viernes, 29 de abril de 2011

Borges y Cioran

El filósofo maldito

Provocador para unos, escéptico para otros, Cioran supera en realidad todos los encasillamientos. El pensador francés de origen rumano es conocido más bien como el filósofo del escepticismo, el creador de un sistema que bucea en las profundidades de la condición humana, despojándola de toda trascendencia y sumiéndola en una completa absurdidad.

Algunos lo describen como la consecuencia lógica de un mundo convulsionado por dos conflictos bélicos mundiales. Dos “terremotos” humanos que acabaron en un santiamén con el universo de certezas que caracterizaban a la época. Aunque se trata de una figura inclasificable, tal vez esa teoría sirva para explicar a ese fenómeno del pensamiento contemporáneo que se llamó Emile Michel Cioran, nacido el 8 de abril de 1911 en Resinár, territorio del entonces Imperio Austro-Húngaro que, al término de la primera gran conflagración pasaría a manos de Rumania, mutando su nombre por el de Ra˘s¸inari.

Desde muy joven, Cioran expresa un pesimismo irremisible, que algunos creyeron entender como manifestación de cierta antipatía o mustiez personal. “Cioran fue el primer emo rumano”, me comentó en son de broma el subjefe de Redacción del diario Romania Libera, Laurentiu Mihu, cuando evoqué la figura del filósofo, en el transcurso de un encuentro de periodistas que tuvo lugar en Corea del Sur hace casi medio año.

Chanza de por medio, el comentario sirve para conocer más de cerca la idea que el pueblo rumano, sobre todo de sus generaciones más jóvenes, se ha formado acerca de uno de sus intelectuales más notables. Pero el pesimismo de Cioran no se funda en una predisposición temperamental —algunos lo recuerdan como un hombre de muy buen humor—, sino en su perspectiva absolutamente crítica hacia la naturaleza humana. “Soy solo un accidente, ¿por qué debo tomarme en serio?”, sintetizaba.

Cioran era más que un existencialista. Estaba un paso más allá de Jean-Paul Sartre. Para el existencialismo cabe una postura ante la vida, que es concebida no como el acto generoso e interesado de una deidad, sino como la construcción del hombre mismo, de allí su ética y su responsabilidad ante la existencia. Sin embargo, para el rumano, la existencia misma está en entredicho; de allí su posición irónica y despectiva que terminaría convirtiéndolo en el perfecto transgresor de la posguerra.

Sus primeras obras fueron escritas en rumano, sin embargo, luego de trasladarse a París —donde pasaría el resto de sus días— para continuar sus estudios en el Instituto Francés, su producción intelectual quedó registrada en idioma francés.

Los títulos mismos de sus libros hablan a las claras de su pensamiento. En las cimas de la desesperación, El libro de las quimeras, El ocaso del pensamiento, Breviario de podredumbre, Silogismos de la amargura, La tentación de existir, Del inconveniente de haber nacido, Anatemas y admiraciones, y Breviario de los vencidos son algunas de sus obras más reconocidas.

Probablemente, fascinado por esa capacidad de adoptar posiciones a contramano de los flujos “normales” de la cultura y el pensamiento, Cioran sentía una profunda admiración por el escritor argentino Jorge Luis Borges, a propósito del cual escribió en 1976 una carta llamada “El último delicado”.

“Si Borges me interesa tanto es porque representa un espécimen de humanidad en vías de desaparición y porque encarna la paradoja de un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado”, declara el rumano.

Es como si en Borges, Cioran se reconociera a sí mismo... o al menos a parte de sí. Resulta curioso y hasta paradójico que un hombre que dedicó su vida completa a la noble tarea de pensar; que ilustró a generaciones enteras con una lucidez propia de los filósofos cínicos de la antigua Grecia se fuera apagando lentamente a causa del Alzheimer, la siniestra enfermedad que el 20 de junio de 1995 acabó con la historia terrenal de una de las mentes más sobresalientes del siglo XX.

Cioran comenzó a transitar entonces el camino de la inmortalidad, esa vía que él tanto detestaba y que en vida lamentó que el propio Borges siguiera. Del maestro universal escribió: “la desgracia de ser conocido se ha abatido sobre él. Merecía algo mejor, merecía haber permanecido en la sombra, en lo imperceptible, haber continuado siendo tan inasequible e impopular como lo es el matiz”. Ambos compartirán idéntico “infortunio”: el de ser admirados y convertirse en íconos de una generación disconforme, inquieta y sin respuestas ante el enigma de una existencia inabordable.

Fuente : ABC Digital
Adrián Cattivelli
24 de Abril de 2011

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