jueves, 25 de octubre de 2012

Un Nobel de física que resultó borgeano

Por Alberto Rojo MUSICO Y FISICO. INVESTIGADOR Y PROFESOR DE LA OAKLAND UNIVERSITY



Leí la noticia del premio Nobel de física y pensé en Borges.

Por un lado, porque uno de los dos premiados, Serge Haroche, tiene conexión con Argentina -invitado por el físico Juan Pablo Paz, visitó Buenos Aires varias veces, dio cursos, compró cuadros de Silvia Flichman- y, por otro, porque s us resultados pertenecen a las sutilezas del mundo cuántico, cuyos enigmas parecen salidos -acaso lo sean- de un cuento de Borges.

En sus experimentos, Haroche usa una especie de horno a microondas, más chico que el de la cocina, y muchísimo más frío, a una temperatura cercana al cero absoluto, de modo que adentro haya un silencio lumínico casi total. Sus paredes son muy pulidas, para atrapar las microondas en reflejos múltiples de espejos opuestos. Haroche hace pasar por ese microondas un átomo que, al salir, deja en su interior una ínfima estela de luz.

Lo más interesante es que el átomo emerge vibrando, con su vibración en una insólita consonancia con la luz dentro del microondas, una conexión extrasensorial a la distancia . Y el átomo no sólo vibra entre dos posiciones, como los extremos de un columpio, sino que está en dos posiciones a la vez, y lo mismo con las partículas de luz del el microondas. Esa superposición, ese estado de entrelazamiento entre la luz y el átomo de Haroche, es exclusiva del mundo cuántico: no es que no sepamos en qué estado está el átomo, sino que está en varios estados a la vez . Y cuando se lo observa colapsa a uno definido, y hay información que se pierde, como “cesan los sueños cuando sabemos que soñamos”.


Uno de los logros casi mágicos de los experimentos de Haroche es manipular y controlar los átomos preservando el entrelazamiento cuántico: la cita del comité Nobel refiere a “innovadores métodos experimentales que permitan la manipulación de sistemas cuánticos”. Si esa manipulación fuera posible a mayor escala, podría construirse una computadora cuántica, donde ahora los “bits” (los unos y ceros de las operaciones lógicas) pueden estar, simultáneamente, en “uno” y en “cero”.

En 1994, el matemático Peter Shor demostró que una computadora cuántica podría resolver, en minutos, algunos problemas inalcanzables a las computadoras actuales. Una computadora cuántica aprovecha la superposición entre el estar y el no estar y así acelera el proceso de cómputo, como si estuviera haciendo operaciones simultáneas en universos paralelos.

Esa imagen es, para muchos físicos, extravagante; pero David Deutsch, uno de los promotores más famosos, sostiene que esa es la única manera de entender a una computadora cuántica. Y esa idea es borgeana: en “El Jardín de senderos que se bifurcan”, Borges propone un universo en constante ramificación, y se anticipa, literalmente, a la teoría de los universos paralelos propuesta luego por el físico Hugh Everett III. Le pregunté a Deutsch si había leído el cuento de Borges. “Lamentablemente no”, me contestó, “siempre tengo la intención de leerlo!” Sobre estos temas, Haroche es escéptico. “Pero si apretás a fondo a cualquier físico sobre las interpretaciones de la mecánica cuántica”, dice Juan Pablo -que, además de amigo de Haroche, es experto mundial en información cuántica-, “terminamos en los universos paralelos”.

Fuente : Clarín  - 17/10/12

 

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