domingo, 19 de junio de 2011

Borges en Santa Fe


En 1982 se fundó en mi ciudad, Santa Fe, Argentina, un diario llamado El Federal, cuyo director era una especie de caudillo político entrerriano –Entre Ríos es una de las provincias más verdes y bonitas del país-, el querido César “Chacho” Jaroslavsky, y yo entré a trabajar allí (El caudillismo argentino del siglo XIX).
Un día el Chacho me llamó a su búnquer y me contó que Borges estaría en Santa Fe, y que me elegía a mí para hacerle notas y reportajes (El rating, factor que altera el producto).
Eso era como el príncipe más azul ofreciéndome casamiento, yo brillaba (Kemet. El país de la tierra negra).
Casi me vestí de novia, con orquídeas y gasas, para recibir a Borges (Conservación de orquídeas cubanas).
Tengo una foto que lo irradia, a él y a mí, y a mi antiguo grabador (Inmigración: fotografías).

La puerta es la que elige, no el hombre
Jorge Luis Borges


Un grupo de estudiantes y dos o tres periodistas nos encaminamos hacia el salón del hotel, adonde Borges va a hablar con nosotros. Encabeza la marcha él mismo, acompañado por el escritor Roberto Alifano, de Buenos Aires, con quien Borges suele mantener diálogos en sus presentaciones en público –Alifano es una especie de secretario del Maestro. Pienso en Ezra Pound, cumpliendo el mismo oficio para Yeats, en esa conmovedora combinación de protección cariñosa, percepción y sutil inteligencia que exige el nada común oficio de “secretario” de un anciano genial.

De pronto alguien elogia su bastón. Borges explica que es holandés, fabricado con una especie determinada de madera, algo así como madera de limonero. El bastón es parecido al que usan los pastores.

Borges dice sonriente: tóquelo, mire, tiene espinas…

Nos sentamos alrededor de una gran mesa. Los jóvenes –alumnos de quinto año del Colegio Nacional- comienzan la entrevista.



De Borges a los jóvenes

*¿La misión de ustedes? Bueno, es simplemente la de salvar al mundo… Yo les aconsejaría el ejercicio de la ética y el hábito de la lectura. Les aconsejaría que leyeran mucho pero, como dijo mi padre, que lean sólo lo que realmente les interese. Porque lo que se lee por ejemplo sólo para dar un examen, se olvida. Yo he estudiado muchas materias de las que puedo confesar ahora una ignorancia perfecta. En cambio, recuerdo todo lo que he leído con agrado.

*Creo que la definición de la palabra ética es innecesaria, ya que uno, por un instinto misterioso, sabe a cada momento si está obrando bien o mal. Creo que ese instinto es esencial y más importante que las definiciones o que los adjetivos.

*Yo de mi obra sé muy poco. Si ustedes mencionan alguno de mis cuentos, es posible que yo no lo recuerde. Yo he escrito ese cuento una sola vez, ustedes lo han leído varias veces. Eso quiere decir que lo conocen mejor que yo.

*Sí, recuerdo “El encuentro”. Ese cuento se me ocurrió a mí en Cambridge, Massachussets. Estaba sentado a orillas del río Charles, en un banco, y recordé que unos treinta o cuarenta años antes había estado sentado en un banco en Ginebra, a orillas del Ródano. Pensé: Si yo me encontrara con ese otro que soy yo, ¿qué nos diríamos? De allí salió todo el cuento, de esa identidad de estar sentado, solo…

*Yo creo que el libre albedrío es una ilusión necesaria. Por ejemplo yo me siento libre en este momento. Voy a repetir un ejemplo que he usado muchas veces: Aquí están mis dos manos. Yo puedo poner sobre la mesa la mano izquierda o la derecha. En este momento siento que puedo elegir. Verdad, he puesto la derecha. Una vez que he puesto la derecha debo pensar que era fatal que yo pusiera la derecha y no la izquierda. Es decir, quizá toda mi vida esté condicionada, pero es necesario que en cada momento yo crea que soy libre. Si no, hasta no podría obrar. Así que yo descreo del libre albedrío; creo en la fatalidad, pero no en una fatalidad que haya sido dirigida por alguien, sino una fatalidad que ha sido preparada por toda la historia universal por lo que podría llamarse con alguna pedantería “el proceso cósmico”; en fin, toda esa cadena ramificada de efectos y de causas.

*Pero sé que si se trata del presente uno necesita la ilusión del libre albedrío. Uno tiene que creer que puede decidir sus actos.

*¿Pero ustedes entienden el tiempo presente? Yo no, yo no acabo de entenderlo. Me siento perplejo. Me siento triste también. Tengo la sensación de haber tenido una pesadilla de la que no me he despertado del todo. (Esta última frase fue repetida unas horas más tarde en el Teatro Municipal, al preguntársele a Borges una cuestión referente a las Malvinas. La pesadilla se refiere a la Guerra de Malvinas, ocurrida en 1982 en Argentina: La Guerra de Malvinas).

Una vez que los jóvenes se retiraron y luego de una entrevista televisiva, Borges dijo: “Creo que se apagó la luz…”, cuando las cámaras dejaron de filmar, y como nadie dio muestra de asombro agregó: “Bueno, lo mío fue una jactancia de ciego, que un ciego sepa que se apagó la luz, ¿no es notable?”.

Parece que para toda la gente que estaba allí reunida lo menos notable era eso, querido Borges.

Borges con nosotros

Estaba algo cansado por el viaje, la entrevista, que fue muy larga, con los jóvenes estudiantes y con Canal 13, pero su lucidez seguía mostrándose increíble, “su fresca ancianidad”, diríamos con sus propias palabras, con aquéllas que él usa para referirse a su madre.


Nos contestó con su “amabilidad borgeana”, como bautizó un colega nuestro a esa manera casi mágica de contestar a tantas preguntas, de recibirnos, de escucharnos, todo mezclado con un muy fino humor a veces.

Yo: ¿A qué atribuye, Borges, esa especie de pasión que los argentinos sentimos por usted?

JLB: Puede ser una prueba de la generosidad de los argentinos… Estaría mal que yo dijera: Es una prueba de… No, no, yo no voy a decirlo.

Yo: Comprendo, pero de cualquier manera le confirmo el afecto, por el asombro que usted sintió hoy, ante un grupo de adolescentes.

JLB: Sí, yo lo siento realmente. Me siento muy querido. No admirado, sino querido. Debe ser muy desagradable sentir que nos admiran pero que no nos quieren. Algo de eso influyó en la muerte de Lugones. Yo siento reiteradamente el asombro por el afecto que me tienen.

Yo: ¿A quién le gustaría que su obra le gustara?

JLB: Me gustaría que a Silvina Ocampo le gustara lo que yo escribo, pero no siempre le gusta, con toda razón, sin duda. Me gustaría que a Bioy Casares le gustara lo que yo escribo, y algunas cosas le gustan y otras no.

Yo: ¿Su poesía no, por ejemplo?

JLB: No. Piensa que la poesía mía es una forma de haraganear, de no dedicarme a mi verdadera tarea que sería escribir cuentos fantásticos.

Yo: Pero usted afirma que cuento o poesía es sólo la forma de expresar una idea, que la idea sigue siendo la misma.

JLB: Sí, pero una vez escrito siento que el cuento me queda un poco lejos y la poesía un poco más cerca. Pero éste es sólo un pensamiento personal… habrá otros escritores que no piensen lo mismo.

Yo: ¿Usted estaba escribiendo una novela que se llamaba El Congreso, Borges?

JLB: No, no, ése es un cuento mío que figura no sé si en el Informe de Brodie o en el Libro de Arena. Yo pensé que eso podría ahondarse fácilmente en una novela que mostrara a los personajes obrando, no, simplemente describiéndolos… Podría ser una buena novela.

Es el borrador, el bosquejo, el plano de una novela. En todo caso es un relato.

(Un poco más tarde diría: “No soy capaz de inventar un personaje como lo fueron Dickens o Balzac. Yo siempre soy mi personaje, más o menos disfrazado. De cualquier modo, siempre me reconocen.)

Yo: ¿En qué quedó su proyecto de escribir un poema similar al “Poema de los dones”, pero enumerando males?

JLB: De lo que se trataba era de que los que creemos males pueden servir. Yo hubiera debido alargar el “Poema de los dones” poniendo lo que en apariencia son males, agradeciendo el dolor físico, por ejemplo, o los fracasos. Un poema denunciando males me parece inútil. Pero comprendiendo los males no. Creo que ese poema tendría que hacerse de modo que no pareciera mecánico. Que el lector no pensara que nos hemos propuesto agradecer males, más bien que los mezcláramos a los bienes. Al final del “Poema de los dones” yo digo que ese catálogo debería ser infinito, tendría que abarcar minuciosamente el universo entero, aunque no lo hace, ¿no?

Yo: No, termina con la música, que quizá tiene algo de infinito.

JLB: Sí, la música… no sé qué del tiempo…

Yo: “Misteriosa forma del tiempo”, Borges.

Fuente : Monografías.com
Mora Torres
19 defebrero de 2009

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