lunes, 7 de marzo de 2011

El costado oriental de Borges


Foto - Onetti- Borges

Un fuerte vínculo afectivo unía a Borges con el Uruguay, un país donde hizo transcurrir varios de sus mejores cuentos y a cuya historia se refiere en algunos de sus poemas.
Con estas palabras empieza su Autobiografía: "No puedo precisar si mis primeros recuerdos se remontan a la orilla oriental u occidental del turbio y lento Río de la Plata; si me viene de Montevideo, donde pasábamos largas y ociosas vacaciones en la quinta de mi tío Francisco Haedo, o de Buenos Aires".
País al que él llamaba Banda Oriental, allí habían nacido su abuelo paterno (Francisco Isidro Borges) y su abuela materna (Leonor Suárez Haedo), sino porque él mismo fue gestado en Uruguay. En su juventud Borges escribió sobre muchos escritores "orientales" y a lo largo de toda su vida admiró la obra de William Hudson "La tierra purpúrea", un libro que describe al Uruguay del siglo XIX a través de los ojos de un viajero inglés.
También Borges concedió a Uruguay la maternidad del tango negándosela así a su propia ciudad natal, Buenos Aires. "El tango nació de los compadritos que habitaban los suburbios de las ciudades del Río de la Plata, probablemente en la orilla oriental", decía siempre. Esa opinión también la expresó en verso en el poema "Milonga para los orientales". "Milonga del primer tango/ que se quebró, nos da igual,/ en las casas de Junín/ o en las casas de Yerbal/", escribió mencionando dos calles de la Ciudad Vieja de Montevideo.
Su vinculación con Uruguay no fue meramente intelectual, el joven Borges vacacionó algunas largas temporadas en la finca de su familia en el barrio montevideano de Paso Molino y pasó memorables estadías en la zona del litoral Uruguayo.
En su "Autobiografía" él recuerda su gran habilidad como nadador "que había adquirido en ríos de corrientes rápidas como el Uruguay y el Ródano" cuando era un niño.
El Borges juvenil escribió un prólogo a una antología de poetas uruguayos donde el abusivo elogio que reciben los orientales debe ser entendido, sobre todo, como una provocación a sus compatriotas argentinos.

Un libro es congregación de muchos poetas - de hombres que al contarse ellos, nos noticiarán novedades íntimas de nosotros - y yo soy el guardián inútil que charla. ¿Que justificación es la mía en este zaguán? Ninguna salvo ese río de sangre oriental que va por mi pecho, ninguna salvo los días orientales que hay en mis días y cuyo recuerdo sé merecer. Algunos - una siesta, un olor a tierra mojada, una luz distinta - ya no sabría decir de qué banda son. Esa fusión, o confusión, esa comunidad, puede ser hermosa.¿Que distinciones hay entre los versos de esta orilla y los de la orilla de enfrente? La más notoria es la de los símbolos manejados. Aquí la Pampa o su inauguración, el suburbio; allí los árboles y el mar. El desacuerdo es lógico: el horizonte de Uruguay es de arboledas y cuchillas, cuando no de agua larga; el nuestro de tierra. El anca del escarceador Pegaso oriental lleva marcados una hojita y un pez, símbolos del agua y del monte…Siempre esas dos tutelas están. Nombrada o no, el agua induce una vehemencia de ola en los versos; con o sin nombre, el bosque enseña su sentir dramático de conflicto, de ramas que se atraviesan como voluntades. Su repetición vistosa, también. Dos condiciones juveniles - la belicosidad y la seriedad - resuelven el proceder poético de los uruguayos. La primera está en el personificado Juan Moreira de Podestá, en los matreros con divisa de José Trelles, en el ya inmortal compadrito trágico de Florencio Sánchez, en las atropelladas de Ipuche y en el; ¡A ver quien me lo niega! con que sale a pelear por una metáfora suya, Silva Valdés. El humorismo es esporádico en los uruguayos, como la vehemencia en nosotros. Obligación final de mi prólogo es no dejar en blanco esta observación. Los argentinos vivimos en la haragana seguridad de ser un gran país, de un país cuyo sólo exceso territorial podría evidenciarnos, cuando no la prole de sus toros y la feracidad alimenticia de su llanura. Si la lluvia providencial y el gringo providencial no nos fallan, seremos la villa Chicago de este planeta y aún su panadería. Los orientales, no. De ahí su clara heroica voluntad de diferenciarse, su tesón de ser ellos, su alma buscadora y madrugadora. Si muchas veces, encima de buscadora fue encontradora, es ruin envidiarlos. El sol, por las mañanas, suele pasar por San Felipe de Montevideo antes que por aquí...

Luego de leer estas palabras un uruguayo no duda de que Borges privilegiaba la ficción a la realidad.
Sus viajes al vecino país también continuaron de adulto, ya que con frecuencia visitaba mucho el departamento de Salto, donde vivía su prima, que estaba casada con el escritor uruguayo Enrique Amorim. En la casa salteña de este matrimonio ocurrieron dos jalones en la biografía del escritor. Uno de ellos es que en esa casa escribió uno de sus mejores cuentos: "Tlon Uqbar Orbis Tertius".
Borges ambientó muchos cuentos en el interior rural de Uruguay y algunos en Montevideo.
La investigadora uruguaya Ana Inés Larre Borges ha señalado oportunamente que en los cuentos de Borges situados en los departamentos del norte de Uruguay se percibe "la nostalgia del intelectual por la acción y el coraje", mientras que Montevideo aparece en su literatura como "un refugio civilizado para quienes huyen de la barbarie".
Ubica varios de sus cuentos en un Uruguay anacrónico, pretérito, básicamente por dos razones. Una es porque es un territorio bastante desconocido por el resto del mundo, lo cual le permite desplegar cómodamente su imaginación. "He situados mis cuentos un poco lejos, ya en el tiempo, ya en el espacio. La imaginación puede obrar así con libertad", escribió en "El informe de Brodie".
En el cuento “Funes, el memorioso”, que se ambienta en Fray Bentos, narra el largo insomnio de ese inolvidable personaje. Aquí, como hacía habitualmente, echó mano al recurso de atribuir a una persona real y notoria, noticias sobre el personaje ficticio, a los efectos de darles una mayor verosimilitud. Y así, señala que el poeta uruguayo Pedro Leandro Ipuche había definido, a Funes, como: “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”. Borges tenía en alta estima la obra poética de Ipuche; de manera especial recordaba siempre el poema “El guitarrero correntino”, cuyo final destacaba como un hallazgo poético: “Subió al caballo con lenta agilidad”. En otro cuento célebre, como “El muerto”, el compadrito Benjamín Otálora inicia su vida hacia la muerte parando una artera puñalada en un café del Paso Molino.
En el cuento “Avelino Arredondo”, Borges registró el único magnicidio de la historia del Uruguay: en 1879, en la puerta del Club Uruguay, a la salida de la Catedral y en la plaza Matriz, mató Arredondo al presidente Idiarte Borda.
Dos gauchos de Cerro Largo protagonizan “El otro duelo”, cuento al que Borges atribuye al hijo del novelista uruguayo Carlos Reyles.
Es conveniente citar finalmente un poema de Borges sobre la capital de Uruguay, que muestra su amor por la Banda Oriental:

Montevideo

Resbalo por tu tarde como el cansancio por la piedad de un declive.
La noche nueva es como un ala sobre tus azoteas.
Eres el Buenos Aires que tuvimos, el que en los años se alejó quietamente
Eres nuestra y fiestera, como la estrella que duplican las aguas.
Puerta falsa en el tiempo, tus calles miran al pasado más leve.
Claror de donde la mañana nos llega, sobre las dulces aguas turbias.
Antes de iluminar mi celosía tu bajo sol bienaventura tus quintas.
Ciudad que se oye como un verso.
Calles con luz de patio.

Fuente : De laberintos y Espejos
Rossina Salcedo
jueves 7 de octubre de 2010
http://delaberintosydeespejos.blogspot.com/

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