viernes, 18 de septiembre de 2026

Exultante: “Principio de éxtasis”, un encomiable trabajo que multiplica el talento de un equipo creativo rendido ante Borges


 El coreógrafo Montero consuma un discurso coreográfico admirable en esta obra creada para el Ballet del Teatro Colón; magistral interpretación de Facundo Luqui en el rol protagónico

11 de septiembre de 2026

Néstor Tirri

Principio de éxtasis, ballet en dos actos. Coreografía: Goyo Montero, inspirada en el cuento “El Aleph”, de Jorge Luis Borges. Música: Gustavo Santaolalla. Música adicional y diseño sonoro: Owen Belton. Escenografía: Eduardo Basualdo, con la colaboración de Mariana Tirantte. Vestuario: Mariana Tirantte. Textos en off: Ricardo Darín. Por el Ballet Estable del Teatro Colón. Dirección: Julio Bocca. En el Teatro Colón. Próximas funciones: hoy, a las 20, y el domingo, a las 17, hasta el 20 de setiembre.

Nuestra Opinión: Excelente

Beatriz Viterbo era alta y frágil. El “Borges” de ficción (el que narra el emblemático cuento que la incluye, por eso las comillas) la agasajaba devotamente; ella respondía con ostensible desdén. Ahora, cuando ya ha muerto, su estéril enamorado puede consagrarse a evocarla, “sin esperanza, pero sin humillación”. Beatriz Viterbo, personificada en escena por Lola Múgica, no será la figura central del ballet (de excepcional despliegue, digámoslo de entrada) que acaba de estrenarse, pero sí el móvil o disparador por el que este “Borges”, asumido magistralmente por Facundo Luqui, visita cada año la sombría casa de la calle Garay donde ella vivía, y en la que su primo Carlos Argentino Daneri, encarnado por Juan Pablo Ledo, ha descubierto un (presunto) prodigio: en el sótano del comedor un borde de las escaleras esconde una suerte de destello inefable, al que denomina Aleph y que, según él, es un punto en el espacio que contiene simultáneamente todos los puntos del universo.

Alrededor de esta concepción fantástica, nada sencilla, se desarrolla la exultante Principio de éxtasis, pieza coreográfica del español Goyo Montero, de acuerdo a un ambicioso proyecto de antigua data de llevar a escena el cuento “El Aleph”, de Jorge Luis Borges, oportunamente estimulado por Julio Bocca, actual director del Ballet Estable del Colón, y desarrollado en un encomiable trabajo de equipo en el seno del propio teatro. Y es un rasgo de Beatriz (de nuevo la heroína que ya no está) lo que habrá de exaltar el título de la pieza: “Había en su andar (…) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis”.

Después de un sobrio dúo inicial de Jiva Velázquez con Lola Múgica (acaso una evocación juvenil del narrador, que permanece en un rincón de la escena) y de un vigoroso solo de Facundo Luqui que sirven de prólogo, se alza un segundo telón que se abre al inextricable mundo de la calle Garay. Una compleja estructura escénica de escaleras que se cruzan evoca los diseños espaciales de Escher pero también (era inevitable) los laberintos borgianos. Un ir y

venir de incontables mujeres (todas son, en realidad, la misma difunta en distintos momentos de su vida) que suben y bajan escalones en el formidable espacio creado por Eduardo Basualdo, más otro destacado solo del alucinado “Borges” de Luqui, convencen de que Principio de éxtasis va desplegando un espectáculo desbordante, más allá (o a pesar) de las implicancias metafísicas del relato original.

Un reñido dúo de Luqui con el experimentado y dúctil Juan Pablo Ledo (“Borges” y Daneri) se desenvuelve con fondo de un texto grabado en reverse y antecede a otra invasión de cuerpos en las escaleras; ahora son hombres, todos de negro, otro momento de gran espectacularidad que acaba con el destello fundamental: el sorprendente Aleph dispara chispazos del universo.

En rigor, la transcripción del emblemático relato que encara Montero no es una adaptación en sentido tradicional; se inspira en un texto secular, sí, pero invocar a Borges implica ingresar en una zona de abstracción, en un código que –por el contrario– es puro movimiento y visualización. No sería desatinado asociar el carácter de este desafío con el que hace unos años afrontó el italiano Mauro Bigonzetti con Kafka: El proceso, que coreografió para el Ballet Nacional de la República Checa; después de todo, las proyecciones metafísicas de Borges no son ajenas al universo kafkiano. Con su estilo personal y su imaginación para modelar cuerpos en acción, Montero consuma un discurso coreográfico admirable.

“Vi el Aleph y lloré”: la voz de Ricardo Darín recorre, en un tono objetivo, el párrafo central del cuento, a oscuras, para iniciar el segundo acto con las referencias al “inconcebible universo”, una voluminosa mole rugosa, imitación piedra, que hombres de negro manipulan y dividen en el centro de la escena.

Reaparece Beatriz, una ocasión para que Lola Múgica viva su mejor momento en la pieza, confrontada con el bloque uniforme de “humanos desnudos” (llevan mallas color carne) que la elevan y transportan en distintas direcciones. Siguen algunas alusiones a criaturas del mundo de Borges, como el dúo con el Minotauro (el versátil Nicolás Da Silva) alrededor de un peñasco, o el tango estilizado que Gustavo Santaolalla compuso para el duelo de cuchilleros, un clásico tópico borgeano que consuma con eficacia Jiva Velázquez con el recientemente incorporado José Ángel Borges González.

La última evocación de Beatriz da lugar al imaginariamente romántico dúo que van siendo cercados por “los humanos”, quienes finalmente dejan solo a “Borges”, ahora con su proverbial bastón. Solo, sí, pero apenas el tiempo necesario para que la masa de bailarines que lo rodeaba regrese, ahora, para multiplicar la figura central del escritor, ya mítica: cincuenta bastones, en manos de otros tantos “Borges”, una metáfora de la multiplicidad de un genio convertido en mito. Bastones como lanzas (como las que enmarcaban, coreográficamente, la figura del líder Espartaco). El personal lenguaje contemporáneo de Goyo Montero, al que los integrantes del Ballet Estable procuran adaptarse y lograr –en términos de Bocca– “algo diferente”, se impone en su esplendor, acaso como un destello más del enigmático punto de la casa de la calle Garay. En su centro, como gema insustituible, el porte de Facundo Luqui, en una virtuosa, inolvidable composición que lo aproxima (incluso en lo fisonómico) al mito de Borges.

Fuente: La Nación

https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/danza/exultante-principio-de-extasis-un-encomiable-trabajo-que-multiplica-el-talento-de-un-equipo-creativo-nid11092026/

 

 

Todo lo que hay que saber de “Principio de éxtasis”, la apuesta más fuerte del Teatro Colón en el año, que reúne a Ricardo Darín, Julio Bocca, Gustavo Santaolalla y Borges


 

Creada por el español Goyo Montero e inspirada en el cuento "El Aleph", de nuestro genial escritor, tendrá a cincuenta bailarines del Ballet del Colón en escena.

Laura  Falcoff

09/09/2026

El Ballet del Colón, desde fines de 2024 dirigido por Julio Bocca, llevará a escena Principio de éxtasis, un espectáculo de danza que promete ser el gran acontecimiento artístico del año.

¿Por qué? Vayamos primero a los artistas implicados: en primer lugar, el coreógrafo español Goyo Montero, creador de esta coreografía y que ya había deslumbrado al público local en 2025 con su bella pieza Chacona. Luego, Gustavo Santaolalla, que junto con el compositor canadiense Owen Belton concibieron el universo sonoro de la obra.

Ricardo Darín, por su parte, dio la voz a textos que se dicen en off, y el renombrado artista plástico Eduardo Basualdo creó la escenografía asistido por Mariana Tirante.

Desde luego, el nombre relumbrante de este conjunto es el de Jorge Luis Borges, en cuyo célebre cuento El Aleph se basó Goyo Montero para construir su obra.

En Principio de éxtasis -el título está tomado de una frase del cuento-, Montero traslada a la danza, con una gran belleza poética y visual, elementos clásicos del mundo borgeano como son los laberintos y los espejos y a la vez cuenta la historia con una gran libertad e imaginación.

Borges, en escena

El personaje de El Aleph, que en el cuento narra en primera persona, se presenta a sí mismo como Borges. Montero pone en escena a cincuenta bailarines, el elenco completo, y todos ellos en algún momento representan al escritor.

Pero hay un Borges principal interpretado en las primeras funciones por un gran bailarín del Teatro Colón, que posee una enorme ductilidad y sensibilidad: Facundo Luqui. En el personaje femenino, otra estupenda intérprete: Lola Mujica. Para este rol Montero se ha inspirado en Beatriz Viterbo -la amada imposible de El Aleph- y también en la persona real de Estela Canto, una escritora y traductora que fue también un amor de Borges en buena parte frustrado.

En otras funciones, estos papeles estarán encarnados en dos igualmente excelentes intérpretes: Jiva Velázquez y Milagros Niveyro. En otros roles solistas figuran Juan Pablo Ledo, Nicolás Da Silva, Vinicius Vasconcellos, Yosmar Carreño yValentín Batista.

Pero volviendo a la trama de Principio de éxtasis, los personajes respectivamente reales y ficticios de Estela Canto y Beatriz Viterbo se funden, para el coreógrafo, en ese arquetipo de mujer inalcanzable: la búsqueda de la plenitud del amor por parte de Borges -también el real y el ficticio- encuentra en esta obra un lugar relevante.

En el primero de los dos actos el escenario está ocupado por unas escaleras inmensas que están totalmente integradas a la coreografía. O, mejor dicho, la coreografía está creada para estas escaleras, y en ellas se recrea un mundo de encuentros fugaces, de abandonos, de desencuentros y de chispazos de felicidad.

Un aspecto interesante decidido por Montero es que mientras se oye la voz de Ricardo Darín -dice algunos pasajes de El Aleph y dos poemas- no haya acciones en el escenario. Primero porque es imposible traducir estas palabras a la danza. Pero quizás posiblemente también porque permite al espectador (es una suposición) concentrarse enteramente en lo que escucha.

Aunque no es absoluto necesario leer o releer El Aleph antes de ver Principio de éxtasis, no está de más hacerlo. Es un relato breve, además de extraordinario, y puede abrir otras perspectivas sobre la traducción que hizo el coreógrafo a ese lenguaje sin palabras que es la danza.

Fuente: Clarin

https://www.clarin.com/espectaculos/saber-principio-extasis-apuesta-fuerte-teatro-colon-ano-reune-ricardo-

 

sábado, 1 de agosto de 2026

¿Es la inteligencia artificial un cuento de Borges?

 

Carlos Cabido

 

La biblioteca de Babel, de Erik Desmazières.

El lenguaje, a veces, nos ofrece resonancias heurísticas casuales que, como el saltito con el que se salva un tropezón, nos permiten avanzar ligeramente más rápido en la dirección en la que ya caminábamos. Y maestros del relato, como Borges, a veces también dan esos saltitos¹.

Estaba pensando en lo que hay en común entre los verbos «comprender» y «comprimir» y en esa «compre(n)sión» de la realidad en forma de modelos, fórmulas y conceptos con la que intentamos entenderla e incorporarla a nuestra cultura; lo que llamamos ciencia. Como hipótesis etimológica encubierta, resulta que es casi correcta: tanto «comprender» como «comprimir» vienen del latín comprimere/comprehendere, ambos construidos sobre prehendere, agarrar, asir. Entender algo es literalmente tomarlo con la mano y apretarlo hasta que cabe en la palma. Esta metáfora cognitiva que llevará cerca de un milenio incrustada en el castellano ya contenía la intuición que la teoría de la información formalizó en el siglo XX².

La ciencia no solo consiste, como mucha gente dice, en «buscar la verdad». No quiero decir con ello que la ciencia mienta, salvo por fallos y corrupciones ajenas a su planteamiento formal y más bien fruto de su inserción en esta nuestra sociedad capitalista. Me refiero a que, además de veraz, el conocimiento científico debe ser comprensible³. Al menos, si consideramos la ciencia como práctica cultural y no como un mero instrumento práctico. Hacer ciencia consiste en plantear adecuadamente las preguntas necesarias para explorar la realidad que nos concierne y buscar respuestas que, además de predictivamente eficaces y empíricamente respaldadas, sean pensables. Pero para que esas respuestas sean pensables, debemos comprimir la realidad en modelos del mundo simplificados. Modelos que floten lo suficiente para permitirnos navegar hacia lo desconocido y dibujar mapas de los límites del conocimiento. Esos mapas adornan, como obras de arte, nuestra mente particular y también esa mente compartida que llamamos cultura, aunque a veces la cultura prefiera decorar sus paredes con sucedáneos religiosos y algunas mentes incluso con fútbol. Pero el interiorismo no debe ser juzgado.

También estaba pensando —últimamente lo hago mucho— en la relación entre ciencia, arte e IA. Y eso me llevó a Borges. Hace más de ochenta años Borges ya estaba escribiendo sobre algunas de las pesadillas epistemológicas que la inteligencia artificial está precipitando ahora. Pienso mucho en que el conocimiento que ya está generando la IA, y que seguirá generando de forma exponencial, no surge de esa compre(n)sión humana ni está necesariamente destinado a ella, sino de una búsqueda masiva de relaciones estadísticas al margen de nuestra cognición y, por lo tanto, no plenamente incorporable a nuestra cultura. Sin duda, podemos —y debemos— usar y aplicar ese conocimiento, pero ¿podremos seguir llamándolo ciencia? Pues, antes de volver a Borges, se me ocurren dos respuestas defendibles, pero que apuntan en direcciones muy distintas.

La primera: sí, podremos seguirlo llamando ciencia, pero habremos cambiado implícitamente la definición de lo que llamamos ciencia. No pasa nada, los conceptos evolucionan. De hecho, en parte, el proceso de «descomprensión» de la ciencia ya ha ocurrido antes: la mecánica cuántica nos obligó a aceptar que podemos manejar con éxito un formalismo teórico aunque su imagen intuitiva nos resulte imposible. Nadie entiende una función de onda del mismo modo intuitivo en que entiende una piedra cayendo, pero aprendimos a operar con ese formalismo con una eficacia asombrosa. Si extendemos ese precedente, el conocimiento estadístico de la IA sería el siguiente escalón en la misma dirección, con una ciencia que se seguiría llamando así, aunque fuese cada vez más instrumental y menos humana. También podríamos llamarla «neociencia».

Pero, tradicionalmente, el descubrimiento científico sigue una serie de pasos que incluyen el planteamiento de preguntas, la identificación de patrones en los datos, la formulación de conjeturas o hipótesis, el diseño y la realización de experimentos, el análisis de los resultados y el perfeccionamiento de las explicaciones en forma de modelos. Cuando los modelos son fértiles, suelen originar nuevas preguntas que tal vez lleven a descubrimientos que cuestionen o sustituyan los modelos que los originaron, cerrando el círculo. Si bien la IA ya se ha integrado en muchos de estos pasos, los investigadores humanos siguen siendo los principales responsables de plantear preguntas, generar hipótesis e interpretar los resultados en forma de modelos y teorías, siempre dentro de lo cognoscible para nuestro cerebro. Esto último es aquí lo relevante.

Porque los sistemas avanzados de IA podrían integrar todas estas etapas en un proceso iterativo donde las hipótesis, los experimentos y los análisis se retroalimentan continuamente de forma autónoma, sin necesidad de intervención humana. Es decir, ante una pregunta, la IA podría proponer hipótesis basadas en datos, diseñar experimentos o simulaciones potenciales para ponerlas a prueba, analizar los resultados y perfeccionar los modelos en ciclos repetidos. Estos sistemas podrían explorar un gran número de hipótesis que superan con creces la capacidad humana, lo que podría conducir a avances significativos en muchos campos. Sin embargo, una IA no tiene curiosidad, no se siente concernida. Por eso aún queda en nuestras manos de científicos, de momento, el planteamiento de preguntas: el puerto desde el que la IA parte. Bueno, en realidad, también están en unas pocas manos que no usan guantes, pinzas y altruismo, sino cotizaciones en bolsa, índices de beneficios y minería de datos sociológicos al por mayor. Pero ese es otro (m)elón.

Al margen de la tiranía de los mercados y el capitalismo de datos, ese camino hacia la autonomía científica artificial tiene otro grave problema para considerarlo «ciencia». Algunos autores han empezado a hablar de una «ciencia alienígena», porque los modelos, las explicaciones o los descubrimientos funcionan en la práctica, pero son, precisamente, difíciles de comprender para los humanos⁴. Si el conocimiento que la IA genera no es incorporable a nuestra cultura, deja de cumplir una función que la ciencia ha tenido siempre, desde que no se distinguía de la filosofía, y que iba más allá de su utilidad práctica. Un conocimiento que, parta del puerto que parta, no pueda hacer el viaje de vuelta hacia la comprensión humana, ya no es ciencia en sentido estricto; es algo nuevo que todavía no tiene nombre. Quizás algo más parecido a un oráculo tecnológico: funciona, pero sus razones son opacas, y la relación con ella es de uso, no de comprensión.

La ciencia no es solo una fuente de aplicaciones y tecnología, también es una forma de orientación en el mundo: de saber dónde estamos, qué somos, cómo funciona todo esto. La ciencia no solo descubre y aplica, también explica. Y explicar es siempre traducir al lenguaje de la mente humana. Un conocimiento que solo pueda aplicarse, pero no pensarse, tal vez nos vuelva técnicamente más poderosos —¿o dependientes?—, pero existencial y culturalmente estaremos más desorientados. Y esa desorientación es la que Borges, en 1941, describe en los bibliotecarios del cuento «La biblioteca de Babel».

El cuento, leído desde la perspectiva actual, parece una deliberada alegoría epistemológica sobre las dificultades a las que nos enfrenta el uso de IA para generar conocimiento. En primer lugar, señala que el problema no es solo el volumen generado —que también, como bien saben algunos médicos⁵—, sino su opacidad generativa⁶. En el cuento, la Biblioteca de Babel contiene todo, pero los bibliotecarios no saben cómo está organizada ni desde qué lógica fueron producidos los libros. La caja negra de la IA, entendida como los opacos principios con los que genera conocimiento, reproduce exactamente esa estructura: el output existe, es inmenso, a veces brillante, pero el proceso —las capas de pesos, las correlaciones de alta dimensionalidad, etc.— permanece inaccesible incluso para sus creadores. Borges incluso describe libros que parecen incomprensibles porque simplemente son cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV que no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Libros que, sin embargo, no son ruido, sino textos perfectamente «escritos» según la lógica interna del sistema, aunque ningún habitante pueda descifrarla. Es una metáfora anticipatoria de lo que la IA podría producir operando en regímenes de alta complejidad según su propio arbitrio.

El cuento también explica que hay bibliotecarios que, abrumados por la inconmensurabilidad de la Biblioteca y la proliferación de sinsentidos, caen en la desesperación o renuncian a buscar. Y hay otros que, por el contrario, convierten la opacidad en fe: si la Biblioteca existe, razonan, debe existir también un orden, un catálogo, una justificación última que algún día será encontrada. En ambos extremos se reconocen fácilmente algunas posiciones contemporáneas: desde quienes reniegan de la IA, una tecnología que no entienden o que consideran demasiado peligrosa y degradante, hasta quienes tienen fe en ella y esperan a que, con más datos, más cómputo y más tiempo, su caja negra acabe revelándose como una inteligencia superior. Estos últimos confían, en el fondo, en que el sistema acabará dándonos la esperada respuesta. Lo que quizá no han considerado es que, como en Guía de autoestopista intergaláctico, de Douglas Adams, podría darnos un «42» como respuesta correcta a una pregunta que ya no sabemos formular.

El potencial proceso de ingeniería inversa que podríamos utilizar para entender la caja negra de la IA ofrecería como resultado una base de datos tan inabarcable y compleja como el problema original; es decir, algo no necesariamente más comprensible que aquello que pretendía explicar⁷. Esto también lo evoca Borges en el brevísimo relato «Del rigor en la ciencia», en el que imagina un Imperio cuyo arte cartográfico alcanza tal perfección que el mapa termina siendo del tamaño exacto del territorio. Es decir, un mapa tan perfectamente fiel como inútil, que es finalmente abandonado. El inabordable «mapa» de la caja negra de la IA es probable que tampoco revelara principios útiles, sino que nos devolviera el problema original con otras etiquetas. Y, como en el relato de Borges, sería abandonado.

Tomada como metáfora, la complejidad de Kolmogorov⁸ formula que hay sistemas cuya descripción más breve no es una teoría más simple, sino una reproducción casi completa del propio sistema. Algo parecido podría ocurrir con ciertos modelos de IA de gran escala: no porque sean aleatorios como algunos libros de la Biblioteca de Babel, sino porque sus representaciones internas podrían haber capturado tantas regularidades locales, tantas dependencias y tantas relaciones de alta dimensionalidad que cualquier explicación exhaustiva terminaría pareciéndose demasiado al propio sistema y siendo inútil en cuanto a su comprensión.

Borges, en «El Aleph», se acerca a la misma idea. El cuento describe un punto en el espacio que contiene todos los puntos. Verlo supone ver el universo entero simultáneamente, pero esa visión es incomunicable porque el lenguaje es secuencial y la experiencia de verlo no. Es decir, el problema no es que el Aleph no contenga la verdad —la contiene toda—, sino que la comprensión humana es irreductiblemente lineal y parcial. Una representación completa del espacio latente de un modelo grande tendría esa misma patología: sería técnicamente exhaustiva e inhumanamente ilegible. No nos falta información; nos falta la arquitectura cognitiva para procesarla y compartirla.

En «Funes el memorioso», Borges nos proporciona otra perspectiva, igualmente reveladora. Ireneo Funes recuerda cada hoja de cada árbol, cada nube de cada amanecer, cada variación mínima de cada percepción. Su memoria es perfecta, pero precisamente por eso su pensamiento queda casi paralizado. Borges muestra que pensar es olvidar diferencias, generalizar, abstraer. Es decir, pensar exige perder información. Funes no es una mente superior porque lo recuerde todo; es una mente atrapada en la imposibilidad de comprimir el mundo por exceso de información. Si la IA no es exactamente Funes es porque no queda paralizada por esa falta de olvido, que compensa con más espacio, más procesamiento, más fuerza bruta. Pero no usa, como nosotros, el olvido y la renuncia como parte del pensamiento. Además, esa fuerza bruta no nos sale políticamente gratis. La inteligencia artificial quizá parezca etérea, pero necesita infraestructuras, energía, agua, minerales y una concentración de poder empresarial que conviene no olvidar. Es como una voraz musaraña de acelerado metabolismo… con el tamaño de una ballena azul⁹. Ya adivinará el lector por qué jamás ha evolucionado un animal así.

El problema con la IA no es que el exhaustivo conocimiento que llegará a generar no vaya a sernos útil, sino que quizá no podamos reducirlo y procesarlo nosotros. Y esa falta de comprensión no tiene solo consecuencias epistemológicas, sino también éticas y prácticas. Por ejemplo, aunque los diagnósticos médicos hechos con IA sean en promedio muy fiables, esto no es suficiente para confiar ciegamente en ellos: pueden ocultar valores y sesgos y fomentar una confianza excesiva que impida detectar que su validez es dependiente del contexto¹⁰. Solo si comprendemos bien el funcionamiento de las decisiones que llevan a la caja negra de la IA a generar conocimiento o predicciones podemos valorar —y, si acaso, aceptar— sus consecuencias éticas.

Pero la comprensión humana funciona, como decíamos, por compresión: para entender algo necesitamos una representación más simple que la cosa misma. Y la ciencia es, en esencia, una práctica de compresión con pérdida: una ecuación que condensa millones de observaciones, un modelo verbal que confiere sentido y unifica fenómenos dispares. Aceptamos perder detalle y simplificar a cambio de ganar inteligibilidad. Incluso podríamos preguntarnos si no es precisamente esa economía formal —esa capacidad de decir mucho con poco— lo que algunos físicos, como Dirac o Einstein, llamaban belleza o elegancia, y defendían como criterio orientativo para seleccionar modelos teóricos. El caso es que no necesitamos conocer la trayectoria de cada partícula para formular un principio explicativo general que nos permita entender y predecir un fenómeno. El ejemplo más simple es que, aunque no podamos predecir dónde estarán al cabo de un rato todas las moléculas de un cubito de hielo en un vaso de agua, sabemos que se derretirá y comprendemos por qué.

Sin embargo, si el sistema que genera conocimiento, la caja negra de la IA, no necesita simplificarlo —y nosotros tampoco podemos comprimirlo sin destruirlo—, entonces la categoría misma de principio explicativo pierde su función¹¹. La ciencia no es la Biblioteca, ni el Mapa, ni el Aleph, ni Funes; la ciencia son los modelos del mundo que, aunque sean parciales, nos resultan comprensibles¹². La forma de infierno epistemológico que Borges evoca en todos esos relatos es un mundo donde la abrumadora información no produce comprensión, sino desorientación.

Hasta aquí el problema parece cuantitativo: demasiados datos, demasiadas relaciones, demasiada complejidad para nuestra mente. Pero quizá el problema sea más profundo y no se trate solo de cuánto puede procesar una mente, sino de qué clase de mundo puede albergar. En un reciente ensayo¹³, siguiendo al filósofo Paul Humphreys¹⁴, se describe un escenario automatizado en el que los sistemas de IA comenzarían a fijar su propia agenda de investigación, con propósitos que desconocemos, para ser interpretados de formas que ignoramos, y que, al comenzar las superinteligencias a hablar un nuevo lenguaje científico, su trabajo se volvería ininteligible para nosotros porque careceríamos de la perspectiva interna necesaria para comprenderlo.

El ensayo cita el león de Wittgenstein: si un león pudiera hablar, no lo entenderíamos, porque el significado de nuestro lenguaje está entretejido con la experiencia interna de lo humano, no de lo félido. El concepto de umwelt de Jakob von Uexküll —el entorno subjetivo que cada organismo construye a partir de sus propios receptores y efectores¹⁵— captura esta misma idea. El león no nos resulta ininteligible porque sea más complejo que nosotros, sino porque su mundo, su entorno perceptivo —lo que le es saliente, lo que para él es señal y lo que es ruido, lo que le importa—, su umwelt, está construido desde una corporalidad y una experiencia radicalmente distintas de las nuestras. El lenguaje que hipotéticamente hablaría estaría tejido desde su umwelt y no desde el nuestro, y por eso nos resultaría opaco, incluso aunque usara las mismas palabras. Esta misma idea aplicada al conocimiento generado por una hipotética superinteligencia artificial nos hace ver que el problema no es solo la incomprensibilidad de ese conocimiento, sino su constitución perceptiva.

Lo que llamamos ciencia es conocimiento generado desde y para un umwelt humano, no desde un procesamiento estadístico sin cuerpo ni sujeto. El conocimiento generado por la IA no es que surja de su propio umwelt; tiene una vuelta de tuerca adicional que lo hace más extraño aún. El umwelt del león es inaccesible para nosotros, pero coherente en sí mismo —está anclado a su cuerpo, sus necesidades y restricciones, y a su historia evolutiva—, por lo que podríamos intentar interpretarlo desde el nuestro o, al menos, identificar las diferencias insalvables. Pero la IA no está anclada a nada de eso. No tiene hambre, no tiene depredadores; no tiene necesidades ni horizonte temporal propio. No genera análisis ni conocimiento «encarnados», vinculados a una corporeidad. Tal vez sí que tenga una especie de historia evolutiva, pero no está claro si eso condiciona su percepción del mundo, que es estadística pura. Y todo puede ser estadísticamente relevante para ella, pero nada le concierne. No hay subjetividad porque no hay individualidad. Podríamos decir que el supuesto umwelt de la IA no es simplemente diferente al nuestro, como el del león; es un umwelt sin sujeto. Pero eso es un sinsentido. Uexküll concibió el concepto precisamente para capturar la perspectiva de un sujeto que organiza su mundo. Así que, si en la IA no hay sujeto, aunque haya procesamiento, podríamos decir que opera fuera de cualquier umwelt, y por eso lo que produce, siendo formalmente indistinguible, es otra cosa. La IA no tiene umwelt porque no tiene un cuerpo que seleccione lo relevante: procesa todo sin que nada le importe. Y quizá por eso no hay posibilidad de traducción a nuestro umwelt científico. Salvo que le proporcionásemos uno. Lo cual no es seguro que sea posible ni deseable.

Curiosa pero predeciblemente, la misma lógica opera en sentido inverso cuando la IA produce «arte». Si la ciencia es el intento de traducir el mundo a nuestro umwelt, el arte es el intento de traducir nuestro umwelt al mundo, o al de otro sujeto. Ambos ejercicios presuponen un sujeto. Y en ambos casos, la IA falla en el mismo punto, por la misma razón. Lo que define la categoría —ciencia, arte— no es solo el producto, sino el proceso y la relación que ese proceso establece entre sujetos. El arte no es solo forma bella o emocionalmente efectiva: es algo que porta la huella de una subjetividad singular, de una experiencia vivida que busca resonar con otra. Y la ciencia no es solo verdad útil: es verdad comprendida y compartible.

La IA no produce simulacros defectuosos de ciencia o de arte; produce algo que cumple todas las funciones instrumentales de ambos, pero falla precisamente en la dimensión que no es instrumental. En la ciencia, falla en la inteligibilidad —no podemos pensar ese conocimiento—; en el arte, falla en la honestidad expresiva: no hay un sujeto, una mente singular, que lo haya necesitado producir. Lo interesante es que ambas carencias señalan hacia la misma cosa: la ausencia de un sujeto singular, con límites. La ciencia surge porque una mente limitada necesita reducir la complejidad del mundo para asirla. La expresión artística ocurre porque una mente singular necesita externalizar y compartir su percepción del mundo. También es curioso que llamemos «singularidad» al advenimiento de una inteligencia artificial general que seguiría sin ser un sujeto singular. ¿Otra vez el lenguaje dando sus saltitos?

Normalmente pensamos que la singularidad personal se expresa a pesar de los errores, o que los errores son ruido sobre una señal que intentamos depurar. Yo pienso lo contrario: que en el arte los errores —las desviaciones sistemáticas, los sesgos perceptivos, las obsesiones, los puntos ciegos— son la señal. Son lo que hace que Cézanne no sea Monet, aunque ambos miren la misma manzana. La IA, en ese sentido, no es un artista sin talento: es un optimizador sin errores propios. Y esa ausencia de errores la despoja de subjetividad singular, descalificando lo que hace como arte. Del mismo modo, la compresión, parcialidad o simplificación de la realidad que asumen —razonablemente— todos los modelos científicos no son problemas que debamos depurar usando la IA. Son lo que mantiene la ciencia como algo humano y parte de nuestra cultura.

Así que la pregunta que originó una serendipia léxica, sobre si podemos llamar «ciencia» a lo que haga la IA, no era solo una cuestión semántica. Es, en el fondo, una pregunta sobre qué tipo de relación queremos tener con el conocimiento. Nada menos. ¿Nos basta con que funcione y sea útil? La IA —o más bien, el capitalismo que la gobierna— nos está arrojando contra ese dilema. Y quizá nos quede poco tiempo para decidir si queremos corregir el tropiezo con un saltito o seguir cayendo hacia una forma de conocimiento que ya no podremos pensar.

Fuente:


Referencias

(1) Borges, J. L. (1974). «La biblioteca de Babel». En Obras completas 1923–1972. Buenos Aires: Emecé.

(2) Lakoff, G., y Johnson, M. (1980). Metaphors We Live By. University of Chicago Press.

(3) De Regt, H. W. (2017). Understanding Scientific Understanding. Oxford: Oxford University Press.

(4) Zenil, H., Tegnér, J., Abrahão, F. S., Lavin, A., Kumar, V., Frey, J. G., Weller, A., Soldatova, L., Bundy, A. R., Jennings, N. R., Takahashi, K., Hunter, L., Džeroski, S., Briggs, A., Gregory, F. D., Gomes, C. P., Rowe, J., Evans, J., Kitano, H., y King, R. (2026). «The future of fundamental science led by generative closed-loop artificial intelligence». Frontiers in Artificial Intelligence, 9: 1678539.

(5) Lopes, G. (2025). «The Library of Babel: Artificial Intelligence in Cancer Care, Research, and Education From Borges to IBM Watson and Beyond». ASCO Connection. Publicado el 23 de mayo de 2025.

(6) Burrell, J. (2016). «How the machine “thinks”: Understanding opacity in machine learning algorithms». Big Data & Society, 3(1): 1–12.

(7) Lipton, Z. C. (2018). «The mythos of model interpretability». Communications of the ACM, 61(10): 36–43.

(8) Li, M., y Vitányi, P. M. B. (2019). An Introduction to Kolmogorov Complexity and Its Applications. 4.ª ed. Cham: Springer.

(9) Brown, J. H., Gillooly, J. F., Allen, A. P., Savage, V. M., y West, G. B. (2004). «Toward a metabolic theory of ecology». Ecology, 85(7): 1771–1789.

(10) Veliz C, Phillips-Brown M, Prunkl C,  Lechterman T. (2021). We might be afraid of black-box algorithms. Journal of Medical Ethics, 47(5): 339-40.

(11) Rudin, C. (2019). «Stop explaining black box machine learning models for high stakes decisions and use interpretable models instead». Nature Machine Intelligence, 1: 206–215.

(12) Duede, E. (2023). «Deep learning opacity in scientific discovery». Philosophy of Science, 90(5): 1089–1099.

(13) Boesch, B. (2025). «When AIs do science, it will be strange and incomprehensible». Aeon. Publicado el 24 de abril de 2025.

(14) Humphreys, P. (2004). Extending Ourselves: Computational Science, Empiricism, and Scientific Method. Oxford: Oxford University Press.

(15) Uexküll, J. von. (1934/2010). A Foray into the Worlds of Animals and Humans; with, A Theory of Meaning. Trad. Joseph D. O’Neil. Minneapolis: University of Minnesota Press.

Fuente: Jot Down

https://www.jotdown.es/2026/07/inteligencia-artificial-cuento-borges/

 


Jorge Luis Borges, el joven desconocido que fue bibliotecario en el campo, en un castillo de “El Paraíso”

 

En un pequeño pueblo del partido de Ramallo, el autor de “Fervor de Buenos Aires” vivió una experiencia olvidada: gestionó libros en una elegante estancia que reunía a figuras clave de la cultura. La museóloga Elsa Machado reconstruyó ese episodio entre letras, tareas rurales y vínculos familiares.

Por  Leo Mirenda

En una localidad casi olvidada del partido de Ramallo, las vías del antiguo “Ferrocarril Central Argentino” todavía conducen hacia un rincón donde el gran prócer de la literatura argentina dejó una marca única.

El Paraíso es un pueblo de 1000 habitantes que nació al calor del tren y en el que el gran escritor Jorge Luis Borges fue, por un tiempo, bibliotecario de un castillo en el medio del campo.

El origen de este paraje se remonta a 1721, cuando el gobernador rioplatense Bruno Mauricio de Zabala otorgó en merced unas tierras al Capitán Francisco Gutiérrez, conocidas como “Cañada de los Cuero”.

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Recién en 1881 fueron vendidas por la compañía Engels a Mariano Unzué, y más tarde heredadas por María Unzué de Alvear, quien también recibió un sobrante estatal lindero a la estación ferroviaria. No obstante, la fundación formal de El Paraíso había ocurrido ya en 1883, cuando Mercedes Lavallol cedió parte de su estancia homónima para el funcionamiento de la Escuela N° 4.

De Acevedo a El Paraíso

El primer tren llegó en febrero de 1886 y, con él, surgieron los primeros comercios, entre ellos el Bazar de Pedro Corposi, carnicerías, farmacias y herrerías.

El crecimiento fue lento, condicionado por la escasez de servicios y de terrenos disponibles. Finalmente, en 1950, se expropiaron las tierras necesarias para consolidar el pueblo.

 

Pero El Paraíso no solo guarda historias rurales. La museóloga ramallense Elsa Machado contó a TN que “Borges solía visitar la ciudad de Pergamino. Los padres de su madre, los Acevedo, eran del partido, y donde estaban los campos de la familia ahora hay un pueblo que se llama Acevedo”.

 “Borges estaba emparentado con una familia de Ramallo que se había sido de la sociedad de beneficencia. La madre era originaria de la localidad de Acevedo, tal vez por eso la relación con la zona”, recordó Machado.

En esa misma línea, agregó: “En la estancia La Rivera que era de Francisco de Soto y Calvo y su esposa María Obligado, se realizaban grandes fiestas donde concurría toda la elite literaria y artística. En una oportunidad fue invitado Borges, que quedó como bibliotecario. Tenía una biblioteca fantástica que hicieron de ese lugar un lugar emblemático. Borges era muy joven, había muchos escritores y concertistas que se reunían en el campo”.

 

La estancia La Rivera, conocida como "el castillo", fue propiedad de María Obligado de Soto y Calvo. (Foto: Elsa Machado).

“Borges se quedaba, en el Palacio -así se llamaba el lugar-, porque además a Francisco Soto y Calvo y a María Obligado les gustaba alojar a las visitas”, añadió.

Machado describió el ambiente de ese tiempo: “Obligado tenía un espacio cultural y con Soto Calvo participaban y estaban muy conectados con los artistas, escritores, poetas de Buenos Aires y eso hacía que los invitaran al Castillo o pasar unos días.

Reunían a los más destacados de las letras en una propiedad que tenía todas las características de los palacios de Buenos Aires pero en el medio del campo”.

El idilio no fue eterno. “Soto y Calvo tenía la costumbre de tocar los picaportes y se encuentra con Borges y una señorita que estaban en una habitación revelando fotografías, y a Soto y Calvo no le gustó y lo echó. Llamó al chofer que manejaba el carruaje y lo llevó a la estación de El Paraíso”, relató.

A Borges lo echaron porque revelaba fotografías en una habitación con una señorita

La estancia, conocida como un punto de encuentro para figuras de la elite literaria y artística de principios del siglo XX, recibía con frecuencia a nombres como Bartolomé Mitre, Fermín Estrella Gutiérrez, Lía Simaglia de Espinosa, Leopoldo Lugones y Pedro Miguel Obligado.

El Paraíso se consolidó así como un enclave cultural en plena pampa húmeda, donde las letras, la pintura y la música dialogaban bajo el cielo abierto. No era el único centro de ese tipo: también “El Castillo”, residencia del poeta Rafael Obligado, tuvo un rol central y hoy forma parte del escudo de Ramallo.

Años después, en 1945, la mansión --La Rivera-- fue demolida para vender su estructura de hierro, que por entonces tenía un alto valor comercial. Quedó en la memoria del pueblo como un palacio literario que supo cobijar a una generación de intelectuales.

Hoy El Paraíso intenta capitalizar ese legado histórico y cultural. Con apenas 1000 habitantes, fue reconocido como uno de los “pueblos turísticos”. Sus atractivos incluyen la Capilla Sagrado Corazón, la estación de tren abandonada —un ejemplo de arquitectura británica con tejas francesas y columnas originales—, y la estancia Estrella Federal, que combina historia y hospedaje con vista al río Paraná.

En cada rincón, aún resuena el eco de las letras que alguna vez habitaron sus campos. Hoy, El Paraíso sigue en pie con sus calles de tierra, su estación envejecida y una memoria que se resiste a desvanecerse. Allí, donde alguna vez Borges fue bibliotecario y huésped incómodo, la literatura encontró refugio en el corazón de la pampa húmeda.

Fuente: Todo Noticias

https://tn.com.ar/campo/2025/05/25/jorge-luis-borges-el-joven-desconocido-que-fue-bibliotecario-en-el-campo-en-un-castillo-de-el-paraiso/

 

 


martes, 14 de julio de 2026

Los Mensajes Cifrados que Borges Escondió en su Propia Tumba. Nadie los Descifró en 40 Años

 


Cabinet of Wonders

 

Los Mensajes Cifrados que Borges Escondió en su Propia Tumba. Nadie los Descifró en 40 Años En un cementerio de Ginebra hay una lápida que parece sencilla… hasta que empiezas a leerla. Siete guerreros tallados en piedra.

 Una frase en inglés antiguo del siglo X. Una inscripción en nórdico antiguo. Una nave vikinga. Y una dedicatoria final que durante décadas casi nadie supo interpretar.

No es solo la tumba de Jorge Luis Borges. Es, quizás, su último laberinto.

 En este video exploramos uno de los enigmas literarios más fascinantes del siglo XX: los mensajes cifrados que Borges dejó en su propia tumba, en el cementerio de Plainpalais, en Ginebra.

Analizamos qué significan sus símbolos, qué dicen realmente las inscripciones medievales, por qué tardaron décadas en ser descifradas y cómo la lápida resume en piedra las grandes obsesiones de su obra: el coraje, la muerte, el lenguaje, el mito, el amor cifrado y el arte de perderse dentro de un texto. Aquí descubrirás:

Por qué Borges murió en Ginebra y no en Buenos Aires

Qué elementos aparecen realmente en su lápida

De dónde salen los siete guerreros y la nave vikinga

Qué significa la frase “And ne forhtedon na”

Qué relación tiene la tumba con la Saga Volsunga

Quién es  Martín Hadis y cómo logró descifrar el conjunto completo

Por qué la dedicatoria “De Ulrica a Javier Otárola” es una de las claves más íntimas del monumento

Cómo la tumba de Borges se convirtió en una obra literaria póstuma

Este no es solo un video sobre una tumba. Es una historia sobre un escritor que eligió no dejar una despedida directa, sino un objeto hecho de símbolos, idiomas antiguos y referencias cruzadas.

Un monumento que no se limita a recordar su muerte, sino que obliga a leer, interpretar y dudar. Porque Borges no solo escribió laberintos: pensaba como ellos. Y al final convirtió su propia lápida en uno.

Lo más inquietante es que el monumento no funciona como simple homenaje, sino como una condensación de toda su obra. En esa piedra conviven la épica anglosajona, las sagas nórdicas, la identidad dividida entre Palermo y Europa, el coraje ante la muerte y el único cuento de amor que Borges escribió.

Lo que parece una lápida termina revelándose como un texto cifrado.

Fuente: You Tube

https://www.youtube.com/watch?v=VO2zuzgN3Rc

 

 

Ricardo Darín y Julio Bocca, juntos: el actor grabó textos de Borges para la próxima hazaña del Ballet del Colón



La producción, un estreno mundial que se verá en septiembre, es una creación del coreógrafo español Goyo Montero con música de Gustavo Santaolalla; se estrenará el 10 de septiembre

 

Constanza Bertolini

 

Desde que se conoció en diciembre pasado que Julio Bocca comisionó una nueva obra sobre Jorge Luis Borges para el Ballet Estable del Teatro Colón, el tiempo no hizo más que acrecentar la expectativa sobre este espectáculo que llegará en el año de la conmemoración de las cuatro décadas de la muerte del más grande escritor argentino. Está en las manos y la mente del coreógrafo español Goyo Montero la concepción de esta pieza de danza titulada Principio de éxtasis, que tendrá estreno mundial en Buenos Aires, del 10 al 20 de septiembre (nueve funciones, cuyas entradas están a la venta), con música original de Gustavo Santaolalla y diseño sonoro Owen Belton. Y ahora se sabe, además, que contará con la voz de Ricardo Darín, que grabó en estudio algunos fragmentos de “El Aleph” y dos poemas: “Ausencia” y “Despedida”.

Inspirado en el cuento más importante y reconocido del autor, publicado por primera vez en la revista Sur, 1945, el espectáculo cuenta además, con escenografía del artista plástico Eduardo Basualdo y Mariana Tirantte.

Montero, que el año pasado montó para la compañía que dirige Julio Bocca una obra contemporánea con música de Bach, Chacona, se declara un lector apasionado de la obra de Borges, a la que vuelve todo el tiempo, atraído por su universalidad. No era de extrañar, entonces, que fuera el relato de 1945, el que marcara el norte de su creación, ya que aborda un tema central en la literatura del escritor argentino, el infinito, a partir de un punto donde confluyen todos los tiempos y todos los espacios.

Una “obra de arte total”

A quince días de su llegada a Buenos Aires para empezar a trabajar en las salas de ensayo con los bailarines del Estable, el madrileño anticipó a LA NACION que están ultimando el score con Santaolalla, que tiene música adicional de Owen Belton.

A propósito de las imágenes que el Teatro Colón compartió hoy en redes sociales, y que registran a Darín con Bocca, juntos, en el estudio de grabación, el coreógrafo comentó: “Es un honor contar con Ricardo Darín para sumar texto original de Jorge Luis Borges, con su increíble interpretación y originalidad, e integrarlo dentro de la obra, como una obra de arte total. Creo que va a tener todavía otra textura más a partir de la voz de este gran actor, que ha tenido la

generosidad de aceptar la invitación de Julio para formar parte”, dice en tiempo de descuento para ponerse a trabajar en su “proyecto soñado”.

 “El Aleph” condensa el universo borgeano. Y, aunque no trascendió con precisión qué fragmentos se incluirán en Principio de éxtasis, sería muy probable que aquella famosa enumeración de todo lo que “ve” el narrador Borges (el populoso mar, el alba y la tarde) haya sido parte de lo que registró Darín.

“Ausencia”, incluido en el primer libro del escritor, de 1923, comienza así: Habré de levantar la vasta vida/ que aún ahora es tu espejo: cada mañana habré de reconstruirla./ Desde que te alejaste,/ cuántos lugares se han tornado vanos/ y sin sentido, iguales/ a luces en el día. También "Despedida" forma parte del mismo poemario, Fervor de Buenos Aires. Son bien conocidos sus primeros versos: Entre mi amor y yo han de levantarse/ trescientas noches como trescientas paredes/ y el mar será una magia entre nosotros.

Sin dudas, el encargo de una obra basada en la máxima referencia de la literatura argentina para el Ballet del Teatro Colón es una ocasión excepcional, así como una hazaña artística. ¿Cómo se verá en los cuerpos de los bailarines ese Principio de éxtasis, un instante en el que confluyen todos los instantes? Eso se develará a los ojos del mundo dentro de dos meses exactos.

Fuente; La Nacion

https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/danza/ricardo-darin-y-julio-bocca-juntos-el-actor-grabo-textos-de-borges-para-la-proxima-hazana-del-ballet-nid11072026/