jueves, 22 de julio de 2010

El laberinto de Borges



Los indescifrables senderos que se bifurcan, y de donde es muy difícil salir, han fascinado a los seres humanos desde la Prehistoria, hace miles de años. Para el escritor Jorge Luis Borges fueron, además, una obsesión digna de una pesadilla recurrente, que nos revela la escritora María Esther Vázquez. Como homenaje a uno de los mayores escritores del Siglo XX, el laberinto de la estancia Los Alamos, en San Rafael, Mendoza, lleva su nombre.

El laberinto que recuerda a Borges está en la estancia Los Alamos, de San Rafael, Mendoza, y fue elaborado, con 12 mil arbustos, por el inglés Randall Coate, autor de famosos parques en Gran Bretaña y amigo de Borges. Se llama El jardín de los senderos que se bifurcan, como un cuento borgeano, y en principio, se iba a construir en Buenos Aires, pero hubo trabas burocráticas (la ceguera no sólo la sufrió el escritor) y se eligió la estancia que fuera propiedad de la poetisa y amiga de Borges, Susana Bombal. Los artífices del emprendimiento fueron Camilo Aldao, Gabriel Mortarotti y Mauricio Runno, que trabajaron denodadamente para que este sueño se hiciera realidad. Hoy, el parque fue declarado de interés turístico y cultural de San Rafael. Si se lo mira desde el cielo, los senderos forman el nombre de Borges y hay también un signo de interrogación, símbolo del misterio de la personalidad del escritor, y de la dificultad que plantea todo laberinto. Es una obra magnífica, algo más que un simple ornamento vegetal con una incógnita difícil de resolver. Hay quien ha estado horas vagando entre los arbustos, sin poder salir. Dato curioso, los ciegos pueden guiarse por placas con fragmentos de cuentos de Borges y seguir así el camino hacia la salida. Sólo los ciegos y quienes sepan Braille, porque las ayudas están en ese alfabeto.

Las obsesiones de Georgie
Borges cultivó varias obsesiones. Una, la del horror por los espejos, tanto, que hizo decir a uno de los personajes de sus cuentos: “Odio el amor y los espejos, porque reproducen los seres humanos”. Otra, la de los laberintos, que ocuparon en su literatura mucho más que una frase.
–La primera percepción del laberinto como un espacio obsesivo –dice la escritora María Esther Vázquez, quien fue amiga de Borges, e incluso escribió libros junto con él– la tuvo en la infancia, cuando vio una lámina que representaba uno, en cuyo centro había otro más pequeño, visión que se reproducía cada vez más diminuta, hasta el infinito.
–Los laberintos están en muchos de los cuentos de Borges; están en El jardín de los senderos que se bifurcan, en La biblioteca de Babel y...
–Sí, una vez me contó que en su juventud, durante los veranos en Adrogué, descubrió que el verdadero laberinto estaba en el hotel La Delicia, un edificio que creció con anarquía y donde era difícil que cada persona encontrara su cuarto sin ayuda, e incluso, una vez que estaba en la habitación, le costaba llegar a la calle. El hotel fue demolido, claro, pero Borges lo evocó en La forma de la espada y en La muerte y la brújula. Admiraba mucho a los constructores de laberintos.
–¿A quiénes?
–A Piranesi, por ejemplo. En su departamento de la calle Maipú pude ver, colgado en el living, un grabado de Piranesi, (artista veneciano de 1740, famoso por sus poéticas imágenes de Roma y sus interiores). A Borges lo impresionaban las ruinas fantásticas con escaleras, los corredores sin salida y los espacios abiertos a la nada. Ya adulto, cuanto perdió la visión, era capaz de contar ese grabado con un detallismo extremo.

Historias absurdas

Aunque Borges gustaba de los tangos sin letra, sólo música bailable, quizás estuvo de acuerdo en aquello de que “la vida es una herida absurda”, frase de La última curda. Porque, entre otras cosas, los laberintos evocan cuestiones absurdas, sin solución, y situaciones personales de las cuales es difícil, y a veces imposible, salir.
–Es probable –dice María Esther– que ese espíritu de Piranesi estuviera en el trazado obsesivo de sus laberintos literarios. En La muerte y la brújula, Borges dice que “el mundo era un laberinto del cual resultaba imposible huir”. En El inmortal, que “el laberinto es atroz; por un caos de sórdidas galerías llegué a una vasta cámara circular, apenas visible. Había nueve puertas en aquel sótano; ocho daban a un laberinto que falazmente desembocaba en la misma cámara; la novena daba a una segunda cámara circular, igual a la primera. Ignoro el número total de cámaras; mi desventura y mi ansiedad las multiplicaron”.
–Usted ha hablado, María Esther, de una interpretación que hizo un psicoanalista de los laberintos borgianos. Una interpretación desde el punto de vista del psicoanálisis, claro.
–Sí, el psicoanalista francés Didier Anzieu estudió la obra de Borges, y llegó a la conclusión de que el tema de los laberintos surgió de un conflicto de identificación y de rivalidad con el padre. Dos textos –La biblioteca de Babel y El inmortal– serían una metáfora del inconsciente y equivaldrían al cuerpo físico de Borges. Laberintos y espacios corresponderían a la memoria prenatal del vientre de su madre.
–¿Es posible eso? No digo en la literatura sino en la realidad.
–Los psicoanalistas dicen que sí. Cuando Borges, en El inmortal, habla de la vasta cámara circular, dice que tiene nueve puertas y que sólo la novena accede a otra cámara. Y bien, según el psicoanalista francés, el esquema indica claramente el seno materno y los nueve meses de gestación.
–¿Y usted está de acuerdo con esa interpretación?
–Hay un pequeño detalle que la destruye: Borges nació en el octavo mes de ser concebido, y desde la adolescencia, antes de escribir ese cuento, conocía esa circunstancia tan poco frecuente. Su madre, Leonor, se vanagloriaba de la frase del médico que la atendió en el parto, y repetía: “Las criaturas ochomesinas suelen ser muy inteligentes y talentosas”.

¿Supersticioso yo?

Borges, es sabido, tenía una superstición acerca de lo beneficioso del número tres y sus múltiplos. Cuando viajaba en avión, cosa que no lo llenaba de alegría, más bien tenía cierto temor a volar (García Márquez compartió esos miedos) en el momento del despegue o del aterrizaje, para conjurar la mala suerte, daba tres golpes con los nudillos en el brazo del asiento. Cuando alguien le preguntaba el por qué de esos golpes, no contestaba.
–O decía –apunta María Esther Vázquez– que Adán nació a los 33 años, y que Cristo murió a esa edad. Y con respecto al nueve, los versos del último poema de su libro El oro de los tigres dicen: “...El anillo que cada nueve noches/ engendra nueve anillos y estos, nueve...”.
–¿Y en La biblioteca de Babel?
–Bueno, el arquetipo del laberinto de ese cuento alude a una de las formas de la sabiduría: “El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales(...) Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias”.

Nuestros propios laberintos

Cada ser humano tiene su propio laberinto. Un hombre de campo que visita por primera vez una gran ciudad, tal vez sienta que se pierde en el trazado a veces anárquico, de las calles. En Parque Chas, por ejemplo, existe una calle que es un círculo perfecto, que creo recordar que se llama Berlín, de modo que si se avanza por ella se termina siempre en el sitio de donde se partió. El amor puede ser también un laberinto indescifrable. En Los dos laberintos, Borges cuenta de un soberano que invitó a otro rey a sus dominios, y lo llevó y lo dejó solo en un laberinto vegetal, como el de Mendoza, del cual el coronado no pudo salir. Cuando lo rescataron estaba furioso y avergonzado, pero nada dijo. Invitó a su vez al burlador a su reino, y lo llevó a un desierto inmenso (tal vez el Sahara, un arenal tan extenso que no tiene nombre, porque en árabe Sahara quiere decir desierto), en donde lo dejó abandonado a su suerte.
–Hay algo que no entiendo en ese cuento. Salir de un desierto enorme es difícil por las distancias y el calor del día y el frío de la noche, pero no porque alguien esté perdido, como en un laberinto. Es cuestión de caminar, por ejemplo, hacia el Oeste, en donde se pone el sol, y listo.
–Borges era un hombre urbano. Le fascinaba el campo, pero él lo consideraba “una llanura desaforada”; quizá nunca fue capaz de orientarse con el sol. Por lo demás, cuando escribía hacía literatura, pero la diferenciaba de la realidad. Por supuesto que autores que él leía, como Kafka o Meyrink, encontraban al mundo absurdo, y por lo tanto pesadillesco y por lo tanto laberíntico, “sueños soñados por otros sueños, pesadillas perdidas en el centro de otras pesadillas”.

Fuente Revista Nueva – Mendoza

El mas célebre

El más célebre de los laberintos fue el mítico de la isla de Creta, en el Mediterráneo, en donde vivía el Minotauro, un monstruo mitad hombre y mitad toro, que devoraba doncellas y jóvenes. El héroe ateniense Teseo resolvió matarlo. Para no tener problemas en el laberinto (del cual nunca había salido nadie) ató en la puerta el hilo de un ovillo que le había dado la cretense Ariadna, de modo que para salir, sólo tenía que seguir el hilo. Y con una espada mágica enfrentó y mató al monstruo. La leyenda, cuyo origen se pierde en el principio de la civilización cretomicénica, no recuerda si Teseo se casó con Ariadna y si fueron felices.

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