jueves, 22 de julio de 2010

Borges y sus laberintos




Como todos los borgeanos lo saben, el laberinto es uno de los símbolos más recurrentes en la obra de Borges. Pedro Luis Barcia dice: "Laberinto es una de la media docena de palabras que todo lector asocia espontáneamente con Borges". Como refugio, trampa o camino de iniciación, el laberinto formó parte de la cultura humana desde sus comienzos.
También parece haber formado parte de la prehistoria literaria de Borges. Según María Esther Vázquez, "una de las obsesiones infantiles que trasladó a la literatura fue el laberinto. En su casa había un libro que mostraba las Siete maravillas del Mundo y entre ellas estaba, por supuesto, el Laberinto de Creta. El niño lo observaba incansablemente y creía que si hubiera contado con una lupa muy grande hubiera podido ver al Minotauro en su centro". Como adulto, sin duda, lo vio en La casa de Asterión, recorriendo esos interminables corredores construidos por Dédalo.
Según el mito clásico, esta historia comenzó en una playa, una noche en que la reina Pasifae vio surgir del mar un hermoso toro blanco, animal sagrado de Creta. De ese encuentro entre la reina y el toro nació el Minotauro. Cuando el rey Minos vio al monstruo, hizo construir un laberinto para ocultarlo. Dédalo, el mejor arquitecto, "hizo una casa labrada para confundir a los hombres", una de las definiciones del laberinto que se encuentra en la obra de Borges. Los que entraban a esa casa ya no salían vivos jamás.
Son numerosos los autores que retomaron esta historia y su protagonista. Pero, a pesar de sus antecedentes, el Minotauro de Borges es único. Es un solitario que juega como un niño, que inventa a otro para poder jugar mejor, que no aprendió a leer ni le importa, que se asoma a la calle donde los hombres lo rechazan o le temen, pero él desprecia a la plebe porque recuerda que su madre es una reina. Es el que espera un salvador, que se llamará Teseo y lo matará sin que él se defienda.

Historias que se bifurcan
Todo laberinto, como casa, construida para que los hombres se pierdan, supone una serie de lugares uniformes, de encrucijadas siempre iguales, de sendas que bifurcan monótonamente. A veces aparece algún signo distinto y el que lo sigue descubre luego que está otra vez en el punto de partida donde se perdió. En Atlas, Borges le dedicó un poema que reproduce en sus palabras y en su ritmo la forma del laberinto. El último verso dice: "Este es el laberinto de Creta cuyo centro fue el Minotauro que Dante imaginó como un toro con cabeza de hombre y en cuya red de piedra se perdieron tantas generaciones, como María Kodama y yo nos perdimos en aquella mañana y seguimos perdidos en el tiempo, ese otro laberinto".
Pero ya habían pasado años desde que Borges había hablado del tiempo como laberinto en un cuento que es, en sí mismo, laberíntico: El jardín de los senderos que se bifurcan. El protagonista, un chino que es un espía, en el día que sabe que va a morir, va a ver un académico inglés que posee el libro de Ts'ui Pên, su ilustre antepasado. Este, que era un hombre muy poderoso, se retiró con el propósito de hacer un laberinto y escribir una novela. El laberinto no se encontró nunca y el libro decepcionó a sus lectores, pues era confuso, incoherente y contradictorio. Por ejemplo, un personaje que muere en un capítulo, aparece actuando en el siguiente; un ejército en una parte es derrotado y en otra celebra su triunfo; etcétera. Pero el erudito le da la clave. Ts'ui Pên "creía en una infinita serie de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes", y en esos tiempos se dan todas las posibilidades, y cada posibilidad, a su vez, engendra nuevas situaciones. De esa manera la novela va creciendo como un jardín cuyos senderos se bifurcan infinitamente y es un laberinto infinito como el tiempo. Laberinto, novela y tiempo son lo mismo. Todavía hoy científicos y filósofos siguen preguntándose sobre la naturaleza del tiempo y sobre la posibilidad de que existan distintas corrientes de tiempos, lo que originaría también múltiples universos.
Todo esto nos lleva a concluir que hay dos clases de laberintos: unos son hechos por el hombre y, en consecuencia, el hombre puede descubrir sus claves; y otros, los más terribles, no son obra de los seres humanos. Ese es el tema de Los dos reyes y los dos laberintos. En este cuento, el rey de Babilonia hace construir un complejo y bello laberinto de bronce e invita al rey de Arabia para que lo visite. Lo deja solo dentro del laberinto, y el visitante se pierde y empieza a recorrer infinitos pasillos, escaleras y muros. Ya desfalleciente, le pide a Dios que le ayude a encontrar la puerta y puede salir. Sin emitir una queja, le dice al rey de Babilonia que en Arabia tiene un laberinto que le hará conocer. Vuelve a su país y regresa con un ejército que arrasa Babilonia, toma prisionero al rey y lo deja en el desierto donde se pierde y termina muriendo de hambre y sed. En este cuento, el desierto es lo totalmente homogéneo, sin señales, el caos primitivo, un ámbito en el que no hay claves para el hombre.
En un poema, incluido en el libro Elogio de la sombra, extiende esta visión del laberinto a todo el Universo. Dice: No habrá nunca una puerta. Estás adentro / Y el alcázar abarca el universo / Y no tiene anverso ni reverso/ Ni externo muro ni secreto centro / No esperes que el rigor de tu camino que tercamente se bifurca en otro / tendrá fin. Es de hierro tu destino.
El universo, como el desierto que mató al rey de Babilonia, no tiene puertas ni límites precisos. No hay centro, ni un afuera, ni un adentro. Nada lo trasciende, ni siquiera la inteligencia o la pasión del hombre. Es un Todo que lo encierra como una prisión cuyos límites desconoce.
Pero, como ya lo sabía el viejo Aristóteles, el hombre tiende naturalmente al conocimiento. Siempre quiere ir más allá: quiere saber. Por eso hace ciencia, filosofía, religión y hasta mitología. Y no sólo quiere conocer el universo sino también buscar el sentido de su existencia. Cuando el hombre alcanza una postura vertical cambia su percepción del espacio en el que debe orientarse. Percibe las cuatro direcciones horizontales, cortadas por el eje arriba / abajo, lo que origina la noción de centro. Para las antiguas mitologías, la idea del centro del mundo tiene una importancia fundamental, pero esta noción no era concebida desde un punto de vista geográfico ni geométrico sino espiritual. El centro era el lugar donde se concentraba la sacralidad, el sitio por donde pasaba el eje del mundo, que comunicaba la Tierra con el Cielo y el Infierno.
En Los Conjurados, su último libro, aparece una nueva versión del laberinto, Dice: Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo, acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en un sueño, en las palabras que se llaman filosofía, en la mera y sencilla felicidad. Aquí estamos lejos de ese otro laberinto que marca un destino de hierro, sin centro ni salida. Quizás tengamos que optar por uno de esos dos laberintos, por el absurdo o por el sentido. Quizás también ocurra que en nuestras vidas pasemos por ambos. Borges nos habla de un hermoso deber. El de buscar el hilo que Ariadna dio a Teseo y que él, después de su triunfo, no supo retener. Y también dice dónde encontrarlo: en la filosofía, en la fe o, simplemente, en la felicidad.
De nuevo estamos ante dos laberintos, que son dos interpretaciones de nuestro ser en el mundo. Podemos sentirnos como prisioneros en un mundo cerrado y absurdo, o vivir la aventura de una búsqueda del sentido último, de un hilo que nos conduzca a un centro donde fluye una sacralidad que nos justifica como seres humanos capaces de cumplir "un hermoso deber". Por supuesto son opciones que surgen de lo profundo, más allá de las pruebas que puede dar o negar la razón razonante. El laberinto en que vivimos puede ser la prueba del absurdo o el camino de una iniciación hacia la luz. En cierta medida, eso depende de cada uno de nosotros. Tenemos libertad para elegir. © LA GACETA


Fuente : La Gaceta Literaria - Martes, 20 de Julio de 2010 - Tucuman - Argentina
María Eugenia Valentié N. de la D. - Este escrito fue rescatado por Cristina Bulacio.

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