lunes, 22 de octubre de 2012

BORGES Y EL SALTO ORIENTAL 


 Referir sobre la amistad de Jorge Luis Borges con las tierras, los hombres y las letras del Uruguay corre hoy el riesgo de constituir un incómodo lugar común. Existe, sin embargo, un sitio del país con el que el escritor argentino trabó una relación muy estrecha sobre la que muy poco se ha escrito y cuya historia permanece, salvo para unos pocos, en gran medida silenciosa e ignorada: se trata de sus contactos con Salto, la apacible y en ocasiones monótona ciudad costera del noroeste del país.


En esta historia, como es natural, abundan los detalles biográficos. A desdén de las reiteradas invitaciones hechas por la familia de su amigo Adolfo Bioy Casares para que veraneara en su casa junto a las playas de Mar del Plata -a las que irónicamente consideraba "un terreno baldío donde la gente se pasea en paños menores"-, Borges solía disfrutar de las temporadas veraniegas en compañía de su madre, doña Leonor Acevedo, en la finca Las Nubes, propiedad de su amigo Enrique Amorim, marido de su prima Esther Haedo, en la ciudad de Salto. Como el propio Borges lo ha referido, confusos recuerdos de esa finca se mezclan con otros de un hotel de Adrogué en el relato policial "La muerte y la brújula". Borges no solía referirse a la ciudad llamándola simplemente "Salto", como es de rigor entre sus habitantes, sino a través de la fórmula "Salto Oriental", que amén de ser indudablemente más poética, posee un resabio masónico con el que el escritor simpatizaba (en Concordia, la hermana ciudad de Argentina, existe todavía una calle que da cuenta de este arcaísmo).

Hacia la década de los treinta, Borges realizó, desde allí, una serie de viajes por el norte del Uruguay con Amorim; en las localidades de tierra adentro de Salto, Tacuarembó y Rivera declaró haber conocido la última frontera gaucha –que algunos viejos orientales, siguiendo una inflexión brasilera, pronuncian gaúcha- y los últimos especimenes genuinos de la estirpe de los criollos todavía no contaminados por la imaginería y la mitología popular. Como sucedía con cada uno de sus viajes, el escritor dejaría constancia de ellos en su obra y de tal suerte aquellas zonas del Uruguay se transformarían, más tarde, en escenario de muchos de sus cuentos, como "Funes el memorioso", "El muerto", "El Congreso" o "La forma de la espada". Cierta vez, en una entrevista, declaró que fue precisamente en una estancia del Salto donde vio por primera vez morir a un hombre, en un auténtico duelo criollo, víctima de una profunda puñalada.
     Existen también algunos textos de Borges escritos en Salto, presumiblemente, desde Las Nubes. Nuestras notas registran, por lo menos, tres:
     El primero es el magnífico ensayo titulado "La doctrina de los ciclos", fechado en "Salto Oriental 1934", contenido en el libro Historia de la Eternidad (1971) y que es un tan ingenioso como erudito intento de refutar la doctrina cosmogónica nietzcheana del eterno retorno y del tiempo circular. El segundo, es un ocurrente "Prólogo" a una edición de El Paso de los Libres, de don Arturo Jauretche, fechado en "Salto Oriental, noviembre 22 de 1934" e incluido más tarde en el volumen Textos Recobrados (1931-1955), en el que Borges intenta razonar la lógica de la patriada, operación valerosa y condenada de antemano al fracaso que no debe ser confundida ni con su congénere el cuartelazo, ni mucho menos con las operaciones militares de orden común. Finalmente, el tercero, universalmente famoso, es la primera parte –antes de la paradójica "Posdata de 1947"- del relato fantástico "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", fechado en "Salto Oriental, 1940", que describe un universo imaginado e interpolado paulatinamente en la realidad por una sociedad secreta de sabios de todas las disciplinas, dirigidos y organizados por un oscuro hombre de genio y que es la primera pieza del libro El jardín de senderos que se bifurcan (1941).
      
Asimismo, se conservan también algunas cuantas cartas de Borges a destinatarios salteños. En una de ellas, muy conocida, el escritor se dirige a su amigo Enrique Amorim para agradecer y al mismo tiempo disculparse por no poder aceptar una invitación de éste a Las Nubes a pasar las fiestas:

"¡Salve! Muchos agradecimientos están puerteando y viendo quién pasa primero en esta carta. Voy a empezar por mi gratitud por tu artículo, tan generoso, tan resuelto para elogiar. Me ha alegrado de veras.
Voy a lo otro: claro que acepto tu invitación al Salto. Pasa –sin embargo- que tengo el mes de diciembre ocupado por razones de tarea, de Navidad forzosamente familiar, de mudanza de año. ¿Qué te parece por enero la cosa?
Ya de antemano, me están gustando el Salto y Las Nubes. Aquí –salvo la desvelada revista de Córdova Iturburu, Argentina- todo está como era entonces, muy dormilón.
Afectos a Esther. Un abrazo de tu compañero
 Jorge Luis Borges"

Igualmente, se han conocido algunas cartas escritas por Borges desde Salto. Estela Canto, antigua novia del escritor, ha dado a conocer algunas que éste le había enviado desde la finca Las Nubes, en su indiscreto y polémico volumen Borges a Contraluz.
     
En una de ellas, pródiga en demostraciones de afecto y de buena literatura, Borges expone algunas fugaces impresiones del paisaje salteño y algunas actividades que ha desarrollado allí:

"No he hallado otro papel de cartas en Las Nubes que éste con un membrete de Denver, donde (según me informa Enrique Amorim...) nació Buffalo Bill. Fuimos en vapor hasta Concepción; de ahí, en tren por llanuras de tierra roja, con caballos y altas palmeras, a Concordia; de Concordia al Salto, en una lancha".


Asimismo, intercala Borges en la carta algún breve comentario sobre el aplastante y por ello tristemente célebre calor del verano salteño: "Estamos como sitiados por el verano", escribió.
      
En otra de esas cartas, de tono muy triste, Borges lamenta nostálgicamente que la negligencia de su querida, quien no le había enviado una sola línea, no le permita disfrutar completamente de las bellezas de los paisajes salteños:

"Estela adorada:

Indigno de las tardes y las mañanas, hateful to myself, indigno de los días incomparables que he pasado contigo, indigno de los lindísimos lugares que veo (el Hervidero, el Uruguay, las cuchillas con algún jinete, las quintas), paso días de pena, de incertidumbre".

Canto refiere también que, en una de esas ocasiones en Salto, Borges se hizo tomar una instantánea practicando natación en el río Uruguay y se la envió, con un primer borrador de los cuatro últimos versos del "Poema del cuarto elemento" -incluido con ligeras modificaciones en su volumen El otro, el mismo (1969)- escritos detrás:

"Agua, te lo suplico. Por este soñoliento
nudo de numerosas palabras que te digo,
acuérdate de Borges, tu nadador, tu amigo.
No faltes a mis labios en el postrer momento"

Por lo demás, la actividad de dos de los mayores escritores salteños tampoco fue del todo desconocida para Borges. A uno de ellos, a Horacio Quiroga, siempre lo tuvo en poca estima, y lo consideraba, con más malicia que fortuna, una "superstición uruguaya" y "un parodista involuntario de Kipling y de Poe". A su amigo Enrique Amorim, en cambio, no vaciló en señalarlo como uno de los únicos escritores latinoamericanos cuya obra merecería ser recordada. Acerca de su novela El Paisano Aguilar, declaró que es la única importante que sucede a la perfección y apoteosis del género gauchesco, que -luego de una larga tradición que incluye nombres tan altos como los de Hidalgo, Ascabusi, Del Campo, Lussich, Hernández y Gutiérrez- ocurre con el advenimiento de Don Segundo Sombra, de Güiraldes. Igualmente, en su célebre "Prólogo" a la edición alemana de la novela La Carreta de Amorim, Borges señaló que su materia es "la actual campaña oriental: la dura campaña del Norte, tierra de gauchos taciturnos, de toros rojos, de arriesgados contrabandistas, de callejones donde el viento se cansa, de altas carretas que traen cansancio de leguas. Tierra de "estancias" que están solas como un barco en el mar y donde la incesante soledad aprieta a los hombres".
      
Quienes hayan recorrido el interior del departamento, podrán reconocer en estas líneas, más que estériles ejercicios del elogio y la alabanza literaria, el sabor de una atenta y meticulosa descripción de un color local.


 Fuente : Diego Moraes
Texto originalmente publicado en la revista La Ventana Magazine, Salto - Uruguay, 2005 (ps. 8- 10).

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