domingo, 21 de junio de 2015

Zahir: el deseo que eclipsa al mundo




por Belén Gache

Atrapados por el zahir

En el cuento “El Zahir”, un Jorge Luis Borges narrador encuentra por azar una moneda de 20 céntimos, moneda común en la Argentina de los años 30, momento en que transcurre la historia. A simple vista, se trata de una moneda más, igual a todas las de su clase. Pero en realidad es una pieza especial: se trata de un “un zahir”. El encuentro con este objeto cambiará la vida del personaje ya que comienza a obsesionarse cada vez más con él, al punto de no poder pensar en ninguna otra cosa. Consciente de su obsesión, busca desprenderse de la moneda y lo consigue. Pero esto no ayuda a su estado. Puesto a investigar, encuentra un libro -las Urkunden zur Geschichte der Zahirsage (Documentos y leyendas sobre la historia del Zahir), de Julius

Barlach *-, que parece explicar su progresiva enajenación. El texto habla de los “zahires”,  concepto tomado del folklore islámico del sXVII. Se trata de objetos que atrapan a quien los contempla hasta el punto de borrar de su mente todo cuanto no sea ellos mismos. Este concepto, que en el islam remite al aspecto exterior, exotérico de lo religioso, en oposición a batin (su aspecto interior, esotérico), es recreado por Borges en su cuento en la forma de una moneda que genera una suerte dependencia, obsesión que arrastra a la persona lejos de todo lo demás que le rodea y consume sus pensamientos.

Monedas famosas

La idea de esta moneda, que es un zahir, le hace reflexionar a Borges sobre otras monedas famosas. El texto cita un conjunto de estas, cada una de las cuales ha sido especial a su manera:

     “Pensé que no hay moneda que no sea símbolo de las monedas que sin fin resplandecen en la historia y la fábula. Pensé en el óbolo de Caronte; en el óbolo que pidió Belisario; en los treinta dineros de Judas; en las dracmas de la cortesana Laís; en la antigua moneda que ofreció uno de los durmientes de Éfeso; en las claras monedas del hechicero de las 1001 Noches, que después eran círculos de papel; en el denario inagotable de Isaac Laquedem; en las sesenta mil piezas de plata, una por cada verso de una epopeya, que Firdusi devolvió a un rey porque no eran de oro; en la onza de oro que hizo clavar Ahab en el mástil; en el florín irreversible de Leopold Bloom; en el luis cuya efigie delató, cerca de Varennes, al fugitivo Luis XVI. Como en un sueño, el pensamiento de que toda moneda permite esas ilustres connotaciones me pareció de vasta, aunque inexplicable, importancia. ”

Detengámonos aquí en algunas de ellas. El óbolo de Caronte remite a las monedas que eran colocadas bajo la lengua de los difuntos en la Antigua Grecia y que les permitía pagar por sus servicios al barquero Caronte en su cruce por el rio Aqueronte. El óbolo de Belisario, por su parte, remite a la moneda que por piedad se entregaba a este general cuya trágica vida que había sido traicionado, hecho prisionero injustamente e incluso había sido cegado por orden de Justiniano. Las 60.000 piezas de plata de Firdusi estaban destinadas a pagar los 60.000 versos escritos por el poeta en su famosa epopeya, pero a la vez connotaban el desprecio del sultán por no sentirse identificado en el texto y la humillación y ofensa del bardo al encontrar que estas monedas no eran de oro, tal como se le había prometido. El florín de Leopold Bloom representa un objeto entre muchos, una moneda entre muchas, que ha sido singularizada, ha sido marcada como especial y ha sido puesta a circular esperándose su vuelta aunque, perdida en el océano de sus iguales, nunca ha retornado. En cuanto al luis de oro, la moneda con el retrato del rey mediante la cual Jean-Baptiste Drouet reconoció a Luis XVI cuando este y su familia pretendían huir de París, representa tanto la vanidad del rey como su perdición.

El doblón de Ahab merece un especial comentario. Había sido clavado en el mástil del Pequod por el capitán Ahab, quien lo había prometido como recompensa al primer miembro de su tripulación que avistara a la ballena Moby Dick. Este era examinado por los diferentes miembros de la tripulación, cada uno de los cuales le proporcionaba un significado distinto. El doblón repite, en el deseo de los tripulantes, la obsesión de Ahab por capturar a la ballena. Así, Melville basa su novela en un  entramado de ambiciones, anhelos, esperanzas.

Como vemos, cada una de estas monedas vehiculiza una determinada historia. Unas son resguardo en la ultratumba, otras intentan mitigar desgracias, otras son degradantes, otras traicioneras, otras utópicas. A cada una se le asigna un determinado rol, un determinado significado en el deseo de los protagonistas de cada relato. Sin embargo, todas ellas son iguales entre sí, pedazos de metal indistinguibles unos de otros, idénticos a los de las otras historias, meros instrumentos sin cualidades propias, desprovistos de valor subjetivo, intercambiables.

Ecuaciones semánticas: dinero=otra cosa; dinero=todo; dinero=nada; dinero=dios; dios=nada

    “Insomne, poseído, casi feliz, pensé que nada hay menos material que el dinero, ya que cualquier moneda es, en rigor, un repertorio de futuros posibles. El dinero es abstracto, repetí, es tiempo futuro.”

En el cuento, Borges hace hincapié en la cualidad proteica del dinero. Una moneda en sí misma no es nada, es pura potencialidad, es signo vacío esperando ser cambiado por otra cosa y luego por otra y por otra. Es precisamente esta cualidad de signo abstracto lo que fascina en el dinero, no su materialidad ni la percepción de su relación con la fuerza o el poder. Jean Baudrillard sostenía en su Crítica de la economía política del signo, la manera en que el dinero funciona como una especie de varita mágica que simboliza la libertad dada por la completa potencialidad de lo que aun no es nada pero puede llegar a convertirse en cualquier cosa que se desee en cualquier momento.

El relato da cuenta de las transformaciones que ha sufrido el zahir, evidenciando un paralelismo entre las características metamórficas del dinero y las de este particular objeto de deseo:

    “En Guzerat, a fines del siglo XVIII, un tigre fue Zahir; en Java, un ciego de la mezquita de Surakarta, a quien lapidaron los fieles; en Persia, un astrolabio que Nadir Shah hizo arrojar al fondo del mar; en las prisiones de Mahdí, hacia 1892, una pequeña brújula que Rudolf Carl von Slatin tocó, envuelta en un jirón de turbante; en la aljarra de Córdoba, según Zotenberg, una veta en el mármol de uno de los mil doscientos pilares; en la judería de Tetuán, el fondo de un pozo.”

En el libro Capitalismo y esquizofrenia, Gilles Deleuze y Felix Guattari analizan al dinero en tanto flujo desterritorializado y no codificado. “El dinero representa una cantidad abstracta independiente de cualquier naturaleza cualitativa”, dirán. Al momento en que transcurre la historia, el zahir es una moneda de veinte céntimos igual a todas las monedas de su clase, múltiple, intercambiable, indiferente, neutra, meramente utilitaria. Pero esta moneda, se ha convertido en un objeto singular. Una singularidad tan acentuada que llevará a su poseedor a la obsesión y a la locura.

Borges señala en este relato lo excepcional dentro de lo nimio, lo distinto dentro de lo igual, lo particular dentro de lo trivial y en esto su cuento se convierte en la metáfora misma del enamoramiento.

Como protagonista del cuento, encuentra su zahir inmediatamente después de haber muerto Teodelina, la mujer de la cual estaba enamorado y que, de hecho, no le correspondía. Ella era su amor imposible. Teodelina, a su vez, es presentada como una persona que vivía obsesionada por estar constantemente a la moda, lo cual le resultaba angustiosamente imposible ya que la moda, por definición, es lo constantemente cambiante. Pero hay algo más: el nombre Teodelina significa, en griego, “dios hecho visible” (de Teo= dios y dilos=visible). Así ella es un sinónimo de zahir, concepto que, como vimos, en el islam refiere a aspecto exterior, exotérico de lo religioso. El protagonista simplemente ha cambiado una “visibilidad de dios” por otra. Y es que en el fondo, toda pasión refiere a objetos cambiante, todos ellos, en definitiva, igualmente ilusorios. Arthur Schopenahuer, el filósofo que más ha influenciado a Borges*, señalaba en su tratado Die Welt als Wille und Vorstellung (El mundo como voluntad y representación), que el deseo es, en última instancia, la voluntad de encontrarle un sentido a la existencia cuando la existencia en realidad no tiene ningún sentido. El mismo mundo no es sino deseo constantemente insaciable, constantemente cambiante y, a la vez, constantemente insatisfecho. La frase final del cuento reza: “Quizá detrás de la moneda esté Dios”. El protagonista presiente que la sabiduría consiste precisamente en la conciencia de que el deseo es un mero impulso ciego e inútil.

* se trata de un libro ficcional inventado por el mismo Borges, al igual que su autor, Julius Barlach.

*La fascinación de Borges por Schopenahuer comenzó desde muy joven, al leer en la casa de su padre, en Suiza, durante la Primera Guerra Mundial, los textos del filósofo alemán. Tal como lo confiesa el propio Borges, incluso llegó a aprender alemán a principal fin de leer al filósofo en su idioma originario. En su Ensayo autobiográfico  (Madrid, Emecé, 1999), rinde su homenaje al filósofo: “Si hoy tuviera que elegir un filósofo en particular, lo elegiría a él. Si la adivinanza del mundo pudiese ponerse en palabras, creo que estas palabras serían escritas por Schopenahuer.”

Fuente : Psychoeconomy

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