comprender la diferencia entre las ciudades que son los amores de Borges y aquellas que sencillamente admira, podemos hablar de Venecia. No puede recordarla sin mencionar a Carpaccio, a Petrarca, a Ruskin y a Marcel Proust, que la amaron en serio. Asocia las góndolas con violines -góndolas y violines enlutados- y asegura que para él el crepúsculo y Venecia son sinónimos, apelando a un artificio literario para definirla. Está claro que a pesar del deslumbramiento que le provoca, no es de sus “entrañables”.

Con Dublín sucede todo lo contrario; aun en estilo deliberadamente sobrio, J. L. B. no puede dejar de mostrar sus debilidades… Con voz quejumbrosa reniega del escaso tiempo que le fue dado permanecer en ella, y hace una lista como de reclamo de los sitios que no pudo visitar en Irlanda. De los que sí recorrió -en ese lugar donde todos los hombres, según explica, tienen un único fin: la belleza- el recuerdo de la Torre Redonda es el más vívido.  Expresa que si bien no pudo verla, sus manos la tantearon, allí  “donde monjes que son nuestros bienhechores salvaron para nosotros en duros tiempos el griego y el latín, es decir la cultura”.

En Dublín Borges camina por las calles y se mezcla con los personajes del libro que es el paradigma de la novela de nuestro tiempo, el Ulises, de James Joyce, pero esta vez ya no de un modo distante y literario como en sus remembranzas de Venecia, sino vitalmente, como si bebiera cerveza caliente y comiera un buen plato de comida irlandesa con ellos, en alguna taberna.

Egipto

La estadía en Egipto de Borges es significativamente memorable por un solo momento:

“A unos trescientos o cuatrocientos metros de la Pirámide me incliné, tomé un puñado de arena, lo dejé caer silenciosamente un poco más lejos y dije en voz baja: ‘Estoy modificando el Sahara’. El hecho era mínimo, pero las no ingeniosas palabras eran exactas, y pensé que había sido necesaria toda mi vida para decirlas”.

La dilecta

Refiriéndose a Buenos Aires y a su Delta del Tigre, Borges dice que no cree que exista en el mundo otra ciudad en la que uno de sus márgenes sea un archipiélago de islas muy verdes “que se alejan y pierden por (…) un río tan lento que la literatura ha podido llamarlo inmóvil”.

Esta particular mirada de su propia ciudad, a la cual, en otro sitio, ha dicho que no lo une a ella “el amor, sino el espanto”, es posible que rescate la verdadera dimensión de su afecto. Para Borges el paraíso está en cualquier esquina de Buenos Aires, como asegura en otra de sus aparentes -o transparentes- contradicciones. Lo ve en la esquina de Charcas y Maipú -ahora es un museo, es su propia antigua casa-; en la de una confitería del barrio de Once en donde Macedonio Fernández, su amigo y su filósofo predilecto, ensaya alguna reflexión muy sabia y humorística; también en la de Esmeralda y Lavalle, en donde murió un poeta argentino de los inicios, Estanislao del Campo.

En su libro Atlas, bellamente ilustrado, figura esta declaración: “Mi cuerpo físico puede estar en Lucerna, en Colorado o en el Cairo, pero al despertarme cada mañana, al retomar el hábito de ser Borges, emerjo invariablemente de un sueño que ocurre en Buenos Aires. Las imágenes pueden ser cordilleras, ciénagas con andamios, escaleras de caracol que se hunden en sótanos (…) pero cualquiera de esas cosas es una bocacalle precisa del barrio de Palermo o del Sur (…) ¿Quiero esto decir que más allá de mi voluntad y de mi conciencia soy irreparablemente, incomprensiblemente porteño?”.

Fuente : Monografías.com

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