martes, 2 de febrero de 2016

Los espejos que reflejan a Borges




Por Cesar Chelala

Recientemente, hablando con una amiga, psiquiatra exitosa, sobre Jorge Luis Borges, me contó de la única vez que lo había visto. “Yo tenía 14 años y quería estudiar literatura en la universidad y convertirme en escritora. No solo estaba embelesada por su personalidad sino que Borges era un héroe para mí. Fui entonces a una conferencia que él dictaba en un centro cultural de Buenos Aires. Encontré una gran discrepancia entre su apariencia física y la calidad de su presentación. Lo vi como un hombre viejo y cansado –impresión incrementada por la mala iluminación del lugar- pero la magia de sus palabras me transportó a otro mundo, al mundo de la imaginación. Después de la conferencia y mientras recordaba las páginas suyas que más me habían impactado decidí que no estudiaría literatura, la imponencia de su figura y de su discurso me inhibieron de tal manera que sentí el convencimiento de que nunca sería capaz de escribir como él.

Al salir, había varios libros a la venta. Intuitivamente compré uno llamado Medicina Psicosomática, de Eric Wittkower y Héctor Warnes. Después de leerlo me incliné por la psiquiatría, una decisión de la que nunca me arrepentí. Por ello, puedo decir que la influencia de Borges, a pesar de haberlo visto sólo una vez, de algún modo sirvió para que no optara por la literatura y eso me cambió radicalmente mi vida”.

Una experiencia distinta tuvo la escritora tucumana Mercedes Chenaut. En su libro Tremendas cuenta sobre su encuentro con Borges, cuando era una joven estudiante universitaria: “Estuve a su lado. Lo toqué o casi. Hablé con él -tímido Borges, mucho más tímida yo porque mis 20 años así lo exigían–. Era una devota comiendo al lado de su dios. Se trataba de un banquete que le ofrecía al maestro la Universidad Nacional de Tucumán, luego de dar una conferencia en la Facultad de Filosofía y Letras. Corría el año 1978.

Me dijo: ‘¿Usan ustedes la palabra velorio o velatorio?’ Le contesté, temblando, que algunos grupos prefieren velatorio, pero velorio es más usada.

‘Me alegro’, respondió Borges, ‘para qué usar un vocablo con una sílaba más si existe la opción más corta’.

Eso me envalentonó para expresarle que había leído con felicidad su último Heráclito, en el suplemento literario de La Nación.

Él dijo entonces, con la mirada ausente, como todos lo reconstruimos: ‘Nunca recuerdo lo que escribo o publico’.

Yo recité, casi en estado de trance, los primeros versos: Heráclito camina por la tarde/ de Éfeso. La tarde lo ha dejado,/ sin que su voluntad lo decidiera, /en la margen de un río silencioso/ cuyo destino y cuyo nombre ignora./ Hay un Jano de piedra y unos álamos…

‘Gracias, gracias por haberme hecho recuperar algo que creía definitivamente perdido’, atinó a decir Borges”.

Ese encuentro con Borges, según cuenta la autora, la encaminó definitivamente hacia la literatura.


Cazando huevos fritos con Borges

Aunque, cuando uno lo lee, se puede pensar que Borges era una persona muy seria, en realidad era un hombre que amaba los chistes y siempre tenía respuestas inesperadas a los acontecimientos cotidianos. Mario Rojman, un amigo con quien hablé recientemente en Buenos Aires, me dijo que en una de las visitas de Borges a Perú, él era agregado de la embajada argentina. Durante esa visita, el Rey y la Reina de España coincidieron en Perú. Cuando Rojman anotició de esto a Borges, este comentó, con una sonrisa no desprovista de ironía: “Espero que no nos molesten… ”

En ese sentido, cuenta María Esther Vázquez, (está citado entre las 300 anécdotas del libro El Otro Borges, de Mario Paoletti) quien fue su secretaria y amiga, que en una ocasión, cuando estaba con un grupo de señoras les dijo, mientras se dirigía al baño: “Voy a darle la mano a Monseñor”. Cuando Borges regresó una de las señoras le recriminó: “A los monseñores no se les da la mano, Georgie, se les besa el anillo”.

Durante una entrevista en Roma un periodista italiano trató de ponerlo en aprietos. Como no logró hacerlo le preguntó a Borges en un determinado momento: “¿Ustedes todavía tienen caníbales en su país?”. Entonces Borges le contestó: “No, ya nos los comimos a todos”.

En 1970  tuve el honor de conocer personalmente a Borges cuando yo estaba  llevando adelante investigaciones bioquímicas, becado en la Fundación Campomar en Buenos Aires, dirigida entonces por el doctor Luis Federico Leloir, que ese mismo año había sido galardonado con el Premio Nobel de Química. Con mi esposa Silvia Inés no teníamos mucho dinero ni contactos personales, lo que hizo que nuestra vida cotidiana fuera difícil y estresante, sumado a mis demandas de trabajo en un instituto de clase mundial y a que ella estaba trabajando y al mismo tiempo tomaba cursos de literatura en el Instituto de Lenguas Vivas.

Un día, uno de sus profesores, el estadounidense Donald A. Yates, quien tradujo el libro de Borges Laberintos: Escritos seleccionados, nos invitó a Silvia Inés y a mí a cenar en compañía de Borges. Para nosotros fue un acontecimiento maravilloso, ya que además de alterar la rutina de nuestra vida diaria, teníamos la oportunidad de conocer personalmente a uno de los mayores escritores contemporáneos. Y Borges no nos decepcionó. Era prácticamente la única persona que habló toda la noche: al enterarse de que mi mujer era de origen vasco, no paraba de demostrar su amplio conocimiento de la historia de esa comunidad tan antigua como especial.

Nunca podré olvidar su mirada perdida en el vacío, ya que por entonces estaba prácticamente ciego, y tampoco cuando ordenó que le trajeran un par de huevos fritos en un plato hondo con una cuchara. Durante un largo rato, mientras transcurría la cena, Borges trataba de atrapar los huevos con la cuchara, y lo único que lograba era empujarlos a un costado del plato. Era penoso ver como, a pesar de sus reiterados, ampulosos y torpes intentos, se le escapaban los huevos; y aunque nos sentíamos mal por ser partícipes de ese frustrado intento de cacería, a Borges parecía no molestarle en absoluto, y  seguía hablando como si nada inusual estuviera ocurriendo.

Así transcurrió esa noche, inolvidable para nosotros, envueltos por la magia de sus palabras que parecían transportarnos a un mundo de ficción. Por el tenor de sus elucubraciones se podía pensar que la vida de la imaginación era para él más importante que la vida real. Deducción ésta bastante probable, puesto que, tal vez por ser una persona ciega, sospecho que estaba acostumbrado a vivir de remotos recuerdos y a construir universos fantásticos; y porque, en aquella velada, Borges aparentaba estar escindido de la realidad, al menos de nuestra realidad terrenal.

Entonces, ¿alguien podrá negarme que Borges frecuentaba, ya por aquellos días, como uno de sus más conspicuos habitantes, el alucinante mundo de los inmortales?  Mientras él discurría en su incierto viaje metafísico, yo a su lado en un restaurante de Buenos Aires lo acompañaba en la inverosímil aventura de cazar huevos fritos en la friolera de un plato hondo, y con una cuchara.

El Dr. César Chelala es co-ganador de un premio Overseas Press Club of America y recibió dos distinciones de ADEPA, la organización de entidades periodísticas argentinas.

Fuente :  Viceversa

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