miércoles, 30 de marzo de 2011

Borges y su amigo Grillo


Hotel La Delicia - Adrogué

Borges y Grillo se conocieron en La Delicia, en 1948, y desde ese momento compartieron comidas, literatura y amistad. En poder de Della Paolera quedan testimonios y anécdotas difíciles de valorar. Desde su pequeño departamento poblado de libros, Félix della Paolera hace referencia a Borges como si se tratara de un amigo. Realmente fue así. Se conocieron en 1948, en el Hotel La Delicia, de Adrogué, y desde entonces permanecieron en contacto. Todos los sábados almorzaban juntos y conversaban sobre asuntos que tenían que ver con la literatura, una pasión compartida por ambos.

Los temas de estricta actualidad pasaban casi inadvertidos. Más que de los políticos de turno, hablaban sobre escritos y escritores, en una charla que para muchos sonaría erudita, pero que para ellos formaba parte de la vida cotidiana. Así lo expresa el libro Borges: develaciones. "Quienes fueron sus amigos pueden atestiguar la ínfima curiosidad que a Borges le provocaban los hechos cotidianos, la actualidad. Me gusta tanto la lectura que mis recuerdos más antiguos son menos de cosas vividas que de cosas leídas, dijo Borges en 1960."

"No hay una vida de Borges ajena a su literatura -afirma Félix-. De ahí que inapelablemente hubiera rehusado redactar sus memorias, las que -solía decirlo- eran innecesarias o estaban implícitas en sus cuentos y poemas." Por esto es que deliberadamente quiso apartarse de comentarios en los que la vida personal del escritor estuviese implícita.

A della Paolera le dicen Grillo porque de chico en lugar de dormir jugaba y cantaba. Todavía hoy duerme poco, y dedica esas horas de silencio y tranquilidad a la lectura.


Cuando conoció al escritor, éste ya tenía los ojos nublados. Leía a una distancia muy corta del libro, hasta que finalmente dejó de ver a los 55 años. Para escribir, dictaba, generalmente a su madre. Después, se dedicó a la poesía porque era más fácil de memorizar que la prosa. Y si se le ocurría algo caminando por la calle, por ejemplo, podía recordarlo exactamente para que después alguien tomase nota.

Después de que Borges perdió la vista, Félix iba a su casa después del almuerzo. "Me pedía que le leyera alguna cosa, como cuentos en inglés", dice.

El primer título de doctor honoris causa dado a Borges, en la Universidad de Cuyo, fue gestionado por Grillo. "En 1956, un grupo de izquierda, con el argumento de que Borges no tenía un título universitario, quiso que le sacasen la cátedra de literatura inglesa. Yo conocía al decano de la Facultad de Filosofía, y le conté el caso. Lo nombraron entonces doctor honoris causa de la Universidad, y quedó habilitado para enseñar donde quisiera."

Varias veces Borges dio charlas a los alumnos del taller literario que Félix tiene desde hace 20 años, y que todavía dirige. En su casa, conserva las grabaciones en los viejos cassettes, grabados de manera informal, por lo que la voz de Borges resulta a veces imperceptible. Pero en el momento en que el sonido mejora, el invitado, de muy buena gana, no elude ninguna pregunta, y da respuestas sorprendentes que muchas veces provocan carcajadas de la concurrencia.

-¿Usted ha probado marihuana alguna vez? -le pregunta un alumno.

-Sí -contesta Borges- y fracasé. Y cocaína también, dos veces, y también fracasé. No sentí nada. Entonces volví a las pastillas de menta. Pero claro, he fracasado con tantas cosas... Como con el Fausto, de Goethe, que me derrotó totalmente.

-¿En qué parte del mundo se sintió más cómodo -pregunta otro alumno.

-En Suiza -contesta-, porque nadie me conoce.

-Si tuviera un enemigo, ¿qué le diría?

-Le diría que tiene razón.

-¿A quién le gustaría conocer?

-A Greta Garbo.

"Tenía un gran sentido del humor y nunca esquivaba una pregunta, aunque no tuviera nada que ver con la literatura. No era para nada solemne", dice Félix. Y se escucha desde la grabación una anécdota relatada por el mismo Borges. "Cuando Goethe conoció al poeta Heine, tenía una gran expectativa en lo que iba a decirle en ese primer encuentro. Finalmente, Heine le dijo a Goethe: Me parece que las cerezas de Sajonia son muy buenas. Sí -contestó Goethe-, son muy buenas. Ese fue el diálogo inicial entre dos titanes de la literatura", concluye Borges, dando a entender que detrás de un genio hay un hombre o una mujer que también habla de trivialidades.


El propósito del libro Borges: develaciones es descubrir, a través de los recuerdos personales de Félix, aspectos literarios en la obra de Borges que sólo alguien muy cercano, a través de varios años de amistad, pudo conocer.

"La gente cree que Borges inventaba todo, pero muchas personas y lugares eran reales. El modificaba un poquito la realidad. Se macanea tanto sobre Borges que he querido hacer algo de mucha precisión, destruyedo hipótesis falsas y documentando todo", dice.

El texto del libro -editado por la Fundación Eduardo Costantini- está en primera persona. Son los recuerdos de Grillo de lo que fueron sus encuentros con Borges. Se desprenden comentarios que echan luz sobre sus escritos y prueban que no todo en el mundo de Borges eran ficciones.

Por ejemplo: "Vivía en Adrogué un peluquero, Faustino Cammarota, modelo de don Isidro Parodi, el protagonista del libro que junto a Bioy escribieron. Ambos, el real y el ficticio, cebaban, en un jarrito enlozado celeste, el mate".

En principio, el libro iba a contar con la participación del mismo Borges. En 1980, el escritor, la fotógrafa Julie Méndez Ezcurra y Félix della Paolera se reunieron en Adrogué con el fin de comenzar este proyecto en común. Se trataba de un libro en el que Borges aparecería fotografiado en algunos lugares citados por él mismo en cuentos y poemas.

Este primer proyecto quedó trunco, ya que murieron Méndez Ezcurra y el mismo Borges, pero el archivo fotográfico quedó en manos del fotógrafo Facundo de Zuviría, y juntos, con Félix, retomaron la iniciativa de registrar los lugares reales dentro de los laberintos borgeanos.

"Al retomar la tarea interrumpida, y al no poder contar ya con la presencia de Borges en imagen, decidimos incluir parajes de Buenos Aires y de otras ciudades mencionadas en su poesía y en su narrativa, para relacionar así los textos con su encuadre fisonómico real", dice della Paolera en el pretexto de este libro, que cuenta con un prólogo de María Kodama.

Adrogué también es protagonista de esta historia.

"Adrogué fue el escenario de algunas de sus mejores ficciones y de ciertos personajes que el lector puede suponer imaginarios, pero que en realidad existieron", escribe della Paolera.

Y se ve una foto del escritor al lado de una escultura conmemorativa, emplazada donde estuvo el Hotel La Delicia, que aparece citado en el cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, y también en La muerte y la brújula (en este cuento se llamaba Quinta de Triste-le-Roy).

"Adrogué, a principios de siglo, fue un lugar de veraneo de moda, donde solían descansar personalidades de la época. Borges iba mucho, incluso vivió un año en el Hotel La Delicia -dice Grillo-. El cariño de Borges hacia Adrogué, mencionado en sus cuentos, poesía y ensayos, lo llevaba a hacerle bromas a Victoria Ocampo, devota de San Isidro, diciéndole que los hechos importantes ocurrían en el Sur", escribe en su libro.

"El Hotel La Delicia era una enorme quinta de más de una cuadra, llena de eucaliptos y de pinos. Creo que tengo una foto de un álbum viejo que conseguí -dice, y acto seguido trae una fotocopia de un viejo libro en donde se ve el edificio-. Era un hotel típicamente belle époque, demolido vaya a saber por qué, vaya a saber por quién. En la Argentina es así. ¡Han demolido tantas cosas!", comenta.

Pero antes de que se demoliera, una tarde de marzo de 1948 él y Borges se instalaron en la galería para tomar un poco de aire. "Lo había conocido esa mañana. En ese entonces, todavía no era famoso. Nos quedamos charlando hasta el amanecer, cuando apareció un huésped permanente que se llamaba Mr. William Foy. Las coincidencias con Herbert Ashe, el personaje de Tlön, Uqbar... eran demasiadas: tanto Ashe como Foy vivían en el hotel de Adrogué, eran ingenieros del ferrocarril y, como escribió Borges de Ashe, "padecía de irrealidad como tantos ingleses". Allí estaba la persona que había dado lugar al personaje.

Fue Grillo el que le contó a Borges la historia de los hermanos Iberra, que vivían en Turdera, cerca de Adrogué, y eran tenidos por matones. Los Iberra fueron citados en varios cuentos y poesías, y Grillo y Borges visitaron su rancho en 1964 y 1980.

¿Por qué le gustaban a Borges las historias de malevos? "Borges pertenecía a una familia de antepasados militares. El, en cambio, era un hombre no violento, dedicado a la literatura. Pero sentía cierta nostalgia por la acción de sus antepasados."

Otro recurso que Borges solía utilizar era modificar levemente los nombres de los personajes y de los lugares. En Milonga para Jacinto Chiclana, reemplazó el nombre real, Florencio Chiclana, por Jacinto, que también tiene connotación floral.

En el cuento El Sur, publicado en 1956, su único protagonista, Juan Dahlmann, sufre un accidente igual al padecido por Borges el 24 de diciembre de 1938 al golpearse la frente contra el marco de una ventana abierta mientras subía rápidamente por la escalera. También afecta a Dahlmann la grave infección que él sufrió y su lenta convalecencia. El infortunio de su personaje ocurrió a fin de febrero de 1939, sólo dos meses después de la fecha verdadera.

Otras pistas no son tan explícitas. Hay una irónica referencia a sus propios hábitos de escritura en una nota a pie de página de Pierre Menard, autor del Quijote. Allí dice: "Recuerdo sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto".

"A quienes han tenido en sus manos el original o la fotocopia de algún manuscrito de Borges no se les escapará que solía escribir con tinta negra en cuadernos cuadriculados Lanceros Argentinos, que sus tachaduras eran tan densas que impedían reconocer las palabras testadas y que su caligrafía resultaba casi microscópica", escribe Grillo.

El libro hace referencia a ciertas repeticiones borgeanas, que eran premeditadas. "Borges tenía muy buena memoria. No repetía por casualidad. No es que se copiase a sí mismo, sino que una vez que se ha encontrado una forma acertada de decir las cosas, para qué innovar", explica Félix. Por ejemplo, el hecho de que varios de sus personajes mueren por la rotura de un aneurisma. "Quizás -afirma- se debe a la calidad sonora de la palabra aneurisma, más agradable al oído que cáncer."

Según della Paolera, Borges no dejó herederos. "Sus invenciones resultan intransferibles, dado que se sustentan en una vida concentrada en explorar las posibilidades y los límites de la palabra, y, por lo tanto, demandarían a cualquier seguidor una vocación y una pasión análogas a las suyas; es decir, alguien que con igual intensidad se interesara a la vez por la linguística, las etimologías, la metafísica, la teología, los mitos, la literatura comparada, las enciclopedias, las lenguas arcaicas. No es fácil encontrar esos discípulos."

Pero lo que ha proliferado son los libros sobre su vida y obra. "Borges agradecía esas interpretaciones sobre su obra. Y decía, con ironía, que lo enriquecían, porque le atribuían intenciones que no había tenido", explica.

"Creo que el enmascaramiento parcial de personajes y lugares en nada impide el goce de sus ficciones para el lector que no pueda advertir esos juegos, aunque también otorgue un placer adicional a quien sea capaz de reconocerlos", concluye Grillo y ofrece, a modo de regalo de cumpleaños, estas develaciones recién salidas de la imprenta.

Estas son algunas citas de Borges; develaciones que, justamente, quitan el velo de solemnidad que muchas veces se le endilga al escritor.

-A Borges le gustaba fluctuar entre el ocultamiento y el desocultamiento; distorsionaba parcialmente los hechos, desfiguraba ciertos trazos, pero nunca el dibujo íntegro, escondía la identidad sin omitir algún indicio que permitiera reconstruirla.

-Cuando se le requería una opinión sobre el Papa, podía contestar en el acto: "Es un funcionario que no me interesa" y frustrar así no sólo la intención de arrancarle un juicio ético, sino de remarcar también el carácter burocrático de la institución eclesiástica (nombramientos, ascensos, traslados...), tan ajeno al debate metafísico y teológico que sí le interesaba.

-En una ocasión, trataron de que diera su parecer, sin duda harto conocido, sobre la figura de Perón. Antes de que el cronista terminara de hablar, Borges comentó: "Nunca me han importando los millonarios", desbaratando de ese modo el designio ideológico de la pregunta.

-Interrogado sobre la censura, velozmente respondió que muchas veces ha servido para estimular la metáfora y agregó el ejemplo de libros que pudieron soslayar la vigilancia de los censores mediante el cambio de nombres o la apelación al simbolismo.

Fuente :
La Nación-Revista
Paula Urien Aldao
Domingo 22 de agosto de 1999

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