sábado, 19 de junio de 2010

Borges y el Hotel Dorá



El Hotel Dorá, calzada de por medio, en Maipú 963, fue uno de los lugares donde frecuentemente almorzaba y comía Borges, además de sentarse a beber su té de la tarde. Borges le recomendó este lugar al pintor mexicano José Luis Cuevas, cuando en 1958 visitó por primera vez el país, para exponer y éste le solicitó ilustrar su obra.



El día anterior a su partida a Europa, a donde viajó con María Kodama, fue a comer al Hotel Dorá con su hermana Norah. Borges pidió lo de siempre: arroz blanco hervido con un agregado de muy poca manteca y queso rallado. No tomó ninguna sopa como ocasionalmente lo hacía, pero si comió su postre preferido: una porción de dulce de leche. Cuando su hermana le preguntó que había desayunado esa mañana él le dijo que, como siempre, "cereales con leche".



El 9 de julio de 1985, de pura casualidad, crucé unas palabras con Borges. Recuerdo la fecha porque era el día después de mi casamiento y antes de partir para la luna de miel, mi mujer y yo habíamos ido a saludar a mis padres que se alojaban en el hotel Dorá, en la calle Maipú al novecientos. Mi madre me tomó del brazo y me acercó al comedor. Las mesas estaban vacías, salvo una, y ahí estaba Borges, sentado junto a una mujer, que posiblemente fuera Estela Canto, con quien hablaba por momentos en inglés y por momentos en castellano. Diría que me sentí en frente de un personaje ficticio y, paralizado por la fascinación de comprobar que su figura se correspondía con las imágenes de la publicidad, lo examiné como se mira a las estatuas, que no pueden devolvernos la mirada. Llevaba un traje oscuro, una corbata prolija, y en su plato había un austero montículo de arroz blanco. Mi padre me convenció de que fuéramos a charlar con él. Esperamos que terminase de almorzar y cuando el mozo, que lo trataba de "maestro", le trajo una taza con un saquito de té, nos acercamos a su mesa. Mi padre inició el diálogo y Borges, que se mostró encantado con la idea de conversar, nos regaló algunas fábulas de su erudición. Habló de Dios, del minotauro, y criticó duramente a Ortega y Gasset ("lo conocí en su visita a Argentina y me pareció cero".

Borges y la mecánica cuántica (fragmento)
Alberto Rojo



Osvaldo Ferrari rememora ricas anécdotas de sus conversaciones con Borges, –con 50 años de diferencia–. Desde la literatura pasaban a la política, la filosofía, la actualidad, y tantos otros temas.
“Solíamos ir a almorzar al Hotel Dorá, frente a su casa de la calle Maipú. “A Borges le gustaba mucho el pan, el arroz, que por su condición de ciego, lo comía con cuchara. Sentía predilección por el dulce de leche. Tomaba siempre agua mineral. Era frugal, cuidaba su estética y su estilo era muy porteño.”



¿Conociste a Borges?
–Sí, pero nunca le hablé. Lo conocí en el hotel Dorá.
–El de Mar del Plata.
–No, el de Buenos Aires, el de Maipú 453. En parte, yo me crié ahí; yo era un chico e iba con mis viejos.

Guillermo Vilas



Lo recibí en la Biblioteca Nacional, en Bogotá, y los jóvenes sabiamente derribaron las pesadas puertas de la calle 24 sólo para quedar mudos ante su voz quebrada que devanaba versos y versos. Celebramos que Enrique Banchs hubiera sido abandonado por una mujer: gracias a eso, a ese don, pudo escribir un soneto inmortal. Luego, en Buenos Aires, y a partir del 83 y hasta su viaje a Ginebra, a morir en el 86, cenábamos los sábados en el Hotel Dora, raviolis y de postre, el preferido de policías y porteros: “vigilante” (queso y dulce de batata), con José Bianco —traductor de Henry James y Ambrose Bierce— el legendario secretario de redacción de Sur. Reunidas estas cenas en mi libro Lector impenitente, las repaso incrédulo: ¿Me senté a su lado, lo escuche reír, compartimos un tiempo, presumiblemente inmortal? En su orbe todo es ficción.

Juan Gustavo Cobo Borda – Bogota - Colombia

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