sábado, 16 de abril de 2016

El álbum de los viajes más felices




Atlas. Publicado en 1984, este libro de Borges y María Kodama se convirtió en una gran muestra fotográfica; podrá verse en la Feria del Libro en el espacio de Ñ.

Por Diego Erlan

Hubo un objeto del que Jorge Luis Borges nunca se desprendió: un globo terráqueo que había pertenecido al psiquiatra José Ingenieros. “Antes me gustaban los atlas y los mapas, pero ahora que no puedo ver han dejado de tener importancia”, reconocía Borges a la revista Gente , en aquellos días de celebridad y ocaso cuando vivía sumergido “en una oscuridad perfecta”. Ese globo terráqueo y también un bastón de una sola pieza, con mango largo, que recorrió con él gran parte del mundo, eran dos de sus objetos preferidos. Había un tercero: aquel reloj de bolsillo con grandes números romanos, obsequio que Adolfo Bioy (el padre de su amigo Adolfo Bioy Casares) le hiciera cuando el escritor empezó a brindar conferencias. De un modo u otro, esos tres objetos acompañaron a Borges en los viajes de sus últimos años, que permanecen registrados en más de un centenar de imágenes, algunas de ellas tomadas por María Kodama. Esas fotografías conforman la colección Atlas, de la que se ofrecerá un singular recorrido en el espacio de la revista Ñ y Clarín durante la Feria del Libro que comienza el jueves. A 30 años de la muerte del autor, que se cumplen el 14 de junio, la exposición se exhibirá en la Biblioteca Nacional y en diversas ciudades de la Argentina.

El de estas imágenes es otro Borges. Un Borges que no oculta la sonrisa de niño a punto de emprender, por primera vez, un viaje en globo por el Valle de Napa, en California; un Borges con la Mezquita Azul de fondo; un Borges fascinado con el camello que no puede ver ante las pirámides de Egipto; un Borges en busca de la iluminación junto a los monjes budistas en Izumo, Japón, y en su notoria y aterrada felicidad sentado junto a un tigre de Bengala en el zoológico de Cutini, cerca de Luján. Este es un Borges en condición de viajero frecuente.

Antes de la muestra que podrá verse en la Feria, sin embargo, Atlas fue el libro que Borges publicó originalmente en 1984 junto a María Kodama. Luce en su portada la fotografía de ese viaje en globo. Es el comienzo de una aventura caprichosa, exótica y singular como la del libro mismo. Para Borges, toda palabra presupone una experiencia compartida. “Si alguien no ha visto nunca el rojo, es inútil que yo lo compare con la sangrienta luna de San Juan el Teólogo o con la ira; si alguien ignora la peculiar felicidad de un paseo en globo es difícil que pueda explicársela. He pronunciado la palabra felicidad; creo que es la más adecuada”, compone Borges en el comentario dedicado a esa aventura.

Atlas no es evocación ni viaje imaginario sino desplazamiento físico. Es el álbum de múltiples viajes, realizados a finales de los años setenta y principios de los ochenta, el continuo deambular por ciudades de un Borges ya celebrado en el mundo entero, que lo agasaja en sedes culturales, editoriales y casas de estudio. Aquí hay “un flotar”, según lo describe la escritora y ensayista Sylvia Molloy en uno de los trabajos que integran su libro Las letras de Borges . Ella advierte que este Atlas , editado como un libro de mesa y de cierto lujo, está compuesto más por momentos que por lugares: en sus páginas conviven el monumento y lo trivial, la pirámide y la brioche , el vacío y el genio, el objeto y la intimidad. Es el libro de las pequeñas felicidades transitorias. Es cierto. A pesar de su inclusión rara dentro de la soberbia obra del autor de El Aleph , este Atlas sin mapas es un libro sobre la felicidad. Eso pretendió Kodama que fuera: un compendio de los instantes de diversión durante las giras que hacía Borges para dar conferencias en universidades y encuentros protocolares. Nada de esos encuentros se registra en el libro. Sus páginas se enfocan más bien en los momentos de ocio y paseos. “Escribo porque no hay felicidad o dolor que sean solo físicos, siempre intervienen el pasado, las circunstancias, el asombro y otros hechos de la conciencia”, entiende Borges. Ese viaje en globo de solo hora y media no era para él una simple actividad turística; constituía también una exploración por ese “paraíso perdido” que es el siglo XIX y por la suntuosa imaginación de los hermanos Montgolfier (inventores del artefacto), pero también era volver de un modo sensorial a sus lecturas de Julio Verne, Edgar A. Poe y H. D. Wells.

Durante una cena de agosto de 1983, tanto el poeta Alberto Girri como el editor Enrique Pezzoni intervinieron, con responsabilidad dispar, en la confección de este álbum. Aunque la principal impulsora haya sido Kodama, que se casaría con Borges vía Paraguay en 1986. Un atlas como pretexto, un atlas como respuesta, un atlas como registro de la felicidad de Borges. En la lujosa primera edición a cargo de Sudamericana dos años antes de la muerte del escritor, no se incluye el epílogo firmado por Kodama. Este recién aparece en la posterior realizada por Emecé en 1995 y cierra ese viaje con el recuerdo de aquellos momentos vividos: “Roma será para mí su voz recitando las Elegías de Goethe y Venecia, para usted, lo que yo le transmití un atardecer, en San Marcos, escuchando un concierto. París será usted niño, terco, encerrado en un hotel comiendo chocolate mientras leía a Hugo, su manera de descubrir París”.

En la negación que desliza Borges en el prólogo (que este libro “ciertamente no es un atlas”), encontramos una cita a Magritte para convertir al objeto en un problema. Las fotografías con pulso amateur tienen valor por la presencia de Borges. Es él quien las modifica. “La fotografía también es emblemática de la paradoja fecunda que anima este curioso libro, producto de un turismo privado de visión”, sostiene Molloy. Es “la mirada oblicua” de Borges la que vuelve transformada en texto. Cada título se sucede aquí como “unidad hecha de imágenes y de palabras”. No solo imágenes. También juegan las sensaciones. Son varios los momentos en los que Borges, envuelto en esa clara neblina que ven los ojos de los ciegos, se dedica a percibir a través del tacto los objetos alrededor de una habitación de hotel y a encontrar allí un sentido, como el de la felicidad por el momento de revelación de las formas geométricas que encuentra al abrazar una columna. En su concepción, podríamos decir que Atlas se ubica como un objeto anómalo de la obra borgeana, al menos por lo sentimental. Es el dictado de una voz, que es la de Borges, que puede usar el pensamiento ancestral de China o de Spinoza para pensar sobre el arquetipo que produce una brioche comprada en una panadería de Ginebra. Sin embargo, el libro también atesora destellos de genialidad habituales en Borges. Por ejemplo, en fragmentos como “El desierto”: “A unos trescientos o cuatrocientos metros de la Pirámide me incliné, tomé un puñado de arena, lo dejé caer silenciosamente un poco más lejos y dije en voz baja: ‘Estoy modificando el Sahara’. El hecho era mínimo, pero las no ingeniosas palabras eran exactas y pensé que había sido necesaria toda mi vida para que yo pudiera decirlas.” “ Atlas –arriesga Molloy– es una invitación a la literatura.” Por otra parte, en algunos tramos el libro parece formular la máxima de Francis Bacon: que los viajes en la juventud son parte de la educación y en la vejez, parte de la experiencia. El viaje que Borges efectúa aquí es, además, una inmersión en su memoria: “Para no ver no es imprescindible estar ciego o cerrar los ojos; vemos las cosas de memoria, como pensamos de memoria repitiendo idénticas formas o idénticas ideas”. Así vuelve a las islas del Delta, donde muere su amigo el pintor Xul Solar, vuelve a la biblioteca de Almagro Sur donde leyó a Leon Bloy y vuelve incluso a Ginebra, lugar que sintetiza para él otra vez la felicidad. Allí fue donde, en 1914, se le revelaron el latín, el francés, el alemán, el expresionismo, la doctrina de Buda, del taoísmo y la nostalgia de Buenos Aires. Y supo entonces que Ginebra sería el lugar al que volvería “quizás después de la muerte del cuerpo”.

Fuente : Clarin - Revista Ñ



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