viernes, 1 de abril de 2016

Jorge Luis Borges stand up: sus mejores chistes




 
Numerosos libros recogen sus frases más graciosas. Dueño de una fina ironía, el genial escritor argentino escribió con sus ocurrencias nuevas páginas. Fragmentos que aquí disfrutaremos, recogidos de la web.

En 1980, Borges recibía el Premio Cervantes de Literatura. Compartía el galardón con el poeta español Gerardo Diego. Los dos se conocían desde su juventud, y ahora, allí, octogenarios ambos, se encontraban después de mucho en la ceremonia de entrega. El Rey Juan Carlos de España ya estaba listo para su discurso, cuando por fin Gerardo Diego logra llegar hasta el célebre ciego, y lo saluda.
-- Hola, Borges.
-- ¿Quién es?.
-- Gerardo
-- ¿Quién?
-- Diego.
-- ¿En qué quedamos?

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Desde que empezó a quedarse ciego, dejaron de gustarle los disfraces. Lo confundían aún más y lo enojaban. Cuenta su gran amiga Silvina Ocampo que una tarde, en casa de Victoria, ella y Nora Langhe, disfrazadas las dos, sorprendieron a Georgie paseando por los jardines, y lo asustaron. Borges se molestó, refunfuñó algo en voz baja, y siguió caminando solo hasta que se chocó con un árbol, y allí, palpando la corteza con sus manos, le dijo con la cara contra el tronco:
-- ¿Vos también te disfrazaste?

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Amó tanto Buenos Aires, que reconoció haber ido por el mundo diciéndole a todo el mundo que Buenos Aires era una ciudad horrible.
Temí que se llenara de turistas. La quería sólo para mi.

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Ésta la contaba Marco Denevi: un amigo mío conducía del brazo por la calle a un Borges ya ciego, y a su pedido, le lee lo que dice un afiche con consignas nacionalistas: Dios, familia y propiedad. Borges entonces murmura: Caramba, que tres incomodidades.

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Y como el mundo del fútbol le era ajeno por inasible, él abolió el fútbol de su mundo. Sin embargo, aún así, se confesaba hincha de San Lorenzo de Almagro. Tan sorprendente adhesión de su parte, la había tomado en aquella misma biblioteca del barrio de Almagro, ya casi Boedo.
Cierta vez me preguntaron a mí qué cuadro prefería, y yo pensé que se referían a telas o a óleos,y les expliqué que como no veía bien, la pintura no me interesaba demasiado. Pero parece que no: se referían al cuadro de fútbol. Entonces yo les dije que no sabía absolutamente nada de fútbol, y ellos me dijeron que ya que estábamos en ese barrio de Boedo y San Juan, yo tenía que decir que era de San Lorenzo de Almagro. Yo aprendí de memoria esa contestación, siempre decía que era de San Lorenzo, para no ofender a mis compañeros. Pero pronto noté que San Lorenzo de Almagro, casi nunca ganaba. Entonces yo hablé con ellos, y me dijeron que no, que el hecho de ganar o perder era secundario en lo que tenían razón.-, pero que San Lorenzo era el cuadro más científico de todos. Eso me dijeron, sí... Se ve que no sabían ganar, pero lo hacían metódicamente.

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Su buen amigo de juventud -cofundador con él del ultraísmo argentino-, Guillermo de Torre, con los años, se convirtió en su cuñado. Luego el tiempo los fue distanciando, y la relación entre los dos se enfrió cada vez más. Después de Torre quedó sordo. Desde entonces, cuando le preguntaban a Borges cómo se llevaba con su cuñado, él enseguida respondía: muy bien: yo no lo veo y él no me oye.

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Borges firma ejemplares en una librería del Centro. Un joven se  acerca con Ficciones y le dice: "Maestro, usted es inmortal".  Borges le contesta: "Vamos, hombre. No hay por qué ser tan pesimista".

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Roma, 1981. Conferencia de prensa en un hotel de la Via Veneto.  Además de periodistas, están presentes Bernardo Bertolucci y  Franco María Ricci. Borges, inspirado, destila ingenio. Llega la  última pregunta. "¿A qué atribuye que todavía no le hayan  otorgado el Premio Nobel de Literatura?"

- "A la sabiduría sueca".

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En una entrevista, en Roma, un periodista trataba de poner en
aprietos a Jorge Luis Borges. Como no lo lograba, finalmente
probó con algo que le pareció más provocativo: "¿En su país
todavía hay caníbales?"
- "Ya no - contestó aquél -, nos los comimos a todos."

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Pero el anecdotario borgeano -el más rico y variado de cuantas  personalidades uno recuerde- está también hecho de observaciones,  ocurrencias y comentarios de singular agudeza. En ese
temperamento, el escritor no rehuía incluso el tener que vérselas con  temas difíciles: en plena Guerra de las Malvinas, opinó que "la  Argentina e Inglaterra parecen dos pelados peleándose por un peine" y  que "las islas habría que regalárselas a Bolivia para que tenga salida al mar".

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Propuesta. Cuenta Héctor Yanover que durante una reunión de la  SADE sobre la situación de la literatura argentina, Córdoba  Iturburu, que la presidía, inquirió a los gritos: "¿Y qué vamos a
hacer por nuestros jóvenes poetas?" Desde el fondo llegó otro grito, éste  de Borges: "¡Disuadirlos!"

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En la pausa de un acto cultural, el novelista Oscar Hermes  Villordo acompañó a Borges al baño, situado en un primer piso  al que se llegaba por una empinada escalera de madera. Cuando
volvían, Villordo notó que Borges descendía los escalones demasiado  rápido y, temiendo lo peor, le preguntó:"¿No deberíamos ir más  despacio?" "Pero no soy yo - aclaró Borges -, es Newton."

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Borges charla con Antonio Carrizo, en un bar. Por la radio del  local se anuncia un tango con letra de León Benarós, amigo de  Borges. El locutor propone escucharlo y el escritor acepta.
Cuando el tango termina, Carrizo le pregunta qué le pareció. Borges  mueve la cabeza y dictamina, muy preocupado: "Esto le pasa a Benarós  por juntarse con peronistas".

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El poeta Eduardo González Lanuza, uno de los introductores del  ultraísmo en la Argentina y gran amigo de Borges, descubre a  éste en Florida y Corrientes, solo, con su bastón, esperando para  poder cruzar. Lo toca y le dice: "Borges, soy González Lanuza".  El vuelve la cabeza y, después de unos segundos, contesta: "Es probable".

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En Maipú y Tucumán, un grupo de adictos a Isabel Perón descubre  a Borges y lo sigue unos metros, insultándolo. Al ingresar en  su casa, un periodista le pregunta cómo se siente. "Medio
desorientado - manifiesta -. Se me acercó una mujer vociferando:  ¡Inculto! ¡Ignorante! " +

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Un joven poeta se acerca a Borges en la calle. Deja en manos  del escritor su primer libro.Borges agradece y le pregunta cuál  es el título. "Con la patria adentro", responde el joven. -"Pero qué
incomodidad, amigo, qué incomodidad".

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El escritor argentino Héctor Bianciotti recuerda una de las  tantas salidas elegantes de Borges, cuando le incomodaban los  halagos de la gente: Ocurre en París, en un estudio de televisión.
-"¿Usted se da cuenta de que es uno de los grandes escritores  del siglo?", lo interrogan.  -"Es que este", evalúa Borges, "ha sido un siglo muy mediocre".

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Una mañana de octubre de 1967, Borges está al frente de su  clase de literatura inglesa. Un estudiante entra y lo interrumpe  para anunciar la muerte del Che Guevara y la inmediata suspensión de  las clases para rendirle un homenaje . Borges contesta que el  homenaje seguramente puede esperar. Clima tenso. El estudiante  insiste: "Tiene que ser ahora y usted se va". Borges no se resigna y  grita: "No me voy nada. Y si usted es tan guapo, venga a sacarme del  escritorio". El estudiante amenaza con cortar la luz. "He tomado la  precaución", retruca Borges, "de ser ciego esperando este momento".

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A principios de la década de los setenta, el escritor y  psicoanalista Germán García invita a la Argentina a Daniel Sibony,  matemático y psicoanalista francés. Sibony quiere conocer a Borges.  Al encontrarse, el francés le pregunta en qué idioma desea hablar.  "Hablemos en francés", propone Borges, y justifica: "Dicen que  la lengua francesa es tan perfecta que no necesita escritores. A  la inversa, dicen que el castellano es una lengua que se desespera
de su propia debilidad y necesita producir cada tanto un Góngora, un  Quevedo, un Cervantes".

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Una revista de actualidad reúne a Borges con el director técnico  César Luis Menotti. "Qué raro, ¿no? Un hombre inteligente y se  empeña en hablar de fútbol todo el tiempo", comenta Borges más tarde.

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En 1983, un periodista de La Nación pide a Borges su opinión  sobre la Guerra de Malvinas. "Absurda", define Borges. "Estoy  triste, muy triste. Mandaron a esos pobres muchachos de veinte  años a morir al sur. Tener veinte años y pelear contra soldados  veteranos es algo atroz, inconcebible. Solamente en el crucero  General Belgrano murieron cientos. Claro que los militares dirán que  al lado de los desaparecidos esa cifra no es nada, pero no creo que  les convenga ese argumento. No, no les va a convenir..."

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El 10 de marzo de 1978, en la Feria del Libro, Borges se cruza  con un escritor al que quiere y respeta: Manuel Mujica Lainez.  Se abrazan e inician una conversación que es interrumpida una y  otra vez por los cazadores compulsivos de firmas. "A veces", se queja  Borges, "pienso que cuando me muera mis libros más cotizados serán  aquellos que no lleven mi autógrafo."

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En 1975, a los 99 años, muere Leonor Acevedo de Borges, madre  del escritor. En el velorio, una mujer da el pésame a Borges y  comenta: "Peeero... pobre Leonorcita, morirse tan poquito antes  de cumplir los 100 años. Si hubiera esperado un poquito más...".  Borges le dice: "Veo, señora, que es usted devota del sistema decimal".

Fuente : MDZ On Line

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