viernes, 7 de marzo de 2014

Messi, el fútbol y los implacables guardametas de la literatura



 por Dubler R Vázquez Colomé

El 2 de junio de 1978, a las 7:15 de la tarde bonaerense, exactamente a la misma hora y a escasas cuadras del estadio Monumental, donde la selección argentina de fútbol jugaba su primer partido de la Copa del Mundo, el poeta Jorge Luis Borges comenzaba a dictar una conferencia sobre la inmortalidad. Era su muy particular manera de boicotear lo que calificaría como "la misa enloquecida del balompié".

La reticencia del autor de El Aleph de reconocer cualquier virtud en el juego más seguido por las multitudes no era nueva entre los círculos literarios. Para Borges, el fútbol era "estéticamente feo", una expresión vulgar de los rasgos menos civilizados de la humanidad. Para el mundo de la cultura, se reducía a una condición de anestesia social; era y sigue siendo el opio de los pueblos. De hecho, cuenta Eduardo Galeano que ya en el Londres de 1880 Rudyard Kipling se burlaba del entonces naciente deporte y de "las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan".

La ancestral beligerancia del universo del pensamiento hacia una actividad meramente física, pero con una increíble capacidad para exceder exponencialmente el poder de convocatoria de la literatura, aun de la más encumbrada, parte de lo que el exjugador del Real Madrid y la selección argentina, Jorge Valdano, ha denominado como desconfianza de los intelectuales hacia la masa. "En el fútbol la masa es muy sectaria, porque existe una polarización de los sentimientos: para disfrutar este juego es necesario que uno ame a un equipo y hacer posible el odio a otro. Eso espanta a los intelectuales, porque en esa división maniquea se acaban los matices y desaparece el pensamiento", afirma el campeón del mundo en 1986.

Siguiendo a Galeano en su maravilloso texto El fútbol a sol y sombra, el desprecio de muchos letrados conservadores se funda "en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. En cambio –matiza-, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria".

Sin embargo, recuerda el autor de Las venas abiertas de América Latina, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo; y fue precisamente un primero de mayo el día elegido para fundar el club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo XX, no faltaron intelectuales de izquierda que incluso celebraron al fútbol, en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, quien elogió "este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre".

Pero más allá de reticencias, suspicacias y resentimientos, no son pocos los que sucumben al embrujo de la pelota. Más de dos décadas después de su muerte, en 1986, vale la pena cuestionarse si Borges habría cambiado de parecer después de los dos inolvidables goles de Maradona ante Inglaterra, el país que había ocupado las Malvinas. La muerte lo sorprendió a los 87 años y le impidió escuchar la inmortal descripción de Víctor Hugo Morales, cuando el Diez marcó el primero con "la mano de Dios", antes de hacer el tanto más espectacular de la historia, partiendo de cancha propia y dejando en el camino hasta a siete jugadores ingleses.

De hecho, el último capítulo de la tormentosa relación del poeta con el deporte más popular es una inverosímil leyenda, algo así como un mito urbano, según el cual el escritor argentino le debió su ceguera al fútbol. De acuerdo con la polémica biografía no autorizada que circula por la red de redes, Borges era en realidad un apasionado del balón, hasta el día en que en un partido entre amigos sufrió un fuerte golpe que le habría desprendido ambas retinas y que, con el tiempo, lo condenaría a quedar ciego. Y aunque la historia parece más una especie de homenaje borgiano, o probablemente una broma postrera al hombre que hizo de la solemnidad su bandera, lo cierto es que recoge el espíritu de hostilidad y, al mismo tiempo de seducción, que ha mediado por décadas entre los mundos de la literatura y el fútbol.

La desaparición del ambiente romántico que envolvía al juego de potrero, de las canchas de barrio, ha hecho mayor esta brecha. "La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí", asegura Galeano, para quien "la tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohíbe la osadía. Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad".

La reflexión del nacido en Montevideo, Uruguay, no puede menos que conducir hasta la pista de un ilustre compatriota suyo, a quien los cubanos (y su propia voluntad de vivir, crear y trascender desde esta Isla) hemos convertido en nuestro. Y es que Daniel Chavarría, el célebre autor de El ojo de Cibeles y Adiós muchachos, se ha declarado incapaz de perdurar en su particular destierro del fútbol moderno, derrotado por el genio de uno de esos "carasucias" que todavía redime el goce dentro de las canchas.

Lionel Messi con sus cuatro balones de oro. El volumen Cuentos clásicos, publicado por la editorial tunera Sanlope y disponible aún en las librerías por estos días de Feria, recoge un relato en el que el escritor apenas si se distancia del personaje, para dar pública cuenta de su claudicación ante la maravilla del fútbol practicado por el Barcelona de Lionel Messi. Bajo el enigmático título de Por culpa del botafumeiro, el único latinoamericano que ostenta el premio Edgar Allan Poe narra la experiencia de su reencuentro con el espectacular pasatiempo, tras décadas de autoexilio, desde que "el fútbol se convirtió en negocio millonario, supeditado al mandato de las grandes satrapías corruptoras del deporte."

Con constantes referencias a la narrativa de Carpentier en su obra El camino de Santiago, Chavarría establece un interesante paralelismo entre el humo purificador el botafumeiro, una especie de incensario utilizado en las iglesias de la Galicia medieval, y el impacto hipnotizador del fútbol coral practicado por el Barça de Pep Guardiola. "Nunca imaginé que el juego de mi adolescencia se hubiera convertido en coreografía. Quedé deslumbrado. Lo miré tres veces y cada una me pareció mejor. Luego vi por TV una tanda de los goles de Messi durante los últimos años y en verdad que es un genio. No se lo dije a nadie, pero no he podido privarme de seguirlo junto a sus compañeros", cuenta el personaje y el lector puede descubrir en su piel al propio autor, al niño que con solo 8 años era ya un apasionado hincha del Nacional de Montevideo.

"Pero aparte de mi pasional interés por el genio de Messi, me ratifico en la convicción de que un deporte tan metalizado es inmoral. Ergo: soy un admirador vergonzante", confiesa sobre el final, solo para apuntalar la complejidad de un escenario en el que el lucrativo negocio del fútbol es capaz de hacer felices a millones de personas. Ante esta paradójica realidad, la literatura y sus hacedores permanecen mayormente reticentes, si bien son incapaces de evitar un constante coqueteo con el mundo esencialmente hermoso que hay dentro de una cancha, donde 22 artistas se las arreglan para reducir miles de metáforas, siglos de incesante desvelo literario por tocar el alma humana, a la belleza simple y categórica de la palabra gol.


Fuente :  Periodico 26 –Cuba
06 Marzo 2014


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