domingo, 23 de noviembre de 2014

“Yo no soy Borges, soy el otro...” – Buenos Aires 1985


Lilian Fernández Hall

En homenaje a quien no siempre en vida fue estimado y valorado por sus contemporáneos, deseamos reproducir una entrevista que quien escribe estas líneas tuvo la oportunidad de realizarle al autor de El Aleph en Buenos Aires. Fue en el otoño de 1985 —un año antes de la muerte del escritor— que, con la osadía que da la juventud, llamamos por teléfono a su casa con el fin de pedirle una entrevista para una poco conocida revista uruguaya. Muchos de los “grandes” de entonces se habían negado (entrevistadora inexperta y publicación casi desconocida). En el caso de Borges (a quien nunca se le llamó otra cosa que “Borges”, no “Don Jorge” o “Señor Borges” o algo así, sino simplemente “Borges”) fue distinto. Fue la voz de un anciano cortés, afable, muy cansado pero completamente lúcido la que contestó al teléfono y dijo sentirse “muy honrado” por ser objeto de nuestro interés. Nos invitó a su casa a visitarlo y el resultado de esa charla tan entrañable se publicó en la revista Jaque de Montevideo el viernes 12 de julio de 1985. A ya más de veinte años del fallecimiento del escritor, perdura el recuerdo de esa breve conversación y vaya como homenaje a quien sigue encontrando adeptos en los más lejanos rincones del planeta.


           Jorge Luis Borges y Lilian Fernández Hall (1985)
                              Foto: Patricio Salinas

Jaque encontró en Buenos Aires un Borges melancólico, desencantado, sin esperanzas, para quien ser argentino es “un acto de fe”. Confiesa no saber nada del tango, de Gardel, de la literatura contemporánea, ni de política y, en otro juego de espejos, afirma ignorar si tiene o no realmente vida personal. Es Jorge Luis Borges.

—Borges, usted que ha viajado tanto, ha estado en tantas ciudades...

—No se crea, no tanto. Hay dos países que me gustaría mucho conocer: China e India. Pero imagínese que no me puedo costear esos viajes. No es como ir a Bolivia o a Chile.

—No, claro, pero usted que ha viajado tanto, decía ¿cómo se siente en Buenos Aires?

—Como todo el mundo, melancólico. Porque no mejoran las cosas. Hace un año y medio que están los radicales y no han hecho nada ¿puede ser? Quizás ahora hagan algo. Recuerdo que, cuando fue electo, el Presidente me invitó a un acto oficial. Yo sólo conocía a Bioy Casares, a los demás escritores no los conocía. Era gente más bien de radio, de teatro, actores. Pero a los escritores no los conocía. Yo dije algunas palabras. Pero ahora estoy muy desencantado, sin esperanzas...

—Usted dice en sus poemas: “Ser esa cosa que nadie puede definir: argentino”. ¿Tampoco ahora podría definirlo?

—No, no podría. Yo creo que algo así sucede con todos los países ¿qué es ser irlandés? ¿qué es ser sueco? Un acto de fe. Ser argentino es un acto de fe. Es muy raro. Este país, no sé, algunos dicen que va a salvarse con las nuevas medidas, pero hace muchos años que tenemos problemas.

—Borges, hablando ahora de su obra, los temas que en ella se repiten son el tiempo, los laberintos, los espejos, los compadritos...

—Sí, los compadritos. Pero los compadritos se acabaron con las armas de fuego: los verdaderos compadritos eran cuchilleros. Yo conocí cuchilleros. El cuchillo era un arma de guapos, ellos llevaban siempre, los de ciudad, el cuchillo en la sisa del chaleco, se sacaba así (hace el gesto de sacar el puñal) en cambio en el campo lo usaban en el lado izquierdo del cinto, y lo sacaban así (hace otro gesto).

—“Hacia arriba y con el filo para adentro”, como enseña usted en el cuento “El Sur”.

—Claro, pero fíjese qué raro, nunca se hablaba del cuchillo, por pudor. Si se lo sacaba era para usarlo, pero no se lo mostraba nunca. Además, se usaba cuchillo corto. Ya el hecho de sacar un puñal corto era una prueba de que uno sabía usarlo. Pero ahora el cuchillo ya no tiene sentido.

—¿Qué opina del tango, Borges?

—Yo no sé nada del tango.

—Usted dice que no tuvo orígenes populares.

—No, el pueblo lo rechazó. En los conventillos no se bailaba. En realidad, yo he leído algo sobre el tango. Surge en la misma época que el jazz, en el mismo ambiente: en los prostíbulos. Pero puede probarse que no fue popular por los instrumentos. La milonga, por ejemplo, se acompañaba con la guitarra. ¿Sabe cuál es la etimología de la palabra “guitarra”?

—No.

—Viene de cítara, del griego: cítara-guitarra ¿qué lindo, no? Bien, el tango surge hacia 1880, no se sabe si originario de Montevideo o de Buenos Aires, en el mejor de los casos se comprueba que no es popular por los instrumentos: piano, flauta y violín, y luego se agrega un instrumento alemán: el bandoneón. Así que no es popular, porque los instrumentos son muy caros. La flauta no, pero el violín y el bandoneón, sí. En cambio, la guitarra es popular. Cuando yo era chico se tocaba en todas las esquinas de Buenos Aires, ahora no.

—¿Qué opina de este homenaje un tanto desmesurado que se le está brindando a Gardel?

—Yo no sé nada de Gardel. Sé que no quiso ser ciudadano uruguayo. Se llamaba Charles Gardel, era descendiente de franceses. Él la compró a la madre.

—¿Cómo?

—La madre de él trabajaba en un prostíbulo en Toulouse, entonces él la compró. El precio de las prostitutas variaba según la edad y las nacionalidades. Aquí las más baratas eran las criollas, luego venían las polacas y finalmente, las más caras eran las francesas.

—Otro de sus temas preferidos son los espejos ¿qué le sugieren?

—Cuando yo era chico había muebles hamburgueses en casa. Había un espejo de tres cuerpos donde yo me miraba siempre. Desde mi cama, inmóvil. Y un día se me ocurrió que una de las imágenes reflejadas podía tomar vida propia, podía empezar a obrar por su cuenta. Ese es el origen de mi interés por los espejos, y por eso aparecen en mis cuentos.

—¿Por qué nunca escribió una novela?

—Porque no soy lector de novelas. Bueno, leí el Quijote, y un novelista que para mí es el novelista: Joseph Conrad. He leído a Dickens mucho, leí Crimen y castigo, lo leí con mucho entusiasmo, más que Los hermanos Karamazov, Tolstoi sí que me gusta mucho. Pero otras novelas... En cambio leí Las mil y una noches en una versión, creo que la mejor versión occidental, la de Rafael Cansinos Assens. Él se jactaba, no sé por qué razón, de poder saludar a las estrellas en catorce idiomas clásicos distintos ¿qué exageración, no? Era una andaluzada. Pero la novela es un género que no conozco.

—¿Y de literatura contemporánea?

—Yo no sé nada de literatura contemporánea, creo que hay mucha pornografía...

—Quiero hacerle una pregunta...

—Si es una pregunta política, no sé nada (sonríe). No estoy afiliado a ningún partido político. En fin...

—No, no es una pregunta política. Se refiere al debate que existe acerca de la cuestión del Premio Nobel...

—No, no, pero yo voy a defender a los Académicos. En un tiempo, ellos confirmaban prestigios. Cuando un autor recibía su premio, ya estaba consagrado. Cuando Bertrand Russell lo recibió, cuando André Guide lo recibió, ya eran famosos. Pero creo que ahora quieren dar el premio de estímulo, a quienes no son tan conocidos. Yo creo que es una política distinta, yo la respeto. Además, yo no tengo méritos, mi obra no existe. Acá no tengo ningún ejemplar de mi obra. Yo no soy Borges, soy el otro... (sonríe).

—Parece que en Suecia se estima más su poesía que su prosa...

—¿Ah, sí? qué notable. Bueno, la poesía es un género más antiguo, más noble.

—Pero en otros países, en Europa y en América Latina, se valora más su prosa.

—Bueno, cuando yo pienso en la prosa, me gusta más la poesía; y cuando pienso en la poesía, me gusta más la prosa.

—Cuando el Premio se le concedió a García Márquez...

—Muy merecido, sí.

—...él mismo consideró que se lo merecía más usted.

—Bueno, es una generosidad de su parte.

—Unas últimas preguntas, Borges: de acuerdo a sus declaraciones, parece ser que usted está en un proceso de evaluación de su vida personal.

—No sé si tengo vida personal. De mi biografía poco tengo que decir: nací en Buenos Aires, viví en Suiza, después me empezaron a interesar los idiomas, no sé, un poco de vida literaria, enamorarse... (sonríe).

—Usted dice que no cree en la inmortalidad ¿eso no le produce angustia?

—No, no. Recuerdo que mi padre decía que una vez que uno se moría, era mejor morirse del todo. Él se dejó morir. Se negó a comer y a tomar remedios. Ahora, la transmigración sería interesante, no?

—Claro. Bueno, Borges, no lo molestamos más, muchas gracias.

—No, no, no me molestan. Gracias a ustedes que han llenado esta mañana que parecía vacía. (En la puerta, pensativo) ¿Así que me recomiendan la poesía?

Buenos Aires, julio de 1985

Notas

    Thente, Jonas. “Oraklet från Buenos Aires”. En: Dagens Nyheter, Kultur, sábado 31 de marzo de 2007, pp. 6-7. La traducción es mía.

Fuente : Letralia.com


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