sábado, 18 de junio de 2016

Una criatura fantástica estuvo dos veces en Medellín



Por Mónica Quintero Restrepo

Publicado el 14 de junio de 2016

La primera vez que Jorge Luis Borges vino a Medellín era julio de 1965. Aunque ya se había ganado el Premio Internacional de Literatura, que compartió con Samuel Beckett, era apenas un escritor que empezaba a ser reconocido. No muchos sabían de él o lo habían leído para entonces.

La invitación fue del secretario de educación Rómulo Naranjo. El escritor Darío Ruiz recuerda que lo llamó el alcalde Óscar Uribe y le dijo que venía un intelectual argentino, “un tipo que escribe más enredado que vos”. Darío estaba al tanto, lo había encontrado ya en los libros.

Borges vino a Medellín, recuerda el escritor Elkin Restrepo, después de un viaje a Bogotá, invitado por la Universidad de los Andes, para celebrar la edición de la revista Mito, que había dedicado un número al argentino.

“De ahí pasó a Medellín –sigue Elkin– y cómo estaría ávido de nuevas experiencias, que aceptó venir a esta ciudad que no aparecía en ningún mapa”.

De Medellín, comenta Darío Ruíz, Borges exclamó, al ver tantas montañas, “¡qué hermoso lugar”.

Fue una reunión de pocas personas, en el Hotel Nutibara. En los recuerdos de la poeta Olga Elena Mattei no hay más de quince sillas en fila, más tres al lado de Borges. Al lado de él, si no le falla la memoria, estaba Manuel Mejía Vallejo. Para ella era un lugar no apto para recibir al escritor. Se acuerda de un espacio muy pequeño, de más o menos dos metros de ancho por tres de largo, con una ventana que quedó detrás del poeta y lo hacía quedar en contraluz. No se veía bien. “Así de estrecho y de poco importante y distinguido el lugar para recibir a semejante personaje”.

Darío, mientras tanto, había preparado un discurso para presentarlo y cuando empezó a decirles a los asistentes, “con nosotros, Jorge Luis Borges”, el autor del Aleph lo tomó del brazo, le dijo muchas gracias, que se sentara, y empezó a hablar.

La charla fue de responder preguntas del público y no duró mucho tiempo. Elkin hace memoria y señala que Olga Elena le preguntó por los procesos creativos –si bien ella no se acuerda ya– y que un señor intentó acorralarlo con una pregunta sobre si Jesucristo se había suicidado. Borges, precisa Elkin, era muy gentil y le contestó que si él había aceptado morir, pues era un suicidio. Estaba acostumbrado a ese tipo de preguntas.

En la segunda visita a la ciudad, en 1978, otro le preguntó por si el universo tiene sentido y el autor soltó una respuesta genial: No sé si el universo tiene sentido. Lo que sí se que tiene sentido es mi vida. A Elkin le parece que eso era muestra de un público que aún estaba en la generalidad de las cosas.

La primera vez, Borges también dictó una conferencia en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia. Darío dice que fue “sobre matones, esos seres que tanto le gustaban”. Además conversó sobre el escritor argentino Evaristo Carriego y la poesía popular.

El recuerdo de muchos es como el de Elkin: “Yo acudí como el que va a ver a una criatura fantástica”.
 
La segunda visita fue por invitación del entonces alcalde Jorge Valencia Jaramillo. También venía de Bogotá y siguió a Cartagena. A las 11:00 a.m., de un día de noviembre –otros recuerdan diciembre– estuvo en la Biblioteca Pública Piloto, donde se sentó a responder preguntas, “una vaina muy socrática”, lo describe Elkin Restrepo. El almuerzo fue en un restaurante italiano que ya no existe, del barrio Brasilia. “Borges pidió pastas y se tomó una copa de vino –sigue el autor local–. Comió muy poco. La copa la guardó Manuel Mejía Vallejo como un fetiche”. Después lo llevaron a la sala del Concejo, donde el alcalde le entregó las llaves de la ciudad. Borges se levantó y habló corto: “...Desde que yo era chico me fue mal con las llaves. Pensar que un trozo de metal podía franquear la entrada de un gran edificio... Yo diría que estas llaves, el hecho mismo de una llave, es algo que nos hace sentir lo misterioso del mundo (...)”. No pudo hablar más, estaba conmovido. “Nos quedamos sorprendidos por el hecho, advertir su sensibilidad. Para él no era un simple acto protocolario, tenía un sentido particular”.

Fuente : El Colombiano

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