martes, 24 de mayo de 2011

Fïliaciones anglosajonas en la obra de Jorge Luis Borges: soñar el tigre, conjeturar su circunstancia.


por Ana María García

En un conocido ensayo titulado “El ruiseñor de Keats”, Borges comenta una aseveración de Coleridge,

“todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Los últimos sienten que las clases, los órdenes y los géneros son realidades; los primeros que son generalizaciones; para éstos, el lenguaje no es otra cosa que un aproximativo juego de símbolos; para aquellos, es el mapa del universo. El platónico sabe que el universo es de algún modo un cosmos, un orden; ese orden, para el aristotélico, puede ser un error o una ficción de nuestro conocimiento parcial”.(1)

De la disyunción entre dos formas de aprehender lo real, de construirse en relación con las cosas, Borges afirma que la mente inglesa nació aristotélica, y explica, por esta vía, la incapacidad de los anglosajones para percibir el arquetípico ruiseñor de Keats, miopía que no se constituyó en un obstáculo para la recepción de su poesía, de manera tal que- como apunta el ensayista- las desafortunadas críticas no lograron opacar su canto.
Cabe extrapolar dichos juicios a la propia constelación borgeana y preguntarnos cuál es el valor, qué representa en su cosmogonía no ya el ruiseñor mentado, sino otra figura de singular fuerza en su poética: el tigre, su coétano, otro símbolo de innegable influencia en el imaginario del romanticismo inglés, recuperado y reescrito en la vasta trama intertextual del escritor argentino.
No obstante, si bien el propósito de esta mirada crítica es adentrarnos en la génesis del tigre oriundo de las tierras de Snorri Sturluson y del Beowulf, y de su concretización en la escritura borgeana, me interesa, en principio, señalar que existe una genealogía de la imagen, no ya del tigre, sino de los tigres, en el sistema borgeano. Esta suerte de historia en torno a la serie en cuestión, la encontramos en dos textos fundamentales.


Imágen de Borges en elZoológico de Buenos Aires

En un relato perteneciente a El hacedor, publicado en los años 60, llamado precisamente “Dreamtigers”, dice:

“En la infancia yo ejercí con fervor la adoración del tigre: no el tigre overo de los camalotes del Paraná y de la confusión amazónica, sino el tigre rayado, asiático, real, que sólo pueden afrontar los hombres de guerra, sobre un castillo encima de un elefante. Yo solía demorarme sin fin ante una de las jaulas en el Zoológico”.(2)


Norah y Jorge Luis Borges en el Zoológico de Buenos Aires en 1908

El registro autobiográfico domina la escritura tornando visible una escena de la niñez, de los primeros años; no obstante, esta imagen primigenia del tigre, el tigre asiático seguirá presente en las posteriores evocaciones. Precisamente en un poema perteneciente a la misma obra, “El otro tigre”,(3) continúa, en la primera estrofa, esta escena evocativa de un animal fuerte, inocente, ensangrentado y nuevo, atributos que como analizaremos luego, conjuran llamativamente al tigre acuñado por Blake, enmascarado en la fiera asiática.
Del animal de las márgenes del Ganges, bellamente descripto a través de la piel espléndida que vibra, y de la apelación al sentido del olfato: “Y husmeará en el trenzado laberinto/De los olores el olor del alba/Y el olor deleitable del venado”, pasamos, en la segunda estrofa, a la plasmación de un segundo tigre, un tigre de símbolos y sombras, compuesto por una “serie de tropos literarios/ y de memorias de la enciclopedia”, un tigre que se opone al primero por ser “ficción del arte y no criatura/Viviente de las que andan por la tierra”. Finalmente, en la tercera estrofa, surge la imagen del tercer tigre, del otro tigre, “Será como los otros una forma/De mi sueño, un sistema de palabras/Humanas y no el tigre vertebrado” Aquí, en los últimos versos el sujeto poético dialoga con el otro Borges, lector, comentarista de Coleridge y surge, con nitidez, el silogismo: así como Keats alumbra su ruiseñor, de manera análoga, Borges persevera- permítaseme el neologismo- fatiga su tigre, éste, el otro tigre, el que no está en el verso.
Si continúo por la travesía que las estrategias argumentativo-poéticas que el propio Borges me imponen, formulo la hipótesis con la que inicié esta exposición y completo la premisa que estaba inconclusa: Borges asevera que la visión del mundo anglosajona es innatamente aristotélica, a excepción- señalaré- de los espíritus luminosos como el escritor citado. Tal generalización opera en forma intrínseca y abraza al mismo Borges: poeta y ensayista coinciden en la búsqueda incesante del Ideal, de la forma de su sueño, forma que deambula en el cielo platónico.




Ahora bien, de estos primeros intentos en nuestra captura del símbolo del tigre, podemos inferir que en los textos citados no aparece todavía, por lo menos de manera explícita, una evocación del tigre de Blake. No obstante, antes de adentrarnos tras su rastro, me parece más oportuno realizar una digresión y reconstruir en forma sumaria, fragmentaria, la figura de William Blake, su aporte a la formación de una de las corrientes estéticas de mayor peso en la historia de la literatura.

Los poetas visionarios del Romanticismo inglés

Tomo este título del conocido estudio de uno de los mayores especialistas en el tema, Harold Bloom, título que en el original acuña otro sentido, The visionary company,(4)que- a mi entender- destaca, con mayor énfasis dos aspectos fundamentales de estos poetas: a) los temas, los recursos estilísticos, las problemáticas que abordan son convergentes, b) una noción esencial en la que todos comulgan y que es precisamente la apología de la imaginación, la reina de las facultades, como luego la llamará Charles Baudelaire, hijo y parricida del movimiento. De la mano de Emanuel Kant y de los precursores alemanes, estos jóvenes anarquistas realizan una revolución, tanto o más importante que la copernicana. La construcción de una nueva subjetividad cuyo eje se desplaza de la razón a la imaginación provoca el ingreso de otra concepción de la praxis poética, praxis reservada a unos pocos elegidos. Bloom utiliza el término visionary, vocablo que alude precisamente a esta noción de un quehacer casi iniciático, a la idea de que las verdades aprehendidas por la poesía son las más elevadas.
Como excedería ampliamente los límites de esta comunicación el desarrollo de las poéticas de los restantes miembros de la cofradía (Shelley, Keats, Byron), me limitaré a bosquejar algunas líneas de la obra de William Blake, aquellas que me resulten productivas para dar cuenta de los alcances del dispositivo intertextual que pretendo reconstruir en relación con la obra borgeana.
La ubicación de este poeta se ha tornado problemática en el campo de los estudios críticos. Se ha adoptado como fecha de iniciación del movimiento la publicación de las Baladas líricas de Wordsworth y Coleridge (1798), no obstante, tal cronología deja fuera un texto fundamental, las Canciones de Inocencia, fechadas en 1789,el mismo año de la Revolución francesa, de manera tal que como ha observado otro prestigioso crítico, C.M.Bowra, con esta periodización se excluye la obra de William Blake. Jaime Rest (5) zanja la cuestión al referirse a un prerromanticismo en cuyo seno lo incluye, mientras que ya señalamos la postura que adopta Harold Bloom al no marcar esta bisagra y directamente incluirlo como parte de la cofradía; en cambio, menciona como antecedente la obra de William Collins.
De estas disquisiones en torno a la contextualización de su figura, se advierte un rasgo fundamental: una actitud de ruptura e innovación en el campo literario de la época.(Coincidencias que también observo en relación con la valoración de la figura del propio Borges.) Las visiones de Blake permitieron, a quienes le siguieron, profundizar la huella. Desde esta perspectiva, sería lícito extrapolar la categoría acuñada por Bourdieu para aludir a la influencia de Baudelaire en Francia. Quizás William Blake se constituye en nomoteta (6)en tanto promueve otros parámetros en el campo intelectual vernáculo, no sólo en cuanto a la originalidad de su poética sino también en su mordaz crítica al sistema de patronazgo, es decir, al arte por encargo, tan en boga en ese momento, crítica que se extiende a todas las instituciones o sistemas que oprimen la libertad del individuo. También resulta necesario aclarar que, los críticos que lo colocan fuera del movimiento, basan su postura en el hecho de que no realizó una sistematización de sus ideas ni dejó un testimonio explícito de estas innovaciones.
Aislado, anarquista, visionario, discípulo del místico Swedenborg, elabora una obra compleja y heterogénea.(7) A partir de la simplicidad de sus primeros poemas se adentra, luego, en la creación de una compleja cosmogonía de filiaciones varias: la cábbala, la Biblia, los mitos clásicos y escandinavos etc.; de esta producción nos interesa su obra fundacional que consta de dos partes. El título completo es Canciones de Inocencia y Experiencia, que muestran los dos estados Contrarios del Alma Humana. Publicado en 1794, las dos partes de la composición sintetizan, con claridad, el pensamiento dialéctico del poeta.
La paradoja instala una visión dualista del universo, visión que recupera las fuerzas elementales de la naturaleza, las más temibles. Anunciará que el cordero, símbolo emblemático de la doctrina cristiana, símbolo del estado de inocencia, no resulta suficiente para redimir el mundo. El hombre no permanece mecido por idílicas canciones de cuna y salmos religiosos, formaciones discursivas predominantes en esta zona del texto, extrapoladas de los himnarios protestantes y del cancionero popular.
En la vía mística, aprehender la Unidad de lo existente implica que se necesite una figura capaz de desatar la pura energía, capaz de vencer las oscuras pasiones y contemplar la verdadera naturaleza humana, la verdadera naturaleza divina, puesto que el dios de Blake habita en cada forma humana,(8)no está fuera del hombre sino que, por el contrario, reencarna en cada individuo.
La figura que simboliza esta vía, la posibilidad de redención es el tigre. El poema homónimo revela, en la primera estrofa, la fuerza, el poderío del animal:

Tyger! Tyger! Burning bright
In the forest of the night,
What inmortal hand or eye
Could frame thy fearful symmetry?(9)

El elemento fónico sugiere la impronta mayestática del símbolo. El gerundio materializa una sinestesia puesto que representa, en forma simultánea, el movimiento y el brillo, el fuego. El adjetivo refuerza, a la manera de un epíteto, la imagen. El campo semántico que se despliega no alude a la luz desde la perspectiva de un Dante. Aquí la luz no proviene del Paraíso, del puro Bien sino que, por el contrario, siguiendo la estela de Milton, nace de la conjunción del Paraíso y del Infierno. Lucifer es parte de Dios, dios es bueno y también es cruel. Asistimos, en suma, a la formulación de un dualismo panteísta que quiebra una interpretación ortodoxa del cristianismo y se acerca mucho más al sentimiento religioso de la antigüedad grecolatina y la mitología nórdica.
Sin embargo, el segundo verso del poema nos conduce, nuevamente, a las selvas dantescas. La intertextualidad es notoria, la metáfora alude, también, a los aspectos negativos de la existencia. En el poeta florentino, la selva simboliza el pecado, en Blake representaría la ignorancia, la represión, la superstición.
La horrible simetría-fearful symmetry- del tigre es el estado del ser que permite restaurar el mundo. El poema, construido en base a interrogaciones retóricas, plantea, en forma dramática la paradoja de la existencia, la indagación en torno del advenimiento de un modelo de hombre, génesis que alumbra, en ecos desgarradores, otra manera de concebir lo divino, de vincularse con el espíritu, el neuma .

La captura, el sueño del tigre

Retornando a nuestro Borges, considero que se produce una feliz conjunción de los aspectos y símbolos que estoy analizando en un cuento perteneciente a El aleph, denominado “La escritura del dios”(1949). Recordemos que el texto narra el cautiverio de un mago, Tzinacán, quien comparte la celda con su asesino, un jaguar. Ante el instante de la muerte inminente, percibe que la sentencia mágica, la escritura del dios, aquella que sólo podrá descifrar un elegido, se esconde en la piel del jaguar, adivina, entonces, que víctima y victimario son sólo Uno, que “un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias.” El mago advierte, entonces, que “ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo”.(10)
Como el aleph, la piel del tigre encierra la escritura del dios, la experiencia inefable, mística, capaz de percibir el Todo en su heterogeneidad deslumbrante y monstruosa. A partir del uso anafórico de la inflexión verbal vi se despliega una descripción minuciosa de este momento epifánico. De la mano de Blake, de Dante, Borges se suma al linaje de los poetas visionarios, aquellos que poseen el don de ver lo que a los demás seres les está vedado.
Me he referido a los atributos fundamentales del tigre delineado por Blake: su terrible poder, la violencia y la energía devastadora, el aspecto casi diabólico de su semblanza. Me atrevo a conjeturar que el mago Tzinacán comparte su celda con un doble, con la duplicación especular de la fiera anglosajona en tanto responde a la conjunción de valores simbólicos atribuidos a William Blake al animal y trasladados –en un típico sincretismo poético borgeano- al imaginario tigre azteca.


No obstante, concluir mi lectura sustentada solamente en las consideraciones precedentes sería reducir, a partir de mi propia ceguera e ignorancia, el inconmensurable universo imaginado por Borges. Este destello místico, visionario que percibo en algunas zonas de su escritura constituye un indicio, un signo de uno de los Borges posibles.
Cierro el círculo. Vuelvo al inicio. Intenté bosquejar la huella del Borges platónico a partir de una figura emblemática, figura soñada a partir del sueño de otro, de otro grande perteneciente al mundo anglosajón. Sin embargo, también debo advertir que su escritura, su pensamiento no obedece fielmente a los parámetros sustancialistas de la modernidad. Existen otros Borges posibles; uno de ellos transgrede la tradición, el canon, en aras de inaugurar un paradigma o condición diferente de pensar y construir la subjetividad, la escritura, la manera de aprehender y vincularse con lo real. A ese Borges, el posmoderno,(11)le pido disculpas.
Aunque, en realidad, no debo pedir ninguna disculpa: como lo ha señalado Edgardo Gutiérrez, precisamente uno de los rasgos posmodernos de Borges es permitirse adoptar posiciones filosóficas radicalmente contradictorias: a veces platónicas, a veces antimetafísicas, a veces nominalistas, a veces realistas, y así sucesivamente. Porque, como es bueno que lo recordemos, Borges no era un filósofo sino un creador.

Notas

1-Durante toda mi exposición, utilizaré la siguiente edición: Borges, Jorge Luis, Obras completas, Buenos Aires, Emecé, 1974. Edición dirigida y realizada por Carlos V. Frías. Confrontar pág. 718
2-Cfr.Op.Cit. Pág. 783.
3-Cfr. Op.Cit. Pág. 824.
4-El texto de Harold Bloom se ha editado en castellano con el título Los poetas visionarios del romanticismo inglés, Traducción de M. Antolín, Barcelona, Barral, 1974.
5-Jaime Rest practica un valioso abordaje de la propuesta estética de este grupo de poetas ya que, apelando a la claridad y la concisión elabora una texto que excede, por su brevedad, el rótulo de introductorio a la cuestión. Confrontar Coleridge, Byron y otros, Buenos Aires, C.E.AL, 1968.
6-En un valioso trabajo sobre la constitución del campo intelectual francés durante el período que comprende la segunda mitad del siglo XIX, Pierre Bourdieu acuña el concepto de nomoteta para definir el lugar que ocupa la figura de Charles Baudelaire en este escenario. Según su perspectiva, dicho término señalaría “una especie de héroe fundador”, una personalidad que ¨pone en tela de juicio ,y desafía, las estructuras mentales, las categorías de percepción y de apreciación que, al estar ajustadas a las estructuras sociales mediante una congruencia tan profunda quedan al margen de los ataques de la crítica aparentemente más radical, son fuente de una sumisión inconsciente e inmediata al orden cultural” en Las reglas del arte .Génesis y estructura del campo literario, Barcelona, Anagrama, 1995. Págs 100-101.
7-William Blake recibe la influencia de Platón a través de la figura de Plotino. Este hecho constituye otra de las afinidades filosóficas, una forma de percibir lo real, que lo acerca a nuestro poeta.
8-En uno de los poemas más productivos para el desarrollo del ejercicio crítico que estoy realizando, llamado The Divine Image (La Imagen Divina), perteneciente a los Cantos de Inocencia, en una de las estrofas se dice: Then every man, of every clime,/That prays in his distress/ Prays to the human form divine,/ Love,Mercy,Pity,Peace ( Luego todo hombre de cualquier clima,/ Que ruega en su desventura,/ Ruega a la humana forma divina, /Al Amor, a la Piedad, a la Paz, a la Misericordia) Confrontar Blake, William, Cantos de inocencia y de experiencia, Barcelona, Bosh, 1977. Traducción de E. Valenti. Edición bilingüe. Pág. 23
9-Op.Cit. Pág. 25 ¡Tigre! ¡Tigre! que ardiendo brillas/ En los bosques de la noche,/¿Qué mano inmortal u ojo/ Ideó tu horrible simetría?
10-Op.Cit. Pág. 598.
11-La Licenciada Cristina Piña ha publicado dos valiosos artículos sobre la cuestión que aportan una sólida fundamentación en torno a la consideración de Borges como un posmoderno avant la lettre, utilizando palabras de la autora. Confrontar: Piña, Cristina: “Borges posmoderno” en : Cultura. Bs.As., Nº 57/58 aniversario, 1996, págs. 40-43 y “Borges y la posmodernidad” en: Revisa de Literaturas Modernas. Homenaje a Jorge Luis Borges. Borges entre dos siglos: Recuperaciones y anticipaciones. Nº 29. Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Literaturas Modernas, 1999, págs. 273-284.


Bibliografía

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PIÑA, Cristina: “Borges-Auster: el sujeto como simulacro” en: Relecturas, reescrituras, articulaciones discursivas. Actas de las Terceras Jornadas Internacionales Literatura Argentina/Comparatística (Bs.As., 28-30 de julio, 1999). Bs.As., Programa L.A.C. universidad de Buenos Aries, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Literatura Argentina “Ricardo Rojas”, 1999, págs. 132-137.
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REST, Jaime Coleridge, Byron y otros, Buenos Aires, C.E.AL, 1968.
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Fuente : Ana María García
Universidad Nacional de Mar del Plata - Argentina

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