domingo, 20 de junio de 2010

Examen de la obra de Herbert Quain - Borges, Saramago y la increible carta de Pedro Pou



Pedro Pou se convirtió esta semana -a la que quizá termine recordando como la más importante de su gestión- en adalid de los cultores de Borges. Su cruzada literaria tuvo dos aspectos: uno público y, si se quiere, ligeramente baladí (adjetivo que lo hace feliz y que adoptó como propio a partir de leerlo en «Ficciones»), que consistió en presentar la moneda de dos pesos acuñada con la efigie del Gran Ciego. Es obvio que quiere ser más literato que titular del Banco Central.




El otro aspecto, en cambio, es secreto, y una circunstancia fortuita lo impulsó a hacer partícipe del misterio al Premio Nobel de Literatuta José Saramago, quien pasó esta semana por Buenos Aires para dictar una conferencia en los actos del centenario. Pou, en esa carta, intenta convencer al sabio portugués de que las criaturas imaginarias de Borges quizá no lo sean tanto, hasta el punto de que él -Pou- tiene pruebas irrefutables sobre la existencia real de Herbert Quain, uno de los muchos escritores fantásticos que surgieron de la imaginación borgeana. En su cuento «Examen de la obra de Herbert Quain», Borges había creado uno de los muchos escritores apócrifos de los que está poblada su literatura. Pierre Menard fue otro de los más famosos. Saramago (contaba después en un restorán, rodeado por amigos y cofrades literarios) no podía salir de su asombro. Al llegar al hotel, cansado por el trajín de la conferencia y de los muchos libros que debió firmar en El Ateneo, encontró debajo de la puerta, con membrete del Banco Central de la República Argentina, la carta con la revelación. Para un comunista parece impensable que un hombre de las finanzas también se dedique a los libros.

Existe, dice Pou, «un registro contable del ex Banco Argentino Lusitano que, como usted sabe, abrió sus puertas en Turdera a principios de siglo y que luego se convirtió en el Banco Popular de Turdera. En el Banco Central se guardan documentos y éste, del que le envío fotocopia, lo he atesorado con pasión insana. Es una transferencia que Pessoa hizo a nombre de Ricardo Reís a favor de Jerry Corrigan, con cargo de cancelar una deuda que Pessoa mantenía con Herbert Quain».

¿Por qué eligió Pou a Saramago como destinatario del arcano? Sencillamente, porque su conferencia se había denominado «Algunas pruebas de la existencia real de Herbert Quain», lógicamente en plan fantástico. Nunca pudo haber adivinado Saramago, pese a su frondosa inventiva, que con ese título había acertado en el corazón del misterio que durante tanto tiempo atesoró Pou en soledad y que ahora, al fin, se iba a hacer público.

Pero no fue así: anónimo, en medio de los respetuosos escuchas, Pou comprobó que el venerable portugués sólo seguía el juego de Borges; hablaba de Herbert Quain como de un mero personaje imaginario que había escrito obras no menos irreales.

Ya era demasiado: al retirarse de la conferencia, Pon se sintió en la obligación de reordenar ese universo fantástico y desengañar a Saramago: su documento no sólo refutaba el carácter imaginario de Quain, sino también involucraba a Pessoa y a Reis.

«Yo no sé -dijo más tarde Saramago- si este señor Pou quiso remedar a Borges, hacerme una broma o se cree en serio todo esto y ha ingresado decididamente al mundo de lo fantástico. Me dicen que ha tenido que ver con una moneda con la cara de Borges que tiene en la contracara algo tan elemental y obvio como un laberinto. Pero eso no importa. Si tienen gente así - sonrió-, yo creo que la Argentina tiene posibilidades.» Hay proximidades de gremio más fuertes que la ideología.




Este es el texto de la carta que dirigió Pedro Pou a José Saramago, en la que sostiene que Herbert Quain, escritor inventado por Jorge Luis Borges, existió realmente.

Estimado José:

Tuve el enorme placer de escuchar la conferencia que diera ayer en la Fundación Borges, donde me enteré de que compartimos -además de la admiración por la obra de Kafka, Pessoa y Borges- un, tal vez insano, interés por saber si verdaderamente Herbert Quain existió. Me gustó mucho conocer esos datos irrefutables que usted aportó, en particular el nombre del bibliotecario del Highland Brigade (¿no leparece que tal vez rastreando su familia podamos encontrar ese recibo del libro que Ricardo Reis tomó prestado y nunca devolvió, y que ésta sería otra prueba irrefutable?).

Agradecido, quiero compartir con usted un documento que creo que es único y que ratifica su tesis sobre la existencia de Herbert Quain y le permitirá ser aun más enfático a la hora de transmitir esta convicción a quienes (vaya a saber por qué motivos o intereses) aún dudan de su existencia. Se trata de un registro contable del ex BancoArgentino Lusitano que, como usted sabe, abrió sus puertas en Turdera, Provincia de Buenos Aires, en 1911 o 12, y llegó a ser uno de los bancos más importantes de la Argentina hasta su compra por el que ahora es el Banco Popular de Turdera. En los archivos del Banco Central se guarda toda la documentación de los movimientos de divisas desde 1910 a 1945 y de 1948 a 1966. Existe un documento, que hasta ahora he atesorado con pasión insana, y que quiero compartir con usted (le adjuntofotocopia), de una transferencia que Fernando Pessoa hace a nombre de Ricardo Reis a favor de un tal Jerry Corrigan, con cargo a cancelar una deuda que Pessoa mantenía precisamente con Herbert Quain.

Quedo a su disposición por si usted quiere consultar la documentación original -celosamente guardada en la bóveda de este banco que asi, sumando este antecedente a los tantos otros que usted nos aportara en el día de ayer, damos por terminada esta estéril discusión sobre la existencia o no de quien en vida fuera el autor de una obra que merece ser recordada y releída permanentemente como es «God of the Labyrinth». (Desdichado destino el de Quain, que comparte con Homero y Shakespeare, aunque a fuerza de ser sincero, debo decir que su obra no alcanza el nivel de algunos pasajes de la Odisea o de Macbeth).

Aprovecho su atención para referirme a su visión de Borges y el Laberinto. Coincido con usted en que hay en él una mirada filosófica (yo agregaría que también religiosa), mirada que, tal vez la belleza deslumbrante de su literatura se ha encargado de ocultar. (Como dice Romano Guardini, tanto Platón como Homero exponen un gran pensamiento religioso, pero el talento filosófico del primero poético del segundo lo enmascaran, lo ocultan).

Pero no coincido totalmente con su visión de la que ha sido la ceguera de Borges lo ha llevado a percibir el mundo como un laberinto y a recrear los mundos interiores, infinitos mundos de imágenes a través de la pa'labra. ¿Qué son esos mundos interiores que Borges crea y recrea? ¿Son realidades virtuales desvinculadas de este mundo sensible o, por el contrario, son el mundo real que nosotros no alcanzamos a ver mientras que lo que suponemos real es lo verdaderamente virtual? Con el debido respeto, me inclino por esta segunda hipótesis y hay abundantes testimonios en este sentido en su obra.

Como creo que hoy parte de BuenosAires y no quiero dejar de aportarle esta valiosa evidencia de la existencia de Herbert Quain, no abundo en este argumento (aunque como usted intuirá, la verdadera razón es que me resultaría difícil polemizar como simple amigo de Borges -y desde que leí «Su Evangelio», también de Saramago- con quien ha fatigado las letras con tantos aciertos).

Si me permite una sugerencia, que creo puede ayudarnos a buscar la verdad sobre un tema tan importante, tal vez pueda usted releer algunas poesías de «Fervor de Buenos Aires», escritas por Borges a los 24 años, donde creo que encontrará (como encontró el mismo Borges) prefigurada su obra. Leer «El truco» (con un tema que reelabora en «Nueva refutación del Tiempo. Otras Inquisiciones», 1952), «Final de año», «Inscripción en un sepulcro» y tantas otras son entrar de lleno en uno de los temas que intentará abarcar su obra: el inasible tiempo; estos temas que vuelven en «Luna de Enfrente» (1925), encontramos el mismo tema en «Manuscrito Hallado en un Libro de Joseph Conrad» o «Jactancia de Quietud».

Con gran afecto y admiración

Pedro Pou

Buenos Aires 1999

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