martes, 29 de julio de 2014

El imperecedero encanto de “La invención de Morel”


“Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro: el verano se adelantó. Puse la cama cerca de la pileta de natación y estuve bañándome, hasta muy tarde. Era imposible dormir. Dos o tres minutos afuera bastaban para convertir en sudor el agua que debía protegerme de la espantosa calma. A la madrugada me despertó un fonógrafo. No pude volver al museo, a buscar las cosas. Huí por las barrancas”.

Bastan estas primeras líneas de “La invención de Morel” para ubicar a su autor entre los más destacados de la literatura fantástica. Sí, porque Adolfo Bioy Casares (1914-1999) conforma, junto a Jorge Luis Borges (su amigo del alma) y a Silvina Ocampo (su estoica esposa) la tríada literaria más exquisita de las letras argentinas. A tal punto que cuando Bioy recibió el Premio Cervantes en 1990, pareció que el largo contencioso entre la crítica académica y su obra quedaba por fin resuelto a su favor. Comenzaba no sólo a aceptarse la naturaleza metafísica de su literatura, sino que ello servía para redefinir su obra.

Sumergirse en los libros de Bioy es a todas luces un placer. Nadie que haya leído alguna vez “La invención de Morel” puede olvidarla. Como dijo el mismo Borges: “Bioy alude filialmente a otro inventor isleño, a Moreau”. O como aclara Abelardo Castillo: “Quiso imitar ‘La isla del doctor Moreau’ y escribió ‘La invención de Morel’, una novela infinitamente superior a casi cualquier novela que haya escrito Wells”.

Su argumento es sencillo. Un fugitivo acosado por la justicia llega en un bote de remos a una isla desierta sobre la que se alzan algunas construcciones abandonadas. Pero un día, ese hombre solitario siente que ya no lo es, porque en la isla han aparecido otros seres humanos. Los observa, los espía, sigue sus pasos e intenta sorprender sus conversaciones. Ése es el punto de partida del misterio, del tránsito continuo de la realidad a la alucinación, que poco a poco lleva al fugitivo hasta el esclarecimiento de todos los enigmas.

El éxito

Esta historia, que Borges calificó de “perfecta”, bastó para darle a Bioy fama mundial. Sin embargo, otras novelas suyas también lograron erigirse como grandes propuestas del género fantástico. “Plan de evasión” (1945), “El sueño de los héroes” (1954), “Diario de la guerra del cerdo” (1969) y “Dormir al sol” (1973), son algunos de los más exitosos. También escribió varios libros de cuentos: “La trama celeste” (1948), “Guirnalda con amores” (1959), “Historias desaforadas” (1986) y “Una muñeca rusa”, entre otros.

No menos encantadores son los libros que escribió en colaboración con Borges: “Seis problemas para don Isidro Parodi” (1942), “Crónicas de Bustos Domecq” (1967) y la excelente “Antología de la Literatura Fantástica” (1940), en la que también colaboró su esposa, Silvina Ocampo.

La incoherencia de los políticos

Adolfo Bioy Casares siempre despreció la política. Cuentan que una vez una agrupación peronista le propuso ingresar a una lista para ser electo legislador de Buenos Aires y él los insultó de mala manera. “Los políticos son los únicos autorizados para mentir. Y a mi no me gusta mentir. Ni siquiera en mis novelas”, declaró en aquella oportunidad. Años después aclaró su postura: “Todo el mundo sabe que los políticos mienten, pero eso no los desacredita, y al resto de la población sí. Nosotros tratamos de tener una coherencia en la vida, y ellos no. Los gobernantes tienen algo inexplicable para mí que es el ansia de poder, algo horrible y muy estúpido que los lleva a cometer una y otra vez esas tonterías”.

Fuente : La Gaceta – Tucuman


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